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Expresionismo abstracto
Después del surgimiento del Action Painting en Estados Unidos, en
la década de los cincuenta, se extiende un movimiento abstracto a
lo largo del continente. Fue una pintura que se definió a sí misma.
Se alejó del interés decorativo y puramente representativo.
"Nace del deseo de expresar libremente emociones y sensaciones,
justificando así, con la fuerza espiritual del espacio vacío, la
mancha o la pincelada suelta. Por eso hay un repetido tono poético
que se advierte en grupos o pintores individualmente
considerados.." (Traba, 1994, pág. 88).
Así sucedió en Argentina, cuando un grupo de artistas se
interesó por una abstracción más libre frente al concretismo.
Miguel Ocampo (1922), quien en la colección del Banco de la
República figura con la pintura titulada Piedra y cielo (1972), al
igual que Clorindo Testa, Sarah Grila y Antonio Fernández Muro,
formó parte del Grupo de Artistas Modernos de la Argentina,
promovido por el crítico Aldo Pellegrini.
Clorindo Testa (1923), autor de Espacios manchados, nació en
Nápoles pero desde niño vivió en Argentina, donde ha sido
considerado la cabeza del expresionismo abstracto; también ha
sobresalido en sus trabajos arquitectónicos.
Víctor Chab (1930), con la serie de siete monotipos Sin título
1-7 (1972), y el óleo Pájaro y gárgola (1964), forma parte del
acervo del Banco.
El expresionismo abstracto, en México, también contó con
numerosos adeptos, entre ellos Manuel Felguérez y Vicente Rojo.
Manuel Felguérez (1928), uno de los primeros artistas mexicanos
en alejarse de la escuela muralista, trabajó diversos medios y
experimentó en la integración de pintura y escultura, para lo cual
empleó materiales diversos, como plástico y metales. El
informalismo, el expresionismo abstracto y las construcciones
geométricas han caracterizado por distintas épocas su pintura.
Ondulaciones del torso (1867), obra abstracta y matérica, pertenece
a un periodo orgánico en que incluye trazos gestuales. En el
espacio pictórico siempre subyace una estructura profunda
geométrica que organiza y otorga el sentido.
Nacido en España en 1932, y residente en México desde 1949,
Vicente Rojo trabajó los formatos grandes y se interesó por las
texturas y el color luminoso. Signos, números y letras son
transformados en elementos plásticos llenos de fuerza. Según Marta
Traba, Vicente Rojo "sacó adelante la reflexión cromática del
color-signo y del color-lenguaje, dentro del más persuasivo y
constante conjunto". Señal antigua Nº. 10 (1967), pintura que
integra la colección del Banco de la República, es un buen ejemplo
de ello; sobre un fondo negro sobresale un signo en una textura
rocosa y rojo sangre.
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|Señal antigua N.o 10.
(1967)
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Vicente Rojo, México, 1833-1987
Óleo sobre tela, 110 x 80 cm
Colección Banco de la República
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En la década de los sesenta, Armando Morales Sequeiras (1927)
trabajó con colores suaves, casi monocromos, como en Pintura
(1966), donde los tonos rosas, azules y grises con textura matérica
ofrecen una pintura de gran lirismo. Este óleo pertenece a una
época abstracta del artista.
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|Pintura. (1966)
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Armando Morales Sequeira, Nicaragua, 1927
Óleo sobre tela, 128 x 102 cm
Colección Banco de la República
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En Bolivia, María Luisa Pacheco (1919-1982) acoge un sentimiento
prehispánico en su pintura. Mallasa (1980)aparece como una síntesis
de la formas del paisaje de los Andes. Óscar Pantoja (1925),
también boliviano, formó parte del grupo expresionista al que
perteneció Pacheco. Está incluido en la colección con Extremo
vértice, 1962.
Después de trabajar con los informalistas españoles, Enrique
Tábarra (1930), quien siempre se opuso a la pintura de Guayasamín,
regresó al Ecuador. Desarrolló una pintura con texturas pesadas y
elaboradas a las que incorporó elementos de la cultura
prehispánica. Las figuras y símbolos estaban sugeridas o
mimetizadas en los empastes. La colección posee dos obras suyas
sobre papel: Sin título (s.f.), en técnica mixta, y Sin título
(s.f.), en acuarela, las cuales fueron donadas por el prestigioso
crítico Casimiro Eiger.
Oswaldo Viteri (1931) pertenece a la generación y grupo de
Tabarra, que presentó una época de resplandor para la pintura
ecuatoriana. En la colección figura con Hombre cósmico (1961), que
contiene elementos iconográficos alusivos a alguna de las obras de
Tamayo.
El peruano Fernando de Szyszlo nació en 1925 en Lima, donde
realizó sus primeros estudios de arte, los cuales continuó en
Francia e Italia. En 1958 participó en el Primer Salón de Arte
Abstracto en Perú, en el cual tomaron parte 27 artistas. Desde
entonces ha sido reconocido como una de las primeras figuras de la
plástica en el continente. Ha sobresalido por la fuerza de su
color, inspirado en los tonos de los tejidos prehispánicos, así
como en huellas provenientes de la cultura inca. Su pintura se
encuentra ampliamente representada en la colección del Banco de la
República con las pinturas Yana sungo (s.f.), Qapa-Markapi (II) (en
Cajamarca) (1964), e Imago (1972).
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|Yana Sungo. (s.f.)
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Fernando de Szyszlo, Perú, 1925
Acrílico sobre tela, 60 x 54 cm
Colección Banco de la República
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En la década de los cincuenta se consolidó el arte abstracto en
el Uruguay, aunque se tenían antecedentes significativos en la obra
Torres-García. Una gran acogida se brindó al informalismo,
especialmente al arte matérico relacionado con el español Antoni
Tàpies y el italiano Alberto Burri. A este grupo pertenece Jorge
Páez Vilaro (1922-1995), de cuya autoría es la pintura El
carretillero (1958).
De Panamá, Alfredo Sinclair (1915), el primero en explorar el
expresionismo abstracto en su país, está presente con Figura
reclinada, versión 2. Su abstracción lírica se caracteriza por la
conformación de espacios con colores vibrantes.
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