Yo de niño quería estar tuerto. Como Moshe Dayan, como los piratas. Un parche negro en un ojo me parecía una señal de haber vivido peligrosamente y de haber salido bien parado. Un parche de tuerto concede autoridad, pensaba yo; quien lo lleva es persona de temer. Ser ciego no tenía interés, porque un ciego no atemoriza. Cuando uno ve a un ciego no piensa que haya llevado una vida llena de aventuras, sino que imagina una desgracia doméstica, un accidente tonto, una enfermedad sin pena ni gloria.

Una vez –aún era un crío– eché la llave a la puerta de mi dormitorio. Saqué una flecha del carcaj de plástico. Le quité la ventosa y afilé la punta con una navaja. Me senté en el suelo y me quedé mirando la punta, a pocos centímetros del ojo izquierdo –había decidido que era mejor ser tuerto del izquierdo que del derecho, igual que, pensaba yo, puestos a elegir, es preferible que te corten la mano izquierda. Acercaba la punta hasta que se volvía una mancha borrosa y me decía: bastaría un empujón de nada. No dolerá mucho: el ojo es blando y no está hecho de carne, sino de gelatina. Cuando pisas una babosa no sufre lo mismo que un lagarto que aplastas de una pedrada. Además, un ojo seguro que no tiene nervios, y son los nervios los que duelen, no la carne. Eso lo había aprendido de mi tía —que vivía en casa con nosotros y dormía en una cama plegable en el salón—, una vez que me acerqué llorando a ella porque me dolía un diente, me dijo: no es el diente lo que te duele, tontaina, los dientes son como guijarros. Lo que duele es el nervio que está debajo.


Fue mi madre quien salvó mi ojo izquierdo. Si no hubiese llamado con los nudillos a la puerta, hoy estaría tuerto. Guardé la flecha en el carcaj y pensé que ya lo intentaría en otro momento; no podía ser tan difícil. Bastaba un empujón para cambiar de vida y personalidad, de no tener pasado a ser un héroe, de que nadie te mire por la calle a que todos aflojen el paso cuando se cruzan contigo y esperen que te alejes unos metros para susurrarse, ¿has visto?, ¿has visto el parche que lleva en el ojo?, ¿cómo se habrá quedado tuerto?

Se lo estaba contando a Hita, no sé muy bien por qué; se me ocurrió de repente y tampoco teníamos nada mejor que hacer mientras esperábamos, sentados a la mesa del bar. El muy cabrón se reía como un loco, aunque yo no le veía la gracia por ningún lado. Sacó la navaja y empezó a hacerme amagos delante de la cara, pues si quieres te dejo tuerto ahora, decía riéndose, te dejo tuerto ahora mismo. Hita, capullo. Le sujeté la mano y le retorcí la muñeca, dejé escurrir un poco mis dedos sobre su carne, pero apretando bien, para que escociese al girar. Ay, ay, ay, empezó a quejarse Hita y soltó la navaja. Intentaba sonreír y hacer como que era un juego. Se le estaban saltando las lágrimas. Venga, cabrón, suéltame, dijo, pero sin olvidarse de sonreír para apaciguarme. Hita es delgado como un pájaro. Sólo tiene piel y huesos. Mide uno cincuenta. Cuando pongo cara de mala leche me tiene un miedo que se muere. Hita es mi amigo. Y mi socio.

Anda, guarda eso, que ya están los moros al llegar.

Yo palpé la mía ya abierta en el bolsillo. Esperaba no tener que utilizarla. Querrían hablar. O dinero. O que Hita se casase con ella, yo qué sé. Vaya líos en que me metía el Hita. No es que no tenga huevos. Mala leche le sobra. Hace poco iba subiendo una cuesta en el coche y tuvo que pararse en un semáforo. Se le debió escurrir el pie del freno, porque le dio al de atrás. El tío del otro coche salió sin dar voces ni cagarse en Dios ni nada. Sólo le dijo al Hita que tuviese más cuidado. Y va el Hita y dice que ha sido él quien le ha abollado la trasera. Pero si estábamos parados, dice el tío, con razón. Cómo le voy a dar cuesta arriba si estábamos parados. Si no le quitamos al Hita de encima, lo mata. Cabrón, le gritaba, me deja el maletero hecho mierda y encima me echa la culpa.

Pero a mí Hita me respeta. En cuanto supo que los moros lo andaban buscando, me llamó. Hacía como que no, y se reía mucho, para quitarle importancia. Pero estaba nervioso. Tranquilo, le dije; tranquilo. Y quedamos en esperarlos la noche siguiente en un bar que hay al lado de mi casa al que suelen ir los moros. Por la mañana, antes de reunirse en la plaza donde van a contratarlos para la construcción. Y por la noche a gastarse lo que han ganado durante el día. Hita y yo nos sentamos en una mesa que queda bastante al fondo; yo me coloqué de cara a la puerta. Por si acaso.

¿Cuándo van a llegar esos moros de mierda? Dijo Hita. No respondí. Los moros huelen que apestan, dijo Hita, y lo dijo como si fuese la primera vez. No se lavan.


Pues a la mora bien que te la tiraste, ¿eh? ¿Estaba sucia? ¿Olía mal, la mora? Hita se rió con risa de conejo. Estaba buena, dijo. Hita no es muy listo, aunque no es mala persona. Tiene sus cosas, pero te puedes fiar de él. No hay tanta gente de la que pueda uno fiarse.

De pronto alguien me tapó los ojos por detrás. Me había distraído hablando con Hita y no había visto entrar a nadie. Pero no me asusté ni hice gesto de buscar la navaja. La había olido. Antes incluso de que me pusiese la mano sobre los ojos, sabía que la tenía detrás. No sé si es el jabón que usa o es que le huele así la piel, como a prado en verano, cuando hace mucho calor; es un olor a tostado y a flores a la vez.

A ver, ¿quién puede ser?, decía, y fingía que pensaba, para que dejase ahí las manos un rato, rozándome los ojos y la frente, y enviándome ese olor a la nariz que era tan bueno que casi me hacía daño. No las retires, pensé, niña, cómo hueles. Sus dedos me acariciaban los párpados, y yo venga a oler y a oler. El día que me muera me gustaría sentir ese olor. Yo creo que entonces hasta me va a dar igual.
Leni, digo. Eres Leni. Y ella retira las manos.

Es como en una película. Que primero los protagonistas están en una escena y después, de repente, en otra, sin que nadie sepa cómo han llegado allí. Cuando Leni retira las manos de mis ojos los dos marroquíes están parados dentro del bar, a un metro de nosotros. Hita me lo ha visto en la cara y se vuelve hacia ellos, luego hacia mí otra vez. Leni ha dado unos pasos hacia atrás. Ya no huelo su cuerpo.

No pasa nada, digo en voz alta. Les hago un gesto para que se acerquen y señalo las sillas vacías de la mesa de al lado. Son dos tipos muy flacos. Hita no los soporta, pero a mí me dan pena. Nos quitan el trabajo, dice Hita. Hita, capullo, desde cuándo quieres tú trabajar. Bueno, pero se lo quitan a otros que sí quieren, se enfurruña Hita.
Llevan una ropa que parece sacada de una película española de tiempos de Franco. Ropa de película en blanco y negro. Americanas de Saldos Arias, pantalones de Tergal como llevaba mi padre. Y seguro que sus calzoncillos son de esos blancos, colgones, con una bragueta enorme. Se miran y me miran; les vuelvo a indicar que se sienten con un gesto. Uno de los dos se adelanta, hace un movimiento rápido con el brazo, primero hacia la izquierda y después hacia la derecha. Con el primero se abre una raja en la cara de Hita, con el segundo Hita se lleva la mano al cuello y la sangre se le escurre entre los dedos.

Yo ni me muevo. Ni se me ocurre moverme. Sólo pienso que Leni debería taparme los ojos otra vez. Ponerme la mano delante, rozarme los párpados con las yemas de los dedos, dejarme oler su olor de campo en verano, olor de matas secas y flores llenas de abejas. Y cuando yo dijese Leni, eres Leni, ella retiraría las manos y delante de mis ojos estaría Hita, mirándome y esperando que diga lo que tenemos que hacer.

Los marroquíes no me amenazan, no pierden un segundo conmigo. Uno abre la puerta para que pase el que ha rajado a Hita; la puerta se cierra. Yo creo que ni he respirado en todo ese tiempo. Leni está ya de pie junto a Hita, que se ha ido tambaleando hasta la barra y se ha caído al llegar a ella. Tiene la cabeza apoyada sobre el reposapiés. Por fin consigo moverme; se me han dormido las piernas como si las hubiese tenido horas debajo de un peso. Pero llego hasta donde está tendido Hita.


Hita, tío, le digo. Le paso la mano por detrás de la nuca y él me mira. El navajazo le ha abierto la mejilla hasta el labio. Coño, si hasta parece que se va a reír como cuando dice una de sus tonterías. Te va a quedar una cicatriz que va a dar miedo, le digo. Una cicatriz de pirata, macho. Pero la mala es la herida en el cuello. Borbotea entre los dedos de Hita; yo intento separarle la mano, para ver si se puede hacer algo, aunque no tengo claro qué, pero él se sujeta a su propio cuello, como si supiese que la vida se le está saliendo por ese agujero cada vez más oscuro.

Leni está junto a mí. No me tapa los ojos ni dice adivina quién soy. Soy yo quien debería decir algo. Que llamen a un médico, por ejemplo. También podría mojar un pañuelo y ponérselo a Hita sobre la herida, como suele hacer el bueno de una película cuando hieren a su amigo. O salir corriendo detrás de los marroquíes. No me muevo. No hago nada. Ni intento disculparme cuando Leni me mira como diciendo vaya un mierda que estás hecho. Me hace un daño que no veas con esa mirada, pero, ¿qué le voy a decir ahora? Leni, tía, te quiero un montón. No lo digo; sólo lo pienso.


Hita me ha cogido por el antebrazo y me clava las uñas con una fuerza que uno no se imagina en él; tanta, que creo que me va a reventar una vena, pero me aguanto; no quito el brazo. Que apriete si quiere. También hace unos ruidos muy raros con la boca, como si estuviese preparando un gargajo. A mí me gustaría de verdad que Hita no se muriese. Y tener un parche en un ojo, como Moshe Dayan, como los corsarios. Entonces saldría detrás de los moros, que seguro que todavía están por aquí cerca. Los iría a buscar en alguna de esas casas en construcción en que viven por las noches, calentándose a un fuego de cartones y banastas hechas astillas. Les diría que se las viesen conmigo, no con Hita, que es flaco como un pajarito. Les clavaría mi único ojo y sacaría la navaja que llevo ya abierta en el bolsillo. Seguro que cuando me acercase a ellos, despacio, con la navaja empuñada, sin decir una palabra más, se estarían cagando de miedo.

 

     
     

 

José Ovejero (Madrid, 1958): licenciado en Geografía e Historia. Vivió varios años en Alemania y vive en la actualidad en Bruselas, donde ha trabajado como intérprete. Ha publicado las novelas: Añoranza del héroe (Destino, 1997), Huir de Palermo (Ediciones B, 1999) y Un mal año para Miki (Ediciones B, 2003). Los libros de cuentos: Cuentos para salvarnos todos (Destino, 1996), Qué raros son los hombres (Ediciones B, 2000), y Mujeres que viajan solas (Ediciones B, 2004). El libro de viajes: China para hipocondríacos (Premio Grandes Viajeros, 1998, Ediciones B, 1998). Los libros de poesía: Biografía del explorador (Plaza y Janés, 2001) y El estado de la nación (Visor, 2002). Y el libro de ensayo: Bruselas (Destino, 1996).

Para mayor información visite www.ovejero.info

 

     
     

 

 

     
     

 

 

     
     

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