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ROJAS EN CINCO TIEMPOS
JOSE HERNANDEZ
I. CULTIVOS DE ORO
LOS AMIGOS de Carlos Rojas siempre dan un consejo a sus amigos:
si se encuentran con el maestro, cerciórense de que tienen tiempo.
Porque si le dan cuerda, si le piden que toque una nota, es un
concierto de partitura voluminosa lo que oirán.
Antes de que se den cuenta, este malabarista de conceptos
hilvana silogismos, los pasea por Grecia, Roma, San Agustín y Machu
Pichu, les explica el sentido de las culturas precolombinas, les
hace paralelos entre Einstein y Rothko o Motherwell... Termina así
colocándose en sus conciencias.
Basta una vez para que dé la pensadera. Para que sus
interlocutores sepan que vive triturando ideas, desenmadejando
porqués, lanzando teorías, rayando cerebros Nada con el es obvio,
nada pasa sin un examen exhaustivo previo.
Da la impresión de haber reflexionado sobre todo. Y cuando le
llega un tema nuevo no se descompone. Lo enfrenta con la misma
naturalidad de siempre. Especulando, sorprendiéndose (aunque no lo
reconozca) de su capacidad para crear puentes, para pensar en voz
alta. Es su lado teatral.
Siempre juega de local. Sabe que tiene un gran ascendiente,
inclusive entre los artistas más veteranos y que es considerado
entre los grandes del arte colombiano. Eso le gusta. En las charlas
no rehúsa recurrir a la ironía para allegar nuevos argumentos, para
sellar diferencias.
Habla, pero también sabe oír y aprender. Es una manera de evitar
que su discurso se vuelva monotemático. Es una ventaja que se da.
Hay otras. Ha sabido rodearse de grandes y fieles amigos que lo
mantienen informado de temas muy disímiles; lee en el mismo sentido
y, sobre todo, mantiene un contacto estrecho con los jóvenes. Es
una costumbre que conserva tras 17 años de enseñanza en las
universidades.
Rojas habla como si, por curiosidad, tratara de corroborar
siempre su premisa de base: los seres humanos nacen para crear.
Desde su adolescencia supo que pintar sería pensar, conocer y
conocer-se, ser consciente. Su problema no es pintar. Es ser.
Pintar para él no es un oficio. Es un escenario para poner la
inteligencia a funcionar. "Pintar es recrear un momento con el fin
de aclararlo". Poner en práctica lo que sabe hacer para vivir el
momento que quiere. Y ese ejercicio de vivir en la cabeza lo hace
desde siempre.
Vivir en la cabeza y yo-yo: ese juego fue, por ejemplo, esencial
para él. No era un objeto que subía y bajaba sino si mano que se
sacudía, se prolongaba en un movimiento reiterativo. En el extremo
de la pita, el objeto escogido era un ramito de paja, de musgo o de
cualquier algo. Le atraía ver cómo se acercaban y se alejaban las
cosas del mundo.
Le habían celebrado entonces su sexto aniversario. ¿Sería
exagerado decir que ya en ese año, 1939, tenía conciencia de ser un
niño diferente? De pronto. Pero Rojas no se cuenta de otra manera.
Era distinto y actuaba en forma distinta, con la tierna complicidad
de una madre que él amó entrañablemente hasta su muerte.
Esa madre, Elisa, lo marcó sin remedio. Era una mujer sencilla,
enérgica, hacendosa y dedicada por entero al hogar. Para ella, el
no fue un niño raro sino especial. Un hijo al que sobreprotegió
porque además de solitario era débil y enfermizo.
Su padre, Arturo, un campesino de ruana y sombrero, bien
plantado, fuerte de carácter y coquetón con las mujeres, fue un
hombre de esa época: un padre parco.
Los dos celebraban sus ocurrencias que eran muchas. Subirse al
zarzo de la casa era una de sus preferidas. Ahí muchas veces leía,
comía y dormía. Ahí se enseñó a estar solo. Y se acostumbró.
Desde ese alto contempló las neblinas que envolvían a Albán,
donde se crió, y sus alrededores. En ese refugio descubrió la
tierra herida, surcada, rayada, donde anidarían cultivos
horizontales de papa. En ese pueblo, a unos 55 kilómetros de
Bogotá, confundió trigales inmensos con capas de oro. Fue ahí donde
vislumbró por primera vez, la densidad de la atmósfera a través de
eucaliptos que, como líneas alzadas hacia el cielo, delimitaban el
horizonte. Todo ello fue definitivo para él. Definitivo es un
adjetivo que repite constantemente.
Carlos Rojas, el pintor, no existiría sin esa infancia. Porque
esas líneas, esos dorados que vibraban bajo el sol, esa naturaleza
cuyos secretos escudriñó, están ahora en sus cuadros.
Esa infancia la añora. No como una melancolía a la que quisiera
volver. Sería ser nostálgico y no lo es. Sino como un momento
particular en el que sintió que la naturaleza le ofrecía todo lo
que podía desear, Y se lo brindaba sin mezquindad, con mesura,
proporción y belleza.
Añoranza es, en su caso, sinónimo de agradecimiento. Por una
soledad a la que se habituó con gran regocijo. "Estar solo es
formar parte de la eternidad. Lo único que uno tiene como propio es
el juego de la soledad. Las multitudes me enferman". Se acostumbró
también a gozar el más mínimo detalle. A analizar las rocas, un
rayo de luz, las diferencias entre las hojas, las superficies, los
amaneceres y atardeceres... ¿Qué sería Rojas sin ese sentido de la
sutileza?
A esa infancia vuelve a menudo. Como si quisiera mantener
intacto el hilo que le ha dado continuidad y armonía a su vida. No
hay reproches ni cuentas por saldar. Solo imágenes que le reafirman
que lo suyo no podía ser de otra manera.
¿Fatalista? Quizá. O creyente. Pero ni sus más avezados amigos
han logrado discernir a qué dios se refiere cuando lo evoca. Y lo
hace cada vez con mayor frecuencia. No es el dios de los libros, de
las imágenes, de los altares ni el de las iglesias que ha conocido
y estudiado. Rojas es ambiguo como Ciorán -que ha leído estos
últimos años- con el mismo dios como interlocutor pero sin
radicalismos ni problemas existenciales.
Su dios se conforma al concepto que se forjó cuando quiso
concretarlo. Y como no pudo -ni como palabra ni como realidad- se
dijo que dios es la potencialidad que tiene el espíritu humano para
crear. Dios sería más bello y esplendoroso en la medida en que sus
obras -las de Rojas- se acercaran más al ideal de perfección.
Su dios es 'natural' por oposición al 'clásico', que es de todas
las religiones: un dios creado por el hombre de acuerdo con su
necesidad de poder y de dominación. El suyo es potencialidad de
perfección que es el objetivo mismo de la estética y del
artista.
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