|
La taberna de la
historia, el libro póstumo de Germán Arciniegas
1
(1900-1999), pone a dialogar, en Cartagena de Indias, en una taberna llamada Magallanes, a
Cristóbal Colón, Americo Vespucci y Vasco Nuñez de Balboa. A la reina Isabel de
Castilla y al papa Borgia.
Lo hace con agilidad y
soltura y su innegable erudición apenas si se percibe en una cita sabrosa. En una tesis
imprevista. Toda su vida de escritor estuvo supeditada al periodismo y esto hace que sus
páginas se resientan de premura y esquematismo, pero también dichas páginas adquirieron
agilidad y capacidad de síntesis.
En ocasiones puede dar la
impresión de que da demasiadas cosas por sobreentendidas, pero en realidad el siglo
íntegro que dedicó a hablar de las mismas figuras, antes mencionadas, lo convirtieron en
un formidable divulgador y en un pedagogo insustituible. Le daba vueltas a una materia
común, analizándola desde todos los ángulos. Sus enfoques variaban con los años, con
los viajes, con las coyunturas (el caso del Quinto Centenario del
"descubrimiento"), pero el tema central ya lo había trajinado desde su primer
libro, El estudiante de la mesa redonda
2
:
era América como problema. La mejor manera de contar su historia.
Gracias a esa constancia,
sucesivas generaciones de lectores han obtenido una visión sencilla de asuntos complejos.
El desfase, por ejemplo, en el descubrimiento, entre las utopías que los impulsaron y los
hechos que refutaron tales teorías, visto todo ello como un escenario teatral al cual se
presentan, se confrontan y salen, para volver bajo un nuevo avatar, los recurrentes
Colón, Vespucci o la reina Isabel. O las diferencias abismales entre una visión
eurocentrista del mundo y una incipiente pero necesaria aproximación americana, que él
contribuiría a proponer, con ardor misionero. O el contrapunto, en la Independencia,
entre Bolívar o Santander.
Pero lo valioso es que
tales temas adquirieron rostro humano y quedaron amonedados en perfiles inolvidables.
Viven, también, gracias a una levedad poética y una picardía cómplice que hizo de su
estilo uno de los más naturales y desenvueltos dentro de la secular rigidez colombiana.
era un trabajador infatigable, que parecía dispersarse entre demasiados compromisos, pero
hasta el final de sus años logró conservar un asombro juvenil y unas convicciones firmes
que le permitieron entender el vertiginoso mundo en que le cupo vivir, y que iba desde el
invento de la luz eléctrica y el uso generalizado del calzado hasta la llegada del hombre
a la luna y el fax para comunicarse con un vasto planeta en el que jamás se sintió
provinciano. Por el contrario, atravesó el siglo, en vivaz contacto con el mundo, y la
ceguera de sus últimos años sólo le sirvió para perfilar mejor sus recuerdos. El
balance de una singular aventura. En 1996, en el prólogo al libro Desocupado lector,
trazó esta fotografía inquietante:
"Cuando nosotros
comenzamos a saber del siglo XIX, lo aprendimos en los retratos que traían los paquetes
de cigarrillos "La Legitimidad", que eran como un resumen de los textos que
enseñaban en los colegios. Retratos de generales con bigotes y barbas, retorcidos al
estilo de Napoleón III, casacas militares y kepis del ejército francés. Era como tener
un libro de historia en un cuaderno de pegados. Se había independizado la Nueva Granada
de España para acabar el siglo dejando el campo de Palonegro cubierto de calaveras. Los
campesinos habían hecho una pirámide de cráneos que quedaba como el testimonio de la
pelea, y si un gallinazo se paraba sobre el cráneo del vértice, y mentalmente se ponía
un letrero debajo que dijera "Libertad y Orden", quedaba retratado el escudo
nacional de un modo que nos produce horror"
3
.
lectores de arciniegas
Esta empatía irreverente
con un pasado que vive sólo gracias a sus palabras fue el que le permitió dinamizar la
historia y escalofriar (llenar de escalofrío) a todos los académicos, los de antes y los
de ahora, con su desparpajo. Fue también lo que le granjeó una cálida simpatía, en
todo el continente, donde los lectores más insospechados seguían sus libros, uno tras
otros, obligando a reeditarlos. Una de las razones de su éxito la captó muy bien
Macedonio Fernández, el gurú de Borges, quien en una carta de abril d25 de 1940, le
decía así a Arciniegas:
"Muy grata noción
de Ud. me formé ayer: creo conocerlo. Por ejemplo, creo que en Ud. son agudas y quizá
sobreaguadas su emocionalidad de Comicidad y su opuesta la de la Tristeza: mate ésta. Me
inspira Ud. especial confianza" creo no equivocarme. Suyo Macedonio Fernández".
Esa comicidad, esa
saludable inmadurez, le permitía deslizarle a su confidente y amigo Eduardo Santos, sus
revulsivas paradojas: "En Colombia se puede decir todo, menos la verdad", pero
ese sonreído escepticismo nunca le debilitó su impulso generoso. Luchó, sin tregua, y
los testimonios al respecto son harto elocuentes. Víctor Raúl Haya de la Torre, el
fundador del APRA, escribía en 1965:
"Pues aunque
Arciniegas no sea un político, ni un economista, ni un tecnólogo, es un ilustre
humanista y, ante todo, un gran latinoamericano con plena conciencia de tal; quien siente
y calibra nuestros problemas y presiente sus soluciones con esa intuitiva visión de los
poetas, vale decir de los hombres con imaginación creadora".
Quizá por ello se
entendió tan bien con los poetas vivos y muertos, de Silva a León de Greiff, hasta
llegar a su amigo mexicano, Carlos Pellicier, quien le transmitió su pasión por Bolívar
y le dedicó un revelador poema: "A Germán Arciniegas, en Bogotá", que dice
así:
"América mía,
te palpo en el mapa de relieve
que está sobre mi mesa favorita.
¡Qué cosas no te diría
si yo fuese tu profeta!",
para luego recalcar el
anti-imperialismo vehemente de una generación marcada por el zarpazo de Panamá y la
figura del gran cazador, como Rubén Darío llamaba a Teodoro Roosevelt:
"Y toda tú, Amada,
y tus islas envilecidas
por un desembarco brutal.
Y tus breves repúblicas raídas
Por la extranjera voracidad".
Pero el enemigo también
estaba en casa y la galaxia de dictadores que Arciniegas desenmascaró en su libro Entre
la libertad y el miedo (1952), le brindó insólitos reconocimientos: mujeres argentinas
escondían estas páginas en sus ropas íntimas para burlar así la censura de Perón.
Más ponderado, Mario Vargas Llosa dijo en 1989 a La Nación de Buenos Aires:
"Hace cuarenta años
Germán Arciniegas describió en un célebre ensayo Entre la libertad y el miedo- la
lucha de los pueblo latinoamericanos por emanciparse de los gobiernos despóticos y
corrompidos que asolaban el continente. Esta lucha hoy, en gran parte, está
políticamente ganada. Esta es una victoria fundamental, pero insuficiente. Ser libres
siendo pobres es gozar de una libertad precaria y sólo a medias. La libertad cabal y
plena sólo florecerá en nuestra región con la prosperidad que permite a los hombres
plasmar sus sueños y concebir nuevas fantasías".
Sueños y fantasías:
estos nunca fueron ajenos a Arciniegas. Proyectó a Jiménez de Quesada como inspiración
del Quijote y su Biografía del Caribe tuvo su más severo lector en el Che Guevara, cuyos
Apuntes de lectura rescata la revista Casa de las Américas de La Habana, en 1991:
"El hecho
económico, el leit motiv sobre el que gira la accidentada biografía ribereña al mar del
Caribe se diluye en ironías intrascendentes, en demostraciones de una profundísima
cultura anecdótica y de un ágil y bien manejado castellano.
Si en algún momento roza
el drama de la época, la terrible amenaza del imperialismo yanqui, lo hace con frases
lamidas y tangenciales y refiriéndose a hechos que ya pertenecen a la historia, como el
arrebato del canal de Panamá.
Si resalta la pistoleril
acción de Teodoro Roosevelt, téngase en cuenta que su fino, despreciativo y caballeresco
sarcasmo se abate sobre los que cercenaron su patria. Arciniegas tiene inteligencia y,
sobre todo, cultura para dar una gran obra sobre el tema, pero no puede hacerlo porque su
saber está sólo a disposición de su causa personal".
Pero su causa personal,
no cabe duda, era la causa americana. Una causa hirviente y polémica que lo colocaría
siempre en el vórtice del huracán. Obispos de Medellín pedirían que se cerrara su
cátedra de sociología americana. Iracundos periodistas venezolanos exigieron su
expulsión por haber llamado a Simón Bolívar "el primer indocumentado".
España presionó para retirarlo de la Comisión del Quinto Centenario. Arciniegas había
sostenido que el Descubrimiento era importante, pero que la Independencia era igualmente
importante.
La lucha era larga y
llena de heridas, derrotas y desfallecimientos, pero Arciniegas no cejó en la brega.
Tendría de presente de seguro lo que Alfonso Reyes le escribió desde México en 1946:
"Me temo que mi
respuesta sea algo sombría; así es nuestro provenir, según yo me lo represento. No debo
disimularle que estoy triste. Sin embargo, creo que en público hay que insistir siempre
en la esperanza".
La esperanza que mantiene
abierta sus libros, felizmente inagotables.
un hacedor
infatigable:
Cuando Germán Arciniegas
publicó, hacia 1918, sus primeros artículos en lo que luego sería su legendaria columna
de El Tiempo, sus preocupaciones eran la libertad de cátedra, la autonomía universitaria
y la pérdida de Panamá. Formaba parte de una generación que había leído a Rubén
Darío, a José Enrique Rodó y que luchaba por una utopía que más tarde Arciniegas
llamaría América Ladina. Plural, híbrida, mestiza. Ochenta años después continuaba
con su obsesión.
Era un curioso y un
activista, y cuando los estudiantes lo eligieron representante a al Cámara, en 1932, no
imaginaban que su carrera política se vería truncada por su tardío ingreso a la
literatura. Pero el paradójico Arciniegas tumbó los muros de la Universidad y convirtió
la extensión universitaria en esa cátedra amena y ambulante que fueron sus libros. El
primero de ellos, El estudiante de la mesa redonda, del mismo 1932, resultó un breviario
entusiasta, que se leyó en todo el continente y que de Fray Luis de León, perseguido por
la Inquisición, a los estudiantes venezolanos encarcelados por Juan Vicente Gómez,
renovó, con saludable irreverencia, el ambiente clerical de nuestras letras.
Tenía gracia y encanto,
y sabía enlazar lo nuestro con lo ajeno. Abrió ventanas y, a pesar de sus grandes manos
de campesino sabanero, se le adelantó a su amigo León de Greiff y miró con profundidad
y deleite ese mar de bucaneros sintetizándolo en un libro perfecto: Biografía del Caribe
(1945). Gabriel García Márquez, quien lo leyó con provecho, diría años más tarde:
"Germán Arciniegas, el más prolífero y metódico de todos, el único autor
colombiano que disfruta de un mercado internacional y también el único que puede
definirse como escritor profesional".
Pero este poeta de la
prosa era así mismo un liberal santista militante a quien la censura conservadora de los
años 50 vetó sus columnas, y quien pasó una década de exilio en la Universidad de
Columbia, en Nueva York. La distancia le dio una perspectiva más ancha del continente, y
a de allí saldría la más documentada denuncia de nuestros dictadores: Entre la libertad
y el miedo (1952). También allí prepararía El continente de los siete colores (1965),
una historia de la cultura de América Latina donde aplicaría sus métodos: humanizar los
héroes, reivindicar a las mujeres y brindar desde abajo, desde el pueblo, una nueva
perspectiva para reconocer el papel del hombrecito, del Don Nadie, en la creación
colectiva de una historia común. El arte terminaba por otorgar la consistente continuidad
que la política negaba a diario.
Siempre polémico,
siempre irreverente, otra de sus tesis la expuso en América en Europa (1975), con un
sugestivo acopio documental. Lo que ha ido de América hacia Europa es igual de importante
que lo que vino de Europa a América. Este continente de hombres libres tiene derecho a
una independencia física, económica y mental. Quizá por ello sus empresas culturales
abarcan, entre otras, la creación del Museo Nacional y el Museo Colonial, la firma del
decreto que creó el Instituto Caro y Cuervo, y el terco y empecinado vicio de fundar
revistas: Universidad, Revista de las Indias, Revista de América, Correo de los Andes.
Buscaba espacios amplios y hospitalarios para confrontar las ideas y para que sus amigos
de toda América tuvieran tribuna propia: Francisco Romero, Victoria Ocampo, Alfonso
Reyes, Pedro Henríquez Ureña, con quien preparó una antología de Andrés Bello,
Leopoldo Zea, Arturo Uslar Pietri y Luis Alberto Sánchez. También logró que Jiménez de
Quesada, los Comuneros y Simón Bolívar volvieran a ser lo que siempre fueron: seres en
conflicto, capaces de plantear dudas e incentivar acciones. Todo ello gracias a la ágil
prosa de Arciniegas. Sencillo, humilde y siempre generoso con sus colegas, redactó un
libro pionero, Fernando Botero (1979), y encontró en la Italia de los Medicis y los
Vespucci un paraíso encantado. El de la bella Simonetta. Por ello, en este siglo infame,
donde todos los ideales terminan convertidos en negocios perversos, la democrática tarea
de Germán Arciniegas constituye la más válida y enérgica de las respuestas. Nos
enseño a pensar por cuenta propia y sus 60 volúmenes nos acompañan, frescos, ágiles,
traviesos. No. Arciniegas no ha muerto
4
.
En el reciente libro de
Roger Chartier, El juego de las reglas: lecturas, encuentro estos dos párrafos que
constituyen una imprevista reivindicación de aquello que Arciniegas, híbrido de
historiador y escritor, intentó en su escritura:
"Escribir historia
es siempre construir un relato y producir una interpretación a partir de datos
verificados. ¿Cómo postular, entonces, que ese relato mantiene una relación de verdad
con la realidad oculta de la que intenta dar cuenta? De allí, en la década de 1960 y
computadora en mano, la tentación de someter la historia a un paradigma
galileico, matemático, estadístico, y establecer relaciones y
generalizaciones con certeza absoluta. En un famoso artículo [
], Carlo Ginzburg ha
resquebrajado esa ingenua ilusión al recordar que la historia es siempre un conocimiento
indirecto, un saber conjetural, una tarea fundada, sobre todo, en la recolección y la
interpretación de indicios. Su modelo no es el físico en su laboratorio, sino Freud a la
escucha de sus pacientes, o Sherlock Holmes sobre la pista del culpable. La historia
equivoca el camino al creer fundar su status de verdad sobre los rigores de cifras y
leyes, ya que responde a otro paradigma de conocimiento, que infiere las causas a partir
de los efectos y que considera relevantes las diferencias individuales"
5
.
La historia no es una
fábula, ni una ciencia exacta, ni la libre invención que caracteriza a las obras de
ficción, pero sin ellas tampoco es capaz de dar razón de ser a ese individuo único,
diferente, que en ese espejo colectivo de versiones enfrentadas encuentra su verdad. La
verdad americana que paulatinamente, y durante un siglo, Arciniegas nos fue revelando, con
humor, gracia y tesón.
|