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"La imprenta es el
fanal de la civilización".
Manuel María Madiedo
abstract
La historia del periodismo en Colombia no pasa aún del catálogo de nombres y de la
descripción técnica de formatos de periódicos que alguna vez existieron; todavía no se
consolida como una historia de la cultura intelectual o como parte de la historia de la
cultura política, a pesar de sus evidentes nexos. Algunos títulos de la prensa escrita
encierran en sí mismos una evolución, desde los simples cambios en la distribución
tipográfica hasta en sus evidentes traspasos de propiedad que constatan la importancia de
un instrumento en la transmisión de ideas y valores de cualquier tipo. El Neogranadino,
en la mitad del siglo XIX, es prueba de las transformaciones en la esfera política, de la
cualificación de los medios de búsqueda de una opinión pública afín con un proyecto
modernizador liberal. En su estructura tipográfica encierra los esfuerzos por asimilar
técnicas que hicieran más eficaz su función modeladora en una sociedad sometida a la
disgregación geográfica.
introducción
La historia del periodismo en Colombia no pasa aún del catálogo de nombres y de la
descripción técnica de formatos de periódicos que alguna vez existieron; todavía no se
consolida como una historia de la cultura intelectual o como parte de la historia de la
cultura política, a pesar de sus evidentes nexos. Algunos títulos de la prensa escrita
encierran en sí mismos una evolución, desde los simples cambios en la distribución
tipográfica hasta en sus evidentes traspasos de propiedad que constatan la importancia de
un instrumento en la transmisión de ideas y valores de cualquier tipo. El Neogranadino,
en la mitad del siglo XIX, es prueba de las transformaciones en la esfera política, de la
cualificación de los medios de búsqueda de una opinión pública afín con un proyecto
modernizador liberal. En su estructura tipográfica encierra los esfuerzos por asimilar
técnicas que hicieran más eficaz su función modeladora en una sociedad sometida a la
disgregación geográfica. Concentrados en la etapa fundacional del periódico, de la mano
de Manuel Ancízar (1811-1882), un masón que para 1848 reunía los antecedentes de un
conocedor del febril mundo de las imprentas de La Habana y de Caracas, donde había vivido
antes de su retorno a la Nueva Granada, intentaremos analizar la trascendencia de este
periódico en la organización de la estructura ideológica de la dirigencia liberal de
mediados del siglo pasado.
1. fundación de el
neogranadino
Antonio Gramsci dijo alguna vez que la opinión pública era el resultado del
contacto entre la sociedad política y la sociedad civil
1
.
Esa sociedad política, ya sea a través del Estado o de los particulares desde sus
partidos políticos o desde los movimientos sociales que representen, tiene que ingeniarse
la manera de persuadir acerca de las presuntas bondades de sus medidas, de sus propuestas
o de sus ideas. El objetivo es conquistar, en alguna medida, la voluntad política
pública, conseguir adeptos, lectores, difusores y, al menos, efímeros defensores de los
ideales propuestos. En la mitad de nuestro siglo XIX, la opinión pública apenas era un
elemento de la vida política recién descubierto. Podríamos decir que su situación era
tan primitiva como elemental el estado de la prensa. La escasez de periódicos y las
rudimentarias condiciones de las imprentas existentes denotaban el débil y tímido
contacto entre la sociedad política y la sociedad civil, el desinterés de aquella por
convertirse en "persuasora permanente".
Cuando nace el periódico
El Neogranadino, en 1849, factores novedosos daban inicio a la proliferación de
periódicos en la capital, desiguales órganos de opinión que abanderaban los propósitos
de distintos sectores sociales y políticos. La polarización de dos partidos políticos
en ciernes se manifestaba en órganos de una u otra tendencia que le dieron abrigo a los
idearios fundacionales de cada organización partidaria. En vísperas de elecciones
presidenciales que culminarían en un triunfo liberal, hubo quienes se atrevieron a
formular de manera programática las tesis que debían acoger los militantes de las cada
vez más definidas tendencias. Ezequiel Rojas, por ejemplo, en El Aviso del 16 de
julio de 1848, presentó lo que se considera el primer esbozo ideológico de lo que iba a
ser el partido liberal en Colombia. Desde ese mismo año se agitaba la formación del
partido conservador mediante la fundación de El Nacional, bajo la dirección de
dos aguerridos ideólogos: Mariano Ospina Rodríguez y José Eusebio Caro. Y no
despreciemos el movimiento social de los artesanos reunidos en la capital, movimiento que
llevaba un recorrido respetable a través de asociaciones reivindicadoras de su oficio y
que comenzaba a manifestarse consignando sus aspiraciones en sus propios órganos de
opinión. En la prensa comenzaban a esbozarse, a reproducirse, con alguna fidelidad, los
protagonistas de los conflictos que marcaron la revolución liberal y la rebelión
artesanal de mediados del siglo XIX.
La categoría del
publicista fue por tanto tardía en nuestra república. Es decir, la figura del hombre
que, utilizando palabras del sociólogo Pierre Rosanvallon, era a la vez organizador y
profeta, no se había moldeado plenamente aún dentro de la elite neogranadina. No era
definitivo el convencimiento de la eficacia política y cultural de la mediación entre el
poder y la sociedad. La prensa, concebida como la "parte más dinámica" de la
estructura ideológica, fue un hallazgo que se columbró a mediados del siglo XIX, más
por el empuje de los hechos y de las agitaciones ideológicas de la época que por una
convicción íntima de la elite político intelectual. Pocos, muy pocos, arrastraban la
quimera de establecer una red de relaciones con el tejido social desde el taller de
imprenta. Tan sólo aquellos que habían conocido de cerca el mundo apasionante e
influyente de los periodistas e impresores de Estados Unidos -la tierra bendita de la
democracia desde la sacralización concedida por Tocqueville-, sabían de los alcances
culturales y políticos del establecimiento de una imprenta con todos los avances
técnicos posibles y, en consecuencia, disponible para las tareas difusoras e iluminadoras
más variadas.
Las agitaciones
políticas e ideológicas de la mitad de siglo se encargaron de demostrarle a la elite
neogranadina que el periódico era la herramienta apropiada para unificar intereses, el
punto de partida para construir hegemonías políticas y culturales; que la imprenta
imponía un método de trabajo que fomentaba la comunión entre intelectuales; que el
oficio reproductivo y repetitivo del impresor podía crear consciencia de un pasado y un
futuro comunes para una sociedad. Que, también, era medio fundamental para difundir
ideologías, para familiarizar a los ciudadanos con proyectos de organización social. En
fin, que la función tentacular del publicista podía contribuir en la construcción de
los cimientos de una nación. Fue una lenta voluntad de crear nación la que, en
definitiva, permitió la aparición y la preeminencia de esos ideólogos civiles que se
apoyaban en la libertad de imprenta para formar opiniones, para imaginar comunidades
unidas por la ceremonia diaria o semanal de la lectura del periódico o por la red de
relaciones que proporcionaba un periódico, una revista, una novela por entregas, un
taller de imprenta.
A mediados del siglo XIX,
Bogotá ni siquiera se había consolidado como la capital de la República, su vida
intelectual no era más dinámica que la de Cartagena o la de Popayán o la de Santa
Marta. Estas ciudades todavía conservaban los privilegios comerciales y culturales de su
antiguo status colonial. Incluso circulaban algunos periódicos más influyentes en
aquellos lugares, como sucedía con la Gaceta mercantil que dirigía Manuel Murillo
Toro en Santa Marta; mientras tanto, en Bogotá los balbucientes partidos políticos con
sus facciones más o menos definidas se alinderaban en periódicos de oposición o de
apoyo a la administración del general Mosquera.
Precisamente, durante el
gobierno del general Mosquera se concentraron peculiares tensiones políticas atribuibles
no sólo a la energía de las corrientes ideológicas que emanaban de los agitados
ambientes parisinos, sino también debido a muy locales disputas de intereses. Desde 1846
se debatía ardorosamente el problema religioso en sus más erizados aspectos: la
supresión del diezmo, la abolición del fuero eclesiástico, la presencia de los
jesuitas. Otros temas candentes fueron la abolición de la esclavitud y la presunta
colaboración de Mosquera en las maniobras militares del exdictador Juan José Flores en
el Ecuador. El más damnificado con las discordias ideológicas del momento era el propio
general Mosquera, puesto que a él iban dirigidos los principales ataques de los
periódicos recién fundados y porque, de adehala, era el más desprovisto de la
herramienta que permitía exponer masivamente la cuestionada opinión oficial.
Apegado aún a las
maniobras típicas de un dictador herido en su orgullo, el general Mosquera acusó del
delito de calumnia a aquellos redactores de los periódicos que lo acusaron de apoyar la
expedición de Flores en el sur, mas el jurado de imprenta -una institución de censura
que Ancízar siempre despreció- absolvió de todo cargo a los jóvenes periodistas
implicados. El episodio se celebró entre los liberales con vivas a la libertad de
imprenta, pero el general se sintió desautorizado y quiso recurrir a las armas y, más
moderadamente, a la censura. Quienes lo acompañaban en el gabinete, entre ellos Manuel
Ancízar, le ayudaron a comprender que la solución consistía en obtener para el gobierno
un órgano "ministerial" que en el lenguaje de la época significaba vocero
oficial
2
. Esa era la fórmula moderna del
juego hegemónico. Ya no había que mirar la libertad de prensa como algo funesto para los
gobernantes, sino como otro medio eficaz para gobernar, para exponer postulados de
cohesión social, para acercar el Estado a la sociedad.
Valga reconocer que,
desde antes de la administración de Mosquera, los miembros del Estado habían percibido
la indefensión del Gobierno ante sus detractores. Desde la administración de Pedro
Alcántara Herrán se tenía conciencia de que la libertad de prensa no era un peligro
desestabilizador del régimen republicano, sino más bien un medio al cual también debía
recurrir el Gobierno de la incipiente nación. Pero, eso sí, lo lamentable es que no se
disponía de la herramienta básica: la imprenta. Por eso, este informe ministerial de
1844 que describe el deplorable estado de la imprenta oficial y que vislumbra la solución
en la realización de contratos con particulares se convierte en uno de los más precisos
antecedentes de la fundación de El Neogranadino:
La [imprenta] del
Gobierno que se adquirió hace algunos años, se halla bastante deteriorada, así en
razón del continuo servicio, como porque los bienes de la comunidad nunca se cuidan con
el mismo esmero que los que pertenecen a los particulares. Por esto, y porque se carece en
las imprentas de buenos operarios, las piezas oficiales se imprimen mal en su parte
material... Se ha creído que el hecho más seguro de que las publicaciones oficiales se
hicieran de una manera lucida, como debe esperarse del estado de perfección a que ha
llegado el arte tipográfico, sería invitar a la concurrencia de empresarios particulares
para una contrata general de las impresiones oficiales; lo que tendría la ventaja de
favorecer el establecimiento de una buena imprenta, en la que podrían publicarse cuantas
obras elementales requieren las Universidades, y Colegios, y la enseñanza primaria; y el
Poder Ejecutivo lo ha adoptado. Si él surtiere buenos efectos, la imprenta del gobierno
podrá venderse o entrar en parte del pago de las impresiones oficiales.
3
La misión de persuasor
permanente la tenía proyectada Manuel Ancízar desde antes de pisar el territorio de la
Nueva Granada. El sabía desde su ardua y eficaz labor en la prensa venezolana que las
incipientes sociedades de los regímenes republicanos de América hispana estaban urgidas
de una voluntad mediadora que se inmiscuyera en lo más sutil y en lo más evidente de la
vida social. Sabía que el periódico podía ser simultáneamente vehículo de
instrucción popular, de educación política, de boletín económico, de tribuna
fiscalizadora, de órgano impulsor de la iniciativa privada. Esa voluntad persuasora e
ilustradora de Ancízar quedó a disposición del gobierno de Tomás Cipriano de Mosquera
desde que se le apoyó en la consecución de una imprenta en Estados Unidos. Para 1847, el
Ministro Plenipotenciario de la Nueva Granada ante Washington, el general Pedro Alcántara
Herrán, le informaba de las gestiones que adelantaba con el impresor Antonio Labiosa, a
quien seguramente Ancízar conocía desde su fugaz paso por ese país en 1839:
Tuve el gusto de ver al
señor Labiosa en Nueva York, y de saber que tenía ya lista la imprenta y los operarios
que Usted le recomendó... Reciba Usted mis congratulaciones por este nuevo vehículo de
civilización que proporciona a nuestro país.
4
Las gestiones de Ancízar
fueron bien vistas por el gobierno de Mosquera, pues era la mejor oportunidad para
garantizar la existencia de un periódico "ministerial", semioficial, en medio
de la creciente difusión de periódicos oposicionistas. Con el apoyo financiero de diez
mil pesos procedentes del tesoro nacional, mediante un contrato para publicar la
documentación oficial cumpliendo determinadas especificaciones técnicas, Ancízar se
retiró del cargo de Subsecretario de Relaciones Exteriores para dedicarse al
establecimiento de la imprenta
5
. Hizo venir
de Venezuela a los litógrafos Celestino y Jerónimo Martínez, y a los tipógrafos León,
Jacinto y Cecilio Echeverría, además del impresor Felipe B. Ovalles. Todos ellos eran
aventajados alumnos de Pedro Lovera y Carmelo Fernández, maestros fundadores del arte
pictórico en Venezuela, y habían intervenido en la instalación de las modernas empresas
impresoras de Caracas.
6
En carta emotiva de
Manuel Murillo Toro, el mencionado fundador en Santa Marta de la Gaceta mercantil,
le anunció a Ancízar el paso por allí de los hábiles artesanos venezolanos con rumbo a
Bogotá y saludaba la nueva empresa que había asumido su colega:
Vi aquí a sus impresores
y al señor Martínez que con señora siguieron para esa, y doile el parabien de su
resolución de dedicarse al establecimiento tipográfico al frente del cual puede usted
igualmente prestar importantes servicios al país contribuyendo al progreso moral y a la
consolidación del sistema representativo.
7
Transcurrían los
primeros meses de 1848 y el general Mosquera, asediado por la crítica de sus enemigos
políticos atrincherados en sus respectivos periódicos, clamaba con impaciencia por mayor
prontitud en los trabajos de establecimiento de la novedosa maquinaria. Ancízar, mientras
tanto, se debatía en las contingencias de la falta de piezas que seguramente se
extraviaron en el viaje:
Pídole paciencia, mi
General. La pérdida de elementos y de mi prensa grande me han destruido y me hacen no
marchar con la celeridad que quisiera y me aconsejan mis propios intereses. Por otra
parte, el Estado del Tesoro, que no ha podido ni puede darme un real, me obliga a aceptar
algún trabajo particular con el cual pagar mis operarios que cada mes me piden 630 pesos
de sueldos. Todo esto me ha embarazado, pero dentro de poco he de recibir nuevas facturas
de letra y prensas, y los trabajos irán rápidamente
8
.
Por fin, a mediados de
1848, pudo establecer la imprenta y fundar el periódico El Neogranadino; el taller
quedó ubicado en la esquina de Concepciones al frente de las secretarías de Estado y,
según los anuncios, podía ofrecer los servicios de impresión, encuadernación y
litografía. Con la imprenta que introdujo Ancízar quedó atrás la etapa de la lenta y
dispendiosa máquina de imprimir a mano. Desde el 6 de agosto, el taller de Ancízar
comenzó a imprimir la Gaceta oficial y a cumplir con otros encargos oficiales
estipulados en el contrato. Mientras tanto, desde dos días antes, ya circulaba el primer
número del semanario El Neogranadino en el que el orgulloso impresor y director
del periódico anunciaba así la magnitud de la nueva imprenta instalada en Bogotá:
Se encuaderna con la
última perfección del arte, desde simple cubierta de papel hasta la encuadernación más
lujosa. Los operarios son traídos de las afamadas oficinas de Harper y compañía de
Nueva York. Además de encuadernaciones se ejecuta toda especie de obra de cartonería,
como Albums, Carteras, Portafolios, Estuches, etcétera, con la mayor finura y de la
calidad que se pida
9
.
También ofrecía
Ancízar el servicio de corrección y la permanente y discreta vigilancia de las obras que
debía imprimir. La "inviolabilidad del secreto" era en aquella época de
agitaciones partidistas atributos necesarios que los escritores exigían a los impresores:
Se imprime con aseo,
corrección y puntualidad todo lo que se pida, desde hojas sueltas hasta obras extensas.
La disposición de las oficinas y la vigilancia inmediata del empresario permiten asegurar
inviolable secreto a los que así lo deseen para sus producciones. La corrección
esmerada de las publicaciones queda a cargo de la Imprenta, a menos que el autor quiera
reservarse el corregir las pruebas, en cuyo caso hallará un gabinete enteramente privado
donde hacerlo sin ser visto, si le conviniere esta reserva
10
.
Una novedad evidente
consistió en agregar los servicios de litografía, gracias a la sapiencia de los hermanos
Martínez que habían conocido en París los adelantos de esa técnica. Esa novedad ha
sido tímidamente ponderada por los escasos y superficiales estudios sobre la historia del
periodismo colombiano. El servicio de litografía, enseñado y multiplicado por los
hábiles artesanos venezolanos, le permitió al periódico de Ancízar anunciar
detalladamente que:
Se ejecutan trabajos
litográficos de todo género, al crayon y grabados, al humo o iluminados. Se tiran
tarjetas tan perfectas como las mejores grabadas en metal, y con costo infinitamente
menor. Se hacen retratos al óleo. Se graba música; y en suma, no hay trabajo, por
delicado que sea, que no se ejecute como se pida y a precios muy módicos
11
.
No faltaron los escollos,
como el largo extravío de unas piezas de la prensa de imprimir y de una colección de
tipos de letras. El 16 de septiembre de 1848, el desesperado director anunciaba en la
última página:
¡Diablura! Cerca de
ochenta días hace que andan vagando, no se sabe por dónde, una cajas marcadas
M.S.&C° para M.A. y unas piezas de hierro que son parte de una prensa de imprimir. En
una de las piezas, de forma semielíptica, se leen estas palabras en relieve: 'The Smith
Press R. Hoe &C° New York' ¿Habrá una alma piadosa que quiera dirigir aquellas
caras prendas a la Imprenta Ancízar?
12
.
La insistencia de sus
avisos y el ofrecimiento de una recompensa le permitieron recuperar los preciados
elementos de la imprenta. Así que para comienzos de 1849, el taller de Ancízar estuvo en
disposición de anunciar mayores y más variados servicios a sus clientes:
Grande imprenta. Nuestros favorecedores,
y los del progreso artístico e intelectual de Bogotá, pueden contar con los servicios
cada vez mejor organizados de nuestra Tipografía. En esta semana hemos recibido 118 cajas
de bellísimos tipos y selectas viñetas y 6 prensas más de aventajada construcción.
Así nuestro establecimiento tiene hoy elementos para dejar complacidos a cuantos deseen
impresiones nítidas, correctas y prontas.
13
Pero entre todas estas
innovaciones, resalta aquella relacionada con el nacimiento de un nuevo tipo de mediación
entre el poder político y la sociedad neogranadina. A semejanza del Moniteur
creado en Francia bajo la protección de Napoleón, en la Nueva Granada surgía un
periódico con la intención de establecer un nuevo tipo de comunicación entre la
sociedad política y la sociedad civil. Se reconocía que la libertad de prensa, en vez de
un constante peligro para la integridad del sistema republicano, era el mejor incentivo
para fortalecerlo. Distante el poder de las sociedades locales en un país que fácilmente
tendía a la disgregación, era necesario instaurar un agente intermediario que sirviera
para establecer un constante diálogo entre los diversos niveles de la sociedad. El
periódico podía crear la ilusión de cercanía y de diálogo entre la capital política
y los problemas locales de las regiones
14
.
2. liberalismo
modernizador
La imprenta era el arma predilecta de los ideólogos civiles. A la vez era el arma
más temida de las castas de gobernantes militares en las nuevas repúblicas. Sin ese
instrumento, su labor primordial de organizadores de hegemonías era incompleta. La
imprenta les facilitaba la tarea de ilustrar, de civilizar. Siendo sinónimo de
masificación, significaba también mercado, distribución, popularidad, relaciones
allende las fronteras. Deslumbraba a los hombres más recorridos, porque ver reproducido
millares de veces un mismo escrito, un mismo pensamiento, parecía una mágica
popularización de aquello que hasta entonces estaba sumido en los más estrechos
círculos de la sabiduría. Manuel María Madiedo, colaborador entusiasta en el periódico
de Ancízar, escritor polígrafo vinculado al ideario positivista en boga, ardoroso
defensor de los avances de la ciencia y de los efectos igualitarios de la educación,
consignó así en El Neogranadino su deslumbramiento con los esplendores de la
imprenta: "Ella, como un espejo, refleja en un momento para millares de ojos la faz
de los siglos que fueron, ofreciendo al hombre pensador en las multiplicadas lecciones de
lo pasado cuál será el rumbo de lo futuro en el hogar doméstico, en el curso de los
gobiernos y en la marcha general de la civilización humana"
15
.
Otro atributo
insoslayable para el impresor era el estrecho nexo entre el producto cultural y el mercado
que pudiera o no consumirlo. Entre los impresores americanos del siglo XIX era común
recurrir a la propaganda previa sobre una novedad bibliográfica con el fin de saber de
antemano si tal o cual libro iba a ser leído o no. Eso evitaba los riesgos de imprimir un
costoso texto que después no sería comprado ni leído. Por supuesto, esa propaganda
previa era un ejercicio crítico y persuasivo que le correspondía al impresor y él
finalmente determinaba, con base en la acogida de los suscriptores, si el libro se
publicaba o se le devolvían los originales al frustrado escritor. El impresor en su
taller, pues era indispensable vivir al lado de su imprenta, se convertía en el eje de
las relaciones culturales y mercantiles de una sociedad.
Esa capacidad
multiplicadora y expansiva de la imprenta adquiría dimensiones colosales con las
reiteraciones de una publicación periódica. En el caso suramericano se soñaba con una
alianza de periódicos con tal de refrendar en cada nación el sistema republicano. La
imprenta era la herramienta que facilitaba con creces esa comunión entre las elites de
cada nación y Ancízar, por supuesto, no ignoraba esa virtud integradora: "Uno de
los beneficios inapreciables de la libertad de imprenta es su tendencia a unir a
los hombres y a los pueblos haciéndolos hermanos en pensamiento, hermanos en la
profesión de las verdades morales y políticas, hermanos también por la comunidad en el
padecer y en el esperar"
16
.
Como quien disfruta del
amplio panorama que ofrece la altura de un faro, el impresor periodista puede tener una
visión totalizadora de la sociedad. Su periódico es estructurado en un intento de
sistematizar y condensar en un orden tipográfico las preocupaciones y expectativas del
orden social. Con suma claridad, desde el primer número Manuel Ancízar definió las
secciones principales del periódico que, con el tiempo, fueron adquiriendo sus
personalidades distintivas. Desde la llaneza del formato hasta la más breve nota; desde
la crónica sobre los eventos artísticos en la capital hasta el meditado editorial; desde
las traducciones de los Sofismas económicos de Bastiat hasta la publicación por
entregas de las novelas de Sue y Dumas, todo aquello obedecía al deseo, muy acendrado
entre los intelectuales liberales de mitad de siglo, de crear un nuevo orden social. El
periódico, tanto en la ideología explícita que enunciaba cada semana como en su
distribución de secciones y en el sosegado estilo que impuso el director, pretendía
crear la ilusión de un orden social posible, aquel que correspondía con un utopismo
modernizador en lo político, social y económico.
La Profesión de fe
con la que inauguró su dirección del periódico fue una firme defensa de una
"posición imparcial" que no podía dejarse acorralar por las rencillas entre
los partidos políticos en formación. Imparcialidad que quería escapar de los
sobresaltos partidistas para entregarse por completo a la difusión de una racionalidad
modernizadora. No en vano dedicó gran parte de sus editoriales a hablar de asuntos
económicos. "Estas repúblicas no tienen otra fuente de vida que el progreso" y
a ese propósito tenía que servir la herramienta del periodismo. En su editorial titulado
Fomento industrial hizo el diagnóstico de una república poco acostumbrada al
esfuerzo individual y a la iniciativa privada. En una época en que se deseaba
ardientemente dejar atrás cualquier legado funesto de la vida colonial, en que se
elaboraba un enjuiciamiento severo a la realidad económica y social vigente, Manuel
Ancízar expuso sin ambages la necesidad de animar la iniciativa privada a través de las
asociaciones de los hombres de empresa y dejar en un segundo plano la regulación estatal:
La mejora de los métodos
de trabajo depende absolutamente de la acción individual, pues en esta parte nada puede
ni debe hacer el Gobierno. La propensión a formar sociedades verdaderamente patrióticas
y la perseverancia en trabajar por el bien del país no existen aún entre nosotros, en lo
cual nos parecemos a nuestros progenitores españoles y a nuestros hermanos sur-americanos
17
.
El momento ideológico de
su nacimiento selló el tono general del periódico. El Neogranadino nació para
ser el mesurado y decidido expositor del proyecto liberal modernizador que se insinuaba
desde los últimos días del gobierno de Mosquera y que se encumbró categóricamente con
su sucesor, el general José Hilario López. Ya varias voces desde otros órganos agitaban
en aquel entonces las aspiraciones de quienes deseaban suprimir en la sociedad
neogranadina todos los lastres sobrevivientes de la época colonial, sobre todo en materia
económica. La iniciativa individual, la libertad industrial, la construcción de vías
para el comercio, la liberación de impuestos para el cultivo del tabaco fueron parte de
las reformas impulsadas por los ideólogos liberales que alentaron el proyecto
modernizador que se impuso en Colombia a mediados de siglo. Proyecto que, en últimas,
dejó consecuencias favorables en la economía pero que dejó en evidencia las tajantes
diferencias de intereses entre los sectores sociales de la Nueva Granada. No hay que
olvidar que este proyecto modernizador fue el aliciente para el ascenso de una burguesía
comercial con propiedades en el campo y la causa del deterioro del nivel de vida de los
indígenas y de los artesanos.
En lo político, desde
1848 se animaba un orden social nuevo con la instauración de la libertad de imprenta;
nuevas facultades se le otorgaron al legislativo; se propuso el sufragio universal, la
participación más directa del pueblo en las decisiones políticas. Aunque, a decir
verdad, para la intelectualidad liberal reunida en Bogotá era más trascendental hablar
de libertad individual como un objetivo económico y no tanto como un logro político. La
libertad de empresa y la iniciativa privada. Al fin y al cabo, comenzaba a adquirir
preeminencia el lenguaje de aquellos ideólogos que hacía equiparable la modernización
política y económica del país a la asimilación de hábitos y patrones de vida
provenientes de las prósperas democracias anglosajonas
18
.
En El Neogranadino habló
la voz de una ascendente racionalidad burguesa que soñaba insistentemente con la
comercialización de la agricultura, con la construcción de caminos, con la
proliferación de la iniciativa individual en desmedro de la intervención reguladora del
Estado. El proteccionismo tenía que darle paso a la libertad industrial. "Falta
mayor libertad económica; faltan caminos", era el reclamo que persistía en los
editoriales de Manuel Ancízar. En la superación de cualquier vestigio de la época
colonial, los ideólogos liberales como Ancízar pensaban que era necesario revaluar el
papel del clero católico. No era tanto el deseo de definir un problema de creencias
religiosas en un país acendradamente católico, sino más bien restringir la injerencia
de la Iglesia católica en los asuntos del Estado, es decir, la secularización de la
actividad política. Diría Ancízar, semejante a como lo repitió durante su Peregrinación
de Alpha, que los representantes del clero debían integrarse al proceso del sistema
republicano, entrar en armonía con un orden político moderno. Este era el diagnóstico
del director de El Neogranadino:
El país ha sufrido
grandes transformaciones en lo político, las cuales han modificado costumbres y creado
nuevas necesidades públicas, en términos que la sociedad de hoy nada tiene de común con
la sociedad tal como existía antes de 1810... y sin embargo, la organización del clero
permanece inalterable con su carácter profundamente monárquico en medio de un estado
democrático
19
.
Y enseguida formuló la
solución:
Que él [el clero] se
amolde por su organización y por su vivir a la conformación política del país, que se
haga civilizador y progresista, y los bienes de la comunidad se hallarán bien servidos
por todos, y el principio religioso será salvo, poniendo fin a la sorda y peligrosa lucha
que vemos iniciada entre las ideas representadas por el antiguo clero romano, y las ideas
y necesidades de la república democrática
20
.
Desde su visión
panóptica, el director del periódico diseñó las secciones que podían contener todas
las dimensiones de su labor persuasora en calidad de ideólogo de un liberalismo
modernizador. La sección interior contuvo crónicas de costumbres, información
sobre sucesos de la capital; contó también con una constante y rigurosa información
estadística: cuadros de población, las operaciones de las cajas de ahorros, información
sobre precios de artículos de consumo, datos sobre la deuda pública; la literatura, las
ciencias y las artes gozaron de espacio constante en esa misma sección. La sección
exterior registró noticias de Europa y del resto de América, extractos de los
periódicos extranjeros más recientes, traducciones a cargo del director y, a falta de
periódicos recientes, se acudía a la "correspondencia fidedigna" que Ancízar
tenía con amigos en Venezuela, en Estados Unidos y en Cuba. Y la sección doméstica,
la más titubeante, se consolidó con el tiempo como la página de los avisos comerciales,
de los anuncios de contratos entre particulares y el Estado; allí se divulgaron las
novedades en librerías, la ampliación de los servicios de la imprenta, las
exclusividades bibliográficas que ofrecían las librerías de la ciudad o el propio
taller de Ancízar. La constancia de las secciones, la pulcritud en la corrección, la
sobria combinación de tipos y tamaños de letras, el empleo de viñetas contribuyeron a
definir el tono general del periódico. Cada cambio era explicado con detalle y anunciado
con anticipación, porque no se quería traicionar al lector
21
.
Todo aquello era demostración de la holgura técnica de El Neogranadino ante otros
periódicos que morían rápidamente, dejando una leve huella en el agitado panorama
ideológico de la época.
Hubo despliegue de
propaganda moralizante reproduciendo frases de Benjamín Franklin extraídas de su Almanaque
del buen Ricardo; varias notas breves estuvieron dedicadas a propender por la higiene
corporal. Se hicieron aleccionantes reseñas de las vidas de eminentes burgueses que, como
Lord Kenyon, se distinguieron por una "vida prudente, paciente y perseverante".
Una pequeña nota sobre el primer reloj de campana instalado en Inglaterra fue presentada
como un trascendental hecho civilizador. Las reseñas de los progresos de la Caja de
Ahorros de Bogotá; los extractos de los Sofismas económicos de Bastiat; las
memorias de las observaciones meteorológicas, escritas por el general Mosquera; el
informe sobre los efectos del huano en la curación de la elefantiasis más esas pequeñas
notas rotuladas como variedades adobaron el énfasis positivista del director del
periódico, preocupado por el fomento de la acción individual, por la creación de
hábitos favorables para una necesaria evolución industrial en el país.
Preocupación fundamental
de Ancízar fue combinar la conquista de un mercado para su periódico con la necesidad de
hacer propaganda ideológica o, más precisamente, expandir un ideario acorde con el
proyecto liberal a través de algunas obras literarias que pudieran circular junto con
cada ejemplar de El Neogranadino. Así recurrió a la táctica publicitaria del
folletín, ofreciendo novelas por entregas junto con descuentos especiales para los
suscriptores. Al lado del periódico, comenzó a circular desde el número 23 un
cuadernillo de treinta y dos páginas titulado la Semana literaria. Pero más
precisamente desde el segundo número, el periódico ya utilizaba la literatura como un
atractivo apéndice cuando anunció la publicación de El Parnaso granadino, una
colección de poesías nacionales preparada por Ancízar para circular en dos entregas.
Con su periódico circularon las novelas folletinescas de Eugenio Sue, Alejandro Dumas
(padre) y Lamartine. Especialmente las obras de Sue, que narraban de manera realista y
casi patética la situación miserable del pueblo francés, tuvieron enorme valor
funcional para difundir un imaginario socializante e igualitario, en momentos que un
sector de la elite liberal hacía transitoria alianza con las sociedades de artesanos.
Había otro objetivo,
además del puramente comercial o del ideológico, al insertar el folletín o al difundir
textos literarios y otras obras de arte en cada edición de El Neogranadino;
deseaba el director crear consciencia del legado histórico de la nación en ciernes y
fomentar los estudios de la sociedad. A eso contribuyeron los cuadros de costumbres de
Manuel María Madiedo, acaso el colaborador más conspicuo del semanario, adaptados
exclusivamente de su libro Nuestro siglo XIX para ser publicados en el periódico
de Ancízar. Refiriéndose a la colaboración de Madiedo, el director reconoció en alguna
ocasión que el autor de esos cuadros de costumbres "ha tenido la bondad de
facilitarnos estos fragmentos poniéndoles un fin tan accidental como los títulos, para
presentar muestras a los suscriptores de sus obras completas". A esa misma intención
se agregaron los Retratos de americanos célebres y los Recuerdos patrióticos
que consistían en una página consagrada "a la memoria de los que de algún modo
prestaron servicios y cooperaron a la Independencia de la Nueva Granada"
22
.
Casi con obsesión,
Ancízar escribió sobre la necesidad de construir caminos para animar las economías
locales y para facilitar el contacto con el exterior. Si algo hacía de Bogotá una
aldehuela polvorienta e inconexa era su aislamiento por falta de caminos que llevaran
rápidamente a las costas del país. Con igual vehemencia pedía a sus lectores que
enviaran colaboraciones al periódico haciendo "cuadros descriptivos de la
República". Cuando se le respondía a su petición, el director presentaba con
alborozo los escuetos informes de viajeros e ingenieros que desde remotos lugares daban
cuenta de las condiciones de los caminos de la patria. Informes que trasladados al
periódico se constituían en pequeños aportes científicos para el conocimiento del
país. Escritos provenientes de Chocó, Cartago, Antioquia, Piedecuesta que llevados al
semanario contribuían a imaginar los rasgos múltiples de la hasta entonces tenue
nación. Ancízar expuso convenientemente su intención de proporcionar desde su
periódico una ilusión de integración en un país que solía vivir separado por inmensos
obstáculos geográficos y drásticas diferencias regionales:
Un corresponsal nuestro
nos ha favorecido con las siguientes noticias sobre Cartago, que gustosamente publicamos,
pues nada agradeceremos tanto como noticias semejantes que hagan conocer nuestra
República por dentro; contribuyan a poner en relación unas provincias con otras. Si
estas noticias pudieran extenderse a otros particulares como mercados, ferias, productos
de cambio y sus precios, posadas y su costo, épocas en que sea mejor el tránsito de los
caminos y ríos de la provincia, precauciones sanitarias que deban tomar los viajeros,
poblaciones principales de tránsito, curiosidades naturales o históricas que merezcan
visitarse... Ellas formarían cuadros descriptivos de la República interesantes y útiles
para todas y para cada una de las localidades descritas
23
.
De ese modo, Ancízar
estaba fomentando el conocimiento del interior del país. Gracias al énfasis de numerosos
editoriales dedicados al tema de construir caminos y de conocer exhaustivamente el
territorio con ánimo de sociólogo; y gracias también al generoso espacio que le
concedió a los estudios de las provincias, El Neogranadino se convirtió en
uno
de los más evidentes impulsores ideológicos de la principal obra científica que
asumieron las elites intelectuales del siglo XIX en Colombia: la Comisión Coreográfica.
Por supuesto, esta
notoria inclinación del semanario hacia los temas científicos terminó moldeando un
estilo sobrio dentro del periodismo de la época. Estilo que tenía que contrastar con los
demás diarios del país, porque en esos precisos momentos se estaban exponiendo los
programas fundacionales de los dos principales partidos políticos. Su deseo de apoyar
cualquier idea o cualquier hecho que favorecieran el avance hacia una sociedad moderna
quedó plasmado en el tono pausado de los editoriales, en los que no hubo la más mínima
frase vindicativa. Oscilando entre el ensayo y la vulgarización periodística, sus
editoriales fueron todos argumentaciones en favor de la organización racional de la vida
republicana, de la preparación de tareas de civilización y de progreso que dejaban a un
lado las disputas de las agrupaciones partidistas y las reminiscencias coloniales. El
Neogranadino fue, mientras lo dirigió Ancízar, el órgano difusor de los ideales de
una sociedad democrática moderna, provista de las armas de la ciencia para gobernar y
organizar la sociedad. Por eso, el director se sintió con la autoridad de reclamarle a
sus colegas de los demás periódicos capitalinos una dedicación más exhaustiva a la
exposición de ideas y menos a la criticonería de asuntos baladíes que parecía denotar
la carencia de una brújula ideológica:
Arañazos. Los
periódicos de la capital se entretienen como comadres reñidas: "Que si tú copias
las noticias de aquí o de allá; que si tú dijiste copear en vez de copiar;
que si el periódico tal saca yerros de imprenta; que tal artículo merece ser
leído; tal otro está bien escrito..." ¡Qué es esto, señores! ¿En eso
emplean ustedes su talento, y son esas las críticas que un periódico debe hacer de los
otros? A las ideas, a las ideas, señores cofrades, y no perder tiempo en esas
puerilidades que nos ridiculizan en el exterior. Los índices de materias que algunos
publican con el pomposo título de Revista de periódicos bien pudieran ser
críticas razonadas de los editoriales ajenos, dejando a un lado lo restante de poca o
ninguna importancia general; así adelantaríamos todos, y nuestra prensa periódica
tomaría el carácter serio que exigen los adelantos del país y la misión social de la
juventud inteligente que hoy ocupa la escena pública
24
.
3. el periodista impresor
La posición privilegiada del periodista impresor parecía de las más envidiables
para los intelectuales civiles del siglo XIX. El taller de imprenta con su multiplicación
de servicios era fuente de hegemonía cultural. En la organización material de la
estructura ideológica de un grupo social dominante, la prensa y su polifacético entorno
(librería, imprenta, casa editora, correo) constituían el baluarte en la difusión de
determinadas pretensiones; sin ser el único bastión-advirtió Antonio Gramsci-, la
prensa es la "parte más dinámica" de la estructura ideológica, la que deja
resultados más inmediatos y palpables en su contacto cotidiano con la opinión pública.
Ancízar, tan cercano a los logros culturales de las empresas editoriales de Venezuela, al
trascendental influjo de los talleres de imprenta de Caracas, de donde trajo a los
artesanos que lo acompañaron en la empresa de El Neogranadino, no pudo sustraerse
a la ambición de erigirse en figura semejante a un Valentín Espinal o un José María de
Rojas que, en Venezuela, habían hecho aportes a la cultura americana con sus lujosas
impresiones de obras fundamentales de la literatura y con la fundación de periódicos de
notoria influencia en la vida política republicana.
Había un beneficio
adicional para quienes escogieran la empresa de la imprenta, un beneficio que debía
obtenerse gracias a las buenas relaciones con la administración pública. Consistía en
realizar los jugosos contratos para imprimir los documentos del Estado. Para muchos
impresores, esa alternativa constituía la principal fuente de trabajo y la base
económica que permitía el despegue de otras empresas editoriales. Ya alejado de las
lides del periodismo, Ancízar fue el más adecuado intermediario del taller de los
hermanos Echeverría para garantizar la prolongación de esos contratos oficiales, como
consta en esta explícita carta, cuando el exdirector de El Neogranadino fungía
como enviado diplomático del gobierno de José Hilario López en las repúblicas del sur
de América:
Y ya que Su Señoría es
hoy día todopoderoso allá en las altas regiones del Gobierno, ¿no podría hacer algo en
obsequio de la imprentica, interesándose aun desde allá en carta particular,
relativamente (sic) al contrato de impresiones oficiales? [...] Piense sobre esto y
aconséjenos; porque por nuestra parte creemos que muy poca cosa alcanzaremos a la larga y
con mucha economía si no logramos contratar los trabajos del Gobierno: esta es nuestra
principal aspiración, y con tal fin hicimos un pedido de tipos en mayo, que calculamos
estén por aquí para fines del año
25
.
A eso se sumaba otro
privilegio, acaso engañoso. Se creía, quizás por ejemplos de los prósperos impresores
de Francia o de Estados Unidos, que el oficio de impresor era pasaporte al enriquecimiento
económico. Se le consideraba la empresa particular más provechosa para quienes deseaban
por fin zafarse de la dependencia de nombramientos y sueldos oficiales o del ingrato
oficio de maestro en empobrecidos colegios. A la vez que se lograba un puesto moral de
preeminencia dentro de la sociedad, se obtenía una sólida posición económica gracias a
los numerosos servicios de la imprenta. Por eso, en la carta ya citada de Manuel Murillo
Toro, el director y fundador de la Gaceta mercantil de Santa Marta le participa a
Ancízar esta recurrente inquietud entre los intelectuales civiles de la época:
Hace mucho tiempo que
persuadido que en nuestro país es sumamente difícil conciliar la dignidad del hombre, y
la estimación pública con los servicios de los empleos públicos, me resolví a trabajar
por procurarme una existencia independiente, que me permita tomar parte en los negocios de
mi país sin necesidad de estar siendo el blanco del vulgo de envidiosos, y viéndome en
camino de realizar este proyecto, no puedo menos de aplaudir la idéntica resolución que
parece haber adoptado Usted
26
.
Mientras pudo dirigir su
periódico y ser el propietario de su taller de imprenta, Manuel Ancízar logró percibir
los alcances de su privilegiada condición. Percibió el vínculo fraterno con los colegas
de otros países, supo de la autoridad y la influencia de su periódico más allá de los
fronteras. Alguna vez publicó el saludo del Comercio de Valparaíso que incluía
un elogio de la calidad formal de su periódico. Al nivel de la vida local comprobó que
su periódico contribuía a atenuar las separaciones geográficas, podía permitir el
acercamiento a los problemas de las regiones. Por eso con tanto ahínco Ancízar
estableció un nutrido grupo de corresponsales, acogió los escritos provenientes de
provincias lejanas y se dedicó, infructuosamente, a tratar de vencer el obstáculo del
pésimo sistema de correos de la época.
La vida intelectual
comunitaria que había logrado tejer Ancízar desde su taller se estaba asfixiando por las
intermitencias y los accidentes del servicio de postas
27
. El
periódico estaba dejando de llegar a muchos suscriptores; pérdidas y extravíos
inexplicables, deterioro significativo de los ejemplares, reclamos cada vez más
exasperados de los lectores que no recibían ni el periódico ni el folletín, todo eso
fue minando la voluntad de Ancízar hasta que llegó el momento de la claudicación. En
este caso, no fue posible la vital alianza entre el impresor y la oficina de correos, de
tal modo que el denodado esfuerzo del taller de imprenta por entregar un periódico pulcro
y legible para el más variado público fue aplastado sistemáticamente por las tristes
noticias de los agentes de cada localidad informando sobre la ausencia del semanario.
Ya en la circulación del
número 15 del periódico, Ancízar tuvo que denunciar los "duelos y quebrantos"
causados por el pésimo servicio de correos que hacía llegar los impresos "molidos,
mojados y sucios" en el mejor de los casos, porque lo más común era la pérdida de
paquetes enteros
28
. En vano esfuerzo de
garantizar la llegada de los paquetes de impresos a los suscriptores y cansado de atender
personalmente las quejas cada vez más numerosas, el director decidió crear una oficina
central a cargo del señor Juan Vengoechea "para entenderse con las agencias de las
provincias, establecer otras, cobrar, pagar, satisfacer reclamaciones y ejecutar cuanto
concierna al mejor servicio de los suscriptores y favorecedores de la empresa
Ancízar"
29
.
Algo significativo se
vislumbraba del penoso sistema de correos. Parece que el periódico, antes de llegar al
suscriptor -por supuesto, un ciudadano activo y hombre notable en su región-, era leído
por otras gentes en los accidentados trayectos de las postas. Cuando llegaba a su destino,
su mensaje no constituía novedad exclusiva para el hacendado, para el abogado o el
influyente comerciante, porque muchos hombres de condición menos elevada en la
organización social habían saciado su curiosidad. Por eso muchos ejemplares llegaban sin
su respectiva novela de folletín o sin los retratos de los próceres de la Independencia.
Lo inquietante es que el fenómeno, en vez de producir admiración o comprensión, fue
denunciado como una intromisión vulgar. Sin proponérselo, el periódico se estuvo
ofrendando como posibilidad de educación política para aquellos que no aparecían como
sus principales destinatarios. Esta denuncia reproducida por El Neogranadino
constata el manejo "escandaloso" que daban a los envíos del periódico los
hombres del correo, "pues abren los impresos y los leen otros primero que los
interesados a quienes se dirigen, siendo la causa porque no se encuentran suscriptores,
porque los leen los amigos, parientes y demás de los colectores encargados del ramo de
correos"
30
.
La difícil situación
tuvo que resolverla Ancízar con la venta de su imprenta. Significativo es que ese proceso
de entrega de su establecimiento debió consultarlo continuamente con el presidente
Mosquera, puesto que a éste le interesaba que el poderoso instrumento no quedara en manos
de sus enemigos políticos. En ese proceso intervinieron al comienzo Mariano Ospina
Rodríguez y Florentino González, pero parece que sus propuestas no le satisficieron al
agobiado director de El Neogranadino. Finalmente, el establecimiento y el contrato
con el Gobierno fueron cedidos por Ancízar al doctor Antonio María Pradilla. Según esta
carta enviada al presidente Mosquera, en que asegura que el nuevo propietario no podía
ser molestia para el Gobierno, Ancízar se había quedado sin alternativa distinta a la de
vender:
La situación difícil en
que me encontraba, políticamente, con mi imprenta y El Neogranadino, y la pérdida
de salud que el excesivo trabajo de fundación me hizo sufrir, me obligaron a vender todo
el establecimiento al único que hizo proposiciones, que fue Pradilla, joven moderado y
patriota. A él solo se le han otorgado las escrituras, y él solo ha figurado en
los contratos. Ignoro, pues, si tiene sociedades con otros, que ni suenan ni han tratado
conmigo. Yo no podía seguir con la carga. Todos mis deudores me faltaban a sus plazos, y
mis firmas cumplidas quedaban sin pago el día del vencimiento. Esto me atormentaba y me
traía enfermo y sin sueño. Preferí sacrificar mi porvenir de riqueza a vivir en
semejante infierno, y me retiré, sin ganancias, determinado a consagrarme a la enseñanza
pública
31
.
El dinero que obtuvo con
la venta de su imprenta lo unió a la empresa tipográfica de los hermanos Echeverría,
con quienes continuó organizando proyectos de creación de periódicos. Mientras tanto,
el destino de la imprenta de El Neogranadino no se detuvo allí. Pradilla pronto se
quedó sin recursos y tuvo que vender. Manuel Murillo Toro, en 1850, recurriendo a dineros
prestados y enajenando su imprenta de Santa Marta, decidió adquirirla "para evitar
que la comprasen los conservadores". Salvador Camacho Roldán recuerda que las
peripecias por adquirir la costosa y codiciada imprenta no se hicieron "sin que en
todas estas transacciones hubiese ganancia y sí pérdidas para todos los que
intervinieron en ellas"
32
. Finalmente,
en medio de denuncias de los conservadores por supuestas operaciones fraudulentas de
Murillo Toro, entonces miembro del gabinete ministerial, el Gobierno nacional terminó
comprándola. La noticia de ese traspaso fue un chasco para muchos otros impresores
establecidos en la capital, puesto que se moría la posibilidad de celebrar contratos de
impresión con el Gobierno. Eso sintieron al menos los hermanos Echeverría que, en aquel
año 1853, se adelantaron a comprar en los Estados Unidos "una buena cantidad de
tipos de viñetas, jeroglíficos, interlíneas y dos prensas imperiales" cuyo monto
ascendía a "tres mil y pico de pesos", con la finalidad de ofrecer mayores
garantías que sus competidores ante un eventual contrato de impresiones oficiales
33
.
Hasta el número
conmemorativo de la Independencia nacional, el 20 de julio de 1849, puede adjudicársele a
Ancízar la responsabilidad editorial del periódico. Desde entonces cesó de presentarse
en el pie del periódico la Imprenta Ancízar. En ese mismo número de El
Neogranadino, Ancízar anunció que dejaba de ser el redactor del semanario desde la
siguiente entrega y que la dirección quedaba en "personas más hábiles y en mejores
circunstancias que yo para dar un periódico extenso, variado y bien nutrido"
34
. En el número siguiente la nueva dirección
advertía a sus lectores que la redacción estaba ya en manos distintas a las de Ancízar,
lo cual se hizo evidente en las transformaciones drásticas del estilo editorial.
35
Manuel Ancízar, mientras tanto, se había ido a
ocupar el cargo oficial de Director General de Ventas, acompañando los últimos días del
gobierno de su protector, el general Mosquera.
36
Ancízar nunca se
desprendió del periodismo y en varias oportunidades abrigó la ilusión de fundar nuevos
periódicos. El convencimiento de la misión ilustradora y civilizadora de la prensa le
hizo fraguar nuevos proyectos. A comienzos de la década del cincuenta, con ayuda de los
fieles hermanos Echeverría, fundó El Pasatiempo, "lanzado a tuerto y a
través en la política eleccionaria", según su propio examen; en 1852 estimuló el
nacimiento de El Constitucional; y en 1855, cuando aún no se había separado de
los encargos diplomáticos, negoció la compra de la imprenta de El Tiempo, adonde
llegó a mediados de ese año a asumir la tarea de redactor principal. Años más adelante
hizo anuncios de fundación de nuevos periódicos. Alguna vez tuvo la tentativa, algo
quimérica, de establecer una imprenta en la región del Tolima. En 1863, preludiando la
Convención de Rionegro, tuvo la intención de fundar otro semanario con el nombre de El
Constitucional, con el fin de presionar al general Mosquera a la convocatoria de una
asamblea constituyente.
"Siempre he
considerado la tipografía en nuestro país como instrumento de civilización y progreso,
no de lucro". Esa categórica afirmación acompañó su propósito de fundar, desde
su misión diplomática en Guayaquil, El Constitucional, en momentos que uno de sus
mejores amigos, el liberal y alto jerarca de la masonería bogotana, Rafael Eliseo
Santander, le comunicaba los amagos de renuncia a la presidencia de la República del
general José Hilario López, a mediados de 1852. Con cierto empecinamiento que mereció
la benévola burla de sus mejores amigos que hacían cálculos más realistas, Ancízar
estimuló a comienzos del decenio del cincuenta la fundación de un periódico "serio
y duradero, firme órgano del partido liberal-civil" para congregar a aquellos que
estuviesen dispuestos a "levantar un periódico, libre de reatos, superior a las
pasiones locales, audaz en doctrinas reformadoras, particularmente las económicas, que
son la base de todas las demás: periódico representante de la generación nueva, de las
ideas puras y sanas, civil en el fondo, civil en el lenguaje, totalmente civil". Y
apelando a su experiencia en El Neogranadino, les proponía a sus amigos
Echeverría y Santander que era preciso "quitar a los escritores la pesada carga de
los costos del periódico, pues harto harán en poner gratis su caudal de
inteligencia". Creía que esto era posible mediante un sacrificio del propio Ancízar
que consistía en poner "a su servicio la cuota de propiedad en la imprenta de
Echeverría hermanos con renuncia, por compensación a ellos, de cuanto me pueda tocar por
razón de dividendo en las utilidades de la imprenta"
37
.
No habría sido Ancízar
tan empecinado y tan generoso en esta propuesta que se concretó en un influyente
periódico capitalino, si este intelectual secularizador no estuviese plenamente
convencido de que se avecinaba, durante el resto de ese siglo, la lucha "entre lo
civil y lo militar", según él "la postrera de nuestras grandes luchas".
Liberalismo y civilismo, esas fueron las fuerzas que empujaron a Ancízar, y a otros
ideólogos civiles de su época, a la creación de muchas empresas culturales y
políticas.
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CITAS
*
Profesor
asistente del Departamento de Historia de la Universidad del Valle.
1
Véase de Antonio Gramsci, "Apuntes de filosofía II", en Cuadernos de la
cárcel, tomo III, Ediciones Era, México, 1985, pp. 196, 197.
2
El episodio está narrado por Salvador Camacho Roldán en el primer capítulo de sus Memorias,
tomo I, Biblioteca Popular de Cultura Colombiana, Bogotá, 1946.
3
ACOSTA, Joaquín, Informe del Secretario de Relaciones Exteriores, Imprenta de
José A. Cualla, Bogotá, 1844, p. 21.
4
Carta de Pedro Alcántara Herrán a Manuel Ancízar, Washington, diciembre 27 de 1847, Archivo
Ancízar.
5
Ancízar renunció al cargo en el gabinete Mosquera el 29 de abril de 1848, Archivo
Ancízar.
6
Los hermanos Martínez y Echeverría hacían parte, junto con Carmelo Fernández, de la
Logia América de Caracas. Según listado en el legajo Documentos sobre masonería, Fondo
Aristides Rojas,
Archivo de la Academia Nacional de la Historia de Venezuela.
7
Carta de Manuel Murillo Toro a Manuel Ancízar,
Santa Marta, enero 18 de 1848, Archivo
Ancízar.
8
Carta de Manuel Ancízar a Tomás Cipriano de Mosquera, Bogotá, 1848 (sin fecha exacta), Archivo
Ancízar.
9 El
Neogranadino, Bogotá, n° 1, agosto 4 de 1848.
10 Ibid.
11
Ibid.
12
El Neogranadino, n° 7, septiembre 16 de 1848.
13 El Neogranadino, n° 29, febrero 17 de 1849.
14
Sobre esta necesidad del Gobierno de insertarse en el sistema de necesidades de la
sociedad a través de la prensa, véase Pierre Rosanvallon, Le moment Guizot, Éditions
Gallimard, 1985, p. 65.
15
MADIEDO, M. M., "La imprenta", El Neogranadino, n° 33, marzo 17 de 1849.
16
ANCIZAR, Manuel., "Alianza de periódicos", El Neogranadino, n° 6,
septiembre 9 de 1848.
17 ANCIZAR,
Manuel , "Fomento industrial", El Neogranadino, n° 7, septiembre 16 de
1848.
18
Entre los estudios de aquel momento ideológico, destacamos: Jaime Jaramillo Uribe, El
pensamiento colombiano en el siglo XIX, Editorial Temis, Bogotá, 1982; Hans-Joachim
König, En el camino hacia la nación, Banco de la República, Bogotá, 1994;
especialmente el capítulo titulado "Nacionalismo, modernización y desarrollo
nacional a mediados del siglo XIX". Germán Colmenares, Partidos políticos y
clases sociales, Ediciones Universidad de Los Andes, Bogotá, 1968; especialmente los
dos primeros capítulos.
19 ANCIZAR,
Manuel, "Partidos políticos", El Neogranadino, n° 37, abril 14 de 1849.
20
Ibid.
21
Aunque desde el n° 34 del 4 de abril de 1849, desapareció el artículo definido en el
título del periódico.
22
ANCIZAR, Manuel, El Neogranadino, n° 7, septiembre 16 de 1848.
23
ANCIZAR, Manuel, El Neogranadino, n° 4, agosto 26 de 1848.
24
ANCIZAR, Manuel, El Neogranadino, n° 13, octubre 28 de 1848.
25
Carta de León Echeverría a Manuel Ancízar entonces en Guayaquil, Bogotá, julio 27 de
1852, Archivo Ancízar.
26
En carta ya citada de Manuel Murillo Toro a Manuel Ancízar, Santa Marta, enero 18 de
1848, Archivo Ancízar.
27
Sobre la importancia de una alianza entre el periódico y el correo en el siglo XIX,
véase Benedict Anderson, Comunidades imaginadas, Fondo de Cultura Económica,
México, 1993, pp. 96-98.
28
Nota en la sección Crónica, El Neogranadino, n° 15, noviembre 11 de 1848.
29
Anuncio del n° 21 del semanario, diciembre 23 de 1848.
30
Testimonio de Francisco P. Martínez publicado por El Neogranadino, n° 53 , julio
7 de 1849.
31
Carta de Manuel Ancízar a Tomás C. de Mosquera, Bogotá, septiembre 6 de 1849, Archivo
Ancízar.
32 CAMACHO
ROLDAN, Salvador, Memorias, tomo II, Biblioteca Popular de Cultura, Bogotá, 1946,
p. 53.
33
Carta de León Echeverría a Manuel Ancízar entonces en Chile, Bogotá, julio 29 de 1853,
Archivo Ancízar.
34
Nota del n° 56 de El Neogranadino, julio 20 de 1849.
35
Por eso es irresponsable la adjudicación a Ancízar de al menos cuatro editoriales en la
selección de Editoriales del Neogranadino a cargo de Gustavo Otero Muñoz,
Editorial Minerva, Bogotá, 1936.
36 Fue
nombrado oficialmente el 1° de septiembre de 1849. En ese mismo mes también se le vio
dedicado a la fundación de la Sociedad Protectora del Teatro.
37
Carta de Manuel Ancízar a Rafael Eliseo Santander, Guayaquil, junio 9 de 1852, Archivo
Ancízar.
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