JOSÉ MARÍA ESPINOSA

ABANDERADO DEL ARTE EN EL SIGLO XIX

BEATRIZ GONZÁLEZ

 

CAPÍTULO II

ACTOR Y TESTIGO DE BATALLAS

El militar

Abanderado en la primera guerra civil

La campaña de Antonio Nariño en el sur

El prisionero

El fugitivo

 

[IX]

Hoja de servicios de José María Espinosa

 

El militar

SU INSTRUCCIÓN MILITAR fue menos precaria que su educación formal. El 3 de diciembre de 1810 presentó, ante el gobierno de la primera república, la documentación requerida para ingresar al ejército. Se trataba de una relación de todos sus antepasados, cuyo objeto era dar prueba de hidalguía. El 29 de enero de 1811, Espinosa fue aceptado como cadete en el Batallón de Guardias Nacionales. Tenía catorce años cumplidos.

El grito de Independencia y la reorganización política del país no habían conseguido abolir las viejas costumbres burocráticas, y menos aún la validez de certificados como el de «pureza de sangre». Así lo corroboran los tres textos transcritos a continuación:

 

HOJA DE SERVICIOS DE JOSÉ MARÍA ESPINOSA

I

REPRESENTACIÓN

Señor Alcalde Ordinario.

José María Espinosa y Prieto, residente en esta capital, ante usted en la vía y forma que más haya lugar en derecho, parezco y digo: que para efectos que me conviene se ha de servir la justificación de usted mandar que los sujetos que por mí fueren presentados, absuelvan bajo la religión del juramento, con citación del señor Síndico Procurador general, las preguntas que contiene el interrogatorio siguiente:

1ª. Si me conoce, la edad y generales; 2ª. Si saben soy hijo legítimo de don Mariano Espinosa y Mora y de doña Mariana Prieto y Ricaurte; 3ª. Si les consta que mis padres son de las principales familias de Santafé, y si como tales les consta son nobles y de distinguido nacimiento; 4ª. Digan si conocieron o tienen noticia de mis abuelos, bisabuelos y demás ascendientes, su nacimiento y empleos con que fueron condecorados; 5ª. Digan si alguno de mi familia ha sido condenado por el Santo Tribunal de la Inquisición o ejercido oficios bajos y viles; 6ª. Digan cuanto sepan y les conste en orden a mi hidalguía y la de mis predecesores; 7ª. Si lo que expongan es público y notorio, pública voz y fama. Y fecho que sea en los términos indicados se me devuelva original lo que se actúe, para hacer de ello el uso que me convenga en justicia, ella mediante. A usted pido y suplico, se sirva proveer como llevo pedido y en lo necesario, etc. D. ANTONIO MORALES — JOSE MARIA ESPINOSA JOAQUÍN EDUARDO PONTÓN - Como lo pide - SUESCUN.

Lo proveyó el señor D. Francisco Suescún, Regidor del M. I. C., Vocal de la Suprema Junta y Alcalde ordinario de segundo voto en Santafé, a tres de Diciembre de mil ochocientos diez años -DURAN.

En diez de Diciembre, yo el infrascrito Secretario, cité con el documento precedente al señor Síndico Gobernador general. Quedó impuesto - Doy fe - D. HERRERA- DURAN.

En el mismo día lo notifiqué a D. José María Espinosa. Quedó impuesto - ESPINOSA - DURAN.

 

[X]

Hoja de servicios de José María Espinosa

 

DECLARACIONES

En la ciudad de Santafé, a diez y nueve de Diciembre de mil ochocientos diez. El señor Alcalde ordinario de segunda nominación de representación de la parte, recibió juramento a D. Manuel Santa Cruz, vecino de esta ciudad, que lo hizo por ante mí el infrascrito Escribano público del número, en la forma legal de estilo, ofreciendo bajo de su gravedad decir verdad en lo que supiere y fuere preguntado; y siéndolo con arreglo al interrogatorio que se presenta: A la primera, preguntado dijo: que conoce al presentante D. José María Espinosa: que es mayor de treinta años; y que aunque tiene parentesco de afinidad con la madre, no por eso faltará a la verdad, y responde: A la segunda: que tiene y reputa al expresado Espinosa por hijo legítimo de D. Mariano Espinosa y Mora y de doña Mariana Prieto y Ricaurte, así por ser notorio en esta capital, como porque le consta que le procrearon y educaron como a tal; responde: A la tercera: que es cierta en todas sus partes; y responde: A la cuarta: que conoció a sus abuelos paternos, que lo fueron D. Juan Espinosa, Fiel de la casa de moneda de esta capital, y doña Gertrudis Mora, a quien trató y comunicó, y que uno y otro han sido habidos y reputados por personas nobles y de la primera distinción de esta capital: que de la misma clase fueron sus abuelos maternos D. Joaquín Prieto y doña Rosa Ricaurte y Torrijos, y que aquél obtuvo varios empleos de Real Hacienda, y últimamente el de Contador ordenador de este Tribunal de Cuentas: que también conoció a los padres de doña Rosa, que lo fueron D. Juan Agustín de Ricaurte y doña Gertrudis Torrijos, y que así estas familias como las de los Prietos gozan y han gozado de la distinción de hidalguía y nobleza como es notorio en esta capital; y responde: A la quinta: que no tiene noticia, pero puede asegurar lo contrario por lo expuesto en la antecedente; y responde: A la sexta: que se remite a lo que deja expuesto a la cuarta; y responde: A la séptima: que se remite a la misma, y que lo que deja dicho y declarado es verdad en fuerza del juramento que ha prestado, en que, y esta su declaración que le fue leída, se afirmó y ratificó; y la firma con dicho señor Juez, por ante mí de que doy fe.

LAGO - MANUEL SANTACRUZ - JUAN BAUTISTA DURAN.

Nota — Las declaraciones de los señores José Antonio Ugarte, Pantaleón Gutiérrez, José París y Antonio Margallo, fueron rendidas en los mismos términos que la anterior.

 

II

REPRESENTACIÓN

Señor Sargento Mayor Actual Comandante del batallón Nacional.

Don José María Espinosa y Prieto ante usted en la vía y forma que más haya lugar en derecho y como mejor proceda en él, parezco y digo: Que habiendo ocurrido a la Sección de Guerra solicitando se me admitiese en clase de Cadete se me previno que acreditándome ante usted tener las condiciones y circunstancias que exige la ordenanza, se me admitiría. Los documentos que solemnemente presento justifican concurren en mí las expresadas; y por tanto, espero de la justificación de usted se digne acceder a mi solicitud, pues estoy pronto a afianzar suficientemente las asistencias de estilo, según el que a usted pido y suplico se digne proveer como solicito, protesto en lo necesario, etcétera.

JOSÉ MARÍA ESPINOSA.

RESOLUCIÓN

Santafé Enero 29 de 1811.

Por presentado con los documentos que anteceden, y resultando de ellos justificada la hidalguía de D. José María Espinosa, conforme a lo prevenido por ordenanza. Apruébase y pásense a la Sargentía mayor para la toma de razón de ellos. Procediéndose a la recepción del pretendiente en la clase de Cadete del batallón de Guardias nacionales, y otorgando éste la correspondiente escritura que afiance sus asistencias, siempre que así se apruebe por la sección de Guerra, a cuyo efecto se le pasará.

JOAQUÍN DE RICAURTE Y TORRIJOS.

Sección de Guerra, y Enero 30 de 1811

Mediante estar arreglados los documentos a ordenanza, admítesele.

MORALES – SANTAMARÍA [1].

 

[12]

JOSE MARIA ESPINOSA

Atanasio Girardot

 

[13]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Luciano D’Elhuyar

 

[14]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

El geral Hermógenez Maza notáble prócer de nuestra independencia.

 

[15]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Camilo Torres

 

[16]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Antonio Nariño

 

Se puede apreciar cuán pequeño era el círculo en que se movía Espinosa, al saber que quien lo recomendó fue su pariente Manuel Santacruz y quien lo aceptó era su tío abuelo, Joaquín Ricaurte y Torrijos.

La milicia era la carrera del momento. El arte de la guerra había llegado a su apogeo con Napoleón y aunque hacia 1811 el sol imperial ya declinaba, el aire aun estaba impregnado de sus gloriosas campañas en Italia y Egipto. En consecuencia, la plana mayor de la sociedad de la naciente república se alistó en el ejército. Espinosa tuvo por compañeros a Pedro y Atanasio Girardot, Luciano D’Elhuyar y Hermógenes Maza; con ellos compartió las luchas de la Independencia y durante su vida de artista les hizo sendos retratos.

El joven cadete recibió entrenamiento militar en el Convento de Las Aguas, donde se encontraba acuartelado el cuerpo veterano denominado El Fijo, el mismo que el virrey Amar y Borbón había hecho venir de Cartagena en i8io como disposición precautelativa para evitar la revolución. Allí aprendió el manejo de las armas al tiempo que estudió en las noches en una especie de academia particular a la que asistió también su cuñado, Antonio Morales. Ambos recibieron clases del ingeniero Chipía, un caraqueño «muy instruido» con quien leían historia griega y romana [2].

Gracias a su relación con la ingeniería militar, a la cultura que le aportaban las lecturas de los clásicos y al ambiente que se respiraba en la casa de su hermana Ana María —localizada en la carrera 5 entre calles 11 y 12—, donde vivía por entonces, Espinosa pudo dar rienda a su afición favorita, que era el dibujo [3].

Según el inventario realizado pocos años después, durante la persecución de Pablo Morillo, la biblioteca de su cuñado incluía las obras de Antonio Rafael Mengs, artista alemán neoclásico, pintor de la corte de Carlos III. En su tratado titulado Reflexiones sobre la belleza y el gusto en la pintura, Mengs promulgó una nueva estética que tuvo por soporte «la noción de perfección» y por meta «la corrección de la naturaleza». Sin embargo, éste no debía ser el único libro de arte que poseía la biblioteca ya que al parecer, por razones políticas, la familia Morales escondió en 1816 un baúl de diez arrobas de peso que contenía libros [4].

 

[XI]

ANTONIO RAFAEL MENGS

La marquesa del Llano

 

[17]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Juanambú año de 1814

 

La paz momentánea que vivió el país entre 1810 y 1812, permitió a Espinosa ejercer el servicio de guarnición y dedicar los «largos intermedios de descanso» [5] al arte del dibujo. Nunca se ha sabido quién le enseñó los elementos formales de lo que para él era una simple afición, pero es ésta la primera vez que la menciona en sus Memorias. Espinosa se inició como artista autodidacta a los 14 años de edad.

 

Abanderado en la primera guerra civil

La primera experiencia bélica en que se vio involucrado, fue la contienda civil que estalló el 26 de noviembre de 1812 y concluyó el 9 de enero de 1813. La capital del antiguo Reino de Granada quiso ser soberana sobre las demás provincias, ciudades y villas autónomas por tradición, pretensión que dividió al país entre federalistas y centralistas. Los dos bandos, llamados burlescamente «pateadores» y «carracos», optaron por las armas. Espinosa luchó al lado del gobierno central y centralista, encarnado en la figura del general Antonio Nariño, quien se convirtió en su jefe durante cinco años. Espinosa era joven, impetuoso y lleno de ardor y había decidido abrazar la causa de la Independencia de manera que marchó a la contienda como abanderado, título que llevó con orgullo a lo largo de su vida [6].

Sus preferencias político-militares le acarrearon graves consecuencias, pues se vio enfrentado a su cuñado Morales —de cuya casa se alejó para instalarse de nuevo donde su madre-, a su tío abuelo Joaquín Ricaurte, a su primo Antonio Ricaurte, a su tío político Camilo Torres y a muchos de sus amigos. Tras reflexionar sobre la situación se dio cuenta del absurdo: desde principios de 1812, se luchaba contra obstinados enemigos realistas en Popayán, Cali y Pasto. Sin embargo, mientras los españoles amenazaban seriamente al país desde el sur, los criollos se mataban entre sí en las cercanías de la capital.

Esa guerra inútil le sirvió de lección y nunca más volvió a tomar partido en contiendas civiles, a pesar de las halagüeñas propuestas que recibía cada vez que el país se enfrascaba en este tipo de luchas. Esta sensata decisión le permitió afirmar al final de su vida:

Me queda la gran satisfacción de no haber derramado sangre de hermanos, si se exceptúa el corto período de guerra civil que siguió a la revolución de 1810 entre centralistas y federalistas; siempre he combatido contra los enemigos nacionales, jamás contra mis compatriotas [7].

 

La campaña de Antonio Nariño en el sur

Bajo las órdenes del brigadier Juan Sámano y con el apoyo, desde Quito, del gobernador Toribio Montes, las tropas españolas amenazaban el sur del país. Ante la urgencia de ponerse al mando de una fuerza capaz de expulsarlas, Nariño dejó la Presidencia de Cundinamarca e inicio su campaña el 23 de septiembre de 1813. El ejército de la república, organizado en pequeñas divisiones, hizo la dura travesía hasta Popayán. Espinosa, a quien Nariño nombró abanderado antes de partir de Bogotá, calificó esta hazaña de «empresa de romanos». Su participación en la campaña del sur se puede dividir en tres etapas: las batallas, las prisiones y la vida de fugitivo.

 

[18]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Antonio Ricaurte

 

Desde que partieron de Bogotá, los soldados del ejército patriota conocieron las conspiraciones, las dudas, las propuestas de deserción, la pobreza, las infidelidades y las traiciones. Tantos obstáculos se salvaron gracias al arrojo, la valentía y el carisma de jefes como Nariño y José María Cabal, y a la intrepidez de jóvenes como Espinosa, que no temían a las balas, los abismos y torrentes porque luchaban por el ideal de la libertad. Empresas temerarias fueron entonces las batallas y acciones de Calibío, Alto Palacé, Juanambú, Tacínes y los ejidos de Pasto, dirigidas por Nariño, y luego, tras la caída de éste en manos españolas, los enfrentamientos de Santa Lucía, El Palo y la debacle de La Cuchilla del Tambo.

En el llano de Calibío se iniciaron arriesgadas y triunfantes acciones guerreras enmarcadas en un paisaje andino, paulatinamente más abrupto, en el que «la naturaleza y el arte» -Alejandro Osorio se refiere al arte de la guerra- [8] concurrían para hacer cada vez más azarosa la estrategia del combate.

Espinosa narra con especial viveza en sus Memorias la batalla en el río Palo, que le hizo merecedor a la felicitación de sus jefes y compañeros:

 

[19]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Cuchilla del Tambo

 

Se rompió el fuego de una y otra parte por hileras, y a poco se hizo tan general y tan vivo que ensordecía, a lo cual se agregaban el incesante tocar de las bandas y tambores. Como no

corría viento, la inmensa masa de humo se había aplanado y no podíamos vernos unos a otros; yo avanzaba siempre, pero sin saber si me acompañaba mi gente; y en medio de esta confusión sentía silbar las balas por sobre mi cabeza, y muchas veces el ruido que hacían al rasgar la bandera, la cual acabó de volverse trizas aquel día. Varias veces tropecé con los cadáveres y heridos que estaban tendidos en el suelo [...] Fue tal el ímpetu con que acometió nuestra gente, y el ánimo y ardor con que peleó, que en poco tiempo quedaron arrollados y deshechos los batallones realistas [9].

En la Cuchilla del Tambo el ejército patriota fue derrotado definitivamente:

Nuestros soldados se arrojaron con el mayor valor y llegaron al pie de los atrincheramientos; pero viendo que sufría muchas bajas y que comenzaba a ceder, fue reforzado con el Antioquia, y últimamente se hizo general el combate, comprometiéndose en la línea de las fortificaciones casi toda nuestra gente. Un flanco estaba defendido por nuestra artillería, que les hacía bastante daño, y del lado opuesto estaba la caballería, que rechazó completamente la de los realistas hasta los Aguacates; pero esto no impidió que una columna enemiga nos cortase, y envolviese todo nuestro ejército, ya muy diezmado [...] Ya no era posible obrar en concierto: cada cual hacía lo que podía, y nos batíamos desesperadamente; pero era imposible rehacerse, ni aun resistir al torrente de enemigos que, saliendo de sus parapetos, nos rodearon y estrecharon hasta tener que rendirnos [10].

Con esta batalla, y luego de tres años de combates, culminó la campaña del sur liderada por Antonio Nariño. Era el año de 1816, el pacificador Pablo Morillo ya estaba instalado en Bogotá y la reconquista española era un hecho. Los patriotas, entre ellos Espinosa, fueron encarcelados en Popayán. Liborio Mejía, quien había dirigido las acciones en El Tambo, y José María Cabal, quien se había negado a luchar allí al percatarse de la inferioridad de las tropas patriotas, fueron fusilados después de la derrota.

Espinosa comparó las penas y afanes sufridos durante la campaña con los escasos placeres disfrutados en aquellos años, y encontró que estos últimos fueron

raros como los toques fuertes de luz en la pintura, y por esto hacen agradable contraste con el fondo oscuro y sombrío en que está pintada la vida del soldado [11].

Al leer este símil tan pictórico, cabe preguntarse sí a lo largo de aquella etapa guerrera el abanderado pudo ejercitarse en su afición favorita —como llamaba al arte del dibujo— o si sólo se limitó a observar el rostro de sus jefes y compañeros y a fijar en su memoria las particularidades del paisaje. Cuando se analizan los cuadros que realizó sobre el tema de las batallas de la campaña del sur, se descubre que la topografía corresponde exactamente a los lugares descritos. De los ocho bocetos iniciales que se sabe realizó [12], sólo sobreviven dos que conserva el Museo Nacional de Colombia: una acuarela para el cuadro de Juanambú y una tinta china aguada para el de la Cuchilla del Tambo. Se podría suponer que algunos de estos estudios los ejecutó in situ, haciendo uso de lápiz o tinta sobre papeles que luego coloreó. «Siempre cargaba conmigo mi barra de tinta china», afirmó en sus Memorias.

 

[20]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

El general José llano López

 

[21]

JOSE MARÍA ESPINOSA

El general P.A. Hernán

 

[22]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

José María Cabal

 

Otras menciones al ejercicio del dibujo durante la campaña indican que utilizó su arte incluso como estrategia para conseguir información del enemigo. Así, por ejemplo, para granjearse la complicidad de unas tenderas amigas de los realistas en Timbío (Cauca),

hacía algunos dibujillos con mi tinta de China en pedazos de papel que ellas me daban, y se los regalaba, con lo cual quedaban contentísimas [13].

De cualquier manera, es muy difícil aceptar que aquellos bocetos de papel hayan podido sobrevivir al tiempo que permaneció en prisión, a las peripecias de su fuga y a tantos otros avatares vividos antes de volver a ser un sedentario capitalino.

 

El prisionero

La triste condición del cautivo hace al hombre más infeliz que la miseria, y preferiría uno mil veces la muerte a la servidumbre ociosa, y humillante por el ocio mismo a que se ve uno condenado y por la necesidad de meditar sin tregua, día y noche, en su amarga suerte y en su incierto porvenir [...] El preso no tiene voluntad propia: comer o beber, entrar o salir, y hasta vivir o morir, todo lo hace por mandato ajeno [14].

Así resumió José María Espinosa la intensa experiencia que vivió durante tres meses en un espacioso calabozo de Popayán. Con la prisión cesaron las glorias de su vida militar activa y comenzaron las aventuras personales. El mismo se admiraba de haber sobrevivido a la guerra:

 

[23]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

La quintada

 

[24]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

José Agustín (Andrés) Rosas

 

[XII]

LUIS GARCÍA HEVIA

Alejandro Osorio

 

[25]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Liborio Mejía

 

Después de haber salido sano y salvo en las ocho acciones de guerra anteriores, en que había combatido, sin haber sacado de ellas herida alguna; después de haber resistido a la fatiga, las enfermedades, el hambre y sed, la desnudez y desabrigo y todo lo demás de que se disfruta en nuestras guerras, y más que todo, a la excitación que produce en el ánimo la continua zozobra y alarma en que se vive, comenzaba para mí otra carrera muy diferente [15].

Compartió el calabozo con cerca de treinta patriotas que trataban de divertirse haciendo chistes, versos y juegos para distraer la incertidumbre y el martirio que les causaba la posible sentencia de muerte: José Joaquín Ruiz Quijano Mosquera, Esteban Mofú, Manuel Delgado, Mariano Posse, Rafael Cuervo, Diego Pinzón, José Hilario López, Francisco Paredes, Tomás Cipriano de Mosquera [16], Ramón Nonato Guerra, José Toro, Pedro Alcántara Herrán, José Moya, Agustín Ulloa, Joaquín Jaramillo, Manuel Santacruz, Alejo Savaraín, Andrés Alzate, Martín Correa, Juan Mariano Esparza, Mariano Mosquera, Joaquín Cordero, Gabriel Díaz, Florencio Jiménez, Pedro Antonio García, Rafael Porras, Salvador Holguín, Modesto Hoyos, Isidoro Ricaurte, Pedro José Mares, José Agustín Rosas [17], José España y Rafael Latasa. Los tres últimos fueron fusilados y suspendidos en la horca después de muertos al día siguiente de su arresto. Espinosa hizo caricaturas del jefe español y de sus compañeros de desgracia, con quienes sufrió la cruenta práctica del «quintamiento» o «quintada». Dibujó dos veces, una de ellas en tinta china, la tenebrosa escena de los presidiarios puestos en fila temiendo sacar una boleta con la fatídica letra «M» de muerte. Esta es otra de las obras cuya realización ha sido tradicionalmente situada en la cárcel —de hecho presenta una inscripción que así lo afirma—; sin embargo, resulta improbable que dicho papel resistiera los años que Espinosa vivió como fugitivo.

Sus compañeros de infortunio fueron trasladados a Santafé de Bogotá, algunos de ellos para ser fusilados. Años después de haber compartido el presidio, Espinosa hizo sus retratos. Así quedaron pintados, dibujados, plasmados en miniaturas o grabados los rostros de Mariano Posse, Rafael Cuervo, Diego Pinzón, Pedro Antonio García, Ramón Guerra, José Hilario López, Pedro Alcántara Herrán y José Agustín Rosas, entre otros. Aunque con el tiempo muchas de estas obras se perdieron o se transformaron en las imágenes de personajes anónimos de museos o anticuarios, existe la lista que el propio Espinosa elaboró de sus modelos.

Sin duda, las piezas más valiosas son aquellas que representan a sujetos que murieron durante la guerra, ya que su aspecto se congeló en la mente del pintor al desaparecer el modelo. En cambio, a quienes sobrevivieron, Espinosa tuvo la oportunidad de retratarlos ya mayores, en el ejercicio de su vida pública. Ejemplo de esto son Pedro Alcántara Herrán y José Hilario López -quien según Espinosa era todavía niño cuando compartieron la prisión—. De ambos, el abanderado prefirió grabar para la historia la rutilante versión de militares victoriosos de las guerras civiles.

 

Mapa de las zonas que recorrió José María Espinosa como fugitivo, entre 1816 y 1819.

 

El caso de Alejo Savaraín (el amante de Policarpa Salavarrieta) es singular. Aunque figura entre los reos que compartieron la cárcel con Espinosa, éste no lo menciona en su lista de obras. En cambio, hizo cuatro retratos de la heroína de Guaduas -a quien se supone no conoció-, uno de los cuales fechó en 1855 con la curiosa anotación «Tomada del natural»; curiosa, porque la Pola y Savaraín fueron fusilados en Bogotá el 14 de noviembre de 1817, mientras Espinosa se encontraba fugitivo en el Huila.

Cuando quedó solo en la prisión -los demás reclusos fueron enviados Santafé para ser fusilados o incorporados por la fuerza al ejército realista—, Espinosa se vio envuelto en una serie ininterrumpida de incidentes: fue apaleado y trasladado a diversas penitenciarías donde contempló con horror los patíbulos y la sangre patriota derramada en las calles de Popayán. Durante esa solitaria etapa, entabló relación con un viejo sargento pastuso encargado de la guardia, quien lo entretenía contándole «muchas cosas de Pasto y sus habitantes», entre ellas le

enseñó a conocer y preparar varios colores de que ellos usan para sus pinturas y tejidos [18].

Al parecer, el 10 de octubre de 1816 Espinosa celebró en la cárcel su vigésimo cumpleaños, aunque el pasaporte que recibió sorpresivamente del brigadier Sámano esté fechado el 17 de septiembre:

 

PASAPORTE

D. Juan Sámano, Brigadier de los reales Ejércitos, Comandante en Jefe del Pacificador del Sur, Gobernador político y militar de esta ciudad y su provincia, etc. Hallándose confinado por este Gobierno a la ciudad de la Plata D. José María Espinosa, por el término de diez meses, a cuyo efecto deberá salir de ésta dentro de tercero día, se le concede franco y seguro pasaporte para que por las justicias del tránsito no se le ponga embarazo. Dado en Popayán, a 17 de Septiembre de 1816.

JUAN SAMANO [19].

Obligado a permanecer en La Plata (Huila), el gobernador del lugar, el tulueño José María Céspedes, lo trató con bastante liberalidad y el salvoconducto expedido por Sámano le permitió moverse con cierta soltura, pero aún debía actuar con cautela si quería sobrevivir. Corría el año de 1817 y jefes más crueles y vengativos, como Francisco Warletta, seguían persiguiendo a los patriotas y ordenaban fusilar in situ a cuanto «insurgente» encontraban.

Sin embargo, movido por el entusiasmo que le causaron las escasas noticias que hablaban de los triunfos independentistas, cometió el atrevimiento de dar vivas a la patria durante un baile en Timaná. Perseguido nuevamente, cayó prisionero. En calidad de recluso trabajó en la construcción del camino del páramo de Las Papas bajo la dirección del ingeniero y coronel españolJ. Rubio. Sufrió percances de salud y, hallándose en San Agustín, fue reducido a una cárcel de bahareque vigilada por dos indígenas. La fragilidad de los muros facilitó la evasión y Espinosa se convirtió de repente en un fugitivo.

[XIII]

ANÓNIMO

Juan Sámano

 

REQUISITORIA

Señores Jueces de Suaza.

Se tiene noticia que habiendo sido preso José María Espinosa, fue presentado al señor ingeniero Coronel J. Rubio en la Ceja del Andaquí; este Jefe lo mandó a la cárcel de San Agustín, de donde escalándola se ha fugado. Ruego y encargo a las autoridades, para que sea capturado, y presentado a las justicias más inmediatas, y también los requiero para que presenten trabajadores, que llevándolos al dicho ingeniero Rubio, los coloque en la apertura del camino de Las Papas, ganando su jornal. Al Alcalde de Timaná, a 16 de Marzo de 1817. ARDILA [20].

 

El fugitivo

Este viajero sui generis deambuló por los territorios del Cauca, Huila y Cundinamarca desde finales de 1816, cuando fue liberado de su primera prisión, hasta comienzos de 1819, cuando tras seis años de ausencia regresó furtivamente a su casa en Bogotá.

Aunque le llamaron la atención la fauna, la flora y el paisaje de los lugares que recorrió -de hecho nunca los olvidó puesto que fue capaz de describirlos hasta el fin de su vida—, no pudo deleitarse con ellos porque la naturaleza misma se convirtió en una amenaza:

Para los naturalistas son deliciosas esas excursiones, pero los legos o profanos, a quienes no nos gusta jugar con candela, nos apresuramos a apartarnos de esas regiones fúnebres y horripilantes [21].

Se refería con ello al paso por las cercanías del Puracé, entonces en erupción. Su marcha a pie por aquellas regiones constituyó un peregrinar doloroso para su ya precaria salud, que se vio aún más afectada por la escasez de alimentos, proveídos esporádicamente por personas caritativas. A veces como ermitaño, otras como cazador y recolector al lado de indígenas en las cercanías del Magdalena, el prófugo consiguió sobrevivir. Sin embargo, las inclemencias del páramo, la «tremenda fragua» del volcán Puracé —cuyo estallido se produjo el 17 de septiembre de 1817—, los frágiles puentes colgantes, los cóndores, los osos y los guácharos agresivos conformaron un cuadro dantesco, que más tarde comparó en sus Memorias con los grabados de Gustave Doré [1832-1883] para La divina comedia.

Al huir de la cárcel de San Agustín se encontró de noche, intempestivamente, con las «curiosas ruinas de una antigua población indígena destruida», que le revelaron

el estado de adelantamiento en que se hallaban sus habitantes [22].

En su condición de viajero lamentó no ser «arqueólogo ni anticuario» para poder consignar sus impresiones:

La casualidad me condujo a un terreno bajo y limpio rodeado de tupida maleza. Allí vi una enorme piedra medio cubierta por un cerro que probablemente se había derrumbado en otro tiempo, cayendo encima: esta piedra llena de esculturas caprichosas, inscripciones y jeroglíficos, estaba levantada en alto y sostenida por varias estatuas formadas de la misma, y que representaban figuras humanas principalmente de mujer, a manera de las cariátides de la arquitectura griega. No recuerdo su número, pero no serían menos de diez las que quedaban descubiertas, y bastante perfectas. En un vallecito contiguo, rodeado de árboles, había otras dos estatuas colosales de hombre y mujer, que probablemente eran los ídolos de aquél que a mí me pareció templo. Confieso que aunque soldado, joven, y un tanto despreocupado, no pude menos de apartar la vista de aquel grupo que ofendía el pudor y la decencia [23].

[XIV]

GUSTAVE DORÉ

Ilustración para La divina comedia infierno, canto XIX

 

La descripción del sitio arqueológico es contradictoria: aunque llena de sorpresa y admiración por el desarrollo de la cultura indígena —que compara incluso con la griega—, su reflexión final resulta ingenua, moralista e impregnada de prejuicios locales. Si bien es cierto que en Santafé se habían contemplado pocos desnudos artísticos, el realismo de las figuras de San Agustín no justificaba tal reacción de pudor. Quizás porque era de noche, tal vez por la prisa o por la brevedad de su estancia, más tarde confesó: «Apenas conservo un recuerdo».

Aunque su condición de evasor lo obligaba a mantenerse apartado de la sociedad, esporádicamente cruzaba por haciendas o pequeñas villas en las que un lugareño rico, un mayordomo o un cura lo acogían. Entonces empleaba el dibujo como forma de sustento. Al igual que un profesional, siempre cobró por su trabajo y, a pesar de las circunstancias, no desaprovechó las oportunidades que le brindaron los representantes de la autoridad para burlarse de ellos y demostrar que su espíritu de caricaturista político no era fácil de amedrentar. Doblemente arriesgado debido a su situación legal, Espinosa tuvo el valor artístico y social de caricaturizar desde tinterillos de pueblo hasta jefes españoles como «el corcovado» Zabala, quien lo persiguió por mucho tiempo. Estas imágenes críticas e irreverentes se vendían subrepticiamente entre los patriotas, para quienes, sin duda, eran fuente de regocijo.

Su fama de artista se extendió por esas regiones al punto que el mismo gobernador Céspedes le solicitó un perfil en lápiz del coronel Juan Mutis, a quien apodaban «ceji-rucio» y que había muerto en la Cuchilla del Tambo.. En otra ocasión, luego de un fuerte temblor que sacudió al Huila, el padre Serrano, cura de San Antonio, le insinuó que pintara para la venta imágenes de San Emigdio:

‘Como usted, según me ha dicho, es dibujante, haría bien en pintar algunos San Emigdios y ponerles la oración al pie, y vendería muchos’. Aquella fue una inspiración que acogí con alegría. Yo había observado que en los alrededores del pueblo había tierras finas de diferentes colores, como almagre, siena, etc., y que preparadas convenientemente podían suplir los colores extranjeros; inmediatamente fui a recoger algunas; me forjé unos pinceles con pelo fino de cabra, y con ellos y con mi tinta de China puse manos a la obra. El primer día hice cuatro o cinco, copiándolos de un cuadro que había en la sacristía de la iglesia y que el cura me franqueó, y los vendí en el acto a tres reales. El pedido de estos dibujos, que hacía en papel florete, fue tal que hube de subir su precio a cuatro reales, y logré colocar más de treinta, con lo cual tuve ya para pasar algunos días, o por lo menos para vestirme decentemente [24].

[XV]

Figura arqueológica de San Agustín

 

Además de su valor documental, esta narración demuestra cuán recursivo era el artista, los conocimientos técnicos que poseía sobre la elaboración de pinturas, su habilidad para fabricar pinceles, su versatilidad a la hora de enfrentar cualquier tema pictórico y, por sobre todo, el espíritu burlón, ligero de atavismos, dúctil y espontáneo que siempre le acompañó.

La última etapa de fugitivo la pasó en compañía de la familia de Francisco González, un rico hacendado sabanero, dueño de la estancia Potrerogrande, quien se había refugiado en un toldo huyendo del terror español. Espinosa compartió el destierro con el abatido matrimonio y puede decirse que se convirtió en su protector, pues para entonces advertía y dominaba los peligros de aquella situación tan irregular.

Espinosa portaba el salvoconducto que Sámano le había concedido en Popayán, confinándolo a La Plata, y el del abogado Céspedes que decía claramente:

Plata, Diciembre 27de 1816

Hallándose cumplido el término porque fue confinado este individuo a esta ciudad, como resulta del documento anterior, queda expedito para seguir al lugar de su domicilio, con cargo de presentarse a aquellos jueces para manifestar su cumplimiento.

Justicia ordinaria, JOSE MARÍA CESPEDES» [25].

Sin embargo, ninguno de estos documentos era ya válido y hacer uso de ellos implicaba un riesgo muy alto. Paradójicamente, José María Ardila, quien lo había perseguido sin tregua, fue el encargado de publicar su indulto:

En atención a que después de la razón anterior puesta por el Alcalde ordinario de la ciudad de la Plata, se expidió orden por el Gobierno de la provincia para la captura de este individuo, no tienen lugar ni el pasaporte ni la razón expresada; pero acogiéndose como se acoge a la real piedad de S. M. base por presentado y cúmplese con lo prevenido en los artículos 2º del real indulto, y 3º de los de la ampliación del Excelentísimo señor Virrey; y en su virtud no se le molestará por ninguna justicia de mi jurisdicción. Timaná, Diciembre 8 de 1817. JOSE MARÍA ARDILA [26].

El virrey no era otro que Juan Sámano, quien ahora ostentaba el poder en Santafé en reemplazo de Morillo. En compañía de los González, Espinosa se enteró del indulto general dictado por Sámano e inició de inmediato su regreso, aún como fugitivo, a escondidas, de noche. Cuando llegó a su casa parecía un mendigo. Había partido de 17 años, ataviado como un joven soldado napoleónico, y regresaba ahora de veintiuno, fuerte y crecido por la adversidad.

 

[XVI]

Maleta que perteneció a José María Espinosa Prieto

 

[26]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Autorretrato

 

1. Papel periódico ilustrado, 36, año II, Bogotá, 15.3.1883, págs. 182-183.

2. El único militar venezolano que se ha encontrado con este apellido es el coronel Pedro Ramón Chipia, natural de Carache, Estado Trujillo, quien llegó a la Nueva Granada en 1814. Por tanto, debe tratarse de otro personaje vinculado también al ejército.

3. Espinosa, José María. Memorias de un abanderado. Bogotá: Imprenta de El Tradicionista, 1876, pág. 18.

4. Ortiz, Sergio Elías. Antonio Morales Galavís. Bogotá: Instituto Colombiano de Cultura, 1973, pág. 57.

5. Espinosa, José María. Op. cit., pág. 18.

6. El abanderado es el oficial que porta la bandera del ejército que representa. Se deduce de ello que, además de ser el primero en la línea de fuego, es el blanco más fácil del enemigo.

7. Espinosa, José María. Op. cit., págs. 266-267.

8. Osorio, Alejandro. «Campaña de Nariño en el sur» en Boletín de historia y antigüedades, 96, Bogotá, 5.1913, págs. 735-746.

9. Espinosa,José María. Op. cit., pág. 119.

10. Íbid.,pág. 145.

11. Íbid.,pág. 108.

12. Urdaneta, Alberto. Guía de la primera exposición anual de la Escuela de Bellas Artes de Colombia. Bogotá: Imprenta de vapor de Zalamea hermanos, 1886. Allí figuran con los números 485,487,489, 491,493,495, 497 y 499, Salón de Pinturas a la Aguada, pág. 41, como propiedad de Antonio María Nariño.

13. Espinosa, José María. Op. cit., pág 129.

14. Ibid., págs. 149,190.

15. Íbid.,pág. 149.

16. De acuerdo con el historiador William Lofstrom, «el 11 de julio de 1816 [...] el joven teniente, ayudante del Batallón Bravos del Socorro, cayó preso en la Batalla de Cuchilla del Tambo. El propio Mosquera relata que, después de estar recluido en la cárcel pública de Popayán, su madre dio 1.500 pesos para que no fuese incluido en el ‘sorteo de quinto’ de elegir a los que serían fusilados. El joven Mosquera pasó a otra prisión por petición de su comandante [...] y después tuvo a su casa por cárcel con la condición de servir como cabo de proveeduría de un batallón realista durante doce meses». La vida íntima de Tomás Cipriano de Mosquera (1798-1830), Bogotá, Banco de la República, El Ancora Editores, 1996, págs. 85-86.

17. «Este tenía veintidós años de edad, y había sido vencido en la Cuchilla del Tambo. Dijo llamarse Andrés y no José Agustín, que era su nombre verdadero, por no llevar a su familia y a sus amigos la tristeza de su fin trágico. Había alcanzado por sus servicios el alto grado de Coronel». Ibáñez, Pedro María. Crónicas de Bogotá. Bogotá: Imprenta Nacional, 1917, tomo III, pág. 202.

18. Espinosa, José María. Op. cit., pág. 181.

19. Papel periódico ilustrado, 36, año II, Bogotá, 15.3.1883, pág. 185.

20. Ídem.

21. Espinosa, José María. Op. cit.,pág. 205.

22. íbid., pág. 228.

23. Íbid., págs. 228-229.

24. Íbid.,págs. 219-220.

25. Papel periódico ilustrado, nº 36, año Bogotá, 15.3.1883, pág. 185.

26. ídem.

 

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