Recreación de la aldea.
"QUINCHÍA MESTIZO": UN ESCRUTINIO SOBRE LA
REALIDAD NACIONAL
Este libro de Alfredo Cardona Tobón, Quinchía mestizo,
concebido con devociones filiales, nos permite asomarnos a
diferentes ángulos de la lucha intelectual caldense. Nos da la
proyección de que se puede trabajar en investigación histórica y
cómo tenemos en abandono la recopilación de nuestras tradiciones.
El, se ha comprometido por archivos, nacionales y regionales; por
las columnas de los periódicos; por los diálogos con los
conocedores; por las notarías y sacristías. De cada sitio, ha
extraído materiales de buena densidad para situar las aventuras
sociales. Su libro, así, resplandece con certeza en los
conocimientos, que es la mejor expresión del amor y fidelidad a la
tierra nutricia.
Al terminar la lectura de este texto, nos asalta la pregunta: ¿qué
ha pasado con la inteligencia caldense que ha estado tan ausente
del examen de su pasado? ¿Por qué tenemos tantas mermas para
contemplar con profundidad dónde arraigan nuestras raíces? ¿A qué
se debe el desapego por lo que concierne al contorno? Creemos que
alcanzamos una respuesta al establecer dónde andábamos, con qué
deliquios intelectuales nos habíamos comprometido.
Por una creciente manía de despreciar la realidad. A la vieja
imposición "hispanista" que seguía pesando en lo
intelectual. No creíamos en lo nuestro; ni teníamos aprecio por lo
circunstancial. No adorábamos sino lo extraño. Lo que venía de una
remota evocación cultural. Nada que estuviera circunscrito a lo
inmediato. Éste era elemental, tropical, ridículamente comarcano.
Lo cursi lo circundaba. Con esas prédicas nos educaron.
Nunca he podido entender el menosprecio del caldense por lo
provinciano. Siendo casi sin exclusiones de cultural rural, ¿por
qué esa arrogancia? La reciente organización como entidad
administrativa, nos hizo perder la perspectiva de qué éramos y qué
representábamos como autenticidad en la cultura. El peso de una
tradición religiosa, muy apegada a la influencia española, trajo
los desganes que se extendieron durante la Conquista y la Colonia.
No podíamos reclamar admiración por el pasado, pues dudábamos de
que él tuviera algún resplandor espiritual. Estábamos negados para
la invención. La cultura "hispanista", que
restableció la Regeneración Conservadora de Núñez y de Caro, nos
exiliaba de nuestra identidad. De allí que hayamos durado tanto
tiempo ajenos a lo propio; desasidos, moviéndonos sin raíces,
absolutamente enemigos de hallar los arraigos.
Producimos así, sin lugar a dudas, una serie de excelentes
prosistas. De hombres de cultura que nos darán permanente orgullo.
Eso sí, ausentes de lo circunstancial de nuestro acontecer. La
cercanía caldense destellaba en algunos cuentistas, novelistas o
poetas eglógicos. Lo demás, era la aventura remotísima, con
vecindades en lo extranjero de la inteligencia. Y mientras más
distante localizaran sus báculos, mejor equipados estaban para
administrar los instrumentos de las referencias. Quizás no las
inmediatas, porque se aceptaba que la cultura era de élites.
¡Afuera, lógicamente, quienes no clasificaban!
Las ciencias humanas y lo europeo.
Las ciencias humanas comienzan a ejercer su ascendiente después de
1900. Aparecen lentamente en los claustros colombianos. Nos habían
inculcado devociones hacia ciertos deliquios literarios. Su
presencia contradecía lo hispánico y lo religioso. Ello esclarece
en parte las distancias de ellas. Como la cultura campesina, tiene
su fuerte acento en lo oral, ésta nos acompaña a través de muchos
filtros. Pesaba la densa carga de desvío con la cual nos
abastecieron para mirar el propio contexto. Los valores con
vigencia, habían sido impuestos a las clases populares. A éstas,
las convencieron de que la cultura mítica, propia, no tenía
significación: ni sus religiones, ni sus obras de arte, ni su
lengua, ni su postura y conducta ante el universo. Se trató de
arrasar y llevarnos a la convicción del desprecio por las iniciales
muestras de expresión de lo que éramos. Se pregunta: ¿para qué
indagar el pasado; o buscar antecedentes en las costumbres
indígenas; o tratar de armar los episodios colectivos? Deben
sucederse muchas aventuras intelectuales para que esto sea posible,
como lo establecemos en estas páginas que comentamos.
Al ser una cultura impuesta - la de aquí creyeron haberla hundido y
desaparecido- no podía dar respuestas fidedignas; por ello mismo,
no se les daban alcances a los mitos, leyendas, cuentos que se
transmitían en las horas del diálogo familiar, a ninguna de las
historias regionales. Pero éstas emergen como la verdadera manera
de hallar el hilo que teje toda la sutileza de los amarres
nacionales. Nos acostumbraron al heroísmo de grandes personajes. El
mandato griego pesa todavía como un imperativo intelectual. O
favorecía el camino de las hazañas sin límites. El deslumbramiento,
debíamos entregarlo a esas horas de grandeza. La escuela
eurocentrista subyugaba y determinaba. Henri Moniot, en su estudio
La historia de los pueblos, nos hizo claridad:
"Érase Europa y ahí se acababa toda la historia. Todo
esto,
nos lo han cambiado. Desde hace diez o quince años, por
ejemplo, África negra entra con fuerza en el campo de los
historiadores. ¿Qué ha ocurrido y cómo ha sido
posible?"
Existe, por lo tanto, una mutación en la actitud mental. Ya la
historia no se acepta si no la localizamos unida al origen nuestro.
Que cada aldea haya tenido participación. He descubierto, en
recientes viajes, países en los cuales los Museos locales, de
carácter histórico, poseen una gran trascendencia. Se reúne la
totalidad de lo de un pueblo: las fotografías sin pretensiones; los
relatos menores; las armas sin regularidades técnicas que se
emplearon; las prendas humildísimas que lucieron; la pintura
discreta de los parajes; los manifiestos de rudimentarios
contenidos que se leyeron; las banderas de toscas telas; las
trompetas con que citaban a los grupos.
Las historias regionales, descubrían fuentes insospechables. Nos
vamos a aproximar a ellas. Las han despreciado tanto, que hemos
creído que no debemos contar las pequeñas experiencias.
Nos inclinaron a desdeñarlas. Es una consecuencia de las pedagogías
españolas; en general, europeas. España así acababa de sepultar lo
que es nuestra tradición. Vamos a tener que hurgar y aprovechar,
inquisidora, la imaginación propia. Atar pequeños sucesos y ver
cómo se encadenan con la grandeza nacional. Hacemos parte de
ésta.
Para este tipo de ensayos, no hay esquemas. Nadie nos ha dado
orientaciones. Es como si las historias regionales, se debieran
desconocer; piadosamente hundirlas en la desmemoria. Pues
investigando vamos a crearlas. Debemos exigirnos rigor para
descartar lo innecesario. A la vez, obrar con generoso espíritu que
abra mil perspectivas. Hoy están perdidas e ignoradas.
Llegará un momento de interrelación de la totalidad de las
historias regionales. Habrá unas guías para unirlas y darles su
dimensión nacional. No quedarán al margen. No se hundirán,
anónimamente. Reflexionemos sobre un solo aspecto: el de la tierra.
¿Cómo se produjo su ocupación? ¿Qué injusticias se propiciaron al
hacerlo? ¿El tipo de colonización fue el mismo? En Caldas ya hemos
visto que operan varias categorías y maneras. ¿Cómo sería en las
otras comarcas? Estamos ante un sumario que cubre lo económico, lo
social, lo cultural. La tierra determina la integración de la
comunidad. Esta materia la ponemos como una referencia. Cualquiera
otra que se enuncie, tendrá igual significado, alcance y
variantes.
La ciudad y el campo.
En la ambición de entender qué nos ha pasado en la actitud de los
hombres cultos frente al pasado nacional, es necesario formular
algunos análisis. La circunstancia de que los intelectuales hayan
vivido en las ciudades, algunos nacidos en éstas; o que aceptasen
sus reglas y sus modalidades, a pesar de su origen, lleva a graves
deslices para juzgar lo que se relaciona con lo rural. Con lo de la
aldea. Lo de los pueblos. Lo de las comarcas remotas. Crea
dicotomías muy acentuadas, que perjudican la integración de las
líneas culturales y sociales del país. Parte sustancial de esto nos
ha acontecido en el Gran Caldas.
Naturalmente, esto conduce a mantener en más lontananza - de la que
realmente existe- la aldea. El pueblo nuestro, está solo. Con sus
habitantes, que poseen una manera de valorar el existir. O con la
que aparece de otras latitudes y aporta otras ideas. Éstas operan
con mayor rapidez y con más influjo sobre la sensibilidad
colectiva, que en las ciudades. Porque su existir lo están
desenvolviendo casi al margen. Lo aceptan de lado, sin amparo. Eso
sí, no les impide intervenir en lo nacional, Con otra
circunstancia: están ceñidas a él, sin vacilaciones. Y quieran o
no, se ven sumergidas en las disputas que a cada uno conmueven.
Están en le ámbito local, atadas al torbellino nacional. Actúan con
seriedad en su batalla, porque poseen conciencia de que les
pertenece. A malos dirigentes les gustaría que estuvieran en las
afueras. Separadas, sin comunicaciones, libres de todo contacto. En
el caso de Quinchía - como se comprueba en este libro - las
aprovechaban para que, entre ellas, se libran -por mandato oficial-
unas confrontaciones políticas y económicas que no comprendían. Ni
las estaban indagando. Ni las amaban. Ni acreditaban sus intereses
sociales.
En el Gran Caldas se presenta una característica, que es bueno
divulgar. Las casas de los campesinos, no están distantes; se
comunican; no aparecen separadas por infinitas distancias; asisten
a tantas relaciones comunitarias, que vive el campesino demasiado
atado a la aldea. Se ha sostenido que mirando sus campos, en la
noche, cuando se prende la iluminación, parece que se viviera en
una "ciudad rural". Así se ven de próximas unas
propiedades de otras. Es decir, hay cierta unidad, en actitudes, de
lo rural con lo aldeano y de éste con las ciudades. No hay
separación tajante, que impida tener conocimiento de las
particularidades de una y de otra. Al contrario, en Caldas se obra
con proximidades. Las desemejanzas, por lo tanto, son menos
notorias. O quizás lo que acontece es que la ciudad tiene tal
número de personas que pasan parte de su vida en lo rural, que no
se logra hacer el gran deslinde. Para nosotros, ésta es la verdad
que más se avecina a la realidad de nuestro medio.
Ya, por fortuna, han aparecido unos hombres de estudio que han
asumido su pacto con la aldea. Por ventura, me ha tocado
acompañarlos en estos compromisos culturales. Con ellos me he
asociado.
La escuela documental.
Otro factor que ha sido perturbador, es del ascendiente de la
'escuela documental'. Durante mucho tiempo se estimuló la creencia
de que si la documentación no se apoyaba en un escrito - con bordes
de vejez y amarillento pergamino- no podía invocarse. Para esto,
igualmente, jugaba la particularidad de que se hablaba de aquélla
como algo inasible, imposible de que tuviera testigos en dos o tres
generaciones. Se requería que se marchitase el suceso para poder
rescatarlo y ponerlo al servicio de la memoria de los pueblos. Esta
pauta también ha salido derrumbada: en la actualidad, la historia
la estamos viendo, en la televisión; o escuchándola, en la radio; o
compartiéndola, en el cine. Son nuevos enfoques, de singular
alcance.
Aquélla ya no es sólo la paleontografía. Es materia viva, que nos
circunda. Moniot habla de dos tipos de documentos. Leámoslo:
"Podemos distinguir dos tipos de documentos. Los que
emanan de la comunicación de los hombres entre sí: hablan,
profieren un discurso -a veces se ha creído que bastaba con
leerlos-, pero también son subjetivos, se señalan a la vez por la
connivencia y por la alteridad, son ya portadores de un
significado, pero definido dentro de su contexto de origen. Están
los demás, neutros y taciturnos, huellas o elementos materiales e
inmateriales a los que el mismo historiador puede reconocer un
valor implícito de signo, de indicio, de prueba, de testimonio...
La comunicación de los hombres entre sí puede ser oral, escrita,
figurada, gestual, musical y rítmica... y, su conversación, gráfica
o memorizada".
El autor no ha abrevado en la totalidad de esas fuentes. Se
preocupó por aquello que sometía su existir a la proximidad de su
pueblo de origen. Lo hizo con pasión, porque es requisito
mantenerla para lo que se investiga. Lo otro es desdeñar,
despreciar, sepultar el origen, que es una de las manías
aristocráticas de la cultura. Historia no es oficio de archivero.
Es armar un país, sin exclusiones. Es algo vital. Está
interrogando. Cada suceso, lo somete a diversas preguntas. Su modo,
es la esperanza de hallar una nueva respuesta.
Con la escuela documentalista se corre otro riesgo. Que los
archivos que existen, generalmente son de las clases dominantes.
Algunos documentos -los que en la colonización de Caldas, por
ejemplo-- permiten comprender que las tendencias de los campesinos,
no concordaban con las de los terratenientes, alcaldes,
inspectores, jueces. El gobierno central, a veces, en sus mensajes,
permitía entrever que la justicia no llegaría a los menos
poderosos, a pesar de que les correspondía. La inercia; la falta de
capacidad de los campesinos para que cambiara esta postura; las
oscilaciones políticas, facilitaban que prosperara el silencio
sobre la verdadera equidad. Se llegaba, en cambio, a la ostentación
del triunfo de los omnipotentes.
Al no existir profusión de documentos de las clases populares, el
historiador requiere capacidad de penetración. Hallar el hilo
conductor de la justicia. No dispersarse por el documento escrito.
La sagacidad y profundidad del verdadero historiador debe apoyarse
en los "indicios". A la curiosidad analítica, se
le han abierto nuevas posibilidades. Para reconstruir la totalidad
del pasado nuestro, debemos aprovecharlas.
Jacques Julliard dice que hay una "... historia de
menudencias, de pequeñeces, una historia bordada a punto menudo
(Annie Kriegel), según la cual toda la elaboración histórica
consistía en engarzar en el hilo de un tiempo maravillosamente liso
y homogéneo los acontecimientos perlas de todos los calibres:
batallas y tratados, nacimientos y muertes, reinos y
legislaciones".
Por lo que he examinado, me alegra que Cardona Tobón pueda escribir
casi en el frontispicio de su libro:
"En esta historia no hay generales ni estadísticas. Se
habla de un pueblo raso con sus líderes simples".
Es cierto; pero hay símbolos: los de la tierra; los de las
cercanías políticas; los de los estremecimientos sociales; los que
se refieren a la integración municipal; los de las guerras civiles;
los del despojo, la marrulla y la picardía para someter un pueblo;
los de los adjetivos que iluminaban el alma del sentir
comunitario.
Quinchía, pueblo mestizo.
Es bueno que esta palabra -mestizo- se rescate. Implica una postura
ante el universo y certifica qué somos en Indoamérica. Nos permite
tener una mirada independiente y, como continente, juzgar los
acontecimientos que se relacionan con nuestro discurrir. En dos
trabajos que reuní y que acabo de Publicar, "Propuestas
para examinar la historia con criterios
indoamericanos"
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, he planteado la tesis integral.
Por lo tanto, no la debo repetir. Pero si la reitero.
En Quinchía, como se deduce de estas páginas, se encuentra la
conjunción de muchos elementos que culminan en el mestizaje. Éste,
que es característica indoamericana, allí demuestra las cualidades
que lo determinan. Lo religioso, que se mueve entre lo católico y
otras sectas y religiones; lo de la tierra, la sal, el carbón -que
es parte básica en el discurrir de su habitantes-, pero que la
entregan subyugados por mil argucias; las invasiones de otras
regiones del país; los conflictos de Antioquia y el Cauca, tan
ricos en matices, y tan inexplorados críticamente; los intentos de
dominarlos políticamente, utilizando mil sistemas y vivezas de
división regional.
En ellos prima la libertad, que es signo básico del mestizaje que
se ha consolidado en el continente. Otra característica igualmente
válida para esta conformación étnica, social, cultural: el ímpetu
hacia la transformación social. Aquélla les permite vivir en
concordancia con su concepción general de lo que los rodea, no sólo
en lo político. El cambio social, ayuda a integrar el sentido de la
libertad. Se entrelazan. Su rebeldía viene desde la Colonia, se
vuelve resistencia en la Conquista e identidad con la
Independencia. Se manifiesta muy aguda.
Este volumen, por lo tanto, busca entender y reflejar lo que
acontece en este estrato social. Muestra sus características. Las
variantes que en él se fueron operando. La presiones burocráticas
para que no conservara ningún poder. Para que no expandiera sus
creencias, que reñían con las que -vehementemente y a la fuerza-
pretendían que se consolidara en la comarca.
Las rebeldías en la Colonia y la presencia de los
conquistadores.
Hace muchos años, un escritor ilustre y poeta insigne, Rafael Maya,
lanzó la idea de que, por nuestra juventud administrativa, Caldas
era un pueblo sin historia. Hizo carrera la figura literaria, pues
venía asistida de nobles adjetivos. Un aire de grandeza estética,
revestía los conceptos. Y como los habitantes de estas serranías,
hemos mantenido inclinaciones por los devaneos intelectuales, nos
convencieron. Quienes tenían dominio sobre la comarca, reiteraban
como mentores a quienes amaban las ideas monárquicas - don Charles
Maurras - o a quienes predicaban la derecha nacionalista.
Pues, si escudriñamos, nos hallamos que por el occidente del viejo
Gran Caldas, pasaron don Sebastián de Belalcázar y don Jorge
Robledo. Muchas páginas de los cronistas, describen nuestra
naturaleza; se interesan en contar cómo eran nuestros tipos
humanos; se les van las agallas enumerando las riquezas. De suerte
que poseemos elementos para denunciar la fisonomía de nuestro
contorno. Los testimonios no los hemos querido utilizar como parte
del examen de nuestro transcurso, porque no alcanzamos a adquirir
conciencia de la calidad de las tribus; de sus filigranas
artesanales; de su conducta social; de su manera de comportarse
ante los misterios universales. Estas condiciones, las hemos mirado
con desprecio. Todo lo consideramos tan remoto, como si no nos
perteneciera. En ello, hemos ido perdiendo la trascendencia de la
humanidad como pueblo. Están los textos para que los examinen los
hombres de reflexión; para que los unan con lo actual; para que nos
sirvan de soporte -a cada uno- para entender la importancia y
dimensión de lo auténtico.
Nos han alimentado con las tesis que convienen al imperio español.
Es el reflejo de las tendencias oficiales. Las que no ponen en
disputa el poder. Pues bien: en la época de la Conquista, lo mismo
que en la Colonia, "hubo rebeldía explosiva y rebeldía
casi disimulada". Para el conquistador, era muy difícil
entender los fenómenos y acomodarse, fácilmente, a las protestas
primigenias. Romero lo dice con elocuencia: "Pero ninguno
(de los Conquistadores) podía olvidar que era tierra extraña; que
el campesino era radicalmente ajeno a sus creencias, a sus
costumbres y a sus ideas y, sobre todo, que le era hostil porque lo
odiaba como conquistador". Estos principios pocos
escritores los registran. Al contrario entran en la órbita de la
exaltación.
Tenemos que apelar al mismo autor para establecer que en
"América, en cambio, los campesinos, esto es, las clases
rurales trabajadoras, pertenecían a la casta de los vencidos de
guerra, infieles despreciables y siempre sospechosos". Por
eso la actitud de los conquistadores. Ellos le dieron carácter de
guerra a su acción. Era el que regía sus acciones. "Fue,
más bien, y durante mucho tiempo, una ideología de guerra,
apropiada para mantener la decisión de proseguir la ocupación de la
tierra, el avance de las fronteras, el aniquilamiento de las
poblaciones aborígenes irreductibles... Era la ideología rural de
los señores una concepción en la que predominaba la voluntad de
dominio sin restricción alguna, sin consentimiento, sin piedad. Era
una ideología militante, sin espacio para el ocio
contemplativo".
Así se explica que no hubiera descanso en la arremetida contra
España. Invariablemente, se vivió en combate. Cuando la irrupción
de los Comuneros en 1781, se contemplaron serios disturbios por
Anserma Viejo. En Supía hubo levantamientos, igual aconteció en
Quiebralomo (Riosucio). Para someterlos, se hizo indispensable
enviar tropas desde Cartago. Hay datos aún más preocupantes y
reveladores: en 1557, en pleno comienzo del dominio español,
multitud de indígenas del occidente colombiano -y en eso entra la
región de Quinchía, Anserma, Riosucio, etc. - crearon tantas
dificultades, que casi no los dominan militarmente. Nunca hubo buen
orden ni en la Conquista, ni en la Colonia. Requerimos establecerlo
históricamente con mucha precisión.
El gran erudito francés, Alain decía que "hay que ser muy
sabio para captar un hecho". Éste, ya está identificado.
Ahora se demanda desarrollarlo y nos dará nuevas perspectivas de la
vida inicial del continente invadido. Evoquemos otro dato
relacionado con Caldas: los Carrapas, por los lados de Filadelfia,
y los Quimbayas, se unieron en Acurumbí (Chinchiná actual) para
organizar una protesta general.
Lo mismo sucede con las tribus del Chocó. Ellas inician la
resistencia contra el invasor europeo. Debemos pensar que no
existió la paz eglógica que nos garantizó España. Aquí lo que
vivimos fue un turbión colectivo. No hemos clasificado aún los
materiales. Ya es hora de lo comunitario. El territorio del
departamento de Caldas, entró en esa combustión. Sí tenemos,
entonces, pasado. Por cierto, bien estremecido y sacudido de
dolores comunitarios. El inglés John Lynch, nos recuerda que España
tuvo un momento de gran preocupación, porque países extranjeros
estaban influyendo en el comercio de este continente. Ello inducía
que, a la larga, actuaran políticamente. Ese no era el problema
esencial. El que requería vigilancia, control, desesperada presión,
era vencer la actitud de los nativos. Él lo dice sin timideces:
"El principal objetivo no era expulsar a los extranjeros
sino controlar a los criollos". La obligación, por lo
tanto, es reescribir la historia de Indoamérica, desde el punto de
nuestra visión, de lo que fue la actitud de los antecesores. De
desentrañar cómo la Conquista y la Colonia no sirvieron para vivir
en clima de sosiego. La reacción fue explosiva. Desde el comienzo y
permanentemente se mantuvo ese ardiente ambiente de aspereza.
La Independencia.
Nunca ha sido tan fuerte y espontánea la concentración con el
movimiento de Independencia. Los indígenas de la región,
estuvieron, unánimes, en apoyarlo. Se comprometieron. Batallaron y
dieron lecciones de decisión. Hay hombres, como los de Francisco
Gervasio de Lemos o Pedro José Gracia quienes fueron paradigmas en
su actitud y sentido de la libertad. Así reaccionaron tas gentes de
Anserma o las de Riosucio -las de Quiebralomo o Bonafont-, igual
las de Marmato (la antigua Cartama), o los indígenas que se
confundían con los negros en el Valle del Risaralda, o los
habitantes de a Montaña, entrelazados con los descendientes de los
hijos de la comunidad Carambá, de ancestro caribe. Actuaban con
decisión, sin cálculos, sin resistencias. Prototipos en su
conducta. Como lo eran las de algunos de los curas que por allí
evangelizaban, como Tomás Francisco de Villegas. O el presbítero
Gregorio Benítez y Vásquez, a quien hoy hallamos en el mausuleo de
los próceres de Popayán, la culta. En cambio, la contraluz de esta
actividad, nace de la manera como se portaron los terratenientes de
la región. Los que más tarde estimularon el despojo de las tierras,
O una colonización maniqueísta, en la cual el rendimiento económico
estaba en la especulación que ellos ejercían sobre las tierras o
bienes nacionales.
Tienen los nuevos investigadores material para hacer un contrapunto
en el sentido de cómo eran las actitudes. Éstas dependían de la
mala disposición de los mestizos altos - los que recibían
privilegios de la corona- contra la avalancha revolucionaria de
esas horas.
Estampa del padre Bonafont.
Por apego al fundador de mi pueblo -Riosucio- me detengo en la
figura del padre José Bonifacio Bonafont. Acerca de él, he escrito
varias veces. Ahora, siguiendo las lecciones del erudito y
combativo historiador, Horacio Rodríguez Plata, trato de precisar
algunos detalles de su existir: nació en 1757 en la Villa del
Socorro. Viene de buena cepa de patriotas y de estirpes entroncadas
con la libertad. En el Libro de propinas de la Universidad
"Tomística", aparece que, con Joaquín
Andrade, el 12 de octubre de 1790, "exhibieron dos pesos
por los grados de Bachillerato en Filosofía". Después,
ingresó a la carrera militar, de la cual desaparece con demasiada
rapidez. Finalmente, se vincula al clero. Boussingault cuenta que
había sido "jugador desenfrenado".
Bonafont y sus hermanos fueron de los primeros en contribuir a la
totalidad de las acciones en favor de la libertad. Decididos
federalistas, pagaron la persecución que Cundinamarca desató, con
aire de venganza centralista. Hasta allá alcanzó la mano represiva.
Cuando se realiza la transacción entre las tropas de Cundinamarca,
comandadas por don Joaquín Ricaurte y Torrijos, y las del estado
de! Socorro, que dirigía don José Lorenzo Plata, fue retirado
Bonafont del curato. Extrañado, vino a Anserma Viejo, donde le
daban crédito por su federalismo. Y en 1814 lo nombran cura de
Anserma. Ya había demostrado, en su Socorro natal, la pasión por
las causas de la Independencia. Sus adhesiones a los propósitos de
Bolívar y Santander, eran de encendido combatiente. El 30 de agosto
de ese 14, es designado cura doctrinero del pueblo "La
Montaña" (uno de los gérmenes de Riosucio), situado en la
localidad de Santa Inés. Con el padre José Ramón Bueno, alcanza la
integración con Quiebralomo. Así nace mi pueblo entrañable. Él
repartió, fuera de las consagraciones religiosas, otras
habilidades:
"Este privilegiado varón fue quien enseñó a sus
parroquianos
a cultivar el trigo y a beneficiarlo, para lo cual introdujo
semillas; a él de debió también el cultivo del cafeto en
aquella
región. El agua de la población la llevó él a sus expensas
y lleno de celo religioso no se negó jamás a prestar sus
auxilios
a quien quiera que los solicitaba. Nada tenía para sí. Lo
poco
que ganaba lo regalaba a los pobres".
En 1825 arriba a Riosucio el sabio Boussingault. Igualmente lo hace
otro indigne varón de la inteligencia como Roulin. Ambos, fueron
muy amigos del padre Bonafont. En mi libro Cátedra caldense
recojo parte de las descripciones del ambiente, de las comidas, de
los hechos pintorescos. Evocan a Bonafont como el hombre de buen
yantar, de diálogos chispeantes, de buena biblioteca y cultura que
se empeñaba en refutar, desde el púlpito de ese pueblo metido entre
hondonadas, a Voltaire y Rousseau. Esto lo hacía, como dice en sus
Memorias el francés, "en medio de esta población
mezclada". Ésta es la mejor síntesis que puede formularse
en cuanto a su mestizaje.
En 1845 murió, después de adiestrar a mis paisanos en los sistemas
rudimentarios de la minería y en las maneras de extraer las sales
de las fuentes. Combinaba su magisterio sacerdotal con el derroche
de dones en maestrías de lo cotidiano, que redimiera a sus
habitantes de sus limitaciones económicas.
La dictadura de Urdaneta.
Nuestros pueblos tomaron una actitud dinámica de qué era y para qué
servía la libertad. Habían sido tan duras confrontaciones en la
Conquista, en la Colonia y en la Independencia, que se tenía una
manera orgánica de pensar en el destino. Y en el de su nación. La
ciencia histórica trata de fijar esas homogeneidades. Éstas son
básicas. Lo que ya dejó de existir se relata, pero para tener
actitud de cómo nos vamos a portar en el devenir. Es el pensar en
actividad. Es el mundo en proyección. En la historia, las
similitudes nos dicen, con exactitud, cómo es el ser colombiano. No
sólo adquiere carácter individual. Ella nos debe despertar a una
militancia social. A mirar, entender, aceptar y proyectar los
valores colectivo. Éstos son los que conforman un país.
Nos entusiasma encontrar en estas páginas referencias a un período
tan desconocido y abandonado en los estudios colombianos como la
dictadura de Rafael Urdaneta. Igualmente, se ha vuelto costumbre
intelectual pasar muy por encima para ocultar cómo fue la de
Bolívar.
Vale la pena que nos detengamos en este período singular. Urdaneta
fue hombre de confianza del Libertador. En la dictadura que éste
dirigió, fue su secretario de guerra. Desde el año de 1829, estaba
proponiendo, con otros ministros, la monarquía, después del fracaso
de la Convención de Ocaña. Don Simón Bolívar abroga la constitución
de 1821.
En 1830, Bolívar convoca una reunión que él calificó de Congreso
Admirable. En el mensaje reconoce que su decreto de agosto de 1828
"encendió la guerra civil". En aquel año, se
produjeron novedades: se había consolidado el anhelo separatista de
Venezuela de La Gran Colombia, y lo mismo ocurría con el Ecuador,
gobernado por el general venezolano Juan José Flores. Además, el 28
de mayo de 1830, el congreso de Valencia aprobó "que
Venezuela no entraría en relaciones de ninguna especie con Bogotá,
mientras existiera en su territorio el general
Bolívar".
Aquí la situación la describe muy bien Roberto Botero Saldarriaga
al comentar la organización de la dictadura:
"Bajo la forma de gobierno que regía el país, casi todas
las provincias estaban administradas por jefes militares de elevada
graduación, la mayor parte de ellos de origen no neogranadinos y
algunos bien temibles por sus procedimientos soldadescos. En
territorio de la Nueva Granada, el general Mariano Montilla era
prefecto general del Magdalena; del Norte y Oriente, comandante
general, el general Justo Briceño; de Cundinamarca, comandante
general, el general Rafael Urdaneta; de Occidente, Comandante
General, el coronel piamontés Carlos Castelli; y del Cauca,
prefecto, el doctor José Antonio Arroyo, y comandante militar, el
general José María Obando, éstos dos últimos de origen
neogranadino".
En el país había demasiada inquietud por la persistencia de la
censura de prensa y del absolutismo. Don Joaquín Mosquera, desde
Popayán, en El Meteoro, hace permanentes críticas sobre el
daño a la opinión al evitar que ésta pudiera expresarse. Que esta
represión se hacía aún más explosiva por las medidas dramáticamente
crueles, que tomaban los soldados de diversas nacionalidades
latinoamericanas y extranjeras que aquí ejercían el imperio que les
había otorgado don Simón Bolívar. El general Caicedo,
vicepresidente, cuando ocupa transitoriamente el poder, deroga lo
de la prensa. Hay un alivio de la colectividad.
Mientras tanto, se acelera la rebelión en Venezuela contra la Gran
Colombia. Básicamente contra la Nueva Granada, que manifiesta, en
el congreso, y a la opinión en diversas formas, que no desea
enfrentamientos con el país vecino, ni preservar una política que
ellos quieren desconocer. El parlamento considera que debe
insistirse en la unidad. Manda una comisión pata dialogar. El
fracaso fue total. Tuvo igualmente rechazo la formula del mariscal
de Ayacucho - a pesar de que él era quien contaba con la opinión a
su favor para ser elegido- cuando propuso que "para
asegurar, para conservar la libertad de los pueblos oprimidos por
regímenes militares, se acordase que en los cuatro años siguientes
no pudieran ser presidentes ni vicepresidentes de Colombia, ni de
los tres Estados, en caso de aceptarse la Federación, ninguno de
los generales en jefe ni de de los otros generales que habían
obtenido los altos empleos de la República desde 1820 a
1830". Este Gran mariscal era la mayor impugnación a
cualquier intento de futura forma de dictadura.
En varias reuniones y actos, le hicieron comprender al Libertador
que no podía gobernar. Él buscó el consentimiento de los
congresistas, en dos ocasiones. No logró comprometerlos,
principiando por la hostilidad de su país de origen. En esa
situación, eligen a Joaquín Mosquera, presidente, y al general
Domingo Caicedo, vicepresidente.
Tropas al mando de venezolanos, principian a armar mil
dificultades. Hay amagos de rebelión por algunos militares
extranjeros. La sagacidad de Urdaneta urde tramas, amasijos, nuevas
conjuras. Florencio Jiménez, quien era de la cuerda
"militarista", se insubordina con el batallón
Callao. El presidente Mosquera, en una ingenuidad realmente
impresionante, comisiona al general Rafael Urdaneta para
parlamentar con los conjurados, sus compinches. Proponen
condiciones, solicitan cambios; marcan nuevas políticas. Más tarde,
envía a Castillo y Rada y al general venezolano Baralt. Éstos
firman un documento infame, que condena la política democrática del
gobierno y lo compromete a soluciones realmente incómodas. Mientras
tanto, Urdaneta va produciendo mensajes en los cuales acusa a la
totalidad de los granadinos de "traidores",
porque no aplauden las dictaduras. Nadie se salva. Es condenación
total e irremediable. Ninguna condescendencia hace para ninguno de
sus amigos. Los sentencia, agresivo y autónomo, a una pobreza moral
que Urdaneta no les levanta.
Mosquera comete otro error mayor. Cambia el gabinete. Nombra a
Urdaneta ministro de guerra. Los otros dimitieron. Quedan
totalmente las posiciones en manos de éste. A la vez, él le escribe
a Mariano Montilla y le repite que "Castillo así como
Restrepo y la turba de abogados siempre enemigos nuestros, nos
hacen una guerra de tertulias o conversaciones, extraviando la
opinión porque no procedemos escolásticamente, ni conforme a las
teorías;...". Y agrega: "No escribiré a usted más
largo porque además de estar encargado del ejecutivo, soy también
ministro de Guerra y de Hacienda, cuyos destinos obtienen dos
viejos ineptos".
Después de la firma de Castillo y Baralt, intimidan a los
gobernantes Mosquera y Caicedo. Éstos abandonan a Bogotá. Bolívar
acolita a Urdaneta. En carta al general Justo Briceño, desde San
Pedro Alejandrino, el 11 de diciembre de 1830 le dice:
"Mi querido General: en los últimos momentos de mi vida le
escribo ésta para rogarle, como la última prueba que le resta por
darme de su afecto y consideración, que se reconcilie de buena fe
con el General Urdaneta y que se reúna en torno del actual Gobierno
para sostenerlo.
Mi corazón me asegura, mi querido general, que usted no me negará
este último homenaje a la amistad y el deber."
Urdaneta se reviste de facultades extraordinarias, invocando la ley
del 22 de julio de 1824. Ésta había sido derogada por la carta
constitucional de 1830. Claro: ¡no se buscaba ejercer el poder con
leyes! Se trataba de mandar.
En Popayán se organizaban contra Urdaneta. El pueblo les exige a
José Hilario López y José María Obando, que dirijan la acción para
restaurar las instituciones democráticas. Caicedo reasume el poder
el 17 de abril de 1831. López, como jefe del ejército legitimista,
proclama en Neiva: "Mi deber es, por tanto, restablecer
las autoridades legítimas, ayudaros a sacudir el yugo, y en seguida
restituirme al punto de donde he partido, con la gloria de haber
contribuido a conquistar nuestra existencia política sobre tales
bases".
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Separata de la Revista Hojas Universitarias, de la
Universidad Central, Bogotá, 1987.
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