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II. MIRADAS PREVIAS
OBVIAMENTE NO PARTIMOS DE CERO CUANDO PENSAMOS EN EL TEMA DE LA
MEMORIA HISTÓRICA EN EL ARTE LATINOAMERICANO. La preocupación no es
nueva y desde la independencia fueron diversos los artistas que
buscaron hacer sus propias lecturas de la historia.
Señalaremos esos antecedentes en tres momentos: en las últimas
décadas del siglo XIX, en los inicios de la modernidad y en los
años 50 al 70. El objetivo de estas tres miradas es indagar en
torno a la especificidad de la búsqueda que cada una de esas
instancias conllevó. En los momentos mencionados no solamente
cambian las formas de representación, sino la función que cumple la
imagen.
A fines de siglo, la noción de "historia
verdadera" estaba relacionada con una particular
apropiación del pasado, en la que parecen no hacer mella las
variables sociales o políticas. Había una evocación distante, aun
que también afectiva, de ese pasado y los recuerdos que suponían.
Las obras realizadas no dejan de tener en cuenta la necesidad de
volverse un lugar de reconocimiento, donde se comparten las raíces
colectivas, desconociendo las heterogeneidades.
En los inicios de la modernidad en los años 20, la búsqueda de
nuevos valores identitarios, que rompieran las miradas
excesivamente eurocéntricas y sacralizadoras, abrieron el camino
para observar el pasado desde otras perspectivas. Buscar lo propio
se volvió un interrogante reiterado, y los artistas comenzaron a
mirar a su alrededor con nuevos ojos, intentando responder
preguntas, indagar en temas que antes no les inquietaban.
Las décadas del 50 al 70 suponen una apertura definida hacia
otras formas de lenguaje. Se abren nuevos espacios de discusión, se
crean grupos, el arte latinoamericano se expande hacia el exterior
y la dependencia como uno de los temas de discusión que marcó a los
intelectuales de la época, no dejó de afectar a los artistas que
miran su pasado desde otras perspectivas entretejiendo con él una
trama compleja.
1. ¿LA IMITACIÓN VALIDADA?
La tendencia a la europeización de América Latina se intensificó
en la segunda mitad del siglo XIX, fenómeno que en parte fue
consecuencia del contacto más intenso de culturas y de la
aceptación de algunos sectores de las formas culturales que venían
de Europa. Desde allí se asumía y se justificaba una nueva
"expansión civilizadora", argumento que se agregó
al anterior de la expansión de la cristiandad.
Las transformaciones económicas y tecnológicas se traducen en
cambios en la estructura social de Latinoamérica: mientras un
sector de población -negros, mestizos e indios- permanecen al
margen, las elites se benefician. Tanto las tradicionales como las
más nuevas mantendrán una actitud cultural más o menos uniforme,
caracterizada por falta de originalidad y un sentido de profunda
imitación a lo europeo. El crecimiento urbano aumentó el atractivo
de la vida en ciudad, desarrollándose las comunicaciones, la
iluminación a gas o electricidad, mientras que la publicidad del
afiche y del periódico ofrecía productos europeos, exaltando todo
aquello que dijera "de París" Una fiebre
civilizadora -a veces improvisada y superficial- trató de cubrir de
europeísmo aquellas regiones en vertiginoso crecimiento económico y
demográfico. Basta leer crónicas de la época referidas a ciudades
como Buenos Aires, Río o Santiago de Chile, para comprobar el
arrollador empuje europeizante. Un viajero francés refiriéndose en
1888 a esta última ciudad diría:
|Nos hemos preguntado a qué
estilo pertenecen los elegantes hoteles, las mansiones señoriales
de Santiago, y no hemos encontrado respuesta satisfactoria ...
salvo excepciones, no se deberla hablar de mansiones; hay, sobre
todo, fachadas y sus decorados, variados hasta lo infinito,
muestran ya un techo renacimiento sostenido por columnas dóricas,
ya un cuerpo de edificio central florentino flanqueado de dos alas
de un estilo cualquiera. Sobre el adobe o el ladrillo de los muros,
sobre yeso, el estuco o la madera de la ornamentación descripta
aparecen colores que, de noche, recuerdan mármoles y granitos... Si
esas materias imitadas fueran verdaderas:.. ¡cuántos miles de
millones estarían enterrados en esas mansiones!... Las principales
fachadas están en grandes calles derechas: citemos... el palazzo
del Sr. Bonazarte, el palacio Blanco Encalada en estilo Luis XV
purísimo, la residencia del Sr. Arrieta, espléndida Villa
Florentina. El Sr. Urmeneta ha edificado un castillo gótico, el
señor Claudio Vicuña habita una imitación de la
Alhambra...
|
|
[1]
|.
A pesar de las agitaciones políticas del período hay una cierta
uniformidad en la vida social de los diversos países de la región.
Las elites urbanas tenían costumbres que les eran comunes tales
como: poseer una residencia; a tono con su posición social, no
faltando esa imitación de modelos, ese cierto exhibicionismo, que
se anotaba en la cita precedente. En cada ciudad el cementerio
confirmaba esta aseveración, era necesario tener un mausoleo de
mármol o granito, con esculturas generalmente de inspiración
neoclásica, representando ángeles, mujeres llorando y cruces. Todo
ello orientado a mostrar el poderío familiar.
Este somero marco de referencia nos permite aproximarnos a lo
que sucedía en el campo dei arte en una etapa en la que se aceleró
el proceso de aculturación bajo la influencia europea, aumentando
la atracción de las elites locales por lo francés, italiano o
inglés, al mismo ritmo que se acentuaba su desprecio por las formas
populares de cultura. A tal grado llegaba el espíritu imitativo y
la desorientación estilística que no resulta extraño que Ecuador en
1861 enviara a la Exposición Universal de París copias de pinturas
europeas. En el catálogo que acompañaba la muestra se decía:
Ecuador goza desde hace largo tiempo, en América española, de la
reputación que le han valido sus pintores. Las pinturas de Quito se
exportan principalmente a Perú, Chile y Nueva Granada. Si no tienen
un gran valor de originalidad, tienen al menos el mérito de
reproducir, con una fidelidad notable; todas las obras maestras de
las escuelas italianas, españolas, francesas y flamencas
...
|
|
[2]
.
En absoluto contraste con la posición que los mexicanos
asumirían luego durante el muralismo, el escritor Rafael de Rafael,
quien en 1851 comparaba México con Europa, afirmaba: En aquellos
sitios todo es poesía; no hay fuente ni lago que no tenga sus
fantasmas; no hay gruta que no cobije un encantador duende, no hay
en fin un solo murmullo del viento en los follajes del bosque o en
las ventanas ojivas del arruinado castillo, que no repita el nombre
querido o execrado de algún héroe o de algún malhechor, de alguna
beldad o de alguna diabólica hechicera... En México nada de esto
tenemos.
Esa mirada a lo externo fue acompañada en general de otros
cambios: se dejó de lado el desprecio tradicional a lo que se hacía
con las manos, y miembros de las clases acomodadas se dedicaron al
arte. El arte como afición, como adorno de otras virtudes, fue
practicado por jóvenes burgueses. De tal suerte que estaban
aquéllos que hacían arte como profesión rentable y quienes, en
calidad de aficionados, lo asumían como un pasatiempo, costumbre
muy arraigada entre los europeos.
¿Cómo se manifestó entonces un arte que, aunque despojado de la:
tutela española, continuó de alguna forma ignorando a su propia
tierra y buscó inicialmente temas externos? ¿Todo el arte que se
hizo estuvo orientado por un anecdotario ligero, con una demanda de
fáciles exigencias? obviamente la respuesta es negativa y dentro de
esa actitud de la imitación prestigiada hay ejemplos que, sin
romper con los cánones de la academia, intentan abrirse a otras
alternativas. Buscan una renovación conceptual que, en algunos
casos, se convierte en antecedente de las vanguardias
posteriores.
Estéticamente se vivía el enfrentamiento entre la vieja guardia
romántica y la nueva burguesía. Los primeros militaban en la
filosofía espiritualista y seguían aferrados a la idea de una
pintura que sublimara los grandes asuntos históricos, o la fantasía
romántica al estilo francés. Aborrecían el naturalismo pueril que
gustaba a la nueva burguesía, fascinada con las marinas y las
naturalezas muertas. En el fondo detestaban la posibilidad de la
popularización del arte, al que seguían viendo como la
representación esencial de lo bello, de lo sublime. De allí que,
sin despojarse de la influencia europea, chocaran con la
consagración de temas que se congraciaran con anécdotas
intrascendentes. Se cuestionaba todo lo que aparecía como una
arremetida de la frivolidad. Pero la oposición de los románticos no
iba solamente contra lo que consideraran frívolo sino contra el
arte realista que tantos adeptos tuviera a mediados del siglo XIX
europeo. Baste recordar el énfasis puesto por Proudhon en la
defensa del arte de Courbet, a quien le reconocía la capacidad dé
hacer un arte de su tiempo, vinculado a la vida real y no a lo que
consideraba como irracionalidad romántica. Proudhon en "El
principio del arte y su destino social" afirmaba:
|Si el
arte es cada vez más racional quiero señalar que ello se debe a que
intenta expresar las aspiraciones de la época actual... la obra del
artista no puede excluir nada bajo ningún pretexto de nobleza o
grosería, es ilimitada como el propio progreso, lo abarca todo,
alegre y desgraciada, todos los pensamientos y sentimientos de la
humanidad
|
|
[3]
. Si a estas teorías estéticas le
añadimos la expansión del pensamiento marxista con su defensa dei
proletariado y el auge que adquiría la fotografía, es comprensible
el interés de diversos artistas por pintar la cotidianidad con todo
realismo e inclusive vulgaridad. La mirada a su historia o a su
paisaje, fue la posibilidad de comenzar a esbozar una temática que
intentaba buscar en lo que les era propio, afinque para ello se
valieran formalmente de recursos académicos.
No olvidemos que, mientras el academicismo europeo representaba
una tradición de recetas conservadoras, en el contexto americano
ese recetario naturalista y descriptivo, era el lenguaje pictórico
que mejor respondía a las expectativas estéticas y a las
tradiciones culturales. En una lectura simplificada de la
mentalidad de la época, hay que tener en cuenta que se dieron
fenómenos polivalentes; como la inmigración que llega a algunos
países, el peso del positivismo y el racionalismo, paralelamente a
la crítica que los sectores de católicos conservadores hacían a la
"sociedad moderna".
Dentro de ese esquema no es extraño el papel relevante que
ocupan los temas históricos, como manera de recomponer visualmente
su historia, de armar su propio pasado, de construir sus
héroes.
MEMORIA ÉPICA
En la segunda mitad del siglo XIX, la representación visual de
la historia difería de lo que pasaba en los textos escritos.
Mientras ésta era allí abordada como disciplina científica, las
imágenes daban cuenta de. una marcada necesidad de simbolizar ese
pasado desde otra perspectiva.
Era necesario crear un imaginario de pertenencia, lograr mostrar
un pasado común con hechos y héroes sacralizados que en muchos
casos se vuelven figuras atemporales, sacadas de su contexto
histórico y proyectadas hacía el presente. Parece que las buchas
.de poder desaparecieran o se neutralizaran y las imágenes que
permanecen son las que aportarán a la construcción de la tan
buscada memoria nacional. El proceso en el caso del arte
latinoamericano es peculiar, pues en esa memoria no tienen cabida
ni los indígenas, ni los sectores populares, de tal suerte que la
noción de memoria que se entroniza desconoce la diversidad social y
consolida un modelo homogeneizador que poco tenía que ver con la
realidad de la sociedad de la época.
LOS ARTISTAS
La obra del uruguayo Juan Manuel Blanes (1830-1901) partió de
propuestas estéticas tributarias de los pintores académicos
europeos, para hacer una pintura de carácter nacional, entendido
este concepto como aquella pintura que surge de un compromiso vital
del autor con su propio medio. Creó imágenes que respondían a la
necesidad de generar una iconografía, que relacionara las leyes
universales del arte con el rescate de la historia nacional y la
valoración de sus hechos y personajes sobresalientes. Búsqueda que
lo llevaría a afirmar: ...el artista debe sacara la superficie las
verdades históricas que viven confundidas en el ruido del
desasosiego político y social, para hacer con ellas ese arte que no
sólo da fe en la historia de las naciones, sino que ha de servir a
la moral
|
|[4]
.
Estéticamente se movía entre el idealismo romántico destinado a
sublimar éticamente los temas representados y un acercamiento al
positivismo, que lo llevaba a sostener la necesidad de un criterio
científico, de veracidad, en sus reconstrucciones pictóricas. Obras
como "Asesinato de Venancio Flores" (1868),
"El juramento de los 33" (1875) o "La
revista de 1885" (1885-86), son testimonios de su visión,
de lo que debía ser la pintura histórica y en ellas mantiene esa
modalidad arqueológica que entre los pintores europeos ya había
entrado en crisis. Pese a ello Blanes seguía insistiendo en la
veracidad de la reconstrucción, universalizando con un cierto aire
épico a los caudillos. Esa forma de representación validaba figuras
de caudillos que para buena parte de las elites urbanas habían sido
una especie de malhechores sin norte. De hecho la calidad de
prohombres con que nos los presenta no sólo sirve para rescatarlos
del pasado, sino para crear un pasado iconográfico
inexistente
|
[5]
.
Blanes se convirtió en el Río de la Plata, en el típico artista
erudito, fiel a la escena narrada, a los personajes, en fin a una
reconstrucción histórica que correspondía a la visión del mundo que
tenían los grupos sociales que detentaban el poder. En su caso como
en el de otros artistas del período la canonización de una
determinada noción de cultura se asociaba al orden oligárquico
imperante.
Otro tema histórico que alcanzó en algunos países especial
relevancia, fue el de la conquista de América. Los pintores
mexicanos en las últimas décadas del siglo XIX, trabajaron
insistentemente en torno a él. Algunos, como José María Obregón en
su "Descubrimiento de Pulque" (s/f), intentan
recuperar hechos del mundo precolombino con un afán descriptivo.
Pero ya a finales de siglo la actitud es otra. Las imágenes son
elegidas para mostrar la violencia de la conquista. Félix Parra con
su "Episodios de la conquista" (1877) o Leandro
Izaguirre con "Tortura de Cuauhtémoc" (1893)
intentan aproximarse a un sentido de identidad, mostrando el
período colonial como destructor del mundo precolombino, al imponer
modelos externos que impedían la consolidación de la idea de
mexicanidad. Y figuras como las de Moctezuma, Netzahualcoyotl o
Cuauhtémoc son identificados como encarnando la resistencia
nacional.
Pero en la creación dé ese imaginario no sólo contaba la
exaltación de hechos y héroes significativos en la consolidación de
la independencia; los personajes cotidianos también eran observados
y el costumbrismo era otra forma de reconstruir la realidad. Tanto
desde la literatura como desde la pintura hay interés por mirar el
mundo propio, alejándose del romanticismo para acercarse a una
actitud más objetiva, cientificista, validando la imitación de la
naturaleza que se hizo efectiva en el tratamiento del paisaje. Un
ejemplo en tal dirección es la obra del mexicano José María Velasco
(1840-1912), quien edificó su mirada al entorno a partir de la
filosofía positivista. Durante el porfiriato el grupo de
intelectuales llamado "científicos" que acompañó
a Díaz, tenían absoluta fe en la ciencia y en el progreso. Ya en
1870 -a diferencia de lo que sucedía en los años 50- se les pedía a
los artistas que recrearan la peculiaridad del paisaje mexicano:
|Nuestras cordilleras con sus bosques y sus cañadas, nuestras
costas de ambos mares, nuestros ríos, nuestros volcanes, nuestros
lagos con sus islotes pintorescos, he aquí un todo cuyos menores
detalles trasladados al lienzo harén la gloria dé nuestros
artistas
|
|[6]
|.
De allí que a Velasco le interesara la imagen objetiva que
describe y uno de sus aportes estuvo en la capacidad para valerse
de tradiciones europeas en el tratamiento del paisaje, adaptándolas
a las condiciones de México. Su sentido fotográfico de la
representación no hacía sino recoger esa necesidad de fidelidad,
dando a conocer las peculiaridades de su entorno y posibilitando
una mirada que abría el camino a la modernidad del siglo XX.
En Colombia a mediados del siglo XIX, la influencia de la
cultura francesa aumentó, al conocerse la obra de Víctor Hugo,
Chateaubriand, Lamartine, Dumas. El pensamiento de los sectores
urbanos acomodados se orientaba hacia la idea de orden, sobriedad,
sencillez, espíritu cívico y bienestar, y buscaba un arte que los
mostrara en tal contexto. De allí que, junto a temas como el
retrato, haya especial interés por reconstruir situaciones y
personajes urbanos. Resulta aguda la observación de Beatriz
González cuando se pregunta si es posible que lo que se llamó
costumbrismo y que tanta significación tuvo en nuestros países, ya
sea en el campo de la literatura como de las artes plásticas, sea
una versión intuida del realismo europeo
|
[7]
.
Ramón Torres Méndez (1809-1885) fue uno de los pintores
costumbristas más prolíficos en el arte colombiano de mediados del
siglo XIX. Vinculado a esa intencionalidad común en la época que
relacionaba la imagen creada por la literatura, con la que surgía
del dibujo o la pintura, el artista produjo unos cuadros
costumbristas en los que los personajes ocupan el mayor espacio del
cuadro, incorporados a un entorno que los contiene y tipifica la
actividad o situación en la que están inmersos, como sucede en
"Transporte de pollos al campo" (c.1849) o
"Paseo Campestre (c.1870). Se narra, se describe, haciendo
posible rescatar elementos que ayudan a la memoria, a la
conformación de una identidad.
Es larga la lista de artistas que podríamos mencionar trabajando
en esa misma dirección, con la particularidad de que varios de
ellos realizan al tiempo contribuciones en el campo de la
caricatura. Ya sea vinculados a periódicos o a revistas de la
época, aparecían como representantes de una fuerte tradición,
satirizaban personajes y situaciones, tanto por la vía de la
caricatura como del costumbrismo, pues en ambos casos se trataba de
rescatar tipos que integraban el repertorio cotidiano de sus
respectivos países. Claro ejemplo de esta afirmación son los
trabajos de Pancho Fierro (1810-1879), mulato peruano de origen
humilde, quien se convirtió en uno de los más connotados
representantes del costumbrismo. Sus obras de pequeño formato en
acuarela o dibujo, muestran con desparpajo no sólo la forma de vida
de los sectores populares limeños mediante personajes como el
bombero o el vendedor de lotería, sino también características de
los cambios urbanos y de los personajes que pueblan la Lima
modernizada
|
[8]
.
En las postrimerías del siglo XIX la representación realista no
tenía solamente para los artistas latinoamericanos una connotación
política o de denuncia, como pudo tenerla en Europa después del
ciclo de revoluciones burguesas que culminó en 1848. Era para los
pintores de nuestros países la posibilidad de rescatar situaciones
concretas, investigando su entorno con una objetividad heredada de
los viajeros, sin olvidar el peso creciente del positivismo con
toda su preocupación cientificista por conocer, mediante la
observación y el estudio, el medio en que vivían.
Podemos afirmar que la imitación validada no fue una simple
mímesis del modelo europeo. El artista usó esos elementos formales
pero comenzó a problematizarlos, valiéndose de ellos no sólo para
reproducir imágenes transportadas, sino para reconstruir y
comprender su propio universo. Crear una iconografía era empezar a
elaborar la propia historia en términos visuales, cuando la
consolidación del concepto de estado nacional, era uno de los temas
centrales en las discusiones, no sólo políticas sino
culturales.
Los países latinoamericanos buscaban producir una memoria
nacional ya que la construcción de un estado suponía romper con el
pasado, abriéndose a las posibilidades de lo nuevo. No es casual la
idea de crear una sociedad para el futuro, que se fomentó desde la
independencia. La reconstrucción del pasado en busca de una
identidad nacional que debía ser creada, se nutrió de ciertos
rasgos culturales, de costumbres y de una historia que se rehace
para que la memoria que se acuñe sea nacional.
2. EN BUSCA DE "LO PROPIO"
|
[9]
La idea de lo propio se repite insistentemente en América Latina
en las décadas del 20 y 30: "Hacer un arte
propio", "arte raizal",
"recuperar lo propio", fueron frases recurrentes.
La noción de modernidad estaba aquí también impregnada de la noción
de lo "nuevo", pero en los países de la región
esa idea de novedad llegó marcada por un fuerte sentido de
autoafirmación. De allí que lo nacional se empieza a pensar desde
el reconocimiento a la significación que estaba implícita en lo
cotidiano, lo popular, el lugar, como si se reencontrara un espacio
que se había mantenido alejado de la realización artística.
La mirada de los artistas oscilaba entre un adentro (lo propio)
y un afuera (Europa) que significó ir generando un arte donde esos
dos polos, aparentemente contradictorios, estaban en estrecha
relación. Interesa, entonces, preguntarse qué entendían al usar un
concepto ambiguo como "lo propio".
En Cuba, la
|Revista de Avance publicó durante un par de
años, 19281929, una sección que bajo el título
|Indagación
¿Qué debe ser el arte americano? formulaba una serie de preguntas a
escritores y artistas de diversos países hispanoamericanos. Una de
las preguntas era
|: ¿Cree usted que la obra del artista americano
debe revelar una preocupación americana? Podríamos decir que
casi todos respondieron sí, pero lo que interesa es transcribir la
fundamentación de dicha afirmación.
El historiador y poeta venezolano Rufino Blanco Fombona
escribió:
|Creo que el artista americano (de los yanquis no
hablemos) debe revelar una preocupación;... una inspiración
americana
|
|
[10]
|.
El pintor cubano Eduardo Abela comentaba:
|Creo sinceramente
que en la América está el caudal que ha de fertilizar el arte del
siglo XX. Las fuerzas espirituales de Europa están poco menos que
agotadas y su civilización ha de salvarse por la savia que le
inyecte el cruce con razas vírgenes, pletóricas de esencias
humanas. Si la presente renovación del arte ha demostrado que el
interés de toda obra reside sólo en su potencia anímica, demás está
decir que el verdadero artista americano tiene que sentir la
preocupación, diré mejor la necesidad, de expresar visiones de su
ambiente y de su espíritu
|
|
[11]
|.
Ildefonso Pereda Valdés, uno de los pilares del nativismo
uruguayo, respondía diciendo:
|Creo que el artista americano debe
revelar una preocupación esencialmente americana. Esta preocupación
empieza a germinar en algunos países, que por su originalidad
racial y por su tradición aborigen, están más capacitados para esa
deseada americanización
|
|
[12]
.
El peruano Víctor Andrés Belaúnde comentaba:
|El arte nuestro
debe ser instintiva o intuitivamente americano: la preocupación
americanista nos daría un arte falso de mera postura intelectual.
Odio todos los "pre" : pre-juicio, pre-concepto,
pre-ocupación
|
|
[13]
.
Para el escritor mexicano Jaime Torres Rodet: ...
|Que la obra
del artista americano deba revelar una preocupación americana me
parece necesidad tan obvia que me admira casi hallarla formulada,
como pregunta, en el inteligente cuestionario de
"1928". Sin que el escritor mismo o el poeta
quieran transparentar esa preocupación, algo involuntario los
traiciona en el momento en que, acaso, creen haberla ocultado
mejor. Un grito, una lágrima, una sonrisa, pueden tener y tienen un
significado regional que el más depurado control evitarla
difícilmente
|
|
[14]
|.
El escritor cubano, Luis Felipe Rodríguez, diría:
|Sí, la obra
del artista americano debe revelar una preocupación americana, como
el espejo que revela la imagen del hombre y las cosas, que aunque
tengan un origen lejano están delante de él. Yo sé "que de
viejos clavos" pende mi nuevo ideal americano, pero vuelvo
a repetir lo que he dicho una vez más: SI NUESTRO ARTE Y
NUESTRA LITERATURA NO TIENDEN A SER "ESPEJO DEL CIELO
NATAL", AL MISMO TIEMPO QUE SEAN EL VASTO ESPEJO DE LA
VIDA UNANIME, NO NOS PERTENECERÁN TAN INTEGRAMENTE EN EL RELATIVO
CIRCULO FISICO, ESPIRITUAL Y MORAL, DONDE SE GENERA LA CONCIENCIA
SOCIAL Y NACIONAL DE LOS PUEBLOS. (Las mayúsculas aparecen en el
texto original)
|
[15]
.
Las respuestas a esa "preocupación
americanista" a la interrogación inicial muestran
elementos comunes. El más recurrente es la relación que se
establecía entre la obra y el pertenecer a un lugar, a una cultura.
Sólo por ello, con o sin intención, las obras revelarían un interés
americanista.
Y fue a partir de ese supuesto que se elaboraron las
preocupaciones por lo propio, por lograr una cultura de
pertenencia, hundiendo sus raíces en una realidad insoslayable.
Descubrirla, caracterizarla, sería función esencial del
artista.
La conciencia de ser el resultado de la mezcla de diversos
componentes culturales suponía tener la capacidad de reconocerlos.
De allí el rescate de lo indígena o de lo africano, ingredientes
tradicionalmente negados frente al peso del modelo occidental que
menospreciaba las culturas no occidentales.
El cubano Fernando Ortiz comparaba la cultura de su país con un
plato del popular ajiaco. Tanto en la comida como en la cultura,
había multiplicidad de componentes que se mezclaban, ingredientes
que, al decir del autor, se iban desintegrando, pero no totalmente,
en ese caldo que es Cuba. Cada uno de ellos, españoles, indígenas y
negros, mantenían rasgos esenciales que permanecerían después de la
mezcla
|
[16]
.
Y ese redescubrimiento de lo propio en sus ancestros, no tenidos
en cuenta en general por los intelectuales latinoamericanos
finiseculares, no deja de estar curiosamente relacionado con el
paso de los artistas por Europa. Los trabajos realizados en París y
otras ciudades del viejo continente en áreas como la arqueología,
la antropología y la etnología desde fines del siglo XIX y
comienzos del XX, habían despertado un profundo interés por
culturas no europeas.
La exploración era tanto en artes plásticas como en literatura.
Por ejemplo Apollinaire teorizaba sobre los efectos del arte
africano en el cubismo; se publican antologías que recopilan
cuentos, mitos y poemas de origen africano, no faltando además los
relatos de viajes
|
[17]
.
Ante el desgaste cultural sufrido por la guerra, los europeos
descubrieron unas culturas vitales, incontaminadas, auténticas, y
las ansias de apropiación del vanguardismo; abrieron las puertas a
la influencia de manifestaciones culturales diversas. Sin olvidar
que en esta actitud había un cierto romanticismo y nostalgias
colonialistas, se abrió un espacio que puso a pensar a más de un
artista latinoamericano. Descubrir en París al mundo precolombino,
a las culturas populares y a lo africano, les abrió los ojos a una
realidad poco valorada. La posibilidad de acceder a las colecciones
de los museos, el despliegue que hacían las galerías parisinas de
piezas originales procedentes de África, Oceanía, América Latina,
fortaleció no sólo la noción de identidad cultural, sino que
acrecentó la necesidad de dar a conocer ese pasado del cual
formaban parte directamente. El orgullo de pertenecer a tan rico
mundo cultural, llevó a destacar e intentar el rescate de los
valores regionales.
|
[1]
|
Wiener,
|Chili et les chiliens, París, 1888, citado por
Gustavo Beyhaut en Raíces contemporáneas de América Latina, pág.
69-70, Eudeba, Buenos Aires, 1964.
|
|
[2]
|
Citado por G.Beyhaut, ob. cit., pág. 70
|
|
[3]
|
Pierre-Joseph Proudhon, "El principio del arte y su
destino social", en Las vanguardias del siglo XIX, págs.
160-162. Edición a cargo de Mireia Freixa, Gustavo Gili, Barcelona,
1982.
|
|
[4]
|
Citado por Gabriel Peluffo en "De Blanes a Figari
pág. 12, Historia de la pintura uruguaya, Tomo I. Ediciones de la
Banda oriental, Montevideo.
|
|
[5]
|
Ibíd, pág. 16.
|
|
[6]
|
Comentario de 1874, hecho por Manuel Olagibal. Texto citado en
"100 pintores mexicanos", pág. XXVII. Catálogo
publicado por el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey,
Monterrey, 1993.
|
|
[7]
|
Beatriz González,
|Torres Méndez, pág.5. Carlos Valencia
Editores, Bogotá, 1985
|
|
[8]
|
Dawn Ades, Art in Latin America, pág. 84, Yale University
Press, London, 1989
|
|
[9]
|
Ivonne Pini, En busca de lo propio. inicios de la modernidad en
el arte de Cuba, México, Uruguay y Colombia 1920-1930, Universidad
Nacional de Colombia, Bogotá 2000
|
|
[10]
|
Revista de Avance, No. 29, diciembre 1928, pág. 361.
|
|
[11]
|
Ibíd.
|
|
[12]
|
Revista de Avance: No.35, junio de 1929, pág. 213.
|
|
[13]
|
Ibíd.
|
|
[14]
|
Revista de Avance: No. 28, abril de 1928, pág. 313.
|
|
[15]
|
Revista de Avance: No.33, abril de 1929.
|
|
[16]
|
Fernando Ortiz. La cubanidad y los negros. Estudios
Afrocubanos, págs. 4 a 15, La Habana, 1939.
|
|
[17]
|
Blaise Cendras publicó su
|Antología negra en 1921 y
Andrés Gidé su Voyage au Congo en 1927
|
|