JOSÉ MARÍA ESPINOSA

ABANDERADO DEL ARTE EN EL SIGLO XIX

BEATRIZ GONZÁLEZ

 

 

CAPITULO 10

UN AUTODIDACTA ENTRE EL CLASICISMO Y EL ROMANTICISMO

Cuestión de reputación

Gestos de reconocimiento

El autodidacta

La admiración de un académico

Espinosa frente a otras figuras latinoamericanas

La muerte de un soldado

 

[187]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Personaje desconocido / Matemático

 

Cuestión de reputación

JOSÉ MARÍA ESPINOSA es la figura central del arte del siglo XIX en Colombia. Su larga vida, de ochenta y siete años, cubrió casi toda la centuria. De todos los títulos a que se hizo merecedor sólo quiso conservar el de «abanderado»; no obstante, la historia del arte lo ha reconocido como «príncipe de los miniaturistas colombianos», «creador de una iconografía bolivariana» y «padre de la caricatura»:

Sea esto lo que fuere, nada ha pedido para sí el señor Espinosa; modesto artista y venerable patricio, jefe de una familia también artista, vive como un patriarca en su hermosa quinta, independiente, aunque no adinerado, sin que le aqueje otra desazón que la turbulencia de los tiempos, ni aspire a otra cosa que a cumplir en paz sus días, y a ver en ellos a su patria grande y feliz [...] Una parca pensión de treinta pesos, pudiéramos llamar ración, es todo lo que el viejo veterano goza del Tesoro Nacional, hace pocos años, después de haber empleado sus mejores días en lidiar desinteresadamente por su patria [1].

De «modesto artista» lo trata su amigo el escritor José Caicedo Rojas. En realidad, así eran la mayoría de los pintores colombianos porque no podían alardear de académicos en un país donde no existía escuela alguna que les otorgara el conocimiento de las reglas formales y estéticas. De mayor autoestima y prestancia habían disfrutado los artistas de fines de la Colonia. No obstante su modestia, Espinosa tenía conciencia clara de su vocación artística, sabía de la importancia de sus retratos y consideraba su obra «original». Esta última condición fue sin duda la que provocó los conflictos —escasos, pero trascendentes— que se registraron en su vida creativa.

Alberto Urdaneta menciona al pintor romano Antonio Meucci quien, en 1832,

abandonó a Bogotá, herido por las sarcásticas cuanto severas y justas críticas del ya célebre miniaturista Espinosa [2].

No se encuentran las fuentes de este dato, pero el enfrentamiento entre dos de los pintores de Bolívar podría suponerse originado en alguna copia que hizo el italiano de una obra de Espinosa, ya que no son pocos los retratos del Libertador realizados por el abanderado que se han atribuido equivocadamente a Meucci. Éste había sido escenógrafo en los Estados Unidos en 1818, oficio con el cual alcanzó gran prestigio en Lima, en 1840, con una compañía lírica italiana —en la capital peruana se le puede seguir el rastro entre 1833 y 1847—. Aunque la crítica lo ha tildado de mal dibujante, se encontró un boceto académico de gran calidad que representa a Juan Esteban Martínez en Santa Fe de Antioquia. Su llegada a Cartagena coincidió con la última visita de Bolívar a dicha ciudad, cuatro meses antes de su muerte. Allí le hizo un retrato en miniatura en agosto de 1830, considerado la postrera imagen del Libertador. De esta pieza sacó copias, como solían hacerlo la mayoría de los pintores de su época. Espinosa, seguro de la originalidad de su obra, debió encontrar muy parecida a las suyas alguna miniatura del artista italiano, por lo cual lo hizo víctima de sus ataques.

 

[XXXV]

ANTONIO MEUCCI

Simón Bolívar Presidente Libertador de la República de Colombia Retratado en Cartagena

 

La segunda disputa importante de Espinosa -ya mencionada cuando se trató el tema del grabado—, se debatió en publicaciones locales y tuvo que ver con la casa impresora Gómez y Boultron, a la cual le reclamó el haber copiado y deformado su retrato de Tomás Herrera. De esta manera les argumentó sobre la legalidad de la copia:

Hoy hay completa libertad para reproducir la obra de un artista, supuesto que ya se acabaron los privilegios exclusivos y los monopolios. La cuestión no es de libertad ni de monopolios, aunque sobre esto habría mucho que hablar: la cuestión es de reputación artística [3].

 

Gestos de reconocimiento

La sociedad colombiana del siglo XIX, que se pretendía pragmática a través del positivismo, sólo aceptaba a los artistas como artesanos; por ello intentó, aunque sin lograrlo del todo, impulsar, tanto en los gobiernos conservadores como radicales, las escuelas y las exposiciones de artes aplicadas. La voluntad de crear una escuela de arte oficial se quedó siempre en proyecto de ley o de constitución. Las bellas artes en sí mismas no contaron con el apoyo suficiente. No obstante, el ingrediente tradicionalista impulsaba a los miembros de la clase dominante a retratarse, y a fijar su imagen para la posteridad. Esa actitud identificadora y narcisista a la vez, permitió que el arte recibiera cierto apoyo de la naciente burguesía, y que favoreciera talentos como el de Espinosa, Ramón Torres Méndez, Luis García Hevia, José Manuel Groot, Manuel Dositeo Carvajal, la familia Figueroa y una decena más de pintores nativos.

Algunos hechos —aparte de los comentarios de prensa sobre las exposiciones industriales—, demuestran que Espinosa era apreciado como artista. En 1849, por ejemplo, fue citado por los periodistas de la publicación satírica El alacrán como testigo, junto con el miniaturista José Gabriel Tatis, en un juicio de imprenta:

Porque se sigue contra nos el juicio de presuntivo abuso de imprenta [...] con tal objeto, a usia, señor pedimos haga comparecer a dos pintores, [...] que jurando declaren su opinión [...] puesto que son tenidos por pintores, y deben distinguir bien los colores, silos ojos de Armero verdes son [...] Declaren el señor Gabriel de Tatis y el señor José María Espinosa, después de un análisis minucioso, con arreglo a su arte la verdad [4].

Y en 1853 fue digno de una honrosa labor: el gobierno lo comisionó junto con Groot y García Hevia para examinar los borradores de las láminas de la Comisión Corográfica, realizadas hasta ese momento por el venezolano Carmelo Fernández y el inglés Enrique Price [1819-1863].

 

[188]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Enrique Price

 

[189]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

Alfonso Acevedo Tejada

 

[190]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Mateo Sandoval. Posada.

 

[191]

JOSE MARÍA ESPINOSA

León Ortiz

 

[192]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Ramón Lotero

 

[193]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Almacén del Gallo. Caicedo, Guerra, Montalvo, Samper

 

[194]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Ministro Chileno. Este sino es de los de mi raza

 

El autodidacta

La originalidad es el problema capital de las artes plásticas en América. Durante el siglo XIX, en el que tuvo lugar la independencia de los países hispanoamericanos, la aspiración al clasicismo hizo a un lado los valores de un arte indígena, y buscó inspiración en las corrientes occidentales y en los artistas europeos notables. Con relación a los estilos que pudieron prevalecer en el país, el historiador Leopoldo Castedo cree que,

por razones históricas evidentes (la menor vigencia del Neoclásico, la raigambre de un movimiento literario costumbrista, el antecedente de los trabajos del naturalista Mutis) en Colombia tomó forma a poco de consolidada la independencia una escuela naturalista [5].

¿Qué fuentes asimiló Espinosa para definir rasgos, modas y tratamientos del espacio o de la forma, hasta elaborar su sistema particular de expresión? Como se sabe, su viaje a Italia —prometido por el Libertador para tomar «algunas lecciones de uno de los pintores más afamados»-[6], se frustró por la conspiración del 25 de septiembre de 1828. Tuvo que conformarse con imágenes obtenidas a través de los artistas viajeros, de los retratos en miniatura que se habían producido en el país o en el exterior, en daguerrotipos o fotografías, en las viñetas que inmortalizaban a Napoleón, y en algunos libros con grabados. Tal es el caso de las ilustraciones de La divina comedia, realizadas por Gustave Doré y publicadas en Europa hacia [XIV] 1861. A ellas se refiere en sus Memorias en los siguientes términos:

Cuando después he visto los magníficos grabados con que Augusto Dosé [sic] ha ilustrado los poemas de Dante, he recordado muy al vivo las impresiones que experimenté en aquel sitio [San Agustín] [7].

Del contenido de la biblioteca de la casa de su hermana se ha deducido por qué debió conocer la obra de Mengs. Su cultura era algo más que mediana; de sus memorias se infiere que había leído El Quijote, Robinson Crusoe, Gil Blas de Santillana, la mitología y la historia griega y romana.

Hay que tener en cuenta, además, su condición de autodidacta, que le dio una gran libertad. Por esa razón no se lo puede vincular al arte neocolonial de los Figueroa de la república. Especial manualidad y espíritu de observación se reúnen en este hombre particular que decidió que las artes plásticas eran su vocación y se entregó a ellas con inventiva y sensibilidad.

El autodidacta tiene dos opciones: la primera, encontrar una fórmula y perfeccionarla intensamente hasta hacerse reconocer; la segunda, ensayar, con toda libertad, una gran diversidad de estilos, dentro de sus capacidades. Esta última parece ser la que adoptó Espinosa. En sus retratos al óleo, miniatura y grabado se acerca al clasicismo. En sus paisajes se comporta como un naturalista ilustrado. En gran parte de sus dibujos y caricaturas recuerda al romanticismo y antecede al expresionismo. Al analizar las obras de este estilo se lo puede considerar un verdadero abanderado del arte: sus ocho autorretratos lo confirman. En ellos, sin percatarse, Espinosa enfrentó su «yo» al mundo; ese «yo» que le molestaba poner en evidencia en sus Memorias:

 

[195]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

María Manuela Gutiérrez y Moreno

 

[196]

JOSÉ MARÍA ESPINOSA

El Doctor Arganil

 

Se me dispensará, pues, el que a cada paso se encuentre en estas páginas el fastidioso y embarazoso ‘yo’, de que le es fácil prescindir al simple narrador de hechos ajenos [8].

Su espíritu, indudablemente romántico, vivió en su juventud aventuras que lo llevaron al borde de la muerte, en la lucha por el ideal de la libertad. El resto de su vida lo dedico a reivindicar el pasado, a enaltecer héroes como Bolívar, próceres y mártires, y las hazañas en las que él mismo había participado.

De cualquier forma, resulta imposible clasificar al pintor abanderado; en su obra se pueden seguir huellas casi imperceptibles de David, de Goya, de Daumier, de Caspar David Friedrich y de Ruguendas. La crítica de arte Marta Traba, quien lo consideró el

más prolífico y más oficial, más histórico, de su época [9],

se refirió a sus pinturas de batallas de la campaña del sur de Nariño como

un híbrido sorprendente que oscila entre Uccello y el aduanero Rousseau. Nada del aliento épico del neoclasicismo o del romanticismo recorre sus lienzos [10].

 

La admiración de un académico

El único latinoamericano con el que Espinosa pudo departir sobre temas artísticos fue el pintor académico mexicano Felipe Santiago Gutiérrez [1824-1904], quien llegó a Bogotá por vez primera el 21 de septiembre de 1873. En este primer paso por la capital conoció a la plana mayor de sus colegas. Vino a Colombia inducido por el poeta Rafael Pombo y logró que el gobierno de Manuel Murillo Toro decretara la fundación de la Academia Vásquez —origen de la posterior Escuela de Bellas Artes—, entidad de la que carecía la capital a pesar de los múltiples intentos emprendidos por el Estado desde finales del siglo XVIII. Después de una centuria de retraso en relación con la Academia de Bellas Artes de San Carlos, fue precisamente un mexicano quien logró la fundación oficial.

Los artistas Alberto Urdaneta, José Manuel Groot, Ramón Torres Méndez y José María Espinosa, y los escritores Pepe Caicedo Rojas y Diego Fallon firmaron una solicitud dirigida al gobierno que apoyaba el proyecto. Quizás ellos mismos no dieron crédito a sus ojos cuando leyeron el encabezamiento de la Ley 98, por medio de la cual se creó la Academia Vásquez:

El Congreso de los Estados Unidos de Colombia Decreta:

Art. 1º. Créase en la capital de la República un instituto para el cultivo y fomento de la pintura, grabado, música, arquitectura y escultura, el cual, en homenaje a la memoria del antiguo pintor nacional Gregorio Vásquez Arce y Ceballos, llevará el nombre de ‘Academia Vásquez’ [11].

También debieron sorprenderse ante los artículos siguientes que anunciaban las cinco escuelas que la componían, la creación de una biblioteca y un archivo de bellas artes, la conformación de un museo, la adquisición de modelos, cuadros, esculturas, etc. La ley también contemplaba el nombramiento de cinco profesores traídos del exterior quienes, además de sus deberes docentes, estarían encargados de dirigir

el ornato de los edificios nacionales en la capital [12].

La Ley 98 fue sancionada el 4 de junio de 1873 por el presidente Manuel Murillo Toro, quien encabezaba el gobierno radical, lo cual no impidió que en la ponencia del proyecto ante el Congreso participaran conservadores como Sergio Arboleda, José María Maldonado, José María Alemán, Julio E. Pérez y José María Quijano Otero. Pero a pesar del impulso oficial la escuela no fraguó; la situación política del país no lo permitió. Los artistas debieron conformarse con dos escuelas fundadas por Gutiérrez: la Academia de Dibujo y Pintura, para señoras y señoritas, que funcionó en la residencia de María del Rosario Suárez de Valenzuela a partir de enero de 1874, y un centro libre denominado Academia Gutiérrez, para hombres, abierto el mismo año.

Viajero infatigable, las estancias de Gutiérrez en Colombia fueron tres, dos de ellas en vida de Espinosa. La primera, desde el 21 de septiembre de 1873 hasta el 31 de marzo de 1875. La segunda, de sólo cinco meses, transcurrió entre octubre de 1880 y el 19 de marzo de 1881, año en que el presidente Rafael Núñez lo nombró director de la Academia Vásquez. La tercera tuvo lugar del 21 de septiembre de 1891 hasta abril de 1893. Quizás fue durante su primera permanencia que el pintor bogotano pudo departir con él, pues

desde su llegada a Bogotá invitó a todos los artistas y aficionados a verlo trabajar si consideraban que su ejemplo pudiera serles útil [13].

 

[XXXVI]

FELIPE SANTIAGO GUTIÉRREZ

José María Espinosa

 

[XXXVII]

FELIPE SANTIAGO GUTIÉRREZ

José María Espinosa

 

Resultaría absurdo suponer que a la avanzada edad de 77 años Espinosa pensara en «convertirse» a la academia. Lo que sí es muy probable es que haya experimentado cierta satisfacción al ver que su amor por el dibujo, que su inteligencia para el manejo del color, la luz y la composición, y que su agudeza al observar el modelo —condiciones que había logrado por sí solo-, lo acercaban al erudito mexicano, al artista extranjero mejor recibido por el medio colombiano en el siglo XIX.

Felipe Santiago Gutiérrez le hizo dos retratos a Espinosa, uno a Groot y otro a Torres Méndez. Sin duda sintió admiración ante estos autodidactas que, sin transitar por el arduo camino académico, ni conocer sus leyes, lograron plasmar en sus pinturas el aspecto del país, el rostro de sus gentes y las hazañas proceras.

 

[XXXVIII]

FRANCISCO«PANCHO» FIERRO

La tapada de saya y manto

 

[XXXIX]

JOSÉ MARÍA ESTRADA

Niña con vestido rojo sin fecha óleo sobre lienzo

 

[XL]

HERMENEGILDO BUSTOS

Francisca Valdivia

 

Espinosa frente a otras figuras latinoamericanas

Si la comparación con artistas europeos resulta desproporcionada, dentro del panorama latinoamericano se pueden encontrar similitudes, talentos y sensibilidades parecidas a las de Espinosa, aunque no se pueda hablar de almas gemelas. La variedad de su obra permite comparaciones con el peruano Pancho Fierro, los mexicanos José María Estrada y Hermenegildo Bustos, el peruano Gil de Castro y el ecuatoriano Antonio Salas.

El dibujante y pintor de costumbres Francisco «Pancho» Fierro [1809-1879], era menor trece años que Espinosa y murió cuatro años antes que el abanderado. Era mulato y en esto se diferenciaba de los linajudos ancestros del pintor bogotano. Sin embargo, coincidían en muchos aspectos, además del ciclo vital: en primer lugar, en su condición de autodidactas. En sus dibujos de tipos callejeros, los dos supieron interpretar un amplio periplo de vida de la capital a través de los habitantes de las calles, ya se tratara de un hacendado, un literato, un loco o un mendigo. Fierro tenía como Espinosa chispa satírica, pero no era tan dotado para el dibujo. Los dos eran coloristas destacados y trabajaron en acuarela gran parte de su obra.

Dos retratistas se asemejan a Espinosa, el uno su contemporáneo José María Estrada [¿1810?-1805], natural de Guadalajara, Estado de Jalisco, quien realizó al igual que Espinosa una vasta obra representada en una serie de retratos tanto de la sociedad como de gentes humildes. A eso se debe su popularidad. Se asemeja a Espinosa en la sencillez al presentar sus personajes al margen de los conocimientos académicos, en la sensibilidad innata y en la elegancia en el ¿olor. En igual sentido se parece a Hermenegildo Bustos [1832-1907], oriundo de Purísima del Rincón, Guanajuato. Aunque treinta y seis años menor, y autodidacta como Espinosa, existe un nexo estilístico muy fuerte en la relación con los personajes. El vínculo fundamental de los tres retratistas es su sinceridad frente al modelo; no obstante, los mexicanos son considerados «populares» en su patria —Leopoldo Castedo los clasifica como «primitivos»—, nomenclaturas que no son válidas para Espinosa. En realidad el proceso del pintor abanderado es más complejo porque a su sencillez anímica se añade el espíritu ilustrado, la disposición clásica y la sensibilidad romántica. Insuperable como dibujante y miniaturista, su obra variada se puede asimilar a trechos con distintos artistas, pero nunca en su totalidad.

Entre los retratistas de Bolívar, podría pensarse en ciertas semejanzas con el peruano José Gil de Castro y el ecuatoriano Antonio Salas. Aunque el primero tiene que ver más con el arte neocolonial y el segundo con la más pura academia.

El pintor limeño, mulato como Fierro, tomó parte también en la guerra de independencia de Chile y en los preparativos de la expedición del Perú como ingeniero cosmógrafo; en esta actividad militar tuvo la oportunidad de retratar a los jefes del Estado Mayor, chilenos y argentinos: San Martín, Bolívar y O’Higgins fueron sus mas eminentes modelos. Se diferencia de Espinosa en la profesión; no se trataba de un autodidacta como el abanderado. En el tratamiento se asemeja más a Pedro José Figueroa, pero su dedicación al retrato procero, el haber creado un icono del Libertador, la observación del carácter de los retratados y la finura de las miniaturas lo relacionan con Espinosa.

 

[XLI]

JOSÉ GIL DE CASTRO

Simón Bolívar

 

Antonio Salas era diez y seis anos mayor que el pintor bogotano. Había tenido escuela de arte y comenzó a figurar en los círculos quiteños en 1825, gracias a su conocimiento del oficio. También pintó al Libertador, pero no creó un icono como Espinosa y Gil de Castro. Realizó retratos en serie de próceres y algunos cuadros de costumbres, aunque su característica fue la búsqueda del ideal académico. Se asemeja a Espinosa no sólo en la temática sino en el tratamiento de los retratos y en la elegancia del color, a pesar de la diferencia en cuanto a su formación.

Como se puede observar, dentro del contexto latinoamericano la figura del abanderado es singular, no sólo por la clara conciencia de su talento, sino por la ausencia de formación académica. Su obra prolífica y variada lo coloca, sin duda, dentro de los principales artistas de América Latina.

 

[197]

JOSE MARÍA ESPINOSA

Simón Bolívar

 

[XLII]

ANTONIO SALAS PÉREZ

Simón Bolívar

 

La muerte de un soldado

A partir de 1872 Espinosa fue exaltado en repetidas ocasiones por los diarios, no precisamente por su labor artística, sino por su carrera militar [14]. Al aproximarse el fin de su ciclo vital, a sus compatriotas les resultó más importante el viejo soldado de la Independencia que el prestigioso artista. Al tiempo que realizaba las más finas caricaturas de los personajes de su época, de los héroes envejecidos y en decadencia, de los políticos y de los habitantes de su ciudad, su oficio recibía menos reconocimiento. Se olvidaban estos méritos en favor de otros, no menos valiosos, pero ya lejanos. Sus Memorias, publicadas en 1876, atizaron la imaginación popular, ansiosa de revivir héroes.

En 1873 la comisión encargada de los festejos del aniversario nacional, conformada por Rafael Pombo, José María Espinosa, Manuel A. López, José L. Camacho, Tomás Castellanos R.,Jesús M. Gutiérrez, Francisco Olaya, Demetrio Porras y Lorenzo Lleras, acordó un programa en el cual el abanderado tuvo un papel sobresaliente: portar, junto con el prócer Castellanos, desde la Casa de Moneda hasta la Plaza de Bolívar, la guirnalda que le había sido ofrendada al Libertador en el Cuzco [15], con la cual se coronaría la estatua que presidía la plaza mayor, ejecutada años atrás por Pietro Tenerani [1789-1869]. Aquel día Espinosa debió sentir una particular emoción ante el bronce del artista italiano quien, no en vano, había partido de un dibujo suyo y de otro del francés François Désiré Roulin [1796-1874] para trazar el rostro de Bolívar:

 

[XLIII]

Aviso funerario José María Espinosa

 

Antes de la una de la tarde, conducción de la corona que regaló el Perú al Libertador, de la Casa de Moneda a la plaza de Bolívar, por el depósito de los militares de la Independencia (señores Espinosa y Castellanos). [...] A la una de la tarde el ciudadano Presidente de la Unión entrará en la plaza y recibirá de manos del Jefe de los veteranos de la Independencia la corona mencionada, la cual entregará al Secretario de lo Interior y Relaciones Exteriores, quien coronará con ella la estatua del Libertador, pronunciando en seguida un discurso alusivo al acto [16].

También le correspondió conducir el Acta de Independencia:

Al mismo tiempo, entrega del Acta original de la Independencia, por el Presidente de la Municipalidad de Bogotá a la Universidad Nacional y el Colegio de Nuestra Señora del Rosario, y conducción de ella por estos cuerpos a la misma plaza (señores Espinosa y Castellanos). [...] Después el Rector de la Universidad colocará el Acta de la Independencia en frente del busto de Acevedo Gómez, y pronunciará el discurso correspondiente (señores Espinosa y Castellanos) [17].

Los festejos duraron tres días, el último de los cuales se rindió tributo a los héroes representados en las imágenes del propio Espinosa:

Día 21. A las once, formación en la plaza de Bolívar de todas las escuelas de niños y niñas [...] Procesión de los mismos niños, acompañados de los funcionarios públicos y de los particulares que se sirvan concurrir, hacia el jardín de Santo Domingo, en cuyas galerías estarán colocados los retratos de los Padres de la Patria con inscripciones impresas, los cuales serán coronados y adornados con flores por los niños de las escuelas (señores Espinosa, Lleras y Olaya) [18].

Al declinar el siglo, los colombianos resintieron el olvido en que habían caído los artífices de la Independencia y el inexorable paso del tiempo que terminaría por desdibujarlos. Escritores y hombres públicos se dedicaron entonces a evocar y exaltar, no sin cierta melancolía, las proezas de quienes habían sobrevivido a las guerras de emancipación y a las contiendas civiles. Espinosa fue objeto privilegiado de esta actitud sentimental:

El señor Espinosa es uno de esos quien a los 82 años de edad, casi ciego, enfermo y teniendo una numerosa familia a su cargo, sólo recibe la pequeñísima suma de $30 de pensión, en cambio de los sacrificios que hizo en su juventud. Mientras dicho señor tuvo salud y pudo trabajar, jamás importunó a los delegados de la nación pidiéndoles aumento de sueldo. Pero hoy las cosas han variado. Su trabajo nada le produce y su familia demanda todos los días más y más atenciones. Por tal razón él se dirigió al Congreso el año pasado, pidiendo que se le aumentase su sueldo, siquiera hasta 50 pesos, solicitud que fue coadyuvada por los honorables Senadores Bermúdez, Hernández e Iriarte, pero no llegó a ser ley por circunstancias excepcionales, de inútil referencia. Pero es tiempo de reparar la injusticia y toca al Congreso hacerlo, otorgando el grado de Sargento Mayor al señor Espinosa, Capitán nombrado por el Libertador desde el año de 1819, con derecho al goce de la pensión correspondiente a dicho grado. Así lo esperamos de la magnanimidad del primer cuerpo de la nación, la cual verá con gustos que en los pocos años que le restan de vida a este leal servidor suyo, no le falte el sustento, haciendo así menos pesada su existencia [19].

Cuando murió José María Espinosa, el artista más notable del siglo XIX en Colombia, pocos lamentaron la desaparición de su genio creador, todos lloraron al soldado y despidieron a uno de los próceres de

la generación que se levantó al grito de ‘Viva la América libre’ [20].

Tiempo atrás, él mismo había explicado su romántica existencia:

Sin ambición ni pretensiones de ninguna especie ha pasado hasta hoy mi vida tranquila, o por lo menos exenta de remordimientos, consagrado a un trabajo pacífico, y haciendo votos por la prosperidad y engrandecimiento de mi patria. Los recuerdos de mis años juveniles me han sido en ocasiones gratos y a veces dolorosos; pero siempre me he regocijado con la idea de haber contribuido, aunque en pequeña parte, a darle libertad e independencia [21].

 

1. Caicedo Rojas, José. «Motivo de esta publicación» en Memorias de un abanderado, Bogotá, Imprenta El Tradicionista, 1876, págs. X-XI.

2. Urdaneta, Alberto. «Esjematología o ensayo iconográfico del Libertador» en Papel periódico ilustrado, Bogotá, 24.7.1883, pág. 411.

3 . El pasatiempo, Bogotá, 16.6.1852.

4. Posada, Joaquín; Gutiérrez, Germán. «Representación» en El alacrán, año I, trim. 1, nº 5, Bogotá, Imprenta N. Gómez, 18.2.1849.

5. Castedo, Leopoldo. Historia del arte y de la arquitectura latinoamericana. Barcelona: Círculo de Lectores, 1970, pág. 221.

6. Espinosa, José María. Memorias de un abanderado. Bogotá: Imprenta El Tradicionista, 1876. pág. 271.

7. Íbid., pág. 196. Se refiere al volcán Puracé.

8. Ibid., pág. 3.

9 . Traba, Marta. Historia abierta del arte colombiano. Cali: Ediciones Museo La Tertulia, 1974, pág. 56.

10. Ibid., pág. 44.

11. Diario oficial, año ix, nº 2880, Bogotá, 16.6.1873.

12. Ídem.

13. El tradicionista, Bogotá, 22.1.1874.

14. Cordovez Moure, José María. Reminiscencias de Santa Fé y Bogotá. Madrid: Ediciones Aguilar S.A., 1962, pág. 407.

15. Se trata de la corona que conserva el Museo Nacional de Colombia, reg. 2552, obsequiada al Libertador por la municipalidad de Cuzco (21.6.1825). Bolívar la entregó al Mariscal Antonio José de Sucre quien, a nombre suyo y del ejército libertador del Perú, la envió al Congreso de Colombia como reconocimiento al apoyo ofrecido por este cuerpo legislativo a la Campaña del Sur emprendida por Bolívar (12.9.1825). Esta pieza fue destinada al Museo Nacional mediante decreto expedido por el Congreso de la República (13.2.1826).

16. Diario oficial extraordinario, Bogotá, 7.7.1873, pág. 109.

17. Ídem.

18. Íbid., pág. 110.

19. Diario de Cundinamarca, Bogotá, 21.3.1879, pág. 3.

20. Diario de Cundinamarca, Bogotá, 16.3.1883, pág. 3.

21. Espinosa, José María. Op. cit., pág. 265.

 

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