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INDICE
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Las nuevas generaciones
El número de artistas jóvenes latinoamericanos con propuestas
significativas es prácticamente incalculable. El grupo es complejo
y heterogéneo. La colección del Banco de la República posee algunos
ejemplos significativos sobre cómo son estas manifestaciones, en
las cuales se ha asumido una conciencia de la diversidad en el
continente.
En México, los artistas de los años ochenta, aquellos que tienen
actualmente treinta y cinco y cuarenta y cinco años, asumieron con
una particular reconsideración la escuela muralista y se
caracterizan por las incursiones en la nueva figuración -originada
en la transvanguardia italiana y el neoexpresionismo alemán-, así
como en el neomexicanismo, la abstracción geométrica y el
posmodernismo. Las obras más recientes ya no se ocupan solamente
del futuro, ni buscan necesariamente que el arte vaya de la mano de
las vivencias del artista. Las propuestas buscan tener en cuenta
casi todo, incluso el pasado.
Juan Manuel Romero (1960), de México, e ha expresado a través
del dibujo, la pintura y las instalaciones, en las cuales incluye
seres vivos, como peces o aves, al igual que elementos
contrastantes, como mallas y teléfonos, o piezas electrificadas.
Forma parte de la colección con el tríptico Juicio universal
(1998-99), gran pintura abstracta de carácter religioso.
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|Juicio Universal (típico). (1998-1999)
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Juan Manuel Romero, México, 1960
Óleo sobre tela, 210 x 160 c
Colección Banco de la República
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Yolanda Gutiérrez (1970) se ha interesado en aprovechar las
posibilidades plásticas que ofrecen materiales de origen orgánico
para sus esculturas, las cuales, con gran sentido poético, señalan
en interés por la preservación de la naturaleza. Sobre su trabajo,
el crítico mexicano Carlos Aranda Márquez señala: "...los
materiales más disímiles dan vía a flores, aves, capullos,
serpientes o nidos y no nos debe sorprender que ahora Yolanda
Gutiérrez se una pionera de la escultura ecológica en México". La
artista se halla representada en la colección con la instalación En
esencias (1993), un trabajo de grandes dimensiones que incorpora
huesos y cenizas.
La fotografía, empleada en múltiples formas, ha sido adoptada
por varios artistas. Ella puede ser empleada como un lenguaje con
códigos visuales conducidos por la mirada del fotógrafo o, en
ocasiones, como medio intervenido en el proceso de revelado en el
laboratorio.
Uno de los más conocidos fotógrafos de México es Manuel Álvarez
Bravo, quien durante la época de la Revolución Mexicana captó en su
lente el alma de la población azteca. Graciela Iturbide fue su
asistente y supo aprovechar su conocimiento y trascenderlo
poéticamente hacia un mundo más contemporáneo.
"El secreto está en una sensibilidad absolutamente personal, muy
femenina, pero también en el empleo de la fotografía como relación
íntima con la realidad, diaria, sencilla, sin distancia", escribió
sobre ella Gerardo Mosquera.
Ella se integra a la gente, los ambientes y el paisaje para que
el acto de fotografiar resulte lo menos agresivo. "Lo más
sorprendente en Graciela -dice Mosquera-, es que su trabajo se
inscribe mansamente, sin rebeldías, en esa gran tradición de la
fotografía mexicana de estetizar personajes y ambientes populares
con cierto tono surrealista, y de explotar la imagen curiosa, no
sin un regusto exótico". (G. Mosquera, Ante América. Cambio de
foco, pág. 37).
La colección del Banco de la República posee ocho fotografías
suyas, entre ellas Nuestra señora de las iguanas.
De esta misma tendencia es la fotógrafa Flor Garduño (s.f.). La
colección del Banco de la República cuenta con su portafolio
Testigos del tiempo (s.f.), que reúne impactantes imágenes de
asuntos populares de su país y de Guatemala, Ecuador, Bolivia, en
los cuales se reflejan mitos y creencias, la herencia indígena y la
religiosidad proveniente de los colonizadores. En ellas se
evidencia que hay lugares donde no pasa el tiempo.
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|El Rayo Santo, Bolivia, Portafolio "Testigos del
tiempo". (1980)
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Flor Garduño, México, 1957
Fotografía, 37 x 47 cm
Colección Banco de la República
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También de México, Néstor Quiñónez (1967) está representado con
el ensamblaje Nosotros somos la columna del mundo (1966), realizado
en acrílico, tela, nailon, plástico, metal, hielo, tierra, vidrio y
madera. En dos superficies combina la pintura del espacio sideral
con elementos superpuestos que aluden a la relación del hombre con
el cosmos. Su preocupación por las fuerzas que animan la naturaleza
y el ser humano se manifiesta en la sobriedad de sus colores, con
figuras ubicadas en espacios indeterminados. En ocasiones,
incorpora objetos, como figuras talladas en madera, o imágenes de
la simbología cristiana y del sincretismo cultural, o signos
alusivos a las enfermedades del siglo, como el dinero y la falta de
afecto.
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