JOSÉ MARÍA ESPINOSA

ABANDERADO DEL ARTE EN EL SIGLO XIX

BEATRIZ GONZÁLEZ

 

 

CAPÍTULO 9

PINTOR DE HISTORIA Y DE PAISAJE

Su memoria visual y literaria de la patria

Las batallas en las que participó

Pintor del género de paisaje

El narrador

Las batallas en las que no tomé parte

 

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JOSE MARÍA ESPINOSA

Batalla del Alto Palacé

 

Su memoria visual y literaria de la patria

COMO PINTOR de historia, Espinosa se diferencia de muchos de los artistas que han practicado este género en América ya que él mismo tomó parte en los conflictos bélicos que interpretó en su pintura. Pocos artistas han realizado esa doble hazaña. Ni siquiera en Europa: Jean-Antoine Gros [1771-1835], el pintor de Napoleón, aunque obtuvo en Milán «el derecho a uniforme, sueldo y caballo y de adquirir conocimiento de los ejércitos en campana» [1] no tuvo por meta participar en la guerra que pretendía la expansión del imperio, sino enriquecer el Museo del Louvre con los tesoros italianos. Espinosa, en cambio, como los grandes románticos, buscó la libertad.

Su serie de batallas, acciones y combates, representa la campaña del sur de Nariño en la cual actuó como abanderado:

Siendo guerrero él mismo y no de cualquier manera, sino como abanderado en las batallas más encarnizadas. Diríase por ello, que se formó en el vivac y que aprendió el oficio ante modelos heroicos, ya estudiando las muecas de la muerte, ya captando el feroz dinamismo de las batallas, ya estructurando la composición de los regimientos sobre el campo de guerra o trazando el fugaz dibujo de los corceles cuando los jinetes cargaban lanza en ristre. Sus recuerdos son historia patria [2].

 

Las batallas en las que Participó

El dato más antiguo que se encuentra en relación con la serie de cuadros de batallas, es su participación en la Exposición de los Productos de la Industria, en 1848, evento en el que exhibió el boceto de la Batalla de Palacé. Al año siguiente, en la Exposición de la Industria de la Sociedad Filantrópica, expuso la acción de Juanambú. Ante esta obra, el jurado recomendó a los pintores practicar el género histórico y adjudicó

diploma al Sr. Espinosa, merecedor de elogios como artista y como buen patriota [3].

Una extensa reseña, publicada en El neo-granadino, arroja luz sobre el trabajo del pintor-abanderado y la manera como trazó un programa iconográfico con el objeto de realizar cuadros históricos para ser exhibidos en la. Exposición Industrial —una obra por año—, hasta abarcar las acciones heroicas de la Independencia, en muchas de las cuales participó:

 

[XXXII]

JEAN-ANTOINE GROS

Los apestados de Haifa (detalle)

 

El Sr. José María Espinosa, artista bien conocido en esta capital por su habilidad para el trabajo de miniatura y agnada, ha presentado en años anteriores en la ‘Exposición de los productos de la industria’, algunas obras de mérito que han obtenido una honrosa calificación del jurado, recibiendo por ellas el premio a que se ha hecho acreedor. Entre estas es digna de mencionarse una lámina a la agnada representando la acción de Palacé mandada y dirigida por el general Nariño. Esta acción, como una de tantas victorias que obtuvimos sobre los españoles en la guerra de independencia, merecía bien un recuerdo del artista bogotano, compatriota y conmilitón de Nariño; y nada más propio para celebrar el aniversario de nuestra existencia nacional política que la representación de un hecho que tantos recuerdos de gloria tiene vinculados. Este cuadro presentado en la ‘Exposición’ fue una bella ovación del artista a la industria y a la libertad de su patria; ovación muy del caso, llena de noble sentimiento, de inteligencia y de buen gusto. Consecuente el Sr. Espinosa con su propósito, según nos lo ha dicho, de presentar en cada ‘Exposición’ un cuadro de la misma naturaleza representando alguno de los hechos más heroicos de nuestra gloriosa época de emancipación, ha trabajado y presenta hoy una gran lámina a la aguada, cuyo argumento es el disputado paso de Juanambú, que al fin se verificó por el ejército patriota, a despecho del número, fuerza y valor del enemigo, y de la desmoralización, o mejor dicho, del desaliento producido por una primera e imprescindible retirada [...] Aún viven algunos de los individuos que se hallaron en aquella memorable jornada, la mayor parte de los cuales habitan en esta capital; entre ellos el mismo Espinosa, ardiente y decidido patriota, que seguía entonces la gloriosa carrera de las armas como otros muchos jóvenes de familias acomodadas, el cual fue no sólo testigo presencial, sino actor de esta acción campal, como varias otras de aquella época, con el grado de alférez abanderado de la 2a. Compañía de Granaderos de Cundinamarca. ¿Cómo dudar, pues, de la fidelidad del dibujo ejecutado por el Sr. Espinosa, y cómo no apreciar debidamente el doble mérito de este trabajo? Por nuestra parte, y por lo poco que se alcanza en achaque de pintura, lo juzgamos acreedor de uno de los principales premios que hayan de adjudicarse. Recomendamos a la atención del público, y particularmente a la del Jurado de calificación, el mérito de esta obra, ya se la considere como una interesante página de nuestra historia, ya como un estimable producto de las bellas artes en nuestro país [4].

Ocho de estos bocetos en acuarela fueron reseñados en el catálogo de la Exposición de Bellas Artes, organizada por Alberto Urdaneta en 1886. Dos pertenecen a la colección del Museo Nacional: uno de Juanambú y otro, en tinta, de la Cuchilla del Tambo. El último lo firmó el artista como «hacistente y pintor Espinosa Prieto». Podría pensarse que debió realizar este boceto en la prisión, poco después de sucedida la batalla, por la rapidez y la precariedad de medios con que se nota fue ejecutado, el papel y la tinta china; pero es casi imposible que el papel hubiera resistido los tres años de su vida de fugitivo, en las situaciones más precarias y en el clima húmedo del territorio del Huila. Las dos obras son una aproximación al óleo del mismo tema, pero no alcanzan a ser bocetos porque son variaciones del acontecimiento.

En 1871, ya debía estar completamente realizada la serie de cuadros al óleo porque en la crónica de la exposición de Bellas Artes del 20 de julio se le reclama el que no haya exhibido sus batallas:

No sabemos por qué el viejo veterano de nuestra Independencia, el honrado y humilde señor Espinosa, ha esquivado el que sea conocida su preciosa colección de cuadros, obra de su prodigiosa memoria y de su diestro pincel, que representan las batallas a que asistió en el sur de la República en 1813, etc.; preciosas primicias de una abundante cosecha de martirios y lágrimas para obra magna de nuestra gloriosa emancipación [5].

 

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JOSE MARÍA ESPINOSA

Batalla de Juanambú

 

[174]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Acción del Llano de Santa Lucía

 

[175]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Batalla de los ejidos de Pasto

 

Las pinturas de batallas de la campaña de Nariño en el sur han sido consideradas equivocadamente obras de la vejez del pintor. Eugenio Barney refutó en sus primeros escritos esta teoría del historiador Gabriel Giraldo Jaramillo [6] sin embargo, luego sostuvo:

Este grupo de pinturas al óleo sobre tela, fue concebido por Espinosa en 1872 con el fin de dar cumplimiento a una solicitud del Gobierno Nacional que estaba interesado, como sucedía en otros países americanos (Venezuela, por ejemplo, contrata sus batallas’ con Martín Tobar y Tobar) en ilustrar la guerra de liberación con ‘blasones democráticos’ [7].

Si -como afirma erróneamente Barney- hubieran sido concebidas en 1872, Espinosa habría tenido entonces 78 años y sólo le habrían quedado 11 de vida para realizar una obra tan ambiciosa. Al final de sus Memortas (1876) registra las batallas como una compra del Estado, pero no como un pedido:

También hice ocho acciones de guerra, que están en Palacio por habérmelas comprado el Gobierno cuando era Presidente por segunda vez el señor D. Manuel Murillo T. Algunos de estos cuadros, que estuvieron mucho tiempo en mi poder, fueron aprobados por los señores Generales Joaquín París, Hilario López y por el señor doctor Alejandro Osorio, que fue secretario del general Nariño, en toda la campaña del Sur [8].

En 1872, cuando fueron adquiridas estas obras, los testigos y consultores del pintor ya habían muerto -Joaquín París en 1868,José Hilario López en 1869, y Alejandro Osorio en 1863-. Con esto se prueba que de ninguna manera los pudo pintar a partir de una solicitud del gobierno en el año de la compra. Igualmente, debe recalcarse que Espinosa dijo haber tenido estas obras «mucho tiempo» en su poder.

Barney considera que el «carácter anecdótico» de las batallas se explica, en parte, a que debían servir para ilustrar las Memorias de un abanderado:

Las escaramuzas de guerrilleros, al fondo del cuadro con la humareda de la pólvora, la silueta de caballos y la confusa soldadesca de criollos enfrentados, de forzados combatientes contra la fanática indiada realista, es el pretexto, al parecer, utilizado socarronamente por el pintor para cumplir con el contrato que tenía celebrado con el Gobierno; pero su tema verdadero, tal como hoy se puede apreciar, es el que aparece en primer término en los ocho cuadros de la campaña del sur, o sea, la otra parte de la batalla, la verdadera escaramuza del folclor criollo. Allí están las mujeres que guisan la comida de los guerreros; allí los ladronzuelos que sacrifican la res del ejército para luego vender la carne al mejor postor, es decir al triunfador [...]; de igual manera puede observarse al oficial herido que es retirado del frente y los bucólicos paisajes por donde ‘todavía’, mientras transcurre la acción de guerra, transitan los campesinos ajenos a la disputa de los soldados y merodean algunas bestias domésticas sin que las espante el estruendo de la batalla. También están en primer término las ‘gulungas’ o ‘Juanas’ que descansando los brazos sobre cercados y empalizadas, observan la manera como sus hombres libran la fratricida escaramuza [...]. Las batallas criollas, por fortuna, no sufrieron retoques. Transcurrían otros tiempos y la nación presidida por radicales y románticos no requería héroes individuales, con casacas francesas; anhelaba, en cambio, historias legendarias, con acciones en las que masivamente interviniera el pueblo contra la reacción de España. Era el momento de popularizar la guerra de Independencia [...]. Por ello, y no sólo por la paupérrima situación del tesoro estatal, el pintor bogotano recibió tardíamente, en reconocimiento a su buena voluntad y a título de dádiva a su desvalida vejez, quinientos pesos por el conjunto de las batallas que recordaban las acciones en las que él mismo intervino como abanderado de don Antonio Nariño [9].

 

[176]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Batalla del Río Palo

 

Realmente, cuando Espinosa dictó sus Memorias al escritor José Caicedo Rojas, en 1876, las batallas ya habían sido pintadas, por lo menos 20 años antes. La relación es a la inversa: fijó los episodios en los cuadros para recordar las hazañas que serían escritas después en Memorias de un abanderado:

Notable producción dictada por los labios del veterano de la Independencia, señor José María Espinosa, al señor José Caicedo Rojas. Recomendamos la lectura de estos interesantes episodios de la guerra de nuestra independencia, escritos por pluma de maestro. Están en prensa [10].

 

Pintor del género de paisaje

Estas batallas se caracterizan por ser concebidas como paisajes. Espinosa no olvida la naturaleza tropical, al incluir las palmas de cera en el combate del río Palo. En las acciones guerreras están representados los ríos torrentosos, los desfiladeros, el páramo andino de Pasto, el valle que rodea a Popayán. Sólo el culto por la observación de la naturaleza, heredado de la Expedición Botánica, le permitió tratar el tema histórico dentro de la verdad geográfica. Por esta misma actitud, y no por congraciarse con el gobierno radical al colocar «acciones en las que masivamente interviniera el pueblo contra la reacción de España» [11], en cada una de ellas coloca en medio de la violencia de la acción, detalles costumbristas, como los indígenas y los campesinos acompañados de animales domésticos.

Aunque las batallas tenían un destino diferente del que tienen las «vistas», o las obras de género de paisaje, esto es, de producir deleite ante la naturaleza, Espinosa dio tal importancia a las locaciones de los encuentros bélicos, que la naturaleza predomina sobre la narración histórica. Su aproximación a la naturaleza en las batallas permite catalogarlo como paisajista.

El tratamiento del paisaje en estos cuadros históricos indica claramente la influencia de pintores viajeros que vivieron en Bogotá entre 1839 y 1856, en particular del barón Jean Baptiste Louis Gros [¿1793-1870?], hijo del pintor de Napoleón, de Albert von Berg [1825-1884] y de Frederick Edwín Church [1826-1900], quienes trabajaron académicamente el paisaje andino. Sin esta influencia no se puede explicar cómo pintó Espinosa el cielo arrebolado de la batalla de Calibío, el resplandor de la del Palo o las penumbras de la de Juanambú.

 

[177]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Batalla de la Cuchilla del Tambo

 

[178]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Batalla de Calibío

 

Una corriente estética relacionada con la pintura de paisaje había sido impulsada por Alejandro de Humboldt y emparentaba al romanticismo, al realismo con el arte ciencia. En su obra Cosmos. Intento de una descripción física del mundo, el sabio naturalista alemán promovió una gran curiosidad por la naturaleza tropical. Esta corriente llegó al país, en primer lugar, a través de una fuerza capitalista y burguesa del siglo XIX representada en los periódicos ilustrados, los cuales empezaron a venderse por suscripción. Los más importantes fueron Revista de dos mundos, La ilustración, El globo y la Vuelta al mundo. Las luchas editoriales los llevaron a contratar pintores que viajaran, miraran, dibujaran y retrataran, para que después los talleres de grabados vertieran estas imágenes a la xilografía o a la litografía. El intercambio de información permitió la difusión de dichos impresos en América.

Resulta innegable que la adopción del tema de los viajes en los periódicos se debió al gran prestigio de Humboldt. Él, por su parte, estaba interesado en que pintores académicos de gran nivel visitaran los diversos países para completar la información de sus propias publicaciones. Fue por ello que buscó el patrocinio de los poderosos para sus escogidos, los orientó, les indicó los parajes y los mejores puntos de observación. Tal fue el caso de Mauricio Ruguendas [1802-1858], en México y los países del sur; y de Albert von Berg, del segundo barón Gros e, indirectamente —a través de Cosmos—, de Church en la Nueva Granada. Así, entre la década de 1840 y la década de 1850, fue llegando a Bogotá una pléyade de paisajistas entre los que sobresalieron el diplomático Jean Baptiste Louis Gros desde 1839 hasta 1842, León Gautier [1822-ca.1880] entre 1848 y 1850, Albert von Berg entre 1848 y 1854, y Frederick E. Church en dos oportunidades, 1853 y 1857. Igualmente, un diplomático inglés, acuarelista aficionado, Edward Walhouse Mark, entre 1843 y 1857. Los pintores terrígenas indudablemente recibieron de ellos toda la información relativa al género de paisaje y a las diversas técnicas. La mayoría de estos viajeros-artistas expusieron sus obras en la Casa de la Aduana, pegada a la Catedral, sobre la plaza de Bolívar. Se sabe que Gros expuso sus vistas del Tequendama, las cuales realizó cuando comprobó personalmente las medidas que había hecho Humboldt de esta curiosidad de la naturaleza. Tanto tiempo permaneció allí que a un sitio especial se lo denominó el «balcón de Gros».

Estas pinturas, estos cielos, estas atmósferas pintadas al óleo, fueron indudablemente las fuentes de los paisajes-batallas de Espinosa. Cuando se sabe que Gros invitó a Ramón Torres Méndez a estudiar a Europa y no a Espinosa, se puede pensar que lo hizo porque Torres era quince años menor que el abanderado, que tenía mejor salud, que no era un veterano de la Independencia, pero no porque poseyera mayor talento.

Espinosa trabajó la pintura de paisaje no solamente en las batallas sino en los dibujos, acuarelas y miniaturas. En unas pocas caricaturas colocó un fondo de árboles y montañas. Se debe recordar el marfil titulado Una admón. del Dr. Margallo, que representa al sacerdote cuando, por cumplir su deber sacramental, desafía la tempestad andina en Bogotá. Es un paisaje nocturno al igual que la batalla de Juanambú—, pero la escena se desarrolla no en una noche de luna, ni en el campo, sino en el ámbito urbano; es una tormentosa visión de la capital.

La acuarela del Salto del Tequendama recuerda el tema icónico trabajado desde el virreinato y particularmente difundido por Humboldt. Cuando Espinosa lo dibujó en 1821, es seguro que ya conocía algunos de los grabados del geógrafo alemán porque se observan similitudes en el ángulo de visión. Aunque Espinosa le agrega curiosos ingredientes, como unas personas asomándose al Salto en la parte superior.

La pequeña acuarela Escena campesina. Apunte agrario, dibujada alrededor de 1840, representa a un campesino en el acto de arar la tierra en la sabana de Bogotá. Obra perfecta en la cual la intención del artista puede ser presentar un cuadro de costumbres o la belleza del páramo o el amor por la tierra. En ella demuestra Espinosa su destreza para trabajar el pequeño formato, con claridad, con conciencia de los valores cromáticos, y que antecede en más de cincuenta años a los artistas que desde la Escuela de Bellas Artes se ocuparon, a fin de siglo, del género de paisaje.

Esta obra de Espinosa resulta una ilustración cabal de ciertas aspiraciones de un país que, a pesar de las diferencias políticas, aspiraba a la paz y creía que solamente se alcanzaría mediante el impulso de la ciencia dirigida hacia el conocimiento de los recursos naturales, como lo habían intentado los borbones al final de la Colonia. Se debía educar en la agricultura práctica y promocionar el comercio de exportación de productos de la tierra. Se esperaba que las gentes laboriosas del campo y la ciudad evitaran las guerras y llevaran al país a un progreso edénico:

Los neoborbones tenían la esperanza de que desestimulando el ingreso de las generaciones jóvenes a las carreras legal-burocráticas, podrían formar una nueva elite científico técnica complementaria que en vez de comprometerse en aventuras políticas perturbadoras, se encauzaría en un trabajo metódico y construiría la sólida economía que se necesitaba para sustentar el Estado [12].

No obstante, poco a poco se fueron complicando las relaciones regionales hasta culminar en guerras civiles, las cuales despreciaba Espinosa, quien se vanagloriaba de no haberse comprometido en derramar sangre de sus hermanos. En su bucólica Escena campesina, el campo, los hombres, el arado, los bueyes, envueltos en un tono general rosáceo, son más que un proyecto artístico, son una alegoría de la paz. Habría servido para ilustrar El artesano honrado y laborioso, opúsculo con el cual el gobierno obsequió a los participantes en la primera Exposición de la Industria en 1841.

 

[179]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Catarata del Tequendama en 1821

 

[180]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Escena campesina. Apunte agrario

 

Paisajes como el descrito no son muy frecuentes en Espinosa; sin embargo, en cada uno de ellos se observa, como en la acuarela de Juanambú, un anhelo de perfección técnica y una búsqueda de emoción estética que evidencian el talento cabal del artista.

 

El narrador

Resulta notable la correspondencia literal entre la narración de las batallas en Memorias de un abanderado y las pinturas. En Tacines, situado entre Buesaco y Pasto, tuvo lugar el 9 de mayo de 1814 una acción que Espinosa recuerda de la siguiente manera:

En la altura de Tacines estaba el campo enemigo con la artillería, y en las faldas se hallaba la infantería, parapetada, como siempre en buenas trincheras [...] A medio día estábamos ya en la mitad de la cuesta, y hacían estragos los fuegos del enemigo en nuestras filas por estar ellos emboscados y nosotros al descubierto [...] Nuestra gente empezaba a flaquear, y aun hubo compañías que echaban pie atrás. Viendo esto Nariño, y temiendo que los demás siguieran su ejemplo, pica las espuelas a su hermoso caballo zaino, y grita: ‘¡Valientes soldados! ¡A coronar la altura! Síganme todos’. Al ver los soldados que su jefe se arroja espada en mano, se reanima su valor, olvidan la fatiga y el peligro y le siguen denodados [...] Descollaba entre todos, y adelante de todos, la figura de Nariño con su traje acostumbrado; uniforme de general y sobre él un saco o sobretodo de color leonado, sombrero al tres, calzón blanco, bota alta de campaña, banda carmesí, pistola y espada [13].

 

[181]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Batalla de Tacines

 

Espinosa coloca en el centro del cuadro a Nariño, en el momento en que infunde coraje a sus soldados. Su figura está pintada minuciosamente. Escenas secundarias como los indígenas despellejando una res de los patriotas para llevarle carne a los realistas, de quienes eran partidarios, y el soldado herido que es ayudado por sus compañeros y una «Juana» (mujer que acompaña la tropa), animan la escena.

De este modo cada batalla pintada por Espinosa tiene su correspondencia literaria; sin embargo, por su particular talento va más allá de la simple ilustración. Su objetivo era dejar testimonio de la belleza del país y de los valores patrios, ante el peligro de que cayeran en el olvido y la nación se destrozara en nuevas guerras civiles.

En ello coincidía el pintor abanderado con el redactor de sus memorias, José Caicedo Rojas, cuya obra ha sido analizada por Baldomero Sanín Cano y en la que detecta un pesimismo semejante al de algunos escritores de fin de siglo:

El rasgo dominante de la obra literaria del señor Caicedo es su amor por las cosas viejas. Pero este amor [es] el respeto debido a lo que fue [...]. Con el señor Caicedo Rojas pasa lo que con los artistas que ponen su alma en una región distinta de la que viven. Las aspiraciones imposibles acaban por desengañar el espíritu [14].

También coincide en su amor por la naturaleza:

Otro rasgo distintivo del señor Caicedo es el amor por la naturaleza, pasión que tiene origen en su predilección por la antigüedad. La naturaleza, con sus perennes transformaciones, conserva al través de los años todos sus rasgos característicos [15].

Se identifican tanto Caicedo y Espinosa que a veces el uno presenta en sus pinturas condiciones literarias y el escritor demuestra talento pictórico:

Veamos, antes de llegar a las cualidades salientes de su manera de escribir, cómo desarrolla las formas, qué valor tiene en sus obras el elemento pictórico, y qué sentidos complementan y enriquecen sus dotes de paisajista. [...]. El señor Caicedo, ante esos monumentos de la naturaleza y del arte rudimentario, no describe, contempla. La contemplación le arrebata aquella serenidad indispensable al artista que pretende reproducir un rinconcito de lo creado con verdad relativa [16].

Por el amor a la naturaleza, por el amor al pasado, Baldomero Sanín Cano considera que la filiación de Caicedo «es señaladamente romántica» [17]. Por esas mismas razones se puede considerar de igual manera al pintor abanderado.

Caicedo instó a Espinosa con muchos años de anterioridad, para que escriba sumariamente los hechos en que fue testigo presencial, y aun actor, en la guerra de la independencia [...] Escribe nuestro amigo en una edad octogenaria. ¿Por qué ha aguardado tanto tiempo para hacerlo? Las ordenanzas militares, nos decía él mismo no ha mucho, disponen que el subalterno ceda el puesto y la palabra en toda ocasión a sus jefes; y recordando chistosamente esta prevención, ha guardado Espinosa largos años a que hablasen otros, que habiendo sido sus conmilitones, tuvieron suerte de ascender y de coronar su carrera [18].

 

[182]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Miguel... (alias) Pepe Caicedo Rojas

 

Espinosa le confió sus memorias a Caicedo para que las revisara, misión que el escritor tomó con toda responsabilidad puesto que consideraba al pintor como

el último que hable como testigo coetáneo y presencial; y aun como actor, en aquel drama de diez años, pudiendo decir como Chateaubriand en sus postreros días, que es el último que ha quedado de sus contemporáneos para salir y cerrar la puerta de la casa, ya abandonada y sola [19].

 

Las batallas en las que no tomó parte

También pintó las batallas de Boyacá y Maracaibo, en las cuales no participó, pero de las que se ilustró a través de noticias. En el recuento de sus obras que hace en las Memorias no las menciona, seguramente porque allí está narrando sus aventuras como abanderado. Sin embargo, aparecen relacionadas tres años después de su muerte en el catálogo de la exposición de Alberto Urdaneta (1886). Sobre la batalla de Boyacá hay un documento irrefutable, la carta que su hija Lucía Espinosa Sanmiguel envió el 25 de noviembre de 1920 a Diego Uribe, director encargado del Museo Nacional de Colombia, donde aclara ciertos puntos en relación con el aspecto de los caballos, que habían sido criticados quizás con el ánimo de impedir la compra de la obra para el Museo:

Muy señor mío: como sé que la opinión de U. es tan estimable, y que de ella depende la suerte de mi negocio de las miniaturas y la Batalla de Boyacá, me tomo la libertad de llamarle la atención a cosas que U. sabe, pero quizá convenga recordarle; la una es, que esas regiones son muy ricas en pastos; y la otra, que como los Jefes de Brigada cuidan mucho de los caballos, para que estén briosos y valientes en el combate; es natural que estuvieran gordos y por eso, esa misma caballería fue la que entró aquí con Bolívar, cuando vinieron triunfantes y siguieron en persecución del enemigo: mi padre vio que esa caballería no tenía uniforme, y que venían en una pobreza que infundía compasión: yo he visto pinturas que dicen sus autores, que ese es parte del ejército de la Batalla de Boyacá, ó que es la Batalla; pero en realidad no son, sino copias de batallas ó ejércitos de láminas extranjeras, que no están en conformidad con la historia de nuestra Patria: así es que lo intereso para que la resolución de U. nos sea favorable [20].

Espinosa participó con esta batalla en la exposición de 1874, comentada por el poeta y crítico Rafael Pombo:

Respecto de la Batalla de Boyacá por el pintor y prócer señor Espinosa, no sabemos si el terreno está fielmente representado, porque no le conocemos; pero desde luego nos parece feliz la distribución de grupos de las diversas fuerzas, que indica bien que unos huyen y otros persiguen. Pictóricamente nótanse algunos defectos en la composición, y acaso no es muy correcta la perspectiva; pero en cambio hay espíritu en la ejecución y buen efecto en el conjunto, a lo cual se añade el gran interés histórico que siempre acompañará a cualquier recuerdo de esa jornada redentora, y la fidelidad de actitudes, trajes y facciones que promete al espectador la prodigiosa retentiva del señor Espinosa, a quien debe su país la idea que hoy tiene del aspecto de tantos célebres colombianos [21].

De esta batalla se conserva un boceto. Como quedó dicho en el capítulo de grabado, Espinosa seguramente viajó a Boyacá con el fin de tomar la topografía y el paisaje para la escena bélica, hecho que se comprueba por la existencia de tres bocetos titulados Bolívar y Santander en la Batalla de Boyacá, Bolívar y Santander en la Batalla del Pantano de Vargas y el Paso del Páramo de Pisba, con miras a realizar un boceto para un grabado y un óleo. En ellos se confirma el conocimiento que tenía del paisaje de esa región.

 

[183]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Batalla de Boyacá

 

[184]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Bolívar y Santander en la Batalla del Pantano de Vargas

 

[XXXIII]

JAYME BRUN

3ª Vista del Combate del 24 de Julio de 1823 en la Laguna de Maracaibo

 

[185]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Acción del Castillo de Maracaibo

 

[186]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Asesinato del Jral. Sucre en Berruecos

 

Es muy difícil fijar la fecha de ejecución de esta batalla. El formato es idéntico a los de la campaña del sur y al de Maracaibo, lo cual denota que se trató de un programa iconográfico.

La atribución de la batalla de Maracaibo tiene como base la lista de batallas que de este pintor hizo Alberto Urdaneta en la Guía de la Primera Exposición Anual de la Escuela de Bellas Artes (1886), realizada tres años después de la muerte del artista y en la cual figura bajo el número 769.

En una exposición de la seriedad técnica y artística, dirigida por Urdaneta, director de la Escuela de Bellas Artes y una verdadera autoridad en la materia, no podría haberse cometido el error de señalar al abanderado como autor del cuadro ‘Acción del Castillo de Maracaibo’, mucho más si se tiene en cuenta lo cercano de la fecha de su muerte y la presencia viva de sus hijos que hubieran podido señalar semejante error [22].

Esta batalla presenta el mismo formato de toda la serie de la campaña del sur; en su factura se observan las condiciones de miniaturista del autor, al analizar el tratamiento de las figuras de los soldados que luchan en la torres del fuerte y en las embarcaciones. Con seguridad Espinosa no conoció Maracaibo y no tenía noción del paisaje marino. El combate está trabajado de manera primitiva; se basó posiblemente en los grabados de Jayme Brun que ilustran las secuencias de la batalla y que conserva el Museo Nacional.

Además de las acciones bélicas, Espinosa reconstruyó en sus lienzos otros hechos memorables. Como se sabe, fue el último retratista de Antonio José de Sucre, mariscal de Ayacucho, antes de que partiera para el Ecuador con el objeto de reunirse con su familia, en cuyo camino fue asesinado. Años después, plasmó el magnicidio del héroe en un óleo inspirado, sin duda, en aquel que sobre el mismo tema hiciera Pedro José Figueroa en 1836.

Ningún artista colombiano del siglo xix se enfrentó a un tema tan arduo como el histórico de la manera en que lo hizo Espinosa. Sin haber salido del país, sin haber visto los grandes cuadros de batallas, el abanderado miró hacia el pasado, que formaba parte de sus recuerdos, y lo pintó. ¿De dónde vino la idea de recuperar estas hazañas? El romanticismo francés estaba en el aire.

 

[XXXIV]

ANÓNIMO

José María Espinosa

 

1. Francastel, Pierre. Historia de la pintura francesa. Madrid: Alianza Editorial, 1970, pág. 462.

2. Barney Cabrera, Eugenio. Temas para la historia del arte en Colombia. Bogotá: Universidad Nacional, 1970, pág. 113.

3. 20 de Julio, Fiestas Nacionales, Bogotá, 20.7. 1849, pág. 51.

4. Damón (José Caicedo Rojas). «La acción de Juanambú. 28 de abril de 1814» en El neogranadino, año II, nº 56, Bogotá, 20.7.1849, págs. 253-254.

5. Scarpeta, Leonidas; Vergara, Saturnino. «Breve noticia de las pinturas, dibujos i esculturas presentadas en la Exposición nacional del 20 de julio de 1871» en Diario de Cundinamarca, Bogotá, 5.9.1871.

6. Barney Cabrera, Eugenio. Op. cit., pág. 64.

7. Barney Cabrera, Eugenio. El arte en Colombia. Temas de ayer y de hoy. Bogotá: Ediciones Fondo Cultural Cafetero, 1980, pág. 73.

8. Espinosa,José María. Op. cit., pág. 277.

9. Barney Cabrera, Eugenio. El arte en Colombia. Temas de ayer y de hoy, págs. 78-79.

10. El zipa, año I, nº 1, Bogotá, 1877, pág. 15.

11. Barney Cabrera, Eugenio. El arte en Colombia. Temas de ayer y de hoy, pág. 78.

12. Safford, Frank. El ideal de lo práctico. Bogotá: El Ancora Editores, 1989, pág. 150.

13. Espinosa, José María. Op. cit., págs. 67-68.

14. Sanín Cano, Baldomero. El oficio del lector. Caracas: Biblioteca Ayacucho, 1978, págs. 142-143.

15. Íbid., pág. 145.

16. Ibid., pág. 146.

17. Íbid., pág. 147.

18. Caicedo Rojas, José. «Motivo de esta publicación» en Memorias de un abanderado, pág. V.

19. Ídem.

20. Archivo del Museo Nacional de Colombia, Bogotá, 25.11.1920.

21. Pombo, Rafael. «Exposición de Bellas Artes» en La América, Bogotá, 4/7/15.8.1874.

22. Moreno de Angel, Pilar. «José María Espinosa. Abanderado y pintor de la Independencia» en Memorias de un abanderado, Bogotá, Plaza yJanés, 1983, pág. 21.

 

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