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No conocí personalmente
al profesor Darío Betancourt y prefiero ignorar los pormenores de su terrible asesinato.
Este año mataron a varios hombres colombianos dedicados por convicción y por profesión
a pensar desde los rigores de las ciencias sociales los orígenes y las soluciones
probables de los conflictos del país. Improvisando un obligado balance necrológico, los
estudios regionales perdieron este año a dos académicos que ya habían construido una
trayectoria de trabajos empíricos y teóricos notables; además del profesor Betancourt,
perdimos al profesor Hernán Henao, asesinado en su oficina de la Universidad de
Antioquia. También advierto que no conozco toda la obra publicada por el lamentado
profesor Betancourt y supongo que sus más cercanos colegas podrán hacer la compilación
indispensable que le rinda un tributo al historiador en sus variantes fundamentales de
escritor, investigador y pedagogo, y de las cuales él fue un brillante exponente. Hecha
la advertencia, puedo anunciar que mis comentarios serán más de un lector que se había
detenido con respeto en algunos títulos de su obra y que se atreve a conferirle unos
rasgos dignos de examen por parte de las posteriores generaciones de historiadores que,
ojalá, tendrán que ir a los ensayos del profesor Betancourt en busca de algún punto de
referencia.
Los estudios históricos
regionales no gozan de buena reputación, no tanto por los prejuicios de una especie de
centralismo académico, sino más bien por las mismas exageraciones de sus oficiantes. No
es la pequeñez o la grandeza de los temas de interés lo que determina la calidad del
trabajo que desempeña el historiador, es más bien la pertinencia o la sintonía de éste
o aquel tema con un sustento teórico. La historiografía de la segunda mitad del siglo XX
dejó destacadas pruebas de los alcances de aquellos estudios concentrados en pequeñas
unidades espaciales y culturales. Si algo funesto le ha podido suceder a la historia
regional, es el abandono casi espantado de una reflexión teórica que le diera
consistencia a la formulación de problemas para pequeñas particularidades regionales.
Historias fragmentadas de comarcas que no hallaban nexos o
interdependencias con
unidades explicativas mayores; en definitiva, la región terminaba convertida en ínsula,
en aldea perdida en los fantasmas de su singular anacronía. Ante esa reputación poco
recomendable, la obra de Betancourt pudo erigirse en modelo de combinación de los temas
de historia regional con una buena dosis de refinamiento teórico. Así pueden
atestiguarlo tres de sus obras: Mediadores, rebuscadores, traquetos y narcos (Las
organizaciones mafiosas del Valle del Cauca entre la historia, la memoria
y el
relato, 1890-1997), Bogotá, Ediciones Antropos, 1998; Historia de Restrepo,
Cali, Gobernación del Valle del Cauca, 1998; Matones y cuadrilleros (en
colaboración con Martha García), Bogotá, Tercer Mundo Editores-Universidad Nacional,
1990.
En su introducción a la
monografía sobre el municipio de Restrepo (Valle), el profesor Betancourt se dedicó a
demostrar la importancia de los estudios históricos de regiones en medio de las
tentaciones del mundo multipolar, de los procesos de globalización y de los excesos del
libre mercado, porque, según decía él, ante todo aquello termina por reafirmarse
"lo vernáculo, lo local, lo regional, lo nacional y la identidad cultural".
Además, el enorme peso histórico de un Estado débil, cuya construcción ha sido
traumática y tardía, acrecentó las tensiones y desniveles entre lo que se impuso como
un ficticio centro y la supuesta periferia de la nación. Así, pues, el profesor
Betancourt nos presentó el problema de lo regional como el problema de una frágil
construcción de un Estado nacional. El autor también contó con la premisa según la
cual las regiones permitían reconocer la heterogeneidad cultural de esta nación
compuesta por retazos; fueron las superposiciones regionales las que trascendieron sobre
la nación inventada por la elite criolla republicana. En las regiones, por tanto, se
hallan expresados con nitidez los sentimientos de pertenencia, las relaciones vivenciales
con un entorno y las diferenciaciones de unos grupos humanos con respecto a otros que dan
cimiento a la identidad cultural.
Para quienes consideran
en la historiografía colombiana que es un asunto de estatus o algo semejante elegir
grandes o pequeños temas, Betancourt tenía esta afirmación: "Para el estudio de la
historia regional es necesario rescatar como básicos a la historia local y la historia
parroquial, maltratada y condenada al ostracismo por la ingenuidad de quienes han creído
tener patrimonio divino de los privilegios temáticos". Esa convicción le daba vuelo
para insinuar que su intención era la de construir una historia total que bien podía
comenzar desde la historia provincial, municipal o parroquial. A decir verdad, no era muy
clara la interrelación que establecía entre historia local como componente de la
historia regional y ésta, a su vez, como componente de la historia nacional, pero al fin
y al cabo, tal parece, quería probar que la historia desde los ámbitos más reducidos
podía conectarse, asociarse, de algún modo, con las pretensiones de una historia de más
gruesas reconstrucciones.
En Mediadores,
rebuscadores, traquetos y narcos, Darío Betancourt plasmó su aguda interpretación
de los recientes fenómenos de violencia ligados con el surgimiento de grupos de mafias a
nivel regional. Este libro contiene cuatro ensayos que son fruto de sus estudios de
doctorado en París, entre 1995 y 1997, bajo el magisterio de Daniel Pécaut. En el
primero, está presente la obra de Norbert Elías como sustento explicativo del papel de
las mediaciones regionales, de la importancia de los individuos en la creación de
pequeñas redes de interdependencia que no pertenecen a un control vertical proveniente
desde un centro administrativo que, en nuestro caso, sería un ausente Estado. Si se
quiere, el autor hace una revisión de larga duración del proceso de formación de
agentes mediadores regionales hasta llegar a su expresión más reciente con los sicarios
y paramilitares que hicieron aparición en un escenario en que ya habían actuado los
tristemente célebres "pájaros". La tradición y la costumbre, dice Betancourt,
sirvieron de base para acoger a aquellos nuevos actores de la reciente y trágica
modernización violenta que ha vivido el país. Muy bien concluye en este primer ensayo el
autor: "En su proceso de conformación y consolidación, entre 1970 y 1985, la mafia
se sirvió inicialmente de la estructura del núcleo familiar, la violencia ancestral, el
rumor, la mediación y el ascenso social, mecanismos locales de sociales y poder antes
utilizados por los partidos políticos regionales".
El siguiente ensayo está
respaldado por las precisiones hechas en el anterior y de manera esclarecedora nos indica
las particularidades regionales de las organizaciones mafiosas del Valle del Cauca; para
el autor, es claro que el caso colombiano creó una sui generis organización de
traficantes de alucinógenos que constituyó una "criminalidad organizada
enriquecedora" y, además, modernizadora. Debido, o gracias a esas organizaciones,
hubo cierto dinamismo económico, acumulación de capital, internacionalización de los
regiones; pero también es claro que esas organizaciones brotaron del anclaje que les
brindaron los valores de una cultura popular que relativizó hasta el cinismo la idea de
honradez, de igual modo aprovecharon las estructuras de las antiguas clientelas políticas
y las relaciones familiares tan importantes a nivel local. No son estas organizaciones
mafiosas las responsables, como se ha creído, del debilitamiento del Estado, simplemente
aprovecharon una situación sempiterna de la vida pública colombiana. La mafia
vallecaucana usufructuó viejas redes de clientela y supo hacer alianzas estratégicas con
los remanentes del Estado y con la clase política con tal de garantizarse protección,
silencio y acceso a información definitiva para su seguridad.
El tercer ensayo es
propio de alguien que reflexionó de manera permanente sobre su oficio; las charlas,
conversaciones, diálogos, narraciones y entrevistas que hicieron parte de la
construcción, entre 1990 y 1995, de un acervo de fuentes documentales de origen oral que
sirvieron de apoyo a su estudio de las organizaciones mafiosas vallecaucanas, le
merecieron pensar acerca de lo que realmente se narra en cada relato recogido. No es
solamente lo que cada cual cuenta de una experiencia del ayer; es también el develamiento
de la relación de ese individuo con esa experiencia; cada narración dice mucho "de
la naturaleza mental de los hombres y mujeres" que tuvieron que ver con uno u otro
episodio del desparrame de la violencia generada con la activación de las mafias locales.
Y de la reflexión pasó el autor a brindarnos unos cuantos bellos ejemplos de la técnica
del relato corto aprendida en las lecturas de la obra de Walter Benjamin. En unas
sintéticas y precisas pinceladas logramos saber, por ejemplo, del desencanto del antiguo
"pájaro" de la década del cincuenta que ha perdido el trono con una nueva
violencia que apenas le deja ocupar el modesto papel de cuidandero de las propiedades
ostentosas de los narcotraficantes o de la tenebrosa oleada de muertes que fue invadiendo
la vida cotidiana del municipio de Cartago.
El profesor Betancourt
alcanzó a enseñarnos que los objetos de estudio son pasiones que se moldean a través de
propósitos de largo aliento. Sin conocer demasiado de su trayectoria vital, con seguridad
llevaba por lo menos una década de dedicación al estudio de la violencia en la región
vallecaucana. También nos enseñó a enaltecer los estudios regionales con la acuciosidad
interdisciplinaria y con la ayuda del trabajo colectivo, como lo demuestran sus libros de
autoría compartida. Su obra quedará inscrita entre aquel volumen cada más abultado de
estudios de las expresiones particulares de nuestras consecutivas guerras civiles. Su
visión de historiador sirvió para ayudarnos a entender que es un proceso trágicamente
prolongado en que los actores y las funciones sufren mutaciones y sofisticaciones, pero
que al fin y al cabo seguimos deslizándonos en el mismo tobogán de sangre.
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