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índice
introducción
capítulo I
capítulo II
capítulo III
introducción
La preocupación prioritaria por el desarrollo económico y la industrialización
que había prevalecido luego de la Segunda Guerra Mundial, desapareció de la agenda
pública con las urgencias derivadas en los años 70 del resquebrajamiento del régimen
financiero internacional de postguerra, la secuencia de recesiones con inflación (stop-go)
que le siguió, las crisis del petróleo de 1973 y 1979, y la de la deuda externa a
comienzos de los 80. Debido a la ilimitada confianza en la superación de estas crisis
mediante las políticas neoliberales de ajuste y reestructuración adoptadas en ese
período, el tema de las perspectivas del desarrollo socioeconómico de América Latina a
más largo plazo continuó brillando por su ausencia en la última década. La excepción
fueron los planteamientos de la CEPAL sobre "crecimiento con equidad" y el
neoestructuralismo, que no tuvieron mayor acogida, salvo parcialmente en Chile con el
retorno de la democracia.
Esta situación ha
cambiado a la luz de los resultados obtenidos en la región en los últimos años, donde
se mezclan logros macroeconómicos importantes, pero insuficientes y sumamente frágiles,
como se ha visto en varias ocasiones y en particular en la actualidad, con consecuencias
sociopolíticas adversas y preocupantes perspectivas de gobernabilidad. De este modo, en
los últimos años, el tema del desarrollo ha vuelto al centro del escenario. Una muestra
son algunas de las recientes reuniones y publicaciones del Banco Mundial y del BID,
instituciones que promovieron con entusiasmo las políticas neoliberales.
capítulo
I
1. del
pensamiento único al pensamiento crítico
Por las razones anteriores, el tema que se pretende explorar en este trabajo
carecía hasta hace poco de todo interés y sentido para gran parte de la elite y
tecnocracia gobernantes de la región, y para la comunidad internacional privada y
pública que los apoya y con los que se identifican. En su discurso único y dominante se
afirmaba en forma explícita y reiterada, o se suponía implícitamente, que el colapso
del mundo socialista y la globalización del sistema internacional, junto al inédito y
acelerado proceso de profundas transformaciones tecnológicas, económicas, sociales,
políticas y culturales en curso, estaban configurando una situación de superación de
las ideologías tradicionales, imponiéndose la democracia liberal en lo político y el
sistema de mercado, en su versión neoliberal, en lo económico.
De esta manera, se
suponía que la sostenibilidad del desarrollo estaba plenamente asegurada en virtud del
reconocido potencial de crecimiento de la economía capitalista globalizada y de la
implantación del régimen democrático. Había dos fenómenos centrales que estaban
influyendo positivamente sobre nuestra realidad y seguirían haciéndolo en el futuro: la
globalización y el neoliberalismo. Ambos asegurarían la aplicación de tales políticas
económicas y con ello un óptimo crecimiento futuro.
Frente a este discurso
triunfalista, apoyado parcialmente en realidades históricas incontrovertibles, los
sectores progresistas, de centro-izquierda, socialistas y humanistas, renovados y no
renovados, reaccionaban con escepticismo pero quedaban en verdad descolocados, confusos y
perplejos. Sin embargo, en la medida que el triunfalismo neoliberal enfrenta en su
trayectoria realidades complicadas y bastante menos exitosas que las esperadas, se abre
nuevamente un espacio para la reflexión crítica.
Lo primero que conviene
precisar es que dichas ideas constituyen en realidad una nueva ideología, la del fin de
las ideologías. Según ésta, se habría llegado a una estación terminal del proceso
histórico, la fase final y superior del capitalismo. Este discurso comienza a debilitarse
ante una realidad que lo desacredita crecientemente. La democracia, lejos de afirmarse y
profundizarse, está en peligro, y aunque se mantenga su formalidad, se está desvirtuando
en muchos países. El crecimiento económico no llega a la mitad de las tasas que
prevalecieron en las décadas del 50 y 60. Además, depende como nunca del ahorro externo,
con lo que se hace sumamente inestable, como ha quedado demostrado nuevamente en la
actualidad con las repercusiones de la crisis financiera asiática. Las condiciones
sociales continúan en muchos países siendo peores que en los años 70 y se hacen
crecientemente insoportables. Siguen prevaleciendo los deteriorados índices de pobreza y
una pésima distribución del ingreso, y las protestas sociales irrumpen con violencia
mientras las conductas individuales y colectivas antisistémicas (narcotráfico,
drogadicción, violencia, corrupción) se extienden y agudizan, convirtiéndose en serios
problemas de gobernabilidad.
Pero no solamente en
América Latina hay problemas. En EE.UU. e Inglaterra, los dos países anglosajones que se
exhiben como modelos de la nueva era del neoliberalismo, si bien se ha recuperado el
crecimiento, la distribución del ingreso y la pobreza han empeorado notoriamente desde su
implantación. En Europa, salvo en Holanda, prevalece el estancamiento y el desempleo ha
alcanzado niveles sin precedentes desde la Gran Depresión de comienzos de los años 30.
En el plano internacional, cuatro de las características centrales son el crecimiento
mediocre de la economía, la incontrolable volatilidad financiera, la extrema debilidad de
la institucionalidad pública internacional y el empeoramiento sostenido de la
distribución del ingreso mundial.
Cuando se examina esta
última tendencia a la luz de las de la población mundial, se puede anticipar que hacia
el año 2000 habrá pequeños islotes de extrema riqueza en los países de la OCDE para
alrededor del 15 % de la población mundial que disfrutará de cuatro quintas partes del
Ingreso Mundial, sobre los que presionarán la pobreza relativa y absoluta de la mayoría
del 85 % restante, que tendrán que arreglárselas con sólo un quinto del Ingreso
Mundial. Debe ser por esta razón que la única política que definitivamente se exceptúa
del programa neoliberal de apertura, liberalización y desregulación es la política de
migración.
A la luz de estos y otros
antecedentes similares, entre los cuales el de los riesgos crecientes a que está siendo
sometido el equilibrio ecosistémico del planeta en virtud del fenómeno del calentamiento
global de la atmósfera, al que aludiré más adelante, resulta claro que es conveniente
situar los fenómenos de la globalización y del neoliberalismo en un claro contraste
entre aquella ideología triunfalista y esta realidad objetiva. Hemos estado sumergidos en
un baño ideológico de gran intensidad que nos ha impedido distinguir entre lo que es y
lo que algunos quisieran que fuera, justificados paradójicamente en función de un
pretendido fin de las ideologías. El ideal del Estado mínimo y el mercado máximo, así
como la identificación de globalización y neoliberalismo con modernización, progreso y
desarrollo, es una peligrosa trampa ideológica: nos impide ver la realidad y reaccionar.
Igual cosa ocurre con la
idea de que estamos en una nueva realidad inmodificable, la mejor de todas las posibles,
sin opciones ni alternativas, a la que solo cabe apoyar. Todo esto está muy reforzado por
los medios internacionales de comunicación masiva, especialmente la prensa económica
especializada, así como gran parte de la tecnocracia y la profesión económica. En estas
circunstancias hay una necesidad imperiosa de desarrollar una visión crítica de esta
sesgada situación intelectual que estamos viviendo. Para ello, basta plantearse
dialécticamente frente a las ideas prevalecientes de la historia y la economía para
observar que la linealidad triunfalista del neoliberalismo y la globalización se enfrenta
a contradicciones formidables que son sistemáticamente omitidas del discurso. No
obstante, su razón instrumental en materia de política económica se ha extendido
aplastantemente en relación a los consensos y necesidades sociales.
En contraste con la
visión mecanicista y lineal del "Fin de la Historia" articulada por Fukuyama,
considero más fructífero explorar con un enfoque dialéctico una hipótesis parecida,
respetuosa de las nuevas realidades contemporáneas, pero que no tiene carácter
determinista, es mucho menos ambiciosa y está desprovista de ropajes ideológicos y
mesiánicos. De acuerdo con esta hipótesis, el mundo estaría pasando por una fase
histórica en que efectivamente, por múltiples y poderosos motivos, internos e
internacionales, se acentúa notablemente el predominio de la teoría y la praxis de la
democracia liberal en lo político y del sistema de mercado en lo económico. Pero el
futuro no está predeterminado; para bien y para mal continúa abierto, tanto para los
países desarrollados, como especialmente para los que, como los nuestros, aún tienen
mucho camino por recorrer antes de alcanzar aquel estado ideal. Suponiendo además que
están en la vía correcta y no en un desvío, como parecen sugerirlo los preocupantes
síntomas socioeconómicos y políticos prevalecientes.
Esta manera de
conceptualizar la realidad actual le atribuye una temporalidad histórica de carácter
más bien cíclico y dialéctico y diferencia además entre los países centrales y los
periféricos. Esto tiene al menos dos implicaciones supremamente significativas. Una, que
el futuro no está de ninguna manera predeterminado desde ahora y para siempre y que
siguen, por consiguiente, existiendo alternativas posibles. Por tanto, concebir utopías y
elaborar visiones y programas alternativos de futuro continúa siendo un ejercicio no
sólo posible y útil, sino extremadamente necesario y urgente. De hecho, esta es tal vez
la tarea más importante que debiera autoimponerse el Foro América Latina-Europa para un
Desarrollo Social Sostenible en el Siglo XXI. En el plano intelectual y político esto
tiene importantes consecuencias, en especial para los partidos políticos y las
generaciones más jóvenes, que en ausencia de una perspectiva de esta naturaleza han sido
desmovilizados en su accionar político e ideológico.
La segunda implicación
es igualmente significativa. Un mínimo de realismo, que no debe confundirse con
pragmatismo oportunista, obliga a reconocer que en la fase histórica actual las
condiciones objetivas y subjetivas impulsan y propenden al establecimiento y
fortalecimiento del régimen democrático, la economía capitalista y el mercado. Pero
ello no quiere decir que haya una sola y única versión de democracia liberal y de
economía de mercado, como las que existen en el mundo anglosajón, que es la que
específicamente se pregona como modelo exclusivo e ideal.
Aparte de que el
socialismo, aunque el mercado se expanda, sigue vigente en varios países, y entre ellos
nada menos que en China, hay en el mundo contemporáneo una variedad de casos diferentes
del capitalismo individualista anglosajón. Es desde luego el caso de los capitalismos
"administrados", ya sea en formas cooperativas, como en Alemania, Francia,
Austria, Italia o Suecia, o corporativas, como en Japón, Taiwán, Corea o Singapur. Bajo
los amplios ropajes comunes del capitalismo, y no obstante estar sujetos también a las
presiones y ajustes impuestos por la globalización, estos países presentan realidades
concretas y reacciones políticas muy diversas en lo económico y también en lo
sociocultural. Y está todo el ex mundo socialista y los países de tradición más
estatista, como los latinoamericanos, que se encuentran en procesos abiertos muy diversos
y en distintas etapas de difícil, compleja y diferenciada transición.
Esta constatación
también tiene profundas implicaciones políticas prácticas. Significa que, reconociendo
las orientaciones generales que la realidad y las corrientes de pensamiento actuales más
determinantes e influyentes intentan imponer, es posible y necesario explorar los matices,
las variantes y las alternativas que corresponden con mayor propiedad a las tradiciones
históricas, las nuevas realidades contemporáneas y las perspectivas y proyectos futuros
de nuestros países.
La globalización no
plantea tanto la cuestión general de la sobrevivencia del Estado Nación, como se nos
quiere hacer creer, sino mucho más específicamente la continuidad sociocultural de las
sociedades nacionales relativamente exitosas estructuradas en el período de postguerra
sobre la base de formas diversas de economía mixta y ensayos más o menos logrados de
Estados de Bienestar o desarrollistas. Esa experiencia se caracterizó por la búsqueda de
una complementación sinérgica del accionar del Estado y del mercado, en contraste con la
alternativa socialista que intentó reemplazar sin éxito el mercado por el Estado y la
alternativa neoliberal que intenta reemplazar, con resultados cada vez más
problemáticos, el Estado por el mercado, promoviendo deliberadamente la confusión entre
privatización, desregulación, apertura y jibarización del Estado, o sea el programa
neoliberal, con la modernización. La modernización no puede consistir en retroceder al
capitalismo salvaje sin contrapeso social característico del siglo XIX, ni tampoco al
estatismo burocrático en sus versiones más o menos opresivas y paralizantes de la
postguerra.
El gran desafío
prioritario es la recuperación de la política como acción pública innovadora para
establecer un nuevo equilibrio que logre complementar Estado y mercado en el contexto de
la globalización, al estilo de la interesante experiencia holandesa, o mediante
propuestas y proyectos como las del laborismo de Blair en Inglaterra, de Jospin en Francia
y de Prodi en Italia, así como los esfuerzos por avanzar hacia el crecimiento con equidad
en Chile. Se trata de rechazar una visión unívoca de la globalización y el
neoliberalismo mediante intentos como los de las sociedades europeas de recrearse a sí
mismas a partir de nuevas propuestas, en nuevos contextos y superando su historia reciente
sin nostalgias ni retrocesos.
La intelectualidad
latinoamericana ha estado demasiado ausente en esta tarea. En el plano económico, el
campo ha sido copado por los exégetas tradicionales del neoliberalismo, por conversos
más o menos agresivos o vergonzantes, y por opositores frecuentemente obsoletos que se
atrincheran exclusivamente en la denuncia y la nostalgia. Pocos han sido los aportes que
buscan y proponen alternativas al neoliberalismo, como es el caso del neoestructuralismo
latinoamericano. No obstante la riqueza del pensamiento económico-social latinoamericano
heredado del pasado, ampliamente reconocido en la literatura especializada universal, hay
una relativa carencia de un pensamiento regional renovado, que reconociendo las cambiadas
realidades actuales no renuncie sin embargo, en aras de un pragmatismo oportunista, a sus
fundamentos, raíces y experiencia históricos, valóricos, filosóficos y
epistemológicos, para desarrollar sobre esta base una capacidad para generar nuevas
propuestas.
De acuerdo con ese
pensamiento, ninguna reflexión profunda sobre la realidad latinoamericana puede
prescindir de situarla en un contexto estructural histórico e internacional. En otras
palabras, no es posible una comprensión cabal del proceso en curso y sus perspectivas sin
contrastarlo con sus raíces históricas en las anteriores etapas del desarrollo
latinoamericano, todo ello en el contexto de la evolución del sistema internacional, o
sea, del conocido esquema conceptual Centro-Periferia elaborado originalmente por Raúl
Prebisch. Paradójicamente, éste obtiene ahora plena legitimidad por la centralidad que
unánimemente se da al proceso de globalización como marco del devenir de los países.
2. la
globalización y el neoliberalismo: ideología y realidad
Partamos entonces por examinar estos conceptos, para desentrañar lo que hay en
ellos de ideología y de realidad. La ideología de la globalización presenta este
proceso como una tendencia novedosa e históricamente inédita, centrada esencialmente en
la revolución tecnológica contemporánea, parte inherente del proceso de modernización,
de carácter espontáneo, irresistible y fundamentalmente positivo. Por tanto, no
quedaría sino incorporarse a ella y aprovecharla al máximo. Para iniciar un examen
crítico de esta versión de la globalización, que ciertamente no pretende ser
exhaustivo, conviene referirse a cuatro de sus aspectos: su dimensión histórica, su
trayectoria cíclica, su naturaleza intrínseca y su dinámica dialéctica.
2.1. la
dimensión histórica
Por lo que atañe al pretendido carácter novedoso e inédito del proceso de
globalización, existe una nutrida bibliografía sobre el proceso de expansión y
acumulación del capitalismo comercial interurbano de ultramar, con el que en los albores
de la Edad Media se comienzan a desarticular las sociedades precapitalistas. Más
adelante, al vincularse el espíritu empresarial con la innovación tecnológica en la
Revolución Industrial, se afianza definitivamente la vocación expansiva mundial del
capitalismo al reducirse dramáticamente la distancia, el tiempo y los costos del
transporte y las comunicaciones internacionales.
De esta manera, hacia
fines del siglo XIX el Imperio Británico llega a una fase de globalización que, en
términos relativos a la escala de la economía de la época, nada tiene que envidiarle a
la actual en cuanto a la integración del sistema financiero comandado desde la City de
Londres por la libra esterlina, los abundantes y dinámicos flujos de inversión y de
comercio, y las copiosas corrientes migratorias. Un libro reciente sostiene fundadamente
esa tesis, señalando que lo que está pasando actualmente no es sino una nueva fase de
extraordinaria intensificación de ese proceso.
Sin retroceder mucho
históricamente, por lo menos desde la era de los grandes descubrimientos del siglo XV
hasta los imperios coloniales del siglo XIX y la evolución del sistema internacional
durante el siglo XX, observamos una persistente tendencia acumulativa de largo plazo de
creciente integración de las diversas regiones del mundo. Esa tendencia se caracteriza,
sin embargo, por fases de intensificación o aceleración seguidas de otras de
desintegración o desaceleración, al pasar de unas formas o maneras de integración
internacional a otras.
En este sentido, es
interesante y sugerente revisar los términos, conceptos o metáforas que surgen en
ciertos momentos históricos y con los que se alude a dichos períodos de mayor
integración mundial: el colonialismo en los siglos XVI al XVIII, el imperialismo en los
siglos XIX y XX, posteriormente la internacionalización, más recientemente la
transnacionalización; y, actualmente, la mundialización y la globalización. Aunque
estos conceptos surgen en determinadas circunstancias históricas, sobre todo los más
antiguos, se van superponiendo con el tiempo y algunos debaten sesudamente sobre cuál de
estas expresiones realmente corresponde al fenómeno que estamos observando. No me parece
que ese sea un ejercicio demasiado fructífero, porque pareciera que esas distintas
metáforas corresponden, en realidad, a visiones históricas que remiten a momentos en que
el mundo tendía a integrarse de una cierta manera específica y diferenciada.
Por consiguiente, tal vez
no valga la pena una gran disquisición sobre cuál es la definición correcta, cuál de
estos conceptos corresponde mejor a la realidad actual. Porque estos conceptos
corresponden más bien a etapas específicas del proceso histórico universal de
globalización, que fue tomando diferentes características en distintos momentos,
características que le dieron su nombre. Si el proceso actual se le considera de
globalización y no como colonización es porque hay algo nuevo y diferente, aunque se
retengan real o aparentemente elementos del período colonial.
2.2. el carácter
cíclico
El examen histórico de la prolongada evolución hacia una creciente integración
de las diferentes regiones del mundo se revela en definitiva como el proceso histórico de
desarrollo del capitalismo. La expansión del modo de producción capitalista y de la
incorporación de nuevos espacios geográficos al comercio, las inversiones, los
transportes, las comunicaciones, las migraciones y las instituciones y normas jurídicas y
la cultura capitalista se dio en forma de procesos cíclicos, con períodos de avance y
otros de retroceso, y con cambios en la naturaleza de las vinculaciones entre los
territorios que se integraban.
Los períodos de
aceleración tienen evidentemente mucho que ver con los procesos de innovación
tecnológica, los que, como es bien conocido, también se producen en oleadas periódicas.
Los descubrimientos geográficos del siglo XV están asociados a notables innovaciones
tecnológicas en los instrumentos de navegación. La gran expansión económica
internacional de la segunda mitad del siglo XIX está asociada al extraordinario
desarrollo de la tecnología del transporte: la máquina a vapor, el ferrocarril, el barco
de casco metálico y también las comunicaciones y la electricidad. El fenómeno de
globalización contemporáneo está muy asociado al transporte aéreo, las corporaciones
transnacionales, la revolución comunicacional e informática, y a la sinergia que se
produce entre estos componentes claves del proceso.
Ahora bien, creo que no
hay que confundir. La naturaleza del proceso de globalización no hay que asimilarla al
puro progreso tecnológico, como lo hace, por ejemplo, Alain Birou, en un interesantísimo
trabajo que atribuye la esencia de la globalización a la innovación tecnológica. Con
una adecuada perspectiva histórica, creo que queda claro que la esencia del proceso de
globalización es la ampliación, intensificación y profundización de la economía de
mercado. La revolución tecnológica contemporánea, como otras anteriores, es uno de los
medios fundamentales a través de los cuales ello se produce. Que esto es así, lo
demuestra el hecho de que tal como hay períodos de aceleración de la integración
internacional, también hay períodos de desintegración y retroceso. Esto no ocurre con
el proceso acumulativo de desarrollo tecnológico, el que bien puede continuar y en
ningún caso retrotraerse a niveles anteriores, a menos que haya convulsiones
socioeconómicas o políticas.
Los períodos de
desintegración o retroceso corresponden justamente a cambios y fases de crisis y
reemplazo de la potencia dominante y de reorganización del sistema internacional
imperante y sus instituciones. Así ocurrió durante el siglo XVIII y la primera mitad del
XIX, cuando el Imperio Británico, en plena fase de expansión comercial y luego
manufacturera, fue desplazando gradualmente al Imperio Español y Portugués en América,
y quebrantando sus relaciones comerciales y financieras, y eventualmente, después de la
Revolución Francesa, también las políticas. Ocurrió también en el período de
estancamiento, inestabilidad, crisis económicas y bélicas que, entre 1914 y 1945,
desarticuló el notable grado de integración internacional que se había producido a la
vuelta del siglo bajo la égida del Imperio Británico, la Revolución Industrial y la
libra esterlina.
De hecho, como ya se ha
señalado, aquella situación no tiene mucho que envidiarle comparativamente a la
situación actual en términos de integración comercial, financiera, de inversiones, de
los transportes, las comunicaciones, las migraciones, las instituciones y la cultura.
Keynes recordaba ese período con gran nostalgia unos años después del fin de la Primera
Guerra Mundial: "¡Qué episodio más extraordinario en el progreso del hombre fue la
época que terminó en agosto de 1914!
El habitante de Londres podía pedir por
teléfono, mientras saboreaba su té matinal en cama, los productos más variados
procedentes del mundo entero, en la cantidad que desease, seguro siempre que, dentro de un
tiempo razonable, dichos productos estarían a la puerta de su casa; podía al mismo
tiempo y por el mismo medio invertir su fortuna en materias primas y nuevas empresas en
cualquier región del mundo, y participar, sin gran dificultad y sin problemas, de los
frutos y ventajas de esos negocios; o, en fin, podía ligar la seguridad de su fortuna con
la buena fe de la comunidad de una honesta municipalidad en cualquier continente, según
la información de los servicios de información".
No obstante continuar una
notable sucesión de innovaciones tecnológicas, durante el período interbélico se
desarticuló completamente ese mundo maravillosamente integrado a que aludía Keynes. Las
guerras mundiales y la Gran Depresión llevaron al reemplazo del Imperio Británico por
los EE.UU. como potencia mundial dominante; el dólar por la libra esterlina como moneda
hegemónica; los mercados financiero, comercial y de inversiones internacionales por el
sistema de instituciones financieras públicas internacionales de Bretton Woods; la
primera fase de la Revolución Industrial (carbón, máquina a vapor, ferrocarriles) por
la segunda (petróleo, electricidad, industrias petroquímica y automotriz).
En el plano
sociopolítico, durante este período se produjo el desdoblamiento del mundo capitalista
en dos sistemas antagónicos, con la instauración de un sistema socialista estatizado en
la URSS, que se amplió a muchos otros países después de la Segunda Guerra Mundial.
Dentro del área capitalista, se produjo un avance sin precedentes del rol del Estado para
constituir economías mixtas que garantizaran la expansión económica, el pleno empleo y
la protección social. Estas economías mixtas adoptaron modalidades diferentes en
distintos grupos de países: el New Deal en EE.UU., los Estados de Bienestar en Europa
(después del fascismo y el nazismo en Italia, España y Alemania) y diversas variedades
de desarrollismo en Japón y el mundo subdesarrollado, gran parte del cual recién salía
del status colonial. Esta diversidad de situaciones dentro del mundo capitalista es una
precisión sumamente importante, a la que ya hemos aludido, y que conviene retener, pues
volveremos a ella más adelante.
La gran mayoría de estas
economías mixtas, y también las socialistas, tuvieron un período de crecimiento
económico y mejoramiento social excepcionalmente exitoso, sin precedentes históricos,
entre el fin de la guerra y la década de 1970, cuando unas entraron en decadencia y otras
colapsaron. En este contexto, emerge y se fortalece la nueva etapa de integración
internacional que ahora llamamos globalización, tal vez porque aparentemente lo abarca
todo y a todos, y que se caracteriza por una nueva revolución tecnológica,
institucional, financiera e ideológica: el neoliberalismo.
2.3. las
dimensiones extensiva e intensiva
Sostengo entonces que la globalización es la forma como se manifiesta en este
particular período histórico, y con las características peculiares de esta época, una
fase de notable aceleración y ampliación del proceso secular de expansión del
capitalismo. Esta tiene dos dimensiones que me interesa destacar: una es la extensiva y
otra la intensiva.
La dimensión extensiva
es la territorial, la incorporación de nuevos espacios geográficos a la economía de
mercado. El colapso del socialismo ha significado que territorios que estuvieron vedados a
la economía de mercado durante más de medio siglo, como son los territorios de los
países socialistas, se están incorporando al sistema capitalista aceleradamente, por
cierto que con grandes dificultades e incertidumbres. Pero no son sólo nuevos territorios
y nuevas naciones que se incorporan al capitalismo después de haber estado bajo el signo
del socialismo. También lo hacen amplias áreas geográficas interiores de Estados
Nacionales capitalistas subdesarrollados que habían quedado semimarginadas del mercado, y
donde actualmente hay una gran expansión de la frontera capitalista interna, como es
particularmente el caso de la Cuenca Amazónica en América del Sur.
Lo anterior es
relativamente obvio. Lo que no es tan obvio, y mucho más interesante, es la idea de la
intensificación del capitalismo, comenzando por el traspaso de empresas y actividades
productoras de bienes y servicios tradicionalmente públicos al área privada y la esfera
del mercado, siguiendo con la penetración en profundidad en la vida social, de la
cultura, del comportamiento, de una impregnación mercantilista e individualista muy
intensa en las formas de conducta y los valores de los individuos, de las familias, de las
clases sociales, de las instituciones, de los gobiernos, de los Estados. Este es tal vez
el fenómeno más impresionante en la actualidad. Todos los que se van incorporando a este
proceso transforman conductas de distintos tipos en comportamientos maximizadores,
sometidos al análisis costo-beneficio, racionalizadores de utilidad, en el pleno sentido
de la racionalidad capitalista.
2.4. el proceso
dialéctico
Otra característica de la globalización es que su dinámica no es lineal sino
dialéctica, lo que implica reconocer que cada proceso tiene su antiproceso. Tal es el
caso en la concepción marxista que visualiza el desarrollo histórico del nuevo modo de
producción capitalista en contradicción con los modos de producción preexistentes, lo
que determina su desarticulación y desplazamiento. Similar es la concepción del ciclo
económico de Joseph Schumpeter, que lo concibe como el resultado del proceso de
innovación tecnológica, cuya irrupción en oleadas de innovación tiene efectos
simultáneamente creadores de nuevas actividades productivas y destructores de las
actividades que son desplazadas. Es también la visión de Karl Polanyi, que me parece
particularmente apropiada. Cuando Polanyi analiza la gran expansión del capitalismo en el
siglo XIX y comienzos del XX, y los profundos efectos desgarradores sobre las sociedades
preexistentes que ese proceso tiene, así como los movimientos sociales defensivos y
reactivos con que procuran defenderse las sociedades, lo que denomina "el doble
movimiento", creo que describe adecuadamente lo que estamos viviendo de nuevo en la
actualidad, en forma tanto o más intensa.
Y curiosamente, en
compañía de estos autores -Marx, Schumpeter y Polanyi- está nada menos que Michel
Camdessus, Director General del Fondo Monetario Internacional. Como buen francés, aunque
economista, es también una persona culta que conoce estos autores. En un artículo
reciente hay un párrafo notable en donde nos dice que no debemos olvidar que el proceso
de desarrollo capitalista, junto con su tremenda eficiencia expansiva, es brutalmente
desgarrador, destructor y desplazador en lo social, y que, por consiguiente, hay un rol
esencial para el Estado, que es preciso recuperar.
2.5. la
integración material versus la integración simbólica
La dinámica dialéctica del proceso de globalización incorpora efectivamente a algunos a
las actividades socioeconómicas modernas, mientras desplaza, margina y excluye parcial o
totalmente a los restantes. Por lo tanto, la globalización económica es un proceso
desigual, desbalanceado, heterogéneo. Por otra parte, el proceso intensivo de
penetración de la cultura capitalista tiende a generalizarse a todos, tanto a integrados
como a excluidos, como consecuencia principalmente de la abrumadora masificación global
de los medios de comunicación audiovisuales. Este último proceso de globalización
comunicacional genera una amplia integración cultural virtual o simbólica, que contrasta
dramáticamente en la mayoría de la población con una situación socioeconómica
precaria que no permite su concreción en la realidad. Las tan difundidas imágenes de la
"aldea global" y sus "ciudadanos globales" comunicados todos por
Internet, es un mito y una utopía inalcanzable para la inmensa mayoría de la población
mundial, que todavía no ha logrado acceder a la electricidad y al teléfono, que ya
existen desde hace más de un siglo, que carecen de los niveles de ingreso y educacional
requeridos y/o que sufren de analfabetismo tecnológico.
3. algunas
contradicciones sociopolíticas de la globalización y del neoliberalismo
El examen crítico del fenómeno de la globalización ha pretendido relativizar y colocar
en perspectiva histórica este concepto del que tanto se abusa actualmente, sin desconocer
de ninguna manera que hay efectivamente una nueva realidad en el grado de entrelazamiento
internacional en todas las dimensiones de la vida social, una especie de
"globalización global". No se puede desconocer tampoco que es un proceso
acumulativo de larga data, que no es primera vez que pasa por un ciclo de notables
avances, pero que también ha experimentado interrupciones y retrocesos notorios que bien
podrían volver a ocurrir en el futuro. Si bien introduce extraordinarias novedades y
avances tecnológicos con indudables efectos positivos de todo tipo, tiene también
simultáneamente profundos efectos negativos, desequilibrantes y desgarradores en lo
económico, social, ambiental, político, cultural e internacional, lo que tampoco es
históricamente inédito.
No es posible cubrir la
vasta gama de situaciones problemáticas asociadas a los fenómenos de la globalización y
de las políticas neoliberales en relación a la sostenibilidad del desarrollo vigente en
las próximas décadas. En lo que sigue destacaré solamente algunas las que me parecen
más importantes y que no han merecido ni remotamente la atención y el debate que
merecen.
Un tema esencial en el
plano sociopolítico, acentuado con el colapso del socialismo, es que desde hace unas dos
décadas estamos en presencia de un proceso masivo y deliberado de desmantelamiento del
sistema de solidaridad y protección social público creado durante las décadas de
posguerra; del amplio sector público fruto de la acción innovadora del Estado de
Bienestar. Un tipo de Estado que, políticamente, se expresó en coaliciones sociales
amplias: en el caso de Alemania e Italia, en la economía social de mercado y los partidos
demócrata-cristianos, y en el resto de Europa, en las economías mixtas y los partidos
socialdemócratas.
El gran tema en esos
países al iniciarse la etapa postbélica era cómo recuperar la capacidad expansiva del
capitalismo decimonónico después de la gran crisis socioeconómica y política del
período entreguerras, cómo superar la desocupación masiva y cómo mejorar las
condiciones sociales de la mayoría de la población, con el fin de hacer compatibles el
régimen democrático con el capitalismo. Como ya se mencionó, la instauración de
economías mixtas orientadas a crecer con pleno empleo y protección social dio lugar un
período tremendamente exitoso, sin precedentes, la llamada Edad de Oro del capitalismo.
Dentro de este contexto
favorable, más el del socialismo real, se desencadenó también en muchos países de
América Latina una acción económica y sociopolítica en favor del desarrollo
económico, la industrialización y las políticas sociales. También se basaron en
coaliciones amplias de empresarios, clases medias y obreros organizados, todos los cuales,
cual más cual menos, participaron del exitoso período de crecimiento de las décadas del
50 y del 60, antes que éste sucumbiera, entre otras razones, por causa del populismo.
Al cabo de un cuarto de
siglo excepcional, esa etapa completó su ciclo. Lo vaticinó tempranamente un economista
australiano, Colin Clark, quien sostenía ya por los años 40 que la economía capitalista
no podría soportar una tasa impositiva mayor del 20 al 25%. No se tomaba en serio esa
advertencia en aquellos años en que se ampliaba permanentemente el Estado. Pero Clark,
aunque exageraba, tenía razón, pues cuando la carga impositiva y de transferencias del
Estado llegó a niveles que empezaron a entorpecer la rentabilidad y el funcionamiento de
la empresa privada, mucho más elevados por cierto de los que él postulaba, comenzó la
presión para el desmantelamiento y el retroceso del Estado, dando paso al neoliberalismo.
A ello se sumó la
aceleración del nuevo proceso de globalización, que ya estaba en marcha a comienzos de
la década de los 70 en virtud de un fenómeno institucional -la expansión de la Empresa
Transnacional-; de los inicios de las revoluciones tecnológica y financiera, reforzado
todo ello mediante la implantación de las políticas neoliberales de los gobiernos
Thatcher y Reagan. De esta manera, las dos caras de una misma medalla -el proceso de
globalización y las políticas neoliberales- se comenzaron a reforzar mutuamente. Un
neoliberalismo ahora globalizado, donde juega obviamente un rol muy importante la
revolución tecnológica contemporánea que permite la difusión instantánea de la
información por el mundo entero.
Pero también incide
fuertemente el fenómeno financiero, que se inicia con la acumulación de los eurodólares
de la década del 60 y adquiere un desarrollo inusitado con los petrodólares derivados de
las dos crisis del petróleo en los 70, así como de la política deliberada de
desregulación de los sectores financieros que se inicia en EE.UU. e Inglaterra a fines de
esa década, lo que en conjunto le dio un inmenso impulso al mercado financiero global. A
tal punto, que actualmente el capital financiero -para usar terminología de comienzos de
siglo a lo Rosa Luxemburgo- prevalece absolutamente sobre el capital productivo. Esto era
exactamente lo contrario de lo que Keynes y el desarrollismo habían propuesto para la
postguerra: énfasis en la economía nacional real, la industrialización, el empleo
pleno, el crecimiento de la producción, e ingresos mayores y mejor distribuidos.
Esto no es lo que
interesa prioritariamente en la actualidad. Lo que interesa ahora es la estabilidad
financiera, los equilibrios macroeconómicos y la menor inflación posible, lo demás
vendría de suyo. El mercado financiero internacional, el inmenso poder adquirido por el
capital especulativo mundial, acecha todas las oportunidades de ganancia en cualquier
parte del mundo. Entre ellas las que pueden derivarse de las debilidades cambiarias que
suelen tener los países que incurren en desequilibrios monetarios, fiscales y de sus
cuentas externas, y que requieren por ello de fuertes entradas de capital extranjero para
saldarlas.
Para no desencadenar un
ataque especulativo contra su moneda, los gobiernos se encuentran entre la espada y la
pared. Por una parte, se han visto forzados a reducir -o cuando menos a no elevar- sus
ingresos tributarios, para asegurar que las empresas privadas se mantengan competitivas en
un mercado mundial altamente integrado. Por otra, para evitar el déficit fiscal, han
debido comprimir el elevado nivel de gastos que acarreaba el mantenimiento del Estado de
Bienestar o el Estado Desarrollista. Y esto exige políticas monetarias, fiscales y
salariales conservadoras y restrictivas.
Estas son las razones
fundamentales reales -independiente de la prédica ideológica neoliberal de la
desregulación, liberalización, privatización, apertura y reducción del rol del Estado-
que explican por qué se ha hecho sumamente difícil y exigente tener políticas
nacionales independientes y autónomas al nivel macroeconómico. Esta es también la causa
principal real, sin perjuicio de sus indudables aspectos problemáticos, que ha inducido a
los intentos de desmantelamiento del Estado de bienestar, de la economía social de
mercado, del socialismo, del desarrollismo, de la economía mixta de postguerra, de la
protección a las clases trabajadoras.
En los casos en que ello
se ha logrado, se corroe la solidaridad social que se había organizado con mayor o menor
eficacia en aquel período, se vacía de contenido intelectual a los partidos políticos
que tenían ese tipo de ideología, se destruye la organización de la clase obrera y se
deteriora la situación de la clase media. Buena parte de la ampliación y fortalecimiento
que en esa época logró la clase media y la clase obrera organizada se logró
precisamente a través de los servicios y empresas del Estado.
La extensión de la salud
pública, del sistema educacional, de la vivienda y la previsión social que ofrecía el
Estado, así como las empresas públicas, significaba que el propio Estado tenía que
ampliarse considerablemente, y por consiguiente elevar enormemente la cantidad de
médicos, enfermeras, educadores, arquitectos, administradores y otros empleados y obreros
que conformaban gran parte de las clases medias y obreras organizadas.
El neoliberalismo crea
tanta resistencia, desaliento, angustia e inseguridad porque no es simplemente una
política económica. Es el instrumento sociocultural a través del cual se busca
reemplazar un tipo de sociedad, que procuraba un cierto equilibrio entre la eficiencia
económica y la solidaridad social, y que se había logrado construir en alguna medida en
la postguerra, por otra en donde se exacerba la eficiencia, la competitividad, el
individualismo; donde se privilegia extraordinariamente todo lo privado a expensas de lo
público, con una gran concentración de riqueza, ingreso y poder, procurando anular toda
capacidad para contrarrestar estos efectos. Todo se mercantiliza, los espacios y los
intereses públicos desaparecen o se debilitan.
En el ámbito académico
e intelectual, que aquí nos interesa centralmente por su relación con el plano
ideológico, encontramos a los investigadores que no se han fugado al sector privado
desparramados en diversas instituciones precarias o universidades públicas
desfinanciadas, sin poder constituir núcleos de reflexión, investigación y docencia
sólidos en el área de las ciencias sociales, las ciencias básicas y la cultura. La
razón obvia es que no hay recursos ni interés para ello. Lo público, lo social y de
largo plazo no tiene financiamiento. Esta sociedad no se interesa por ese tipo de
actividades.
¿Cómo nos adentramos
entonces en el siglo XXI? Yo diría que nos adentramos con el espectro del apartheid,
porque esta nueva economía, con una enorme capacidad competitiva, que compite con todo el
mundo, con una tecnología y capital extraordinariamente intensivos, que requieren muy
poca mano de obra y de alta calificación, crea muy poco empleo. Tanto así que en Europa
la exclusión social constituye una de las grandes temáticas del presente, temática que
no es muy distinta de la de la marginalidad de fines de los 50 y los 60 en América Latina
.
En ese proceso de
creación y destrucción, cuando se avanza en la creación de nuevas actividades muchas
veces se destruyen las antiguas, y hay actividades que desaparecen porque no se pueden
seguir subsidiando, con mucha destrucción de empleo. Y los nuevos empleos que se crean,
son para adultos jóvenes y bien calificados. La posibilidad de que una persona muy joven
o de más de 50 años y con escasa calificación tenga un buen empleo, es cada vez más
remota. Por consiguiente, una de las características psicosociales principales de esos
grupos de edad es una generalizada sensación de inseguridad e incertidumbre en las
personas.
El desmantelamiento del
aparato estatal, la privatización de los servicios públicos, un crecimiento económico
modesto -menos de la mitad de lo que fue en las épocas de posguerra- sólo mejora las
condiciones de vida de segmentos muy limitados de la sociedad, y excluye y expulsa
segmentos crecientes de la población, produciendo algo que habría que llamar francamente
como polarización.
El proceso en que se
insertan hoy nuestras sociedades fortalece el mercado, el sector privado y su inserción
internacional, pero debilita al Estado nacional. Hay un aumento de la eficiencia, de la
competitividad de la gran empresa nacional y extranjera. Pero no de las capacidades del
Estado, especialmente de los servicios públicos. Se favorece la inversión extranjera
que, a su vez, favorece la generación de empleos aunque cada vez más elitizados, lo que
empuja a grandes segmentos de la población a trabajos de menor calidad o a la
informalidad.
Se crea una estabilidad
económica frágil, aumenta la pobreza y existe una creciente tendencia a la exclusión
social. Se produce una dicotomía en la calidad de los servicios de quienes acceden al
sistema privado, y los usuarios del sistema público, cuya calidad ha empeorado por el
debilitamiento del Estado. Asimismo se fomenta desmesuradamente el consumo mediante una
publicidad desorbitada y el crédito fácil que genera un endeudamiento angustiante. Si
bien se logran ciertas mejorías en los niveles de vida en términos de la adquisición de
bienes, por otra parte se deteriora la calidad de vida por el aumento de las jornadas de
trabajo, la necesidad de tener varios trabajos, las angustias de equilibrar unos ingresos
difíciles de lograr con demandas en constante multiplicación. A todo ellos se suman
crecientes niveles de congestión y contaminación urbanas.
Es necesario recuperar
una visión de mediano y largo plazo para apreciar la naturaleza del proceso que estamos
viviendo y sus perspectivas. Las tasas de crecimiento de la región no son suficientes
para lograr la creación de los empleos que se necesitan y hay una gran dependencia de los
capitales extranjeros y del sistema financiero internacional. Esta visión de corto plazo,
así como no pensar en los desequilibrios sociales, puede llevar a una polarización
social que además cree inestabilidad a partir de las expresiones de búsqueda de salidas
anómicas.
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