Dos ciudades, Buenos Aires y Resistencia, respiran el olor amargo del mate y visten sus mejores galas en esas noches de tango que algunos bares tienen a bien mantener. Pero se trata de dos argentinas, la que aparece ineludible y trágica en el día a día, y la que les ofrece el tango como un intento de dignidad.


La escena se repite desde hace décadas a orillas del río de la Plata: los tacones golpean y el brillo de anillos y sombreros destella en ese ambiente oscuro. Hay movimientos independientes, pero todos se mueven por los mismos hilos, por la melodía que los guía desde tres instrumentos. Parece un baile de disfraces, las mujeres llevan tacones muy altos, dorados y con cuerdita atada al tobillo. Medias veladas de malla, prendedores vistosos.

El segundo piso del lugar está atestado de libros y el primero, ese piso de baile, se mueve en una atmósfera de humo y de vestidos gastados, con un aroma viejo de naftalina. Sus pasos son decididos y las piernas se entrelazan, avanzan, se arrepienten, a la espera de ese final en el que la mujer se desmadeja en brazos de su pareja. Afuera pasan los últimos buses destartalados y ya regresan a casa los repartidores de volantes –que son tantos, cuantos almacenes alberga este lugar. La brisa eriza los brazos desnudos de los transeúntes que reciben el invierno con incredulidad. En estas tierras de verano de 50 grados, sólo se acepta su final anual cuando ya los huesos se hielan.

Adentro se niegan también al paso de ese verano tanguero y dejan al descubierto sus brazos flácidos, con vestidos vistosos, como si así recuperaran la lozanía, el donaire, la dignidad perdida en esta tierra gaucha tan distinta a la que vio nacer el siglo veinte.
Avanzan sobre la pista de baile, pero se devuelven, desandan el camino hecho, dudan. Tal vez este París latinoamericano es una réplica, una proyección de cine que termina por desgastarse, por limar sus engranajes hasta caerse a pedazos.


Esta celebración en un bar perdido del inmenso Buenos Aires recuerda la fiesta a la orilla del mar que inmortalizó Morel. Pero los individuos que ahora arrastran los pies sobre la pista de baile corresponden a los personajes que fueron registrados, no son la imagen inmortalizada. Por eso se les nota ya el paso del tiempo y el desgaste en la suela de los zapatos.

Ellos prosiguen en ese ritual perpetuo, tal vez con la imagen de épocas doradas, con el recuerdo de esa perdida aristocracia, de bailes suntuosos y del Café Tortoni con sus mesitas afuera. El baile es aquí ritual que rememora y que perpetúa con una nostalgia que carcome, no motivo de fiesta y celebración. Tango, milongas, baile de octogenarios disfrazados con sus mejores galas: remedo caricaturesco de aquello que fueron, antes del miedo dictatorial de los setenta, antes de la pobreza actual.

Los tacones siguen la melodía, como una letanía, diríase que como una muletilla ahogada en momentos pasados. Seguro que al día siguiente pasearán por esos parques de arena rojiza cerca de Arenales, al lado de edificios inmensos de buhardillas al estilo parisino, por calles llenas de bolivianos, peruanos, paraguayos, ecuatorianos. A pesar del rostro gastado y venido a menos de esta ciudad portuaria, confluyen cientos de inmigrantes atestados en edificios abandonados que hieden a distancia. Premonitorio el cuento de Cortázar, porque es normal decir “esa casa de la esquina está tomada por inmigrantes”. Se aglomeran como ratas en edificios abandonados –en busca de esa ciudad boyante del pasado- y los porteños encerrados en pasos de tango que los clava en un pasado más vivo que su propio presente.

Varias horas en bus hacia el norte, más allá de la Pampa y de las provincias que rodean la capital, los indígenas Toba venden sus artesanías en una tienda de la ciudad fundada por inmigrantes italianos. Poco más de un siglo atrás, los indígenas trataron de sacar a los recién llegados y lucharon por impedir que se fundara allí la ciudad de los extranjeros. Pero los italianos no iban a migrar dos veces. Resistieron las hostilidades de los indígenas y crearon su pedazo de Trento, o de Sicilia o de Nápoles, en esas tierras húmedas y calurosas del Chaco. Fundaron su ciudad de edificios de tres pisos y calles embarradas, tuvieron sus hijos y españolizaron sus apellidos en la ciudad que bautizaron “Resistencia”.

Las vitrinas inmensas de almacenes, llenas de letreros promocionales y carteles de un andén a otro, configuran el centro de la ciudad que comprende unas diez manzanas. En el final del otoño las calles se untan de un barro aguado que se pega a todo. El cielo nublado y esa inmensa luna chaqueña ilumina un pueblo al márgen de la historia, perdido en un terreno plagado de pantanos y zancudos, tan cerca de la París latinoamericana como de los países pobres de este continente estropeado. Las niñas bolivianas son carteristas profesionales y se recomienda a los turistas (eso sería demasiado optimista, digamos más bien, a los forasteros) no cargar cámaras fotográficas, anillos, relojes. Se respira en las calles el empobrecimiento repentino de esta provincia ya pobre desde antes de la crisis del cono sur.

El forastero comprende entonces, que no es vanidad la que respiran los poros argentinos, sino una necesidad de revivir una nación agonizante; no es en vano el paso firme de las mujeres que caminan en círculo en la plaza de Mayo -cada jueves desde hace décadas- con pañoletas blancas y carteles de hijos esfumados; no en vano la veneración de la férrea Evita, llena de flores y placas en su tumba. Ya quisieran todos que de repente saliera con su cabellera blanca y la determinación de liderar ejércitos.

La hermosa y fúnebre Necrópolis de Buenos Aires, el cementerio de la Recoleta, pareciera ser la Acrópolis, en tanto que mantiene viva el alma del porteño, le recuerda ancestros nobles y belicosos. Y el resto de la ciudad, esa en la que viven los vivos, es una plétora de cuerpos vacíos, con las suelas gastadas de tanto repasar las calles con la determinación del que se sabe muerto antes de haber nacido.

De camino hacia la imperdible tumba de Evita, una mujer contempla pétrea a los turistas con su perro desde lo alto de un mausoleo. Se trata de una joven cuyo padre ordenó la hechura de una tumba gótica posterior a su muerte accidentada en un invierno austriaco. La estatua de la joven aparece de repente, en la esquina entre dos callejuelas del cementerio, el vestido sencillo y el cabello suelto recuerdan a la suicida Ofelia o quizás esa mujer que vuelve de entre los muertos, Berenice. Debajo de su estatua permanece el féretro en un recinto iluminado por rayos indirectos de sol. Cerca del cuerpo de Cecilia, un bastidor sostiene un lienzo blanco. Al lado dejaron los óleos, la trementina, y un frasco de pinceles untados de color.

El padre esperaba que su adorada hija se levantara una mañana y retratara lo que viera en ese mundo oscuro que espera después de la muerte. Tal vez la mirada de la mujer que zapatea una milonga en la calle Florida, es una invitación, un llamado para que una noche la voz de Gardel vuelva a cantar para ella en esa Argentina fallecida hace tanto.