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Recreación de la aldea.

"QUINCHÍA MESTIZO": UN ESCRUTINIO SOBRE LA REALIDAD NACIONAL


Este libro de Alfredo Cardona Tobón, Quinchía mestizo, concebido con devociones filiales, nos permite asomarnos a diferentes ángulos de la lucha intelectual caldense. Nos da la proyección de que se puede trabajar en investigación histórica y cómo tenemos en abandono la recopilación de nuestras tradiciones. El, se ha comprometido por archivos, nacionales y regionales; por las columnas de los periódicos; por los diálogos con los conocedores; por las notarías y sacristías. De cada sitio, ha extraído materiales de buena densidad para situar las aventuras sociales. Su libro, así, resplandece con certeza en los conocimientos, que es la mejor expresión del amor y fidelidad a la tierra nutricia.
Al terminar la lectura de este texto, nos asalta la pregunta: ¿qué ha pasado con la inteligencia caldense que ha estado tan ausente del examen de su pasado? ¿Por qué tenemos tantas mermas para contemplar con profundidad dónde arraigan nuestras raíces? ¿A qué se debe el desapego por lo que concierne al contorno? Creemos que alcanzamos una respuesta al establecer dónde andábamos, con qué deliquios intelectuales nos habíamos comprometido.
Por una creciente manía de despreciar la realidad. A la vieja imposición "hispanista" que seguía pesando en lo intelectual. No creíamos en lo nuestro; ni teníamos aprecio por lo circunstancial. No adorábamos sino lo extraño. Lo que venía de una remota evocación cultural. Nada que estuviera circunscrito a lo inmediato. Éste era elemental, tropical, ridículamente comarcano. Lo cursi lo circundaba. Con esas prédicas nos educaron.
Nunca he podido entender el menosprecio del caldense por lo provinciano. Siendo casi sin exclusiones de cultural rural, ¿por qué esa arrogancia? La reciente organización como entidad administrativa, nos hizo perder la perspectiva de qué éramos y qué representábamos como autenticidad en la cultura. El peso de una tradición religiosa, muy apegada a la influencia española, trajo los desganes que se extendieron durante la Conquista y la Colonia. No podíamos reclamar admiración por el pasado, pues dudábamos de que él tuviera algún resplandor espiritual. Estábamos negados para la invención. La cultura "hispanista", que restableció la Regeneración Conservadora de Núñez y de Caro, nos exiliaba de nuestra identidad. De allí que hayamos durado tanto tiempo ajenos a lo propio; desasidos, moviéndonos sin raíces, absolutamente enemigos de hallar los arraigos.
Producimos así, sin lugar a dudas, una serie de excelentes prosistas. De hombres de cultura que nos darán permanente orgullo. Eso sí, ausentes de lo circunstancial de nuestro acontecer. La cercanía caldense destellaba en algunos cuentistas, novelistas o poetas eglógicos. Lo demás, era la aventura remotísima, con vecindades en lo extranjero de la inteligencia. Y mientras más distante localizaran sus báculos, mejor equipados estaban para administrar los instrumentos de las referencias. Quizás no las inmediatas, porque se aceptaba que la cultura era de élites. ¡Afuera, lógicamente, quienes no clasificaban!


Las ciencias humanas y lo europeo.


Las ciencias humanas comienzan a ejercer su ascendiente después de 1900. Aparecen lentamente en los claustros colombianos. Nos habían inculcado devociones hacia ciertos deliquios literarios. Su presencia contradecía lo hispánico y lo religioso. Ello esclarece en parte las distancias de ellas. Como la cultura campesina, tiene su fuerte acento en lo oral, ésta nos acompaña a través de muchos filtros. Pesaba la densa carga de desvío con la cual nos abastecieron para mirar el propio contexto. Los valores con vigencia, habían sido impuestos a las clases populares. A éstas, las convencieron de que la cultura mítica, propia, no tenía significación: ni sus religiones, ni sus obras de arte, ni su lengua, ni su postura y conducta ante el universo. Se trató de arrasar y llevarnos a la convicción del desprecio por las iniciales muestras de expresión de lo que éramos. Se pregunta: ¿para qué indagar el pasado; o buscar antecedentes en las costumbres indígenas; o tratar de armar los episodios colectivos? Deben sucederse muchas aventuras intelectuales para que esto sea posible, como lo establecemos en estas páginas que comentamos.
Al ser una cultura impuesta - la de aquí creyeron haberla hundido y desaparecido- no podía dar respuestas fidedignas; por ello mismo, no se les daban alcances a los mitos, leyendas, cuentos que se transmitían en las horas del diálogo familiar, a ninguna de las historias regionales. Pero éstas emergen como la verdadera manera de hallar el hilo que teje toda la sutileza de los amarres nacionales. Nos acostumbraron al heroísmo de grandes personajes. El mandato griego pesa todavía como un imperativo intelectual. O favorecía el camino de las hazañas sin límites. El deslumbramiento, debíamos entregarlo a esas horas de grandeza. La escuela eurocentrista subyugaba y determinaba. Henri Moniot, en su estudio La historia de los pueblos, nos hizo claridad:

"Érase Europa y ahí se acababa toda la historia. Todo esto,
nos lo han cambiado. Desde hace diez o quince años, por
ejemplo, África negra entra con fuerza en el campo de los
historiadores. ¿Qué ha ocurrido y cómo ha sido posible?"

Existe, por lo tanto, una mutación en la actitud mental. Ya la historia no se acepta si no la localizamos unida al origen nuestro. Que cada aldea haya tenido participación. He descubierto, en recientes viajes, países en los cuales los Museos locales, de carácter histórico, poseen una gran trascendencia. Se reúne la totalidad de lo de un pueblo: las fotografías sin pretensiones; los relatos menores; las armas sin regularidades técnicas que se emplearon; las prendas humildísimas que lucieron; la pintura discreta de los parajes; los manifiestos de rudimentarios contenidos que se leyeron; las banderas de toscas telas; las trompetas con que citaban a los grupos.
Las historias regionales, descubrían fuentes insospechables. Nos vamos a aproximar a ellas. Las han despreciado tanto, que hemos creído que no debemos contar las pequeñas experiencias.
Nos inclinaron a desdeñarlas. Es una consecuencia de las pedagogías españolas; en general, europeas. España así acababa de sepultar lo que es nuestra tradición. Vamos a tener que hurgar y aprovechar, inquisidora, la imaginación propia. Atar pequeños sucesos y ver cómo se encadenan con la grandeza nacional. Hacemos parte de ésta.
Para este tipo de ensayos, no hay esquemas. Nadie nos ha dado orientaciones. Es como si las historias regionales, se debieran desconocer; piadosamente hundirlas en la desmemoria. Pues investigando vamos a crearlas. Debemos exigirnos rigor para descartar lo innecesario. A la vez, obrar con generoso espíritu que abra mil perspectivas. Hoy están perdidas e ignoradas.
Llegará un momento de interrelación de la totalidad de las historias regionales. Habrá unas guías para unirlas y darles su dimensión nacional. No quedarán al margen. No se hundirán, anónimamente. Reflexionemos sobre un solo aspecto: el de la tierra. ¿Cómo se produjo su ocupación? ¿Qué injusticias se propiciaron al hacerlo? ¿El tipo de colonización fue el mismo? En Caldas ya hemos visto que operan varias categorías y maneras. ¿Cómo sería en las otras comarcas? Estamos ante un sumario que cubre lo económico, lo social, lo cultural. La tierra determina la integración de la comunidad. Esta materia la ponemos como una referencia. Cualquiera otra que se enuncie, tendrá igual significado, alcance y variantes.


La ciudad y el campo.


En la ambición de entender qué nos ha pasado en la actitud de los hombres cultos frente al pasado nacional, es necesario formular algunos análisis. La circunstancia de que los intelectuales hayan vivido en las ciudades, algunos nacidos en éstas; o que aceptasen sus reglas y sus modalidades, a pesar de su origen, lleva a graves deslices para juzgar lo que se relaciona con lo rural. Con lo de la aldea. Lo de los pueblos. Lo de las comarcas remotas. Crea dicotomías muy acentuadas, que perjudican la integración de las líneas culturales y sociales del país. Parte sustancial de esto nos ha acontecido en el Gran Caldas.
Naturalmente, esto conduce a mantener en más lontananza - de la que realmente existe- la aldea. El pueblo nuestro, está solo. Con sus habitantes, que poseen una manera de valorar el existir. O con la que aparece de otras latitudes y aporta otras ideas. Éstas operan con mayor rapidez y con más influjo sobre la sensibilidad colectiva, que en las ciudades. Porque su existir lo están desenvolviendo casi al margen. Lo aceptan de lado, sin amparo. Eso sí, no les impide intervenir en lo nacional, Con otra circunstancia: están ceñidas a él, sin vacilaciones. Y quieran o no, se ven sumergidas en las disputas que a cada uno conmueven. Están en le ámbito local, atadas al torbellino nacional. Actúan con seriedad en su batalla, porque poseen conciencia de que les pertenece. A malos dirigentes les gustaría que estuvieran en las afueras. Separadas, sin comunicaciones, libres de todo contacto. En el caso de Quinchía - como se comprueba en este libro - las aprovechaban para que, entre ellas, se libran -por mandato oficial- unas confrontaciones políticas y económicas que no comprendían. Ni las estaban indagando. Ni las amaban. Ni acreditaban sus intereses sociales.
En el Gran Caldas se presenta una característica, que es bueno divulgar. Las casas de los campesinos, no están distantes; se comunican; no aparecen separadas por infinitas distancias; asisten a tantas relaciones comunitarias, que vive el campesino demasiado atado a la aldea. Se ha sostenido que mirando sus campos, en la noche, cuando se prende la iluminación, parece que se viviera en una "ciudad rural". Así se ven de próximas unas propiedades de otras. Es decir, hay cierta unidad, en actitudes, de lo rural con lo aldeano y de éste con las ciudades. No hay separación tajante, que impida tener conocimiento de las particularidades de una y de otra. Al contrario, en Caldas se obra con proximidades. Las desemejanzas, por lo tanto, son menos notorias. O quizás lo que acontece es que la ciudad tiene tal número de personas que pasan parte de su vida en lo rural, que no se logra hacer el gran deslinde. Para nosotros, ésta es la verdad que más se avecina a la realidad de nuestro medio.
Ya, por fortuna, han aparecido unos hombres de estudio que han asumido su pacto con la aldea. Por ventura, me ha tocado acompañarlos en estos compromisos culturales. Con ellos me he asociado.


La escuela documental.


Otro factor que ha sido perturbador, es del ascendiente de la 'escuela documental'. Durante mucho tiempo se estimuló la creencia de que si la documentación no se apoyaba en un escrito - con bordes de vejez y amarillento pergamino- no podía invocarse. Para esto, igualmente, jugaba la particularidad de que se hablaba de aquélla como algo inasible, imposible de que tuviera testigos en dos o tres generaciones. Se requería que se marchitase el suceso para poder rescatarlo y ponerlo al servicio de la memoria de los pueblos. Esta pauta también ha salido derrumbada: en la actualidad, la historia la estamos viendo, en la televisión; o escuchándola, en la radio; o compartiéndola, en el cine. Son nuevos enfoques, de singular alcance.
Aquélla ya no es sólo la paleontografía. Es materia viva, que nos circunda. Moniot habla de dos tipos de documentos. Leámoslo:

"Podemos distinguir dos tipos de documentos. Los que emanan de la comunicación de los hombres entre sí: hablan, profieren un discurso -a veces se ha creído que bastaba con leerlos-, pero también son subjetivos, se señalan a la vez por la connivencia y por la alteridad, son ya portadores de un significado, pero definido dentro de su contexto de origen. Están los demás, neutros y taciturnos, huellas o elementos materiales e inmateriales a los que el mismo historiador puede reconocer un valor implícito de signo, de indicio, de prueba, de testimonio... La comunicación de los hombres entre sí puede ser oral, escrita, figurada, gestual, musical y rítmica... y, su conversación, gráfica o memorizada".

El autor no ha abrevado en la totalidad de esas fuentes. Se preocupó por aquello que sometía su existir a la proximidad de su pueblo de origen. Lo hizo con pasión, porque es requisito mantenerla para lo que se investiga. Lo otro es desdeñar, despreciar, sepultar el origen, que es una de las manías aristocráticas de la cultura. Historia no es oficio de archivero. Es armar un país, sin exclusiones. Es algo vital. Está interrogando. Cada suceso, lo somete a diversas preguntas. Su modo, es la esperanza de hallar una nueva respuesta.
Con la escuela documentalista se corre otro riesgo. Que los archivos que existen, generalmente son de las clases dominantes. Algunos documentos -los que en la colonización de Caldas, por ejemplo-- permiten comprender que las tendencias de los campesinos, no concordaban con las de los terratenientes, alcaldes, inspectores, jueces. El gobierno central, a veces, en sus mensajes, permitía entrever que la justicia no llegaría a los menos poderosos, a pesar de que les correspondía. La inercia; la falta de capacidad de los campesinos para que cambiara esta postura; las oscilaciones políticas, facilitaban que prosperara el silencio sobre la verdadera equidad. Se llegaba, en cambio, a la ostentación del triunfo de los omnipotentes.
Al no existir profusión de documentos de las clases populares, el historiador requiere capacidad de penetración. Hallar el hilo conductor de la justicia. No dispersarse por el documento escrito. La sagacidad y profundidad del verdadero historiador debe apoyarse en los "indicios". A la curiosidad analítica, se le han abierto nuevas posibilidades. Para reconstruir la totalidad del pasado nuestro, debemos aprovecharlas.
Jacques Julliard dice que hay una "... historia de menudencias, de pequeñeces, una historia bordada a punto menudo (Annie Kriegel), según la cual toda la elaboración histórica consistía en engarzar en el hilo de un tiempo maravillosamente liso y homogéneo los acontecimientos perlas de todos los calibres: batallas y tratados, nacimientos y muertes, reinos y legislaciones".
Por lo que he examinado, me alegra que Cardona Tobón pueda escribir casi en el frontispicio de su libro:
"En esta historia no hay generales ni estadísticas. Se habla de un pueblo raso con sus líderes simples".
Es cierto; pero hay símbolos: los de la tierra; los de las cercanías políticas; los de los estremecimientos sociales; los que se refieren a la integración municipal; los de las guerras civiles; los del despojo, la marrulla y la picardía para someter un pueblo; los de los adjetivos que iluminaban el alma del sentir comunitario.


Quinchía, pueblo mestizo.


Es bueno que esta palabra -mestizo- se rescate. Implica una postura ante el universo y certifica qué somos en Indoamérica. Nos permite tener una mirada independiente y, como continente, juzgar los acontecimientos que se relacionan con nuestro discurrir. En dos trabajos que reuní y que acabo de Publicar, "Propuestas para examinar la historia con criterios indoamericanos" |119 , he planteado la tesis integral. Por lo tanto, no la debo repetir. Pero si la reitero.
En Quinchía, como se deduce de estas páginas, se encuentra la conjunción de muchos elementos que culminan en el mestizaje. Éste, que es característica indoamericana, allí demuestra las cualidades que lo determinan. Lo religioso, que se mueve entre lo católico y otras sectas y religiones; lo de la tierra, la sal, el carbón -que es parte básica en el discurrir de su habitantes-, pero que la entregan subyugados por mil argucias; las invasiones de otras regiones del país; los conflictos de Antioquia y el Cauca, tan ricos en matices, y tan inexplorados críticamente; los intentos de dominarlos políticamente, utilizando mil sistemas y vivezas de división regional.
En ellos prima la libertad, que es signo básico del mestizaje que se ha consolidado en el continente. Otra característica igualmente válida para esta conformación étnica, social, cultural: el ímpetu hacia la transformación social. Aquélla les permite vivir en concordancia con su concepción general de lo que los rodea, no sólo en lo político. El cambio social, ayuda a integrar el sentido de la libertad. Se entrelazan. Su rebeldía viene desde la Colonia, se vuelve resistencia en la Conquista e identidad con la Independencia. Se manifiesta muy aguda.
Este volumen, por lo tanto, busca entender y reflejar lo que acontece en este estrato social. Muestra sus características. Las variantes que en él se fueron operando. La presiones burocráticas para que no conservara ningún poder. Para que no expandiera sus creencias, que reñían con las que -vehementemente y a la fuerza- pretendían que se consolidara en la comarca.


Las rebeldías en la Colonia y la presencia de los conquistadores.


Hace muchos años, un escritor ilustre y poeta insigne, Rafael Maya, lanzó la idea de que, por nuestra juventud administrativa, Caldas era un pueblo sin historia. Hizo carrera la figura literaria, pues venía asistida de nobles adjetivos. Un aire de grandeza estética, revestía los conceptos. Y como los habitantes de estas serranías, hemos mantenido inclinaciones por los devaneos intelectuales, nos convencieron. Quienes tenían dominio sobre la comarca, reiteraban como mentores a quienes amaban las ideas monárquicas - don Charles Maurras - o a quienes predicaban la derecha nacionalista.
Pues, si escudriñamos, nos hallamos que por el occidente del viejo Gran Caldas, pasaron don Sebastián de Belalcázar y don Jorge Robledo. Muchas páginas de los cronistas, describen nuestra naturaleza; se interesan en contar cómo eran nuestros tipos humanos; se les van las agallas enumerando las riquezas. De suerte que poseemos elementos para denunciar la fisonomía de nuestro contorno. Los testimonios no los hemos querido utilizar como parte del examen de nuestro transcurso, porque no alcanzamos a adquirir conciencia de la calidad de las tribus; de sus filigranas artesanales; de su conducta social; de su manera de comportarse ante los misterios universales. Estas condiciones, las hemos mirado con desprecio. Todo lo consideramos tan remoto, como si no nos perteneciera. En ello, hemos ido perdiendo la trascendencia de la humanidad como pueblo. Están los textos para que los examinen los hombres de reflexión; para que los unan con lo actual; para que nos sirvan de soporte -a cada uno- para entender la importancia y dimensión de lo auténtico.
Nos han alimentado con las tesis que convienen al imperio español. Es el reflejo de las tendencias oficiales. Las que no ponen en disputa el poder. Pues bien: en la época de la Conquista, lo mismo que en la Colonia, "hubo rebeldía explosiva y rebeldía casi disimulada". Para el conquistador, era muy difícil entender los fenómenos y acomodarse, fácilmente, a las protestas primigenias. Romero lo dice con elocuencia: "Pero ninguno (de los Conquistadores) podía olvidar que era tierra extraña; que el campesino era radicalmente ajeno a sus creencias, a sus costumbres y a sus ideas y, sobre todo, que le era hostil porque lo odiaba como conquistador". Estos principios pocos escritores los registran. Al contrario entran en la órbita de la exaltación.
Tenemos que apelar al mismo autor para establecer que en "América, en cambio, los campesinos, esto es, las clases rurales trabajadoras, pertenecían a la casta de los vencidos de guerra, infieles despreciables y siempre sospechosos". Por eso la actitud de los conquistadores. Ellos le dieron carácter de guerra a su acción. Era el que regía sus acciones. "Fue, más bien, y durante mucho tiempo, una ideología de guerra, apropiada para mantener la decisión de proseguir la ocupación de la tierra, el avance de las fronteras, el aniquilamiento de las poblaciones aborígenes irreductibles... Era la ideología rural de los señores una concepción en la que predominaba la voluntad de dominio sin restricción alguna, sin consentimiento, sin piedad. Era una ideología militante, sin espacio para el ocio contemplativo".
Así se explica que no hubiera descanso en la arremetida contra España. Invariablemente, se vivió en combate. Cuando la irrupción de los Comuneros en 1781, se contemplaron serios disturbios por Anserma Viejo. En Supía hubo levantamientos, igual aconteció en Quiebralomo (Riosucio). Para someterlos, se hizo indispensable enviar tropas desde Cartago. Hay datos aún más preocupantes y reveladores: en 1557, en pleno comienzo del dominio español, multitud de indígenas del occidente colombiano -y en eso entra la región de Quinchía, Anserma, Riosucio, etc. - crearon tantas dificultades, que casi no los dominan militarmente. Nunca hubo buen orden ni en la Conquista, ni en la Colonia. Requerimos establecerlo históricamente con mucha precisión.
El gran erudito francés, Alain decía que "hay que ser muy sabio para captar un hecho". Éste, ya está identificado. Ahora se demanda desarrollarlo y nos dará nuevas perspectivas de la vida inicial del continente invadido. Evoquemos otro dato relacionado con Caldas: los Carrapas, por los lados de Filadelfia, y los Quimbayas, se unieron en Acurumbí (Chinchiná actual) para organizar una protesta general.
Lo mismo sucede con las tribus del Chocó. Ellas inician la resistencia contra el invasor europeo. Debemos pensar que no existió la paz eglógica que nos garantizó España. Aquí lo que vivimos fue un turbión colectivo. No hemos clasificado aún los materiales. Ya es hora de lo comunitario. El territorio del departamento de Caldas, entró en esa combustión. Sí tenemos, entonces, pasado. Por cierto, bien estremecido y sacudido de dolores comunitarios. El inglés John Lynch, nos recuerda que España tuvo un momento de gran preocupación, porque países extranjeros estaban influyendo en el comercio de este continente. Ello inducía que, a la larga, actuaran políticamente. Ese no era el problema esencial. El que requería vigilancia, control, desesperada presión, era vencer la actitud de los nativos. Él lo dice sin timideces: "El principal objetivo no era expulsar a los extranjeros sino controlar a los criollos". La obligación, por lo tanto, es reescribir la historia de Indoamérica, desde el punto de nuestra visión, de lo que fue la actitud de los antecesores. De desentrañar cómo la Conquista y la Colonia no sirvieron para vivir en clima de sosiego. La reacción fue explosiva. Desde el comienzo y permanentemente se mantuvo ese ardiente ambiente de aspereza.


La Independencia.


Nunca ha sido tan fuerte y espontánea la concentración con el movimiento de Independencia. Los indígenas de la región, estuvieron, unánimes, en apoyarlo. Se comprometieron. Batallaron y dieron lecciones de decisión. Hay hombres, como los de Francisco Gervasio de Lemos o Pedro José Gracia quienes fueron paradigmas en su actitud y sentido de la libertad. Así reaccionaron tas gentes de Anserma o las de Riosucio -las de Quiebralomo o Bonafont-, igual las de Marmato (la antigua Cartama), o los indígenas que se confundían con los negros en el Valle del Risaralda, o los habitantes de a Montaña, entrelazados con los descendientes de los hijos de la comunidad Carambá, de ancestro caribe. Actuaban con decisión, sin cálculos, sin resistencias. Prototipos en su conducta. Como lo eran las de algunos de los curas que por allí evangelizaban, como Tomás Francisco de Villegas. O el presbítero Gregorio Benítez y Vásquez, a quien hoy hallamos en el mausuleo de los próceres de Popayán, la culta. En cambio, la contraluz de esta actividad, nace de la manera como se portaron los terratenientes de la región. Los que más tarde estimularon el despojo de las tierras, O una colonización maniqueísta, en la cual el rendimiento económico estaba en la especulación que ellos ejercían sobre las tierras o bienes nacionales.
Tienen los nuevos investigadores material para hacer un contrapunto en el sentido de cómo eran las actitudes. Éstas dependían de la mala disposición de los mestizos altos - los que recibían privilegios de la corona- contra la avalancha revolucionaria de esas horas.


Estampa del padre Bonafont.


Por apego al fundador de mi pueblo -Riosucio- me detengo en la figura del padre José Bonifacio Bonafont. Acerca de él, he escrito varias veces. Ahora, siguiendo las lecciones del erudito y combativo historiador, Horacio Rodríguez Plata, trato de precisar algunos detalles de su existir: nació en 1757 en la Villa del Socorro. Viene de buena cepa de patriotas y de estirpes entroncadas con la libertad. En el Libro de propinas de la Universidad "Tomística", aparece que, con Joaquín Andrade, el 12 de octubre de 1790, "exhibieron dos pesos por los grados de Bachillerato en Filosofía". Después, ingresó a la carrera militar, de la cual desaparece con demasiada rapidez. Finalmente, se vincula al clero. Boussingault cuenta que había sido "jugador desenfrenado".
Bonafont y sus hermanos fueron de los primeros en contribuir a la totalidad de las acciones en favor de la libertad. Decididos federalistas, pagaron la persecución que Cundinamarca desató, con aire de venganza centralista. Hasta allá alcanzó la mano represiva. Cuando se realiza la transacción entre las tropas de Cundinamarca, comandadas por don Joaquín Ricaurte y Torrijos, y las del estado de! Socorro, que dirigía don José Lorenzo Plata, fue retirado Bonafont del curato. Extrañado, vino a Anserma Viejo, donde le daban crédito por su federalismo. Y en 1814 lo nombran cura de Anserma. Ya había demostrado, en su Socorro natal, la pasión por las causas de la Independencia. Sus adhesiones a los propósitos de Bolívar y Santander, eran de encendido combatiente. El 30 de agosto de ese 14, es designado cura doctrinero del pueblo "La Montaña" (uno de los gérmenes de Riosucio), situado en la localidad de Santa Inés. Con el padre José Ramón Bueno, alcanza la integración con Quiebralomo. Así nace mi pueblo entrañable. Él repartió, fuera de las consagraciones religiosas, otras habilidades:

"Este privilegiado varón fue quien enseñó a sus parroquianos
a cultivar el trigo y a beneficiarlo, para lo cual introdujo
semillas; a él de debió también el cultivo del cafeto en aquella
región. El agua de la población la llevó él a sus expensas
y lleno de celo religioso no se negó jamás a prestar sus auxilios
a quien quiera que los solicitaba. Nada tenía para sí. Lo poco
que ganaba lo regalaba a los pobres".

En 1825 arriba a Riosucio el sabio Boussingault. Igualmente lo hace otro indigne varón de la inteligencia como Roulin. Ambos, fueron muy amigos del padre Bonafont. En mi libro Cátedra caldense recojo parte de las descripciones del ambiente, de las comidas, de los hechos pintorescos. Evocan a Bonafont como el hombre de buen yantar, de diálogos chispeantes, de buena biblioteca y cultura que se empeñaba en refutar, desde el púlpito de ese pueblo metido entre hondonadas, a Voltaire y Rousseau. Esto lo hacía, como dice en sus Memorias el francés, "en medio de esta población mezclada". Ésta es la mejor síntesis que puede formularse en cuanto a su mestizaje.
En 1845 murió, después de adiestrar a mis paisanos en los sistemas rudimentarios de la minería y en las maneras de extraer las sales de las fuentes. Combinaba su magisterio sacerdotal con el derroche de dones en maestrías de lo cotidiano, que redimiera a sus habitantes de sus limitaciones económicas.


La dictadura de Urdaneta.


Nuestros pueblos tomaron una actitud dinámica de qué era y para qué servía la libertad. Habían sido tan duras confrontaciones en la Conquista, en la Colonia y en la Independencia, que se tenía una manera orgánica de pensar en el destino. Y en el de su nación. La ciencia histórica trata de fijar esas homogeneidades. Éstas son básicas. Lo que ya dejó de existir se relata, pero para tener actitud de cómo nos vamos a portar en el devenir. Es el pensar en actividad. Es el mundo en proyección. En la historia, las similitudes nos dicen, con exactitud, cómo es el ser colombiano. No sólo adquiere carácter individual. Ella nos debe despertar a una militancia social. A mirar, entender, aceptar y proyectar los valores colectivo. Éstos son los que conforman un país.
Nos entusiasma encontrar en estas páginas referencias a un período tan desconocido y abandonado en los estudios colombianos como la dictadura de Rafael Urdaneta. Igualmente, se ha vuelto costumbre intelectual pasar muy por encima para ocultar cómo fue la de Bolívar.
Vale la pena que nos detengamos en este período singular. Urdaneta fue hombre de confianza del Libertador. En la dictadura que éste dirigió, fue su secretario de guerra. Desde el año de 1829, estaba proponiendo, con otros ministros, la monarquía, después del fracaso de la Convención de Ocaña. Don Simón Bolívar abroga la constitución de 1821.
En 1830, Bolívar convoca una reunión que él calificó de Congreso Admirable. En el mensaje reconoce que su decreto de agosto de 1828 "encendió la guerra civil". En aquel año, se produjeron novedades: se había consolidado el anhelo separatista de Venezuela de La Gran Colombia, y lo mismo ocurría con el Ecuador, gobernado por el general venezolano Juan José Flores. Además, el 28 de mayo de 1830, el congreso de Valencia aprobó "que Venezuela no entraría en relaciones de ninguna especie con Bogotá, mientras existiera en su territorio el general Bolívar".
Aquí la situación la describe muy bien Roberto Botero Saldarriaga al comentar la organización de la dictadura:

"Bajo la forma de gobierno que regía el país, casi todas las provincias estaban administradas por jefes militares de elevada graduación, la mayor parte de ellos de origen no neogranadinos y algunos bien temibles por sus procedimientos soldadescos. En territorio de la Nueva Granada, el general Mariano Montilla era prefecto general del Magdalena; del Norte y Oriente, comandante general, el general Justo Briceño; de Cundinamarca, comandante general, el general Rafael Urdaneta; de Occidente, Comandante General, el coronel piamontés Carlos Castelli; y del Cauca, prefecto, el doctor José Antonio Arroyo, y comandante militar, el general José María Obando, éstos dos últimos de origen neogranadino".

En el país había demasiada inquietud por la persistencia de la censura de prensa y del absolutismo. Don Joaquín Mosquera, desde Popayán, en El Meteoro, hace permanentes críticas sobre el daño a la opinión al evitar que ésta pudiera expresarse. Que esta represión se hacía aún más explosiva por las medidas dramáticamente crueles, que tomaban los soldados de diversas nacionalidades latinoamericanas y extranjeras que aquí ejercían el imperio que les había otorgado don Simón Bolívar. El general Caicedo, vicepresidente, cuando ocupa transitoriamente el poder, deroga lo de la prensa. Hay un alivio de la colectividad.
Mientras tanto, se acelera la rebelión en Venezuela contra la Gran Colombia. Básicamente contra la Nueva Granada, que manifiesta, en el congreso, y a la opinión en diversas formas, que no desea enfrentamientos con el país vecino, ni preservar una política que ellos quieren desconocer. El parlamento considera que debe insistirse en la unidad. Manda una comisión pata dialogar. El fracaso fue total. Tuvo igualmente rechazo la formula del mariscal de Ayacucho - a pesar de que él era quien contaba con la opinión a su favor para ser elegido- cuando propuso que "para asegurar, para conservar la libertad de los pueblos oprimidos por regímenes militares, se acordase que en los cuatro años siguientes no pudieran ser presidentes ni vicepresidentes de Colombia, ni de los tres Estados, en caso de aceptarse la Federación, ninguno de los generales en jefe ni de de los otros generales que habían obtenido los altos empleos de la República desde 1820 a 1830". Este Gran mariscal era la mayor impugnación a cualquier intento de futura forma de dictadura.
En varias reuniones y actos, le hicieron comprender al Libertador que no podía gobernar. Él buscó el consentimiento de los congresistas, en dos ocasiones. No logró comprometerlos, principiando por la hostilidad de su país de origen. En esa situación, eligen a Joaquín Mosquera, presidente, y al general Domingo Caicedo, vicepresidente.
Tropas al mando de venezolanos, principian a armar mil dificultades. Hay amagos de rebelión por algunos militares extranjeros. La sagacidad de Urdaneta urde tramas, amasijos, nuevas conjuras. Florencio Jiménez, quien era de la cuerda "militarista", se insubordina con el batallón Callao. El presidente Mosquera, en una ingenuidad realmente impresionante, comisiona al general Rafael Urdaneta para parlamentar con los conjurados, sus compinches. Proponen condiciones, solicitan cambios; marcan nuevas políticas. Más tarde, envía a Castillo y Rada y al general venezolano Baralt. Éstos firman un documento infame, que condena la política democrática del gobierno y lo compromete a soluciones realmente incómodas. Mientras tanto, Urdaneta va produciendo mensajes en los cuales acusa a la totalidad de los granadinos de "traidores", porque no aplauden las dictaduras. Nadie se salva. Es condenación total e irremediable. Ninguna condescendencia hace para ninguno de sus amigos. Los sentencia, agresivo y autónomo, a una pobreza moral que Urdaneta no les levanta.
Mosquera comete otro error mayor. Cambia el gabinete. Nombra a Urdaneta ministro de guerra. Los otros dimitieron. Quedan totalmente las posiciones en manos de éste. A la vez, él le escribe a Mariano Montilla y le repite que "Castillo así como Restrepo y la turba de abogados siempre enemigos nuestros, nos hacen una guerra de tertulias o conversaciones, extraviando la opinión porque no procedemos escolásticamente, ni conforme a las teorías;...". Y agrega: "No escribiré a usted más largo porque además de estar encargado del ejecutivo, soy también ministro de Guerra y de Hacienda, cuyos destinos obtienen dos viejos ineptos".
Después de la firma de Castillo y Baralt, intimidan a los gobernantes Mosquera y Caicedo. Éstos abandonan a Bogotá. Bolívar acolita a Urdaneta. En carta al general Justo Briceño, desde San Pedro Alejandrino, el 11 de diciembre de 1830 le dice:
"Mi querido General: en los últimos momentos de mi vida le escribo ésta para rogarle, como la última prueba que le resta por darme de su afecto y consideración, que se reconcilie de buena fe con el General Urdaneta y que se reúna en torno del actual Gobierno para sostenerlo.
Mi corazón me asegura, mi querido general, que usted no me negará este último homenaje a la amistad y el deber."
Urdaneta se reviste de facultades extraordinarias, invocando la ley del 22 de julio de 1824. Ésta había sido derogada por la carta constitucional de 1830. Claro: ¡no se buscaba ejercer el poder con leyes! Se trataba de mandar.
En Popayán se organizaban contra Urdaneta. El pueblo les exige a José Hilario López y José María Obando, que dirijan la acción para restaurar las instituciones democráticas. Caicedo reasume el poder el 17 de abril de 1831. López, como jefe del ejército legitimista, proclama en Neiva: "Mi deber es, por tanto, restablecer las autoridades legítimas, ayudaros a sacudir el yugo, y en seguida restituirme al punto de donde he partido, con la gloria de haber contribuido a conquistar nuestra existencia política sobre tales bases".

|119 Separata de la Revista Hojas Universitarias, de la Universidad Central, Bogotá, 1987.

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