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REVISTA HISTORIA CRÍTICA
(selección de artículos)
Esta es una publicación del Departamento de Historia - Facultad de Ciencias
sociales
Universidad de Los Andes
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la población africana en el desarrollo económico de colombia*
jaime jaramillo uribe**
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Esta charla tratará sobre la importancia de la población africana esclava en el
desarrollo de la economía colombiana, particularmente en la época colonial.
Debo comenzar con unas indicaciones sobre los orígenes de la población africana en
Colombia. Como es sabido por los historiadores colombianos, al menos por los que se han
interesado por la historia social y económica, con motivo de la conquista y de la
dominación del territorio colombiano por los conquistadores españoles, la población
indígena sufrió una larga crisis que se expresó en un acelerado descenso. Una
población que a la llegada de los españoles podría calcularse entre tres o cuatro
millones de habitantes indígenas, quedó reducida a comienzos del siglo XVII a menos de
medio millón
1
. Desde entonces comenzó para nuestra economía
colonial una crisis de mano de obra, una penuria creciente de trabajadores para las minas,
las haciendas, los transportes, en fin para todas las formas de trabajo. Ese déficit de
población, ese descenso de mano de obra trató de llenarse con la importación de Africa
de mano de obra negra esclava. El proceso se inició desde comienzos del siglo XVII, es
decir, hacia 1600, aunque desde la época de la conquista, en las huestes de los
conquistadores, hubo elementos africanos; pero un conjunto denso de población que va a
jugar un papel importante en la vida social, política y económica del Virreinato, sólo
comenzó a presentarse a comienzos del siglo XVII, cuando empieza la importación más o
menos masiva de población africana al territorio colombiano
2
. Debo recordar también que la economía del
Virreinato de Nueva Granada estaba basada, en primer lugar, en la minería, especialmente
en la de oro y plata, y que este era el sector que impulsaba la vida y el desarrollo
económico. Desde que iniciaron la conquista del territorio americano, los españoles
buscaban ante todo oro, minas de oro y plata. El poblamiento del país comenzó
naturalmente por las zonas costeras, pero luego la dirección se orientó hacia las zonas
mineras, hacia los lugares donde había oro y plata
3
.
Las otras bases de la economía granadina fueron la agricultura y la ganadería, aunque
había también actividades comerciales, oficios artesanales y servicio doméstico. Pero
el nervio de la economía eran la minería, la agricultura y la ganadería, por eso la
población negra que empezó a llegar al territorio colombiano se ubicó en primer lugar
en los puertos de entrada como Cartagena y en segundo lugar en las zonas mineras. También
en ciertas zonas agrícolas de tierras calientes, sobre todo donde se cultivaba caña.
Donde hubo caña hubo población africana; al parecer el indígena no se adaptaba
fácilmente a este cultivo.
Fuera de las regiones mineras de tierra caliente y clima tropical, hubo población esclava
pero relativamente poca. La hubo especialmente donde se producía panela, azúcar y dulces
comestibles, como los famosos bocadillos veleños. Hubo, por esas circunstancias, alguna
población esclava en los Santanderes y las tierras calientes de Cundinamarca,
especialmente donde hubo caña. Minería y agricultura de la caña quería decir, casi
siempre, existencia de población esclava. El fenómeno es muy claro en el caso del Valle
del Cauca para la caña, y del Cauca, Antioquia y el Chocó para la minería
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.
Si nos ubicamos en el siglo XVIII, sobre todo en sus postrimerías, la situación
económica del Virreinato se podría caracterizar, simplificando un poco el esquema, por
los siguientes rasgos: la tierra, que era la base de la producción agrícola, valía
relativamente poco, porque había mucha, era el factor de producción abundante y
relativamente barato para una población que apenas sobrepasaba el millón de habitantes.
Por otra parte, las autoridades españolas la repartieron en forma generosa y un poco
irresponsable. De ahí que las haciendas de la Costa Atlántica, del Valle y el Cauca y
del Reino especialmente Boyacá y Cundinamarca- fueran extensas, grandes latifundios
de diez mil, veinte mil, hasta cincuenta mil hectáreas fueron frecuentes
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.
El segundo factor de la producción, la tecnología, era pobre. Como lo saben los
etnólogos y los antropólogos, los indígenas americanos no conocieron el hierro, ni la
rueda, ni el carro. No tenían animales de tiro como el caballo, ni ganadería vacuna. Su
tecnología era suficiente para dar una buena alimentación y cierto desarrollo del
comercio, pero comparada con las tecnologías europeas era una tecnología pobre. No se
conocía el arado, la tierra se removía con chuzos de madera y como abono se empleaban
los excrementos animales. Los españoles trajeron una nueva tecnología agrícola y
minera, pero relativamente limitada, si se compara con la riqueza que su tecnología
tenía en Europa. Los conquistadores trajeron aquellos instrumentos y aquellas
tecnologías que les permitieron explotar los nuevos territorios donde había una mano de
obra abundante y barata. El fenómeno ha sido estudiado por el antropólogo norteamericano
George Foster en su libro Cultura y conquista. Foster muestra allí, a manera de ejemplo,
cómo los instrumentos y las técnicas de pesca que los españoles trajeron a América
fueron muy pocos en comparación con los que había en la metrópoli. Cuando en España
había 40 ó 50 técnicas de pesquería, los conquistadores trajeron a América dos o
tres, las más sencillas y fáciles de manejar
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. Desde luego, los españoles enriquecieron la
tecnología americana. No debemos olvidar que trajeron el caballo, el ganado vacuno, la
oveja, la rueda, el burro, la gallina y una veintena de productos agrícolas como el
trigo, la cebada, el arroz, la caña de azúcar y una gran variedad de flores. Pero en
materia de tecnología, de instrumentos de trabajo, la contribución española fue pobre.
Se redujo a unas cuantas herramientas: azadones, palas, hachas, serruchos, martillos. El
carro y el arado de ruedas eran de uso muy limitado todavía en el siglo XVIII como lo
atestigua Pedro Fermín de Vargas
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.
Ahora bien: en una economía en que la tierra era abundante y barata, y la tecnología muy
simple y poco costosa, el elemento esencial y de mayor costo era la mano de obra. Tal mano
de obra fue suministrada por la población indígena en la región oriental del país, en
lo que en la época colonial solía llamarse El Reino, que correspondía más
o menos a las regiones de Cundinamarca, Boyacá y los Santanderes. Pero en regiones como
la Costa Atlántica, Antioquia y los actuales Valle del Cauca y Cauca, donde la población
indígena descendió en forma acelerada, el déficit de mano de obra para el trabajo en
minas y haciendas fue cubierto con la introducción más o menos masiva de población
negra esclava, que era un factor importado y costoso. Veamos un caso a manera de ejemplo
en que la proporción entre los diferentes factores productivos se muestra con toda
evidencia. Juan Antonio Ladrón de Guevara, minero antioqueño, declara en su testamento
ser poseedor de una casa, una mina y 16 esclavos. Sus costos son los siguientes:
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La mina
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$ 500.oo.
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24%
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La casa
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$ 26.oo.
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1%
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16 esclavos
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$ 1.550.oo.
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75%
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TOTAL
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$ 2.076.oo.
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100%
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En nuestro ensayo Esclavos y señores en la sociedad colombiana del siglo
XVIII
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hemos presentado un amplio número de casos semejantes, que permiten hacer una
generalización.
La importancia de la población africana esclava para la economía del Virreinato al
finalizar el siglo XVIII y comienzos del XIX seguía siendo evidente. En 1790, un
observador de la situación económica tan agudo y con tan buenos conocimientos de
economía como Pedro Fermín de Vargas, pensaba que aún mejorando la tecnología o
quedando en el mismo nivel de hoy, siempre será necesario valernos de la robustez y
firmeza de los negros para su beneficio.
Todavía a comienzos del siglo XIX, para remediar la desmirriada economía del Virreinato,
funcionarios y propietarios sólo encontraban una solución: importar esclavos. En 1805,
Don Antonio de Narváez y Latorre, alto funcionario del Estado, considerado uno de
nuestros primeros economistas, en informe para el gobierno español sobre las
necesidades económicas del Virreinato, escribía: La más útil medida y
absolutamente necesaria es la de negros; porque solo con ellos es que se trabajan las
haciendas y se adelantan los frutos de exportación y aún los del propio consumo. Y
agregaba: La mayor parte de la demás gente se podría dudar si son más peso que
utilidad al Estado. Porque aumentan el cargo de lo que reciben sin aumentar la data del
producto
9
.
Otro aspecto que debe destacarse al hablar de las relaciones de la población africana con
la economía colombiana es su plasticidad, su adaptabilidad a las técnicas y costumbres
de la población europea. Esta plasticidad se expresa muy bien en la adopción muy rápida
de la lengua española, del vestido y de las técnicas de producción. El fenómeno fue
observado por los viajeros extranjeros que pasaron por Colombia en el siglo XIX. Los que
pasaban o entraban por Cartagena observaban que gran parte de los oficios mecánicos,
artísticos o artesanales eran desempeñados por la población negra. No encontraban
sastres, carpinteros o joyeros que fueran indígenas, a pesar del ancestro que éstos
tenían como orfebres del oro.
Para terminar estas consideraciones sobre la plasticidad cultural del africano, quiero
traer a cuento la observación que hizo el viajero inglés Charles Empson a su paso por
Nueva Granada en 1836 en su libro Narratives of South America, Manners, Costumes and
Scenery. El autor, que tuvo que pernoctar y vivir algunos meses en varias regiones de
Colombia, entre otras en Cundinamarca, de donde extrae este caso, a propósito del cual
hace la siguiente observación referente a una mujer que él llama la señora
Manuela. Dice Empson: Nuestra cocinera se llamaba Manuela o como le decían en
sus cumpleaños la señora Manuela. Había sido esclava y aprendió la culinaria como
cocinera del Virrey. Manuela obtuvo su libertad en Cartagena sirviendo en un hospital
donde prestó grandes servicios al ejército libertador por su capacidad y
atención. Como enfermera era invaluable y atendió por seis meses al autor, que la
describe como digna, gustadora de adornos, eficaz, inteligente. Ciertamente, dice, no era
bella, sin embargo poseía un porte majestuoso, imponente y tenía maneras superiores. Un
prodigio de cocinera, enfermera, organizadora, cirujana. Lo curaba todo, la picadura de
culebra, las patadas de mula, las picaduras de murciélago. Era educadora de papagayos y
monos. Como cocinera era notable por el modo de preparar la tortuga, hacer el Venison, dar
perfume al sándalo de los Wafers, hornear el armadillo, asar la carne, preparar el arroz,
presentar el pescado y hacer diferentes biscochos. Esta es la imagen que daba Empson de la
señora Manuel, la cocinera negra que encontró aquí, en algún lugar de Cundinamarca
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* Conferencia pronunciada en el ciclo Contribuciones de la
Afrocolombianidad a la Construcción de la Identidad Nacional, Bogotá, 28 de junio
de 2000.
** Profesor del Departamento de Historia de la Universidad de
Los Andes.
1. COLMENARES, Germán, Historia económica y social de
Colombia, 1537-1719, Bogotá, Tercer Mundo, 1983, p. 42 y ss.
2. PALACIOS, Jorge, La trata de negros en Cartagena de
Indias, Tunja, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, 1973.
3. JARAMILLO URIBE, Jaime, La economía del
Virreinato, en OCAMPO, José Antonio (editor), Historia económica de Colombia,
Bogotá, Tercer Mundo, 1983, p. 49 y ss.
4. JARAMILLO URIBE, Jaime, Ensayos sobre historia social
colombiana, Bogotá, Universidad Nacional, 1968, p. 20 y ss.
5. TOVAR PINZÓN, Hermes, Grandes empresas agrícolas y
ganaderas del siglo XVIII, Bogotá, Cooperativa de Profesores de la Universidad Nacional,
1980, p. 93 y ss.
6. FOSTER, George, Cultura y conquista, México, Halapa,
1972, pp. 39-44 y 126 y ss.
7. FERMÍN DE VARGAS, Pedro, Pensamientos políticos y
memoria sobre la población en el Nuevo Reino de Granada, Bogotá, Procultura, 1965, p. 91
y ss.
8. JARAMILLO URIBE, Jaime, Ensayos sobre historia social
colombiana, op. cit., p. 20 y ss.
9. ORTIZ, Sergio Elías, Escritos de dos economistas
colombianos, Bogotá, Banco de la República, 1956, pp. 44-45.
10. EMPSON, Charles, Narratives of South America, Manners,
Costumes and Scenery, Londres, Williams Edwards, 1836, pp. 53-57.
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