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El llamado pensamiento
reaccionario no ha sido ajeno a la historia intelectual de Colombia, y si bien las luchas
de independencia encontraron sus fundamentos en las ideas de la Ilustración europea y la
emancipación norteamericana, una corriente de pensamiento en contravía con el proyecto
de la modernidad ha hecho también camino en el país. Quizá dentro de aquellos que han
declarado abiertamente su desprecio por la democracia, por una concepción del hombre que
lo sitúa como ente autónomo, capaz de regir sus destinos independientemente de la
divinidad, y cuya razón es vista como fuente suprema de conocimiento y sabiduría, pocos
lo han hecho con la elegancia, belleza y erudición de Nicolás Gómez Dávila. Gómez
Dávila, el escritor que, por voluntad propia se marginó de todos los circulos
académicos de investigación y docencia, enclaustrándose en su biblioteca hasta su
muerte, representa la culminación final de una postura reaccionaria y pre-conciliar en el
panorama intelectual colombiano.
Gómez Dávila tuvo la
ventaja (o desventaja, según se le mire) de ver derrumbadas las certezas de la
modernidad, testigo temporal de las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial, de la guerra
del Vietnam y de tantos otros acontecimientos que socavaron la confianza en una supuesta
redención humana a partir de la racionalidad y el método científico. Frente a la idea
de razón, Gómez Dávila sitúa la de voluntad, férreo opositor de las tesis
deterministas, tan frecuentemente esgrimidas en el siglo XX. Sus convicciones religiosas
le infunden una profunda seguridad en el libre albedrío, preguntándose no por su
existencia, sino por sus verdaderos alcances dentro del complejo contexto de la libertad
humana.
Como todo gran escritor,
Gómez Dávila escapa a las caracterizaciones fáciles y acomodaticias. Reaccionario, sin
lugar a dudas, pero también profundo conocedor de la filosofía, la historia y la
literatura de la civilización greco-latina. Políglota consumado, pudo leer en su lengua
original los clásicos del pensamiento griego, latino, medieval, moderno y contemporáneo.
Su biblioteca, impecable en la selección de autores hasta bien entrado el siglo XX, fue
fruto de una cuidadosa labor que, a lo largo de una vida, reunió en ediciones completas
las obras fundamentales del pensamiento occidental. Sorprende que no se haya limitado a
Occidente, sino que buscara también acercarse a Oriente. Así, no faltan en su colección
varios volúmenes del Baghavad Ghita y de El libro de los muertos, que,
junto con numerosos estudios de religión comparada, nos permiten afirmar que Gómez
Dávila no fue ajeno del todo a la metafísica y la filosofía orientales. Si no escribió
casi nada sobre éstas, tal vez se debió a su convicción de que sólo a lo propio se le
puede hacer justicia.
En su caso, es en la
tradición intelectual europea, la que comienza en la Grecia antigua, en la que hallará
su morada. Autores latinoamericanos en su biblioteca los hay muy pocos: un Borges, algunos
ejemplares de Alvaro Mutis y Hernando Téllez, ambos pertenecientes a su círculo de
amistades, tal vez la poesía de un Barba Jacob, y unos cuantos más. Ninguno de los
escritores del boom, García Márquez incluido. Para este bogotano, su verdadera familia
intelectual es la de la reacción, aquella que se inicia a partir del siglo XVIII con los
escritos de Justus Möser en contra del absolutismo monárquico. El mismo se declaró en
sus escolios "heredero de un pleito sagrado", receptáculo irrenunciable de una
tradición reaccionaria y ultramontana. Para Gómez Dávila, más que los nexos
genéticos, aquellos que cobran importancia son los de la inteligencia, estando a nuestro
alcance el ampliar esta "parentela" intelectual por medio de la lectura y la
meditación con los maestros del pasado. Aún al adversario era necesario entenderlo y
brindarle la oportunidad de convencernos.
antecedentes biográficos
e intelectuales
Gómez Dávila tuvo en su
haber muy diversas y numerosas influencias, que en diferente medida contribuyeron a formar
el corpus de su pensamiento. Nacido en Cajicá en 1913, creció en el seno de una familia
adinerada, que se había enriquecido gracias al comercio de telas y a la explotación de
una magnífica hacienda sabanera en el municipio de Soacha. Siguiendo con una costumbre de
la alta burguesía colombiana de aquel entonces, el núcleo familiar se traslada a París
cuando Nicolás contaba apenas con ocho años, para así brindar a sus hijos una
educación que en su propio país no habrían podido obtener. Allí fue matriculado en un
colegio benedictino, mientras los veranos solían transcurrir en Inglaterra, como
complemento a su sólida formación escolar. Es hacia el final ya de su adolescencia que
el joven Nicolás cae gravemente enfermo, víctima de una severa neumonía que lo
mantendrá en cama por casi dos años. Todo este tiempo lo dedica a leer, y bajo la
dirección de sus tutores, a prefeccionar su hasta entonces rudimentario conocimiento de
las lenguas clásicas. Para cuando puede levantarse, nuestro joven escritor lee con
destreza el latín y el griego antiguo, pilares fundamentales de su formación
intelectual. Regresa a Colombia a los veintitres años y, casi inmediatamente, contrae
matrimonio con María Emilia Nieto. Construye su mansión al norte de la ciudad al mejor
estilo Tudor, entonces en boga en Bogotá, haciendo de la biblioteca su punto focal. Allí
pasaría la mayor parte de su vida, leyendo hasta la madrugada y espantando a incautos
ladrones que por supuesto ignoraban sus hábitos de lector empedernido.
Gómez Dávila fue un
magnífico conversador, como lo atestiguan aquellos que pertenecieron al círculo de sus
amistades. En torno a él se reunieron muchas tardes de domingo Alberto Lleras Camargo,
Mario Laserna, Alvaro Mutis, Alberto Zalamea, Francisco Pizano, Abelardo Forero Benavides,
Hernando Téllez y Douglas Botero, quienes acompañados tan sólo de una taza de tinto,
empezaban hablando de los problemas del país y terminaban metidos con la filosofía de
Kant o la historia de Burckhardt. Después de su retorno a Colombia, Gómez Dávila sólo
saldría una vez mas del país. Fue en 1959, cuando en compañía de su esposa, recorrió
los países de Europa occidental durante seis meses en un automóvil que había comprado
al llegar. Cuando regresó a Bogotá, fue para no salir nunca más.
La vida de Gómez Dávila
es en cierto sentido la más opuesta a la del héroe moderno; ni rebelde, ni marcado por
un destino lleno de trágicos acontecimientos, la suya antepone al mito del artista que
paga con su infelicidad su poder creador, una existencia monótona y a oscuras del
público. Fiel a su dictamen, según el cual hay que escoger entre vida rutinaria y
pensamiento rutinario, Gómez Dávila modela su vida de acuerdo al pensamiento. Esta se
doblega ante su vocación de lector, y todo en ella ha de ajustarse para permitirle
cumplir a cabalidad lo que creyó fue su misión. Cuando muere en 1994, aún vivía en la
misma casa, y su colección había crecido hasta superar los treinta mil volúmenes. Era
un total desconocido para la gran mayoría de los colombianos, y lo sigue siendo aún,
dadas las características de su obra y la nula disponibilidad de sus libros en el
mercado.
Si bien su tratamiento
del escolio no tiene paralelo en la lengua castellana, y en su obra hay indicios de un
pensamiento maduro y original, la obra de Gómez Dávila se enmarca dentro de una
tradición intelectual e histórica que la sitúa en un contexto específico y nos permite
comprenderla mejor. Siendo múltiples y muy variados los antecedentes de su pensamiento,
podemos reconocer la pertenencia a una corriente que ha dado grandes escritores en los
último tres siglos: se trata por supuesto del pensamiento reaccionario. Pocos adjetivos
poseen una connotación tan negativa para el hombre moderno como éste; al fin y al cabo,
hoy en día se puede ser todo, menos ir en contra del proyecto de la modernidad en aras de
conservar un status quo. Las críticas al capitalismo pueden hacerse mientras
vengan de la izquierda, pero cuando a éste se le acusa de haber promovido la
desintegración de un tejido social ancestral, alterando las relaciones de produccción de
tal forma que el capital prime por encima del trabajo, fomentando una plutocracia en la
que la riqueza se desvincula de toda responsabilidad política y social y que legitimiza
su uso para el puro goce personal, entonces estas críticas se consideran inadmisibles. El
reaccionario es visto como el enemigo de todos, y en cierta forma lo es, pues oponiéndose
a la noción de progreso, desafía uno de los pilares sobre los cuales gran parte de los
políticos, hombres de negocios, científicos y aún académicos, modelan su
interpretación del mundo. La confianza en un progreso constante, que de manera casi
automática garantizaría el mejoramiento gradual y paulatino de las condiciones de vida
de los seres humanos, es vivida con el mismo fanatismo con el que un cruzado imponía su
ley en la guerra santa. Progreso y democracia son puntos neurálgicos de nuestra sociedad
contemporánea, que no admiten refutación sin causar oprobio inmediato. Una vez
catalogada una tesis de reaccionaria, ésta se desecha sin miramientos y a su autor se le
margina como ente de pensamiento inútil y hasta peligroso.
Dejando de lado
antipatías irracionales, que en nada contribuyen a ver las cosas tal y como son, es
innegable que una mentalidad que trate de impedir a toda costa la transformación de
estructuras sociales, políticas y económicas, supone un desconocimiento profundo de la
naturaleza misma de esas estruturas que se propone proteger. Fruto de una evolución
gradual, su misma riqueza depende de su capacidad para asimilar nuevos elementos,
integrándolos de manera armoniosa a un bagage previo. Tal vez no sobre repetir el caso de
las culturas helénicas, fecundadas por la sabiduría y mitología egipcias; o más
recientemente el de la cultura europea medieval, que gracias al aporte del Islam vió
renacer el interés por la filosofía clásica. Los ejemplos son miles, y ningún pueblo o
cultura que haya alcanzado cierta grandeza, lo ha hecho como unidad absolutamente
homogénea y cerrada.
La tradición
reaccionaria ha solido defender las costumbres y tradiciones de sociedades maduras,
abogando por la preservación de lo que considera como el orden debido de las cosas. Por
lo general, el reaccionario fundamenta su convicción en la existencia de una Providencia
divina, que habría inspirado un esquema de organización social a lo largo de la
historia. Esta vinculación entre pensamiento reaccionario y catolicismo es innegable,
como de hecho lo suelen reconocer críticos y partidarios de esta corriente. Incluso
aquellos que ni siquiera han pertenecido a dicha religión, pero que defendieron en un
momento dado un régimen político basado en la tradición, como fue el caso de Edmund
Burke, fueron acusados de serlo en forma subprecticia. Nada peor para un inglés con
aspiraciones políticas en el siglo XVIII que el ser catalogado como papista (aún hoy no
estaría excento de problemas). La Iglesia católica, es inútil negarlo, adoptó una
postura defensiva a partir de la Reforma protestante, en la que "novedad" fue
muy frecuentemente sinónimo de "herejía", entorpeciendo en numerosas ocasiones
las labores de investigación científica y de pensamiento. Esta postura, que mal le viene
a un auténtico espíritu cristiano, tiene por supuesto unas causales históricas que si
bien no nos permiten excusarla, sí deberían permitirmos comprenderla. No es este el
propósito de nuestro ensayo, pero vale la pena recordar que todo gesto significativo
sólo se entiende dentro de un contexto histórico que le da sentido a una intencionalidad
específica. Los juicios extemporales son una aberración que pretende desconocer las
particularidades de una determinada situación histórica.
Gómez Dávila no plantea
una aversión absoluta al cambio, mas sí al cambio revolucionario. Cuando éste no es
producto de la transformación paulatina de costumbres, que una vaga "sabiduría de
los tiempos" va llevando a cabo, Gómez Dávila habla de un cambio revolucionario. El
reformador intenta abolir una organización previa haciendo uso exclusivo de la razón, es
decir, anteponiendo a las particularidades de una situación concreta los designios de una
racionalidad abstracta. Los philosophes franceses, con Voltaire a la cabeza, fueron
víctimas de una racionalidad desbocada, según Gómez Dávila, haciendo de ésta el
único criterio para mirar al mundo y a sí mismos. Retomando los argumentos con los
cuales Burke denunció la ilegitimidad de la Revolución Francesa, Gómez Dávila descarta
la posibilidad de alcanzar resultados satisfactorios en el terreno político guiados
únicamente por principios abstractos; su inevitable lejanía del mundo real y concreto
los hace insuficientes para abarcar la complejidad de una sociedad rica en historia y
tradición como la francesa. Hombres como Rousseau, Diderot y Voltaire, se hicieron a sí
mismos incapaces de comprender su propia cultura al divorciarse de las fuentes que manan
de la tradición que le dió origen.
Junto con los escritores
comúnmente aceptados como reaccionarios, Gómez Dávila convivió con otros durante su
estadía en París, más notorios por su activismo político que por sus méritos
literarios. Prominentes en este grupo son Charles Maurras y Maurice Barres, quienes
agruparon en torno a sí buena parte de los sectores conservadores y nacionalistas que
luchaban por el retorno a una sociedad pre-revolucionaria. A pesar de su corta edad,
Gómez Dávila debió presenciar con ojos abiertos los traumáticos acontecimientos de
aquel entonces. Francia, en estado de permanente disponibilidad al cambio revolucionario a
partir del grito girondino de 1789, presentaba un panorama de aguda crisis en el que
diversas facciones se oponían violentamente entre sí. Había que escoger entre ser
republicano o monárquico, anticlerical o papista. El tono poco conciliatorio de ambas
partes contribuyó a radicalizar posiciones que,
agudizadas por el caso
Dreyfus, llevaron a una severa división al interior de la sociedad francesa.
A pesar de que la
monarquía había sido abolida desde los tiempos de Felipe de Orleans, cierto sector de la
población aún contemplaba el sueño de devolver los destinos de Francia a un trono
dinástico. Compuesto por un amplio sector de la aristocracia, que sobrevivía casi
intacta y era parámetro indiscutible de reconocimiento social, algunos miembros de la
alta burguesía con pretensiones nobiliarias, y un campesinado fiel a la tradición de sus
padres que seguía esperando la restauración del sistema monárquico como la única
solución a la crisis por la que atravesaba la nación francesa, este movimiento poseía
una capacidad de perturbación mucho mayor que su peso real dentro del conjunto de la
sociedad. En 1912, con la fundación del movimiento Acción Francesa por parte de
Charles Maurras, se lleva a cabo la unión, bajo un mismo estandarte, de casi todas
aquellas organizaciones de similares propósitos que con anterioridad obraban en forma
inconexa por todo el país. Acción Francesa, aunque invocó las banderas del
catolicismo, lo hizo más bien movido por un oportunismo político que por una genuina
convicción religiosa
Esta liga, a pesar de
contar entre sus filas una pequena minoría de la vasta nación francesa, logró inspirar
en una juventud desesperanzada ideales de supremacía nacional y recuperación de una
gloria perdida, premonitoria de los movimientos de corte fascista que harían carrera
algunos años más tarde en el resto de Europa. Habiendo crecido en un mundo incierto y
cambiante, Acción Francesa representó para estos jóvenes el regreso a los
valores tradicionales que, según ésta, ya una vez habían hecho de Francia la nación
más poderosa de la tierra. Los unía una mentalidad anarquizante, un desprecio por la
democracia y por todo aquello que representara una modernidad corrupta, industrial y
capitalista. En el centro de poder, unificando todas la fuerzas y dirigiendo el pueblo con
visión mesiánica, estaba el rey, cuya figura tutelar era indispensable para el
restablecimiento glorioso de una sociedad en decadencia. Maurras, que había llegado a
París proveniente de la región de Provence, y habiéndose abierto carrera como
periodista, encaminó muy pronto sus esfuerzos a atacar todo elemento contaminado con la
presencia foránea y judía. Pregonaba una doctrina política caracterizada por la
"acción", que contraponía a la debilidad del sistema democrático, al cual
calificaba de "afeminado" por su inevitable recurso a la negociación y debate,
que hacían imposible la adopción de medidas oportunas y heroicas cuando así lo
requiriese la situación. En torno a sí agrupó a una verdadera pandilla de jóvenes, que
muy a la manera de los surrealistas, organizaban vistosas demostraciones cuyo objetivo
primordial era el de producir desconcierto en la opinión pública.
Maurras soñaba con un
gobierno autoritario, capaz de imponer disciplina y orden a la sociedad. Consciente sin
embargo de que la mayoría de la población jamás llegaría a aceptar sus tesis, contaba
con un golpe de fuerza que supliría la eterna miopía política de la masas, incapaces de
ver lo que verdaderamente les conviene. En la concepción política de Gómez Dávila,
encontramos la misma admiración por la disciplina y la fuerza, por un estado heroico de
tensión diametralmente opuesto al carácter comodón y asustadizo de la burguesía,
siempre esclavizada por su riqueza e incapaz de comprometerse a fondo. Si bien no existe
evidencia de que Gómez Dávila haya conocido personamente a Maurras, o de que hubiese
militado en sus filas, sí nos queda la certeza de que leyó con atención sus libros,
como de hecho lo evidencia en uno de sus escolios. Para el colombiano, el principal error
de Maurras fue el haber condenado el romanticismo, asociándolo con los ideales
democráticos; al hacerlo, socavó las que habrían sido sus mejores armas en su lucha
contra la modernidad.
En efecto, Gómez Dávila
reconoció en el movimiento romántico de la primera mitad del siglo XIX una voluntad de
redimir el espíritu frente a las tendencias racionalistas que imperaron durante el siglo
XVIII, tendencias que habían contribuido al colapso de la sociedad patriarcal
aristocrática. En el tránsito de la aristocracia a la democracia, las mejores virtudes
de una civilización que respetaba el misterioso terreno de lo sagrado en la dimensión
humana se evaporaron, en aras de una comprensión puramente analítica y racional.
el pensamiento
reaccionario en colombia
Esta concepción
"orgánica" de la sociedad tiene un paralelo muy cercano con la mentalidad
hispánica que nos legó cuatro siglos de dominación española. Como bien lo argumenta
Rubén Jaramillo Vélez en su capítulo sobre la postergación de la experiencia de la
modernidad en Colombia, la Contrareforma impone un "derecho casuístico y
personalista, fundado en realidades históricas y sociales", opuesto al racionalismo
jurídico utilitarista anglosajón, más basado en principios abstractos generales.
Analizando el movimiento de la Regeneración, Jaramillo Vélez concluye que si bien ésta
representó un retorno a valores conservadores fuertemente ligados a la cultura colonial
española, fue un giro necesario dadas las circunstancias sociales, políticas,
económicas y culturales de la Colombia de aquel entonces. El gobierno federalista de los
liberales radicales había tenido como principal resultado la consolidación de
oligarquías regionales, que utilizaron las guerras para la apropiación de tierras y de
los mecanisnos de poder en sus respectivas localidades. La Regeneración, con Núñez a la
cabeza, implantó un centralismo que frenó las aspiraciones de dichas oligarquías.
Curiosamente, tanto
Gómez Dávila como Jaramillo Vélez coinciden en su cuestionamiento de los gobiernos y
constituciones de la recién nacida república, a la que consideran fruto de una
especulación intelectual desarraigada. Animados por los triunfos liberales en Francia y
en los Estados Unidos, los caudillos y próceres de la independencia conciben regímenes
que poco tienen que ver con las condiciones reales de su patria, tanto en lo político
como en lo económico. Hay sin embargo una diferencia radical entre estos dos: si para
Gómez Dávila el espíritu democrático es una aberración de los tiempos, que marca el
descenso final hacia la decandencia cultural de Europa, para Jaramillo Vélez es el inicio
de una gloriosa modernidad, que por desgracia nunca pudo darse del todo en Colombia. A los
ojos de este último, hombres como Miguel Antonio Caro pusieron en evidencia la
imposibilidad de adoptar los modelos libertarios de pensamiento que se estaban gestando en
Francia, Inglaterra, Escocia y Alemania, principalmente. Al suceder a Núñez, Caro le
imprime una orientación reaccionaria al gobierno nacional, reforzando los poderes de la
Iglesia, y declarando públicamente su alianza con el pontificado. Como lo dice Caro con
sus propias palabras, "
la emancipación política no supone que se improvisase
una nueva civilización; las civilizaciones no se improvisan. Religión, lengua,
costumbres y tradiciones, nada de esto lo hemos creado; todo lo hemos recibido,
habiéndonos venido de generación en generación y de mano en mano, por decirlo así,
desde la época de la Conquista, y del propio modo pasará a nuestros hijos y nietos como
precioso depósito y rico patrimonio de razas civilizadas
". Estas palabras
concuerdan con la visión que tiene Gómez Dávila del papel del pasado en el
construcción del presente, con una diferencia fundamental: para este último, España no
representa el ideal de civilización, como tal vez sí lo era para Caro. Gómez Dávila,
comentando la situación de la filosofía española respecto a sus contrapartidas
europeas, no deja duda de que la considera como una sociedad aniquilosada y perezoza en el
pensamiento, cuya lengua jamás alcanzó la finura del francés o la precisión conceptual
del alemán. Qué mejor argumento en contra de la colonización española que las colonias
mismas, dirá Gómez Dávila en uno de sus libros. Sin embargo, al igual que Caro, haría
la misma diferenciación entre "revoluciones políticas", tomando por supuesto
como gran referente la revolución de 1789, y "transformación social", es
decir, aquella que viene dada por un proceso de cambio que no desecha el pasado para
modificar el presente.
metafisica como
axiología
En el núcleo del
pensamiento de Gómez Dávila está por supuesto su concepción religiosa. Es en Textos
en donde nos brindará de manera más explícita su profunda vinculación con el
pensamiento metafísico. Para Gómez Dávila, todo hecho, sin importar el contexto
histórico en el cual se inserte, está siempre orientado por una opción religiosa
previa. Aún cuando lo ignore, las condiciones que el individiuo crea en torno a sí
mismo, y la forma como intenta modelar su sociedad, son todas consecuencia de una radical
postura ante Dios. Cada acto viene inscrito en una multitud simultánea de contextos, pero
un único contexto es capaz de circunscribirlas a todos. La noción de Dios, implícita o
explícita, es el contexto final que las explica, pues una que niega la existencia de Dios
dice tanto del mundo en el que creemos vivir como una que lo proclama. Es decir, que es
trazando el mapa general de la historia de las ideas como finalmente se descubre el
trasfondo real de la historia humana, ideas que a su vez dependen de un contexto
metafísico.
Gómez Dávila concederá
primordial importancia a la manera como asumamos nuestra relación con la trascendencia,
sea ésta de tipo mitológico, dogmático, o simplemente existencial. Si la juventud es
momento de abrir las puertas y acoger a todo visitante que osa llamar, llega el momento de
asumir posiciones. Y no se trata aquí de afiliaciones políticas o ideológicas, sino de
una radical posición frente a la existencia, de una forma de enteder al hombre y al
mundo, a partir de la cual todo lo demás se ordena. De esta manera, de una concepción
religiosa específica, la de cada hombre, emana diríamos casi que naturalmente una cierta
jerarquización de valores, una axiología que ordena los diversos componentes de la vida
humana. Así por ejemplo, cuando el hombre se ve a sí mismo como creatura, reconoce que
más allá de sus formidables capacidades, hay una verdad que ni proviene de éste ni le
es dado transgredir sin provocar consecuencias que afectan su misma naturaleza, al ser
éste un ente dinámico en permanente desarrollo. Esta verdad que le da un sentido y por
ende una dirección a la vida humana, no viene siendo fruto de sus poderes de
racionamiento, por espléndidos que sean éstos, sino que le ha sido revelada. El gran
pecado de la modernidad para Gómez Dávila es el de haber querido ignorar esta máxima
inexorable, declarando al ser humano como único responsable y creador del mundo en el que
se mueve, generador de valores y reformador impune de costumbres y culturas.
Sería erróneo, sin
embargo, suponer que su catolicismo fue exento de problemas. Gómez Dávila jamás aceptó
las reformas litúrgicas de Segundo Concilio Vaticano y fue un declarado enemigo de las
tendencias modernizantes en la Iglesia. Su crítica iba dirigada con particular énfasis
hacia el "terrenismo", movimiento que desde el interior mismo de ésta, busca
convertir a la Iglesia en una organización de solidaridad social, dedicada a promover el
bienester antes que a anunciar un mensaje de salvación más allá de este mundo. No
siendo creada por el hombre, la religión, y en particular la fe cristiana, no admite que
su verdad sea manipulada, acomodándose a las particularidades del sujeto, a riesgo de
perder todo interés. Una verdad deja de serlo en el instante mismo en el que se
compromete en aras de un ajuste a las particularidades históricas de un contexto.
Asegurando que "adaptarse es sacrificar un bien remoto a una urgencia
inmediata", Gómez Dávila reivindica la eterna inmutabilidad de los valores.
De allí que la
democracia para Gómez Dávila sea una doctrina herética, pues desconoce la dependencia
del individuo frente a verdades más altas, al promover un tipo de gobierno y de sociedad
en los que el hombre es visto como la última instancia de legitimización. Introduciendo
la noción de consenso en el terreno de la ética y la moral, la democracia eleva a rango
de dios al individuo, a la vez que lo despoja de las categorías de los sublime y lo
transcendente, estrechando su universo al perímetro de sus propias virtudes y defectos.
Adscribiendo a cada ser las cualidades que sólo en su conjunto pertenecen al género
humano, el régimen democrático lleva inexorablemente al desorden en cada uno de los
campos del acontecer de los hombres: así el arte en tiempos democráticos es un arte
caótico y por lo general vulgar, fuertemente influenciado por los dictámenes de un
mercado que ve en la obra de arte una mercancía más, y cuyos logros ocurren casi que a
pesar de sí mismos. En el paso de una era aristocrática a una democrática, la política
necesariamente se envilece, desconociéndose la experiencia de una clase educada para
gobernar en aras de una elección popular cuya premisa fundamental es la manipulación de
un mercado electoral por parte de unos avivatos. Gómez Dávila ve en el surgimiento de
las masas el fin de un período regido por la elegancia y el buen gusto, dando paso a la
vulgaridad inevitable del mundo moderno. Más aún, la democracia abre las puertas a una
moral relativista y acomodaticia, cuyos valores oscilan de acuerdo a la voluntad de los
tiempos.
la rueda de la fortuna
No estaría completa una
aproximación a la obra de Gómez Dávila sin mirar de cerca el rol de la historia en su
pensamiento. Aquí, como en todos sus planteamientos, hay una fuerte postura teológica,
que adquiere relevancia al encarar los problemas de la historiografía contemporánea. La
visión de la historia de Gómez Dávila está emparentada con los corrientes
historicistas alemanas que tuvieron su origen en el siglo XIX, y cuyos principales
representantes fueron Ranke, Droysen y, años más tarde, Meinecke. Muy de cerca con los
planteamientos de Ranke, Gómez Dávila distingue entre conocimiento histórico y
conocimiento filosófico, arguyendo que mientras en el último la realidad es reducida a
un sistema que sacrifica las particularidades de una situación concreta, en el segundo se
llega a la comprensión global gracias a la atención dada a lo particular. Este
movimiento de lo individual a lo general es posible sólo si se parte de una convicción
en la coherencia fenomenológica del mundo, es decir, si se supone previamente que el
mundo tiene un sentido.
Para Ranke, eran las
grandes fuerzas de la historia las que garantizaban la inteligibilidad histórica,
mientras que para Gómez Dávila los garantes de un sentido en el discurrir histórico de
los hombres serían más bien las fuerzas de la sensibilidad y la creencia religiosa. Una
vez estas fuerzas eran identificadas, era posible hacer un estudio "objetivo" de
la historia, pues las motivaciones reales de los hechos se hacían evidentes. En el caso
de Gómez Dávila, todos los valores dependían de la religion, la cual a su vez no
dependía de nada, salvo de Dios, por supuesto, situado más allá de la historia. De esta
manera, Gómez Dávila salva la solidez de su herméutica metafísica, pues a la vez que
mantiene la universalidad de una axiología revelada, proclama la historicidad de las
sociedades humanas. Es por medio de estos valores que el historiador investiga el pasado,
usándolos como prismas en la interpretación de los hechos, alzándose por encima de las
particularidades de su propio contexto. Si bien Gómez Dávila reconoce que nadie puede
escapar a su circunstancia, la absoluta veracidad de los valores (y valga la pena la
redundancia) garantiza la objetividad en la hermenéutica de la historia. No se trata de
que la historia tenga un sentido desde un punto de vista hegeliano o incluso Providencial,
sino que sí es posible entender lo que pasó, aún negando que tenga destino final
inevitable. Tal vez su mejor definición de la historia la dió en la alegoría de la
rueda de la fortuna, negando así toda idea de progreso o evolución a ésta.
conclusiones
Tal y como él mismo lo
postuló, la obra de Gómez Dávila retoma los lugares comunes del pasado y les da vida
nueva, rejuvenecidos después de una largo proceso de decantación en el que la forma
juega un papel primordial. Lo primero que el lector descubre cuando se acerca a sus
libros, es la presencia de un estilo personal e inconfudible. Los escolios, que según el
diccionario son una "nota que se pone a un texto para explicarlo", fueron fruto
de un larguísimo esfuerzo por condensar en unas pocas frases las complejidades de un
pensamiento. No debemos olvidar que Gómez Dávila no inicia su oficio de escritor con los
escolios, sino que ya antes había publicado dos libros: el primero, Notas, que
apareció en edición privada por iniciativa de su hermano Ignacio Gómez en 1954, nos
permite ver un pensador en germen, aún vacilante en su expresión, y cuya porcion
biográfica es aún muy significativa. En Notas vemos discurrir sus impresiones
sobre la Europa que conoció cuando joven, a la par con anotaciones sobre la historia de
Europa y América, tanto la anglosajona como la latina. Estas páginas, dedicadas al
estudio comparativo de estas dos sociedades, son sin duda la gran excepción en toda su
obra, ya que Gómez Dávila evitó a toda costa cualquier conexión con su entorno
inmediato. Queriendo dejar un libro que se mantuviera por fuera del tiempo, tuvo que
sacrificar una eventual vinculación con el aquí y ahora. Nada que haga referencia al
mundo de la historia contemporánea hará su aparición en los escolios, al menos con
nombre propio. Ajenas a toda coyuntura, sus frases punzantes parecen venir de la nada,
exigiendo del lector un conocimiento previo del tema del cual se habla para entender su
significado.
Después de Notas
vendrá Textos, un libro carente de unidad temática, que deja entrever un modo de
expresión críptico y más cercano al lenguage poético que a la prosa. En esta
colección de ensayos, el autor despliega una teoría de la historia y del pensamiento
político de corte metafísico, en el que la Iglesia católica representa el punto de
observación idóneo para la contemplación de los hechos a partir de la caída del
Imperio Romano. Su argumentación no arguye, simplemente postula ideas que el lector acoge
o desecha. Gómez Dávila se rehusa a negar un sentido al acontecer histórico de los
hombres a la manera de tantos pensadores de la posmodernidad, pero tampoco reconoce en
éste una culminación escatológica de tipo providencial o hegeliano; menos aún
supondría una objetividad en los medios a pesar de una total incertidumbre en los fines,
a la manera de un Popper. Más bien se deleita en la escenificación de aquellos valores
que dan consistencia al mundo, y que, conjugándose con magnífica sigularidad a través
de los tiempos, son la trama sobre la cual se teje la vida del hombre.
Los escolios que
aparecerán más tarde son lo más ajeno a una obra didáctica; allí no hay
introducciones ni prólogos, como tampoco textos explicativos que faciliten el proceso de
asimilación y comprensión de conceptos difíciles. Leer a Gómez Dávila supone una
familiaridad con la filosofía, la historia y la literatura de más de dos mil años, pues
es éste el texto que los escolios acompañan como explícita anotación de singular
belleza.
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