Servidumbre
Un cerdo negro se pasea por la calle donde vive mi amada.
Su piel es brillante, no deja de hozar, de interrogar la tierra,
tengo en el corazón un peso muerto que me hace su esclavo,
lo acompaño en almuerzos frugales,
él se levanta en el tiempo, su sombra no me deja ver el cielo.
El huerto está revolcado,
y me duele reconocer que su barbarie no dejará que ella me
bese,
su reino es el de la dicha censurada,
papilla espesa que no cae por la garganta.
Sueño con las imágenes exóticas del Panorama
Imperial,
levanto una pirámide con canicas,
el cerdo las desordena, quiere comérselas,
estoy tendido en la playa de la resignación.
El alhelí es despedazado por mi amo,
la torrentera no canta, hoy no salta,
quiero vivir en otro sitio, donde la luz pueda acariciar las cosas,
el cerdo negro se ha tragado las estrellas.
Mis pies se dejan ir por este día,
patean piedras gastadas, piedras valiosas,
he subido a la torre del homenaje.
Soy valiente. Tengo sobre mis hombros el pellejo del cerdo.
Tarde detenida
Nada con torpeza el renacuajo, quiere moverse y apenas lo consigue,
cree que los luceros saludan sus esfuerzos, él no puede verlos,
estamos lejos, y no nos atrevemos a hacerle saber que el cielo se
ha deshecho,
el día es cemento, es amapolas,
un cornudo amigo se pasea por nuestra casa.
No nos atrevemos a desafiar el corredor oscuro repitiendo a Dante.
El león de los cuentos llegó aquí, a este descampado,
pero el suelo lo olvidó,
los días se van como piedritas, tocamos el ukelele y nos
recostamos en la barda,
alegres gozamos del sol,
los corazones se solazan en abril.
Afuera hay muchos que desean entrar a la bodega y romper las botellas,
es en vano.
La fiesta empezó hace rato.
Los ímpetus del cometa han llegado, los dedos ungidos se
deslizan acariciando los lomos de los libros,
los besos resuenan en la glorieta,
nos embarga un júbilo de viernes después de clases,
nuestro tiempo es el de los búfalos atravesando la pradera.
Mi mano calza tu mano, guantelete encantado.
Dibujando un mapa en la noche
A
Catalina González
Tras caer la noche, las luciérnagas trazan el mapa de los
cielos en la marisma hasta que sube la luna.
Elizabeth Bishop
Una luz provisional le permite al hombre hacerse uno con
la noche,
una luz que viene del vientre de los animales, de sus líquidos
revolviéndose,
y el cariño de los vivientes, la saña con que se aferran
unos a otros, su crueldad, no parecen dar tregua.
Las altas ventanas de la noche no conocen de la misericordia, y
la luna no ha llegado,
los corazones no se cansan de seguir deseando, siempre un poco más,
pidiendo un último beso,
porque nuestros instantes son camarotes desordenados a los que la
mucama no ha entrado,
mientras el mar se deja ir tras el barco.
Los anturios que hemos traído a decorar la nueva habitación
nos dan sombra,
y amamos sus tallos sin tacha, sus hojas de entrecasa, y la noche
no deja de abrazarnos,
no deja de pedirnos que nos quedemos con ella, frente a ella, tomándole
las manos,
el deseo es poderoso, la ternura está doblada sobre el vientre.
Los berberiscos conocieron la noche, también los tuareg y
los catíos,
y gracias a su lección nos queremos entre los ladridos de
los perros y la pólvora,
la luna se anuncia, nosotros, pequeñas luciérnagas,
nos dejamos llevar por el aire,
no tenemos miedo y dibujamos, sin cesar dibujamos la forma de nuestra
dicha en la alta noche.