Reacondicionamiento crítico - Epílogo
A lo largo de toda su carrera, y al
margen de los escándalos que causó su obra y de las persecuciones que sufrió, han
quedado rastros, huellas de "la búsqueda de una independencia pictórica", tal
como sostienen Alberto Sierra y Carlos Uribe . "żDe dónde emana, surte y surge esa
tremenda vitalidad de la tragedia que anima la obra de Débora Arango?, se preguntaba
Ovidio Rincón en 1957". Sobre los óleos [...] sopla una fuerza infrahumana que
nadie puede hallar, concretar, decidir [...] en cada uno de sus cuadros da a su arte una
calificación distinta entre el conjunto de pintores antioqueños.
Para responder justamente a Rincón
habría sido necesario que la crítica de la época se hubiese fijado en su obra. Quizás
se deban plantear, para las futuras generaciones que hallen en los cuadros de Débora
Arango el auténtico valor que ahora se les discute, el antagonismo de la pintora con su
medio, el desdoblamiento mental y artístico. Su condición de mujer con la vigorosa
plástica que supera los más audaces conceptos del dramatismo; la mujer profundamente
religiosa con ciertos considerandos burlones de las fórmulas morales y de los signos
colectivos; la distancia entre sus facilidades económicas y la pintura de los grupos más
que pobres, miserables, que forman nuestro medio. La calificación de que era obscena su
obra, en algunos desnudos y la ignorancia de la protesta colérica en relación con los
problemas sociales de nuestro tiempo y de nuestro país. De allí que la obra de Débora
Arango precisa un reacondicionamiento de la crítica.
Hasta el momento, parecería que la
mirada crítica a la obra de Débora Arango se ha detenido exclusivamente en su temática
y en el anecdotario de los escándalos políticos que generó, como la persecución del
jefe conservador Laureano Gómez y las polémicas artísticas locales. En cuanto a estas
últimas, se pasa fácilmente del vituperio a la exaltación, mientras que los enemigos
políticos tachan su obra de torpe en la realización. Sus amigos, en cambio, exageran la
nota hasta inventar exposiciones suyas en los recintos del Louvre y del Museo del Prado,
afirmaciones que sólo tenían por objeto molestar a sus detractores. Es necesario leer
entre líneas las notas periodísticas para encontrar valores críticos.
Urge sacar a Débora Arango del
chovinismo, dejar de considerarla una curiosidad local y analizarla en el contexto del
arte latinoamericano. Las mejores aproximaciones a su obra son recientes pero se ciñen
igualmente a la temática, a la relación del color con la violencia, e insisten en
señalar sus valores dramáticos y su poderosa expresión.
Una nota de Alberto Durán Laserna,
equivocada como se anotó anteriormente, al tratar el arte y lo femenino, intenta por
primera vez una crítica rigurosa que descubre fallas en el tratamiento del espacio, en la
pincelada y la forma en general. Lo valioso de ese análisis es que le advierte a Débora,
triunfalista entonces en la capital, los posibles puntos débiles de su arte:
En sus cuadros encontramos la misma
franqueza que fluye de su personalidad, tan segura y animosa. Traducen ellos su fino y
robusto temperamento. A pesar de que sus concepciones son bruscas, mantiene una decidida
preocupación por el volumen. No es patente en su pintura la influencia de ninguna escuela
moderna [...] Busca la sencillez, evade lo precioso; sin embargo le falta resumir, apretar
más la forma, y estilizar un poco, casi imperceptiblemente [...] un poco más 'el modelo
en el ambiente', un poco de resistencia, de oposición al viejo y frío modelo profesional
[...] A sus cuadros les falta la violencia que le sobra a la intención. Sin duda ellos
poseen la fuerza trágica que les proporciona, que les imprime la vida llevada desde las
miserables ciénagas de la pasión hasta el luminoso universo de los colores; mas cuando
ha de plasmarse, tornarse mundo vivo, decae, trueca la violencia por una rudeza
apaciguada.
El aislamiento al que voluntaria e
inexplicablemente se redujo la gran artista Débora Arango, interrumpió la visión
crítica contemporánea sobre su obra, en particular entre los decenios del cincuenta y
setenta: su pintura habría empalmado perfectamente con la figuración expresionista o
interiorista de 1960, habría podido inspirar los movimientos de arte político entre 1965
y 1975 y, sin embargo, fue necesario llegar al neo-expresionismo, que tendió un puente
entre el expresionismo alemán de las primeras décadas del siglo y el arte de 1980, para
que Débora pudiera ser sentida y apreciada. Por eso en adelante debe intentarse un
reacondicionamiento crítico que rescate su obra y que, sin recurrir a viejos esquemas,
encuentre su justa dimensión y la proyecte en el ámbito latinoamericano.
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