Un arte de la Revolución de 1910
El movimiento muralista mexicano fue el hecho de mas resonancia en
la historia de la plástica en América Latina de los inicios del
siglo XX; revolucionario, su función era ante todo la didáctica y
política y trascendió los cánones académicos y puramente
costumbristas, al mismo tiempo que propugnaba una nueva estética.
Sin embargo, al convertirse en una escuela oficial, se hizo, en
muchos casos, un arte repetitivo y retardatario.
"Durante las décadas que siguieron a su aparición -escribió
Teresa del Conde-, la pintura muralista mexicana conoció un
prestigio, difusión e incidencia en otros países que ningún otro
movimiento artístico americana había alcanzado antes. Han corrido
ríos de tinta sobre el muralismo mexicano, que produjo una serie de
obras maestras estudiadas por especialistas de todo el mundo. Por
sus características iconográficas y por sus resoluciones formales,
un buen número de esos conjuntos murales quedan inscritos por
derecho propio en la historia universal del arte". (Teresa del
Conde, México. Arte latinoamericano del siglo XX, Ed. Sullivan,
1996, pág. 22).
Nacido de la revolución e iniciado en 1910, el muralismo contó
con el patrocinio del gobierno triunfante y en especial con el del
secretario de Educación de entonces, José de Vasconcelos, quien
creía que el arte debía llegar masivamente al pueblo para educarlo
y enaltecer la identidad americana.
Estas ideas, expuestas en el libro Ariel, del pensador argentino
José Enrique Rodó, eran familiares a Vasconcelos, quien además
pensaba que se exaltaba la cultura indígena y al hombre trabajador
en la pintura figurativa y enorme de murales monumentales.
Las imágenes muy queridas y populares de José Guadalupe Posada
(1852-1913) -pudieron ser mas de veinte mil grabados en hojas
volantes-, se constituyeron en uno de los antecedentes del
muralismo y la revolución. Eran estampas y grabados que llegaban al
pueblo analfabeto para ser disfrutados con vehemencia y humor, por
lo cual se constituyeron en un lenguaje ideal para ellos. Las
infamias, miserias, errores políticos, crímenes pasionales y hechos
absurdos ocurridos durante el gobierno de Porfirio Díaz estaban
resumidos allí. "La proyección de su genio fue paralela al
despertar revolucionario que transformaría el arte de México y
permitiría a América presentar al mundo la imagen mas genuina de su
singularidad que registra la historia moderna". (Castedo, 1988,
pág. 72).
José Guadalupe Posada fue padre del surrealismo y del
expresionismo mexicanos. Su Calavera catrina (1913), zincografía,
aparece reproducida en numerosos libros de arte mexicano y
latinoamericano. La calavera, figura indispensable para "el día de
los muertos", lleva un sombrero de plumas y flores con lazos de
cinta. Esta esfinge fue retomada por Rivera en algunas de sus
obras. El trabajo de Posada está representado en la colección del
Banco de la República.
Sin embargo, el muralismo no creció aislado de las tendencias
vanguardistas del viejo continente. Diego Rivera pintó en Europa
sus primeras obras cubistas, con un colorido ligado al arte popular
mexicano. Siqueiros y Orozco tuvieron contacto con el
expresionismo, y muchos de sus trabajos se caracterizan por una
inherente fuerza expresiva.
David Alfaro Siqueiros (1896-1974), el mas controvertido del los
"tres grandes" muralistas, estudió en la Academia de San Carlos, de
Ciudad de México. Participó en la revolución y en 1919 viajó a
Europa. Dos años más tarde, conjuntamente con Rivera, lanzó el
"Manifiesto a los artistas de América". Al regresar a México, en
1922, participó con Rivera y Orozco en la campaña mural en la
Escuela Nacional Preparatoria, promovida por Vasconcelos. Trabajó
en la conformación del Sindicato de Obreros Técnicos, Pintores y
Escultores, y publicó el periódico El Machete, con textos que
proponían la acción de la mano de la revolución.