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I. el
decorado: la sala barroca
Siguiendo las tendencias europeas, los muebles, objetos, adornos y disposición
de la sala doméstica de la elite social en Santa Fe de Bogotá cambiaron de modo
constante desde fines del siglo XVIII y a todo lo largo del siglo XIX. El cambio fue tan
continuo que cada generación se pronunció acerca de aquellas cosas y costumbres que les
precedieron considerándolas parte de un mundo desaparecido. El moblaje de la sala se
transformó desde el abandono del estrado a fines del siglo XVIII hasta el establecimiento
del salón burgués en las últimas décadas del siglo XIX. En el presente artículo
abordaremos esta historia con el examen de su primera gran transformación: la
sustitución del estrado por la sala barroca.
El testimonio de los
cambios, en general en las costumbres y en particular en la decoración, muebles y objetos
de la sala, lo encontramos en muchos escritores del siglo XIX. Una de las primeras
declaraciones la dio Josefa Acevedo de Gómez (1803-1861). En los años cincuenta,
escribió acerca de la ciudad de Santa Fe de 1810 y dijo: "no quiero que se olvide lo
que fue en otro tiempo el país de mi nacimiento"
1
. La
autora refirió las costumbres de los nobles santafereños de aquella época:
Sus casas, sólidamente
construidas, ofrecían espacio y comodidad a los que moraban en ellas; lo que, según la
opinión de muchos, puede valer tanto como lo que se llama elegancia y buen gusto
moderno. Macizos balcones, en cuya formación no se había economizado la madera;
gruesas ventanas guarnecidas con espesas celosías, que daban escasa entrada a la luz y al
aire que circulaba por espaciosas salas colgadas de un papel lustroso en donde
ordinariamente se representaban paisajes y flores; altos y duros canapés con cerco
dorado, forrados en filipichín o damasco de lana o seda, cuyas patas figuraban la mano de
un león empuñando una bola; cuadros de santos con anchos marcos labrados y sobredorados
y algunos retratos de familia al óleo, ejecutados por Figueroa y colocados lo más cerca
del techo que era posible; enormes arañas de cristal; mesas labradas con caprichosos
recortes; espejos ovalados colgados oblicuamente sobre las paredes, y sillas de brazos
altos, forradas en terciopelo o damasco, cuya clavazón hacía comúnmente un dibujo poco
variado
2
.
Para la década del
cincuenta, la sala bogotana había variado significativamente respecto a la de 1810. De
ahí la necesidad de la autora de rescatarla del olvido. Ella aclaró que en el 10
también había casas en que se habían adoptado "modas más modernas" aunque
las consideró una excepción: "paredes adornadas con láminas de exquisito gusto,
muebles más elegantes y ligeros, y balcones y ventanas de hierro con delgados balaustres
[...] asientos menos altos y más blandos"
3
. El cambio
que señaló Acevedo de Gómez consistió en la aparición de rasgos modernos en muebles y
objetos, entendidos éstos como elegancia, ligereza y comodidad. Se dio pues un cambio en
el gusto de los santafereños.
Acevedo de Gómez afirmó
de modo implícito que el mundo de fines de la Colonia era diferente del que había
surgido luego de la Independencia. Es posible que hubiera un interés ideológico de parte
de su generación por marcar distancia respecto a los tiempos del Virreinato. Pero aun
reconociendo dicho interés, los cambios efectivamente se produjeron y en el caso de la
sala fueron manifiestos. Lo que Josefa Acevedo de Gómez ignoraba era que la sala de 1810
había surgido apenas tres décadas antes -alrededor de 1780- y que la transformación de
entonces había sido mucho mayor que la que ella había percibido a mediados del siglo
XIX.
desaparición del
estrado
La sala anterior a 1780, es decir el estrado, fue una institución hispánica que
se adoptó en América desde los primeros tiempos de la colonización y se mantuvo a lo
largo de casi tres siglos. La investigadora Pilar López, en su estudio sobre el estrado
en la Nueva Granada, afirma que éste era un espacio usado exclusivamente por las mujeres
y se caracterizaba por tener alfombra y cojines, sobre los cuales ellas adoptaban una
posición sedente
4
. Asimismo, asegura que la sala estaba
compuesta por dos ámbitos: el estrado femenino y el espacio reservado a los hombres. El
ámbito femenino constaba de una tarima de madera con su alfombra, cojines, almohadas y
telas para cubrir las paredes. También incluía muebles de tamaño pequeño llamados
"muebles de estrado" o "muebles ratones": mesitas, escritoritos,
costureros, cofres, cajas, arquetas
5
, rueca y brasero. El
espacio de los hombres exhibía, por su parte, "un mobiliario pesado, grandes
escritorios sobre bufetes
6
, mesas, sillas con respaldar y
apoyabrazos y butacas de arrimo utilizadas para aproximarse al estrado femenino
permitiendo a los caballeros conversar con las damas"
7
,
puesto que no les era permitido subir al estrado.
Las historiadoras
argentinas Sara Bomchil y Virginia Carreño, junto con Constanza de Menezes, investigaron
el estrado en Hispanoamérica en la época colonial. Ellas destacan ante todo el origen
oriental e islámico del estrado español y su carácter exclusivamente femenino y de
distinción social, pues sólo las mujeres "principales" recibían en ellos.
También afirman que el repertorio de muebles ratones se enriqueció con el correr de los
siglos
8
.
El estrado desapareció
(tanto en España como en América) en el contexto de los aires revolucionarios de la
segunda mitad del siglo XVIII. La tarima, alfombra, cojines, colgaduras y pequeños
muebles se refugiaron por un tiempo en la alcoba -o en el costurero-, pero su lugar y
función no serían ya las del espacio social más importante de la casa. Las nuevas modas
e ideas provenientes de Francia e Inglaterra en el siglo XVIII impusieron otros muebles,
otro decorado y finalmente otra concepción de la sociabilidad.
surgimiento de la
sala barroca
La sala que surgió y se configuró alrededor de 1780 en las residencias de la
aristocracia santafereña anunciaba un mundo nuevo. Ese mundo era el producto de grandes
transformaciones que estaban en curso en Europa y que conocemos como Modernidad,
Ilustración, Revolución Francesa y Revolución Industrial. En el siglo XVIII -con mayor
énfasis en la segunda mitad-, la monarquía borbónica emprendió la reorganización del
imperio con base en criterios neomercantilistas e ilustrados. Tal política apuntó, por
una parte, a la administración más rigurosa y racional de los recursos y, por otra a la
promoción de las ciencias y de las ideas de la Ilustración
9
.
Las ideas científicas e ilustradas fueron asimiladas por un sector de la aristocracia
criolla y despertaron en él la conciencia patriótica que alimentó el movimiento
independentista. En este proceso el papel de las tertulias domésticas fue decisivo
10
. La famosa tertulia de "El Buen Gusto", que se fundó en
1801 y estuvo presidida por doña María Manuela Santa María y Prieto de Manrique
11
, es un ejemplo de ello.
Las tertulias surgieron
en la Nueva Granada en las dos últimas décadas del siglo XVIII (un poco después que en
Nueva España, Virreinato del Perú y Virreinato de La Plata), siguiendo el ejemplo de las
europeas. En ellas se ponía en juego no sólo un nuevo universo ideológico y cultural,
sino también una nueva sociabilidad, una manera inédita de relacionarse, conversar,
intercambiar ideas y discutir
12
. Junto a estas originales
ideas y prácticas sociales, aparecieron simultáneamente unos muebles y objetos que
habrían de transformar la sala no sólo en su decorado sino también en su función.
En Colombia no contamos
con estudios sobre el tema. No obstante, existen algunas investigaciones en otros países
de América Latina que sirven como punto de referencia. El historiador argentino Carlos
Moreno
13
, por ejemplo, muestra cómo en el contexto de las
Reformas Borbónicas en la capital del Virreinato de la Plata entre 1750 y 1810, se
produjeron modificaciones sustanciales en la arquitectura y muebles domésticos. El
período fue de expansión económica y de cambios en las ideas, los valores y en la
conformación de la elite social. El autor afirma que la vivienda y el mobiliario habían
iniciado su transformación desde mediados del siglo XVIII junto con la reapertura del
comercio. Con la Independencia, los cambios se acentuaron:
No sólo el estrado y los
modos de relación a los que daba soporte cambiaron con la revolución, los aires frescos
de la libertad indujeron al cambio. Cambio en las modas, en las costumbres [...] un Buenos
Aires que se consideraba al tono de la época. Se difundieron muchas de las costumbres
francesas
14
.
A pesar de darse una
transformación tan grande en pocos años, Moreno señala que ésta fue de menor
envergadura que aquella que se vivió en Perú o México. Nosotros agregaríamos,
acogiendo la interpretación del período que hace el historiador Jaime Jaramillo Uribe,
que la transformación en la Nueva Granada y en Santa Fe fue de menor alcance que la de
Buenos Aires
15
.
A propósito de la nueva
sala, Moreno hace la siguiente descripción:
Ambientes suntuosos
comenzaron a competir con la sencillez aldeana. Los salones de la familia Escalada por
ejemplo, con tapizados en las paredes de damasco de seda amarilla, con molduras doradas y
flecos de seda al mejor estilo europeo. Espejos de Venecia y cielorrasos de madera con
dorados pintados. Sillones y sillas de jacarandá con tapizados en rojo, gualda o celeste
16
.
Para delinear esta sala
moderna también contamos con el aporte del historiador Carlos F. Duarte, quien ha
investigado el mueble colonial venezolano. En su estudio de la Quinta de Anauco (Caracas),
destaca la alteración que se dio en el estrado:
A mediados del siglo
XVIII, con la evolución de las modas y el cambio de las costumbres por la influencia
francesa impuesta por los Borbones, el estrado se transformó, así como su uso. El
llamado estrado del siglo XVIII estuvo constituido sólo por una gran alfombra colocada
directamente sobre el piso y sobre ella un juego de sillones, sillas y canapés, todo
adosado a un zócalo pintado o forrado en tela, con sus molduras, habiendo desaparecido la
tarima de madera y los cojines
17
.
II. la sala
santafereña
La sala santafereña de las dos últimas décadas del siglo XVIII, por su parte, exhibía
dos aspectos novedosos. El primero era el mayor número de muebles para sentarse, como
sillas -las más numerosas-, taburetes y canapés. Hasta los años 1770, las mujeres se
sentaban en cojines, en almohadones o en sillas ratonas. Los hombres, como dijimos, lo
hacían en butacas de arrimo para conversar cómodamente con las damas, o en sillas
propias del espacio masculino. El segundo aspecto innovador tiene que ver con esta
división del salón en sectores femenino y masculino. Cuando las familias acomodadas
acogieron la influencia francesa, se eliminó el estrado femenino, adoptaron nuevos
muebles y la sala se convirtió en el escenario de una nueva sociabilidad que cobijaba por
igual a hombres y mujeres.
En esta reconstrucción
de la sala santafereña la fuente fundamental son los documentos notariales, es decir, los
Inventarios y Avalúos de bienes, elaborados a la muerte de las personas. Tomemos un
expediente de la época: el de María Petronila Prieto
18
(la
madre de Manuela Sanz de Santa María), realizado en 1784 y modificado a través de
Codicilo en 1809
19
. En el Codicilo dejó constancia de los
bienes que repartió entre sus cuatro hijos -desde 1784- por haber éstos contraído
matrimonio. Entre los bienes se encuentran muebles, ropa, alhajas, plata labrada y libros.
Este inventario -como la mayoría- sólo contenía los bienes pertenecientes a uno de los
miembros de la sociedad conyugal y por tanto no incluía el conjunto de bienes de la
familia. En la época, los inventarios se hacían clasificando tipos de objetos en
correspondencia con el oficio de los peritos evaluadores -carpintero, albañil, herrero,
sastre y joyero. El carpintero, por ejemplo, se encargaba de calcular el valor de puertas,
techos y ventanas de madera, como también de muebles, cuadros y espejos.
Como patrón general, los
inventarios, en el apartado "Bienes Muebles", comienzan mencionando los muebles
y objetos más valiosos y terminan con los de menor valor. Dentro de esta clasificación
se guarda un orden que corresponde a distintos lugares de la casa aunque sin especificar
cuáles son. En algunos documentos hemos identificado primero los muebles de sala, luego
los de alcoba y seguidamente los de comedor y cocina. A veces se listan todos los objetos
de un solo tipo sin importar donde se encuentren.
En el documento de María
Petronila Prieto se mencionan primero las alhajas y vestidos antes que los muebles de
madera, mostrando un orden de mayor a menor en el valor de los objetos: desde $300 por un
aderezo de diamantes y esmeraldas hasta $40 por un cuadro de la Santísima Trinidad
20
. Los primeros muebles que se inventarían en la herencia de
Josefa, la hija mayor, son el cuadro mencionado y "dos espejos en cincuenta
pesos". Sabemos que se trata de muebles de sala, pues los espejos y cuadros más
grandes y costosos se ubicaban siempre en el lugar más importante de la casa (tal como se
demuestra en la Parte I de la obra, referida a la arquitectura).
protagonismo de
los objetos religiosos
Un aspecto que llama la atención de la sala santafereña es la cantidad de objetos
religiosos. En realidad, éstos se encontraban en toda la casa. En la sala había grandes
láminas, cuadros e imágenes de santos y escenas bíblicas. El repertorio de santos era
extenso. En los inventarios de bienes entre 1784 y 1821 pudimos identificar más de
treinta
21
. Las mejores láminas y cuadros se enmarcaban en
madera o cristal y se protegían con vidrio. Como "imágenes de bulto"
22
se conocían las estatuillas representando al Niño Jesús, la
Virgen, el Pesebre, etc.; también, aquellas figuras contenidas en urnas de madera y
cristal adornadas con flores de papel, conchitas y dijes
23
.
Estos pequeños nichos se colocaban encima de las mesas adosadas a la pared.
En el inventario de
María Petronila Prieto encontramos relacionadas 28 láminas y cuadros, con un valor total
de $410. Teniendo en cuenta su costo y tamaño, más o menos la mitad -unas quince con
valor de $335- se hallaría en la sala. Advertimos una situación similar en el inventario
y avalúo de bienes de Josefa Galindo y Romana realizado en 1807
24
.
En éste se listaron treinta láminas y cuadros ($109.6) de los cuales unos siete ($71)
estarían en la sala. Otro ejemplo corresponde al inventario de Pedro Groot (padre del
escritor y pintor José Manuel Groot) en 1821
25
. Aquí
prácticamente la mitad de todos los bienes muebles está constituida por objetos
religiosos: $228 de un total de $426. A la sala le correspondieron $211 incluyendo
láminas, pinturas, imágenes y cuadros.
Josefa Acevedo de Gómez,
en el artículo al que nos referimos más arriba, manifestó que los cuadros se colgaban
muy cerca del techo
26
. Los inventarios no dicen nada al
respecto, ni tampoco las crónicas de viajeros. Ignoramos qué métodos usaban los
santafereños para colgar sus cuadros y espejos, dado que el material del que estaban
hechas las paredes no podía resistir el impacto de los clavos de entonces ni tampoco
mucho peso. Si no los colgaban de las paredes, es probable entonces que lo hicieran de las
vigas del techo. En 1865, el escritor José María Vergara y Vergara (1831-1872)
describió la sala de los marqueses de San Jorge en 1813 y manifestó: "Del techo
colgaban tres grandes cuadros dorados en que se veían los retratos del conquistador
Alonso de Olaya, fundador del marquesado; de don Beltrán de Caicedo, último marqués de
San Jorge, por la rama de Caicedos; y de don Jorge de Lozano, poseedor del marquesado en
1813"
27
. También es probable que las láminas de menor
tamaño se colocaran sobre las mesas acompañando las urnas y demás imágenes.
Respecto al tamaño de
los cuadros, el inventario de Josefa Galindo y Romana da un indicio:
Un cuadro pintura de San
Ignacio, vara y media alto, marco dorado, sin vidriera, diez y seis pesos [...]. Una
pintura de San Antonio, marco dorado, una vara alto sin vidriera, nueve pesos [...]. Un
cuadro marco dorado, de Chiquinquirá, una vara largo, cuatro pesos [...]. Un cuadro una
cuarta alto, marco de carey, Nuestra Señora de Monguí, cuatro pesos
28
.
La vara era una medida de
longitud que valía en Castilla 0.835 metros. Eso quiere decir que el San Ignacio medía
1.25 m y el cuadro de Nuestra Señora de Monguí 20 cm. Con base en esta información
podemos suponer que los cuadros más costosos eran probablemente los más grandes. De esta
suposición, a su vez, se infiere que había uno o dos cuadros grandes en la sala, a lo
sumo tres.
Hay que agregar que no
todas las pinturas y cuadros eran de motivo religioso. Como vimos en la descripción de la
sala de los marqueses de San Jorge, también había retratos de personajes y antepasados
de la familia. Pero estas pinturas por lo general no se registraban en inventario, pues el
valor comercial era nulo si exceptuamos sus marcos. Recordemos la descripción de Josefa
Acevedo cuando dice que en las paredes se colgaban "cuadros de santos con anchos
marcos labrados y sobredorados y algunos retratos de familia al óleo, ejecutados
por Figueroa"
29
.
espejos y
cornucopias: funcionales y decorativos
En la sala había otro objeto tan protagónico como los muebles religiosos. Se trata del
espejo. Algunos inventarios confiesan que proceden de Francia o Inglaterra. El testamento
de Paula de Angulo en 1795
30
mencionó "6 espejos
ingleses de moda, marco de hoja de olivo; 6 espejitos franceses"; y el testamento de
Josef María Bustillo
31
en 1796 especificó "un par de
espejos ingleses de vestir" y "dos mesas compañeras de los espejos". El
adjetivo "de moda" obliga a pensar en la renovación de objetos que estaba
teniendo lugar en la sala. En una época en que hasta la ropa interior se heredaba, un
objeto de moda era algo extraordinario y por lo mismo indicativo de un cambio reciente.
También en algunos documentos se informa que algunas alfombras, láminas e imágenes de
bulto eran quiteñas.
Los documentos de María
Petronila Prieto y de Pedro Groot mencionaron, además de los espejos, la cornucopia.
Ésta era un espejo de menor tamaño con uno o dos candelabros adosados
32
.
Al igual que el espejo, su función primordial era difundir y multiplicar la luz de las
espermas, siempre insuficiente. En 1784, una cornucopia de cristal se avaluó en $45; la
más barata, de marco de madera dorada, en $4. En general los marcos de cristal eran los
más costosos. Doña María poseía diez cornucopias y don Pedro doce, lo que sugiere que
podían encontrarse también en alcobas y comedor, siempre con el objetivo de aumentar la
iluminación. El hecho de que se mencionaran siempre en número par permite conjeturar que
se colgaban por parejas; en la sala, tal vez a lado y lado de un gran cuadro.
El inventario de Josefa
Galindo y Romana da pistas acerca del tamaño de los espejos: "Dos espejos con copete
y marco dorado, media vara altos, a 12 pesos [cada uno], 24 pesos" y "cuatro
ídem marco vidrio, una cuarta altos, ordinarios, a 18 reales [cada uno], 9 pesos"
33
. Los espejos de media vara medían entonces 41 cm. aproximadamente
y los de una cuarta de vara, 20 cm. Del tamaño de las cornucopias sólo tenemos la
descripción del inventario de Doña María Petronila Prieto: "seis cornucopias
pequeñas de marco dorado 36 pesos" y "dos ídem grandes 25 pesos", de lo
que deducimos que si las grandes doblaban el precio de las pequeñas, lo más probable es
que también doblaran su tamaño.
Acerca de los marcos de
cuadros y espejos, la variedad no era mucha. La mayor parte tenía marcos de madera
sobredorada. También los había, aunque pocos, de carey. Los más finos tenían marco de
cristal y los ordinarios marco de madera pintada de negro o verde. La forma, en la gran
mayoría, era rectangular, pero algunos eran ovalados. Francisco Gil Tovar en su obra
acerca de la historia del arte colombiano estudia la interesante evolución de los marcos
en la segunda mitad del siglo XVIII:
Del ejemplar plano,
simplemente moldurado, se pasa primero a la inserción de grutescos, escamas, motivos
geométricos repetidos; luego a la superficie curva pintada en rojo o verde con esquinas
doradas; por último se agregan toda clase de adornos curvilíneos de estilización
vegetal o animal con predominio de la habichuela [...] el coronamiento lleva
frecuentemente penachos agitados como plumas al viento
34
.
decoración de
paredes
Cuadros, espejos y cornucopias tenían en común adornar las paredes. Dijimos antes que en
la sala había uno o dos cuadros de buen tamaño. Con seguridad el caso de los espejos era
el mismo, es decir, había uno o dos de ellos, grandes. También sugerimos que las
cornucopias en número par -dos o cuatro- acompañaban a lado y lado los principales
cuadros para iluminarlos. La sala de este período tenía forma rectangular y sus paredes
más largas daban, una al balcón y la otra al corredor. Ambas paredes tenían puertas y
la del balcón, además, ventanas. De las paredes cortas, por lo general, sólo una
comunicaba con la alcoba principal. Esto significa que se tenían amplias superficies de
paredes para adornar -tal vez nueve o diez. Para ello, se contaba con dos cuadros y dos
espejos grandes, varios cuadros menores, cuatro cornucopias medianas y pequeñas
35
, y algunas láminas e imágenes dispuestas sobre las mesas
arrimadas a la pared. Vergara y Vergara hizo la siguiente descripción en su referencia a
la sala del período 1800-1825: "Dos cornucopias empolvadas reposan contra la pared,
sobre mesas de patas de águila"
36
.
Ignoramos si se decoraba
toda el área de la pared. Algunas crónicas que se refieren a la primera mitad del siglo
XIX mencionan la costumbre de colgar cuadros encima del marco de las puertas. La escritora
Soledad Acosta de Samper (1833-1913) en un artículo de costumbres describió una sala del
período 1825-1830. En ella mencionó que además de un cuadro grande representando a
Nuestra Señora de las Mercedes, en la pared principal "había un pequeño
37
San Cristóbal sobre la puerta de entrada, y un San
Antonio sobre la de la alcoba"
38
. La pared principal era
la de la puerta de entrada: los mejores cuadros o espejos se colocaban en esta pared.
En la década del
cincuenta, el escritor Manuel Pombo (1827-1898) realizó la descripción de una sala que
conservaba el estilo de fines del período colonial y que nos ilustra acerca del carácter
decorativo:
Bien esterada, amueblada
a la antigua, sin cielo raso ni empapelado, cuyos muros encalados decoraban tres
cuadros de nuestro inmortal Vázquez [...] figura al natural de San Francisco de Asís, y
[cuadros] pequeños [...] representativos de la Adoración de los Pastores y la Huida a
Egipto; en uno de los extremos laterales y en los espacios que en él dejaba la puerta de
comunicación con la alcoba, sobre macizas mesas de nogal se ostentaban dos urnas
antiguas, dentro de las cuales, en medio de centenares de dijes y baratijas, aparecía la
imagen del Divino Niño
39
.
cortinas y
colgaduras: rezago del estrado
Además de objetos religiosos y espejos, la sala de la época virreinal exhibía el adorno
de cortinas y colgaduras. Éstas últimas -rezago del estrado- pronto serían remplazadas
por papel de colgadura. Lo mismo que para decorar, servían junto con los biombos para
abrigar las habitaciones y combatir las corrientes de aire. Los vidrios eran costosos y
escasos. Para que entrara luz era necesario abrir puertas y ventanas, lo que enfriaba el
espacio. No es coincidencia que el papel de colgar se popularizara al mismo tiempo que el
vidrio en las ventanas. La colgadura tradicional era una tela gruesa de engaripola
40
, filipichín o damasco -de color rojo o amarillo- con la que
se cubría parte de las paredes de la sala a modo de friso o de cortina de abundantes
pliegues. El Diccionario de Autoridades
41
del siglo XVIII
define así las colgaduras: "Tapicerías, paños, telas, damascos, tafetanes y otros
tejidos con que se adornan y cubren las paredes de las casas interiores, y exteriores, las
camas y otras cosas". En su diccionario, María Moliner complementa la definición:
"Tela que se pone colgando para adornar o para evitar el paso del aire, detrás de
los balcones o ventanas y en las puertas, o de manera semejante, en las camas y otros
sitios"
42
. Aunque pocas, también había colgaduras de
papel.
Las cortinas de la sala
eran del mismo material que las colgaduras. Se usaban para cubrir las ventanas y las
entradas, y para adornar. Los inventarios las mencionan por pares, lo que permite suponer
que se colocaban a lado y lado de la puerta o ventana, según el caso. Algunos documentos
mencionan además varillas de fierro y forros de lienzo. En cuanto a su tamaño y su
precio, el inventario de Don Ignacio Quijano y Doña Catarina Vanegas, establecido en
1804, consignó lo siguiente: "Una sala empapelada en cuarenta pesos; Ídem. cuatro
pares de cortinas de filipichín carmesí nuevas, que todas tienen veinte y seis varas, a
dos pesos vara, 52 pesos"
43
. Las 26 varas equivalen a
21.7 m. Si los cuatro pares estaban en la sala, suponemos que un par iría en el balcón o
en la puerta de entrada, un par en cada ventana (2) y el último par en la entrada que
comunica con la alcoba. Cada par tenía en conjunto más o menos 5 m. El inventario de
Josefa Galindo y Romana (1809), por su parte, registró: "La colgadura de la sala de
filipichín colorado con cuatro pares de cortinas de ídem forrada en lienzo, en ciento
cuarenta y tres pesos, en algunas partes picada de polilla"
44
.
novedad del
canapé y abundancia de muebles de asiento
La sensación en la sala del período fue el canapé, directo antecesor del sofá. Con
excepción de los escaños de iglesia para uso de los religiosos, este tipo de mueble se
desconocía. La frecuencia con que aparece en los inventarios indica que en la Nueva
Granada se popularizó con rapidez. En la sala hallamos dos o tres de madera de nogal y
forrados -espaldar y asiento- en damasco, filipichín, terciopelo y tripe de color rojo,
amarillo o a veces azul. La novedad del canapé consistió en dar asiento a tres o cuatro
personas al tiempo, promoviendo así la proximidad y por tanto la conversación íntima.
Josefa Acevedo de Gómez comentó que eran largos y durísimos
45
.
Los ejemplares que sobreviven no la contradicen en cuanto a sus dimensiones, y respecto a
su dureza, la ausencia de resortes y de cualquier otro mecanismo de acolchamiento así lo
confirman.
Había otros muebles de
sentarse, como las sillas y los taburetes. En la vivienda y en la sala eran casi tan
numerosos como los objetos religiosos. Contabilizamos ciento noventa y cinco sillas y
ochenta taburetes en trece documentos notariales. En promedio, veintiún asientos de este
tipo por vivienda
46
. Silla y taburete sólo se diferenciaban
en que aquélla era más grande y tenía brazos. Ambos eran de madera y estaban forrados
en cuero de res -llamado vaqueta. Los mejor acabados tenían la madera tallada y el cuero
pintado o repujado, en cuyo caso se les llamaba "de guadamecil". También se
forraban en zaraza, tripe o damasco en los colores usuales, rojo, amarillo o azul. En la
sala encontramos dos o tres canapés y una docena de otros asientos entre sillas y
taburetes. Su disposición estaba dictada por el objeto del que vamos a ocuparnos a
continuación.
la alfombra
La alfombra -ya sin tarima- conservó en la nueva sala su ubicación central. Se trataba
de un objeto costoso, de lujo, que sólo podía adquirir la gente más adinerada. Las
favoritas eran la quiteña y, por supuesto, la europea. En los inventarios también
encontramos tapetes y esteras. En el documento de Josefa Galindo y Romana, por ejemplo, se
registraron "las esteras de chingalé de la sala primera, siete pesos [...]. Una
alfombra vieja, cinco varas largo [4.17 m] tres ancho [2.50m] doce pesos; dos ídem más
pequeñas, viejas, a seis pesos"
47
. El esterado cubría
la superficie de habitaciones y corredores. Era útil para abrigar los ambientes y
disimular los defectos del piso. En la sala, la alfombra se colocaba sobre la estera en un
punto central y los muebles de asiento se arreglaban encima y alrededor de ella.
variedad de mesas
Otro mueble importante en la sala eran las mesas. Lo decimos en plural pues eran varias y
las había en distintos tamaños y formas: pequeñas, medianas, grandes, rectangulares,
redondas y hasta biconvexas. Casi todas las mesas tenían cajón y cerradura. Por lo
general estaban hechas de nogal aunque también se hacían de cedro, granadillo y caoba.
Su pata era torneada, o cabriolé -"pata de cabra". Todavía no estaba muy
difundida la mesa de centro, por lo que deducimos que la mayoría de mesas se disponían
contra la pared. Se usaban, como vimos más arriba, para exhibir objetos religiosos, pero
también cajitas, fruteros, figuritas de loza -llamadas "monos"- y relojes (la
mayoría franceses). La investigadora Pilar López afirma que todavía a fines del siglo
XVIII en la sala se encontraban bufetes, papeleras y escritorios (hoy bargueños). El
bufete era una mesa de escribir que utilizaban sobre todo los hombres y que también se
empleaba como base para los escritorios. El Diccionario de Autoridades dice que servía
"para estudiar, para escribir, para comer y para otros muchos y diversos usos"
48
. La papelera, por su parte, era una mesa con varias filas de
cajones y se usaba para guardar papeles. Y el escritorio -que no era mesa- a pesar de su
nombre no se utilizaba para escribir sino para guardar objetos de valor en sus numerosos
cajoncitos. La presencia de estos muebles sugiere que la sala se usaba también como lugar
de trabajo.
iluminación
Esta sala de fines del siglo XVIII y principios del XIX requiere que nos ocupemos por
último del tema de los objetos que se utilizaban en la iluminación. Aunque Josefa
Acevedo de Gómez afirmó que en la sala había enormes arañas de cristal, la verdad es
que no eran tan grandes ni tan comunes. Hemos encontrado en un documento de 1821 la
mención de "dos arañas de cristal con dos luces"
49
,
lo que indica que no eran de colgar sino de mesa. También encontramos "una araña de
madera dorada", pero a juzgar por su precio ($2) era ordinaria o pequeña. Acerca de
los candelabros, la información es más completa. Se les llamaba también candeleros,
palmatorias y hacheros. La mayoría eran de bronce, pero también los había de plata y de
madera dorada.
el conjunto
Resumiendo, la sala de este período contó con la novedad del canapé, con la
proliferación de los muebles de asiento y con un arreglo y decoración distintos, como
resultado de la desaparición del estrado y de la integración de los espacios sociales
femenino y masculino. Se conservaron, sin embargo, la alfombra, colgaduras, cortinas y
objetos religiosos.
Queremos referirnos ahora
al inventario de bienes de Margarita de León (1793) por cuanto es el único documento
encontrado que trae el listado explícito de muebles y objetos de la casa, habitación por
habitación. Empieza el inventario por "el estudio"; sigue con una habitación
que se designa como "la de más arriba", se continúa con la primera sala
llamada "la grande", luego se ocupa de "la sala del balcón", siguen
"la sala que cae al patio", el "cuarto de los baúles", "la
recamarita", el "cuarto de los criados", "el comedor", "la
despensa", "el cuarto que cae al jardín", "los hornos" y,
finalmente, "el cuarto de la escalera" (en este documento, la palabra
"sala" se utiliza en su acepción genérica de espacio o ámbito). En "la
sala del balcón", o sea la sala de función social, se encuentran:
Dos papeleras la
una inglesa con sus herrajes de bronce dorado, y la otra hecha aquí, avaluada la inglesa
en ciento noventa pesos y la otra en ciento setenta pesos. Dos canapés forrados en
damasco carmesí avaluados en veinticinco pesos cada uno. Siete taburetes de nogal
con espaldares y asientos de tripe encarnado a ocho pesos cada uno, están avaluados. Una alfombra
avaluada en treinta y cinco pesos. Un espejo encima de una de las papeleras
avaluado en doce pesos. Dos marcos dorados avaluados a veinte pesos cada uno.
Varias láminas con sus marcos y cristales. Cuatro cornucopias doradas a
seis pesos cada una. Cuatro pares de cortinas de filipichín colorado avaluadas en
veintiocho pesos. Un friso de terciopelo con damasco bordado y avaluado en cuarenta
pesos. Las medias cañas a la chinesca del friso avaluadas a cuatro pesos y dos y medio.
Un bastidor grande avaluado la madera en ocho pesos. Otro más chico en tres pesos. Una cajita
inglesa que estaba encima de una de las dichas papeleras avaluada en seis pesos. Las esteras
de la sala avaluadas en dos pesos
50
.
Llama la atención que el
mueble más costoso sea la papelera, tanto la inglesa como la nacional. Debía tratarse de
un mueble de exigente factura en buena madera. Por lo demás, resulta fácil imaginar la
sala de Margarita de León. Todo el salón está esterado y adornado en la parte baja de
la pared con un friso o colgadura de tela enmarcado con "medias cañas a la
chinesca"
51
. Los dos canapés y los siete taburetes se
encuentran sobre la alfombra. Como es probable que los canapés no quepan uno al lado del
otro, deben estar entonces frente a frente o en forma de ele (L). Los taburetes están en
los otros lados. El espejo se encuentra encima de una de las papeleras, lo que implica que
éstas se hallan arrimadas a la pared a modo de consolas. Los marcos dorados contienen
retratos de familia (que no se avalúan pues no tienen valor comercial). Las láminas
cuelgan sobre la pared, lo mismo que las cornucopias, que se encuentran repartidas para
multiplicar la luz de las espermas. Por último, los cuatro pares de cortinas se hallan en
las dos ventanas, en el balcón y en la puerta que comunica con la alcoba. Las dos
constataciones más importantes serían, una, que no encontramos muebles de estrado, y
dos, que tampoco hallamos indicios de que el salón estuviera conformado por dos
ambientes.
el estilo barroco
Resta todavía un tema fundamental por discutir: el del estilo y diseño de los muebles.
Los inventarios sólo dan al respecto indicaciones fragmentarias, como cuando mencionan
"dos espejos con copete y alcayatas
52
de cristal",
"una mesa de pie de cabra", "una mesa de pie tallado", "dos mesas
de nogal de pie torneado" y "una mesa de nogal punta de estaca"
(cursiva nuestra). La alusión a la forma de las patas de las mesas es, sin embargo
diciente, pues se trata de un rasgo fundamental para el reconocimiento de la forma de las
estructuras y por tanto del estilo del mueble. Otro dato importante es el material del que
están hechas, mayoritariamente de nogal y en pocos casos, de cedro y de caoba. También
conocemos la época de estos muebles, lo que permite ubicarlos en la corriente de estilos
europeos en boga. Al reunir estas evidencias lo primero que descubrimos es que nuestros
muebles parecen barrocos.
En palabras de las
historiadoras Bomchil y Carreño, el barroco es un estilo en el que "domina la línea
ondulada, curva y espiralada. [...]. La pata es al principio, en Francia, una pirámide
invertida truncada (o estípite) gruesa. Lentamente va tomando la forma de una doble
S muy abierta llamada cabriolé o pata de cabra. Comienza siendo
corta y gruesa con rodilla ancha; más tarde se afina y se alarga"
53
.
En Inglaterra, la cabriolé tuvo una terminación inferior original que fue la de
"garra y bola" típica del Chippendale y que coincide con los canapés que
describió Josefa Acevedo de Gómez -"cuyas patas figuraban la mano de un león
empuñando una bola"-, y con las mesas de "patas de águila" que mencionó
José María Vergara y Vergara
54
. Por tanto, los dos tipos
de pata de nuestros inventarios, el de punta de estaca y el de pata de cabra, corresponden
al tipo del mueble barroco.
Otro objeto que denuncia
el estilo es el espejo. En el barroco fue una novedad la introducción de un espejo de
gran tamaño con marcos lujosamente labrados y con candelabros adosados. A este espejo se
le llamó cornucopia (por usar el cuerno de la abundancia como elemento decorativo) y fue
muy típico del mobiliario español y americano del siglo XVIII. Como ya vimos, a la Nueva
Granada también llegaron las cornucopias, aunque de tamaño modesto. Entre otras
novedades del siglo barroco, se encuentran el sofá, la cómoda, la consola, la rinconera,
la vitrina, la biblioteca y el tocador. Pero con excepción de consolas y rinconeras,
nuestros inventarios no los registran.
Francisco Gil Tovar, en
su Historia del Arte Colombiano
55
, afirma que el
establecimiento del Virreinato (1740-1810) tuvo importantes consecuencias en el mueble por
la introducción del barroco-rococó Luis XV. El estilo, según el autor, tuvo su vigencia
entre fines del XVIII y las dos primeras décadas del XIX. Es decir que el período que
estamos examinando coincidió con una fuerte influencia cultural francesa que se divulgó
por el Viejo Continente antes de llegar a América y que se conoce como el estilo barroco
y su derivado, el rococó.
En síntesis, la sala
santafereña de la etapa del virreinato abandonó sus rasgos hispánico-orientales y
adoptó la influencia barroca europea -sobre todo francesa- en los muebles y decoración.
Fue un proceso que se inició en Europa y luego pasó a la América hispánica. La nueva
sala perduraría a través de las contiendas independentistas. Al final de éstas, los
santafereños estarían bien dispuestos a la recepción del influjo cultural proveniente
de Francia e Inglaterra. Sin embargo, la difícil situación económica se mostraría como
un impedimento.
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El artículo hace parte del trabajo de tesis de
maestría titulado "La sala doméstica en Santa Fe de Bogotá, siglo XIX". La
obra en cuestión se compone de tres partes que abordan respectivamente la arquitectura,
el mobiliario y los rituales de la sala. El presente apartado reproduce el capítulo 1 de
la Parte II referida al mobiliario.
*
Magíster
en Historia. Universidad Nacional de Colombia.
1.
ACEVEDO DE GÓMEZ, Josefa. "Santafé de Bogotá", en LUQUE MUÑOZ, Enrique, Narradores
colombianos del siglo XIX, Bogotá, Colcultura, 1976. pp. 17-20.
2.
Íbid., pp. 17-18 (cursiva nuestra).
3.
Íbid., p. 18.
4.
María del Pilar López ha dedicado parte de sus esfuerzos investigativos sobre el mueble
colonial a examinar en detalle el tema del estrado en la Nueva Granada. La autora facilita
dos definiciones del estrado, la primera, tomada del Diccionario de Covarrubias, a
comienzos del siglo XVII: "conjunto de alhajas que sirve para cubrir y adornar el
lugar o pieza en que se sientan las señoras para recibir las visitas, que se compone de
alfombra o tapete, almohadas, taburetes o sillas bajas", y la segunda, citada del
Diccionario de Autoridades en el siglo XVIII: "lugar o sala cubierta con la alfombra
y demás alhajas del estrado, donde se sientan las mujeres y reciben las visitas", El
estrado doméstico en Santafé de Bogotá, Nuevo Reino de Granada, siglos XVI a XVIII,
p. 4 (versión inédita mecanografiada).
5.
Arqueta: arca pequeña.
6.
Bufete: mesa que sirve para diversos usos.
7.
LÓPEZ P., op. cit., pp. 10-11.
8.
BOMCHIL, Sara, CARREÑO, Virginia, El mueble colonial de las Américas y su
circunstancia histórica, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1987, pp. 58-65. Los
"muebles ratones" son los mismos "muebles de estrado" a los que alude
Pilar López.
9.
KÖNIG, Hans-Joachim, En el camino hacia la nación: Nacionalismo en el proceso de
formación del estado y de la nación de la Nueva Granada, 1750 a 1856, Bogotá, Banco
de la República, 1994, pp. 53-126. MÖRNER, Magnus, La reorganización imperial en
Hispanoamérica, Tunja, Ediciones Nuestra América, 1976 (Cuadernos de Historia, Nº
7). JARAMILLO URIBE, Jaime, De la sociología a la historia, Bogotá, Ediciones
Uniandes, 1994, pp. 87-92.
10.
KÖNIG, op. cit., pp. 53-126.
11.
A doña María Manuela se le conoce mejor con el nombre de Manuela Sanz de Santamaría.
Sus padres fueron Francisco Sanz de Santa María y su madre Petronila Prieto y Ricaurte.
Doña Manuela se casó con Francisco Manrique.
12.
François-Xavier Guerra dice que se trata de "sociabilidades modernas que se
caracterizan por la asociación de individuos de orígenes diversos para discutir en
común [...]. En los "salones", tertulias, academias, logias masónicas,
sociedades económicas, etc., nace la opinión pública moderna, producto de la discusión
y del consenso de sus miembros. Estas sociedades son igualitarias, ya que se establecen
con la finalidad de una simple discusión en la que sólo cuenta la razón", Modernidad
e independencia: Ensayos sobre las revoluciones hispánicas, Madrid, Editorial Mapfre,
1992, p. 23.
13.
MORENO, Carlos, La casa y sus cosas: Españoles y criollos, largas historias de amores
y desamores, Buenos Aires, Icomos Comité Argentino, 1994, pp. 149-162.
14
.
Íbid., p. 155.
15.
Al respecto, Jaime Jaramillo sostiene: "Si se comparan los resultados obtenidos por
la política borbónica en la Nueva Granada con los alcanzados en México, el Río de la
Plata y aun en el virreinato peruano, se llega a la conclusión de que entre nosotros los
rendimientos de dicha política fueron más bien modestos.", op. cit., pp.
87-92.
16.
MORENO, op. cit., p. 155.
17.
DUARTE, Carlos F., CASTRO, J. J., Quinta de Anauco: Vigencia de una tradición,
Venezuela, Castro y Asociados C.A., 1983, pp. 35-45.
18.
Archivo General de la Nación, Notaría 1ra 1809 ff. 182v a 186r. En las
siguientes referencias documentales utilizaremos las abreviaturas AGN para referirnos al
Archivo y N para referirnos a las Notarías.
19.
Manuela Sanz de Santa María fue la fundadora y anfitriona de la tertulia de "El Buen
Gusto", a la que aludimos poco antes.
20.
La unidad monetaria de la época es el real. Un peso de plata equivale a ocho reales.
21.
Los documentos a que nos referimos son los Inventarios y Avalúos de bienes de personas
fallecidas que se registraron como Mortuorias en las Notarías Primera, Segunda y Tercera
de Bogotá en el período al que se hace alusión.
22.
La imagen de bulto es la representación de las divinidades y de los santos en talla,
hecha casi siempre en madera y luego pintada.
23.
Estos cajones, en su diseño, tienen cierto parecido con los cajoncitos del Divino Niño
que actualmente se fabrican y se venden en el barrio 20 de Julio en Bogotá.
24.
AGN N1 1809 ff. 322r a 328v.
25.
AGN N3 Tomo 362 1821 ff. 239, 244r a 258v y 263r.
26.
ACEVEDO DE GÓMEZ, "Santafé de Bogotá", en LUQUE MUÑOZ, Enrique, op. cit.,
p. 18.
27.
VERGARA Y VERGARA, José María. "Las tres tazas", en AA.VV., Cuadros de
costumbres, Cali, Carvajal & Cía., 1969, pp. 72-101.
28.
AGN N1 1809 f. 323r.
29.
ACEVEDO DE GÓMEZ, "Santafé de Bogotá", en LUQUE MUÑOZ, Enrique, op. cit.,
pp. 17-18 (cursiva nuestra).
30.
AGN N2 1795 ff. 70r a 74v.
31.
AGN N2 1796 ff. 319v a 322r.
32.
Las historiadoras Bomchil y Carreño aseguran que a comienzos del siglo XVIII, en la
época del barroco, "se introduce el espejo de grandes dimensiones acompañado de
candelabros y bordeado de lujosos marcos: la cornucopia, uno de los elementos más
característico que completan el mobiliario español dieciochesco y pasan más tarde a
América". Al espejo más pequeño que sostiene una sola esperma también se le
llamó cornucopia, op. cit., p. 112. En la Nueva Granada, es poco probable que
hasta Santa Fe de Bogotá llegaran espejos de gran tamaño, por las dificultades en el
transporte. Las crónicas de viajeros aseguran que en ocasiones era necesario encargar
diez espejos para que llegaran por lo menos dos en buenas condiciones.
33.
AGN N1 1809 ff. 323r.
34.
GIL TOVAR, Francisco, citado en BOMCHIL y CARREÑO, op. cit., p. 584. El autor
colaboró en la elaboración del capítulo sobre el mueble colonial en Colombia.
35.
La cornucopia no es mayor que el cuadro o espejo grande.
36.
VERGARA Y VERGARA, José María, "El lenguaje de las casas", en ROMERO, Mario
Germán, Enciclopedia de Colombia, Barcelona, Editorial Nueva Granada, 1975, pp.
34-42.
37.
Las pinturas de San Cristóbal siempre eran de gran tamaño. El tono de la autora es
irónico.
38.
ACOSTA DE SAMPER, Soledad, Una nueva lectura, Bogotá, Fondo Cultural Cafetero,
1988, pp. 97-105.
39.
POMBO, Manuel, La niña Agueda y otros cuadros, Bogotá, Editorial Minerva, 1936,
pp. 55-68 (cursiva nuestra).
40.
También se le llamaba "angaripola". Este tipo de tela fue muy popular en la
época pero no se encuentra definida en los diccionarios.
41.
Diccionario de la lengua castellana, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro,
1726-1739. Este es considerado el primer diccionario de la Real Academia Española.
42.
MOLINER, María. Diccionario del uso de la lengua española, Barcelona, Editorial
Gredos, 1986.
43.
AGN N3 Tomo 336 1804 ff. 274r a 316r.
44.
AGN N1 1809 f. 327r.
45.
ACEVEDO DE GÓMEZ, "Santafé de Bogotá", en LUQUE MUÑOZ, Enrique, op. cit.,
p. 17.
46.
Utilizamos documentos de las notarías primera, segunda y tercera, comprendidos entre 1784
y 1821. Hay que anotar que a partir de 1830 se reduce drásticamente el número de sillas
en el registro de los inventarios, por lo menos con ese nombre.
47.
AGN N1 1809 f. 328r.
48
.
Diccionario de la lengua castellana, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro,
1726-1739.
49.
AGN N3 Tomo 362 1821 f. 249v.
50.
AGN Testamentarias de Cundinamarca, Tomo 19 ff. 894r a 896v (cursiva nuestra).
51.
Las medias cañas eran un marco delgado de madera que bordeaba el friso en la parte
superior.
52.
Alcayata: candileja (colombianismo).
53.
BOMCHIL, CARREÑO, op. cit., p.32.
54.
ACEVEDO DE GÓMEZ, "Santafé de Bogotá", en LUQUE MUÑOZ, Enrique, op. cit.,
p. 18. VERGARA, "El lenguaje de las casas", en ROMERO, Mario Germán, op.
cit., p. 36.
55. GIL TOVAR,
Francisco, Historia del arte colombiano, Barcelona, Salvat Editores, 1977, t. 4,
pp. 937-960.
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