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Un amigo
que hace algún tiempo cursó una licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad del
Atlántico, me contaba una anécdota sobre un profesor al que le gustaba bromear
defendiendo una hipótesis explicativa de las razones de la conquista de América por
parte de los españoles. El docente, en una pose trascendental, argumentaba que el
problema de la conquista había sido un problema sexual, pues al primer contacto con los
españoles, las indígenas, acostumbradas a una vida sexual pasiva, a la monotonía de la
posición del monje (aunque no fueran conscientes de lo que eso significaba), a la
exigencia de sus parejas de que guardaran una quietud extrema, se volvieron locas con los
encantos sexuales de los españoles, y terminaron por volverse sus más fieles cómplices.
La sexualidad de los españoles, redomada en los lupanares europeos, el conocimiento de
varias técnicas amatorias dentro de las que se encontraba el Kama Sutra gracias a los
viajes marinos que para esa época se venían desarrollando, alteró sustancialmente la
quietud de las indígenas. Cuando volvían donde sus aburridos y nada
recursivos maridos, las traicionaban las anteriores faenas de contorsionista, de manera
que los indígenas, poseídos por infinitos celos, las golpeaban hasta el cansancio.
Aburridas de tantas golpizas, las mujeres terminaron por vengarse de sus maridos, y el
envenenamiento fue la principal arma. Esto redujo ostensiblemente el número de guerreros
que, junto a la complicidad de las mujeres, y el hecho de que los mestizos que nacieron
producto de las uniones terminaron asumiéndose culturalmente más como españoles que
como indígenas, terminaron por inclinar la balanza del lado ibérico.
Esto es sólo lo que mi mente, luego de varios años, puede recordar, pero estoy seguro
que la hipótesis tenía muchos más detalles que le daban una aparente
coherencia. Imaginémonos que este interesante profesor, ayudado por herramientas
conceptuales de la antropología simbólica, refina su teoría y termina publicando un
libro bajo el sugestivo título de El efecto de la posición. La conquista sexual de
América, cuyo fundamento sería demostrar cómo el sexo, más allá de la economía, la
política, las hambrunas, las guerras, determina la caída de imperios, sociedades y
comunidades. Para ser más atractivo, atrevido y provocador, su trabajo negaría toda la
producción anterior y establecería un claro punto de quiebre con la tradición
historiográfica alrededor del tema, a través de la redefinición de conceptos y el uso
de un lenguaje en extremo original. Con toda seguridad, su libro se convertiría en un
best seller, se harían varias reediciones, lo invitarían a conferencias, tendría
discípulos que aplicarían su modelo a otros espacios y otros períodos, y dejaría de
ser un modesto profesor de una universidad de provincia.
Carlo M. Cipolla, uno de los historiadores económicos más referenciados y respetados, en
un pequeño libro de una inteligencia y gracia refinada, titulado Allegro ma non troppo,
se burla de todas esa modas intelectuales que terminan desvirtuando la historia y
convirtiendo a los autores, más que en historiadores, en estrellas de la farándula 1 . El texto fue publicado por primera vez en
lengua inglesa en 1973, en una edición restringida que, al parecer, sólo circuló entre
sus conocidos más allegados. Justo para esa época, en los Estados Unidos, cuya
historiografía con relación a las historiografías francesa e inglesa se había
mantenido en una posición subordinada, hacían furor libros sobre ferrocarriles y sobre
la esclavitud, escritos por Robert William Fogel y Stanley L. Engerman 2 (quienes recibirían el Nóbel de economía),
desarrollados bajo las técnicas de la cliometría, esto es, el estudio de la
historia económica por medio de la aplicación de la teoría económica y los métodos
estadísticos 3 . No es fortuito que
las citas consignadas a pié de página por Cipolla de los supuestos sociólogos,
historiadores que sustentan su escrito, sean norteamericanos. Los mismos que necesitaron
-como él mismo lo anota- veintisiete páginas de anotaciones algebraicas
(generosamente subvencionadas por una academia de las ciencias) para aclarar sus
afirmaciones. Con el texto, Cipolla reforzaba su alejamiento de este tipo de historia
económica, y distingue entre lo que él considera la historia económica y la historia de
la teoría o de las doctrinas económicas. Si bien ambas se ocupan de modelos teóricos,
la diferencia estriba en que el número de variables que usa la historia económica es
mucho más amplio que el reduccionismo de la segunda.
La crítica de Cipolla también se extiende a la tendencia exótica de los
Annales después del 68, al rebusque de citas, la generalización en busca de causalidades
fuera de lo común y la renuncia al análisis estructural. La tercera generación de
Annales, con la influencia de mayo del 68 cambia las preguntas a la historia; en tanto se
entiende este movimiento como una transformación cultural, la historia empezará a
interrogarse por las mentalidades. Se renuncia a la historia económica y social, y al
intento de construcción de una historia global. Quizá en ninguna época los Annales
lograron posicionarse tanto, pero quizá tampoco en ninguna época recibirían tantas
críticas. El boom editorial fue enorme y, por primera vez, los libros de historia se
convertían en best seller. Así, mientras Annales se alejaba del marxismo, su producción
se convertía en libros de cabecera de señoras para animar conversaciones en el club o en
lectura de distracción mientras se aguarda el turno en el salón de belleza. No hay que
desconocer la importancia de esta propuesta historiográfica, abrir un mercado para la
historia ya es un logro nada desdeñable; sin embargo, una de las criticas más certeras
que ha recibido la historia de las mentalidades, es la manera indiferenciada del manejo de
la noción de mentalidad colectiva, algo que irradia la sociedad y que está por encima de
las diferencias de clase, raza, género. Ello se ha convertido en un elemento en su
contra, al punto de que en los actuales tiempos son muy pocos los historiadores que se
atreven a seguir calificando sus trabajos como historia de las mentalidades. En la
actualidad, como renuncia al concepto de mentalidades, acuñan el concepto de práctica
cultural, a partir de allí se abren a la antropología, pero también, y reivindicando a
Braudel, a la economía, la geografía y la sociología, en la búsqueda del
cruzamiento y multiplicación de perspectivas y de principios explicativos. La
idea de interdisciplinariedad que manejan es volver operativas las ciencias sociales en
función de la historia, no como meros compartimentos, sino como instancias que ofrecen
mutua influencia.
Se nota además en Cipolla una inconformidad por la tendencia a aplicar conceptos
indiscriminadamente sin un verdadero conocimiento de la realidad de los espacios que se
estudian. Lo único que el norteamericano William Paul McGreevey, tributario de la
cliometría, sabía de Colombia para poner un ejemplo local- antes de venirse a
desarrollar la investigación que dio como resultado el libro Historia económica de
Colombia, 1845-1930, era que tenía como capital a la ciudad de Bogotá y que producía
café; saber más no era necesario, pues bastaba con su modelo científico, la
cliometría. Así las cosas, entre esto, y buscar comunismo en la sociedad Chibcha o Inca,
creo que no existe mayor diferencia.
Con la licencia que le permite el prestigio académico y los años, Eric Hobsbawm parece
reflejar las mismas preocupaciones de Cipolla, mostrando cómo infortunadamente la
historia de hoy es escrita por personas que no desean conocer la verdad, sino
aquella que se acomode a sus objetivos 4
. Esto genera lo que él llama una renuncia a la universalidad del universo discursivo y a
la no distinción entre el hecho y la ficción. La historia, ahora más que nunca, parece
una serie de parcelas, que han terminado por fragmentar no solamente lo que se escribe,
sino a quienes lo escriben y a quienes lo leen. Por su condición de ciudadano del mundo
Hobsbawm considera que a esta fragmentación han contribuido el apego del discurso
historiográfico a las fronteras del estado nación y la aparición cada día más de
discursos identitarios sumamente particulares, al punto que la historiografía termina
respondiendo solamente a los intereses específicos de estos grupos, como también a las
modas posmodernistas que desplazaron el análisis de la estructura económica y social por
la cultura, y al hecho por la sensación.
La historia ha reducido su campo de acción, la preocupación está en la mirada hacia la
localidad, hacia nuevos sujetos, que ponen en entredicho el parroquianismo de los
supuestos universales 5 , pero de alguna
manera esto implica otra forma de parroquianismo en el que cada cual se refugia y cultiva
la parcela productiva de su marco conceptual; nos lleva a estudios demasiado
especializados en donde se pierde la conexión de esas historias con procesos más
amplios. La metáfora del médico supremamente especializado al que se le olvida cómo
remediar un dolor estomacal puede servir de ejemplo. No es raro ver en departamentos de
historia a supuestos colegas que sólo hablan de los hijos, el costo de la vida,
restaurantes, el clima, los supermercados y las mascotas, porque si tuvieran un diálogo
académico, por la excesiva especialización de sus campos de interés, no se entenderían
y la conversación sería un completo fracaso. Se podría decir que en la actualidad el
historiador cada día es más mezquino no sólo con su objeto de análisis sino con las
causas que defiende. Ante esto, Hobsbawm propone para las nuevas generaciones un mayor
compromiso con las causas mundiales, lo que se podría empezar por un mayor
reconocimiento, como lo intentó su generación, por las estructuras mundiales, que nos
permita salir de un provincianismo y un esenialismo que no es mas que el fiel reflejo del
desconocimiento.
En ningún momento estamos sugiriendo que la historia de las localidades, de las minorías
y de las cortas duraciones no tenga sentido; de hecho, en nuestro medio, por conveniencia
metodológica o por intereses específicos, cada día nos identificamos más con ese tipo
de historia. A lo que apuntamos, siguiendo a Hobsbawm, es a la desconexión que se
presenta en muchas de estas historias con contextos mucho más amplios, los discursos
terminan siendo unos discursos originales, exclusivos, sin precedentes, y
marginados de referentes que le podrían dar otra dimensión, tan grave como la visión de
un feminismo extremo que termina por explicar todos los problemas de la humanidad como
estragos del falocentrismo de un mundo patriarcal. Definitivamente, la historia de
la identidad no es suficiente 6 , ha
dicho Hobsbawm. En este sentido, la reducción de la escala de observación como lo hace
la microhistoria no implica la renuncia a buscar la explicación de fenómenos más
amplios, los casos analizados pueden arrojar luces sobre contextos mucho más abarcadores
desde el punto de vista espacial, pues desde el punto de vista analítico, en ningún
momento se pierde de vista la macrohistoria, lo que equivaldría a decir que la
microhistoria no se puede definir por las micro dimensiones de sus temas, y que la
reducción de la escala no implica la reducción del análisis. El continuo movimiento
entre macro y microhistoria, entre close-ups y tomas largas o larguísimas, capaces
de poner en cuestión la visión de conjunto del proceso histórico mediante excepciones
aparentes y causas de corta duración 7
, se muestra como una opción historiográfica importante.
La pretensión de historia total siempre está presente, de hecho uno de los aciertos de
Ginzburg, a quienes los posmodernos, que siempre andan viendo aliados donde no los hay,
colocan como un claro ejemplo de ruptura con una vieja forma de hacer historia, es
explicitar el contexto social, económico y político en el que es posible la aparición
del pensamiento de Menocchio 8 ,
explicaciones con las que además intenta mitigar el carácter excepcional que pueda tener
su molinero. A pesar de reconocer que Menocchio no sería el caso más típico de la
cultura popular, el autor hace todos los esfuerzos posibles para mostrarnos que, no
obstante, éste no puede escapar a los límites de su cultura, es decir, se tiene que
mover dentro de los márgenes que le da su cultura, lo que constituye de alguna manera una
libertad condicionada. El uso de la escala micro permite, además, una mayor
aproximación a la historia global, porque posibilita un barrido más efectivo de todas
los elementos que constituyen el espacio designado.
La propuesta de la microhistoria no se relaciona con la metáfora vegetal desarrollada por
el holandés Ankersmit, según la cual en el pasado los historiadores se ocupaban
del tronco del árbol o de las ramas; sus sucesores posmodernos se ocupan únicamente de
las hojas, o sea de fragmentos minúsculos del pasado que investigan de forma aislada
independientemente del contexto más o menos amplio (las ramas del tronco) del que
formaban parte 9 . Ginzburg, a pesar
de que Ankersmit lo incluyó como uno de sus más aventajados representantes, mostró su
distanciamiento de esta tendencia que maneja una clara idea de historia fragmentada; junto
a Giovanni Levi, han sido fuertes polemizadores de las posiciones relativistas,
entre ellas la calurosamente asumida por Ankersmit, que reduce la historiografía a una
dimensión textual, privándola de cualquier valor cognoscitivo, han sido
reiterativos en afirmar que una de las características principales de sus investigaciones
es la insistencia sobre el contexto, es decir exactamente lo contrario de la
contemplación aislada del fragmento elogiada por Ankersmit 10 .
El tipo de historia que se viene haciendo y que tanto le preocupa a Cipolla y a Hobsbawm
aparece aproximadamente en los años setenta; a partir de allí, la historia parece volver
por una antigua senda, la filosofía. Quienes han puesto en boga la importancia de la
filosofía en la historia pertenecen a dos tendencias, que a su vez revelan cómo lo
nacional, en pleno apogeo de la globalización, aún sigue teniendo peso dentro del
discurso académico. Por un lado, están los Estados Unidos en lo que se conoce como el
giro lingüístico y, por otro lado, Francia como espacio del giro crítico. Estos
movimientos están conectados a lo que en filosofía se conoce como posmodernidad y/o
posestructuralismo, cuyo argumento es la crítica al sistema filosófico de la modernidad,
el fin de la razón universal y el fin de los meta relatos ordenadores.
El giro lingüístico, fundamentado en la crítica literaria y la filosofía, asume a la
historia como un relato, de manera que su análisis no escapa a las fórmulas y a las
herramientas para el análisis de la literatura; en tanto relato, siguiendo a Hyden White,
la historia es ficción, y se descarta la vieja historia social y sus
ingenuas pretensiones de verdad y objetividad. En su generalizado relativismo,
el autor es sólo un sujeto más con su idea de verdad, y los lectores cobran mayor
estatus, difuminando la función del autor, pues lo que tiene sentido, a partir del avance
de las teorías de recepción, es el lector o receptor. Si todo es lenguaje, y el lenguaje
no hace referencia a una realidad extralingüística, entonces la verdad no existe. De
manera que no tiene sentido que los historiadores sigan en búsqueda de la verdad.
La vuelta a la filosofía tal vez se explique por esa tendencia retro de la posmodernidad,
por la vuelta al lenguaje premoderno, del mito en sacrificio del logo. La propuesta se
fundamenta en mantener el lenguaje como un sistema cerrado y autónomo de signos capaces
de producir sentido, de manera que la realidad social se entiende como una construcción
del lenguaje, independientemente de referencias objetivas y externas 11 . Esta tendencia se construye a partir de indicios a
veces no claramente explicitados, sino expuestos como meras sugerencias o puntos de
discusión; la estrategia es mostrar el hecho como si ya hubiera tenido lugar, lo que
actúa como mecanismo de presión para las comunidades de historiadores, y como
construcción o invención de una tradición. Por ejemplo, en el estudio de Martín Jay,
publicado en 1982, el giro lingüístico es presentado en forma de interrogante, como algo
que podría representar una posibilidad para el futuro de la investigación histórica,
cinco años después, en los trabajos que se ocupan del tema, se subraya la amplitud del
proceso, y la nueva etiqueta aparece con visos de universalidad 12 . A pesar de que tienen poca producción, se valen de
revistas de prestigio académico internacional para posicionar su discurso.
Estas nuevas tendencias, que se auto asumen como giros, lo que generan es una
fragmentación y una atomización de la disciplina histórica, pues parten del supuesto de
que sus postulados van a cambiar el paradigma, y aquí hay una contradicción, pues
supuestamente una de las cosas a las que renuncian quienes la nutren teóricamente es al
principio de regla universal. Ahora bien, estos giros se entienden, para decirlo en los
términos de Thomas Khun, como anomalías, que son las que después de un período
determinado terminarán acabando con el paradigma y sustituyéndolo por otro. Lo que hasta
ahora se puede observar es que no se vislumbra la posibilidad de la construcción de un
paradigma rector de los estudios históricos, en buena parte porque la misma tradición
historiográfica ha demostrado que en historia los modelos y las escuelas únicas no han
sido la constante, lo más parecido podría ser Annales, y tampoco se puede hablar de una
primacía absoluta. Lo que sí es cierto es que nunca como ahora los discursos, los
presupuestos teóricos entre historiadores habían sido tan disímiles.
Respaldados por publicaciones periódicas, sellos editoriales e importantes instituciones
académicas, estas tendencias juegan un papel importante y marcan el rumbo de las
prácticas historiográficas de los países periféricos, lo que puede generar
dificultades en el camino de maduración de sus procesos historiográficos, es decir,
cuando empiezan a descubrir cosas interesantes aparecen discursos que plantean que eso ya
no tiene sentido. Superado, parece ser la palabra preferida de los abanderados
del discurso. Se crea además un diálogo de sordos entre los historiadores, a partir de
la construcción de lenguajes ininteligibles. Esto inclusive tiene connotaciones
políticas interesantes, pues el exacerbado individualismo, la renuncia a toda historia
social implica la renuncia a todo proyecto político colectivo, lo que nos puede llevar a
un relativismo paralizante.
Si algo tienen estas nuevas tendencias historiográficas es el afán por la originalidad,
en ese sentido el rebusque de conceptos -pues se supone que los existentes se quedan
cortos para explicar la realidad- es lo más común, el carnaval de prefijos está a la
orden del día. Infortunadamente en los enconados debates que se sostienen, la que menos
se beneficia es la disciplina histórica, pues el lenguaje que se habla, los conceptos, la
terminología que se usa, le es ajeno a la historia. Se discute en términos de la
filosofía, y se recrean las discusiones filosóficas desde los tiempos de Platón.
Estamos de acuerdo en que los conceptos y nociones de la filosofía y de otras ciencias
sociales han sido fundamentales para el desarrollo de la historiografía y tal vez nos ha
librado de un empirismo positivista llano y simple, y de una errónea apología al
documento. Pero precisamente recurrimos a ellos para interrogar mejor al pasado, para
pulir mejor nuestro prisma con la paciencia de un pescador de cordel, que nos permita
intentar develar el pasado metodológica y éticamente más creíble, no para construir
abstracciones que terminan, como decía E. P. Thompson, engullendo la realidad
13 . No debemos dejar que la
filosofía trate de abstraer los conceptos respecto de las prácticas, pues los
resultados no siempre son alentadores para la disciplina histórica; un ejemplo
interesante es el debate a propósito de la historia de género entre J. Scott y Laura
Downs, en el que, como era de esperarse (no aprendimos) absolutamente nada acerca de
la historia concreta (real) de las mujeres y el género 14 .
El giro crítico, por su parte, se ubica en lo que Carlos Antonio Aguirre presenta como la
cuarta generación de Annales 15 ,
expuesto a través de una edición de la revista de Annales bajo la dirección del
malogrado Bernard Lepetit. No obstante las diferencias con las anteriores generaciones, el
giro crítico no renuncia al objetivo fundamental de las ciencias sociales, el estudio de
la sociedad. En eso, muy a pesar de los acercamientos (Roger Chartier por ejemplo, fue
incluido dentro de publicaciones norteamericanas del llamado giro lingüístico), hay
importantes diferencias. Chartier, -a propósito del giro lingüístico- propone que
ante estas formulaciones radicales, estructuralistas o postestructuralistas, es
necesario recordar la legitimidad de la reducción de las prácticas constitutivas del
mundo social a la lógica que gobierna la producción de los discursos 16 , pues las representaciones y las significaciones son
construidas en el reencuentro entre una proposición y una recepción, entre las
formas y los motivos que le dan su estructura y las competencias y expectativas de los
públicos que se adueñan de ellas 17
. Lo que podemos decir es que por mucha lógica interna que tengan los textos, éstos
necesariamente ocupan espacios sociales concretos, y como tales son, a la vez,
productos del mundo, con el que suelen mantener relaciones complejas y
contestatarias 18 . Para decirlo en
palabras de Spiegel, todo texto tiene una lógica social, y así sea a través de la
negación o de la impugnación de la realidad, los textos nos dan información del espacio
social en el que se inscriben. La mentira no está en las palabras, está en las
cosas, dijo Italo Calvino a propósito de la descripción de las ciudades 19 .
Se entiende, de alguna manera, la radicalidad del giro lingüístico con relación al giro
crítico, porque el primero no descansa sobre ninguna tradición, aparentemente lo está
inventando todo, mientras que el giro crítico tiene que lidiar con una institución
poderosa y posicionada como lo es Annales, y nadie que pretenda construir dentro de la
tradición de Annales puede desconocer a los padres fundadores. Mientras el giro
lingüístico hace la crítica desde los márgenes hacia el centro, el giro crítico lo
hace desde el mismo centro. Uno podría preguntarse qué relación se encuentra entre la
obra de Chartier y la de Braudel más allá de que supuestamente ambos se inscriben en la
tradición de la historia social; la disputa es con los Annales de la anterior generación
(1968-1989), mas no en sentido explícito con los padres fundadores.
El efecto Fito Páez parece cobrar cada día más seguidores, pues muchos giran y giran
bajo el sol, lo complicado es el tipo de vida que algunos están proyectando en sus
escritos. Influenciados por un relativismo desbocado, cuando todavía no nos ha abandonado
el hedor de los muertos, abandonamos la indagación por las causas del hecho, por el
número de víctimas, por los responsables, por la manera en que fueron asesinados y nos
perdemos en una maraña de conjeturas sobre la manera en que los sobrevivientes de la
masacre relatan los acontecimientos, su importancia simbólica y la representación de la
masacre. La renuncia al tipo de preguntas que involucran las ideas de causa-efecto parece
explicarse fácilmente: si no existe realidad por fuera del discurso ¿para qué hacerse
tales preguntas que remiten a un positivismo superado? Las preguntas estarán encaminadas
hacia los modos de representación y no a los conflictos 20 . A propósito de ésto, Gabrielle Spiegel anota:
Con la concentración en el significado en vez de en la experiencia, lo que se pierde es
el sentido de la acción social, el de las luchas de hombres y mujeres con las
circunstancias y las complejidades de sus vidas frente a las suertes que les depara la
historia, y el de su capacidad de transformar los mundos que heredan y transmiten a las
generaciones futuras 21 .
Es como si dentro de cincuenta años a los historiadores sólo les interesara la
representación de la masacre de Bojayá, y no las víctimas y la indagación por los
responsables, o que del terremoto del eje cafetero sólo nos quedara la representación de
la tragedia y no las víctimas y la corrupción en el manejo de recursos que demostró que
los yuppies eran tan corruptos como los políticos clientelistas de vieja data. De
acuerdo, la representación es importante, pero no basta. El mundo anda tan mal y necesita
tanto de los cientistas sociales, y esto nos lleva a la necesaria relación entre
epistemología y ética, que ciertos modelos nos parecen demasiado sutiles.
Por fortuna para la historia algunos aún no se atreven a girar tanto, saben que el exceso
de relativismo y de vueltas puede dislocar la historia. Sabemos, y cito a Gervasio Luis
García un historiador puertorriqueño, que
ningún historiador sensato reclama mostrar toda la compleja verdad del pasado porque
trabaja con fragmentos cargados y sesgados. Por lo tanto, el pasado objetivo total es
inalcanzable, pero no por elusivo renunciamos a armarlo y descifrarlo, rastreando las
intenciones y los mecanismos no evidentes. En otras palabras, todo conocimiento
histórico, científico, literario- es relativo y, a la vez objetivo; es decir,
verificable y defendible por su coherencia lógica y su correspondencia con las evidencias
a la mano 22 .
La función del cientista social es decodificar las acciones de los grupos humanos para
tratar de hacerlos inteligibles a la comunidad de investigadores y al espacio social al
cual se debe, sin que ello impida el constante cuestionamiento de las bases
epistemológicas con las que produce su conocimiento. Sin embargo, quedarse en la mera
enunciación de la imposibilidad de los presupuestos epistemológicos para acceder al
conocimiento no beneficia ni a la disciplina ni a la sociedad.
En vez de refugiarnos en sahumerios verbales, los historiadores debemos ayudar
a definir las fronteras entre la ficción y la historia, apoyándonos en algunos soportes
de la literatura. El análisis y la profundidad no descartan la buena escritura; nada es
más revelador, interesante y apasionante que la vida misma, entonces podemos mostrarla
con fortaleza y emoción, sin necesidad de neologismos pedantes y brumosos. De lo que se
trata -y vuelvo a García- es de construir una historia con certezas y dudas, hecha
por historiadores con las manos un poco sucias de barro del que están hechos los seres
humanos y mundanos que intentamos comprender, con simpatía e imaginación 23 .
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1
CIPOLLA, Carlo M., Allegro ma non troppo, Barcelona, Grijalbo Mondadori, 1998.
2 Robert Fogel escribió Railroads and American Economics Growth: Essays
in Econometric History (1964), más adelante con Stanley Engerman escribieron Tiempo en la
cruz, la economía esclavista en los Estados Unidos, Madrid, Siglo XXI, 1974.
3 MEISEL ROCA, Adolfo, La cliometría en Colombia: una vocación
interrumpida, en Revista Estudios Sociales, Universidad de los Andes, Facultad de
Ciencias Sociales, nº 9, Bogotá, junio de 2001.
4 HOBSBAWM, Eric, Entre historiadores, en Años interesantes
una vida en el siglo XX, Barcelona, Crítica, 2003, p. 273.
5APPLLEBAY, J., HUNT, L., JACOBS, M., Verdad y objetividad, en
La verdad sobre la historia, Santiago, Editorial Andrés Bello, 1998.
6 HOBSBAWM, Eric La historia de la identidad no es suficiente,
en Sobre la historia, Barcelona, Crítica, 1998, pp. 266-276.
7 GINZBURG, Carlo, Microhistoria: dos o tres cosas que sé de
ella, en Manuscritos, Revista de Historia Moderna, No. 12, Barcelona, 1994, p. 33.
8 GINZBURG, Carlo, El queso y los gusanos. El cosmos, según un molinero
del siglo XVI, Barcelona, Muchnik Editores, 2000.
9 GINZBURG, Microhistoria..., p. 39. Esta tendencia es
explicada por Frank R. Ankersmit en el ensayo Historiography and pstmodernism,
en History and Theory, Middletown, , Vol, 28, Wesleya University, 1989, pp. 137-153.
10 Ibid., pp. 39-40.
11 Véase CHARTIER, Roger, El mundo como representación, Barcelona,
Gedisa, 1999.
12 NORIEL, Gérard, Sobre la crisis de la historia, Valencia, Editorial
Frónesis, 1997, p. 129.
13 THOMPSON, Dorothy (editora), Edward Palmer Thompson. Obra esencial,
Barcelona, Crítica, 2001, p. 518.
14 NORIEL, Gérard, p. 130.
15 GUIRRE, Carlos Antonio, La escuela de los Annales ayer, hoy y mañana,
Barcelona, Montesinos, capítulo 7.
16HARTIER, Roger, Introducción, (el énfasis es nuestro)
17bid.
18PIEGEL, Gabriel, Historia, historicismo y lógica social del
texto en la Edad Media, en PERUS, Françoise (compìladora), Historia y literatura,
México, Antología Universitaria, Instituto Mora, 1994, p. 150.
19ALVINO, Italo, Las ciudades invisibles, Barcelona, Editorial Siruela,
1992.
20PIEGEL, Gabriel, p. 13.
21bid., p. 146.
22ARCÍA, Gervasio Luis, Historia y hechicería, en Revista
Op. Cit., Universidad de Puerto Rico, Recinto de Riopiedras, nº. 11, 1999, p. 64.
23bid., p. 69.
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