REVISTA HISTORIA CRÍTICA

(selección de artículos de los números 17, 18 y 19)
Esta es una publicación del Departamento de Historia - Facultad de Ciencias sociales
Universidad de Los Andes

 

Esa tarde inenarrable e inútil
Carlos Mario Perea *

 

Hoy día todavía, medio siglo después, el recuerdo de aquella tarde del 9 de abril de 1948 sigue atravesado por el dolor y el estupor. Como si el horror experimentado ese día permaneciera exacto en el recuerdo alucinado de la memoria colectiva: las muchedumbres arrasando los edificios sede del poder, las turbas incendiando la ciudad y asaltando el comercio, las masas profanando los símbolos religiosos, el espectáculo de los cientos de muertos regados en las calles de la capital. Ante las apretadas escenas de terror y destrucción, hoy, como hace medio siglo, sólo quedan la mudez y el estupor.

En efecto, el sábado 28 de marzo de 1998, al borde del cincuentenario, escribía un articulista en la página editorial de El Tiempo: "[El 9 de abril] fue una tragedia inenarrable que sigue inatendida. Inolvidable en todo caso; curable, quién sabe. Quienes la padecieron no la olvidan porque fue una herida demasiado profunda y, peor, inútil" 1 . El texto es incisivo. Las frases de "tragedia inenarrable" y de "herida ... inútil" suenan a simples ecos de las imágenes que comenzarán a desfilar en los dibujos realizados por un militante conservador en el año de 1949. Pareciera que el título con el que el autor abre su introducción, "Para eterna memoria", se viniera cumpliendo a carta cabal; pareciera que la frase contundente de la introducción, "los horrendos crímenes [del 9 de abril] permanecerán latentes en el recuerdo horrorizado de muchas generaciones", se hubiera alzado como premonición fatídica que haría valer su verdad a lo largo de medio siglo.

Un gesto congelado. Cincuenta años después aparecen las mismas imágenes, aflora idéntico sufrimiento, se respira un mismo desconcierto. Como si ese aterrorizante abril del año 48 se hubiera convertido en una herida sin cicatrices visibles, un grito que no logró salir jamás a la superficie pese a sus excesos; pero que está allí, latente y siempre presente en "el recuerdo horrorizado de muchas generaciones". ¿Cómo leer la inmovilidad de un recuerdo que logra sobrevivir idéntico al paso de los cincuenta años más dolorosos de la historia de este país? ¿Será que los episodios cebados en el pavor no tienen otra forma de codificación posible a la del recuerdo atormentado de las escenas de muerte? Probablemente algo de la lógica del horror tendrá que ver con la eterna reedición del gesto congelado en el que ha permanecido el 9 de abril. Pero al mismo tiempo, y de manera profunda, en esta permanencia terca afloran otras tramas.

Los sucesos de aquel día quiebran en dos la historia republicana de Colombia. Hacia atrás de 1948 las muchedumbres ciegas expresan la forma como había sido tejida la conciencia pública sobre los partidos políticos. Hacia adelante esas mismas masas ebrias de destrucción sintetizan el comienzo de una violencia que hoy, a las puertas del próximo milenio, no abandona ni por un instante los más diversos rincones de la vida colectiva. ¿Qué es, pues, ese algo que explota trágicamente aquella tarde de abril del 48 y que, como anuncio letal, se erige en signo de lo que de tantos modos comenzará a regir la vida política de ahí en adelante?

El bogotazo cierra una centenaria lucha partidaria. La historia ha fechado el comienzo de los partidos políticos colombianos hacia finales de la década del 40 del siglo XIX; cien años después, entre el tumulto y el éxtasis, lanzaba su último suspiro el tejido político sobre el que había descansado la cruenta confrontación entre los partidos. Ya el título del texto, La Gran Mancha Roja, instala directamente en la huella de esta lucha ancestral entre las colectividades: el rojo significa liberal, de donde el 9 de abril aparece como una "mancha", un "siniestro" irreparable cuya responsabilidad recae de manera directa sobre el liberalismo.

El resorte de la delirante pasión del 9 de abril hay que rastrearlo ahí, en la renovada intensidad que cobró el enfrentamiento entre los partidos una vez consumada la victoria conservadora de Mariano Ospina Pérez. Las alternaciones partidarias en el poder fueron hasta el Frente Nacional unas verdaderas guerras: la agrupación ganadora desterraba del aparato institucional, a sangre y fuego, a los miembros del partido opuesto. En contravía de la visión liberalizante de nuestra historia, que hace del conservatismo el partido de la violencia reaccionaria frente a un liberalismo tolerante y progresista, la subida de los liberales al poder en 1930 representó también una historia de muerte todavía no registrada en su real magnitud. La victoria electoral de un partido significaba, como se escribió hasta el cansancio durante cien años, la inauguración de un nuevo régimen.

¡Un nuevo régimen! Porque el cambio de partido en el poder representaba un verdadero cataclismo comprensible no más que en el contexto de los universos mentales vigentes por aquellos días. Para cada colombiano, siguiendo los dictados de la filiación partidaria de su familia, el partido opuesto representaba una verdadera y sentida amenaza, bien en la conducción de los grandes destinos nacionales, bien en el tratamiento de los asuntos más granados de la vida íntima. De la prodigiosa capacidad de fundir en una sola mezcla el mundo de lo privado con el universo de lo público, nació esa alucinada capacidad de los partidos tradicionales para fustigar su confrontación a lo largo de un interminable siglo: la imaginería partidaria modelaba los sueños de un nuevo país, pero al mismo tiempo informaba las identidades familiares y atravesaba el corazón de los vínculos de cada individuo con el resto de la sociedad. Hasta asuntos tan propios de la esfera de la autonomía como la profesión de fe religiosa se definían sobre la filiación partidaria: antes que nada se era conservador o liberal, es decir creyente profundo o ateo furioso, al margen del comportamiento de cada ciudadano en la vida privada. Los capitales simbólicos que anudaban al partido, así pues, atravesaban el conjunto de la vida cultural y política de aquella época.

Los ojos exorbitados y los rostros desencajados que nuestro dibujante le pinta a la "chusma" nueveabrileña tienen su origen certero en los odios que cada partido había alimentado frente al otro. El texto es pródigo en la visión que la colectividad conservadora había alentado contra su adversario. Durante cien años había advertido a sus copartidarios sobre la amenaza comunista que encarnaba el liberalismo: destrucción de la religión y de los valores tutelares de la nacionalidad era el resultado del protervo proyecto liberal. De allí que el libreto está listo y el 9 de abril no forma sino un eslabón más de la interminable cadena de asaltos comunistas, tal como lo dice con total claridad el texto: desde el comienzo hace su ingreso "el plan subversivo" comunista, fríamente calculado y urdido desde el exterior. ¿Cómo más explicar "la coordinación de los hechos, ... la rapidez con que funcionaron las emisoras clandestinas, ... la manera como se integró la Junta Revolucionaria de Gobierno en Bogotá?". El espectro comunista adquiría por aquellos años todo su vigor, cuando apenas comenzaba la guerra fría; pero igual los adherentes del partido rojo venían siendo vistos desde siempre como "liberales, socialistas, comunistas y anarco sindicalistas".

Una visión apocalíptica del adversario que era devuelta, con idéntica carga pasional, desde la orilla opuesta. De nuevo en contravía de la versión liberalizante de nuestros aconteceres históricos, el partido liberal también creó la imagen de un conservatismo letal para el país y la existencia diaria. La palabra "reacción", término que resumía la visión demonizante de los liberales hacia los conservadores -el equivalente de la acusación de "comunismo"-, significaba la presencia de un partido que por las vías de la violencia arrasaría con todo aquello que significara avance democrático y participación popular.

En medio de este clima de condenas mutuas no podía tejerse resultado distinto al de la brutal lucha entre los partidos. Bajo el título de "El Nuevo Alineamiento" el texto habla esta fractura insuperable, esta grieta abismal sembrada durante tantos años de confrontación: "Frente a la lucha que hoy divide al mundo, que alindera de un lado los que profesan una grosera concepción materialista de la vida, y de otro, los que creen en la existencia y operancia del espíritu y los valores morales, los partidos colombianos no han dudado ni han podido dudar al hacer su propio alineamiento".

El primer Jorge Eliécer Gaitán, el de las grandes movilizaciones y el de la invitación al pueblo en contra de la oligarquía, hizo un llamado a todos los nacionales sin distingos de su afiliación partidista: "La miseria no tiene color político", diría tantas veces durante la campaña proselitista de 1946. Empero desde comienzos de 1947, una vez adquirido el título de director del partido liberal, Gaitán no pudo evitar verse consumido en las mallas de la confrontación partidaria. Su discurso se vio invadido por las consignas de la intemperancia: la oligarquía, antes sin especificación partidista, se trastocó en la oligarquía conservadora; el pueblo, primero ente universal aquejado por el olvido y la desnutrición, se transformó luego en el pueblo liberal. La marcha del silencio del 7 de febrero de 1948, la más audaz escenificación pública contra la violencia de aquellos años, fue convocada en nombre del partido liberal como protesta por el asesinato de sus copartidarios. "En Silencio el Liberalismo Pedirá Paz y Justicia y Rendirá Tributo a sus Muertos" rezaba en gran encabezado Jornada, el periódico gaitanista, dos días antes de aquel memorable sábado. Y el caudillo, ante la multitud muda, reconvertiría el silencio, símbolo de la lucha contra la presencia arrasadora de la muerte, en signo demostrativo de la fuerza amenazante del partido liberal: "Señor presidente: vos que sois un hombre de universidad debéis comprender de lo que es capaz la disciplina de un partido, que logra contrariar las leyes de la psicología colectiva para recatar la emoción en su silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis que un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la legítima defensa " 2 .

La gramática de la impugnación partidaria terminó por invadir el movimiento gaitanista. Algo menos de dos meses antes de su muerte el caudillo diría en el cementerio de Manizales ante los ataúdes de varios liberales asesinados: "Al pie de vuestras tumbas juramos vengaros" 3 . La retaliación, la sed de sangre, las palabras que aceitaban la máquina de una guerra simbólica sostenida día a día en las páginas de la prensa y en las exhortaciones de la plaza pública, hizo su inconmovible presencia en el discurso gaitanista. La palabra, esa misma que aparece evocada con total poder sobre la exarcebación de las muchedumbres en nuestro texto: "La irresponsable voz de los líderes", agitada desde "la barricada del micrófono". ¿Acaso resulta gratuito que cada vez que se encendía la llama de la confrontación entre los partidos los periódicos fueran el primer blanco de las gentes arrebatadas, tal como lo hizo el "populacho" abrileño con el edificio de El Siglo antes de que se cumplieran las tres de la tarde? La violencia real, siempre precedida por la violencia simbólica de una palabra destructora en la que el Otro no logra restituir ninguna imagen distinta a la de la muerte. El 9 de abril, ese "río humano de incendio, barbarie y rapiña", sobreviene en el fragor de los gritos de "¡A la carga!" con los que el caudillo concluía sus famosas peroratas. Como si ante la noticia del asesinato, el pueblo fuera movido por la pregunta fatídica lanzada tantas veces por Gaitán en medio del candente ambiente que se respiraba desde finales de 1946: "¡Pueblo! ¿Estáis dispuesto a obedecer mi voz de mando, aún cuando ella sea una orden de sacrificio?" 4 . Los largos y enfáticos "sí" que respondían las emocionadas multitudes de las marchas se convirtieron el 9 de abril en un "río humano" ciego ante la "voz" del líder inmolado, resonante como una "orden de sacrificio".

Con todo, aquel viernes de abril es al mismo tiempo la expresión de una ruptura, tan profunda como la continuidad que guarda la destrucción con la lucha centenaria entre los partidos. El movimiento gaitanista alcanzó a inaugurar renovados escenarios en las arenas del poder. Sus llamados al pueblo, bien bajo la forma de una invitación a la confrontación contra la oligarquía, bien bajo la imagen de una convocación a las resonantes marchas, lograron construir una ciudadanía en donde el pueblo se pudo ver por primera vez a sí mismo haciendo parte de una fractura diferente a la contenida en la lucha entre rojos y azules. En la movilización popular en torno a Gaitán asomó una identidad más allá de las filiaciones partidistas y sus sempiternos odios: el pueblo, no sólo posee una entidad que lo diferencia y lo enfrenta a la oligarquía, sino que lo vuelve agente de un posible cambio. En verdad, como se dijo antes, Gaitán tuvo dos trayectorias en su recorrido político durante los años 40: en la segunda había abandonado el llamado al pueblo universal para privilegiar las consignas del partido rojo. Empero, y pese al cambio en los contenidos gaitanistas, la imagen del pueblo movilizado siguió operando en la escena pública.

El 9 de abril cierra entonces un largo ciclo de la vida pública nacional. Aquella tarde las masas quemaron, en medio del fuego que abrazaba los ministerios y las iglesias, el pacto de fidelidad que habían venido jurando hacia los partidos tradicionales a lo largo de cien años. Porque, pese a que el gesto congelado del 9 de abril rememora tan sólo el "populacho" delirante, en sus actos de destrucción se lee de manera nítida el acto de aniquilamiento de todo aquello que respirara algún signo de poder: edificios de periódicos; los ministerios de gobierno, justicia y educación; el palacio de la nunciatura, las iglesias y los colegios católicos. La casa presidencial fue el único edificio librado de la empresa de saqueo gracias a la acción empecinada del ejército; pero igual cayeron bajo su paso arrasador los establecimientos del comercio y el centro de la ciudad, en ese entonces lugar de habitación de sectores pudientes de la capital. El pueblo libró ese día su propia batalla, quebrando el sagrado pacto partidario que dividía agónicamente a liberales y conservadores. La imagen del pueblo en marcha, como un río desbordado sin diques posibles, no hacía sino desnudar el absurdo de una confrontación partidaria que, todavía en 1948, operaba como el prisma de lectura de un país cuyos procesos de subversión social habían dejado atrás las desuetas metáforas que habían servido para mantener vivas las afiliaciones partidistas.

En este cruce de fracturas adquiere su desbordado vigor la tarde abrileña: entre la grieta insuperable que volvía enemigos irreconciliables a liberales y conservadores, atizando la locura con el detonante de los odios ancestrales; y en el abismo entre un país social y un país político, tal como lo expresaba Gaitán, comienzo de una lucha clasista que venía dibujándose desde los años veinte. Es este cruce de fracturas lo que vuelve comprensible la vacilación que rodea a nuestro autor en los nombres con los que se bautiza, desde ese entonces y a lo largo de 50 años, a las masas abrileñas: "enardecidos grupos de energúmenos", "populacho", "turbas ebrias", "revoltosos", "revolucionarios sacrílegos", "chusma irreligiosa". Más allá de los calificativos que describen el itinerario del horror, ¿por qué un conservador como el de nuestro texto no habla, sin ningún preámbulo, de las chusmas liberales? Los rojos sindicados son los grandes dirigentes, los responsables de urdir un acto de barbarie de semejantes proporciones en el intento de consumar el plan comunista mundial, pero nunca los liberales de la calle y el pueblo. Siguiendo los dibujos los protagonistas del incendio y el saqueo son más bien unas masas heterogéneas socialmente y sin ningún distingo político. El 9 de abril será, así las cosas, el primer gran evento de la vida nacional republicana que se resiste a la lectura tradicional desde la lucha partidaria.

Y desde allí los sucesos del 48 marcarán el medio siglo de historia que comienza a correr desde esa "inenarrable" e "inútil" tarde. ¿En razón de qué un articulista de 1998, cincuenta años después, continua nombrando ese día bajo estos calificativos, hijos de las mismas resonancias que empleará nuestro dibujante conservador en 1949? ¿En dónde se hunde la imposibilidad cincuentenaria para recontar aquel día y para encontrar en su dolor y sus episodios un sentido?

Lo inenarrable, aquello que no puede ser contado ni narrado; aquello cuya evocación queda sumida en el vértigo del horror, ahogando las palabras. El mismo sentir que ha merodeado las mutilaciones de los años 50 y 60, los asaltos guerrilleros de la década del 70, las empresas de muerte de las bandas sicariales de los 80, las masacres de guerrillas, paramilitares y ejércitos de los 90. En medio del eterno apilar de cadáveres, en medio del interminable cortejo fúnebre, se han ido adelgazando cada vez más las palabras. La violencia llega, hace sus repartos de poder y se marcha dejando tras de sí el silencio; no puede crear palabras, no puede ser ni tan siquiera narrada. Su existencia se limita a ocupar la porción del recuerdo destinada al horror y al sufrimiento: unas pocas imágenes apretadas, condensadas en la alquimia del terror y el desgarramiento. Como si la violencia de los últimos cincuenta años hubiera quedado apresada en el mutismo que desataron los acontecimientos de abril del 48. ¿Hasta cuándo la presencia violenta, ese retazo tan contundente de nuestra experiencia colectiva, seguirá siendo esa dolorosa vivencia muda? Pese a las insondables diferencias creadas tras medio siglo de historia, ¿acaso no se sumen en el mismo silencio el 9 de abril y las matanzas de Tacueyó, Trujillo y Mapiripán?

La violencia inenarrable y por eso mismo inútil, impedida para erigir un símbolo más allá de su propia lógica de destrucción. A lo largo de este medio siglo la historia del país ha continuado sin fracturamientos capaces de reconstruir las representaciones colectivas y fundar la conciencia de un comienzo, pese a la atolondrante presencia de una violencia asumida siempre como la gran partera de la historia. Una violencia sin duda inútil, imposibilitada para arrojar ni ganadores ni perdedores, sumida en su propio y letal mecanismo. La gran magia que le acompaña es su insobornable presencia movida por una máquina capaz de reconvertir siempre sus viejos agentes en nuevos actores, armando el vasto espectro que se mueve de soldados del ejército a pandilleros de bandas juveniles al moverse de los desechos de las veredas a los recovecos de las calles en las ciudades. Una violencia que ni aún cuando destruyó las ciudad y los edificios emblemáticos del poder, ni aún cuando movilizó las masas capitalinas poseídas por el embrujo del aniquilamiento -como aquella tarde de abril-, logró sembrar los gérmenes de un desciframiento alternativo de los asuntos públicos nacionales. El fuego de abril pasó y operó callado, adormilado en el mutismo del horror, pero fracturando en un antes y un después la historia política.

Ese día, hace cincuenta años, como hoy a las puertas del siglo que comienza, la trama de la violencia pareciera sostenerse en la misma tradición milenaria. Los partidos liberal y conservador, los protagonistas históricos de la escena pública en Colombia, hacia mediados de siglo habían dejado la poderosa herencia de unas instituciones democráticas que en medio de su precariedad afianzaron una estabilidad sobreviviente a uno y tantos cataclismos. Pero a la vez los mismos partidos dejaron, por la misma época, el legado de una aturdida conciencia sembrada en la imposibilidad de pensar el acceso al poder y la resolución de conflictos por un lenguaje distinto al del aniquilamiento. Así lo enseñaron en la prensa, todos los días, religiosamente; así lo mostraron en los campos de batalla y en el nexo estrecho que desde aquel entonces tiene la idea de oposición con el idioma de las armas. Tal como quedó fundado por los partidos tradicionales mediante su eterna confrontación hasta la mitad del presente siglo, hoy, cincuenta años después, en Colombia continúa dominando una conciencia en el que el Otro, el contrario y el distinto, no pueden adquirir un rostro y un reconocimiento más allá de la muerte.

En ese impasse en el que el Otro no logra hallar un lenguaje distinto al de su eterna demonización, la violencia no logra salir del gesto congelado iniciado con el 9 de abril, y tantas veces repetido en el sinnúmero de Tacueyós, Trujillos y Mapiripanes. En la rueca de esta repetición luctuosa pareciera quedar sellada la imposibilidad de un país de mirarse a sí mismo, de ensayar nuevas rostredades, de inventar narrativas frescas de su pasado. Una violencia larga, tanto en sus presencias como en sus intensidades, que parece amarrar el hilo de la historia a su pesada gramática: ¿Por qué razón se ha empleado el mismo término, el de violencia, para narrar desde las remotas guerras civiles del siglo pasado hasta las confrontaciones armadas de finales del siglo XX? ¿Por qué caben bajo la sombra de la misma palabra los ejércitos decimonónicos, los bandoleros de mediados de siglo XX y los paramilitares del siglo venidero? ¿Qué pregunta queda siempre sin resolver bajo esta desconcertante continuidad en las formas de contar, de narrar y por lo tanto de representar la presencia de la muerte en Colombia?

Los cincuenta años del 9 de abril y el texto de La Gran Mancha Roja. Medio siglo y unas imágenes que convocan el destierro del olvido y el deseo de instalar un símbolo en la violencia: una palabra con capacidad de contarla, de narrarla y por ende de digerirla en diferentes dispositivos de la cultura. Una palabra, en suma, capaz de socavar el gesto congelado de la violencia y de hacer brotar, desde las ruinas de la muerte, esa voz capaz de desterrar el silencio y de resimbolizar tantas tardes inenarrables e inútiles.

 

CITAS

* Historiador, profesor del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional.

 

1 RESTREPO, Jorge, "Niño de Abril del 48", El Tiempo, marzo 28 de 1998, p. 4A.

 

2 GAITAN, Jorge Eliécer, "Oración por la Paz", en Escritos Políticos, Bogotá, El Ancora, 1985, p. 182.

 

3 GAITAN, Jorge Eliécer, "Texto del Discurso de Gaitán en el Cementerio de Manizales", Jornada, febrero 18 de 1948.

 

4 GAITAN, Jorge Eliécer, "El Gobierno está Obligado a Cumplir el Pacto", Jornada, septiembre 7 de 1947.