IV. MUNDO Y SUS MUNDOS
¿ROJAS COLECCIONISTA? La respuesta se hace evidente apenas se
abre la puerta de su casa. Sí, hay objetos. Por montones. Los hay
colgados de los techos y los muros, puestos en el piso, en mesas y
armarios, regados por habitaciones, baños y corredores, arrumados
por debajo de la escalera y en el garaje, alineados en un gran
estante de metal que se encuentra en su salón... Los hay bloqueando
la circulación, reduciendo el espacio, obstruyendo la mirada. No
hay duda: Rojas es un gran barroco.
¿Una casa? El lo afirma y vive como si sus tres pisos fueran
funcionales. Es una tarea imposible: es tan apabullante la cantidad
y la promiscuidad de objetos, que los suyos, los de uso personal,
también de estilo y escogidos con gran cuidado, no se distinguen
del conjunto. Ese espacio, de donde sale muy poco, se ha
convertido, con su sentimiento, en un gigantesco anticuario que es,
a la vez, un museo. O varios.
¿Qué tiene Rojas? Tal amasijo que los objetos se anulan y la
visión se interrumpe. Al salir de allí muchos dirán que tiene
infinidad de cosas sin saber muy bien qué cosa. No hay memoria que
resista.
Rojas ni se inmuta. Y así permanece cuando sus amigos, que son
pocos y muy bien seleccionados, se atreven a decirle (porque hay
que atreverse) que cambie de casa, que viva más holgadamente. Un
día, posiblemente, lo hará.
Quizá decida, ese mismo día u otro, reducir sus piezas, separar
las más esenciales, recogerse. Porques es el primero en reconocer
que tiene "algunas piezas extraordinarias, otras menos y otras nada
importantes". Todas, sin embargo, vitales en su configuración.
Siempre le ha parecido que meterse de lleno en esas colecciones es
como rehacer su historia y parte, por lo menos, de la cultura y la
mente humana.
Cada objeto tiene un momento, un por qué. Cada uno lo ha
escogido y a cada uno le ha designado un sitio que él conoce y
relaciona -en su cerebro- con los otros. ¿Hay proliferación? Sin
duda, pero no caos. Todo está organizado, y se alcanza a notar, así
sea sutilmente, una separación temática por pisos.
En el primero, donde está su sala principal, su comedor y su
cocina, ha dispuesto precolombinos, objetos coloniales,
republicanos y chinos, cerámicas art -deco y art-nouveau, y sólo
algunas esculturas y pinturas de arte contemporáneo: Amat, Negret,
Salcedo, Consuelo Gómez y tres Rojas. Claro, en una pieza contigua
tiene clasificadas, aunque la impresión de desorden diga lo
contrario, algunas docenas de cuadros de sus últimas series.
En el segundo piso hay una clara preferencia hacia la pintura de
este siglo. Hay cuadros colgados en todos los muros. Son pocos,
comparados con los que tiene recostados, acostados y en bloques
casi inaccesibles. Es una colección hecha de intercambios, regalos
y compras. La ha juntado con la certidumbre de que algún día se la
donará a un museo que, está seguro, no existe todavía.
Ese museo será exclusivamente abstracto. Es una determinación
que orienta sus compras y sus intercambios. El lunes 15 de marzo de
1993, cuando compró una acuarela y un collage de Guillermo
Wiedemann en la Galería Iriarte, exclamó: "Ahora sólo me falta un
buen cuadro de Marco Ospina para tener completa la lista".
En su casa las gráficas de Picasso, Moore, Albers, Lam, Leger,
Arp, Sonia Delaunay, Chillida, Soto, Indiana, Goeritz y Vasarely,
cohabitan con un maravilloso móvil de Calder y esculturas de sus
amigos de siempre, Ramírez Villamizar y Negret y cuadros de Manuel
Hernández y Sergio Camargo. También tiene obras de Toledo, Bernardo
Salcedo, Luis Caballero, Beatriz González, Ari Brizzi y de los
artistas colombianos de una generación más reciente: Danilo Dueñas,
Consuelo Gómez, Jaime Franco, Hugo Zapata, José Alejandro Bermúdez,
León Trujillo y Raúl Mantilla.
Rojas no se entendería sin esos objetos. Es a través de ellos,
en ellos, como el hombre, los hombres, han concretado su
pensamiento, su vínculo con el mundo. Ese recorrido Rojas lo ha
seguido, estudiado, asimilado y, en parte, encerrado en su
casa.
Tan importante le resulta un jarrón chino como un tejido
precolombino, una casulla colonial como una pintura contemporánea.
Cada uno muestra la relación que han establecido los seres entre la
vida y su práctica cotidiana. Rojas, como Pavese, diría que vivir
es un oficio que se aprende. Y agregaría que, en lo fundamental,
los seres no cambian. En ese sentido, el arte sólo sería un testigo
mutable de una búsqueda fallida.
La relación de Rojas con los objetos no es -por vital que sea-
meramente estética. Su presencia está atada, en general, a
procesos, a contextos, a hechos que cada día sitúa más en el plano
espiritual. Los objetos serían respuestas a necesidades de ese
tipo. "Esa ha sido siempre mi actitud".
Consecuencia lógica: esos objetos los ha encontrado él mismo. Ni
recibe a guaqueros ni a representantes de anticuarios. Tampoco ha
puesto horarios ni delimitado las fronteras para esos encuentros,
Le basta con salir de su casa para que cualquier objeto -desechable
o no- se le enrede en las manos. Cualquiera y en cualquier parte.
Un palustre de madera, una ventana republicana, una pareja de
precolombinos (descubierta en una fábrica de Sogamoso), frutas
secas o granos coleccionados por su textura, su forma, su
color.
Rojas tiene un ojo educado y una sensibilidad siempre alerta. A
comienzos de 1993 compró una cerámica de Beatriz Daza en el mercado
de las pulgas de Bogotá. Antes de voltearla ya sabía que era de la
artista fallecida. Muchos domingos debió de haber estado allí
expuesta sin que nadie la reconociera. Tampoco el dueño sabía lo
que estaba vendiendo por un precio irrisorio: dos mil pesos.