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Hasta 1958, Colombia no le concede la menor importancia a sus dibujantes y grabadores, quizás porqué se consideraban las suyas unas técnicas menores. Esta subestimación es visible en la historia de los Salones Nacionales iniciados en 1940, los que por un largo período no incluyen en el reparto de premios sino a la pintura y la escultura. Es el XI Salón de ese año el primero en que tanto el dibujo como el grabado entran a ser considerados autónomamente y como unos medios de alta jerarquía artística. Sin embargo, esta nivelación oficial será efímera y en los Salones siguientes, a partir de 1959, aunque se sigue convocando a premios para dibujo y grabado, los montos en dinero de los mismos son notablemente inferiores al de las técnicas tradicionalmente consideradas mayores, hecho que de por si nos señala la poca estima en que volvieron a caer los dibujantes y grabadores.

Mariana Varela

Llegados a este punto es absolutamente necesario aclarar que si bien el patrocinio oficial pudo significar un impulso a la generalización de estas técnicas, ya teníamos artistas dedicados a ellos con resultados notables. Pienso en Luis Angel Rengifo, que no por casualidad fue nuestro primer grabador galardonado con un premio. (Ver "24 Salones", catálogo de la exposición que reunió los premios y menciones entre 1940 y 1973, efectuada en la Biblioteca Luis Angel Arango, Bogotá, noviembre de 1974).

La entrada del dibujo y el grabado a los Salones Nacionales no deja de tener las inevitables mal interpretaciones. En lo que hace al dibujo, si Enrique Grau obtiene el premio del Xl Salón es porque prima una visión pictórica entre los conocedores, de modo que analizada hoy, su obra parece haber sido calificada por su proximidad a la pintura. Más adelante, cuando ya Fernando Botero se había revelado con un estilo vigoroso y personal, el joven artista antioqueño participa en el XII Salón con un carboncillo que considero con la suficiente perspectiva histórica tenemos que seguir admirando como una de las auténticas obras maestras del dibujo colombiano. Pero no fue mirada así en su momento, al menos no por los jurados. Y uno de ellos llegó a escribir, luego de considerar las diferentes manifestaciones presentes en el Salón, que: "Tampoco había mucho que decir sobre dibujos y grabados. El Salón está casi desierto de ellos, a no ser por Lucy Tejada y Julio Castillo. El de Fernando Botero se consideró un boceto, proyecto apenas que requiere desarrollo y, por consiguiente, no admite análisis definitivo en esa condición. El grabado del premio interesó algo como simple técnica”. (Carlos Medellín, “En el XII Salón de Artistas Colombianos — Crónica de un jurado infidente”, Lecturas Dominicales de El Tiempo, Bogotá, septiembre 20 de 1959, p. 4).

Juan Cárdenas

Se puede afirmar entonces que el dibujo comenzaba a fomentarse en medio de una apreciable confusión critica que condujo al desconocimiento de obras importantes. Y que el grabado era apenas un asunto de tejemanejes del oficio, por lo que bastaba una buena ejecución para descollar en el medio sin que importaran de un modo definitivo los valores plásticos.

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