REVISTA HISTORIA CRÍTICA

(selección de artículos de los números 17,18 y 19)
Esta es una publicación del Departamento de Historia - Facultad de Ciencias sociales
Universidad de Los Andes

 

Un pensador aristocrático en los Andes: una mirada al pensamiento de Nicolás Gómez Dávila
Mauricio Galindo Hurtado ·

 

El llamado pensamiento reaccionario no ha sido ajeno a la historia intelectual de Colombia, y si bien las luchas de independencia encontraron sus fundamentos en las ideas de la Ilustración europea y la emancipación norteamericana, una corriente de pensamiento en contravía con el proyecto de la modernidad ha hecho también camino en el país. Quizá dentro de aquellos que han declarado abiertamente su desprecio por la democracia, por una concepción del hombre que lo sitúa como ente autónomo, capaz de regir sus destinos independientemente de la divinidad, y cuya razón es vista como fuente suprema de conocimiento y sabiduría, pocos lo han hecho con la elegancia, belleza y erudición de Nicolás Gómez Dávila. Gómez Dávila, el escritor que, por voluntad propia se marginó de todos los circulos académicos de investigación y docencia, enclaustrándose en su biblioteca hasta su muerte, representa la culminación final de una postura reaccionaria y pre-conciliar en el panorama intelectual colombiano.

 

Gómez Dávila tuvo la ventaja (o desventaja, según se le mire) de ver derrumbadas las certezas de la modernidad, testigo temporal de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, de la guerra del Vietnam y de tantos otros acontecimientos que socavaron la confianza en una supuesta redención humana a partir de la racionalidad y el método científico. Frente a la idea de razón, Gómez Dávila sitúa la de voluntad, férreo opositor de las tesis deterministas, tan frecuentemente esgrimidas en el siglo XX. Sus convicciones religiosas le infunden una profunda seguridad en el libre albedrío, preguntándose no por su existencia, sino por sus verdaderos alcances dentro del complejo contexto de la libertad humana.

 

Como todo gran escritor, Gómez Dávila escapa a las caracterizaciones fáciles y acomodaticias. Reaccionario, sin lugar a dudas, pero también profundo conocedor de la filosofía, la historia y la literatura de la civilización greco-latina. Políglota consumado, pudo leer en su lengua original los clásicos del pensamiento griego, latino, medieval, moderno y contemporáneo. Su biblioteca, impecable en la selección de autores hasta bien entrado el siglo XX, fue fruto de una cuidadosa labor que, a lo largo de una vida, reunió en ediciones completas las obras fundamentales del pensamiento occidental. Sorprende que no se haya limitado a Occidente, sino que buscara también acercarse a Oriente. Así, no faltan en su colección varios volúmenes del Baghavad Ghita y de El libro de los muertos, que, junto con numerosos estudios de religión comparada, nos permiten afirmar que Gómez Dávila no fue ajeno del todo a la metafísica y la filosofía orientales. Si no escribió casi nada sobre éstas, tal vez se debió a su convicción de que sólo a lo propio se le puede hacer justicia.

 

En su caso, es en la tradición intelectual europea, la que comienza en la Grecia antigua, en la que hallará su morada. Autores latinoamericanos en su biblioteca los hay muy pocos: un Borges, algunos ejemplares de Alvaro Mutis y Hernando Téllez, ambos pertenecientes a su círculo de amistades, tal vez la poesía de un Barba Jacob, y unos cuantos más. Ninguno de los escritores del boom, García Márquez incluido. Para este bogotano, su verdadera familia intelectual es la de la reacción, aquella que se inicia a partir del siglo XVIII con los escritos de Justus Möser en contra del absolutismo monárquico. El mismo se declaró en sus escolios "heredero de un pleito sagrado", receptáculo irrenunciable de una tradición reaccionaria y ultramontana. Para Gómez Dávila, más que los nexos genéticos, aquellos que cobran importancia son los de la inteligencia, estando a nuestro alcance el ampliar esta "parentela" intelectual por medio de la lectura y la meditación con los maestros del pasado. Aún al adversario era necesario entenderlo y brindarle la oportunidad de convencernos.

 

antecedentes biográficos e intelectuales

 

Gómez Dávila tuvo en su haber muy diversas y numerosas influencias, que en diferente medida contribuyeron a formar el corpus de su pensamiento. Nacido en Cajicá en 1913, creció en el seno de una familia adinerada, que se había enriquecido gracias al comercio de telas y a la explotación de una magnífica hacienda sabanera en el municipio de Soacha. Siguiendo con una costumbre de la alta burguesía colombiana de aquel entonces, el núcleo familiar se traslada a París cuando Nicolás contaba apenas con ocho años, para así brindar a sus hijos una educación que en su propio país no habrían podido obtener. Allí fue matriculado en un colegio benedictino, mientras los veranos solían transcurrir en Inglaterra, como complemento a su sólida formación escolar. Es hacia el final ya de su adolescencia que el joven Nicolás cae gravemente enfermo, víctima de una severa neumonía que lo mantendrá en cama por casi dos años. Todo este tiempo lo dedica a leer, y bajo la dirección de sus tutores, a prefeccionar su hasta entonces rudimentario conocimiento de las lenguas clásicas. Para cuando puede levantarse, nuestro joven escritor lee con destreza el latín y el griego antiguo, pilares fundamentales de su formación intelectual. Regresa a Colombia a los veintitres años y, casi inmediatamente, contrae matrimonio con María Emilia Nieto. Construye su mansión al norte de la ciudad al mejor estilo Tudor, entonces en boga en Bogotá, haciendo de la biblioteca su punto focal. Allí pasaría la mayor parte de su vida, leyendo hasta la madrugada y espantando a incautos ladrones que por supuesto ignoraban sus hábitos de lector empedernido.

 

Gómez Dávila fue un magnífico conversador, como lo atestiguan aquellos que pertenecieron al círculo de sus amistades. En torno a él se reunieron muchas tardes de domingo Alberto Lleras Camargo, Mario Laserna, Alvaro Mutis, Alberto Zalamea, Francisco Pizano, Abelardo Forero Benavides, Hernando Téllez y Douglas Botero, quienes acompañados tan sólo de una taza de tinto, empezaban hablando de los problemas del país y terminaban metidos con la filosofía de Kant o la historia de Burckhardt. Después de su retorno a Colombia, Gómez Dávila sólo saldría una vez mas del país. Fue en 1959, cuando en compañía de su esposa, recorrió los países de Europa occidental durante seis meses en un automóvil que había comprado al llegar. Cuando regresó a Bogotá, fue para no salir nunca más.

 

La vida de Gómez Dávila es en cierto sentido la más opuesta a la del héroe moderno; ni rebelde, ni marcado por un destino lleno de trágicos acontecimientos, la suya antepone al mito del artista que paga con su infelicidad su poder creador, una existencia monótona y a oscuras del público. Fiel a su dictamen, según el cual hay que escoger entre vida rutinaria y pensamiento rutinario, Gómez Dávila modela su vida de acuerdo al pensamiento. Esta se doblega ante su vocación de lector, y todo en ella ha de ajustarse para permitirle cumplir a cabalidad lo que creyó fue su misión. Cuando muere en 1994, aún vivía en la misma casa, y su colección había crecido hasta superar los treinta mil volúmenes. Era un total desconocido para la gran mayoría de los colombianos, y lo sigue siendo aún, dadas las características de su obra y la nula disponibilidad de sus libros en el mercado.

 

Si bien su tratamiento del escolio no tiene paralelo en la lengua castellana, y en su obra hay indicios de un pensamiento maduro y original, la obra de Gómez Dávila se enmarca dentro de una tradición intelectual e histórica que la sitúa en un contexto específico y nos permite comprenderla mejor. Siendo múltiples y muy variados los antecedentes de su pensamiento, podemos reconocer la pertenencia a una corriente que ha dado grandes escritores en los último tres siglos: se trata por supuesto del pensamiento reaccionario. Pocos adjetivos poseen una connotación tan negativa para el hombre moderno como éste; al fin y al cabo, hoy en día se puede ser todo, menos ir en contra del proyecto de la modernidad en aras de conservar un status quo. Las críticas al capitalismo pueden hacerse mientras vengan de la izquierda, pero cuando a éste se le acusa de haber promovido la desintegración de un tejido social ancestral, alterando las relaciones de produccción de tal forma que el capital prime por encima del trabajo, fomentando una plutocracia en la que la riqueza se desvincula de toda responsabilidad política y social y que legitimiza su uso para el puro goce personal, entonces estas críticas se consideran inadmisibles. El reaccionario es visto como el enemigo de todos, y en cierta forma lo es, pues oponiéndose a la noción de progreso, desafía uno de los pilares sobre los cuales gran parte de los políticos, hombres de negocios, científicos y aún académicos, modelan su interpretación del mundo. La confianza en un progreso constante, que de manera casi automática garantizaría el mejoramiento gradual y paulatino de las condiciones de vida de los seres humanos, es vivida con el mismo fanatismo con el que un cruzado imponía su ley en la guerra santa. Progreso y democracia son puntos neurálgicos de nuestra sociedad contemporánea, que no admiten refutación sin causar oprobio inmediato. Una vez catalogada una tesis de reaccionaria, ésta se desecha sin miramientos y a su autor se le margina como ente de pensamiento inútil y hasta peligroso.

 

Dejando de lado antipatías irracionales, que en nada contribuyen a ver las cosas tal y como son, es innegable que una mentalidad que trate de impedir a toda costa la transformación de estructuras sociales, políticas y económicas, supone un desconocimiento profundo de la naturaleza misma de esas estruturas que se propone proteger. Fruto de una evolución gradual, su misma riqueza depende de su capacidad para asimilar nuevos elementos, integrándolos de manera armoniosa a un bagage previo. Tal vez no sobre repetir el caso de las culturas helénicas, fecundadas por la sabiduría y mitología egipcias; o más recientemente el de la cultura europea medieval, que gracias al aporte del Islam vió renacer el interés por la filosofía clásica. Los ejemplos son miles, y ningún pueblo o cultura que haya alcanzado cierta grandeza, lo ha hecho como unidad absolutamente homogénea y cerrada.

 

La tradición reaccionaria ha solido defender las costumbres y tradiciones de sociedades maduras, abogando por la preservación de lo que considera como el orden debido de las cosas. Por lo general, el reaccionario fundamenta su convicción en la existencia de una Providencia divina, que habría inspirado un esquema de organización social a lo largo de la historia. Esta vinculación entre pensamiento reaccionario y catolicismo es innegable, como de hecho lo suelen reconocer críticos y partidarios de esta corriente. Incluso aquellos que ni siquiera han pertenecido a dicha religión, pero que defendieron en un momento dado un régimen político basado en la tradición, como fue el caso de Edmund Burke, fueron acusados de serlo en forma subprecticia. Nada peor para un inglés con aspiraciones políticas en el siglo XVIII que el ser catalogado como papista (aún hoy no estaría excento de problemas). La Iglesia católica, es inútil negarlo, adoptó una postura defensiva a partir de la Reforma protestante, en la que "novedad" fue muy frecuentemente sinónimo de "herejía", entorpeciendo en numerosas ocasiones las labores de investigación científica y de pensamiento. Esta postura, que mal le viene a un auténtico espíritu cristiano, tiene por supuesto unas causales históricas que si bien no nos permiten excusarla, sí deberían permitirmos comprenderla. No es este el propósito de nuestro ensayo, pero vale la pena recordar que todo gesto significativo sólo se entiende dentro de un contexto histórico que le da sentido a una intencionalidad específica. Los juicios extemporales son una aberración que pretende desconocer las particularidades de una determinada situación histórica.

 

Gómez Dávila no plantea una aversión absoluta al cambio, mas sí al cambio revolucionario. Cuando éste no es producto de la transformación paulatina de costumbres, que una vaga "sabiduría de los tiempos" va llevando a cabo, Gómez Dávila habla de un cambio revolucionario. El reformador intenta abolir una organización previa haciendo uso exclusivo de la razón, es decir, anteponiendo a las particularidades de una situación concreta los designios de una racionalidad abstracta. Los philosophes franceses, con Voltaire a la cabeza, fueron víctimas de una racionalidad desbocada, según Gómez Dávila, haciendo de ésta el único criterio para mirar al mundo y a sí mismos. Retomando los argumentos con los cuales Burke denunció la ilegitimidad de la Revolución Francesa, Gómez Dávila descarta la posibilidad de alcanzar resultados satisfactorios en el terreno político guiados únicamente por principios abstractos; su inevitable lejanía del mundo real y concreto los hace insuficientes para abarcar la complejidad de una sociedad rica en historia y tradición como la francesa. Hombres como Rousseau, Diderot y Voltaire, se hicieron a sí mismos incapaces de comprender su propia cultura al divorciarse de las fuentes que manan de la tradición que le dió origen.

 

Junto con los escritores comúnmente aceptados como reaccionarios, Gómez Dávila convivió con otros durante su estadía en París, más notorios por su activismo político que por sus méritos literarios. Prominentes en este grupo son Charles Maurras y Maurice Barres, quienes agruparon en torno a sí buena parte de los sectores conservadores y nacionalistas que luchaban por el retorno a una sociedad pre-revolucionaria. A pesar de su corta edad, Gómez Dávila debió presenciar con ojos abiertos los traumáticos acontecimientos de aquel entonces. Francia, en estado de permanente disponibilidad al cambio revolucionario a partir del grito girondino de 1789, presentaba un panorama de aguda crisis en el que diversas facciones se oponían violentamente entre sí. Había que escoger entre ser republicano o monárquico, anticlerical o papista. El tono poco conciliatorio de ambas partes contribuyó a radicalizar posiciones que,

agudizadas por el caso Dreyfus, llevaron a una severa división al interior de la sociedad francesa.

 

A pesar de que la monarquía había sido abolida desde los tiempos de Felipe de Orleans, cierto sector de la población aún contemplaba el sueño de devolver los destinos de Francia a un trono dinástico. Compuesto por un amplio sector de la aristocracia, que sobrevivía casi intacta y era parámetro indiscutible de reconocimiento social, algunos miembros de la alta burguesía con pretensiones nobiliarias, y un campesinado fiel a la tradición de sus padres que seguía esperando la restauración del sistema monárquico como la única solución a la crisis por la que atravesaba la nación francesa, este movimiento poseía una capacidad de perturbación mucho mayor que su peso real dentro del conjunto de la sociedad. En 1912, con la fundación del movimiento Acción Francesa por parte de Charles Maurras, se lleva a cabo la unión, bajo un mismo estandarte, de casi todas aquellas organizaciones de similares propósitos que con anterioridad obraban en forma inconexa por todo el país. Acción Francesa, aunque invocó las banderas del catolicismo, lo hizo más bien movido por un oportunismo político que por una genuina convicción religiosa

 

Esta liga, a pesar de contar entre sus filas una pequena minoría de la vasta nación francesa, logró inspirar en una juventud desesperanzada ideales de supremacía nacional y recuperación de una gloria perdida, premonitoria de los movimientos de corte fascista que harían carrera algunos años más tarde en el resto de Europa. Habiendo crecido en un mundo incierto y cambiante, Acción Francesa representó para estos jóvenes el regreso a los valores tradicionales que, según ésta, ya una vez habían hecho de Francia la nación más poderosa de la tierra. Los unía una mentalidad anarquizante, un desprecio por la democracia y por todo aquello que representara una modernidad corrupta, industrial y capitalista. En el centro de poder, unificando todas la fuerzas y dirigiendo el pueblo con visión mesiánica, estaba el rey, cuya figura tutelar era indispensable para el restablecimiento glorioso de una sociedad en decadencia. Maurras, que había llegado a París proveniente de la región de Provence, y habiéndose abierto carrera como periodista, encaminó muy pronto sus esfuerzos a atacar todo elemento contaminado con la presencia foránea y judía. Pregonaba una doctrina política caracterizada por la "acción", que contraponía a la debilidad del sistema democrático, al cual calificaba de "afeminado" por su inevitable recurso a la negociación y debate, que hacían imposible la adopción de medidas oportunas y heroicas cuando así lo requiriese la situación. En torno a sí agrupó a una verdadera pandilla de jóvenes, que muy a la manera de los surrealistas, organizaban vistosas demostraciones cuyo objetivo primordial era el de producir desconcierto en la opinión pública.

 

Maurras soñaba con un gobierno autoritario, capaz de imponer disciplina y orden a la sociedad. Consciente sin embargo de que la mayoría de la población jamás llegaría a aceptar sus tesis, contaba con un golpe de fuerza que supliría la eterna miopía política de la masas, incapaces de ver lo que verdaderamente les conviene. En la concepción política de Gómez Dávila, encontramos la misma admiración por la disciplina y la fuerza, por un estado heroico de tensión diametralmente opuesto al carácter comodón y asustadizo de la burguesía, siempre esclavizada por su riqueza e incapaz de comprometerse a fondo. Si bien no existe evidencia de que Gómez Dávila haya conocido personamente a Maurras, o de que hubiese militado en sus filas, sí nos queda la certeza de que leyó con atención sus libros, como de hecho lo evidencia en uno de sus escolios. Para el colombiano, el principal error de Maurras fue el haber condenado el romanticismo, asociándolo con los ideales democráticos; al hacerlo, socavó las que habrían sido sus mejores armas en su lucha contra la modernidad.

 

En efecto, Gómez Dávila reconoció en el movimiento romántico de la primera mitad del siglo XIX una voluntad de redimir el espíritu frente a las tendencias racionalistas que imperaron durante el siglo XVIII, tendencias que habían contribuido al colapso de la sociedad patriarcal aristocrática. En el tránsito de la aristocracia a la democracia, las mejores virtudes de una civilización que respetaba el misterioso terreno de lo sagrado en la dimensión humana se evaporaron, en aras de una comprensión puramente analítica y racional.

 

el pensamiento reaccionario en colombia

 

Esta concepción "orgánica" de la sociedad tiene un paralelo muy cercano con la mentalidad hispánica que nos legó cuatro siglos de dominación española. Como bien lo argumenta Rubén Jaramillo Vélez en su capítulo sobre la postergación de la experiencia de la modernidad en Colombia, la Contrareforma impone un "derecho casuístico y personalista, fundado en realidades históricas y sociales", opuesto al racionalismo jurídico utilitarista anglosajón, más basado en principios abstractos generales. Analizando el movimiento de la Regeneración, Jaramillo Vélez concluye que si bien ésta representó un retorno a valores conservadores fuertemente ligados a la cultura colonial española, fue un giro necesario dadas las circunstancias sociales, políticas, económicas y culturales de la Colombia de aquel entonces. El gobierno federalista de los liberales radicales había tenido como principal resultado la consolidación de oligarquías regionales, que utilizaron las guerras para la apropiación de tierras y de los mecanisnos de poder en sus respectivas localidades. La Regeneración, con Núñez a la cabeza, implantó un centralismo que frenó las aspiraciones de dichas oligarquías.

 

Curiosamente, tanto Gómez Dávila como Jaramillo Vélez coinciden en su cuestionamiento de los gobiernos y constituciones de la recién nacida república, a la que consideran fruto de una especulación intelectual desarraigada. Animados por los triunfos liberales en Francia y en los Estados Unidos, los caudillos y próceres de la independencia conciben regímenes que poco tienen que ver con las condiciones reales de su patria, tanto en lo político como en lo económico. Hay sin embargo una diferencia radical entre estos dos: si para Gómez Dávila el espíritu democrático es una aberración de los tiempos, que marca el descenso final hacia la decandencia cultural de Europa, para Jaramillo Vélez es el inicio de una gloriosa modernidad, que por desgracia nunca pudo darse del todo en Colombia. A los ojos de este último, hombres como Miguel Antonio Caro pusieron en evidencia la imposibilidad de adoptar los modelos libertarios de pensamiento que se estaban gestando en Francia, Inglaterra, Escocia y Alemania, principalmente. Al suceder a Núñez, Caro le imprime una orientación reaccionaria al gobierno nacional, reforzando los poderes de la Iglesia, y declarando públicamente su alianza con el pontificado. Como lo dice Caro con sus propias palabras, "…la emancipación política no supone que se improvisase una nueva civilización; las civilizaciones no se improvisan. Religión, lengua, costumbres y tradiciones, nada de esto lo hemos creado; todo lo hemos recibido, habiéndonos venido de generación en generación y de mano en mano, por decirlo así, desde la época de la Conquista, y del propio modo pasará a nuestros hijos y nietos como precioso depósito y rico patrimonio de razas civilizadas…". Estas palabras concuerdan con la visión que tiene Gómez Dávila del papel del pasado en el construcción del presente, con una diferencia fundamental: para este último, España no representa el ideal de civilización, como tal vez sí lo era para Caro. Gómez Dávila, comentando la situación de la filosofía española respecto a sus contrapartidas europeas, no deja duda de que la considera como una sociedad aniquilosada y perezoza en el pensamiento, cuya lengua jamás alcanzó la finura del francés o la precisión conceptual del alemán. Qué mejor argumento en contra de la colonización española que las colonias mismas, dirá Gómez Dávila en uno de sus libros. Sin embargo, al igual que Caro, haría la misma diferenciación entre "revoluciones políticas", tomando por supuesto como gran referente la revolución de 1789, y "transformación social", es decir, aquella que viene dada por un proceso de cambio que no desecha el pasado para modificar el presente.

 

metafisica como axiología

 

En el núcleo del pensamiento de Gómez Dávila está por supuesto su concepción religiosa. Es en Textos en donde nos brindará de manera más explícita su profunda vinculación con el pensamiento metafísico. Para Gómez Dávila, todo hecho, sin importar el contexto histórico en el cual se inserte, está siempre orientado por una opción religiosa previa. Aún cuando lo ignore, las condiciones que el individiuo crea en torno a sí mismo, y la forma como intenta modelar su sociedad, son todas consecuencia de una radical postura ante Dios. Cada acto viene inscrito en una multitud simultánea de contextos, pero un único contexto es capaz de circunscribirlas a todos. La noción de Dios, implícita o explícita, es el contexto final que las explica, pues una que niega la existencia de Dios dice tanto del mundo en el que creemos vivir como una que lo proclama. Es decir, que es trazando el mapa general de la historia de las ideas como finalmente se descubre el trasfondo real de la historia humana, ideas que a su vez dependen de un contexto metafísico.

 

Gómez Dávila concederá primordial importancia a la manera como asumamos nuestra relación con la trascendencia, sea ésta de tipo mitológico, dogmático, o simplemente existencial. Si la juventud es momento de abrir las puertas y acoger a todo visitante que osa llamar, llega el momento de asumir posiciones. Y no se trata aquí de afiliaciones políticas o ideológicas, sino de una radical posición frente a la existencia, de una forma de enteder al hombre y al mundo, a partir de la cual todo lo demás se ordena. De esta manera, de una concepción religiosa específica, la de cada hombre, emana diríamos casi que naturalmente una cierta jerarquización de valores, una axiología que ordena los diversos componentes de la vida humana. Así por ejemplo, cuando el hombre se ve a sí mismo como creatura, reconoce que más allá de sus formidables capacidades, hay una verdad que ni proviene de éste ni le es dado transgredir sin provocar consecuencias que afectan su misma naturaleza, al ser éste un ente dinámico en permanente desarrollo. Esta verdad que le da un sentido y por ende una dirección a la vida humana, no viene siendo fruto de sus poderes de racionamiento, por espléndidos que sean éstos, sino que le ha sido revelada. El gran pecado de la modernidad para Gómez Dávila es el de haber querido ignorar esta máxima inexorable, declarando al ser humano como único responsable y creador del mundo en el que se mueve, generador de valores y reformador impune de costumbres y culturas.

 

Sería erróneo, sin embargo, suponer que su catolicismo fue exento de problemas. Gómez Dávila jamás aceptó las reformas litúrgicas de Segundo Concilio Vaticano y fue un declarado enemigo de las tendencias modernizantes en la Iglesia. Su crítica iba dirigada con particular énfasis hacia el "terrenismo", movimiento que desde el interior mismo de ésta, busca convertir a la Iglesia en una organización de solidaridad social, dedicada a promover el bienester antes que a anunciar un mensaje de salvación más allá de este mundo. No siendo creada por el hombre, la religión, y en particular la fe cristiana, no admite que su verdad sea manipulada, acomodándose a las particularidades del sujeto, a riesgo de perder todo interés. Una verdad deja de serlo en el instante mismo en el que se compromete en aras de un ajuste a las particularidades históricas de un contexto. Asegurando que "adaptarse es sacrificar un bien remoto a una urgencia inmediata", Gómez Dávila reivindica la eterna inmutabilidad de los valores.

 

De allí que la democracia para Gómez Dávila sea una doctrina herética, pues desconoce la dependencia del individuo frente a verdades más altas, al promover un tipo de gobierno y de sociedad en los que el hombre es visto como la última instancia de legitimización. Introduciendo la noción de consenso en el terreno de la ética y la moral, la democracia eleva a rango de dios al individuo, a la vez que lo despoja de las categorías de los sublime y lo transcendente, estrechando su universo al perímetro de sus propias virtudes y defectos. Adscribiendo a cada ser las cualidades que sólo en su conjunto pertenecen al género humano, el régimen democrático lleva inexorablemente al desorden en cada uno de los campos del acontecer de los hombres: así el arte en tiempos democráticos es un arte caótico y por lo general vulgar, fuertemente influenciado por los dictámenes de un mercado que ve en la obra de arte una mercancía más, y cuyos logros ocurren casi que a pesar de sí mismos. En el paso de una era aristocrática a una democrática, la política necesariamente se envilece, desconociéndose la experiencia de una clase educada para gobernar en aras de una elección popular cuya premisa fundamental es la manipulación de un mercado electoral por parte de unos avivatos. Gómez Dávila ve en el surgimiento de las masas el fin de un período regido por la elegancia y el buen gusto, dando paso a la vulgaridad inevitable del mundo moderno. Más aún, la democracia abre las puertas a una moral relativista y acomodaticia, cuyos valores oscilan de acuerdo a la voluntad de los tiempos.

 

la rueda de la fortuna

 

No estaría completa una aproximación a la obra de Gómez Dávila sin mirar de cerca el rol de la historia en su pensamiento. Aquí, como en todos sus planteamientos, hay una fuerte postura teológica, que adquiere relevancia al encarar los problemas de la historiografía contemporánea. La visión de la historia de Gómez Dávila está emparentada con los corrientes historicistas alemanas que tuvieron su origen en el siglo XIX, y cuyos principales representantes fueron Ranke, Droysen y, años más tarde, Meinecke. Muy de cerca con los planteamientos de Ranke, Gómez Dávila distingue entre conocimiento histórico y conocimiento filosófico, arguyendo que mientras en el último la realidad es reducida a un sistema que sacrifica las particularidades de una situación concreta, en el segundo se llega a la comprensión global gracias a la atención dada a lo particular. Este movimiento de lo individual a lo general es posible sólo si se parte de una convicción en la coherencia fenomenológica del mundo, es decir, si se supone previamente que el mundo tiene un sentido.

 

Para Ranke, eran las grandes fuerzas de la historia las que garantizaban la inteligibilidad histórica, mientras que para Gómez Dávila los garantes de un sentido en el discurrir histórico de los hombres serían más bien las fuerzas de la sensibilidad y la creencia religiosa. Una vez estas fuerzas eran identificadas, era posible hacer un estudio "objetivo" de la historia, pues las motivaciones reales de los hechos se hacían evidentes. En el caso de Gómez Dávila, todos los valores dependían de la religion, la cual a su vez no dependía de nada, salvo de Dios, por supuesto, situado más allá de la historia. De esta manera, Gómez Dávila salva la solidez de su herméutica metafísica, pues a la vez que mantiene la universalidad de una axiología revelada, proclama la historicidad de las sociedades humanas. Es por medio de estos valores que el historiador investiga el pasado, usándolos como prismas en la interpretación de los hechos, alzándose por encima de las particularidades de su propio contexto. Si bien Gómez Dávila reconoce que nadie puede escapar a su circunstancia, la absoluta veracidad de los valores (y valga la pena la redundancia) garantiza la objetividad en la hermenéutica de la historia. No se trata de que la historia tenga un sentido desde un punto de vista hegeliano o incluso Providencial, sino que sí es posible entender lo que pasó, aún negando que tenga destino final inevitable. Tal vez su mejor definición de la historia la dió en la alegoría de la rueda de la fortuna, negando así toda idea de progreso o evolución a ésta.

 

conclusiones

 

Tal y como él mismo lo postuló, la obra de Gómez Dávila retoma los lugares comunes del pasado y les da vida nueva, rejuvenecidos después de una largo proceso de decantación en el que la forma juega un papel primordial. Lo primero que el lector descubre cuando se acerca a sus libros, es la presencia de un estilo personal e inconfudible. Los escolios, que según el diccionario son una "nota que se pone a un texto para explicarlo", fueron fruto de un larguísimo esfuerzo por condensar en unas pocas frases las complejidades de un pensamiento. No debemos olvidar que Gómez Dávila no inicia su oficio de escritor con los escolios, sino que ya antes había publicado dos libros: el primero, Notas, que apareció en edición privada por iniciativa de su hermano Ignacio Gómez en 1954, nos permite ver un pensador en germen, aún vacilante en su expresión, y cuya porcion biográfica es aún muy significativa. En Notas vemos discurrir sus impresiones sobre la Europa que conoció cuando joven, a la par con anotaciones sobre la historia de Europa y América, tanto la anglosajona como la latina. Estas páginas, dedicadas al estudio comparativo de estas dos sociedades, son sin duda la gran excepción en toda su obra, ya que Gómez Dávila evitó a toda costa cualquier conexión con su entorno inmediato. Queriendo dejar un libro que se mantuviera por fuera del tiempo, tuvo que sacrificar una eventual vinculación con el aquí y ahora. Nada que haga referencia al mundo de la historia contemporánea hará su aparición en los escolios, al menos con nombre propio. Ajenas a toda coyuntura, sus frases punzantes parecen venir de la nada, exigiendo del lector un conocimiento previo del tema del cual se habla para entender su significado.

 

Después de Notas vendrá Textos, un libro carente de unidad temática, que deja entrever un modo de expresión críptico y más cercano al lenguage poético que a la prosa. En esta colección de ensayos, el autor despliega una teoría de la historia y del pensamiento político de corte metafísico, en el que la Iglesia católica representa el punto de observación idóneo para la contemplación de los hechos a partir de la caída del Imperio Romano. Su argumentación no arguye, simplemente postula ideas que el lector acoge o desecha. Gómez Dávila se rehusa a negar un sentido al acontecer histórico de los hombres a la manera de tantos pensadores de la posmodernidad, pero tampoco reconoce en éste una culminación escatológica de tipo providencial o hegeliano; menos aún supondría una objetividad en los medios a pesar de una total incertidumbre en los fines, a la manera de un Popper. Más bien se deleita en la escenificación de aquellos valores que dan consistencia al mundo, y que, conjugándose con magnífica sigularidad a través de los tiempos, son la trama sobre la cual se teje la vida del hombre.

 

Los escolios que aparecerán más tarde son lo más ajeno a una obra didáctica; allí no hay introducciones ni prólogos, como tampoco textos explicativos que faciliten el proceso de asimilación y comprensión de conceptos difíciles. Leer a Gómez Dávila supone una familiaridad con la filosofía, la historia y la literatura de más de dos mil años, pues es éste el texto que los escolios acompañan como explícita anotación de singular belleza.