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Comienzan a bocetarse las barriadas sobre el
cuadro generoso que ofrecen los cerros, y muchos hacen sus primeros ranchos con guadua y
los recubren con tela asfáltica o paroid. Las calles son tenues trazos de barro que van
tomando forma en medio del monte.
¡ Ah, el monte, con su orquesta sinfónica de
mirlas, toches, gualonches, carboneros y copetones, que despiertan a los nuevos
propietarios de estos terrenos ! Y al
despertar, recuerdan que ya no son canteros, ni chircaleros, ni alfareros. Ahora deben
afrontar nuevos oficios como los de albañiles, criadores de animales, conductores, celadores o empleadas domésticas.
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Por acá lo que más hubo para esas épocas, fueron porquerizas. La gente que antes trabajaba
en los chircales, se metió a criar marranos, pero al comienzo ninguno era dueño de esos
animales sino que había una señora que los traía
y luego nos daba dinero. Pero ya después, la gente analizó y como eso daba plata, pues se fueron independizando y compraron sus
propios marranos, chivos, ovejas, vacas y gallinas .Entonces ya los burros, que eran el
transporte de entonces, servían para traer pasto y lavaza a los marranitos, pero como no
había alcantarillado ni nada, todos manteníamos con una amigdalitis que se volvió
crónica. Luego ya llegó la higiene y las porquerizas también se acabaron. Así fueron
nuestros oficios, después de las ladrilleras....
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Y, además,
debían asumir otro papel totalmente desconocido, consistente en edificar comunidades y forjar barrios, en medio de una vida cotidiana
llena de carencias y colores.
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Día tras día, desde muy temprano, las velas y
los fogones se encienden en las precarias
casas para mitigar el frío y preparar los alimentos. En medio del viento helado que corre
con fuerza en estos descarpados lugares, los hombres
bajan hacia la gran ciudad por las empinadas trochas que ayer trasegaban los bueyes y las
mulas. Descienden a conseguir el diario sustento, trabajando especialmente como ayudantes
de construcción en esa urbe inmensa, hecha con los miles y millones de ladrillos que, años atrás, salieran de sus manos.
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Las mujeres, entre tanto, hacen fila en las piletas ubicadas cerca a las antiguas fábricas, o acuden a los
pozos y manas de aguas cristalinas que se
encuentran cerca a los nacientes barrios. Toman el líquido de la vida en baldes y potes,
que cargan en burros o en varas que tercian al hombro. Más tarde, se dirigen a la
Quebrada las Delicias o al Río Arzobispo, para lavar los atados de ropa.
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Mientras los padres bajan a Bogotá y las
madres se abastecen de agua, los niños dan
de comer a los marranos y llevan las ovejas y las vacas a los matorrales vecinos. Pero,
mientras los animales comen, los chicos corren, presos de dicha, a explorar los viejos
socavones de las oscuras y frías minas de carbón :
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Nos metíamos con cuidado y a veces con
antorchas. Unos días, era silencio lo que se oía y de cuando en cuando, extraños
ruidos. Nosotros sólo llegábamos hasta cierto punto, del cual no pasábamos pues
habíamos escuchado muchas historias de miedo, de locas y de brujas.
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De allí salen disparados y a veces muertos de
la risa, para recorrer los bosques de eucalipto, esos árboles gigantes que hace mucho
tiempo sembraran sus padres y abuelos. Cauchera en mano, buscan pájaros de colores. Otros
días, prefieren jugar trompo, bolitas de
cristal, rejo quemado, aros o yermis. A veces
sacan los carros esferados y se dejan rodar por todo el Parque Nacional y en ocasiones
especiales llevan a cabo reñidas carreras de burros. Las niñas también disfrutaban
haciéndose trenzas y disfrazándose con vestidos largos, medias veladas
y escobas, para salir a pedir dulces en ollitas,
con ocasión del 31 de octubre, noche de las brujas.
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Algunos niños acostumbran a ir hasta la
Casaquinta de Don Tilo Kople. Les gusta ver ese hermoso caserón que se levanta entre
árboles nativos y adentrarse en él para admirar la estufa de carbón hecha con ladrillo
prensado, que a sus ojos, es todo un prodigio.
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Era una casa grande, con muchas
salas y alcobas. Había un patio muy bonito lleno de flores, con un parasol. Allí nos la pasábamos hasta que llegaba Don
Milciades, el cuidandero de la casa y nos sacaba corriendo. A él le decíamos San
Sanapum, porque a veces le daba por dar
vueltas con los brazos extendidos y empezaba a hablar y lo único que decía era san
sanapum, san sanapum, san sanapum.
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Y, por fortuna, hasta la pobreza se torna juego
en manos de estos niños inquietos:
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Había una panadería abajo de la
Caracas, cerca a Santa Teresita, donde nos daban unas bolsadas de hojaldre y migas
de pan, por $ 20. Otra recochita que teníamos era con los talegones de pan duro que se
conseguían cerca a la Javeriana. Lo que dejaban los estudiantes a la hora del almuerzo,
lo echabamos en unos tarros con huecos para que quedara solo el recado y le cuento que eso era una delicia...