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Hoy día todavía, medio
siglo después, el recuerdo de aquella tarde del 9 de abril de 1948 sigue atravesado por
el dolor y el estupor. Como si el horror experimentado ese día permaneciera exacto en el
recuerdo alucinado de la memoria colectiva: las muchedumbres arrasando los edificios sede
del poder, las turbas incendiando la ciudad y asaltando el comercio, las masas profanando
los símbolos religiosos, el espectáculo de los cientos de muertos regados en las calles
de la capital. Ante las apretadas escenas de terror y destrucción, hoy, como hace medio
siglo, sólo quedan la mudez y el estupor.
En efecto, el sábado 28
de marzo de 1998, al borde del cincuentenario, escribía un articulista en la página
editorial de El Tiempo: "[El 9 de abril] fue una tragedia inenarrable que
sigue inatendida. Inolvidable en todo caso; curable, quién sabe. Quienes la padecieron no
la olvidan porque fue una herida demasiado profunda y, peor, inútil"
1
. El texto es incisivo. Las frases de "tragedia
inenarrable" y de "herida ... inútil" suenan a simples ecos de las
imágenes que comenzarán a desfilar en los dibujos realizados por un militante
conservador en el año de 1949. Pareciera que el título con el que el autor abre su
introducción, "Para eterna memoria", se viniera cumpliendo a carta cabal;
pareciera que la frase contundente de la introducción, "los horrendos crímenes [del
9 de abril] permanecerán latentes en el recuerdo horrorizado de muchas
generaciones", se hubiera alzado como premonición fatídica que haría valer su
verdad a lo largo de medio siglo.
Un gesto congelado.
Cincuenta años después aparecen las mismas imágenes, aflora idéntico sufrimiento, se
respira un mismo desconcierto. Como si ese aterrorizante abril del año 48 se hubiera
convertido en una herida sin cicatrices visibles, un grito que no logró salir jamás a la
superficie pese a sus excesos; pero que está allí, latente y siempre presente en
"el recuerdo horrorizado de muchas generaciones". ¿Cómo leer la inmovilidad de
un recuerdo que logra sobrevivir idéntico al paso de los cincuenta años más dolorosos
de la historia de este país? ¿Será que los episodios cebados en el pavor no tienen otra
forma de codificación posible a la del recuerdo atormentado de las escenas de muerte?
Probablemente algo de la lógica del horror tendrá que ver con la eterna reedición del
gesto congelado en el que ha permanecido el 9 de abril. Pero al mismo tiempo, y de manera
profunda, en esta permanencia terca afloran otras tramas.
Los sucesos de aquel día
quiebran en dos la historia republicana de Colombia. Hacia atrás de 1948 las muchedumbres
ciegas expresan la forma como había sido tejida la conciencia pública sobre los partidos
políticos. Hacia adelante esas mismas masas ebrias de destrucción sintetizan el comienzo
de una violencia que hoy, a las puertas del próximo milenio, no abandona ni por un
instante los más diversos rincones de la vida colectiva. ¿Qué es, pues, ese algo que
explota trágicamente aquella tarde de abril del 48 y que, como anuncio letal, se erige en
signo de lo que de tantos modos comenzará a regir la vida política de ahí en adelante?
El bogotazo cierra una
centenaria lucha partidaria. La historia ha fechado el comienzo de los partidos políticos
colombianos hacia finales de la década del 40 del siglo XIX; cien años después, entre
el tumulto y el éxtasis, lanzaba su último suspiro el tejido político sobre el que
había descansado la cruenta confrontación entre los partidos. Ya el título del texto, La
Gran Mancha Roja, instala directamente en la huella de esta lucha ancestral entre las
colectividades: el rojo significa liberal, de donde el 9 de abril aparece como una
"mancha", un "siniestro" irreparable cuya responsabilidad recae de
manera directa sobre el liberalismo.
El resorte de la
delirante pasión del 9 de abril hay que rastrearlo ahí, en la renovada intensidad que
cobró el enfrentamiento entre los partidos una vez consumada la victoria conservadora de
Mariano Ospina Pérez. Las alternaciones partidarias en el poder fueron hasta el Frente
Nacional unas verdaderas guerras: la agrupación ganadora desterraba del aparato
institucional, a sangre y fuego, a los miembros del partido opuesto. En contravía de la
visión liberalizante de nuestra historia, que hace del conservatismo el partido de la
violencia reaccionaria frente a un liberalismo tolerante y progresista, la subida de los
liberales al poder en 1930 representó también una historia de muerte todavía no
registrada en su real magnitud. La victoria electoral de un partido significaba, como se
escribió hasta el cansancio durante cien años, la inauguración de un nuevo régimen.
¡Un nuevo régimen!
Porque el cambio de partido en el poder representaba un verdadero cataclismo comprensible
no más que en el contexto de los universos mentales vigentes por aquellos días. Para
cada colombiano, siguiendo los dictados de la filiación partidaria de su familia, el
partido opuesto representaba una verdadera y sentida amenaza, bien en la conducción de
los grandes destinos nacionales, bien en el tratamiento de los asuntos más granados de la
vida íntima. De la prodigiosa capacidad de fundir en una sola mezcla el mundo de lo
privado con el universo de lo público, nació esa alucinada capacidad de los partidos
tradicionales para fustigar su confrontación a lo largo de un interminable siglo: la
imaginería partidaria modelaba los sueños de un nuevo país, pero al mismo tiempo
informaba las identidades familiares y atravesaba el corazón de los vínculos de cada
individuo con el resto de la sociedad. Hasta asuntos tan propios de la esfera de la
autonomía como la profesión de fe religiosa se definían sobre la filiación partidaria:
antes que nada se era conservador o liberal, es decir creyente profundo o ateo furioso, al
margen del comportamiento de cada ciudadano en la vida privada. Los capitales simbólicos
que anudaban al partido, así pues, atravesaban el conjunto de la vida cultural y
política de aquella época.
Los ojos exorbitados y
los rostros desencajados que nuestro dibujante le pinta a la "chusma"
nueveabrileña tienen su origen certero en los odios que cada partido había alimentado
frente al otro. El texto es pródigo en la visión que la colectividad conservadora había
alentado contra su adversario. Durante cien años había advertido a sus copartidarios
sobre la amenaza comunista que encarnaba el liberalismo: destrucción de la religión y de
los valores tutelares de la nacionalidad era el resultado del protervo proyecto liberal.
De allí que el libreto está listo y el 9 de abril no forma sino un eslabón más de la
interminable cadena de asaltos comunistas, tal como lo dice con total claridad el texto:
desde el comienzo hace su ingreso "el plan subversivo" comunista, fríamente
calculado y urdido desde el exterior. ¿Cómo más explicar "la coordinación de los
hechos, ... la rapidez con que funcionaron las emisoras clandestinas, ... la manera como
se integró la Junta Revolucionaria de Gobierno en Bogotá?". El espectro
comunista adquiría por aquellos años todo su vigor, cuando apenas comenzaba la guerra
fría; pero igual los adherentes del partido rojo venían siendo vistos desde siempre como
"liberales, socialistas, comunistas y anarco sindicalistas".
Una visión apocalíptica
del adversario que era devuelta, con idéntica carga pasional, desde la orilla opuesta. De
nuevo en contravía de la versión liberalizante de nuestros aconteceres históricos, el
partido liberal también creó la imagen de un conservatismo letal para el país y la
existencia diaria. La palabra "reacción", término que resumía la visión
demonizante de los liberales hacia los conservadores -el equivalente de la acusación de
"comunismo"-, significaba la presencia de un partido que por las vías de la
violencia arrasaría con todo aquello que significara avance democrático y participación
popular.
En medio de este clima de
condenas mutuas no podía tejerse resultado distinto al de la brutal lucha entre los
partidos. Bajo el título de "El Nuevo Alineamiento" el texto habla esta
fractura insuperable, esta grieta abismal sembrada durante tantos años de confrontación:
"Frente a la lucha que hoy divide al mundo, que alindera de un lado los que profesan
una grosera concepción materialista de la vida, y de otro, los que creen en la existencia
y operancia del espíritu y los valores morales, los partidos colombianos no han dudado ni
han podido dudar al hacer su propio alineamiento".
El primer Jorge Eliécer
Gaitán, el de las grandes movilizaciones y el de la invitación al pueblo en contra de la
oligarquía, hizo un llamado a todos los nacionales sin distingos de su afiliación
partidista: "La miseria no tiene color político", diría tantas veces durante
la campaña proselitista de 1946. Empero desde comienzos de 1947, una vez adquirido el
título de director del partido liberal, Gaitán no pudo evitar verse consumido en las
mallas de la confrontación partidaria. Su discurso se vio invadido por las consignas de
la intemperancia: la oligarquía, antes sin especificación partidista, se trastocó en la
oligarquía conservadora; el pueblo, primero ente universal aquejado por el olvido y la
desnutrición, se transformó luego en el pueblo liberal. La marcha del silencio del 7 de
febrero de 1948, la más audaz escenificación pública contra la violencia de aquellos
años, fue convocada en nombre del partido liberal como protesta por el asesinato de sus
copartidarios. "En Silencio el Liberalismo Pedirá Paz y Justicia y Rendirá Tributo
a sus Muertos" rezaba en gran encabezado Jornada, el periódico gaitanista,
dos días antes de aquel memorable sábado. Y el caudillo, ante la multitud muda,
reconvertiría el silencio, símbolo de la lucha contra la presencia arrasadora de la
muerte, en signo demostrativo de la fuerza amenazante del partido liberal: "Señor
presidente: vos que sois un hombre de universidad debéis comprender de lo que es capaz la
disciplina de un partido, que logra contrariar las leyes de la psicología colectiva para
recatar la emoción en su silencio, como el de esta inmensa muchedumbre. Bien comprendéis
que un partido que logra esto, muy fácilmente podría reaccionar bajo el estímulo de la
legítima defensa "
2
.
La gramática de la
impugnación partidaria terminó por invadir el movimiento gaitanista. Algo menos de dos
meses antes de su muerte el caudillo diría en el cementerio de Manizales ante los
ataúdes de varios liberales asesinados: "Al pie de vuestras tumbas juramos
vengaros"
3
. La retaliación, la sed de
sangre, las palabras que aceitaban la máquina de una guerra simbólica sostenida día a
día en las páginas de la prensa y en las exhortaciones de la plaza pública, hizo su
inconmovible presencia en el discurso gaitanista. La palabra, esa misma que aparece
evocada con total poder sobre la exarcebación de las muchedumbres en nuestro texto:
"La irresponsable voz de los líderes", agitada desde "la barricada del
micrófono". ¿Acaso resulta gratuito que cada vez que se encendía la llama de la
confrontación entre los partidos los periódicos fueran el primer blanco de las gentes
arrebatadas, tal como lo hizo el "populacho" abrileño con el edificio de El
Siglo antes de que se cumplieran las tres de la tarde? La violencia real, siempre
precedida por la violencia simbólica de una palabra destructora en la que el Otro no
logra restituir ninguna imagen distinta a la de la muerte. El 9 de abril, ese "río
humano de incendio, barbarie y rapiña", sobreviene en el fragor de los gritos de
"¡A la carga!" con los que el caudillo concluía sus famosas peroratas. Como si
ante la noticia del asesinato, el pueblo fuera movido por la pregunta fatídica lanzada
tantas veces por Gaitán en medio del candente ambiente que se respiraba desde finales de
1946: "¡Pueblo! ¿Estáis dispuesto a obedecer mi voz de mando, aún cuando ella sea
una orden de sacrificio?"
4
. Los
largos y enfáticos "sí" que respondían las emocionadas multitudes de las
marchas se convirtieron el 9 de abril en un "río humano" ciego ante la
"voz" del líder inmolado, resonante como una "orden de sacrificio".
Con todo, aquel viernes
de abril es al mismo tiempo la expresión de una ruptura, tan profunda como la continuidad
que guarda la destrucción con la lucha centenaria entre los partidos. El movimiento
gaitanista alcanzó a inaugurar renovados escenarios en las arenas del poder. Sus llamados
al pueblo, bien bajo la forma de una invitación a la confrontación contra la
oligarquía, bien bajo la imagen de una convocación a las resonantes marchas, lograron
construir una ciudadanía en donde el pueblo se pudo ver por primera vez a sí mismo
haciendo parte de una fractura diferente a la contenida en la lucha entre rojos y azules.
En la movilización popular en torno a Gaitán asomó una identidad más allá de las
filiaciones partidistas y sus sempiternos odios: el pueblo, no sólo posee una entidad que
lo diferencia y lo enfrenta a la oligarquía, sino que lo vuelve agente de un posible
cambio. En verdad, como se dijo antes, Gaitán tuvo dos trayectorias en su recorrido
político durante los años 40: en la segunda había abandonado el llamado al pueblo
universal para privilegiar las consignas del partido rojo. Empero, y pese al cambio en los
contenidos gaitanistas, la imagen del pueblo movilizado siguió operando en la escena
pública.
El 9 de abril cierra
entonces un largo ciclo de la vida pública nacional. Aquella tarde las masas quemaron, en
medio del fuego que abrazaba los ministerios y las iglesias, el pacto de fidelidad que
habían venido jurando hacia los partidos tradicionales a lo largo de cien años. Porque,
pese a que el gesto congelado del 9 de abril rememora tan sólo el "populacho"
delirante, en sus actos de destrucción se lee de manera nítida el acto de aniquilamiento
de todo aquello que respirara algún signo de poder: edificios de periódicos; los
ministerios de gobierno, justicia y educación; el palacio de la nunciatura, las iglesias
y los colegios católicos. La casa presidencial fue el único edificio librado de la
empresa de saqueo gracias a la acción empecinada del ejército; pero igual cayeron bajo
su paso arrasador los establecimientos del comercio y el centro de la ciudad, en ese
entonces lugar de habitación de sectores pudientes de la capital. El pueblo libró ese
día su propia batalla, quebrando el sagrado pacto partidario que dividía agónicamente a
liberales y conservadores. La imagen del pueblo en marcha, como un río desbordado sin
diques posibles, no hacía sino desnudar el absurdo de una confrontación partidaria que,
todavía en 1948, operaba como el prisma de lectura de un país cuyos procesos de
subversión social habían dejado atrás las desuetas metáforas que habían servido para
mantener vivas las afiliaciones partidistas.
En este cruce de
fracturas adquiere su desbordado vigor la tarde abrileña: entre la grieta insuperable que
volvía enemigos irreconciliables a liberales y conservadores, atizando la locura con el
detonante de los odios ancestrales; y en el abismo entre un país social y un país
político, tal como lo expresaba Gaitán, comienzo de una lucha clasista que venía
dibujándose desde los años veinte. Es este cruce de fracturas lo que vuelve comprensible
la vacilación que rodea a nuestro autor en los nombres con los que se bautiza, desde ese
entonces y a lo largo de 50 años, a las masas abrileñas: "enardecidos grupos de
energúmenos", "populacho", "turbas ebrias",
"revoltosos", "revolucionarios sacrílegos", "chusma
irreligiosa". Más allá de los calificativos que describen el itinerario del horror,
¿por qué un conservador como el de nuestro texto no habla, sin ningún preámbulo, de
las chusmas liberales? Los rojos sindicados son los grandes dirigentes, los responsables
de urdir un acto de barbarie de semejantes proporciones en el intento de consumar el plan
comunista mundial, pero nunca los liberales de la calle y el pueblo. Siguiendo los dibujos
los protagonistas del incendio y el saqueo son más bien unas masas heterogéneas
socialmente y sin ningún distingo político. El 9 de abril será, así las cosas, el
primer gran evento de la vida nacional republicana que se resiste a la lectura tradicional
desde la lucha partidaria.
Y desde allí los sucesos
del 48 marcarán el medio siglo de historia que comienza a correr desde esa
"inenarrable" e "inútil" tarde. ¿En razón de qué un articulista de
1998, cincuenta años después, continua nombrando ese día bajo estos calificativos,
hijos de las mismas resonancias que empleará nuestro dibujante conservador en 1949? ¿En
dónde se hunde la imposibilidad cincuentenaria para recontar aquel día y para encontrar
en su dolor y sus episodios un sentido?
Lo inenarrable, aquello
que no puede ser contado ni narrado; aquello cuya evocación queda sumida en el vértigo
del horror, ahogando las palabras. El mismo sentir que ha merodeado las mutilaciones de
los años 50 y 60, los asaltos guerrilleros de la década del 70, las empresas de muerte
de las bandas sicariales de los 80, las masacres de guerrillas, paramilitares y ejércitos
de los 90. En medio del eterno apilar de cadáveres, en medio del interminable cortejo
fúnebre, se han ido adelgazando cada vez más las palabras. La violencia llega, hace sus
repartos de poder y se marcha dejando tras de sí el silencio; no puede crear palabras, no
puede ser ni tan siquiera narrada. Su existencia se limita a ocupar la porción del
recuerdo destinada al horror y al sufrimiento: unas pocas imágenes apretadas, condensadas
en la alquimia del terror y el desgarramiento. Como si la violencia de los últimos
cincuenta años hubiera quedado apresada en el mutismo que desataron los acontecimientos
de abril del 48. ¿Hasta cuándo la presencia violenta, ese retazo tan contundente de
nuestra experiencia colectiva, seguirá siendo esa dolorosa vivencia muda? Pese a las
insondables diferencias creadas tras medio siglo de historia, ¿acaso no se sumen en el
mismo silencio el 9 de abril y las matanzas de Tacueyó, Trujillo y Mapiripán?
La violencia inenarrable
y por eso mismo inútil, impedida para erigir un símbolo más allá de su propia lógica
de destrucción. A lo largo de este medio siglo la historia del país ha continuado sin
fracturamientos capaces de reconstruir las representaciones colectivas y fundar la
conciencia de un comienzo, pese a la atolondrante presencia de una violencia asumida
siempre como la gran partera de la historia. Una violencia sin duda inútil,
imposibilitada para arrojar ni ganadores ni perdedores, sumida en su propio y letal
mecanismo. La gran magia que le acompaña es su insobornable presencia movida por una
máquina capaz de reconvertir siempre sus viejos agentes en nuevos actores, armando el
vasto espectro que se mueve de soldados del ejército a pandilleros de bandas juveniles al
moverse de los desechos de las veredas a los recovecos de las calles en las ciudades. Una
violencia que ni aún cuando destruyó las ciudad y los edificios emblemáticos del poder,
ni aún cuando movilizó las masas capitalinas poseídas por el embrujo del aniquilamiento
-como aquella tarde de abril-, logró sembrar los gérmenes de un desciframiento
alternativo de los asuntos públicos nacionales. El fuego de abril pasó y operó callado,
adormilado en el mutismo del horror, pero fracturando en un antes y un después la
historia política.
Ese día, hace cincuenta
años, como hoy a las puertas del siglo que comienza, la trama de la violencia pareciera
sostenerse en la misma tradición milenaria. Los partidos liberal y conservador, los
protagonistas históricos de la escena pública en Colombia, hacia mediados de siglo
habían dejado la poderosa herencia de unas instituciones democráticas que en medio de su
precariedad afianzaron una estabilidad sobreviviente a uno y tantos cataclismos. Pero a la
vez los mismos partidos dejaron, por la misma época, el legado de una aturdida conciencia
sembrada en la imposibilidad de pensar el acceso al poder y la resolución de conflictos
por un lenguaje distinto al del aniquilamiento. Así lo enseñaron en la prensa, todos los
días, religiosamente; así lo mostraron en los campos de batalla y en el nexo estrecho
que desde aquel entonces tiene la idea de oposición con el idioma de las armas. Tal como
quedó fundado por los partidos tradicionales mediante su eterna confrontación hasta la
mitad del presente siglo, hoy, cincuenta años después, en Colombia continúa dominando
una conciencia en el que el Otro, el contrario y el distinto, no pueden adquirir un rostro
y un reconocimiento más allá de la muerte.
En ese impasse en el que
el Otro no logra hallar un lenguaje distinto al de su eterna demonización, la violencia
no logra salir del gesto congelado iniciado con el 9 de abril, y tantas veces repetido en
el sinnúmero de Tacueyós, Trujillos y Mapiripanes. En la rueca de esta repetición
luctuosa pareciera quedar sellada la imposibilidad de un país de mirarse a sí mismo, de
ensayar nuevas rostredades, de inventar narrativas frescas de su pasado. Una violencia
larga, tanto en sus presencias como en sus intensidades, que parece amarrar el hilo de la
historia a su pesada gramática: ¿Por qué razón se ha empleado el mismo término, el de
violencia, para narrar desde las remotas guerras civiles del siglo pasado hasta las
confrontaciones armadas de finales del siglo XX? ¿Por qué caben bajo la sombra de la
misma palabra los ejércitos decimonónicos, los bandoleros de mediados de siglo XX y los
paramilitares del siglo venidero? ¿Qué pregunta queda siempre sin resolver bajo esta
desconcertante continuidad en las formas de contar, de narrar y por lo tanto de
representar la presencia de la muerte en Colombia?
Los cincuenta años del 9
de abril y el texto de La Gran Mancha Roja. Medio siglo y unas imágenes que
convocan el destierro del olvido y el deseo de instalar un símbolo en la violencia: una
palabra con capacidad de contarla, de narrarla y por ende de digerirla en diferentes
dispositivos de la cultura. Una palabra, en suma, capaz de socavar el gesto congelado de
la violencia y de hacer brotar, desde las ruinas de la muerte, esa voz capaz de desterrar
el silencio y de resimbolizar tantas tardes inenarrables e inútiles.
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