UN SIGLO
HABITANDO LOS CERROS
VIDAS Y MILAGROS DE VECINOS
EN EL CERRO DEL CABLE
Un producto del proyecto
“Memoria barrial, convivencia social e
integración juvenil en la parte alta de Chapinero”
Bogotá, 1996-1997
Capítulo 1: SUEÑOS DE LADRILLO Y ARENA

LA FELICIDAD DE LOS HUMILDES

Comienzan a bocetarse las barriadas sobre el cuadro generoso que ofrecen los cerros, y muchos hacen sus primeros ranchos con guadua y los recubren con tela asfáltica o paroid. Las calles son tenues trazos de barro que van tomando forma en medio del monte.  ¡ Ah, el monte, con su orquesta sinfónica de mirlas, toches, gualonches, carboneros y copetones, que despiertan a los nuevos propietarios de estos terrenos ! Y al despertar, recuerdan que ya no son canteros, ni chircaleros, ni alfareros. Ahora deben afrontar nuevos oficios como los de albañiles, criadores de animales, conductores,  celadores o empleadas domésticas.
 
“Por acá lo que más hubo para esas épocas,  fueron porquerizas. La gente que antes trabajaba en los chircales, se metió a criar  marranos,  pero al comienzo ninguno era dueño de esos animales sino que había una señora que los traía  y luego nos daba dinero. Pero ya después, la gente analizó y como eso daba plata,  pues se fueron independizando y compraron sus propios marranos, chivos, ovejas, vacas y gallinas .Entonces ya los burros, que eran el transporte de entonces, servían para traer pasto y lavaza a los marranitos, pero como no había alcantarillado ni nada, todos manteníamos con una amigdalitis que se volvió crónica. Luego ya llegó la higiene y las porquerizas también se acabaron. Así fueron nuestros oficios, después de las ladrilleras...”.  
 
Y, además,  debían asumir otro papel totalmente desconocido, consistente en  edificar comunidades y  forjar barrios, en medio de una vida cotidiana llena de carencias y colores.
 
Día tras día, desde muy temprano, las velas y los fogones se encienden  en las precarias casas para mitigar el frío y preparar los alimentos. En medio del viento helado que corre con fuerza en estos descarpados lugares, los  hombres bajan hacia la gran ciudad por las empinadas trochas que ayer trasegaban los bueyes y las mulas. Descienden a conseguir el diario sustento, trabajando especialmente como ayudantes de construcción en esa urbe inmensa, hecha con los miles y millones de ladrillos que,  años atrás, salieran de sus manos.
 
Las mujeres, entre tanto, hacen fila en  las piletas ubicadas  cerca a las antiguas fábricas, o acuden a los pozos  y manas de aguas cristalinas que se encuentran cerca a los nacientes barrios. Toman el líquido de la vida en baldes y potes, que cargan en burros o en varas que tercian al hombro. Más tarde, se dirigen a la Quebrada las Delicias o al Río Arzobispo, para lavar los atados de ropa.
 
Mientras los padres bajan a Bogotá y las madres se abastecen de agua,  los niños dan de comer a los marranos y llevan las ovejas y las vacas a los matorrales vecinos. Pero, mientras los animales comen, los chicos corren, presos de dicha, a explorar los viejos socavones de las oscuras y frías minas de carbón :
 
“Nos metíamos con cuidado y a veces con antorchas. Unos días, era silencio lo que se oía y de cuando en cuando, extraños ruidos. Nosotros sólo llegábamos hasta cierto punto, del cual no pasábamos pues habíamos escuchado muchas historias de miedo, de locas y de brujas”.  
De allí salen disparados y a veces muertos de la risa, para recorrer los bosques de eucalipto, esos árboles gigantes que hace mucho tiempo sembraran sus padres y abuelos. Cauchera en mano, buscan pájaros de colores. Otros días,  prefieren jugar trompo, bolitas de cristal, rejo quemado, aros o yermis.  A veces sacan los carros esferados y se dejan rodar por todo el Parque Nacional y en ocasiones especiales llevan a cabo reñidas carreras de burros. Las niñas también disfrutaban haciéndose  trenzas y  disfrazándose con vestidos largos, medias veladas y escobas, para salir a pedir dulces en  ollitas, con ocasión del 31 de octubre, noche de las brujas.
 
Algunos niños acostumbran a ir hasta la Casaquinta de Don Tilo Kople. Les gusta ver ese hermoso caserón que se levanta entre árboles nativos y adentrarse en él para admirar la estufa de carbón hecha con ladrillo prensado, que a sus ojos, es todo un prodigio.
 
“Era una casa grande, con muchas salas y alcobas. Había un patio muy bonito lleno de flores, con un parasol.  Allí nos la pasábamos hasta que llegaba Don Milciades, el cuidandero de la casa y nos sacaba corriendo. A él le decíamos “San Sanapum”,  porque a veces le daba por dar vueltas con los brazos extendidos y empezaba a hablar y lo único que decía era “san sanapum, san sanapum, san sanapum”.
 
Y, por fortuna, hasta la pobreza se torna juego en manos de estos niños inquietos:
 
“Había una panadería abajo de la Caracas, cerca a Santa Teresita, donde nos daban unas bolsadas de  hojaldre y  migas de pan, por $ 20. Otra recochita que teníamos era con los talegones de pan duro que se conseguían cerca a la Javeriana. Lo que dejaban los estudiantes a la hora del almuerzo, lo echabamos en unos tarros con huecos para que quedara solo el recado y le cuento que eso  era una delicia...  

Volver al Indice

Continuación