Ficha bibliográfica
Titulo: Celebración de la Revista Colombiana de Educación.
Autor: Gonzalo Cataño



Discurso pronunciado en la
CELEBRACIÓN DE LA REVISTA COLOMBIANA DE EDUCACIÓN
(1)

por: Gonzalo Cataño(2)

Agradezco a las autoridades universitarias la invitación a participar en el festejo del número cincuenta de la Revista Colombiana de Educación. Pocas publicaciones periódicas han alcanzado este emblemático número de ediciones. El hecho es todavía menos frecuente en las revistas académicas, muy propensas a morir poco después de las primeras salidas. Sus páginas desaparecen por múltiples razones: el entusiasmo inicial de los fundadores se marchita, el cuerpo directivo se desintegra por disensiones internas, por la movilidad ocupacional de sus miembros, por agotamiento intelectual o, simplemente, por cansancio. Lo más corriente, sin embargo, es que se acaben los recursos materiales que inicialmente dieron lugar a la publicación, o que la llegada de una nueva directiva universitaria con poder de disposición sobre los medios institucionales la abandone a su suerte y decida fundar un órgano nuevo más adecuado a sus intereses académicos y a sus inclinaciones ideológicas.

Esto, como sabemos, no es el caso de la Revista Colombiana de Educación. Fundada en 1978, no ha interrumpido sus labores, y semestre tras semestre ha mostrado sus frutos. Veintiocho años; un periodo largo sin duda. Cuando salió a la calle el primer número, la Universidad Pedagógica Nacional (UPN), su patrocinadora, fundada en 1955, tenía 23 años. Entraba, para decirlo en el lenguaje de los requerimientos ciudadanos, en su mayoría de edad. Para ese momento se había planteado la obligación de normalizar la investigación en su cuerpo docente y de promover la difusión de sus resultados en la comunidad científica. Si por exigencias del Estado, la UPN era el establecimiento medular en la formación de maestros del país, no en vano lleva el calificativo de Pedagógica Nacional, su órgano más representativo debía llevar una divisa semejante. De allí el título de revista Colombiana de educación, esto es, de publicación periódica dirigida a propagar el conocimiento sobre los problemas educativos de toda la Nación. No era el órgano de la Pedagógica; era eso y algo más. Quería ser la revista más representativa del campo, las páginas de consulta obligada por aquellos que querían familiarizarse con los problemas de la enseñanza en nuestro medio. Esta era al menos la pretensión de los fundadores, del grupo de investigadores que inauguramos sus folios en el ya lejano año de 1978. Sus primeros números fueron el mejor ejemplo de este esfuerzo. Allí aparecieron trabajos de autores colombianos y extranjeros, de investigadores de Europa, Estados Unidos y América Latina, de profesores de la Universidad Pedagógica Nacional y de educadores de otras instituciones del país.

Llenar estos objetivos no fue tarea fácil. Los que han estado al frente de una revista saben de las dificultades de la administración cotidiana de toda publicación periódica. Hay que leer y corregir originales, rechazar artículos, discutir con los autores, sostener correspondencia con los centros de investigación, entrar en negociaciones con la casa impresora, con los traductores en caso de materiales extranjeros y, lo más lacerante, negociar cada número con las autoridades universitarias, esto es, con las rectorías de turno y con el lento, suspicaz y muchas veces insensible cuerpo administrativo que maneja los recursos de la institución. A ello hay que adicionar algo más que tiende a olvidarse. El comité de redacción de una revista académica debe dar ejemplo; debe hacer lo que le exige a los colegas. Comité de redacción que no escriba, que no publique, que no haga investigación carece de legitimidad para exigírsela a los demás. Día a día debe mostrar que lo que está demandando a los otros es posible. Aquí la capacidad de persuasión no reside en la prédica formal acerca de las bondades de la investigación, sino en los resultados concretos que sea capaz de ofrecer.

Participé en el comité de redacción de la Revista desde el primer número hasta el 40-41, entrega que salió en el año dos mil, en el amanecer mismo del tercer milenio. Si mi nombre apareció en números posteriores, en los cuales no participé, ello se debe a la deferencia de los nuevos editores que ahora extienden el trabajo de la generación anterior. Aquellos fueron años de mucha actividad, de fortalecimiento de la investigación en el campo de la educación, y del crecimiento y expansión de la Universidad Pedagógica Nacional como institución de educación superior. Cuando ingresé a sus claustros como instructor en 1971, todavía tenía muy fresca su experiencia de escuela normal, de institución que apenas se emancipaba de los hábitos de la enseñanza media. Hoy en día sabemos que han sucedido muchas cosas en su cuerpo estudiantil, en su grupo docente, en sus institutos teóricos y aplicados, lo mismo que en sus programas didácticos que abarcan tanto las artes y las humanidades como las ciencias naturales y sociales. Con todas las dificultades que lleva a cuestas, que no es oportuno discutir ahora, sus labores hacen parte de la educación superior, nivel formativo en el que se ha creado un lugar que defiende a toda costa.

Creo que la Revista Colombiana de Educación contribuyó en algo a este desarrollo. Salida de las entrañas de la UPN, al poco tiempo se volcó sobre ella mediante una crítica callada o manifiesta contra sus inveteradas costumbres de oralidad magisterial y extrañeza a la investigación. Sus ediciones mostraron que la escritura y la investigación eran posibles, y que el profesor y profesora que formaban a los futuros maestros del preescolar, de la enseñanza primaria, secundaria y aun universitaria, también podían experimentar la búsqueda de nuevos conocimientos y la posibilidad de difundirlos en la hoja impresa. Todavía hay mucho por hacer en este terreno, sin duda. Sabemos que las costumbres –las reglas no escritas que laceran el corazón– no son fáciles de subvertir. Pero el ejemplo está allí, y las publicaciones de los últimos años de la Universidad Pedagógica Nacional testifican que lo exhortado en el pasado ha comenzado a dar sus frutos.

Y aquí es el momento de apuntar algo que quizá debí registrar al principio de estas efímeras palabras de mi discurso. La labor de los años de afirmación de la Revista Colombiana de Educación no se entiende sin la contribución de Gloria Calvo, una incansable filósofa y psicóloga que ingresó al Comité en 1983 –en el número 11– para no abandonarlo sino en el momento de su jubilación, en el rite de passage que ahora celebramos. Nunca fue más acertado unir los festejos de la Revista con su exaltación como profesora honoraria de la Universidad Pedagógica Nacional. ¿Qué hizo Gloria Calvo por todos nosotros? Mucho, demasiado. Ingresó como coordinadora de la Revista y al momento estaba escribiendo resúmenes de los ensayos que llegaban a la redacción. A ello sumó las introducciones a cada número, las reseñas de libros y la escritura de sus propios trabajos de investigación. Estas actividades las desarrolló al lado de sus fatigas docentes y administrativas en el Centro de Investigaciones y en los programas de posgrado de la Universidad. Iba y venía de una oficina a otra, y siempre la acompañaba una risa contagiosa y una mirada decidora, casi pícara, que limaba las usuales asperezas de los medios académicos. Decirle a un colega que su artículo fue rechazado por penurias fácticas, por precariedades teóricas o por infortunios de redacción, no es la mejor manera de hacer amigos. Y ella era la encargada de tales mensajes y de otros igualmente molestos. A esto se agregaba su paciencia infinita, bíblica, para cubrir las demandas de acreditación de la Revista en las ávidas, tornadizas e insaciables oficinas de COLCIENCIAS. Un registro de sus logros intelectuales lo encontramos en el índice acumulativo de artículos y ensayos publicado en el número 40-41 de la Revista. Allí la entrada “Calvo, Gloria” ocupa 28 renglones, a los cuales hay que sumar los que ocupan sus escritos aparecidos en las últimas salidas de la Revista y en otras publicaciones del país y del extranjero. ¿Le podemos pedir más a nuestra homenajeada?

Pero hemos hablado mucho del pasado; hablemos ahora un poco del presente. La Revista sale y seguirá saliendo; es la mejor embajadora de la Pedagógica. A través de ella su nombre se difunde en los predios académicos de instituciones nacionales y de otros países de América y de Europa. No es, por supuesto, la única publicación periódica de la Universidad. Sabemos que otras dependencias académicas de la UPN tienen sus órganos especializados, y que año tras año avanzan en sus ediciones. Pero también sabemos que la Colombiana de Educación tiene, para bien o para mal, un terreno bien ganado que el actual comité de redacción debe defender sin bajar la guardia. Recordemos que estamos asistiendo a una explosión de revistas universitarias. En su mayoría, estas revistas son deficientes y algunas desastrosas. Muchas no tienen un propósito claro, salvo el de exaltar a sus promotores o el de publicar los trabajos de los preceptores que ahora se ven forzados a tomar la pluma para cumplir con las exigencias de los organismos heterónomos de evaluación institucional. Su contenido es un popurrí, un conjunto de piezas dispersas unidas por un lomo que sostiene una vistosa portada. No tienen lectores más allá de sus autores y de los estudiantes que se acercan a sus folios bajo la impronta de la férula docente. En medio de esta selva de papel impreso, las revistas consagradas deben luchar día a día por la excelencia de sus contribuciones. Si descuidan sus logros, mañana serán sepultadas por la multitud de gacetas que intentan copar un mercado escaso y cada vez más saturado. La irrupción del computador personal y de su compañera de viaje, la internet –más expeditos para acceder a la información general y especializada en los diferentes campos del conocimiento– es aquí un enemigo adicional al material de retazos de estas publicaciones de arrume.

Quizá por ello las directivas de la Revista Colombiana de Educación optaron por dar el salto tecnológico: a la edición impresa le añadieron la edición electrónica en la página virtual de la UPN. Debemos aplaudir esta democratización de la cultura. Pero ella no hace milagros; tanto la edición impresa como la virtual demandan calidad, relevancia y pertinencia. Al mirar los últimos números de la Revista encuentro algunas dificultades. A veces el observador externo ve cosas que no ven los de adentro. En primer lugar, encuentro un lenguaje esotérico y descuidado hasta desbordar las más elementales reglas de construcción y régimen del idioma. Da la impresión de que algunos autores y autoras escriben con una celeridad de escape que no da tiempo para la corrección y el pulimento. Estropean el idioma, la frase y el párrafo. En segundo lugar, los autores no controlan los juicios de valor. Mezclan lo que es con lo que debería ser, los datos con lo deseado; son muy dados a hacer justicia cuando se encuentran con la inequidad y el atropello. Muchos ensayos sugieren más acerca de lo que piensan los autores sobre un asunto determinado, que lo que informan sobre la vida de las personas o instituciones objeto de estudio. En tercer lugar, son reiterativos, retóricos y ajenos a la síntesis. En cuarto lugar, muestran un gran fervor por autores contemporáneos y del pasado no suficientemente asimilados. Se imita su caparazón pero se deja para un tiempo mejor su eventual discernimiento. Y todo esto en medio de una dicción de penumbra y de aparente complejidad que intimidan al lector más decidido. Veamos un ejemplo. En el número 50 de la Revista, una autora señala que:

“Las preguntas por el sujeto político connotan problemáticas de orden epistemológico, gnoseológico y metodológico, porque se trata de una noción multidimensional y compleja en la cual cada perspectiva teórica y cada paradigma del conocimiento se producen en estrecha relación con la concepción que se tenga de lo social, de la sociedad, de lo político y de la política, como conceptos inherentes a las múltiples y posibles formas de organizar la complejidad de lo real, lo existente, lo contingente y lo deseado, que son producciones subjetivas”.

Ante el arrojo de esta frase, el lector queda en vilo y piensa que la autora es demasiado inteligente como para entender lo que escribe.

Soy de aquellos que todavía creen que la sencillez, además de bella, es un valor preciado de la ciencia. Quizá pertenezca a un grupo en proceso de extinción. Es verdad que lo claro es, a veces, complicado, sobre todo en el cambiante, evasivo y proteico universo de la educación. Algo similar ocurre en el mundo de lo social, especialmente cuando abordamos las subjetividades, los juicios y definiciones de la situación por parte de los individuos. Allí el tejido que une a los hombres y a las mujeres no siempre es evidente para los actores comprometidos en la acción, y aun para el analista que intenta desentrañar su funcionamiento. Pero si ello es así ¿por qué hacerlo más engorroso con párrafos de oscuridad fabricada?

Sé que una corriente no desdeñable de la prosa académica de nuestros días lleva a cuestas –en los campos de las humanidades, la filosofía, la psicología y las ciencias sociales– una carga de opacidad que ha dado lugar a más de una ironía por parte de los críticos de la cultura. Sus miembros escriben para iniciados, para el grupo de adherentes de sus enfoques teóricos, y algunos –inclusive– restringen aún más su auditorio: sólo escriben para los partidarios que citan en sus pies de páginas. Para ellos lo complejo sólo se puede expresar a través de la locución nebulosa, la frase torpe y el enunciado tortuoso. Aunque sé que carezco de legitimidad para decirles a los investigadores experimentados cómo deben escribir, pienso que esta no es la estrategia más adecuada para llenar los cuadernillos de la Revista Colombiana de Educación. Sus autores deberían preguntarse: ¿quiénes son mis lectores?, ¿a quiénes me dirijo?, ¿a quienes deseo llegar, informar y persuadir? Sospecho que las personas que se acercan a la Revista son, ante todo, aquellas que viven de la educación y para la educación: estudiantes de pedagogía, profesores comprometidos con la formación de docentes, investigadores sociales y de la cultura, funcionarios del Ministerio de Educación y demás agencias encargadas de promover la enseñanza y, por último, y no por ello menos importante, el público interesado en los problemas de la escuela. Llegarle a estos potenciales lectores en lenguajes de ocultación, en oraciones de sombra, en jergas nutridas por erudiciones apenas asimiladas, es perderlos en el instante mismo en que abren las páginas de la Revista Colombiana de Educación.

Muchas gracias

1 Palabras pronunciadas en los festejos del número 50 de la Revista Colombiana de Educación. Bogotá, 27 de noviembre de 2006.
2 Sociólogo. Profesor e investigador de la Universidad Externado de Colombia. Miembro fundador de la Revista Colombiana de Educación.