DEBORA ARANGO
Exposición Retrospectiva

Banco de la República
Biblioteca Luis Angel Arango
Santafé de Bogotá, Abril - Septiembre, 1996

Exhibición de la obra de la artista antioqueña Débora Arango (1907-). Más de 260 obras permiten apreciar la evolución de una obra que se destaca por su calidad plástica y por su importancia cultural: la obra de una mujer que retrató la sociedad colombiana en sus aspectos más dramáticos, y que se vió sometida a una especie de conspiración de silencio. Los textos siguientes hacen parte del catálogo, ampliamente ilustrado, que acompaña la exposición:


Reacondicionamiento crítico
Fuerzas y convergencias

La obra de Débora Arango es el resultado de la convergencia de tres fuerzas. En primer lugar, la memoria aportada por el tipo de sociedad en la cual creció y sus contradicciones inherentes: un grupo humano tradicionalista hasta el límite del fanatismo y a la vez poseedor de una voluntad de modernidad que se traduce en una creciente industrialización. En el campo de las artes plásticas, se detecta una particular destreza en el uso de la técnica de la acuarela, cuya aparición se convirtió en un fenómeno propio de la escuela antioqueña desde comienzos del siglo XX.

Converge también el momento histórico. En el decenio de los treinta, cuando se inició Débora como artista, empezaron a repercutir en todo el país, particularmente en Antioquia, los efectos ocasionados por la aparición de las ideologías. El primer gobierno de Alfonso López Pumarejo y su anuncio de "la revolución en marcha", aumentaron la euforia colectiva. Los conflictos sociales se hicieron palpables en Medellín y entre los artistas la palabra "revolución" se tornó en bandera. Huelgas como la de los empleados del ferrocarril, afectaron la obra de Pedro Nel Gómez (1899-1978), quien había regresado de Italia en 1934. "Me voy a la región minera, para ver el mazamorreo [...] todo eso hay que llevarlo a los muros", le manifestó al escritor Jaime Barrera Parra. Por su parte, Ignacio Gómez Jaramillo (1910-1970) asimiló, durante su viaje a México en 1936, ideas sobre arte y revolución.

En tercer lugar, confluye en la obra de Débora la circunstancia de ser mujer. Este punto merece un examen cuidadoso porque implica una revisión de la situación de la mujer en las artes plásticas. La lista es curiosa porque sus nombres no figuran en las historias del arte conocidas y muy pocas de sus obras se encuentran exhibidas en las colecciones de los museos históricos. Para reparar esas ausencias se creó en Washington, en 1981, el "Museo Nacional de Mujeres en las Artes".

El tema de las mujeres y el arte ha sido controvertido por críticos y artistas. A raíz del Salón de Arte Femenino, realizado en 1951, Casimiro Eiger se preguntó: "¿Hasta qué punto es legítima una muestra de obras de procedencia femenina o hasta qué grado éstas forman un dominio aparte que justifique su separada y particular presentación? Es decir, ¿existe o no una pintura femenina con sus rasgos peculiares y sus caracteres inconfundibles? [...] No queremos negar que la mujer posee un mundo y una sensibilidad propios, los que por fuerza han de evidenciarse en sus creaciones [...] a nuestro parecer nada justifica la organización de un evento consagrado con exclusividad a las obras de autoría femenina [...] hay otras características, muy importantes desde el punto de vista biográfico, que no constituyen sino un motivo de cohesión extremadamente leve entre las obras, ya que no se aplican sino a las personas y nada nos dicen sobre su empeño creador. Uno de tales rasgos es el sexo de los pintores o de los escritores y la pretendida división del arte o de la literatura de lo femenino y masculino. Vano sería, naturalmente, como lo pretenden algunas exacerbadas feministas, negar las diferencias profundas que separan en lo biológico, en lo psicológico a los seres de distinto sexo, pero ello poco o nada influye sobre las elevadas del espíritu [...] Y no hay duda de que, cuando afirmamos que tal o cual obra de una escritora o de una artista tiene el ‘encanto femenino’, disminuimos su importancia y la colocamos en un plano deliciosamente inferior [...] Hay que confesar que la mencionada exposición no contiene casi nada de lo que suele tildarse de pintura femenina: esa cierta mezcla de gracilidad y de encanto, de suaves armonías y de leves insinuaciones, junto a cierta sentimentalidad en la temática, están ausentes por completo del certamen. Y las obras que se destacan lo hacen precisamente por su vigor, por el coraje de sus soluciones plásticas, por la audacia de sus motivos. Es decir, por las cualidades tradicionalmente juzgadas como masculinas [...] A propósito de este certamen planteamos las siguientes tesis: que las exposiciones de pintura femenina no se justifican en realidad, ya que la división por sexos es, tratándose de la producción artística, superficial; que las épocas, las generaciones y sobre todo la voluntad estilística constituyen denominadores comunes mucho más poderosos y que, por consiguiente, un salón exclusivamente femenino puede tener cierto valor de curiosidad, pero en el fondo no deriva ninguna unidad del hecho de que las participantes sean mujeres. Afirmamos luego que lo que se entiende por lo general bajo la denominación de pintura femenina, lejos de engrandecerla, la disminuye, ya que implica ciertas características de gracia, de armonía sutil, de estilización embellecedora, así como cierta sensiblería en cuanto al tema".

Aunque la argumentación del crítico polonés es correcta, el caso de Débora artista debe verse antes que nada a la luz de su condición de mujer, puesto que la fuerza de su obra proviene precisamente del sentir que emana de su sexo. Sin entrar en contradicción con las ideas expuestas por Eiger, es importante hacer énfasis en que el carácter femenino de Débora influyó de manera especial en la aproximación a sus obras y por tanto no puede despreciarse a la hora de un análisis riguroso. Una reseña publicada en El Liberal de Bogotá, la señala como una digna exponente del espíritu femenino antioqueño, como "una valiente mujer que desafía a todos los tartufos moralistas" desde el altiplano capitalino.

No es necesario retroceder hasta Maria Sybila Merián (1647-1717), la aventurera pintora de insectos y flores barrocas; a la veneciana Rosalba Carriera (1675-1757), o a Elisabeth Louise Vigée-Lebrun (1755-1842), la pintora de María Antonieta. Basta mirar de reojo el siglo XIX y los inicios del XX, para encontrar a Rose Bonheur (1822-1890), quien se vestía de hombre para poder pintar los caballos en la feria; a Berthe Morisot (1841-1895), Suzanne Valadon (1867-1938), Käthe Kollwitz (1868-1945), Paula Motherson Becker (1876-1907), Vanessa Bell (1879-1961) , hermana de Virginia Woolf; Frida Kahlo (1907-1954) y Tina Modotti (1896-1942), para comprender que "sin entrar en materia feminista" hay en la mujer dedicada al arte una vocación o mejor una voluntad de escándalo.

En 1940, Débora expuso en el foyer del Teatro Colón de Bogotá. Alberto Durán Laserna, uno de sus más acertados críticos, la comparó entonces con Mary Cassat (1844-1926), por el rechazo sistemático que sufrió en los salones oficiales (circunstancia que le proporcionó a la norteamericana la maravillosa coyuntura de participar en la exposición de los impresionistas al lado de Monet, Cézanne y Degas, en el estudio de Félix Nadar en 1874). Aunque Durán Laserna encontró en las obras de Débora una "realidad inusitada y audaz" ,cometió el error de clasificarlas como "pintura femenina". ¿Cómo no hallar audaz el tema y el tratamiento de los Matarifes, pintura que muestra, según sus palabras, "el trabajo de rutina tal como se ejecuta a diario en el matadero municipal de Medellín?".

Aunque el reconocimiento del coraje femenino es ya tradicional en la historia patria, basta mencionar el carácter simbólico de una Policarpa Salavarrieta, de una Manuela Beltrán o de Antonia Santos, las artistas plásticas colombianas siempre han ocupado un segundo lugar. Se trata de alumnas juiciosas, de hijas de grandes pintores como José María Espinosa (1796-1883), Ramón Torres Méndez (1809-1885), José Manuel Groot (1800-1878), o de descendientes de próceres de la Independencia como Antonio Ricaurte, Camilo Torres, Valerio Barriga, entre otros. Débora es la primera mujer en vincular el valor con el arte. En 1940, los periodistas entendieron su posición y la invitaron a formar parte de la lucha por una "Antioquia nueva", puesto que su obra entraba "en contradicción con la casta religiosa", rompía "con lo que fue, con el pasado de opresión al paisaje y al desnudo". No obstante, la consideraron "una rebelde, pero no una revolucionaria"


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