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El afilador
¿Hace cuánto no oías ese sonido? Tal vez desde que eras niño. Ahí va la torpe escala musical repetida que huye por las calles, y el joven con su bicicleta erizada de puntas de acero y sus discos de piedras de amolar.
Cementerios de provincia
¿De qué vivirán los pobladores de esas aldeas que se levantan de pronto en los áridos campos sembrados de cactus que abundan en México? Algunos rebaños pequeños de cabras se ven de tanto en tanto ramoneando los pocos hierbajos que nacen entre las piedras, y se adivinan las aves de corral. Pero de resto, ¿de qué vivirán? Es difícil saberlo. Se divisan a lo lejos, cerca de las carreteras las agrupaciones de casas y, un poco apartadas, las tapias que encierran los cementerios en los que cada sepultura tiene como lápida una fachada de iglesia en miniatura adornada con flores. Cada cementerio es como otra aldea de juguete donde las almas de los muertos llevaran una inocente vida de niños.
El cristo del veneno
No son pocas las instalaciones de nuestros artistas contemporáneos que echan mano de lo que el ingenio o la devoción popular ha hecho. Lo hacen generalmente con un desagradable tono de burla, pretendiendo mofarse de algo que es sagrado más que por lo religioso, por la ingenuidad y la inocencia que encarnan.
Existe en México una gran devoción al Cristo del Veneno. Cuenta la leyenda que había un hombre muy piadoso que tenía un terrible enemigo. Todas las tardes el hombre piadoso iba y se postraba ante un cristo y, luego de decir sus oraciones, besaba los pies de la imagen. Enterado el enemigo de la costumbre de su víctima untó veneno en los pies del cristo para matar al piadoso, pero esa tarde, al ir a ser besada en los pies emponzoñados, la imagen ennegreció y subió las piernas evitando así que el buen hombre se envenenara. Al ver el atacante el milagroso hecho, pidió perdón y se convirtió a la fe. Desde entonces quien quiere apartarse en México de las habladurías, o quien no quiere revelar un secreto que le ha sido confiado, o aquel que pretende que un testigo no lo hunda en un juicio, se encomienda al Cristo del Veneno.
Hay en la Catedral de México un carro de hierro con rodachinas, que debe pesar mas de una tonelada, en el que están atadas cientos de cadenas con candados cerrados - los candados son símbolo de prudencia, de mantener la boca cerrada - adornados con cintas de colores y con trozos de papel en los que pueden leerse en caligrafías torpes, toda suerte de peticiones: “para que a mi hermano Asdrúbal no lo echen de la chamba”, “para que a mi esposo Ildefonso lo atestigüen bien en el juicio el once de marzo”, “para que no diga jamás lo que me confió Margarita”. Lo que la devoción popular ha hecho allí con ese pequeño carro y las peticiones al Cristo del Veneno es de una plasticidad y de una belleza única, no sólo por el colorido de las cintas leves y el contraste con las cadenas y los candados pesados. Es bello y conmovedor sobre todo por la súplica genuina y por el dolor humano y verdadero que el carro con los candados soporta.
Tienda de pieles finas Lecuona
El local es minúsculo. Tiene una pequeña vidriera que da a la calle, en la que exhibe las capas, gorros y diademas en piel que ella misma confecciona. Al empujar la puerta de un solo batiente, nos recibe un penetrante olor a naftalina. Allí hay un viejo mostrador con puños y cuellos y en un aparador de puerta corrediza en vidrio, varios abrigos. Ya casi toda su mercancía es de piel de conejo, pero aún hay algunas prendas elaboradas en piel de zorro y de mink y otras piezas pequeñas en astracán. Al fondo, tras una cortina, puede verse la máquina de coser en la que zurce las partes. La anciana de ojos desconfiados atiende a mis preguntas y me explica que antes tuvo su tienda en la Avenida Insurgentes, pero que hace ya cerca de treinta años se mudó a la Avenida Sonora en la Colonia Condesa, un sector menos comercial, pero que tiene el aire de la época en la que todavía se usaban las pieles. Al preguntarle su nombre, dice, como subrayando su rango de costurera de alcurnia: soy la Señora Lecuona, para atenderle.
En el muelle
Caminamos en la noche por el malecón. La brisa refresca un poco y trae vaharadas de fangos fétidos mezcladas con el salitre. Nos adentramos en el muelle y vemos a lo lejos los lentos desplazamientos de las grúas iluminadas cargando los barcos en la noche. Mar adentro, al mirar con atención, percibimos la pesada maniobra de los buques petroleros, como ciudades colgantes en la oscuridad marina. Pasan las parejas de enamorados secreteándose y algunos muchachos arrojan sedales al agua. Bella esta hora del muelle con su lejano ajetreo nimbado por un resplandor de fábrica en la noche tibia y callada de Veracruz.
Maldición gitana
Sentado en un café de los portales de Veracruz, mientras me tomo una copa y la brisa de vez en cuando alivia el sopor de la tarde, veo pasar a la gente. Varias veces se nos acercan a ofrecernos servicios de quiromancia. De pronto pienso que nunca me he hecho leer la mano de una gitana, y escojo a la mayor de ellas que tiene un enigmático rostro cetrino de alta nariz aguileña enmarcado por el consabido pañuelo anudado detrás de la cabeza. La mujer toma mi mano y, sin ningún interés, sin mirarme siquiera, comienza a dar vueltas con su índice sobre mi palma extendida. Me intriga conocer su lenguaje, saber en qué pueden coincidir sus adivinaciones con mi pasado. Me dice que he sido muy afortunado, pero que tengo un enemigo y una enemiga en mi vida. “Ellos han echado un puño de sal en tu casa”, me advierte en tono amenazador. Demasiado pronto llega al punto que yo sospechaba. “Pon un billete de gran valor sobre tu mano que yo diré un conjuro para que ellos te dejen tranquilo y la felicidad te rodeé,” me dice, esta vez mirándome a los ojos desde los suyos hundidos en unas ojeras profundas. Al querer zafarme del juego, habiéndole pagado ya lo pactado, sentencia con una malévola sonrisa dibujada en la cara: “no te guardo rencor, sé que tú prefieres tu dinero a que yo te separe de ellos,” y se marcha dejando impregnado el ambiente con el rancio olor a orines de sus ropas.
Bocetos mexicanos es producto de una Residencia Artística otorgada a Fernando Herrera Gómez por el Ministerio de Cultura de Colombia y Conaculta de México.
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William Zapata Montoya Rafael Victorino Muñoz |
poemas de Federico Díaz-Granados poemas de Fernando Herrera Gómez
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Andrés Burgos Alberto Salcedo Ramos
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Juan Carlos González A. Pedro Fernández Borrero
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