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CARTAGO: SU PANORÁMICA EN LA HISTORIA COLOMBIANA Y SU
IMPORTANCIA COMO CENTRO DE LA COMARCA
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Con generosidad espiritual, el "Centro de Historia Luis
Alfonso Delgado de Cartago", me entrega un título que
compromete mi vida de apasionado por la historia de mi patria. Lo
recibo en un año en el cual se cruzan hechos esenciales en la
evocación del pasado. El encuentro de dos mundos, nos permite
reflexionar sobre nuestro continente; contar cuáles son sus aportes
a Europa en la ciencia, la economía, las reglas políticas, la
percepción cultural del universo, la concepción de la república y
la democracia, y múltiples aspectos más de la vida de relación de
los hombres y de los pueblos. Él nos ha dado margen para aceptar el
mestizaje como fuerza impulsadora, que nos entrega identidad. El
haber tenido Colón el "encontronazo" con este
continente -que no buscaba y, además, no tuvo conciencia de haber
llegado a él- universalizó muchas tesis y le dio contenido a
diversas teorías. Esa es una importancia y trascendencia. No
debemos desviarnos acomodando otras interpretaciones en el interés
de que perduren en el recuerdo las hazañas imperialistas de
España.
Otro acontecimiento que celebramos los colombianos con poco
lucimiento fue el de los doscientos años del nacimiento de
Francisco de Paula Santander. La falta de autenticidad nos ha
llevado a exaltar otros personajes extranjeros, en lugar de
destacar las calidades de quien le dio sello de permanencia al
heroísmo; diseñó las pedagogías de lo que es la vida
administrativa; impulsó la permanente ingerencia del pueblo en las
decisiones del desenvolvimiento democrático de la nación. Santander
fue ejemplarmente valeroso y rigurosamente castrense en las
batallas contra los españoles; ideó el retiro a los llanos; afianzó
la libertad de nuestro país; les dio el sitio que les correspondía
a unos militares que deseaban, en el poder político, prolongar su
vocación de mando arbitrario; dejó luces para la conducción de la
política internacional. Sin Santander, Bolívar no hubiera
prolongado su gloria en los países del sur. Su labor paciente,
minuciosa, vigilante, extremadamente celosa de que fallara un solo
detalle en la movilización de tropas, y en su financiamiento, le
dio al caraqueño la oportunidad de continuar, con la colaboración
de la Nueva Granada, nuevas batallas por la libertad. Santander
dejó principios de cómo concebía la democracia contra la dictadura.
Su enfrentamiento con Bolívar fue doctrinario en cuanto a la
política y a la manera de conducir el estado. Su postura
ideológica, resplandece, en el continente, cada vez que hay un
desvío en la lucha por la finalidad social de los pueblos.
Santander predicó el deber de vigilancia de cada acto
administrativo. Él consagró, en leyes, artículos contra peculado o
el abuso del poder, que debían de revivirse en esta hora de
desolación moral de la república. Su nombre ampara la devoción
colombianista. Esta fue la que amó; la que construyó, la que
orientó con sus republicanos. Nos inculcó el respeto por la ley y
por su majestad. Cuando no la aplicamos, estamos sacrificando la
conducta de la colectividad, porque le rompemos el comportamiento y
torcemos su peregrinaje moral. La "ajuridicidad",
que hemos oído pregonar en meses de perplejidad para los
colombianos, nos advierte que estamos errando el futuro. Volver a
sus lecciones, es regresar al sendero de la patria.
En torno de una memoria cordial.
Un hombre cordial a nuestra vida, el de Luis Alfonso Delgado, nos
da amparo para esta charla que se desarrolla entre las dos fechas
clásicas que hemos mencionado. Nos conforta saber que su apelativo
cubrirá las actividades de nuestro centro de estudios. Lo conocimos
en época de serena vocación por regresar el país a su orden
constitucional, - abolido por las dictaduras de estado de sitio,
que culminaron en la de Rojas Pinilla- y retomar el orden de paz,
quebrantado, bruscamente, por la violencia. Ésta hizo daño al país,
y sus maleficios se prolongan, con otras características, hasta
nuestros días de desesperación colectiva ante su imperio
agresivo.
Delgado tenía muchos atributos. Al darle su nombre al lugar donde
se vigilará la historia de la ciudad y de Colombia, se le ha
rendido justo homenaje. Fue hombre de inclinación intelectual, que
no abandonó y que, al contrario, desde su juventud, fue
acrecentando. Su erudición nadie la desconocía y él se solazaba
entre clásicos y modernos. No clausuró su capacidad de asombro.
Aquélla aparecía con naturalidad y sus timbres los adelgazaba para
que tuvieran un acento discreto. Cada vez que escribía, se notaba
que examinaba el tema, lo consultaba, para enumerar lo esencial.
Señalaba unos valores y los iba uniendo, en franca comparación, con
los que ostentaba el personaje. Lucía, entonces, e juzgador. Porque
es que la esencia del crítico, y de ella tuvo riqueza que lo
distinguió entre sus pares. Delgado destacaba los buenos ideales
que le daban categoría al colombiano y sus referencias
espirituales, para avaluarlos y prolongarlos, con tantas que vienen
de otros medios lejanos o de las clásicas reminiscencias griegas o
latinas. Estudioso del lenguaje, en la exactitud del manejo de la
palabra, se detenía, ante ésta, con rigor y con uncioso respeto. Si
tuviéramos dudas sobre sus conocimientos y maestría, bastaría
repasar su página acerca de Marco Fidel Suárez, leída en los
claustros universitarios a solicitud de un rector humanista como
Mario Carvajal. Allí se hacen evidentes el conocimiento y el juicio
crítico.
Combatió en la prensa; reflexionó en la revista; vigiló su comarca,
su ciudad y la patria, en diversas páginas que nos dejan la
sensación de que cada adjetivo lo buscó con ternura mental, con
regodeo en la calificación, con devota inclinación por la verdad.
La misma devoción llevó a su poesía. En lo intelectual, se mantuvo
sometido a su biblioteca, que hemos contemplado en fotografías que
revelan su riqueza. Su dedicación de hombre de estudio, no le
permitió envanecerse. Por eso declaraba, en palabras que recogemos
corno mandato para cada uno de quienes formamos este centro y para
aquellos que aquí lleguen a compartir sueños y fatigas:
"Soy un maestro a mi manera, nunca enredado en marañas
didácticas, pero encendido, eso sí, en el deseo de que otros
aprendan siquiera lo poco bueno que yo pude
aprender".
Nuestra obligación es, entonces, seguir escuchándolo.
Importancia de lo regional.
Me siento entusiasmado al comprobar que varias ciudades del Valle
tienen sus academias y centros de historia. En ellas se está
haciendo el examen del pretérito no sólo en relación con lo
nacional, sino deteniéndose en aquello que roza su vida comarcana.
Es una buena experiencia, útil y necesaria. De la macrohistoria, se
ha ido avanzando hacia la microhistoria, a través de una larga
exposición de sus tesis, principios y aportes. Sin que exista una
visión inmediata de lo que nos rodea, es imposible hacer una
proyección del pretérito. La nacional nos roza y nos compromete
menos, si no la sentimos como parte de lo nuestro, de lo local, de
lo que nos da identidad con sucesos, personajes, leyendas y
aventuras locales. Lo que distinguía a la general, que se refería
sólo a nombres majestuosos, o a sucesos de proyección universal, se
ha ido modificando en cuanto varios factores han venido a
orientarla: lo primero, la aceptación de las masas como parte
guiadora, directora y creadora del acto histórico; lo segundo, que
no hay una cultura de élite exclusivamente y que lo popular, lo que
nace del pueblo, es integrante de aquélla y se proyecta congregando
a las gentes en un afán común; tercero, que después de la segunda
guerra mundial, la local ha tomado un impulso, que le dará vigencia
permanente. Ella no se ha concebido para disminuir la nacional,
sino para integrarla, para darle perfiles más amplios, para
extenderla. Que cada grupo la sienta como parte de su vida, porque
al escribir la de la región, la de la comarca, la del pueblo, la de
la aldea, aparecen sus epígonos. Resplandecen sus hazañas. Surgen,
en alegría colectiva, los actos que el común realizó para consagrar
sus protestas, sus alegrías, sus vocaciones sonámbulas de grandeza.
La local reconstruye cada aventura, por efímera que sea, y avanza
engrandeciéndola, dándole dimensión, relacionándola, con lo más
profundo de la tradición de la nacionalidad. Ella está concebida
para que el mundo nos susurre, en medio del alboroto general, cómo
ha sido nuestro aporte a la formación de lo más hondo de la vida
colombiana.
La fundación.
Es muy clara la fundación de la ciudad, el 9 de agosto de 1540, y
su traslado el 21 de abril de 1691
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. Sabemos los nombres de los
conquistadores, de los almirantes, de los adelantados, de las
luchas de quienes se disputaban la supremacía. Enorgullece la
memoria el saber que Felipe II le dio escudo de armas. Nos apasiona
conocer lo heroico de la resistencia de Pijaos y Quimbayas, sin que
nuestros cronistas se hayan preocupado de ahondar en las raíces
etnológicas, en las virtudes artísticas, en sus creaciones
espirituales que dan respuesta a quienes los despreciaron y
denigraron, como los españoles.
Quizás este encuentro de dos mundos, este entrechocar de dos
culturas, nos permita hacer nuevos análisis sobre el pasado
ancestral. Vigilar que lo que dijeron los cronistas de Indias,
tenía una fuente: era la versión oficial de la acción de un
imperialismo como el español. No quedaron escritos de los vencidos.
Tenemos que volver la mirada sobre esa etapa, con diferente ansia
escrutadora. Mi propuesta es que sin odio por España, pero sin
sometimiento espiritual, y sin exaltación reivindicatoria de lo
raigal nuestro, hagamos un nuevo escrutinio sobre la verdad de lo
que nos conturbó y nos amalgamó. Somos un mestizaje en donde no
puede existir exclusión de vidas que se anudaron para darnos una
autenticidad. La que hoy repartimos como mandato de la sangre y de
la inteligencia. Es parte de la nueva orientación que debe tomar la
historia indoamericana.
Quienes escribieron sobre la cuidad
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dejaron testificaciones que nos deben
comprometer a vigilar su grandeza. El oidor Manuel Antonio del
Campo y Rivas dice que "la ubicación es la más útil,
variada y agradable... La planta de la ciudad está bien nivelada,
en terreno llano y elevado... El clima es sano y benigno, aunque
declina más a cálido". Si se desean más noticias, hay que
repasar su volumen aparecido en Guadalajara, México, en 1803. Pero,
antes, Pedro Cieza de León
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había escrito: "...La Sierra
Nevada, que es la cordillera grande de los Andes, está a siete
leguas de los pueblos de esta provincia. En lo alto de ella está un
volcán (el Ruiz) que cuando hace claro echa de sí grande cantidad
de humo; y nacen de esta sierra muchos ríos, que riegan toda la
tierra... La ciudad de Cartago está asentada en una loma llana,
entre dos arroyos pequeños, siete leguas del río grande de Santa
Marta, cerca de otro pequeño...".
Y don Juan López de Velasco, en 1574
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, dice:
"... y así para hacer las sementeras de españoles y de
los
indios, es necesario hacer rozas a mano donde las puedan
hacer; hay poco maíz, ningún trigo ni cebada, ni otras
semillas
de España, ni algodón, auque el temple es bueno, ni frío ni
caliente..."
Fray Gerónimo de Escobar nos cuenta en 1583
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que "es de malos caminos
porque lo más del año llueve y caen algunos rayos, y es de tal
calidad de tierra, que entre más llueve más sanidad
hay...".
Estas atestaciones, desde luego, se refieren a la primitiva
población. Más tarde se van escuchando otras voces, en años
posteriores. Jorge Brisson, en su escrito "A pie de Cali a
Medellín, en 1890"
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, afirma: "...Cartago, pueblo
muy extenso, que contiene unos 10.000 habitantes en su área. Las
casas blancas, casi todas compuestas únicamente de un piso bajo....
Cartago goza de un cierto bienestar, siendo punto de concentración
de toda una región muy fértil en cacao...".
Más tarde, el doctor Safray
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cuenta que "para llegar a
Cartago es preciso atravesar un torrente, cuyas orillas ofrecen un
paso difícil, siendo el vado con frecuencia peligroso... Cartago es
una bonita ciudad, que recuerda la de Antioquia por sus jardines y
sus calles, pero en rigor no posee más monumentos e que una mediana
iglesia... En las calles, limpias y bien alineadas, ofrecen las
casas un aspecto más decente y cómodo... son solitarias... Los
alrededores de Cartago son magníficos: más allá de un semi-recinto
de colinas limitado hacia el su; por los jardines de los arrabales,
se extiende una campiña cortada por pequeños estanques y
cristalinas corrientes, y cubierta de preciosas quintas y rústicas
viviendas...".
El traslado.
Siempre existirán opiniones divergentes en cuanto a las razones
para el traslado, de las orillas del río Otún, a las de La Vieja.
Algunos autores se han empeñado en sostener que se trataba de
evitar que fuera atacada la población por los Pijaos y los
Putimaes. El doctor Emigdio Palau así lo predicó. Extraña
consideración; como si la capacidad de lucha de aquellos se
detuviera por el cambio de ubicación. El escritor y educador
Vicente Benítez señala que el traslado se operó por
"necesidades económicas".
En el libro del historiador Francisco Zuluaga R., texto de 1990,
que hemos consultado en una fotocopia
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, con prólogo de Luis Eduardo Rayo M.,
aparece un documento que para nosotros es esclarecedor. En 1562, el
cabildo de Cartago le puntualiza la situación de la aldea a Andrés
Valdivia, que explica que existían profundas dificultades que
conducían a la pobreza de sus habitantes: "Item informara
a su Magestad de la agrura y aspereza de esta tierra y del sitio y
asiento de esta ciudad y de cómo es tierra trabajosa y muy ciega de
cañaverales y montes de continuas lluvias, a cuya causa es delgada
y estéril, así de labranza como de crianza, de lo cual redunda
mucho trabajo y necesidad en los vecinos y moradores de ella y
valen las cosas siempre a caros y excesivos precios, por cuya
ocasión los vecinos están pobres y muy adeudados y tienen mucha
necesidad que su Magestad los favorezca con
mercedes".
Estas razones económicas, veremos cómo se amplían en cuanto hagamos
referencia, a otras circunstancias de la conformación de la
estructura de la ciudad.
Su importancia.
Desde el orto de su vida civil, tuvo importancia. Nadie se la ha
discutido. J. 8. Boussingault
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, que tuvo tanta gracia para describir
y para darles matiz a sus observaciones, puntualizaba, 1824-1830,
cuál era el alcance esencial de las comarcas. El manifiesta que
"Cartago es una de esas poblaciones de las regiones
calientes, bien construidas en sus calles centrales que se dividen
en manzanas y bordeadas de casas cubiertas de paja. Una plaza
espaciosa, una iglesia y altas palmeras que dominan las
construcciones. No hay movimiento por su escasa población poco
activa y que vive de poca cosa, pero es uno de los centros
comerciales del Cauca... Las mujeres graciosas, más que bonitas,
agradables con sus cabellos entremezclados de
flores".
Para que ahondemos más en la importancia de la ciudad, es bueno
detenernos en el texto del historiador Zuluaga ya citado. Él hace
una división de la ciudad dándole la calificación de fronteriza por
haber tenido categoría militar en la conquista de la tierra del
Valle; mientras sus colinas, las dominaban los indígenas. También
es "centro fronterizo de la explotación
aurífera". Hay que tener presente que, en la Colonia, el
oro marca su transcurso. Desde 1541 pide que se cree una
"casa de fundición". Se hace alarde de que allí
se tomaron el oro de los Quimbayas. ¿De dónde venía éste? ¿Quién
los proveía tan abundantemente? ¿Esa fundidora, no daría cuenta de
la destrucción de muchas de las figuras del arte de esta tribu con
tantos atributos artísticos? e Son preguntas que inquietan y azoran
el ánimo del investigador. La misma función cumplía en lo comercial
por la utilización del río Cauca y es el límite para lo fiscal y el
cobro de los diezmos; es el lugar donde hay otra frontera en lo
agropecuario, que fue el medio de abastecer las minas del Chocó,
Arma y Antioquia hasta momentos finales del siglo XIX y, a través
del pago a la Iglesia, se establecen las oscilaciones de la guerra:
las luchas contra los pijaos; la escasez que se presentaba de ropa,
sal y carne, que denunciaba lo que acontecía en la comarca. Cómo en
1553 se presentó una larga discusión entre Buga y Cartago por
razones fiscales. Estas condiciones lo que revelan es la magnitud
de su dimensión en su propia área. Su influjo se extendía
poderosamente.
Igualmente se distinguió como frontera política, porque allí
llegaba la gobernación de Popayán para fortalecer la conquista de
Antioquia, en el imperio. Porque fue centro de la disputa de los
conquistadores.
Tuvo, desde el comienzo de su vida civil, presencia religiosa.
Enrique Otero D' Costa
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, en la producción donde se dan
detalles de su fundación, puntualiza: "E puso por nombre a
la ciudad la ciudad de Cartago, e a la iglesia mayor San Jorge, e
hizo la traza de la ciudad, e la repartió los solares a todos los
vecinos e conquistadores". En la colonia, también se
edificaron San Francisco y la capilla de Santa Ana. Don Mariano
Ormanza y Matute inicia la construcción de Nuestra Señora de
Guadalupe
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, que
aparece muy cerca de la Independencia, lo mismo que la capilla de
los Dolores, en el barrio de San Jerónimo. El Templo en honor de
Nuestra Señora del Perpetuo Socorro, alcanza valía, lo mismo que el
de Nuestra Señora del Carmen. Esa atmósfera religiosa le ha
permitido tener en la lista de sus guiones espirituales dos
centenares de sacerdotes. Enalteciendo el nombre de la ciudad
rememoremos al arzobispo Manuel Antonio Arboleda, en Popayán, y en
Pasto al obispo Adolfo Perea, mientras Mariano de Mendoza Bueno y
Fontal se consagraba como uno de los grandes oradores sagrados del
país. Así se iba integrando la ciudad. Mientras se inclinaba en
reverencias y en devoción ante la escultura al Señor de las
Misericordias, frente a los lienzos de las Vírgenes de La Pobreza y
de la Paz, que ha sido patrona de la ciudad.
Mientras tanto, el doctor Safray
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, nos hace una descripción llena de
vivacidad de cómo se desarrollaba la actividad comercial en la
ciudad que divide en dos sectores que se diferenciaban y se
complementaban. Además, le sirve esa perspicaz mirada para situar
la condición social de las gentes, sus costumbres dobladas de
picardía, su ambiente peculiar con recursos de la imaginación
vital:
"El comercio principal se hace con mercancías europeas,
procedentes de Cali o del Estado de Antioquia; el cacao, el tabaco
y otros productos del país, constituyen también importantes
artículos para el tráfico. En algunas tiendas en que se despacha al
por menor se ven al frente verdaderas señoras. Un saloncito
comunica con el despacho primeramente dicho, y como los
parroquianos escasean, en aquella habitación es donde la dueña pasa
la mayor parte del día recibiendo sus visitas, tocando la guitarra
y fumando los adoríferos cigarros de Palmira.
"Sobre esta especie de aristocracia comerciante predomina
otra clase más numerosa llamada allí de las pulperas: vendedoras al
por menor, cuyos establecimientos comunican a Cartago un aspecto
particular.
"La pulpera es de ordinario bastante joven, y algunas
veces casada, o acaso viuda; es más que una modista y menor que una
señora; no se atrevería a usar zapatos o botinas, y parécele que
sería la alpargata lo más adecuado a su rango. Algo coqueta; de
ordinario bonita, curiosa por la ociosidad, y maldiciente por
costumbre, convierte su tienda en un centro de chismografía. Por lo
demás, su comercio es lucrativo; encuéntranse, en le
establecimiento de la pulpera, candelas y confituras, artículos de
mercería, tabaco, maíz, sal, chocolate, ron, chicha, anisela,
queso, canela, espejos, quincallería y betún. Los que no necesitan
nada de esto y sólo quieren pasar el tiempo, piden cigarrillos de
pale, y a fuerza de comprarlos se adquiere derecho para exigir una
silla y formar parte de la tertulia de la pulpera."
Los caminos.
Los caminos son parte cardinal en la integración de una ciudad que
preside una comarca. Ellos le dan las perspectivas. Le abren los
diferentes senderos. Le comunican con los más extraños puntos. Le
facilitan el comercio, y las posibilidades del entendimiento con
otras comunidades; le anuncian por dónde se desplaza la cultura.
Ellos son los que inducen, abren, guían, señalan. Los que aceleran
el contacto entre grupos humanos. Consienten soñar en la aventura,
la evasión, la conquista de otros mundos. Establecen, con rigor,
las prelaciones en la vida industrial, en la agropecuaria, en la
minera, en la social. En Cartago, todas éstas tuvieron singular
alcance. Categoría desde el inicio. Magnitud desde que comenzó a
levantarse el nuevo sitio de la ciudad.
El oidor Manuel Antonio del Campo y Rivas dice que Cartago es el
"centro del Reyno de Santa Fe y de todo el Perú".
Por las vías que la cruzaban se hacía el comercio que unía a
Cartagena con Lima. Era lo que se llamaba la vía de los
comerciantes o la "Carrera de Indias", que
comunicaba a Cartagena, Lima, el virreinato de Santa Fe, la
gobernación de Popayán y la presidencia de Guito. La necesidad de
las comunicaciones, iba impulsando la construcción de los caminos.
La riqueza agropecuaria de Cartago, ayudaba a abastecer a Popayán.
Ya vimos cómo igualmente repartía con abundancia sus productos para
las regiones mineras. Me asalta una pregunta: ¿la existencia de
esta ruta no determinaría, en parte muy apreciable, el traslado de
la ciudad, de la orilla del Otún, al lugar que hoy ocupa? Si ello
es así, como es de presumir, habría otro elemento para juzgar que
lo económico, determinó su destino final. Otra observación es que
el cambio de sitio obedeció al afán de tener una ruta más expedita
para el comercio negrero. Isaac F. Holton, profesor de química y de
historia natural en Middlebury College, en Estados Unidos
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, afirma que "no
puedo decir qué hacen las gentes de Cartago. Es un lugar muy
tranquilo, no obstante su posición geográfica. La ciudad está
situada en el punto de convergencia de cuatro rutas
comerciales..."
Don Miguel Jerónimo de Granados, citado por Zuluaga, nos señala la
ubicación de Cartago: "Dista de Popayán 50 leguas por
camino llano, aunque con multitud de ríos. Del Real de Nóvita,
capital del Chocó, 5 días de montaña despoblada, y de Ibagué,
ciudad de la Provincia de Mariquita, 5 o 6 días por otra igual
montaña, aunque amena por hallarse abierta por superior orden de
don Miguel Antonio Flórez, actual virrey de este reino".
Estos datos nos van despertando el interés por las distintas rutas
y regiones que mantienen activa relación con Cartago. Son
referencias de la mayor enjundia, porque nos ubican en la realidad
que rodeaba la ciudad y cuáles eran sus ejes de interés económico y
humano. Sin desdeñar que era centro también de una relación muy
activa con Arma y Santa Fe de Antioquia. Con el Chocó, su entrelace
político, económico, social, es de gran trascendencia en la
historia inicial.
Felipe Pérez
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,
dice que "la actual Cartago está situada en una bella
planicie, a donde fue trasladada a fines del año 1540,
descubriéndose desde ella el nevado del Quindío o de San Juan, que
le queda casi al E. Es por esta cordillera que pasa el camino para
Ibagué, situado al lado opuesto de los Andes en el Valle del
Magdalena. Este camino y el de Guanacas son los mejores que hay
para pasar de un valle a otro, aunque en la estación de las lluvias
ambos son pésimos.
"En la subida del Páramo del Quindío se ven en toda su
belleza las cumbres nevadas, las peñas y los arenales que tiene a
su pie este monte".
El mismo autor nos describe la riqueza de Las vías navegables y
menciona a los ríos que rodean, protegen y ayudan a las
comunicaciones de Cartago: "...del Páramo de Cumbarco
salen los ríos de Bugalagrande y La Paila, originándose el río
Barragán, el cual junto a Cartago se llama La Vieja, después de
haber recibido el Quindío, al cual afluyen el Cumbarco, el Novarco
y el Boquía, que baja de los Nevados de Santa Isabel; y luego el
Consota de una de las ramificaciones de éstos".
Hay un camino de la más atrayente historia y categoría en los
anales de Cartago, como es el del Quindío. Desde 1549 se principió
a predicar que éste era indispensable para evitar el paso del
páramo de Guanacas. Miguel Díaz de Armendáriz hablaba de cómo
eliminar la incomunicación. En el libro de José Ignacio Vernaza
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, hay constancias
muy válidas acerca de esta importantísima iniciativa:
"Sobre la apertura del camino a través de la abrupta
montaña del Quindío, libró Cartago, desde la época colonial, una
tenacísima campaña, a fin de ponerse en comunicación con la capital
y que tal vía sirviera a todo el Valle del Cauca. Hemos leído el
expediente encontrado en los archivos de Popayán por don Manuel
María Buenaventura y en el que consta que fue el doctor Ignacio
Durán y Oviedo quien acometió tan difícil tarea, secundado por el
ayuntamiento de Cartago. En el expediente se encuentra la petición
hecha al virrey Amar y Borbón en el año de 1807, la substanciación
que el virrey hizo en favor de La petición con la firma del general
Domingo Caicedo como secretario, y una larguísima nota en que se
habla de las minas, maderas, terrenos y demás riquezas que
beneficiará el camino, y la distribución que debe hacerse de las
tierras a los primeros pobladores. Se narran allí también las
curiosas incidencias con el señor Sebastián de Marisansena, juez
poblador de la región de la Balsa, hoy Alcalá, y la petición hecha
por el ayuntamiento de Cartago el 22 de noviembre de 1811 en favor
del Dr. Durán y Oviedo, con la nota del ayuntamiento, dirigida al
virrey, y que firman sus miembros, Alonso Gómez de Hoyos, Agustín
Mateo Polanco, Juan Iph Ruiz Salamando, José Joaquín Fernández de
Soto, Luis Joaquín Jordán, Fortunato de Gamba, Francisco Javier
Garzón, Melgarejo, y que dice así:
Excmo. Señor: Este ayuntamiento ocurre a la superioridad de V. E.
con el adjunto plan sobre la apertura del camino de la montaña del
Quindío, para que V. E. en su vista se digne aprobarlo, si a bien
lo tubiere o dictare la providencia que fuere más oportuna,
sirviéndose mandar se devuelvan a este cuerpo los documentos
originales que por la premura del tiempo no se han podido copiar.
Dios guarde a V. E. más años. Sala capitular de Cartago y noviembre
22 de 1811. Excelentísimo Señor.
Alejandro de Humboldt
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, relata cómo es el camino del
Quindío, que él recorrió en 1801: "Considérase la montaña
de Quindío (lat. 4° 36', long. 75º 12') como el paso más penoso de
la Cordillera de los Andes; porque es bosque espeso, completamente
deshabitado, que en la mejor estación cuesta diez o doce días de
travesía. Allí no hay cabaña alguna, ni medios de subsistencia. Los
viajeros, en todas las épocas del año, hacen sus provisiones para
un mes, porque a menudo sucede que, por el deshielo de las nieves y
súbita crecida de los torrentes, se encuentran aislados y sin poder
dirigirse a Ibagué ni a Cartago. El Garito del Páramo, que es el
punto culminante mide 3.500 metros sobre las aguas del océano, y
como el pie de la montaña, hacia las orillas del Cauca, solo cuenta
960, disfrútase en este sitio de un clima dulce y templado. El
sendero por que se pasa la Cordillera es tan estrecho que apenas
tiene 4 ó 5 decímetros, y se parece a una galería al descubierto.
Como casi toda la Cordillera, esta parte de los Andes es de
superficie arcillosa, habiendo formado barrancos de 6 a 7 metros de
profundidad los hilos de agua que bajan de la montaña. Por estas
grietas llenas de lodo se anda, no obstante las oscuridades que
produce la espesa vegetación que cubre las aberturas. Los bueyes,
bestias de carga que se usan en estas comarcas, difícilmente pasan
por dichas galerías que tienen hasta 2.000 metros de largo, y si se
tropieza con ellos por desgracia en el centro de los barrancos hay
que desandar el camino recorrido o subirse a los bordes de la
grieta sujetándose a las raíces que del suelo penetran hasta
allí".
En carta a W. Von Humbotdt cuenta más detalles del viaje y su
arribo a Cartago:
"Lima, noviembre 25 de 1802.
Por mis cartas precedentes debes saber, mi querido hermano, mi
llegada a Quito. Llegamos aquí, atravesando las nieves del Quindío
y del Tolima, porque como la cordillera de los Andes forma tres
ramas separadas, y nos hallábamos en Santa Fe sobre la más
oriental, tuvimos que pasar la más alta para acercarnos a las
costas del mar del sur. Solamente los bueyes pueden utilizarse para
cargar, en este paso, el equipaje.
Los viajeros se hacen cargar ordinariamente por hombres que se
llaman cargueros. Tienen una silla amarrada a la espalda, sobre la
cual el viajero se sienta, andan tres o cuatro horas por día y solo
ganan 14 piastras en 5 o 6 semanas. Nosotros preferimos caminar a
pie y, habiendo tenido muy buen tiempo, sólo pasamos 17 días en
estas soledades, donde no se halla traza alguna de haber sido
habitadas; se duerme en cabañas con hojas de Heliconia, que hay que
cargar especialmente para ello. Al pie occidental de los Andes hay
pantanos en que uno se hunde hasta la rodilla. El tiempo había
cambiado, llovía a torrentes en los últimos días, las botas se
pudrían en las piernas, y llegamos descalzos y cubiertos de heridas
a Cartago, pero enriquecidos con una bella colección de plantas
nuevas, de las cuales tengo gran número de dibujos".
El doctor Safray
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,
cuenta un episodio que oscila entre leyenda y la real dignidad del
cargador. Es una página que estremece por la dureza del español y
la defensa, silenciosa y cautelosa, del conductor:
"Un oficial español que atravesaba el Quindío parecía
complacerse en injuriar a su conductor, porque le parecía que iba
demasiado despacio, aunque el indio hacía cuanto le era posible. El
viajero, empeñado en acelerar la marcha, gritaba siempre, y al fin,
calzándose las espuelas, hirió con ellas al conductor. Llegados a
un punto donde el camino bordea un espantoso precipicio de
cuatrocientos metros de profundidad, el indio, que esperaba su
hora; se arqueó de pronto sobre su férreo palo, y de un vigoroso
empuje lanzó al oficial en el abismo. Todos los conductores del
Quindío saben esta historia, y enseñan el sitio donde fue
precipitado el viajero".
La apertura del camino produjo un activó intercambio de productos
agrícolas, un acelerado proceso en el comercio, y el tránsito de
viajeros se hizo muy intenso. Cartago se consideró como un centro
de inmigrantes. Fue transformando la vida de la ciudad. Por allí
acudió el oro de Ibagué y de Mariquita. Se acercaban los mercaderes
de Nueva Granada, de Quito, de Cali, de Popayán, de Cartagena.
Todos tenían algún intercambio para realizar. A Cartago se le dio
una serie de gabelas fiscales: derecho a cobrar el paso del río La
Vieja, del Cauca, de los pasos de los Gorrones, de los Meneses. Por
el uso del camino del Quindío, tenía derecho a recibir dos tomines
por carga.
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Lectura en Cartago, Valle del Cauca, el 22 de mayo de
1992.
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DANIEL FERNANDO GÓMEZ: Cartago en la historia, Cali,
Imprenta Departamental, 1967.
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JORGE PEÑA DURÁN: Cartago y Santa Ana de los Caballeros,
Bogotá, Colombia. Escuelas Gráficas Salesianas. 1945.
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CIEZA DE LEÓN, PEDRO: La crónica del Perú, Madrid,
Espasa, Calpe, 1962.
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LÓPEZ VELAS, JUAN: Geografía y descripción universal de
Indias, Madrid, Biblioteca de Autores españoles, 1971.
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DE ESCOBAR, FRAY GERÓNIMO: "Relación de los pueblos de
Popayán" en JUAN FRIEDE: Colección de documentos para
la historia del Nuevo Reino de Granada. Vol. VIII, Bogotá,
Colombia, Banco Popular, 1976.
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BRISSON, JORGE J.: Las maravillas de Colombia, Vol. IV,
Bogotá, Colombia, Editorial Forja, 1979.
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DOCTOR SAFRAY: Viaje a Nueva Granada, Volumen 110 de la
Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Bogotá, Colombia,
1948.
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FRANCISCO U. ZULUAGA R: La ciudad de los confines del
Valle, Fotocopia. "Centro de Historia Luis Alfonso
Delgado" y Universidad del Valle, Sede Cartago, 1990.
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J. B. BOUSSINGAULT: Memorias, Vol. IV, Bogotá Colombia,
Imprenta Banco de la República, 1981.
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ENRIQUE OTERO D'COSTA: Momentos críticos sobre la fundación
de Cartagena de Indias, Tomo II, Biblioteca Popular, Vol. 6,
Bogotá, Colombia, 1970.
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DANIEL ARTURO GÓMEZ: Cartago en la historia, Cali,
Colombia, Imprenta Departamental, 1967.
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DOCTOR SAFRAY: ob. cit.
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ISAAC HOLTON, M. A.: La Nueva Granada veinte meses en los
Andes, 1ª edición, New York, 1957; 2ª edición, Imprenta Banco
de la República, Bogotá, Colombia, 1981. Traducción Ángela de
López.
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FELIPE PÉREZ: Jeografía física i política de los Estados
Unidos de Colombia, Vol. 1, Bogotá, Imprenta de la Nación,
1862.
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JOSÉ IGNACIO VERNAZA: Vida del Dr. José Francisco
Pereira, Cali, Colombia, Editorial América, 1941.
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Alejandro de Humbolt en Colombia. Extractos de sus obras
compilados, ordenados y prologados con ocasión del centenario de su
muerte, en 1859, por ENRIQUE PÉREZ ARBELÁEZ, Dr. Phil.
Edición de la Empresa Colombiana de Petróleos, Bogotá, Colombia,
1959. Impreso en Editorial Iqueima.
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DOCTOR SAFRAY: ob. cit.
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