Andrés Santa María en la universal expresión del color
Por Álvaro Miranda
En 1893, el joven pintor Andrés de Santa María, de 33 años de edad, ha regresado a su ciudad natal, a la que nunca ha visto desde que sus padres la dejaron llevándolo en brazos. Amigos y desconocidos, que saben de su historia familiar, se preguntan si el recién llegado, al hablar, tiene un acento que denuncia su larga permanencia en Europa: ¿Habla con tono francés? ¿Arrastra un dejo inglés muy londinense? ¿Viste como un ciudadano belga? ¿Se amañará a la comida criolla? ¿A qué le sabrá, por ejemplo, una sopa de ajiaco bogotano de gallina, papa criolla y guascas? Tal vez, las preguntas que no se hacen sean: ¿Qué tal se desempeña como pintor? ¿Qué escuela o movimiento sigue? ¿Es un clásico o un innovador en su pintura? A su lado está Amalia Bidwell Hurtado, su prima, de nacionalidad inglesa, de 27 años de edad, hija de un inglés con dama payanesa, con quien se acaba de casar en el pueblo vasco de San Juan de Luz (Francia), y de igual modo que él, no conoce este país ecuatorial. ¿Por qué esta aventura de venir a Colombia? ¿Por qué ha cambiado el pintor las comodidades del Viejo Continente y su futuro profesional? ¿Para qué adentrarse en un territorio indomable que conserva aún, después de su independencia, lugares casi selváticos? ¿Son motivos o temas de pintura los que lo han movido a cruzar el mar o es simplemente un llamado sentimental de estas tierras, de las cuales no tiene en su cabeza una sola imagen? Otra pregunta que luego vendrá, será aquella que tratará de explicar la tragedia de la pareja: ¿Por qué cinco de sus hijos -Amalia, Magdalena, Ricardo, Raimundo y Andrés- han de morir siendo aún niños? ¿Está esto relacionado con su matrimonio endogénico?1. Tal vez, el tiempo le dirá al pintor si su insistencia por el retrato, especialmente el de sus familiares, sólo sea la búsqueda de la inmortalidad, el deseo de preservar en el color la expresión de aquellos que la muerte puede arrebatar a destiempo. Niña rubia (1913), es su hija adolescente, quien de casada será Isabel de Beaupré, una de las dos sobrevivientes a la muerte de su progenitor.
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Niña se cuello blanco (Mady Pigault de Beaupré) 1936, Óleo sobre tela. 57*44 cm.
El pelo blanco que le ha dado a la modelo sobre la tela, es un arbitrio que el artista hace del color, pero en designio simbólico, remite a su deseo de verla en la longevidad. En la mirada de estos cuadros está la máxima expresión de los retratados. Manifiestan sus sentimientos a través de esos círculos indefinidos que semejan ojos, pero que son puntos que nada describen para la anatomía clásica, aunque todo lo dicen, porque a través de ellos está su alma. Surge esta obra después de su viaje definitivo a Europa, el segundo momento de su pintura.
Los padres de Andrés de Santa María, que buscaban la vida moderna al estilo francés, debieron hablarle del país tropical que dejaron atrás en 1862, Hubo otros conocidos que también le comentaron cómo era el paisaje y la gente de la tierra abandonada. En 1889, aún en Europa, el pintor recibe del presidente conservador Carlos Holguín los bocetos para el plafón y el cielo raso de las diferentes salas que irían a construir en el teatro Colón de Bogotá, elaboradas por el pintor de paisajes Antonio Faccini, para que emitiera su concepto. Santa María ya había pintado óleos, que lo ubicaban, por un lado, en el realismo, y por otro, por la temática y la técnica, decían muchos, en el impresionismo. Se hablaba en este sentido de los aristocráticos personajes de El té (1890), tres damas de sombrero en una mesa, un caballero en primer plano en actitud espontánea, dos señoras más en el lejano fondo y colores claros alrededor del todo. Ahora en Bogotá, en 1893, tendría oportunidad de saber que este estilo de vida y elegancia se podía dar en ciertos sectores de la ciudad, y conocer qué estaban pintando sus colegas nacionales y comparar lo suyo con lo de ellos. Poco a poco, en ese comienzo, sin mucho alboroto, se podría establecer por parte de él y los demás que se hallaban interesados en las cosas del arte, que había una diferencia. Caballos (c 1894), Las segadoras (1895), Los llaneros (1897), El paso de los Andes (1897) y Las sembradoras de la sabana (Las segadoras) (1895) y otros más que Santa María pinta en Bogotá y sus alrededores, lo comienzan a colocar, frente a la pintura que se hacía en el país, en un sentido novedoso en relación con el academicismo. Todo ello se daba en el pintor bogotano como una búsqueda pausada de lo que había aprendido y visto en Europa, y que ahora ponía acá, en la altura de los Andes, como una representación sutil de París, Bruselas o Londres, expresado en el interés por el paisaje y la luz.
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Desdémona 1936, Óleo sobre tela. 57*44 cm.
Por lo pronto, para el momento, se hallan también en este medio tan cerrado a la innovación, dos óleos sobre cartón con el mismo y sencillo nombre de Paisaje (1894). En el primero, el agua, porta la luminosidad tan desarrollada por los impresionistas, charco azul que es cortado en su centro por la sombra de un árbol que, atrás, delgado, se levanta sobre un barranco ocre y un cielo a su espalda, contrastado de nubes. En el otro, la espátula ha creado la bóveda celeste, mientras que el ramaje, desde la izquierda, cae liviano gracias al manejo de lo oscuro. La transparencia apenas sutil está de nuevo en el agua que corre con presencia de refulgencia a desbordarse hacia abajo, con empastes de espátula, con esos cortos trazos, como si la timidez que ofrece el pequeño formato quisiera indicar que comienza a aceptar la técnica y la temática que desde hace años presencia en Europa, el impresionismo.


