Ficha bibliográfica
Titulo: Aquileo Parra, Alberto Lleras y la política como profesión.
Autor: Gonzalo Cataño


AQUILEO PARRA, ALBERTO LLERAS Y LA POLÍTICA COMO PROFESIÓN

por: Gonzalo Cataño (1)

El discurso pronunciado por Alberto Lleras en Barichara el 2 de mayo de 1976 –publicado después bajo el escueto título de “Aquileo Parra”– es especialmente significativo por la doctrina que lo asiste(2). La ocasión, el festejo del primer centenario de la posesión de don Aquileo Parra como Presidente de los Estados Unidos de Colombia, le permitió reflexionar acerca de la política como profesión y oficio. A juicio de Lleras, Parra representaba el ejemplo que debía seguir el político orientado por una ética de la responsabilidad: servir al país cuando era requerido, y retirarse del servicio público una vez cumplida la tarea para la cual había sido llamado. Como Cincinato en los años dorados de la república romana, resolvía un problema y a continuación entregaba el poder a las autoridades legítimamente constituidas. Una actitud contraria la hallaba en la figura de Rafael Núñez, amigo de “ominosas alianzas” para obtener apoyo a sus proyectos, y muy dado a elegir rutas “vitandas” para alcanzar una representación en los predios del Estado. Esta conducta, muy lejana del altruismo que debe acompañar al político, llevó al Regenerador –de “móvil carácter”– a nadar “en un piélago de contradicciones”. Aquileo Parra era otra cosa. No era un “calculador”: se entregaba a la comunidad sin dobleces o segundas intenciones. Para él, como para los próceres de la Independencia, la política era una ocupación accidental, un servicio de emergencia, obligatorio, inexcusable, pero siempre provisional, efímero y transitorio prestado con afecto y sin esperar recompensa.

Aquileo Parra pensaba, sin embargo, que el oficio de la política tenía sus propias demandas, no siempre compatibles con las exigencias de los intereses privados. Era consciente de que profesiones como la militar y la jurisprudencia eran afines al ejercicio de la política, pero veía que otras carreras, como las del comercio y la agricultura, de grandes requerimientos de tiempo y lugar, le eran extrañas, si no francamente antitéticas. En su caso personal, los compromisos políticos le habían impedido atender directamente sus operaciones comerciales que –sin duda– le habrían traído grandes beneficios, y las exigencias de los negocios particulares le habían restringido la realización de ciertos programas políticos que –de no haberlos descuidado– habrían llegado a feliz término. En pocas palabras, no era posible servir con éxito a dos señores al mismo tiempo. Ello lo llevó a escribir en sus Memorias, que “el político debe serlo de profesión, como lo fue, entre otros de nuestros compatriotas, el doctor Manuel Murillo, quien vivió para la política y de la política” .

En su discurso de Barichara, Alberto Lleras calificó esta tesis de “curiosa teoría”. Al dos veces Presidente del siglo XX le molestaba el político profesional, que tendía a identificar con el burócrata, con el astuto funcionario del partido de masas. “Tomar la política como una profesión de nuestro tiempo, exclusiva, cerrada, con objetivos cada vez más reducidos, para que se logren cada vez más fácilmente –como un subgrupo o familia de las relaciones públicas–, no es cosa buena, con perdón de don Aquileo”. Para ilustrar su punto de vista, recordaba el caso de Estados Unidos, país donde había llegado a su perfección el profesionalismo. Allí los nuevos especialistas, con dedicación exclusiva a la política, se habían alejado, elección tras elección, de los problemas de la nación. Sólo escuchaban el tumulto de los electores insaciables y el reclamo de las clientelas en pos de intereses particulares. Estos expertos dedicaban sus mejores esfuerzos a espiar a las muchedumbres para adivinar sus deseos y adecuarse a sus frívolos e inconstantes apetitos. El profesionalismo, que “está llenando la copa de la democracia con jugos amargos”, los había alejado de los reclamos y necesidades del ciudadano común. Pero no sólo eso. Los políticos de tiempo completo eran espíritus encogidos, meros operarios de la maquinaria de partido, ajenos a las grandes meditaciones sobre la organización del Estado y los fundamentos de gobierno. En sentido estricto, el político, el estadista, era, por el contrario, un pensador que establecía principios y los traducía a acciones prácticas en busca del bienestar de la sociedad. Thomas Jefferson era su ejemplo más querido. Combinaba los trajines de la política con intereses muy diversos: escribía, tocaba el violín, cultivaba la astronomía y estudiaba a los filósofos en busca de “las grandes razones que mueven a los gobernantes o debieran moverlos para acertar en sus designios, más allá de lo pasajero y cambiante”.

La historia parece, sin embargo, haber dado la razón a don Aquileo. Los tiempos estaban cambiando y el oficio de la política se hacía más complejo. Los servicios ocasionales de los Cincinatos eran propios de las sociedades agrarias y de población reducida. Los grandes conglomerados, las sociedades urbanas, industriales y comerciales, requerían una atención especial de sus organismos de gobierno cada vez más amplios y burocratizados. Las tareas del Estado se multiplicaban y la administración de los partidos, del poder y de las elecciones –el mecanismo de la democracia moderna–, exigía un entrenamiento especial y una dedicación que difícilmente se podía compartir con una segunda actividad. Había que entregarse a la política para atender con responsabilidad y empeño sus demandas. Las dedicaciones parciales y ad honorem no garantizaban el éxito de la empresa. Cuando ello sucedía, sólo los rentistas, los miembros de las clases altas, podrían asumir las faenas de la política, y aquí los intereses de clase bien podían mezclarse con los de la política, actividad esta última que se esperaba fuera la expresión de las necesidades de la comunidad y no de un grupo reducido de ciudadanos. El ideal era, entonces, vivir de y para el asunto en el cual se desempeñaba la labor. Parra, hasta donde sabemos, no desarrolló su pensamiento, pero era claro que en su mente la idea de vivir para algo –un oficio, una idea, una creencia, una institución, un valor socialmente aplaudido– era una decisión particular que comprometía lo mejor del individuo en cuestión y que, de alguna manera, le producía una satisfacción y realización personales. A su manera de ver, Murillo Toro encarnaba estas facetas. Una vez que ingresó al mundo de la vida pública no se sustrajo de ella sino cuando lo sorprendió la muerte. Fue el político más versátil de la era radical: un ideólogo, un reformador, un periodista de gran capacidad combativa, pero también un hombre sereno, dúctil y realista.

Nada sabemos acerca de la fuente de la reflexión analítica del hijo de Barichara. Quizá se desprenda de una popularización finisecular (Parra comenzó a redactar sus Memorias en 1893) de las meditaciones de Schopenhauer sobre las diferencias entre las personas “que viven de una cosa y las que viven para una cosa”, consignadas en uno de sus ensayos más difundidos de Parerga y paralipomena de 1851. El hecho real es que la contraposición se incorporó al análisis social durante las primeras décadas del siglo XX a través del sociólogo alemán Max Weber, para convertirse poco después en un tema común entre los analistas de la política. En diversos trabajos, pero sobre todo en la conferencia de 1919, La política como vocación, Weber señaló que había dos formas de hacer de la política una profesión. Aquellos que viven “para” la política y aquellos que viven “de” la política. A su juicio, la contraposición no era excluyente, pues la experiencia mostraba que por lo general se hacían las dos cosas de manera simultánea. De todas formas, quien vive “para” la política compromete su vida de manera íntima y personal con un oficio que confiere sentido a su existencia. Es alguien que goza con el poder, que se deleita con la estima de los otros; una persona que asume la idea de servicio como un deber y una “misión” fundamental para la suerte de la sociedad. Por el contrario, quien vive “de” la política como profesión aspira a hacer de ello una fuente de ingresos permanentes; su modus vivendi, su manera de ganarse la vida. Esta última es una elección instrumental, mientras que la primera es fruto de un llamado interior, una inclinación vocacionalmente orientada que lo absorbe completamente. Pero estos contrastes son sólo contraposiciones típico-ideales, ya que de hecho los casos concretos oscilan entre los elementos constitutivos de uno y otro extremo que el analista debe ponderar en cada situación. El maestro que se identifica con la enseñanza y la desempeña con toda su “alma”, vive tanto de la educación como para la educación(4). Es claro que Alberto Lleras vivió para la política –en ella encontró su realización personal y a ella entregó lo mejor de sí–, pero también lo es que de ella derivó su sustento por varios años, décadas quizás, con probidad y austeridad ejemplares. En los esporádicos retiros de los asuntos públicos vivió del periodismo o de los puestos internacionales (la Secretaría de la OEA), dos ocupaciones muy emparentadas con las bregas políticas(5) .

Hay más enseñanzas en el discurso de Barichara. La exaltación del nombre de Aquileo Parra era una defensa de las “virtudes administrativas y políticas” del Radicalismo –tolerancia religiosa, libertad de prensa, educación laica, desarrollo material del país– en contraposición con el mundo sombrío, autoritario y oscurantista de la Regeneración. “Para mi gusto –afirmó– yo prefiero las gentes a lo Parra y no a lo Núñez”, gentes que preserven a los colombianos “de los caminos tortuosos de otras regeneraciones”. El texto de Lleras era, además, una respuesta callada a la actitud de historiadores ligeros y de políticos apresurados que identificaban orden con Regeneración y caos con Radicalismo, contraposición tras la cual se encubría una custodia del despotismo y un temor a las nociones de libertad, independencia y posibilidad de disensión.

Finalmente, en este texto aparece lo mejor del estilo de Alberto Lleras, esa elegancia, musicalidad y cadencia de la frase que ha ganado los aplausos de varias generaciones de lectores. Desde su juventud, Lleras se familiarizó con los grandes autores de la literatura española, y en el periodismo apaciguó los ímpetus de una prosa que no parecía tener control. La modulación de su escritura es, ante todo, la del tono oratorio, la del lenguaje oral para ser leído en la plaza pública, en el aula máxima o en los estudios de una emisora radial. La televisión apenas nacía en los años de su mayor actividad política. La publicación oral y la publicación impresa se unen aquí para dar lo mejor de cada una de ellas. Era dueño –apuntó uno de sus contradictores– de “una acerada pluma, capaz de conmover a la opinión pública con un documento de dos cuartillas, que al ser leída con su espléndida dicción le daba un efecto multiplicador”(6) . Su idioma está trenzado por oraciones espaciosas que viajan por varios renglones en busca de un punto seguido que conceda descanso al lector. Estos acentos exigen una puntuación precisa para facilitar la vocalización correcta y la entonación adecuada, a fin de ganar la atención del oyente. Las comas permiten la respiración, los puntos seguidos un ligero descanso, y los puntos aparte una pausa algo más extensa para recuperar el ánimo. Los párrafos de Lleras son, por lo demás, tan largos como sus frases; están diseñados para agotar un tema y anunciar el contenido del siguiente. Eso hace de su escritura un discurso compacto donde no parece haberse dejado nada por fuera. Y, como era de esperar, todo lo corregía con una minucia enfermiza en medio de un combate sin termino con el idioma. “En el secreto recinto de su alcoba –nos cuenta su nieto Ignacio Zuleta Lleras– le daba pábulo a una vanidad inocua y adorable: leía en voz alta algunos párrafos… y preguntaba si quizá las eses le silbaban demasiado, o si el aliento se quedase corto en una frase”(7) .

Una de las mejores prosas orales de la Colombia del siglo XX, sin duda.

1 Sociólogo. Profesor e investigador de la Universidad Externado de Colombia.
2 Ver Alberto Lleras, Escritos selectos (Bogotá: Colcultura, 1976), pp. 279-291.
3 Memorias de Aquileo Parra, publicadas por Diego Mendoza, Vicente Parra y Laureano García Ortiz (Bogotá: Imprenta de La Luz, 1912), p. 136. Las cursivas son de Aquileo Parra.
4 Max Weber, La ciencia como profesión – La política como profesión (Madrid: Espasa Calpe, 1992), pp. 103-105. Ya Weber había aludido al asunto en Economía y sociedad (México: FCE, 1964), p. 233; en su conferencia sobre “El socialismo”, y en sus extensos ensayos, “Parlamento y gobierno en el nuevo ordenamiento alemán” y “Sistema electoral y democracia en Alemania”. Ver Max Weber, Escritos políticos (México: Folio Ediciones, 1982), vol. I, pp. 144 y 200, y vol. II, p. 246.
5 Contra lo que cabría esperar, las expresiones “de” y “para” no le eran extrañas. Ya las había usado en su discurso de 1946 en la Universidad del Cauca. Allí manifestó que bien sabía que le otorgaban el doctorado Honoris Causa, no por sus logros universitarios –que le eran totalmente ajenos– sino por su afición a las letras y a “las cosas del espíritu, para las cuales, por las cuales y aún de las cuales he vivido”. Alberto Lleras, op. cit, p. 35. Las cursivas son nuestras.
6 Alfonso López Michelsen, “Lleras por López”, Semana, No. 1260, Bogotá, junio 24 de 2006.
7 Ignacio Zuleta Lleras, “El hombre que sembraba ideas, árboles y concordia”, El Espectador, Bogotá, semana del 2 al 8 de julio de 2006.