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La modernidad se afianza


Mientras decaía el esplendor del muralismo, se presentaron hechos trascendentales que evidenciaban las innumerables posibilidades que se abrían para la plástica.

En la década de los cincuenta, había un grupo considerable de artistas que dejó de mirar hacia México y se inclinó hacia la observación de lo que sucedía especialmente en Nueva York y París. Algunos participaron en importantes exposiciones d arte latinoamericano. Quedaron atrás el indigenismo y el costumbrismo. En 1951 se celebró la Primera Bienal de Sao Paulo, un salón de confrontación para los artistas de América.

Al finalizar la segunda guerra mundial, época crítica en que los hombres comenzaron a volcarse hacia su mundo interno para comprender sus angustias, los artistas se lanzaron a la experimentación. En Estados Unidos se inició el expresionismo abstracto y Pollock inventó la técnica del dripping. El crítico francés Michel Tapié, en 1951, adoptó el término de informalismo para referirse a las obras de Dubuffet y Fautrier, y un año mas tarde el artista español Antoni Tàpies evolucionó hacia el informalismo matérico.

En 1955, Francis Bacon es consagrado en la Bienal de Venecia y su obra repercute enormemente en Latinoamérica. Ese año, ,por otro lado, aparece el Manifiesto Amarillo del arte cinético, con ocasión de la exposición celebrada en París con obras dotadas de movimiento. Participaron artistas reconocidos como Tinguely, Agam, Pol-Bury, Calder, Duchamp, Soto, Jacobsen y Vasarely.

Las tendencias eran diversas: neofigurativismo, fotorrealismo, neosurrealismo, abstracción lírica o geométrica, arte cinético, la integración de la abstracción y la figuración, la reelaboración de los elementos y símbolos precolombinos, entre otros.

En Argentina, un grupo se inclinó por las propuestas surrealistas revividas del grupo Boa, fundado en 1950 por Julio Lliná. Roberto Aizenberg (1928-1996) presenta un trabajo en una de las modalidades de allí derivadas. Su obra es peculiar y se remite a las fantasías.

En Chile, la obra de Nemesio Antúnez (1918-1993) se ha ubicado dentro del realismo fantástico. Inicialmente pintó manteles con colores suaves suspendidos en el aire y también montañas, cordilleras y volcanes ordenados rítmicamente. Sus espacios urbanos, algunos alusivos a Nueva York, donde vivió entre 1964 y 1969, muestran las áreas cerradas de la ciudad. En la colección se encuentran las pinturas New York, N.Y. 10006 (1968) y Bicicletas de invierno (1966).

Rodolfo Opazo (1935), también chileno, fue llamado por Marta Traba "surrealista por antonomasia: figuras vacías y planas. Escenarios silenciosos. Establecieron sólidamente una gran escenografía del subconsciente". La frontera del silencio (1973) y El peregrino (1973) son indudablemente muestras de sus obras con sentido poético.

Por otra parte, el argentino Antonio Seguí (1934) ha creado un lenguaje particular. La obra Sin título (1898) reitera un personaje, un hombre con sombrero, un solitario, que se ha constituido en figura característica de la sociedad de consumo, que vive de afán y perdido entre las multitudes.

La tendencia a la perfección realista también surgió en Argentina. Ricardo Garabito (1930) realizó paisajes, bodegones y personajes de reconocida factura. En la colección presenta 3 figuras (1971).

Humberto Aquino (1947), de Perú, incursiona en el hiperrealismo para revisar objeto sencillos. Guardián de mi casa, 1976, es ejemplo de ellos. Acuarela N.º 1 y La fertilidad de sufrir se ubican en un hiperrealismo surrealista.

Cornelis Zitman nació en Holanda en 1926 pero vive en Venezuela desde 1946. A lo largo de su trayectoria ha trabajado esculturas de bronce; el tema central es la mujer mulata.

|Salón de belleza. (1968) |
Cornelis Zitman,
Holanda-Venezuela, 1926
Bronce. Pieza N.o 3 1/6, Alto: 33,50 cm
Colección Banco de la República

En Guatemala, Rodolfo Abularach (1933) es conocido por su obsesión por los ojos, que le permitieron crear la sensación de infinitud y se inspiraron en personajes de la literatura y la mitología. La colección cuenta con la pintura Espacial 1 (1969-73), y Medea (1974-75), y la tintilla y plumilla Centro rojo (1968).

El mexicano José Luis Cuevas (1934) desde adolescente sobresalió como un dibujante extraordinario. Fue respaldado por la crítica Marta Traba en su lucha contra "los intocables", pues combatió con vehemencia a los muralistas y su arte político.

Seguidor de Kafka, Sade, Lautréamont y algunos poetas malditos, la línea la emplea magistralmente para transmitir procesos de angustia, dolor, soledad y monstruosidades. Para él la miseria humana es un asunto capital, como aparece en las acuarelas Personajes del teatro pánico (1963), donde hombres desolados, payasos oscuros, contrahechos y medio animales conforman las diez obras de la serie. La colección, además, cuenta con las litografías La maga (1972) y El comedor (1972), donde en un espacio vago, con color austero, el mundo íntimo y la farsa son captadas con delirio.

Francisco Toledo (1937), considerado el sucesor de Tamayo, de origen también indígena, nació en Oaxaca (México) y estudió en Europa entre 1960 y 1965, donde conoció la obra de Dubuffet y de Klee.

|Pescado. (1971) |
Francisco Toledo,
México, 1940
Óleo y grafito sobre yeso montado sobre papel adherido a lienzo, 56,8 x 77,2 cm
Colección Banco de la República

Le ha interesado siempre la cultura y cosmogonía indígena, como lo ha revelado en toda su obra, donde combina lo narrativo con lo plástico. En ella abundan los animales, como iguanas, sapos, peces, cocodrilos, tortugas y gatos, entre otros, más que los humanos. Son seres que protagonizan historias provenientes de la tradición oral de sus ancestros escuchadas durante su infancia. Sobre el artista, el crítico Germán Rubiano sostiene que "para Toledo la realidad natural es un todo continuado o, si se quiere, sus seres están hechos unos de otros", de fragmentos de unos y de otros. La colección del Banco de la República cuenta con las obras Sin título (s.f.) y Pescado (1971).

La serie Retratos de insecto, I, II, y III (1971), del venezolano Régulo Pérez (1929), se asemeja a Cuevas y al dolor Kafkiano.

Artistas como el puertorriqueño Antonio Martorell (1939) y el argentino Eduardo Audivert (1931) adoptaron el grabado como lenguaje, como una expresión autosuficiente. El velorio (1972), del primero, presenta una secuencia de nueve xilografías, que ofrecen distintos momentos de una figura y su recorrido por el espacio de la serie. La obra conlleva una crítica de carácter social y político que habla de paz y muerte.

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