UN SIGLO
HABITANDO LOS CERROS
VIDAS Y MILAGROS DE VECINOS
EN EL CERRO DEL CABLE
Un producto del proyecto
“Memoria barrial, convivencia social e
integración juvenil en la parte alta de Chapinero”
Bogotá, 1996-1997
Capítulo 2: HERMANO DAME TU MANO
LA EPOPEYA DE CONSTRUIR UN RETAZO DE CIUDAD
 
En el año de 1958 se crea en el Barrio Paraíso la Junta de Mejoras, que asume las primeras gestiones para el mejoramiento del joven vecindario. Una de sus primeras labores, fue la de recuperar franjas de terreno para poder trazar calles y carreras, “detalle” en el que no se había pensado al momento de la venta y compra de los lotes :
 
“Doña Josefina Ferré nos vendió la tierra, pero ni ella ni nosotros, pensamos en dejar espacio para las futuras calles. Los lotes quedaban todos pegados y tenían solamente salidas peatonales. Además, cuando uno compraba, no creía que algún día fueran a subir los carros hasta estos cerros. Con el tiempo, entre todos nos pusimos de acuerdo y cada uno cedió tres metros de su lote para hacer las calles. Ya después, a cada nuevo vecino que llegaba, se le decía para que dejara el espacio. Sino hubiera sido por eso, en este barrio habíamos quedamos todos apeñuscados,  como entre un tubo”.
 
Entrados los años 60,  la Junta de Mejoras se convierte en Junta de Acción Comunal  (JAC) de Paraiso, forma de organización que más adelante se crearía también en los otros vecindarios de los cerros, y que llegaría a convertirse en autoridad barrial y en mecanismo fundamental para el mejoramiento de la vida en las comunidades. Fue por medio de las Juntas Comunales, aunque con el apoyo de otras entidades, que se exigieron, se autogestionaron y se obtuvieron servicios tan escenciales como la luz, el agua, el alcantarillado y se construyeron lugares tan primordiales como las escuelas, los jardines infantiles, los puestos de salud y los mismos salones comunales.
 
“El lote donde se construyó el salón comunal y el puesto de salud de aquí de Paraíso, pertenecía a un sargento de apellido Torres. El hizo una casa y la dejó ahí, abandonada. Entonces, Don Absalón Acero, viendo que estaba esa construcción sin hacer nada y  que por aquí no había nada de hospitales ni nada de eso,  dijo “si nadie lo reclama, pues manos a la obra” y empezó a diseñar del consultorio y el salón comunal, que los levantamos trabajando todos los vecinos los fines de semana. Más o menos para el año de 1965, empezamos a tener el servicio de consulta médica”.
 
En cuanto al servicio de energía eléctrica,  la Junta Comunal de Paraíso elabora cartas, hace solicitudes verbales, va de oficina en oficina y solo encuentra negativas oficiales. Ante esta situación, deciden tomar la luz de contrabando :
 
“..Eso fue tremendo. Durante varios días estuvimos clavando los postes de eucalipto a lo largo de la Calle 43. Después, echamos cable y nos agarramos de un poste que estaba en en la Carrera Quinta y  de allí se hizo una extensión hasta la mitad del barrio, de donde todo el mundo se colgó para meterle iluminación a las casas. Cada familia sólo podía tener uno o dos bombillos que, aunque no alumbraban mucho,  ya eran algo. Así duramos tres años hasta que se habló con la Empresa de Energía y se les explicó que eso era un peligro. Y como que entendieron, porque entonces ya dijeron que nos ponían la luz oficial. El día que nos la instalaron, hicimos un bazar, compramos cerveza, carne y papas e invitamos a los de la Energía. Era que estábamos muy contentos y eso pusimos música y todo, porque ya habíamos comprado hasta equipo de sonido”.
 
Algo similar ocurría,  años después,  por los lados del barrio San Martín, donde la Junta de Acción Comunal lideró la instalación de la luz de contrabando en el año de 1965.  En este caso,  se “colgaron” del poste que tenían más a la mano y que estaba ubicado en la Calle 47 con Carrera 5ª, pero aprovecharon también los postes que se encontraban en los alrededores del Hospital Militar. Las conexiones se hacían con cables pelados e infortunadamente un vecino murió electrocutado. A los pocos años, la luz fue legalizada.
 
Los vecinos de Pardo Rubio no corren con la misma suerte de sus hermanos de Paraíso y San Martín, pues se ven obligados a utilizar luz de contrabando,  durante 20 largos años:
 
“...Al comienzo, para ver lo que se conversaba por las noches,  todo era con espermas y con lámparas de petróleo y por eso, cuando amanecía,  teníamos las caras llenas de hollín. Tal vez por eso y por la falta de agua, nos decían dizque “los carisucios”. Luego ya la cogimos de contrabando ahí de la Carrera 5ª, hasta que con los años nos fuimos cansando de eso y entonces nos fuimos con el vecino Clemente a la Empresa de Energía y les dijimos que nos pusieran el servicio. Pero a ellos no les gustaba el contrabando y nos dijeron que ellos así no podían hacer nada, que nosotros asumiamos el riesgo. Pero ya con los años, cuando vieron que los del acueducto ya habían comenzado a colaborarnos por allá en 1987, entonces también se animaron y ya echaron a decir que nos ayudaban pero  si cambiábamos los cables pelados por cables forrados y que cada cual pagara sus gastos. Y así fue, poco a poco todos nos fuimos cambiando del pelado al forrado y al mismo tiempo nos legalizaron el agua y ya se echo a acabar eso de estar buscando el agua de un lado para otro con el acueducto de las tres “bes”, que era el de “Bobo, Barril y Burro”, y con el que habíamos funcionado durante más de 30 años”.
 
Pero la más notable gesta comunitaria que hasta la fecha han podido presenciar los cerros, fue la construcción del Acueducto Comunitario utilizando las aguas del Río Arzobispo.
 
Como todos los demás barrios, el principal inconveniente de Paraíso era la falta de agua suficiente para sus habitantes y la distancia existente entre las viviendas y las fuentes disponibles, fueran estas quebradas, manas, pozos, ríos o lavaderos comunales dispersos por los cerros, o las pilas y grifos localizados en propiedades cercanas a la carrera 7ª. Las mujeres y los niños de todos los vecindarios debían desplazarse 3, 5,10 o más cuadras, para tomar porciones limitadas del líquido o para lavar las ropas,  devolviéndose luego loma arriba  con el preciado cargamento líquido o con las prendas recién enjuagadas. 
 
El agua para el aseo de las personas, el agua para lavar los trastos de la cocina, el agua para limpiar la casa, el agua para lavar la ropa, el agua para los animales, el agua para hacer los alimentos, el agua para la sed, el agua, el agua, el agua,  esa sustancia maravillosa sin la cual es imposible la vida, era un don de la naturaleza que resultaba esquivo para los pobladores de los cerros.
 
Como casi siempre, lo primero que hizo la Junta Comunal fueron solicitudes respetuosas al Acueducto de Bogotá, pero éste siempre contestaba que  no podía conectar el agua porque los barrios quedaban por encima de la cota de los 2700 metros, que era la establecida como límite máximo para la prestación de los servicios públicos en la ciudad. Sin embargo,  a los pobladores de los cerros,  nadie les había advertido con antelación este impedimiento. Ni a quienes compraron los lotes con su dinero, ni a los que obtuvieron un pedazo de tierra a cambio de toda una vida de trabajo, ni  a quienes se hicieron a una parcela por años de posesión; a ninguno de ellos, nadie jamás les dijo que estarían condenados a vivir como en los desiertos.
 
Ante esta situación, la gente se dedicó a buscar nuevas y mejores fuentes de agua :
 
“... en eso se nos iban los días : que vaya hasta el pozo del seminario, que corra al Río Arzobispo, que madrugue a hacer la cola, que a ver hoy dónde lavamos la ropa. Y un día, voltiando y buscando, nos pasó eso que dicen por ahí, que a veces uno busca las cosas muy lejos sin darse cuenta que las tiene a la mano y encontramos,  aquí  mismo en el barrio, “La Cueva del Chulo”. Eso era una mana de agua que quedaba bien abajo en una hondonada. Entonces ya cogimos y fabricamos un puente de madera bien largo para poder atravesar esa hendidura y llegar hasta donde brotaba el agua de la tierra. Luego ya construimos un tanque para almacenar el líquido. Unos ponían arena, otros cemento, otros la mano de obra y al final se le puso una llave. Cada cual llegaba con su caneca por el agua y todos la subíamos al hombro. Aprovechando que había bastante caudal y que se alcanzaba a formar una quebrada, en la parte de abajo hicimos otro tanque y unos lavaderos de ropa. La única condición para tener derecho al agua, era colaborar en todo lo que se necesitara para bien de la comunidad. No había que pagar nada. Ahí cerquita a la Casa Vecinal, cerquita a la cancha que hicieron los propios muchachos del barrio, ahí todavía está la Cueva del Chulo, con su agua tan famosa y tan sabrosa”.
 
Tan famosa y tan sabrosa, que un periódico de la época publicó la siguiente nota, años después, en abril de 1967 :
 
“... los habitantes (de Paraíso) se surtían con el agua de la Cueva del Chulo, también conocida  en otros sectores de la ciudad como el “Agua del Paraíso” y que era muy apreciada por su pureza y dulce sabor. En efecto, de esta agua se surtían barrios como Santa Teresita, Teusaquillo y una parte de Chapinero, por medio del tanque de 27 metros de fondo, casi 5 de ancho y 6 de alto, que se ubica sobre un socavón en el cual los habitantes de Paraíso han construido,  ahora que el tanque ha entrado en desuso, un Salón Cultural bautizado con el curioso nombre de “Tropihueco” -donde los niños gritan y se oye el eco-, y cuya entrada es un arco de ladrillo pegado con miel y sangre de res... con esta obra,  las gentes de este barrio siguen dando muestra de su habilidad para transformar los recursos que van encontrando en los alrededores, para beneficio de toda la comunidad...” (“La República”, abril de 1967).
 
Pero, a pesar del alivio que significó el elixir que brotaba de la Cueva del Chulo, al agua seguía siendo poca para el creciente barrio y sobre todo, no había forma de conducirla, a través de tubos y llaves,  hasta las casas que quedaban en su mayoría más arriba de esta mana formidable. La búsqueda continuó y los residentes de Paraíso se lanzaron monte arriba, siguiendo el curso del Río Arzobispo por el llamado Cañón del Frailejón, a ver qué encontraban. Se trataba de expediciones difíciles por lo muy tupido y escarpado del monte, pero lo único cierto era que no había salvación distinta a encontrar agua mucho más allá de la cota 2700, para que pudiera llegar por gravedad hasta el barrio.
 
“ Ibamos arriba al monte para encontrar un sitio de donde traer el agua porque el acueducto no nos la quería dar. Buscábamos un lugar de dónde tomarla y para eso  medíamos en un punto y en otro con una vara,  para así hallar el desnivel y saber dónde se podía pensar en hacer una represa. Se descubrieron varias cataratas pero las primeras no nos convencieron y seguimos monte arriba, hasta que se decidió que el lugar indicado para reunir las aguas y bajarla por tubería, era la tercera catarata del Río Arzobispo, que desde la parte más alta del barrio, queda como a una hora de camino”.
 
Pero antes de relatar cómo lograron represar las aguas los moradores de los cerros,   veamos lo que dice el historiador Juan Carrasquilla Botero acerca de la importancia del río Arzobispo en la Bogotá del siglo 19 y cuál es su recorrido :
 
“Este río nace al pie de los cerros de Los Fuelles y Peñas Blancas, al oriente del cerro de Monserrate, y se precipita por el boquerón del Salto de la Ninfa hacia el Parque Nacional Olaya Herrera. Atraviesa éste y corta luego la carrera 7ª, antigua Carretera Central del Norte, antes camino a Tunja, en el cruce de la calle 39.... El punto donde el río corta la carrera 7ª es crucial, como quiera que allí confluyen cuatro predios importantes : al norte y oriente los anexos de la gran hacienda de Chapinero, llamados páramos de San Luis y San Cristóbal; al norte y occidente, la quinta de La Merced; al sur y oriente, la quinta del Río Arzobispo; y al sur y occidente, la quinta de La Magdalena.
 
Seguía el río sin canalizar su curso y en el corto espacio que media entre las carreras 7ª y 13 formaba lo que se llamó La Cascajera, de donde se extraía el balasto para reforzar las carrileras del tranvía municipal... Pasando La Merced, el río forma el límite oriental de la gran hacienda de El Salitre y toma ese nombre...se une al río Negro abajo de la actual Escuela Militar y contribuye luego a surtir el lago del Club Los Lagartos. Luego recibe el nombre de río Neuque, antiguo nombre chibcha que se cambió por el de Quebrada de Los Molinos... forma el río Juan Amarillo y la laguna del mismo nombre, llamada a veces laguna de Tibabuyes, que desemboca en el río Funza o Bogotá...”  ( “Quintas y Estancias de Santafé y Bogotá”, Juan Carraquilla Botero, Miembro de Número de la Academia Colombiana de Historia, Fondo de promoción de la cultura del Banco Popular, 1989, págs.138-139).  

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