I
Faltan dos minutos para las tres. Jorge espera con un globo de helio
amarillo en la mano. Hoy no ha ido a trabajar. A diferencia de la
gente que pasa, él se ha tomado el día libre para cumplir
con una cita que no se ha podido retrasar más.
En
el otro extremo de la plaza, un niño soporta las nerviosas
manos de su madre. Una vez más le acomodan la camisa dentro
del pantalón. Las manos de la madre, tan desaplicadas, tan
cariñosas siempre, hoy se comportan obedientes y desconocidas.
El niño aun no lo sabe decir, por eso apenas calla. La camisa
no encuentra reposo en el abrumado niño.
Malú
e hijo están parados en la esquina de la plaza, sobre la carrera
trece. Ella alza la vista hacia San Fermín, la cafetería
en donde acostumbraba meterse cuando andaba por Chapinero, la misma
en donde le pidieron los ojos para hacer un llavero y ella entregó
mucho más por el piropo. Lourdes otra vez, Lourdes por primera
vez. La tarde estaba luminosa y ajena.
II
Malú le pregunta en secreto a su hijo si reconoce a cierto
señor que espera con un globo amarillo al otro lado de la plaza.
El niño mira; no dice nada pues no lo reconoce.
-Pues
ese señor es tu papá.
Tratar
de conciliar la palabra papá con la imagen de aquel joven flaco
que le miraba atemorizado le desesperaba. Sabía que lograrlo
era importante, que por eso la camisa nueva y las manos inquietas
que le agobiaban.
-Tengo
que pedirte un favor- dice Malú - Cuando él te pregunte
que cómo te llamas le tienes que decir que te llamas Jorge.
Andrés
no quería hablar con un extraño, no quería decir
mentiras, su madre siempre le había dicho que las mentiras
eran lo peor, que las mentiras la hacían llorar. La solemnidad
de su madre le daba miedo y un puchero se asomo en su pequeña
boca.
-Yo
me llamo Andrés- responde el niño en medio de unos pequeños
jadeos de llanto que empiezan a dominarlo.
-Sí, yo se que te llamas Andrés, pero necesito que le
digas a ese señor cuando te pregunte que te llamas Jorge, ¿me
haces ese favor?
El
niño evita la mirada de su madre atemorizado.
–Yo
no me llamo Jorge. Me llamo Andrés.
– ¡Pues le vas a decir que te llamas Jorge y se acabo!
¿Entendido?
Rompe
a llorar. Su madre le ha gritado sacudiéndolo por los hombros.
Sorprendida y avergonzada por su propio comportamiento, levanta a
su hijo del suelo tratando de enmendarse con la promesa de un helado.
El niño apoya la cabeza en el hombro de su madre mientras se
pasa la manga de su camisa nueva por la nariz llena de mocos. Los
jadeos empiezan a disminuir.
III
La gente camina de un lado a otro sin fijarse en que Malú con
su hijo en brazos se abre paso en medio de ellos. Mientras tanto Jorge
busca entre la gente y se encuentra con muchas caras desconocidas
que nunca antes le habían llamado la atención. Pero
hoy es diferente, hoy esas caras tienen vidas complicadas, hoy la
gente se parece a él y eso le da verguenza.
Malú lo mira a los ojos resumiendo meses de rencor. Él
trata de resistir pero termina por bajar la cabeza hasta que los tacones
de Malú entran en su campo de visión.
-Quihubo
Jorge-, dice Malú, obligándolo a levantar la cabeza.
-¿Cómo estás?- Responde él arrepintiéndose
de haberlo preguntado.
-Muy bien, muchas gracias.-
Malú
descarga al niño quién una vez en el piso trata de cubrirse
la cara con la falda de su madre.
-Ahí
le traje al niño, su hermana me dijo que quería verlo.
Jorge
busca la cara del niño y le sonríe mientras se traga
un rencor que creía olvidado.
-Hola
¿Te acuerdas de mí?- le pregunta Jorge al niño
quien, por respuesta esconde su cabeza entre las piernas de su madre.
Jorge se agacha ofreciéndole el globo que lleva en la mano.
-Mira lo que tengo. ¿Lo quieres?-. El niño se resiste
a tomar el globo mientras mira con desconfianza a su padre.
-Sí;
le dije a mi hermana que quería ver al niño… Hace
meses.
-¿Y que quería? ¿Que saliera corriendo a buscarlo?
Jorge
aprieta los labios para evitar que la situación tome un tono
conocido. Mira al niño tratando de encontrarle algún
parecido consigo mismo.
-¿Te
gustaría ir conmigo a comer helado?
El
pequeño Andrés levanta su carita por detrás de
la falda de Malú para mirarla, como pidiendo aprobación.
Malú también lo mira. La familiaridad de la plaza le
resulta dulcemente insoportable.
IV
El niño no se ha atrevido a abrir su boca desde que Malú
los dejó solos. Quedaron de encontrarse de nuevo a las siete
en San Fermín. Jorge ha decidido ganarse la confianza de su
hijo primero que todo y por eso, apenas la figura de Malú se
pierde detrás de la esquina de la plaza, lleva al niño
de la mano al carrito de helados más cercano. “El helado
es infalible” se dice así mismo, tratando de darse confianza,
tratando de que todo sea como un juego.
Andrés
mira la espalda de su padre quien escoge un par de helados asomándose
al interior del carrito. Luego mira su globo amarillo y se pregunta
por que su madre no se lo habrá amarrado a la muñeca
como siempre, se pregunta si acaso este será un globo especial
que, aunque flota, no se escapa si se le suelta.
Uno
rojo en una mano y uno verde en la otra. “No hay posibilidad
de haberse equivocado” piensa Jorge mientras le da la espalda
al heladero. El niño con su camisa nueva se ha alejado un poco.
Es casi un romántico tema para un cuadro piensa Jorge, el niño
mirando al cielo corre tras un globo amarillo y el sol lo colorea
todo mientras el niño alcanza la calle. Toda la escena es tan
irreal, tan definitiva, que a Jorge le toma tiempo articular el lógico
grito. Se siente extraño gritando su propio nombre, nombre
que el niño no reconoce.
Mientras
la camisa nueva es alcanzada por el automóvil, Jorge se sorprende
por sentirse algo aliviado. La culpa vino después.