|
|
|
I. A MANERA DE PRESENTACIÓN
GUANDO REFLEXIONAMOS ACERCA DE LAS PARTICULARIDADES DEL ARTE
REALIZADO EN LOS ÚLTIMOS AÑOS, no deja de asaltarnos una sensación
de incertidumbre. Somos espectadores de una época que se nutre por
impresiones que, como tales, pasan rápidamente, dificultando a
veces la relación entre lo real y lo representado. Parece que nos
moviéramos en un espacio de contornos poco definidos, en un área
fronteriza donde los límites suelen no ser precisos y los
acontecimientos se suceden en forma vertiginosa. Vivir en la
"época de la globalización", genera el temor de
que se consolide una cultura internacional homogeneizada, tendencia
que impediría desarrollar tradiciones e historias locales que
siguen siendo reservas de identidad.
El internacionalismo asimilado a ciertos lenguajes plásticos, no
impide una forma de arte en la que muchas veces no tiene cabida lo
que se hace fuera de los centros emisores. Las áreas periféricas
son observadas con sospecha cuando se apropian de tales recursos y
se las ve como imitadoras de un lenguaje que no les pertenece.
Parecería que deben exagerar sus rasgos particulares, aumentar el
exotismo, para ser más auténticos. Ello incide en la actitud de
muchos artistas, quienes deciden darle otra mirada a la historia
cuyo campo de análisis se ha vuelto a abrir. No es casual que esa
búsqueda lleve con tanta insistencia a citar textos como las
|Tesis sobre filosofía de la historia, de Walter Benjamin,
volviéndose, al decir de Habermas,
|contra la idea de un tiempo
homogéneo y vacío, que queda lleno de la obtusa fe en el
progreso
|
[1]
. En su tan citado fragmento de la Tesis
IX, Benjamín utiliza la metáfora sugerida por el grabado de
|Klee
Angelus Novus para afirmar:
|Se ve en él un ángel al parecer en el momento de alejarse de
algo sobre lo cual clava la mirada. Tiene los ojos desencajados, la
boca abierta, las alas tendidas. El ángel de la historia debe tener
ese aspecto. Su cara está vuelta hacia el pasado. En lo que para
nosotros aparece como una cadena de acontecimientos, él ve una
catástrofe única, que acumula sin cesar ruina sobre ruina y se las
arroja a sus pies. El ángel quisiera detenerse, despertar a los
muertos y recomponer lo despedazado. Pero una tormenta desciende
del paraíso y se arremolina en sus alas y es tan fuerte que el
ángel no puede plegarlas. Esta tempestad lo arrastra
irresistiblemente hacia el futuro, al cual vuelve las espaldas,
mientras el cúmulo de ruinas sube ante él hacia el cielo. Tal
tempestad es lo que llamamos progreso
|
|
[2]
.
Más allá de la veracidad de la percepción que tenga del cuadro,
lo que cuenta es la forma como Benjamin proyecta sus ideas en la
imagen creada por Klee. Y lo que Benjamin cuestiona es una noción
central de la filosofía burguesa de la historia: la fe en el
progreso, para oponerle la idea de catástrofe. El progreso como
elemento regulador de todo proyecto en la modernidad es puesto en
tela de juicio. Y como él mismo lo afirmara en una nota del
borrador:
|La catástrofe es el progreso, el progreso es la
catástrofe. De hecho ésta se convierte para Benjamin en el
verdadero continuo de la historia
|
[3]
. Tal vez
el pesimismo con el que se vive el umbral finisecular cuyos límites
son tan poco precisos, encuentra en la óptica de Benjamín otras
formas de concebir la historia.
Y en tal contexto, el arte está recobrando una función crítica,
se interesa en los significados, la teoría vuelve a ocupar un lugar
privilegiado -como ya había sucedido en los años 60 y 70- y junto a
ello las investigaciones artísticas rescatan la importancia de la
recepción, la función del artista y, para muchos, el valor de la
historicidad. La crisis de las relaciones tradicionales entre
productor y receptor de un arte, que debía hacer obras de arte,
involucra al espectador en la construcción del objeto estético. Se
espera que éste ya no sea un contemplador pasivo, sino alguien
capaz de buscar por sí mismo la significación. El arte no busca
entretener o instruir al espectador, sino convertirlo en un nuevo
realizador.
La memoria se vuelve un campo propicio para la indagación y ello
alcanza dimensiones peculiares en el caso departe latinoamericano,
donde la necesidad sentida por diversos artistas de enfrentarse a
las historias oficiales, a la amnesia con que suele rodearse el
pasado, los lleva a concebir visualmente nuevas elaboraciones de
relatos y recurrir a disciplinas diversas para reflexionar tanto
sobre el individuo como sobre su inserción en la sociedad. La
memoria puede jugar a ser fantasía pura o intentar convertirse en
fragmentos de la realidad que se filtra, proponiendo el rescate de
un pasado que no sólo busca conocer y dar a conocer, sino que
intenta reconstruir nuevos imaginarios. Ya sea desde la perspectiva
individual o colectiva la memoria se convierte en una manera de
conservar, actualizar y también reinventar el pasado. Se le
reconoce una función social, pero ésta no es homogénea; por el
contrario, cada grupo construye la suya, legitima unos hechos del
pasado y descarta otros. De allí que no siempre sea posible lograr
consenso y que los registros de memoria supongan relatos diversos
según quién y cómo los recomponga.
Esa intención de reactivar el valor simbólico de ciertos hechos
no es una simple mirada curiosa al pasado, es la posibilidad de
volver a pensar utopías. Sugiere Camnitzer que es posible resistir
las memorias prefabricadas, si mantenemos viva la conciencia de la
utopía.
|La utopía es sobrevivir... es que el arte sirve para
algo. No es la utopía como un final, perfecto y congelado. Es la
utopía como un flujo; como un proceso intermitente y con un sentido
preciso... Es la utopía del individuo asumido, orgulloso y por
ende- recordado
|
|
[4]
. La memoria aparece
ligada a la subjetividad, pero también a la identidad, de allí que
la aproximación a un mismo evento pueda generar procesos mentales y
emocionales diversos y ser múltiples las historias que tienen la
palabra.
Surgieron entonces en los 80 y 90 una serie de propuestas que,
desde perspectivas diversas, armaron un lenguaje visual pleno de
significados y lecturas sugerentes. Dichas miradas se comprometen
de distinta manera con su entorno, poniendo en evidencia las
particularidades regionales y la manera como cada artista las
observa. Repensar el pasado, proyectarlo al presente, fragmentarlo,
es un recurso que ha servido como base para el análisis de una
identidad que no pretende ser un todo coherente, sino que es el
escenario de diversas memorias y proyectos colectivos, con el
reconocimiento, de que en general, varios de esos proyectos
cambiaron, hicieron crisis, se modificaron o fueron abiertamente
rechazados.
El arte les permite desempeñarse como testigos e intérpretes de
historias pasadas, o enfrentar al observador a hechos que están
aconteciendo y corren el riesgo de olvidarse y convertirse también
en historia. Los objetos que crean pueden hablar del pasado como
acontecimiento íntimo, pero también de subdesarrollo, de
desplazamientos; de pérdida de los derechos humanos, de
empobrecimiento, indagando en la permanente intromisión que la
esfera de lo público tiene en la esfera privada.
En esa reflexión de base histórica, donde el rescate de la
memoria juega un papel clave, se perfila el interés por revertir
una apreciación tradicional: los modelos venían de los centros, sea
Europa o EE.UU., y América Latina se limitaba a repetirlos con
cierto mimetismo; aparentemente, la función de los artistas era
adaptar unas propuestas que actuaban como faros orientadores.
Obviamente la reacción contra tal esquema ya se perfila con
claridad y decisión en la modernidad de los años 20; pero, no
obstante el tiempo transcurrido, se sigue luchando por abrirse un
espacio propio que no se vea como subsidiario. La reflexión en
torno a sus problemas pasados, su proyección al presente, la
contemporaneidad de los mismos, llevó a discusiones distintas a las
que se dan, por ejemplo en Nueva York, donde un mayor predominio de
inquietudes formales o estéticas puede desplazar el contenido
memorioso que se perfila en Latinoamérica.
Las peculiaridades del desarrollo político, social y económico
de nuestros países, no podían dejar de incidir en la manera de
hacer arte. Reflexionar sobre su realidad les daba a los artistas
argumentos y alternativas para concebir el hecho artístico. Y cada
vez más éste fue visto como un significativo recurso de
comunicación, en sociedades como las contemporáneas, que cada vez
más asumen la imagen como principio comunicador. Ya no se trata de
describir el pasado sino de problematizarlo, volviendo a pensar
ciertos supuestos, reformulando códigos, usando la heterogeneidad
como una estrategia recurrente.
Un proceso de largo aliento que se había iniciado en las
primeras décadas del siglo, fue dando pasos progresivos hacia el
cuestionamiento de la idea -heredada de la segunda postguerra- que
asociaba modernidad con homogeneidad. Y si tales situaciones fueron
evidentes a fines de los 60 o en los tempranos 70, la tendencia a
la profundización de tal problemática fue creciendo. El progresivo
cuestionamiento de valores enfrentaba a una nueva axiología en la
que el arte, lejos de marginarse, toma un papel más activo. Y a la
hora de las redefiniciones, la separación de un recetario
ideológico y estético que se afirmaba en la existencia de modelos
homogeneizantes, abrió el camino para nuevas búsquedas que
enfatizaban en una resemantización de símbolos, entre los cuales
podemos ubicar esa particular manera de rescatar y presentar hechos
que deben formar parte de la memoria colectiva.
Y el arte utiliza la historia para volverla una creación
subjetiva, en la cual el artista maneja dos relatos paralelos: el
que le aporta la historia y el que él construye con su obra
|
[5]
.
|
[1]
|
Jürgen Habermas: El discurso filosófico de la modernidad, pág.
22, Ed. Taurus, Buenos Aires, 1989
|
|
[2]
|
Walter Benjamin, "Ensayos escogidos", pág.
78, Editorial Sur, Buenos Aires, 1967.
|
|
[3]
|
Rubén Jaramillo Vélez: "Sobre la filosofía de la
historia en Benjamin" en
|Sobre Benjamin, pág. 77,
Alianza Editorial-Goethe Institut, Buenos Aires, 1993.
|
|
[4]
|
Luis Camnitzer, "El individuo olvidado" en
Catálogo de la Bienal de la Habana, pág.31, Cuba, 1997
|
|
[5]
|
Ivonne Pini: "El pasado como experiencia subjetiva
pág. 52, Revista Art Nexus, No. 23, 1997.
|
|