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V. LA ESTÉTICA DE LO FEO

 

DESDE HACE unos diez años vive y trabaja en Chapinero, Bogotá. Cuando se trasladó se dijo que al fin iba a tener una casa normal y que el reguero lo dejaría en el estudio de la calle 5119-10, tres pisos, donde habitaba desde hacía diez años. Esta casa sería acogedora, ordenada, estética. . . La casa de un artista.

La decoró y la arregló con ese gusto especial que todos -incluyendo a amigos tan exigentes como Negret- le reconocen. Pero inmediatamente surgió un problema insuperable: lo mortificaba la idea de tener que desplazarse cuando quisiera hacer un trazo o construir un objeto. No vislumbró otra solución que la de instalar su estudio en la buhardilla de su nueva casa.

Aquella mañana, cuando lo decidió y subió al tercer piso, experimentó la misma sensación que la primera vez: era la buhardilla ideal. El estudio de la 51 tenía una luz cenital que entraba a chorros. Pensándolo bien, eso no iba con él. Ya no.

Aquí reinaba cierta penumbra. Con esa luz indirecta que se cuela por dos ventanas más bien pequeñas, le pareció que todo tenía un aire somnoliento; algo parecido a un verano decadente con partitura de Mahler y 'Muerte en Venecia'. Hola, Visconti.

Reflexión hecha, nadie diría que la disposición de ese taller hubiera incidido tanto en los cambios de Rojas. El asegura que sí. Que no es una casualidad que ahí haya nacido su mundo oscuro y las obras que él llama de la miseria. "Los cuadros de la serie América, que eran brillantes, también se volvieron aquí densos, dramáticos, oscuros, nocturnos". En ese espacio sigue haciendo los cuadros de la serie "Umbrales", construidos con objetos recogidos en los barrios miserables de las laderas de Bogotá.

Contradicción: ahí pintó sus cuadros de rayas que desbordan colorido. . . No se desdice:

"He tenido que luchar contra el sentido estetizante. Buscar la belleza donde nunca el hombre lo hace y llevar el espíritu a que se refine en las cosas más toscas; son los ejercicios más poderosos de la creación".

A su estudio se llega por una larga escalera que desemboca al lado de su mesa de trabajo: una tabla sobre dos pequeñas mesas del siglo XVII que conservan huellas de lo que allí se produce. ¿Se dañan? Se queda impávido. Las cosas tienen que seguir el proceso de quienes las usan. Hace unos años, el palio colonial que cubre uno de los dos sillones de su salón estaba perfecto. Hoy sigue allí, rasgado. No lo piensa cambiar de sitio.

Rojas tiene razón: su estudio es, más bien, un depósito con maderas y piezas de madera vieja, papeles arrancados de los muros, esculturas en mal estado y muchos objetos que esperan ser reciclados. Esos montones están alrededor de su mesa, sobre la cual siempre hay un cuadro ya definido, que, en general, no espera nada.

Lo que se antoja más ordenado son los frascos de tierras minerales, producidas en Colombia y Alemania, que tiene a su izquierda. Hay oros, platas, bronces y colores artificiales. Hay mezclas preparadas por él con tierras de tumba, de camino, con telas precolombinas.

 

 

Debajo de su mesa, en tarros de plástico o de lata de unos 20 kilos, tiene molidos de ladrillos, granitos, piedras y cenizas y potes de brea y arenas. Detrás están sus colorantes y aglomerados de cera, aceite, grasa, agua y vinilo.

El resto del estudio, de unos 15 metros de largo por unos seis de ancho, está más organizado. A lo largo del muro principal tiene los cuadros que ha hecho desde 1990; los últimos en hileras más visibles. En frente, en una pequeña 'u' entre la escalera y una de sus ventanas, yacen amontonados, en medio de rollos y pedazos de telas, parte de los cuadros de su época cubista. Son tesoros afectivos de su colección privada.

Todo está recubierto de polvo y partículas de oro y bronce artificiales. Hay grietas en las paredes, pañetes caídos y manchas de pintura sobre una alfombra vieja, pelada, cansada de tanto trajín. "Nunca he tenido orden en el sitio donde trabajo. Nunca he tenido pinceles nuevos, ni caballete, ni paleta (odio las paletas), ni blusas. . . No soy un artista de maneras".

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