Violencia de
Alejandro Obregón
El tema de la violencia, cuyo espantoso dramatismo amenaza con reducir al silencio a
todo artista de verdad, ha sido convertido por Obregón en un funeral extraordinario de
grises y negros que envuelve la figura inerte y sin brazos de una mujer grávida, muerta,
tendida en el horizonte.
Obregón, que siempre tiende a salvar sus cuadros de los abismos grises por
medio de alguna nota fugaz y deslumbrante, no ha intentado aquí nada semejante. El cuadro
es absolutamente gris, absolutamente sordo, absolutamente silencioso: por vez primera la
tragedia tiene un intérprete a su inmensa medida.
Marta Traba en: Obregón Premio Nacional, La Nueva Prensa julio 9-31 de 1962. Tomado del
libro Marta Traba, Museo de Arte Moderno de Bogotá, Editorial Planeta, 1984.
Violencia es un gran cuadro. Su mayor importancia se desprende del compromiso que
Obregón fija con su estilo y con sus últimos ideales. No hay que pensar que Obregón va
muy seguro por ese estilo: el desastroso cuadro del carnaval que envió con el premiado al
XIV Salón confirma su propia inestabilidad y las peligrosas caídas de toda pintura
pasional como la suya
Ya no teme confesar su romanticismo, sus frecuentes desvaríos
poéticos ni su voluntaria y chispeante capacidad de irracionalismo. Y cuando alcanza esa
sinceridad consigo mismo produce obras maestras como Violencia.
La idea de violencia que pintó Obregón se siente como cosa propia en Colombia, porque
millares de sacrificados la respaldan trágicamente, pero repercute en cualquier parte,
sobre cualquier tierra, allí donde se haya cometido un acto de barbarie. Es una idea que
ha sido resuelta como pintura: de allí que el término obra comprometida no
le corresponda, en absoluto, porque precisamente así se llama la pintura que se
compromete con otra cosa distinta de sí misma, con la política o con la revolución
social, con la descripción de la sabana o con el retrato de una dama elegante. Es decir
que, a mi juicio, pintura comprometida es algo siempre distinto de la pintura, algo impuro
que el pintor persigue y le desvía del rigor estático, ya sea la suerte de un movimiento
político, o el comarquismo con sus múltiples deformaciones, o el éxito en la
buena sociedad.
A kilómetros de todas estas bajezas de la pintura comprometida, la obra de
Obregón brilla con luz propia. Es un acto firme de la pintura altiva y solitaria. Tan
solitaria como la mujer caída: tan apta como ella para llenar el mundo de las formas; tan
capaz como ella, silenciosa, de ser resonante y acusadora.
Apartes del texto de Marta Traba en: Violencia: una obra comprometida
con Obregón. La Nueva Prensa, julio 28 al 3 de agosto de 1962. Tomado de: 50 años
Salón Nacional de Artistas, Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, 1990.
Este extraño andar y desandar por el cuadro hasta lograr el justo equilibrio entre
épica y lírica vuelve a reiterarse, esta vez entre drama y poesía, en su obra
Violencia.
La imagen de una mujer embarazada, tendida muerta sobre una línea horizontal, en medio de
un gran espacio despojado, es excesivamente conocida para volver a describirla. Así como
en el cóndor Obregón sortea el peligro de caer en la retórica del símbolo, en
Violencia esquiva el riego mucho mayor de referirse a un tema prostituido por todos los
malos pintores comprometidos y por las lamentables crónicas rojas de los asesinatos.
Que la mujer está muerta reposando; que su vientre distorsionado tenga
también mucho de paisaje, de colina tremenda; que el asesino no exista ni sea nadie
visible; que su sangre caiga en tierra sin la menor espectacularidad y que ese crimen haya
sido amortajado por el gris denso de tierra y cielo como para amortiguar cualquier
estridencia; todas son increíbles virtudes en el manejo de un tema que no había sufrido
más que depredaciones en manos de los pintores comprometidos (paralelamente a
lo que ocurrió con la llamada literatura de violencia).
En el aspecto técnico, Obregón repite el juego dialéctico del cóndor. Cuando el
funeral está terminado y el cuadro alcanza ese gris sin relieve donde perece la tragedia,
Obregón coloca sobre el rostro la máscara de colores; insiste una vez más en esa
luminosa construcción poliédrica, tramada como un tejido, donde se agolpe el color
cruzado por sus invencibles amarillos. Yendo más allá de la solución estrictamente
pictórica, se advierte de nuevo su voluntad simbólica de alcanzar contenidos indirectos,
de hablar de vida y muerte, de claridad y tinieblas, de intrincados llenos y
vacíos.
Marta Traba en: Historia abierta del arte actual, Museo de La Tertulia, Cali, 1974. Citado
en: Catálogo de exposición Alejandro Obregón Obras Maestras 1941-1991, Centro Cultural
Consolidado, Caracas; Museo de Arte Moderno de Bogotá, 1991. Pg.65.
Era una pintura que sacudía las rutinas visuales y que iba a extenderse,
magistral, en el dilatado luto de su Violencia (1962), en la cual el rostro tasajeado, el
volcán del pecho y el círculo del vientre se recortaban contra una desolación infinita.
La madurez de Obregón quedaba patente en ese cuadro que transformaba la historia en
pintura.
Juan Gustavo Cobo Borda en: Mis pintores, Villegas Editores, 2002
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