¿Es usted escritor o ha intentado serlo?
Tanto si lo es como si ha querido serlo, usted ha tenido que conocer
en algún momento de su vida el rechazo. Es posible que alguien
desde alguna editorial le haya escrito alguna vez una carta donde
muy educadamente le han dicho: “Estimado señor, nos ha
causado una agradable impresión su manuscrito, pero...”
El
rechazo es una amarga realidad de la profesión de escritor.
A mí, en cierta ocasión, me devolvieron uno de mis primeros
manuscritos con las mejores metáforas de mi novela tachadas
con un rotulador y devueltas meticulosamente cambiadas, convertidas
en las metáforas que proponía el anónimo responsable
del informe de lectura. Un rechazo así no se olvida. Cada día
hay cientos de personas deprimidas porque les han devuelto un manuscrito.
Y eso que hay mil tácticas para intentar remontar el efecto
rechazo. Una de ellas consiste en repasar las más famosas injusticias
en esta materia. El famoso rechazo de André Gide al manuscrito
de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust, por ejemplo.
O bien recordando que Dublineses de Joyce fue rechazado por
veintidós editoriales. O pensando en la breve carta de rechazo
que recibió Oscar Wilde por El abanico de Lady Windermere:
“Mi estimado señor, he leído su manuscrito. Ay,
mi estimado señor”.
El
rechazo editorial ha creado la carta estándar de negativa,
todo un género nuevo. No todas esas cartas estándar
que circulan por ahí son educadas. Tengo noticia de algunas
cartas de rechazo absolutamente maliciosas. Cuenta el joven escritor
canadiense Kevin Chong (experto él mismo en recibir cartas
de rechazo) que a veces puede lograrse una negativa malvada sin una
sola palabra, y cita el caso de una amiga suya que envió un
poema a la revista The New Yorker y éste le fue devuelto
roto en pedazos, hecho trizas. En un reciente viaje al país
de sus antepasados, el propio Chong encontró a un amigo desolado
por la carta de rechazo que le habían enviado de una revista
china de economía: “Hemos leído con indescriptible
entusiasmo su manuscrito. Si lo publicamos, será imposible
para nosotros publicar cualquier trabajo de menor nivel. Y como es
impensable que en los próximos mil años veamos algo
que supere al suyo, nos vemos obligados, para nuestra desgracia, a
devolverle su divina composición, y a rogarle mil veces que
pase por alto nuestra miopía y timidez”.
Muchos
escritores rechazados creen que los que publican libros viven felices
lejos del rechazo. Y, sin embargo, no es así, pues no hay un
solo escritor reconocido que no sea cosido a rechazos a lo largo de
su carrera. Son rechazos distintos a los de la carta educada o malvada,
pero son también rechazos duros. Y es que por lo general un
escritor serio no se cierra nunca puertas, aspira a gustar a todo
el mundo, al mundo entero. Por lo tanto, cualquiera de sus éxitos
parciales lo vive como algo muy relativo. Pero, en cambio, cualquier
mínimo rechazo a su obra lo ve como una gran afrenta, un rechazo
a la totalidad. Sólo así se explica entonces la desesperación
y el llanto desconsolado, por ejemplo, de Pier Paolo Pasolini por
una crítica negativa en la hoja parroquial de un pueblo italiano
de mala muerte. Y es que una crítica en contra (aunque el crítico
sea un famoso idiota), ese premio insignificante pero que sin embargo
no le han dado, ese suplemento cultural en el que no le nombran y
encima dedican tres páginas a un mamarracho, todo eso para
el escritor reconocido son rechazos que le impiden vivir en paz.
Así
que el rechazo persigue a escritores publicados y a escritores inéditos.
Se sabe o debería saberse que unos y otros conviven en la eternidad
en una especie de Club de los Rechazados en cuya secreta sede social
se oyen por las noches voces espectrales que arrastran cadenas y dicen:
“Ay, mi estimado señor.” Ahí, por ejemplo,
puede verse en las noches de luna llena a Gide y Proust, todavía
discutiendo sobre la valía real de un manuscrito rechazado.