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La alada barroca de Popayán
CHRISTINE BUCI-GLUCKSMANN
"Un gran signo apareció en el cielo: una mujer, vestida
de sol, con la luna bajo sus pies, y sobre la cabeza una corona de
doce estrellas... Entonces vi en el cielo otro signo: un gran
dragón de fuego rojo. Tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre
sus cuernos siete diademas... El dragón se apostó ante la mujer que
iba a dar a luz, para devorar al hijo en cuanto naciera".
En esos términos describe el Apocalipsis el surgimiento de esta
asombrosa Virgen alada, de procedencia bizantina antes de
reaparecer extrañamente en un fresco de Pompeya, y de convertirse
en un motivo específico del barroco colombiano o ecuatoriano, y del
de Popayán en particular. Un signo, un surgimiento, una aparición
en sentido fuerte. A la manera de los grandes ángeles del barroco
italiano o español, "La Virgen alada" de Bernardo
de Legarda, imagen de aparición y de elevación, como esas grandes
águilas de los Andes que se encuentran sobre todo en Popayán, se
despliega en la frontera de dos mundos. Por una parte, se eleva con
sus alas de oro y su corona estrellada, como arrebatada por su
"signo" divino y su rayo de oro zigzagueante.
Pero por otra, mira lo que ocurre abajo, donde aplasta con sus pies
y con sus dos filos de luna, las fuerzas oscuras del demonio, del
dragón apocalíptico convertido en serpiente del pecado cristiano.
Porque ella alza vuelo desde un zócalo bastante extraño, realizado
por los artesanos de Popayán, aunque Bernardo de Legarda fuera
escultor en Quito. Vemos primero un hexágono que contiene un
cuadrante solar al modo de Durero. Después, un inmenso globo
terráqueo de plata, cortado por el ecuador, como el que sostiene
Cristo Pantocrátor en los mapas medievales. Y finalmente esa flor
misteriosa, suerte de lirio-cáliz, que se observa en numerosos
incensarios de Popayán. La tierra como un horizonte mensurable, la
esfera como un ojo-mundo que refracta y refleja toda la luz
inmanente y sacralizante de los acontecimientos, y esta flor
mariana, altamente simbólica, con el aspecto de los lirios
angélicos de las Anunciaciones: todos elementos alegóricos de la
irrupción apocalíptica de la Virgen, salida de la noche y
apareciendo entre las estrellas. Sobre su globo terráqueo ella se
alza allí, toda "vestida de sol", en madera
policroma color de oro con ricos calados, desplegadas sus alas de
salvación, la de un futuro nacimiento y la de una Asunción. Ahora
bien, la luna que abate al dragón-serpiente, es esa misma Madre
universal del Mundo, desde "La Madona sentada sobre la
Luna Creciente" de Durero, hasta la Pachamama, diosa
incaica de la Tierra, propia de las culturas prehispánicas.
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CAT. 21
L'Immaculée Ailée,
XVIII ÈME SIÈCLE
Inmaculada alada,
S. XVIII
De todas las esculturas, pinturas y objetos religiosos expuestos
en París, vestidos y envueltos en su escenografía llena de
curvaturas, la Virgen alada es el símbolo, el síntoma y tal vez
incluso la metáfora de todo el barroco de Popayán. De su elevación
y de su vuelo. El corpus iconográfico es conocido, y se pueden
advertir en él sin dificultad los atributos del culto mariano
propio de la Contrarreforma en esta región. Se encuentra en efecto
ese mismo motivo de la Virgen alada en Quito, donde no está
sostenida por el zócalo geo-estético del mundo sino por una cohorte
de ángeles. Y se sabe que desde 1760 la "Tota
Pulchra" fue decretada patrona de las colonias españolas.
Suerte de madre mítica, reemplazaba la sagrada imagen
"maternal" anterior, como lo hizo la Virgen de
Guadalupe en México. Pero en Popayán, tan marcado en el siglo xvi
por la cultura andaluza y por la prodigiosa riqueza del oro -robado
a las tumbas por los conquistadores españoles y después extraído de
las aguas por los esclavos negros y los indios- la "Virgen
alada" alcanza todo su vuelo barroco. Ella misma es el
punto de encuentro de dos trazos estilísticos esenciales del
barroco: el arte del movimiento y del pliegue infinito, y el arte
de lo efímero, de un instante detenido, armado con afectos y
devociones, que procura convencer a los
"indígenas" y sugerir la meditación. Una suerte
de imagen exterior para suscitar una imagen interior, en la
tradición del Concilio de Trento, según la cual se deben hacer
visibles los relatos cristianos, para interiorizarlos y crear una
"suma intelectual", como lo quiere la teoría
jesuita de la imaginación. "Ver con los ojos de la
imaginación", escribió Loyola, con el fin de suscitar ese
"signo" del que habla el Apocalipsis. Un signo
por lo demás tan ambiguo como el arte barroco. El sentido se funda
allí en la materia y en una textura sensual, y la meditación, así
sea religiosa, pasa siempre por el goce del cuerpo y de sus
afectos, mas o menos teatralizados. Pues si todo barroco implica un
dispositivo donde "Ser es Ver", hasta perderse en
el éxtasis del enceguecimiento o de las tinieblas, aquí la visión
religiosa no desemboca sin embargo en esa torsión loca que anhelaba
Gracián: tener un ojo para "ver el ver",
practicar una mirada anamórfica, una "Locura del
ver"
|1
. Aquí
las torsiones y los vuelos del vestido de esta Virgen del
Apocalipsis, imagen si la hay de una iglesia militante derrotando
los "demonios" infieles, casi develan toda su
sabiduría mundana.
Ciertamente, ahí están todos esos movimientos de la materia y de
las texturas: pliegues, despliegues y repliegues de las maderas
policromas envolviendo a la Virgen lo mismo que a los Arcángeles y
a los Santos con su manto de luz y de reflejos. Pero esta
extraordinaria riqueza decorativa manifiesta una contención, un
replegarse, más cercano a Borromini que a Bernini. Los gestos
indican justo la acción, y sobre todo ese rostro mariano tan fino,
tan terso, los ojos ligeramente inclinados y bajos, un rostro casi
infantil, que me hace pensar en esas vírgenes infantes, la
"Macarena" y las otras de los
"Pasos" de Sevilla durante la Semana Santa, que
se encuentran también en la de Popayán. Esos rostros y esas manos
cuentan toda una historia. Son de hecho máscaras de cobre idénticas
(virgen o ángel) pintadas y retrabajadas a la "vessie de
bouc", para restituir esas encarnaturas tan frágiles, esos
blancos apenas rosados de la piel, como preservados de los ultrajes
del tiempo. "La Virgen alada" es inmaculada y es
toda juventud, señalada en su inmovilidad, absorta y casi
meditativa. Tanto que entre los repliegues de la materia y los
pliegues del alma, entre su elevación hacia sensaciones celestes y
esa suerte de llamado hacia lo bajo, creado por el zócalo y el
aplastamiento de la serpiente, ella constituye un inmenso trazo de
unión entre los dos mundos del barroco. Entre el cielo y la tierra,
entre la gracia y la fuerza, ella efectúa esa "caída hacia
lo alto" de la que hablaba Octavio Paz. Una caída que
evita todo exceso pasional, toda convulsión estremecida o excesiva,
y que caracteriza a mi parecer todo el arte de Popayán.
En efecto, a diferencia de las grandes fachadas ornamentales, es
decir sobrecargadas, de las Iglesias de Potosí, Quito o Puebla (con
su revestimiento de oro en el interior), en Popayán la arquitectura
permanece a menudo lisa y blanca, con ese famoso blanco impuesto
por la Inquisición para combatir el ocre árabe. Situada en un valle
en el corazón de los Andes, esta ciudad, reconstruida después del
último temblor de tierra, me recuerda en su luminosidad el
manierismo geométrico blanqueado de Andalucía, en Cádiz o en
Huelva. Como la alada, se alza en la luz de su propia magia. Hay
también una suerte de escisión entre los exteriores blancos,
planos, a veces regulares, y los retablos, esculturas y objetos de
culto - custodias, cálices y altares- de infinita riqueza, que
rinden testimonio al poderío y la magnificencia del poder colonial
y religioso de España.
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CAT. 32
Ostensoir de San Francisco
Custodia de San Francisco, 1740
En ese barroco paradojal de una desmesura mesurada, si se puede
emplear ese término, habita igualmente este niño Jesús tiernamente
dormido sobre la Cruz. Aquí, una vez más, el motivo alegórico
propio de la Contrarreforma es corriente. Se puede encontrar el
mismo niño Jesús en Quito, sosteniendo una cabeza de muerto, como
en una Vanidad. De hecho, esas alegorías muy presentes en la España
de los siglos XVI y XVII (Cf. "El niño desnudo de
pie" de Montanes en Sevilla), se difundieron en Colombia
gracias a los envíos de esculturas sevillanas, y sobre todo gracias
a la influencia de Zurbarán (se han calculado en un centenar el
número de cuadros que le son atribuidos), y de Murillo. En este
niño dormido sobre la Cruz, con todos los símbolos de la pasión,
Gregorio Vásquez retoma de hecho un tema de Murillo, y acopla
paradójicamente la iconografía cristologica del tiempo (Jesús niño,
dormido, pero llevando ya los signos de su destino), con elementos
cosmológicos y paisajísticos muy presentes en todo el barroco
iberoamericano. Pues este niño Jesús sugiere unos
"affetti" precisos: la aflicción y más aún la
melancolía del abandonarse al sueño. Pero él está como envuelto,
protegido por esta conchilla-caracola, con todas sus ambivalencias
psicoanalíticas. Símbolo del nacimiento y de la fecundidad, barco
donde se expone a los recién nacidos, vulva femenina y emblema de
Saint Jacques, también es el símbolo cristiano de la tumba.
"Según la voluntad divina, la naturaleza ha protegido la
carne blanda del molusco mediante una sólida corteza comparable al
seno materno protector", podemos leer en el
"Bestiarium" de la Edad Media...
Moderación de la Virgen, recogimiento del niño Jesús, esto me
evoca la melancolía difusa y ligera que envuelve las luces
vaporosas, los tonos refinados y todas las radiantes elevaciones de
Murillo. En su famosa "Inmaculada Concepción" de
1660, la virgen como una adolescente que resplandece, toda
elegancia y pureza, lleva un largo vestido blanco y su tradicional
capa azul. Vaporosa sobre un zócalo de ángeles, radiante contra un
fondo de oro que amarillea, es toda realismo y gracia. No estamos
lejos de la Virgen alada de Popayán, incluso si una historia
colonial y de dominación muy distinta se inscribió aquí, desde la
fundación de la ciudad en 1536. Ahora bien, esta historia
curiosamente ha combinado en Colombia, como en las altas mesetas
andinas de Bolivia y del Perú, dos épocas distintas de la historia
del arte. El manierismo influenciado por Italia (Cf. el rol de
Bernardo Pitti, formado en el manierismo de Vasari antes de hacerse
jesuita) y por la cultura pictórica y arquitectónica andaluza, y el
barroco de la Contrarreforma que dominará a partir de 1650. A tal
punto, que se podría por momentos hablar en Popayán de un
"manierismo barroco". Arte de las superficies, de
la talla y del plano infinito, el manierismo gobierna toda la
emblemática de Tunja, con su asombroso programa de elementos
animales y vegetales al modo de Durero. Como lo ha mostrado
Santiago Sebastián en "El Barroco
iberoamericano", ese plan emblemático nos remite a la
penetración del "Libro de los emblemas" de
Alciati, y las figuras manieristas-barrocas de los emblemas y de
las alegorías jugarán un papel esencial en la cultura colonial
|2
. Desde entonces, el
inédito encuentro barroco entre el fulgor de las texturas, la viva
riqueza de los coloridos y la moderación desconcertante de los
rostros y de los gestos, podría remitirnos hacia esta historia
compleja, propia de un "manierismo barroco", que
arraiga en toda una cultura prehispánica.
A menos que otra cosa no surja allí, una cosa de la que fueran
testimonio la pintura y la orfebrería con sus motivos más
crísticos: el dolor, su silencio y su "realismo"
decorativo. Inmenso "Cristo" de la pasión, con su
Cruz de madera de un solo soporte, y ese trabajo de orfebrería
refinada que uno encuentra en todos los objetos religiosos de
Popayán, entre ellos la asombrosa "Custodia de dos
cabezas". Se sabe que el trabajo de orfebrería es una
tradición indígena que se remonta al siglo VIII antes de Cristo, y
del que hablan todos los cronistas españoles de la Conquista.
Porque el oro como el sol tenía una función mágica, y los indígenas
se habían hecho maestros en el arte de las aleaciones, entre ellas
la de oro y plata (Cf. el Museo del Oro de Bogotá). Pero la
orfebrería tan preciosa de la edad barroca surge de hecho de un
mestizaje cultural entre la tradición prehispánica y las de los
judíos conversos expulsados de España. Es, en suma, una historia de
exilio y de dominación. Así "La Custodia de San
Francisco", con todo su trabajo de esmalte y su engaste de
esmeraldas y otras piedras preciosas, se presenta como un inmenso
"sol". Sabemos que los Príncipes Incas llevaban
esos Soles míticos y divinos como símbolos de lo sagrado y de su
poder, y que los hijos de los caciques dirigiendo los barrios de
las ciudades se desplazaban con un ostensorio de oro. Pero el sol
es también la piedra central de las Cruces Bizantinas, donde
representa a Cristo. En la Custodia de San Francisco, Dios, Sol de
todos los soles, se entroniza en la cumbre, abarcando con los
brazos abiertos el mundo y sus atributos (cf. el arco de la luna
creciente). Idéntico mestizaje cultural hay en la maravillosa
"Custodia con dos cabezas de Aguila". No se
trata, como se ha creído, del Aguila bicéfala de los Habsburgo de
España, sino más bien del Aguila de los Andes, motivo indígena tan
antiguo que se encuentran sus trazos en los nichos arqueológicos de
la Sierra Nevada de Santa Marta. Aquí nos mira fijamente con ojos
de rubí y de fuego, sin duda para hacer huir al Diablo. En el
relato de Hildegarde de Bingen, del "Liber
sustilitatum", "el diablo no retrocede ante las
piedras preciosas; las detesta y las desprecia porque ellas le
recuerdan que ya brillaban con todo su esplendor antes de que él se
abismara desde las cumbres de su magnificencia". A través
de esos entrelazamientos, arabescos, incrustaciones, de todos esos
motivos animales y florales vueltos pura abstracción, el decorado
religioso de Popayán nos remite a esa "voluntad de
arte" (Riegi) propia de los estilistas de la
ornamentación. De hecho, toda esta estética y esta simbólica de lo
"precioso" me hace pensar siempre en un bellísimo
texto de Federico García Lorca sobre la cultura granadina y su
"estética de lo minúsculo"
|3
. Es como si fuera preciso limitar, es
decir "domesticar lo ilimitado", la infinitud
barroca, en lo muy pequeño, y en objetos culturales de dimensión
corriente. Las piedras, con toda su simbología y su brillo, crean
una energía que espacializa el color sobre el fondo esculpido de
oro. Un resplandor o un "relámpago del Ser", a
imagen de los tabiques esmaltados o de las téseras bizantinas. La
Jerusalén Celeste, después del fin del mundo ¿no estaba construida
con piedras preciosas de diferentes colores, que representaban en
su pureza y su centelleo las aguas de las fuentes del Paraíso? Las
piedras preciosas siempre están tornasolando con un resplandor
múltiple. Modelo del paraíso, del cielo, de lo divino o de las
arquitecturas perfectas, son también entre los judíos conversos los
modelos mesiánicos del retorno.
Lo muy pequeño y lo muy grande, lo microforme y lo macroforme:
|El Cristo de la pasión, con su áspera cabellera criolla,
sus ojos semicerrados, y su cuerpo rosáceo surcado de sangre, está
ligado a la tierra por una imperceptible guirnalda de ángeles
minúsculos que sostienen los instrumentos de la pasión. Aquí, una
Verónica, y allí, una corona de espinas. Entre lo sublime del
martirio y esas frágiles miniaturas de ángeles, hay la misma
separación que entre la Virgen alada y el "Ecce
Homo" de la Capellanía. Hay allí tal vez un mismo realismo
barroco del dolor decorado, esa luz del abandono sin reservas de la
que hablaba Unamuno a propósito del Cristo de Velasquez. Y por un
curioso efecto de mudanza, es precisamente este Ecce Homo, este
"Amo", quien es el patrono de Popayán, al que se
saca a las calles en la fiesta del trabajo.
La mirada, así sea inclinada, modesta, herida o abandonada,
ayuda a creer: habla y debe convencer. Incluso en su repliegue o su
silencio, ese silencio que lleva, que sostiene, este asombroso
retrato cortado, con la vertical restante de una Cruz: la
"Piedad" de un anónimo del xviii, en su cuadro
doble. Una "Pieta" muy icónica, en la que el
Cristo escultural e indígena parece un doble mimético de la Virgen:
tanto se reflejan el movimiento diagonal de su cuello y la
inclinación de la cabeza de la Virgen en una misma línea de fuerza
abstracta y fija. Asombrosa "Pietá", con su
geometrización "divina": el círculo, la vertical
y la inclinación del afecto. Y sobre todo, ese instante detenido y
congelado del dolor sin palabras, que Sor Juana Inés de la Cruz
llamaba paradojicamente "retórica del llanto". Un
silencio en suma, una mirada oblicua, una ausencia como la de aquel
otro cuadro atribuido por la leyenda a Isabel la Católica,
"La Virgen en silencio". Esta vez estamos
aparentemente en el puro espacio frontal de lo iconico, donde la
Virgen nos mira fijamente con gran pureza. Pero este cara a cara se
ve sutilmente pervertido por el increíble plegado blanco y oval del
traje, y por la doble veladura que ciñe la cabeza sobre un fondo
negro adornado de oro (sin duda añadido). Hay allí una suerte de
imaginación triste, un duelo mudo. Pues si el barroco es
ciertamente "el pliegue al infinito" como
escribió Gilles Deleuze, aquí el pliegue es puramente espiritual,
inflexión ideal y virtual, como en Zurbarán, quien influyó tanto
sobre el arte de Quito. Pliegue-sudario, pliegue-velo,
pliegue-sable o pliegue-ondulado, el plegado muy inmaterial acentúa
la frontalidad de la mirada y la lisura silenciosa, la soledad, del
rostro. Como si el hieratismo de esta intensidad alcanzara de un
modo súbito la elevación de los Arcángeles y de la Virgen. ¿El
barroco de Popayán sería bifronte, arte del más y arte del menos,
que junta dos tradiciones a menudo opuestas, la de Bernini y la de
Borromini, poniéndolas al servicio de un mismo fin apologético?
Aquel que Ignacio de Loyola definía en las escenas y los asuntos de
sus "Ejercicios espirituales" como identificación
imaginaria: "reclamar el dolor con el Cristo doloroso, el
desgarramiento con el Cristo desgarrado"
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CAT. 8
Vierge du Topo,
XVIII ÈME SIÈCLE
La Virgen del Topo,
s. XVIII
Esas historias, escenas y asuntos referidos, tienden a construir
un relato mediante una verdadera energética de la expresión, que
encontramos precisa mente en los 12 cuadros en cobre del ciclo de
Cortez, dedicado a la Virgen. Un mural impresionante, que inventa
en pleno siglo dieciocho el famoso principio de la colección como
serie, obsesión del arte moderno. Ahora bien, la serie presupone
siempre un motivo repetido y variado, para darle una fuerza
expresiva o inexpresiva. Aquí nos encontramos ante una serie
narrativa, donde el asunto mismo de la Virgen ha cambiado en
función de los acontecimientos de su historia humana y divina:
Virgen del Apocalipsis, Inmaculada Concepción, Nacimiento de la
Virgen, Presentación de la Virgen en el Templo, Anunciación,
Visitación, Presentación de Jesús en el Templo, Virgen de los
dolores o del rosario, Asunción... Todo un ciclo de vida construido
sobre una misma matriz. Pues a través de todos esos
acontecimientos, los elementos se repiten: los marcos recargados,
la situación y la puesta en escena de los cuerpos, el fondo liso
verdeazul de donde se desprenden los rojos y los verdes, la
claridad de una luz trascendente que tiende a veces a "la
Imagen santa", para citar sólo algunos.
En qué consiste una serie tal, realizada a partir de un ciclo de
grabados de Gottfried Brenhard Goetz, llegados a Quito, que sirve
realmente de esquema narrativo y de modelo para el dibujo
|4
. Un ciclo de vida, bajo la
forma específicamente cristiana de la "Vida de"
(Jesús, María, los Santos, las Santas, o los Padres de la Iglesia).
Una suerte de repetición desnuda, desnudez destinada a suscitar la
identificación. ¿Se trata aún de un viaje al fondo de lo
"decorativo", donde los elementos se combinan
entre sí por rupturas y diferencias? ¿O de la puesta en acción
antes de tiempo de una red dinámica que crea instantes
privilegiados y ritmos múltiples? Todo eso sin duda, pues la serie
es "E1 Otro en la repetición del Mismo", como
escribe Gilles Deleuze en "Diferencia y
Repetición". No es más que el otro rostro de la alegoría,
que es "allos"-"logos",
discurso del otro, puesta en lenguaje de la alteridad. ¿Pintar al
Otro como el Mismo no es acaso una de las grandes estrategias de
las religiones de Conquista? Es como si en la situación colonial de
la América Latina, el poder hubiera tenido siempre dos caras
inseparables: dominar y convencer. El Otro -esa Virgen cristiana,
blanca y occidental, no será para vosotros, no cristiano, negro,
indio y no occidental- más que el rostro del Mismo. Pero un rostro
atrapado en la relación más específica del arte barroco colonial:
obrar de suerte que el signo comprenda la heterogeneidad, que la
envoltura exterior pueda producir un efecto emocional fuerte y casi
abstracto que llegue incluso a reinscribir signos o rasgos
prehispánicos en el barroco. Esos doce cuadros en cobre son pues
"retratos religiosos" en serie, y en forma de
relatos, pero aquí el signo, la imagen y el referente coinciden y
transforman los retratos en efigies.
Es decir que las figuras barrocas del éxtasis pueden ser
múltiples, o sea, ambivalentes. Pues si bien hay un éxtasis que se
alcanza por rapto, trance y arrobamiento, como el de la Santa
Teresa de Bernini gozando y muriendo bajo el dardo angélico, en el
movimiento infinito de sus pliegues de mármol, existe otro éxtasis,
más congelado o más inmóvil, el del "San Francisco de
pie" de Zurbarán. Erguido, envuelto en su burdo talar de
paño oscuro, es como la efigie de lo divino. Pues de hecho el
cuadro no es un retrato del Santo en oración, sino "una
imagen a la segunda potencia" del Santo milagrosamente
advertido de su muerte cercana
|5
. En esta inmovilidad de vida-muerte,
sólo su mirada cautiva en el rapto del éxtasis divino trasluce el
trastorno interior, propio de la imagen-reliquia. Es una mirada
gobernada por una aparición.
Volvemos entonces a las diferentes
"elevaciones" de Popayán, los tres Arcángeles en
madera policromas, o los Profetas, Elías y Jonás. Todos ellos se
desprenden, como viniendo hacia nosotros en la transparencia sutil,
ya soñadora, ya extática, de sus miradas, rostros y gestos. En esas
encarnaciones lisas y ligeramente maquilladas, lo natural se une al
artificio y aún al artefacto, para celebrar de manera ardiente la
cuestión central del catolicismo: enunciar, representar, y sobre
todo poner en escena un cuerpo muerto y ausente. Con sus giros, sus
vuelos y sus pliegues, su gusto por lo mixto y por lo disímil, que
puede llegar hasta el impudor, el barroco producirá todos los
recursos estilísticos propios de ese mundo intermedio entre lo
celeste y lo terrestre, con su cohorte de ángeles mediadores y
mensajeros del Otro. Ahora bien, según toda una tradición
espiritual, las operaciones consisten en "pasar"
(transire in Deum), o incluso en "tender hacia"
(tendere) como lo ha mostrado Michel de Certeau en "La
fábula mística"
|6
. Esos "tránsitos"
forjan entonces un espacio intermedio como el de la Virgen
alada.
Miremos más de cerca al Profeta Elías. Según el Antiguo
Testamento, el asistió a la transfiguración de Cristo con Moisés, y
se lo representa muy a menudo en un carro de fuego, dejando su
manto protector a su sucesor, Eliseo. En Popayán, Elías está
atrapado en el vuelo giratorio, arremolinado, vuelto, devuelto y
revuelto, de su banda en rojo y en oro. Un fuego absoluto, que
contrasta con el movimiento detenido en éxtasis de la mirada y de
la boca apenas entreabierta. Como si esta envoltura del cuerpo
rosado y desnudado por el vuelo de la banda se hiciera de pronto
indecente, cuando Elías señala con el dedo la
"casa" de Dios. ¿Y qué decir de esos pliegues
casi ' levantados, que apenas se alzan, en forma de concha
invertida, túnicas de arcángeles que dejan entrever el movimiento
apenas esbozado de sus piernas juveniles, tal vez andróginos, en
las escotaduras del embrujó evocador de la madera policroma?
El tránsito, -el arte de los tránsitos- consiste en trasmitir
una suspensión, en marcarla y en remarcarla, para qué algo del alma
alce vuelo. Tal era acaso el "signo" apocalíptico
de "La Virgen alada" de Popayán, que une en un
mismo movimiento los mil fuegos de las piedras y el amor de los
orfebres por las esmeraldas. Siempre asociadas a la Virgen,
verdaderos signos acuáticos, éstas conjuraban las tempestades. Una
elevación barroca contra las tempestades, o convertida en
tempestad, tal es la ambigüedad de todo tránsito, en Popayán y en
cualquier parte. Ser un lugar y una frontera, un movimiento hacia
algo o una caída. A menos que uno sueñe con ese "Castillo
interior" del alma en "diamante puro",
ese "muy claro cristal", ese castillo encantado
del que habla Santa Teresa, donde el intersticio infinito de los
reflejos y de las facetas nos conduce a las inflexiones barrocas de
lo virtual del alma.
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FUERA DE EXPOSICIÓN
rcángel
S. XVIII
Anónimo
Madera Policromada y estofada
82x42x29 cm
Colección museo de Arte Religioso, Arquidiosesis de Popayan.
HORS CATALOGUE
Archange
XVIII ÈME SIÈCLE
Anonyme
Bois polychromé et arrangé
82x42x29 cm
Colección museo de Arte Religioso, Arquidiosesis de Popayan.
NOTES
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1
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Véase nuestro libro
|La folie du voir. De l'Esthétique
baroque, Galilée, 1996 (reedición) y "
|Puissance
du baroque", en Puissance du baroque, Galilée,
1996.
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2
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Sobre este asunto y sobre los que conciernen a la iconografía
barroca, hay que remitirse al libro fundamental de Santiago
Sebastián,
|El barroco iberoamericano, Madrid, Alianza
Editorial.
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|3
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Federico García Lorca,
|Obras completas, Madrid,
Aguilar.
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4
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Sobre este punto, véase Santiago Sebastián en el catálogo
"Arte religioso en Popayán", Museo de Arte
Religioso, Banco de la República, Bogotá, 1986.
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5
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Louis Marin,
|Philippe de Champaigne ou la Présence
cachée. París, Hazan, p. 324.
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6
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Michel de Certeau,
|La fable mystique,
Gallimard,.Paris, 1982, p. 234.
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