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Había esquivado el cigarrillo desde la tarde anterior. Lo saca
de la cajetilla, lo olfatea, se lo pone en la mano y finge fumar. Piensa en la foto que la
mira desde un marco de metal opaco: representa un malestar innecesario pues le recuerda lo
poco que la impulsa a seguir viviendo. Un rayo de luz artificial que baña los muebles y
la chimenea, neutraliza los asomos pálidos de esa mañana tan llena de luces de
semáforo, tan llena de un sol ahogado en capas de contaminación. Mira al suelo, mira de
nuevo la foto y piensa en esa mañana polvorienta tan igual a todas las otras mañanas de
todos los días de su vida. Bajo la almohada de un cuarto del primer piso permanece ese
libro que decidió leer desde hace rato. Casi todas las hojas están dobladas por el
descuido de poner la cabeza encima por la noche.
Saca un jugo de manzana de la nevera y la cierra rápido. Odia impregnarse
de ese olor a caja cerrada congelada con carnes y lechugas adentro. Vuelve a su sitio y en
el sillón hay ahora una luz fuerte y repentina que la encandelilla, los nubarrones dan
paso a un sol de montaña cortante, inesperado.
Se acuesta en el sillón como parte de un ritual aprendido a fuerza de
repetirlo. Reconoce el ruido de la ventana de enfrente, despierta de su ensueño y sabe
que el segundo movimiento lo dará ella como parte de un mecanismo de perfecta causalidad.
Apenas él abre la ventana, al otro lado de la calle, ella tiene varias opciones: puede
esperar un poco y encender un cigarrillo; puede irse al estudio por el corredor que da a
la calle (y por ende a la ventana); puede sacar un par de libros de la biblioteca
(diagonal a la ventana) y bajar al primer piso, o puede, en última instancia, asomarse a
la ventana y empezar una conversación banal.
La opción, cualquiera que sea, la lleva siempre a someterse a la voluntad
de otro. Si pudiera, se asomaría todos los días con la certeza de que, esta vez, ella
determinaría los pasos a seguir. Pero se contiene, siempre se contiene y espera.
Hundida en el sillón, se desarregla un poco el pelo y se levanta para
alcanzar el encendedor, ubicado encima de la chimenea, justo en el campo visual del sujeto
que la contempla al otro lado de la calle.
Al regresar sobre sus pasos hacia el sofá, lo mira y se culpa otra vez
por ajustarse a parámetros y a reglas ajenas de un juego tan cercano, tan propio.
Pocos gestos le bastan para reconocer que el ritual permanece intacto. Él
la espera. Baja las escaleras y cruza esa calle impregnada de luces borrosas de semáforo.
Abre el portón de madera y sube las escaleras que crujen a su paso. Empieza a oír esa
letra conocida mientras se quita el saco. "... And I saw my reflection in the
snow-covered hills 'til the landslide brought it down, Oh, mirror in the sky - what is
love? Can the child within my heart rise above? Can I sail through the changin' ...ocean
tides?, Can I handle the seasons of my life?".
Se acerca guiada por un claro olor a trementina, pasa por los corredores
que dan a su habitación en medio de grandes cuadros empapados en aceite de linaza. Ve los
pinceles en el piso y los manchones de óleo. Parte de su abstracción se debe a la
música que suena en todo el estudio, en los lienzos, en su cuarto. El escritorio está
lleno de carboncillos partidos y de tubos de vinilo a medio empezar. "...and if
you see my reflection in the snow -covered hills ... well the landslide will bring it
down".
Ya todo el ritual está completo. Siente la trementina fría en la espalda
y lo mira como quien reconoce con satisfacción la culminación de una ceremonia diaria,
mientras afuera cambian los semáforos sin que haya nadie que los mire. De pronto, deja de
oír la música y recuerda que la foto, esa foto que permanece expectante en su sala, la
traería a una realidad evadida, a reconocer que ese hombre que ahora la besa y la
desviste, sólo representa una distracción, una evasión abrupta y momentánea frente a
sus días sin objeto en una mañana igual a todas.
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