La proyección del muralismo
El muralismo mexicano parecía incorporar el lenguaje más apropiado
para la difusión de los ideales con contenido social, así como para
la supuesta expresión de una identidad, tema en boga entre la
intelectualidad, especialmente la de los países tradicionalistas y
con una herencia precolombina, como Colombia, Perú, Ecuador,
Bolivia.
En Ecuador, el arte que buscaba enaltecer el nacionalismo y el
indigenismo fue bienvenido. Posiblemente influyó el hecho de que
Siqueiros hubiese visitado el país en dos oportunidades, en 1932 y
1935, y que Oswaldo Guayasamín (1919-1999) tuviera una relación
amistosa con Orozco. Esta nueva visión se consolidó cuando, en el
Salón de Escritores y Aristas de Mayo de 1939, un grupo de
participantes -entre ellos Eduardo Kingman (1913-2000), Guayasamín
y Diógenes Paredes- coincidió en darle un lugar primordial a este
tema hasta entonces no tratado en esos espacios.
Kingman, el más arduo defensor del indigenismo, realizó su
primer mural en 1939 y 1940 para la Exposición Universal de Nueva
York. Los momentos cotidianos de la población indígena, como los
presenta en Niños (1959), revelan la influencia del muralismo y de
Rivera. Después de trabajar en el Museum of Art de San Francisco,
Kingman dirigió, a partir de 1947, el Museo nacional y Patrimonio
Artístico Nacional del Ecuador, donde continuó promoviendo ese
interés.
Oswaldo Guayasamín expuso muy joven en la Galería Caspicara, que
había sido fundada por Kingman. El coleccionista Nelson Rockefeller
se entusiasmó con el trabajo expuesto y se convirtió en su mecenas.
En 1943, el artista viajó a estudiar con Orozco en México. Su obra
se hizo más expresionista al mismo tiempo que adoptaba elementos
del cubismo. Cabeza de hombre llorando (1957) se inspira en
elementos de la máscaras africanas y las incorpora a su personal
estilo. Su obra Paisaje (s.f.) se acerca a la abstracción
expresionista.
En Bolivia, Marina Núñez del Prado (1910-1995) se formó en la
Escuela de Bellas Artes de la Paz, que promulgaba una estética
eminentemente nacional e indigenista. Pionera de la traición
escultórica en La Paz, su obra sirvió como elemento de enlace entre
los artistas del comienzo de siglo y la generación de la segunda
mitad de siglo.
El tema de la mujer, como en Victoria (1958), y la cultura
andina en Cóndor (1964), son reiterativos a lo largo de su
trayectoria escultórica, que evolucionó hacia una estilización y
simplificación de la forma, sin llegar a la abstracción pura.