MI HERMANO ALBERTO
Por: Arturo Arango Uribe
Mi hermano Alberto me enseñó a mirar. Le debo la felicidad de habergozado la luz y la forma de medio mundo.
Pero antes tengo que decirles quién y como era mi hermanoAlberto. Una figura encumbrada, de pies grandes, piernas largas,brazos alados, boca entreabierta, pómulos secos y salientes, narizrecta con ventanillas curiosas que parecían estar siempre en buscade los olores del mundo. Sus ojos eran castaños, y curioseaban lasformas y los colores bajo una frente amplia, ligeramente surcada dehuellas del mucho apretar las cejas para proteger su mirada. Cuandomovía las manos me parecía que trataba de volar: los dedos teníanalgo de lo que tienen los dedos de los pianistas, algo alado.
Espiritualmente era hombre manso. De él aprendí las palabras deFrancis James: "Heme aquí, padezco y amo. Voy por elcamino como va el asno, gacha la cabeza, dando que reír a lascriaturas.
Me iré donde querais cuando les plazca". Amaba, engeneral, todo lo creado.
Estudió odontología cuando la extracción de muelas habíaadquirido su perfección en las plazas de mercado, donde magosparlanchines extraían con sus dedos y un caldo obscuro los raigonesmontañeros y "las cajas" se hacían en serie y losusuarios tenían que "amansarlas".
Pero esa no era su inclinación. Desde joven pintaba, en loscuadernos del escolar, animales, rostros y nubes.
Así que la blanca blusa y el inmaculado delantal se fueronconvirtiendo, lentamente en lienzos o en trapos para limpiarpinceles.
Ni la dentistería ni los dibujos para comerciantes avanzados ledieron bienestar. Entonces pasó por fabricante de muebles,representante de exportadores europeos a Colombia, funcionariopúblico.
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Carátula diseñada por AlbertoArango.
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Pero en ninguna parte le iba bien.
Solo podía ganar amigos. Quien se acercaba o él quedaba atado asu bonhomía, como decíamos entonces.
Formó una trinca con Rafael Arango Villegas, Ambrosio Echeverri,Roberto Vélez, David Uribe y otros pocos. En los fines de semanacorrían al campo. Unos por amor a los negocios rurales; otros porcompañerismo con los humildes, como Rafael, y Alberto porque porahí se encontraban motivos para sus dibujos y sus cuadros, a loscuales dedicaba cada día más horas y más devoción.
Fue entonces cuando me enseñó a mirar. Algún día le dije quequería dibujar y me aceptó la propuesta. Me invitó a una sesión depintura como modelo viva.
Estábamos el maestro Gonzalo Quintero, José Manuel Cardona,Alberto, la modelo y yo.
A la tercera raya que hice Alberto me advirtió: tienes undefecto visual. Fui donde el oculista me pusieron gafas y concluyómi intento de ser pintor. Tendría que dedicarme a las palabras.
Pero la aventura no terminó completamente ahí: madre fueinformada de que los pintores estaban corrompiéndose con mujeresdesnudas. Por entonces, en todos los templos del país, ni laspostales misiones, ni los textos de estudio ni una sola María dabael pecho a Jesús. La consecuencia era que tras la reprimenda de mimadre concluyó la aventura artística con modelos vivos.
Pero no pude abandonar nunca la curiosidad por los dibujos deAlberto. El se pasaba horas mirando un rostro una mano extendida unpájaro, una hoja. Me daba siempre la impresión de que estabaarrebatando lentamente su forma a lo que miraba.
Fue un gran dibujante, déjenmelo decir sin modestia. Su líneaera segura, larga, ágil y sincera. Pintaba por esa época acuarelas,unos pocos pasteles, y algo de óleos. Y dibujaba con un fervorcreciente. Sus temas eran frailes, toreros, picadores,especialmente, retratos y paisajes de la tierra caliente donde está"la luz creadora que saca del abismo inagotables lasinfinitas formas de la nada".