Ha de saber el amable lector que ni una sola vez me he hecho hacer un masaje, pues considero que dicha práctica no puede ser sino sumamente perjudicial para un hombre célibe. Sin embargo, en más de una ocasión el azar me ha permitido escuchar las conversaciones que tienen lugar “al otro lado”, entre fricciones, vibraciones y percusiones, y he podido concluir, luego de una detenida evaluación de esos retazos de experiencia, que las damas que practican ese oficio reúnen, quizá sin saberlo, las cualidades (muy difíciles de encontrar, por cierto) que debería poseer todo psicoterapeuta.

Hablo de damas porque solamente he sido testigo indirecto de masajes practicados por ellas: ora encantadoras jovencitas, ora señoras de más edad pero no menos delicadeza. Claro está que en el masaje-psicoterapia son posibles todas las combinaciones de género: no hay que olvidar que el propio Freud, mientras masajeaba y escuchaba atentamente a una de sus enfermas histéricas (Elisabeth, si la memoria no me traiciona), descubrió por pura casualidad que no era necesario recurrir a la hipnosis para desenredar la maraña del padecimiento neurótico. Repito, pues, que hablo de “la” masajista y “el” cliente porque es la única relación a la cual me he podido asomar, y ruego a quien así lo desee que me comunique sus propias impresiones para poderme hacer una composición de lugar más completa.

Mientras practican lo que para mí es un misterioso ritual manual, las masajistas efectúan también una operación psicológica sobre cuya importancia nunca se podrá insistir suficientemente: escuchan con toda atención a su cliente. (¿No sería mejor, me pregunto, elevarlo a la categoría de paciente?) Digo que lo escuchan porque no hacen lo que solemos hacer las gentes del común en las conversaciones corrientes, que no es otra cosa que fingir que escuchamos al otro. En realidad, solamente nos estamos preparando para hablar, y para hablar de nada distinto de nosotros mismos. Pero las masajistas no hacen esto. Ellas escuchan, escuchan de verdad, con devoción, y solamente hablan de sí mismas, de sus experiencias y aventuras, cuando se les solicita expresamente que lo hagan. Oyen con el mayor interés interminables enredos laborales y domésticos, chistes tontos o de mal gusto y hazañas personales poco probables. El resto del tiempo, cuando hablan, lo hacen para llevarle la idea al atildado señor que encomienda en sus manos su cuerpo y su espíritu. Si el cliente habla sobre el disgusto que le produce el cigarrillo, la masajista dirá: “Sí, doctor, es un vicio muy desagradable y muy perjudicial para la salud. Yo tampoco lo soporto.” Si el siguiente parroquiano defiende a capa y espada su derecho a fumar donde le plazca, la masajista acotará: “Ay, sí, doctor, nada más relajante y más delicioso que un cigarrillo.” No resulta extraño que, si el buen hombre pasó o está pasando por un divorcio, la masajista denueste del matrimonio y sus desdichas a la par con él. Pero si, por el contrario, aquel comenta que su matrimonio es bien avenido, ella no podrá sino incurrir en el más cálido elogio de dicha institución.

No encuentro en esta contradicción nada de reprochable. Lo que sucede es que la masajista percibe inconscientemente que por boca de un hombre adulto está hablando un niño que busca que alguien lo acepte tal como es y se haga cargo de él por completo. Ellas mismas me lo han dicho con todo candor cuando les he hecho alguna observación al respecto: “La gente necesita que la consientan”. Para resumir, diré que en lo hondo de la mente la masajista viene a corresponder a ese ser benévolo y poderoso con cuya expectativa innata venimos todos a este mundo. Ahora bien, si el psicoanalista o psicoterapeuta capta la importancia de esto y comprende por fin que debe propender a ello, no podrá hacerlo, muy para su mal, por medios tan auspiciosos como los que están literalmente al alcance de la mano de las masajistas, sino que deberá recurrir al fatigoso e incierto aprendizaje de difíciles técnicas.

Por las anteriores razones, no vacilo en recomendar que antes de buscar psicólogas marisabidillas y psiquiatras atolondrados que nos llenen de consejos peregrinos, de palabras vacías de contenido como “depresión” y “estrés” y de drogas que no llegan ni a rozar el motivo íntimo y profundo de los sufrimientos que debemos arrastrar por esta áspera vida, nos encomendemos gozosos y confiados a los amables cuidados de las masajistas.

 

 

 

 

 

Pedro Fernández Borrero (Bogotá, 1965): se formó en Medicina, Filosofía y Psicoanálisis, y ejerce esta última profesión. Es miembro de la Sociedad Colombiana de Psicoanálisis, y ha publicado algunos artículos de teoría del psicoanálisis, técnica psicoanalítica y análisis aplicado.

 

 

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