A Manera de Prólogo
RECONSTRUYENDO LA VISION
Una puerta se entreabre, siempre.
LAS IMÁGENES son creadas con la fuerza de los materiales
empleados: maderas quemadas, pedazos de tejas metálicas oscuras,
carteles incompletos, costales sucios, telas oradadas por la
intemperie y el descuido. Aún así, los "Umbrales" que Carlos Rojas
ha construido entre 1992 y 1993 son espacios ascéticos, despojados
del más mínimo tremor propagandístico, como podría indicar el
origen de los elementos que los componen, ya que todos ellos
provienen de la calle. Estos lugares de espera muestran partes
salientes que parecen precisas pero irregulares formas
geométricas, como módulos independientes de cualquier tipo de
serialidad. Rojas refiere sus formas abstractas a espacios
inhabilitados, a ambientes donde han ocurrido funciones domésticas
e incluso a los sitios donde él, como persona y artista, ha
encontrado no sólo esos materiales sino su historial.
Por lo tanto el espacio de los "Umbrales" es fenomenológico por
el uso de los desechos domésticos y por el aislamiento de imágenes
concisas que producen una abstracción icónica. Como en toda su
obra, el espacio aquí es una sugerencia provocada por medio de un
proceso de síntesis que lo convierte en una mera dimensión mental,
perceptible como una huella memorativa, sobreimpuesta a todos los
'espacios' exhibidos. Mejor aún, su función activa no se encuentra
en la indicación de una experiencia real sino en la posible
transformación de un trabajo bidimensional en una imagen
reestructurada.
Precisamente, esta clase de reformulación ha sido una constante
en la obra de Carlos Rojas, que, sin duda, ha desarrollado una
notable lógica modernista, en el sentido de involucrar una continua
idea de progreso, de evolución hacia formas y fórmulas cada vez más
perfeccionadas y mejoradas, aún si las muy recientes estructuras
("Muros", "Puertas" y "Umbrales") quisieran señalar propósitos
deconstructivos, o sea, obras que pudiesen ser tomadas por
vehículos informativos y no como objetos expresivos. Desde sus
dibujos de flores y anatomía de mediados de los 50s y de los
bodegones cubistas de finales de la misma década, hasta las
ahuecadas construcciones de hoy, Rojas ha trazado una estricta
línea estilística que no lo ha dejado apartar de dos principios
fundamentales: economía de medios e imágenes y un fundamento
diseñístico estructural. Estas dos normas formales han sido
utilizadas de manera inseparable y, en cierto modo romántica, o sea
enfrentadas subliminalmente para activar una tensión espiritual
interna, lo que podría llamarse una utopía visual ingénita.
Y es que, como heredero de la tradición constructivista, Rojas
ha mantenido viva la preocupación por la simplicidad estructural,
aunque tal principio siempre ha cargado, y esta es la base de la
originalidad e inteligencia de Rojas, con una lógica
intercomunicadora nunca demasiado aparente. Sería mejor anotar que
en Rojas, una sencillez artificial en el empleo de los medios
contrasta con la complejidad del resultado, jamás entregado de
manera inmediata; o sea, algunas formas básicas y simples, aunque
arbitrarias, para generar estructuras altamente complejas, de
cierto cinetismo (los bodegones cubistas o las esculturas llamadas
"Señales", de los 70s, por ejemplo) o de un engañoso estatismo (los
"Pueblos" de los 70s o los "Umbrales" de los 90s). En general, la
razón de un principio estructural simple, que no es del todo
discernible por un espectador desprevenido, se mantiene arbitraria,
ilógica e inexplicable, como deseaba Einstein de toda buena ciencia
y todo buen arte. Carlos Rojas no ha querido superar este mandato
modernista, ya que hacerlo significaría desvirtuar la utopía. Los
"Umbrales" de 1993 reafirman tal optimismo, tal vez con algo de
dramatismo, lo cual nos lleva a aceptar que, de todos modos y como
todos nosotros, Rojas vive en el presenta colombiano.
"Dios no juega a los dados"
Einstein
En la década de los 60s surge una nueva concepción del arte que
se opone drásticamente al expresionismo abstracto, al emocionalismo
subjetivo y a la retórica expresivista de todos los calibres. Se
habló de una nueva sensibilidad y de una nueva estética,
manifestadas en lo que se llamó Pop art (con el ambigüo rótulo de
"Nuevo Humanismo") y en el arte Minimal, cuya esencia era la
'estructura primaria'. Rojas se hallaba en los Estados Unidos y sus
obras de esta época se ven influídas por el corte intelectual (en
vez de sensual) del arte norteamericano contemporáneo. Sus series
'La simultaneidad de la visión', 'El espacio circundante y
circundado', 'Límites y limitaciones' y 'La ingeniería de la
visión', se hallan impregnadas de un matiz conceptual en vez de
perceptual. Como héroe constructivista, Rojas eliminó los aspectos
expresivos del mundo pero, como el rebelde que era, rechazó la
riqueza perceptual y la excitación formal que los viejos
constructivistas anhelaron por medio de la unificación de
estructuras complejas. Para Rojas, un trabajo como "Objeto" (1968),
en hierro pintado, no podía ser visto como una forma gestaltiana
única sino, en especial, como una estructura reductiva, pobre en
referencias sensuales aunque repleta de complejidad intelectual y
de lógica material.
Pero las reflexiones abstractas de Rojas resultan de un largo
proceso de selección conceptual que se presenta por la diversidad
de sus intereses académicos, que siempre ha tenido como base el
diseño aplicado. Sus estudios de arquitectura, arte y diseño le han
permitido crear imágenes, tanto bi como tridimensionales, del más
estricto rigor clásico, en el sentido de contener un balance
regulador de formas, colores y soportes.
El trabajo de Rojas, entonces, muestra una lógica formal que se
inicia con los dibujos a lápiz o tinta (estudios vegetales, aves,
rostros) y las escenas de árboles que de alguna manera recuerdan a
Mondriaan, verdosas y grisáceas, donde el control emocional del
color es tan rudo que se piensa, al verlos, más en un problema
matemático que en una rendición de corte impresionista. Por lo
menos hasta mediados de los 60s Rojas había trabajado una
sorprendente serie de pinturas cubistas, versiones muy originales
del cubismo tardío de Braque y Léger, incluída una espectacular
serie de collages con papel sellado, que evidencian más una
intención ensambladora que separadora. Los bodegones cubistas
producidos por Rojas a finales de los 50s y comienzos de los 60s
son extraordinarias superficies ordenadas donde los recortes de
materiales son adheridos con firmeza a la madera sin dejar algo al
azar. Algunas de estas obras contienen rojos profundos y verdes
serenos, de clara derivación braquiana aunque imbuidos en esa
sencillez estructural tan cercana a los constructivistas de
corazón.
Pero, como queriendo abarcar todo el movimiento modernista en
unos pocos años, Rojas también incursionó, con fino sentido del
humor y del aprendizaje, en su propia versión del expresionismo
abstracto por medio de sus ya olvidados dibujos con bolígrafos de
colores, fase tan veloz como el trazo rápido y elegante de sus
líneas. Su revisión del Pop art es curiosa en extremo y bastante
diferente de la obra que produjo Santiago Cárdenas por la misma
época. Mientras Cárdenas se preocupaba por el color plano y el
formato ilusionista, Rojas hacía "Mujeres en faja" monocromas y
semiabstractas, tanto que la figura de la 'mujer' debía adivinarse
pues solo era posible ver la faja, y eso que descompuesta. A esta
época pertenece un cuadro maravilloso, en gris y rosado, que
muestra una tela pintada y otra adherida (en collage) unidas por un
gancho nodriza. En esta pintura, la mejor tal vez de su período
'figurativo', Rojas muestra su interés por la esencia conceptual de
la pintura, al apenas sugerir la presencia humana. De todos modos,
por la velocidad y brillantez con que Rojas asimiló y superó sus
diversas etapas 'modernas'; uno podría considerarlo como el preciso
camaleón modernista, siempre listo a engañarnos con su próxima
construcción.
"El misterio del mundo es lo visible, no lo invisible"
Oscar Wilde
A partir de las serie denominada "Ingeniería de la visión"
(1968-70), Rojas comenzó a trabajar una pintura y una escultura
basadas en principios geométricos sencillos y analíticos, que, de
cierta manera, rompían con la fracturación trigonométrica de obras
anteriores, como las "Señales" (esculturas en hierro pintado,
influidas por los "Acoplamientos" de Negret). Bajo el manto del
Minimalismo, estos trabajos lograron, con enorme éxito, introducir
un elemento de reflexión científica en un arte colombiano que hasta
ese entonces se había caracterizado por un arraigado emocionalismo,
tanto formal como temático. Las tridimensionales "Ingenierías",
trípticos de partes desiguales y desunidas, pintados de blanco con
rayas negras o viceversa (como la de la colección del Museo La
Tertulia de Cali), tienen por tema la alteración de la visión
frontal normal. Colocando las pinturas sobre el piso, o en una
parte tocando una pared, Rojas obliga al ojo a seguir una ruta que
él ha demarcado, con lo cual consigue que el espectador analice y
reconstruya no sólo la capacidad de su órgano visual sino, en
especial, la habilidad mental, material y formal del trabajo.
Durante este período, Rojas reexamina su trabajo escultórico,
pasando de volúmenes cerrados y pesados (las ya referidas
"Señales") a estructuras metálicas sencillas en apariencia pero muy
complejas en su dinamismo espacial. Opuestas a la calidez material
de los trabajos de Negret, o al rigor constructivo de Ramírez
Villamizar, las obras tridimensionales de Rojas son estudios
cerebrales sobre la virtud limitante de la línea, ya que el espacio
es mostrado como intersectado por ella. De cierta forma, en
esculturas como "Objeto energético" (1969) o "Telegeo"(1973), la
línea, sea gruesa (en la primera) o delgada (en la segunda), es una
intrusa geométrica que nos recuerda la artificialidad tanto de las
reglas artísticas como la necesidad continua de un equilibrio
mental. Entonces, Rojas piensa en el espacio como algo para
demarcar; no por nada su serie más importante de trabajos
volumétricos se llamó "Espacios y limitaciones" (1970-74). En estas
esculturas el espacio se encuentra siempre circundando el material
que podría encerrarlo, pues la varilla de hierro apenas tiene el
grosor necesario para ser notada. Resulta claro, entonces, que lo
pretendido por Rojas era revertir el proceso pictórico, o sea que,
en vez de crear una ficción representacional (lo que toda pintura
pretende al producir una ilusión de espacio), sus esculturas
entregaban una indicación espacial, donde, por medio de varilla
entrecruzada, el espacio era confirmado (o sea limitado) pero no
interpretado. Estos trabajos tridimensionales funcionaron como un
interregno experimental y desaparecen a mediados de los 70s, pero
ahora, en las "Puertas" y "Umbrales" sus formas y principios
estructurales se pueden percibir como apariciones intelectuales,
como fantasmas de un período excitante.
Lo sorprendente de las esculturas era la habilidad de Rojas para
obtener, con fórmulas muy simples, una inmensa diversidad rítmica,
lograda por e! cruce fenomenológico de varillas y espacio. Podría
sugerirse que una estructura musical moderna subyacía en los
"Espacios y limitaciones" y en las "Ingenierías de la visión", un
aspecto olvidado en el análisis tradicional de la obra del artista.
La interrupción del espacio por medio de varillas, sin producir un
notorio contraste perceptual, se asemeja al uso aleatorio del
sonido y la armonía que realizaron en los 60s y 70s los
compositores como Xenaxis y Stockhausen. Llevando el argumento al
extremo, la obra de Rojas sería la contraparte del trabajo acústico
de la compositora colombiana Jacqueline Nova, quien estructuró sus
composiciones basándose en relaciones armónicas y no en la
oposición de bloques sonoros, como había sido el dictamen
modernista hasta los años 50s. Este curioso paralelismo entre las
obras de Rojas y Nova solo prueba que el arte colombiano no sólo
estaba asimilando influencias externas sino produciendo trabajos
del más fino tenor intelectual, con un soporte lógico y cerebral de
gran originalidad.
La diversidad rítmica de las esculturas es llevada por Rojas a
su pintura de los 70s pero en un nivel estrictamente frontal. Los
bellos cuadros de las series "Pueblos-espacio", "Espacios y
límites" y "Espacios transparentes" combinan una paradigmática
geometría plana, unos principios colorísticos minimalistas y una
brillante reinterpretación de la planaridad y elegancia del diseño
textil precolombino. En estas pinturas, el pigmento es licuado y
aplicado en capas muy finas (en la técnica del color-fiel
norteamericano), buscando la absoluta bidimensionalidad y el
minimalismo temático de las más pura tela ritual. En cuadros como
"Recuerdos paralelos", "Pinturas" 1975-77), y "Espacios
transparentes" de !a serie "América" (1974-80), e! ángulo recto es
norma inequívoca de construcción, mientras que !as líneas
horizontales son una sugerencia de que una pintura es un espacio
transparente pintado, pues casi siempre el espacio tota! se ha
formado con rectángulos espaciales menores, verticales e
independientes en unos casos y horizontales y sugeridos, en
otros.
"Todo lo sólido se desvanece en el aire"
Marx
La geometría estricta que Rojas utilizó como principio generador
durante la década del 70, da paso en los 80s a una disolución
gradual de los problemas diseñísticos. Tal vez las soluciones
volumétricas que él encontró en sus esculturas por medio del uso
minimizado de la varilla de hierro y el enfrentamiento a las
texturas de las telas precolombinas, impulsaron en el artista una
búsqueda por texturas mucho más enfáticas y por colores menos
artificiados. Al comenzar la década pasada Rojas elabora un
espléndido conjunto de pinturas oscuras, densas en la aplicación
del pigmento y llenas de una evidente carga espiritual, pues las
franjas verdosas, negruzcas o grisáceas funcionan como una especie
de vectores metafisicos, indicadores seguramente del anhelo de
obtener una trascendencia eterna y equilibrada. Los trabajos
realizados entre 1980 y 1985 fluctúan entre elegantes cuadrados que
retoman la serie "América" y la llevan a estadios de puro
equilibrio colorístico por medio de la alternancia de grises con
franjas de colores fuertes en el centro, o por medio de la
colocación muy simple de la franja de color tras otra franja de
color, en una sucesión rítmica que podría sugerir el principio
repetitivo de la música de Steve Reich y Philip Glass y entre
cuadros más depurados de meditaciones colorísticas donde las
superficies empiezan a volverse, ya no espacios mentales sino
lugares espaciales.
Que es precisamente lo que ocurre con la serie "El Dorado",
donde el pigmento-color, es reemplazado por la textura-color, con
el uso de tierras minerales, mallas metálicas y maderas tratadas.
Para Rojas, "El Dorado" es un principio constructivo, una leyenda
visual que puede convertirse en un prototipo cultural, tanto
colombiano como americano. Cada obra de la serie es un
|dorado
americano que ya no sólo es cuadrado sino rectangular y
orgánico, una superficie fenomenológica donde lo táctil
representaría la otra América, la de los paisajes turbulentos, la
de los olores embriagadores y la de la fauna multicolor.
Sin embargo, las pinturas del segundo lustro de la década
volvieron a revivir el deseo de permanencia trascendental que se
había diluido un poco en "El Dorado", aunque también podría
argumentarse que Rojas apenas deseaba cambiar de
|locus
mental, de acercarse más a una región que él solo pensaba en
términos diseñísticos. Estas pinturas, de todos modos, reelaboran
la presencia y el poder físico del material, desde el sin título
verde claro con franjas de malla de verde oscuro (1986) hasta la
gran construcción gris que incluye una estructura irregular negra
que se introduce sutilmente en ella (1989), o el 'merz' cobrizo,
con un hueco irregular, que fue la sensación de la II Bienal del
Museo de Arte Moderno de Bogotá (1990). La mayoría de estas obras
ha sido trabajada con tierras minerales, brea y óleo seco, y ellas
dan fe, extraordinariamente, de una abstracción de origen orgánico
donde la vitalidad del material señala la génesis de atmósferas
vírgenes e impolutas por el virus de la información medial, virus
que Rojas trabaja en los "Umbrales" del último año. En las obras
producidas hasta 1990, Rojas varía un poco de esquema, alisando las
superficies pero dejando que la irregularidad de las maderas y la
aspereza de la pared, vista a través de los huecos en la
superficie, recree no solo nuevas atmósferas sino también unos
collages 'al revés', pues parecía que la pared hubiese sido añadida
a la pintura. Curiosamente, es como si Rojas hubiera vuelto a sus
construcciones cubistas de los 50s, pero con la sabiduría de un
gran maestro modernista y la experiencia de un consumado ingeniero
de toda la visión.
De todos modos, y a pesar de algunos indicios en contra, Carlos
Rojas se ha mantenido alejado de las reflexiones formales del
posmodernismo, ya que no hay en sus pinturas recientes referencias
concientes a la superproducción informativa en un universo dominado
por los medios de la comunicación. Sus "Puertas" y, en especial,
"Umbrales" emplean carteles rotos pero más como un elemento
político (o sea de cierta denuncia social) que como un objeto de
información cultural. Así, Rojas mantiene y reafirma su vocación
modernista; los trabajos se explican por su fisicalidad, lo cual
nos remite al concepto romántico de la veneración por la pureza de
lo natural, y a la desesperación por participar en la utopía.
Aunque pocas pinturas tienen un título, sabemos que cada una se
refiere, no solo al color del material y a su interacción física y
espacial, sino a los sitios abstractos que sugieren, a lugares
donde, a lo mejor sería más fácil y agradable vivir. Además, y esto
confirma su terquedad modernista, Rojas trata el material como un
elemento épico, ya que se puede detectar su viaje sobre la
superficie, el encausamiento colectivo del recorrido de la
pincelada, y los aspectos individualizados o heróicos de la materia
(grumos, asperezas, brillos, rotos). Estos últimos detalles ayudan
a transformar ese viaje en una leyenda visual, en una mitología
donde los dioses y semidioses son orgánicos.
"…mientras voy quejándome entre las sombras, me
pierdo
inevitablemente el espectáculo que está tomando forma".
Claude Levi-Strauss
Las superficies doradas, plateadas, bronceadas, cobrizas o
negras de las recientes pinturas de Carlos Rojas se encuentran
atravesadas por rayas (heridas sublimadas?), fallas deliberadas,
zonas espesas, brillos metálicos, huecos, rugosidades de metal y
madera, papeles sucios, telas quemadas y huellas a veces
imprecisas, pero organizadas de manera completamente lógica y
discreta. Mientras las pinturas de los 80s convertían la
trigonometría de los 60s y 70s en la física granular y en mosaico
de los 80s, las reconstrucciones de los 90s miran hacia un mundo
exterior en constante explosión (literal y metafórica), hacia unas
calles habitadas por mendigos, cartoneros y recicladores que sólo
piden que se les deje solos. Por supuesto, Rojas no es ningún
mesías o delator visual. Su trabajo de los 80s, por ejemplo,
reinterpretó, por así decirlo, las teorías de la física
contemporánea, aquellas que hablan de un universo compuesto no de
partículas sino de diminutas cuerdas que vibran en varias
dimensiones, formando "lazos vibrantes". Pero Rojas también ve esos
lazos vibrantes como relatores de una cultura económica (y por
supuesto intelectual) que no desea romper la brecha entre los más y
los menos. Su opinión es más poética, más utópica. En fin, más
modernista.
Sin embargo, Carlos Rojas ha sido siempre una especie de
místico: con el color, con las texturas, con los formatos, con los
temas, con la historia. Desde los tardíos 60s él ha conseguido
concretar un sistema donde el poder del color no reside en
argumentos expresionistas (o de saturaciones) sino, mejor, en
conceptos metafísicos (o sea, en sutilezas cromáticas derivadas de
lo natural). En la pintura de los 80s, Rojas ha basado su sistema
en la meditación sobre y exploración de la gama cromática y la
fuerza telúrica de las tierras, del lodo, de las construcciones en
ruinas. Ya que la calidad de sus superficies recuerda las texturas
de terrenos desconocidos por los ojos, más no por la mente, cada
obra de Rojas parece presentar la zona de donde se extrajo la
materia prima para la creación de muchos seres primeros. En esos
"Dorados" y "Espacios comparados", Rojas moldea e ilumina su barro,
madera y metales para entregarnos superficies que respiran toda la
fuerza de la novedad paradisíaca, aunque dueñas de una ingeniería
que quiere abarcar toda la periferia visual.
En los "Umbrales" de ahora, Rojas transporta su ingeniería a
lugares más 'reales', poseídos de una fenomenología que los hace
íconos de una realidad tajante. Son sitios de reflexión, de
descanso. Pero no para olvidar sino para tener en cuenta que ellos
son imágenes reconstruidas, cuya puerta se hallará siempre
entreabierta.
JOSE HERNAN AGUILAR