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Este artículo pretende estudiar las
constituciones hospitalarias escritas por Pedro Fermín de Vargas para el hospital de
Zipaquirá a finales del siglo XVIII. Este documento es una importante muestra de la
emergencia local de las nuevas ideas relativas a la higiene y a las políticas
asistenciales en la Nueva Granada; también muestra cómo durante esta época la elite
cultural neogranadina argumentaba y discutía en torno al acuciante problema de la reforma
de los hospitales. Tal plan se enmarca, asimismo, en un movimiento de reforma médica que
empieza a presentarse en la Nueva Granada a finales del siglo XVIII y principios del XIX,
relativo esencialmente a la educación médica y a la atención hospitalaria[1].
La diferencia
entre las constituciones conocidas para la América española que se encuentran a finales
del siglo XVIII con las siglo XVII son claras en algunos aspectos. Los documentos del
siglo XVII eran en extremo lacónicos; en ellos, el funcionamiento del hospital, la
mención de los empleados, de las instalaciones y de las normas hospitalarias de diferente
índole eran enunciadas de manera muy breve, simple y sin mayores precisiones. En general,
eran redactadas por religiosos, en especial por quienes estaban en la alta jerarquía como
obispos o arzobispos. Su razón de ser estaba fundamentada en los mandatos sagrados del
cristianismo, el hospital debería cumplir con los ideales expresados por San Pablo sobre
el amor al prójimo y el precepto bíblico según el cual el pobre es una figura de
Cristo; allí se hacían, por ejemplo, exhortaciones a los fieles con las palabras
evangélicas para despertar su piedad y conseguir así recursos para su funcionamiento:
venid bendito de mi padre a gozar del reino que os está guardado, porque teniendo
hambre y sed y enfermedad me diste de comer, de beber y remediásteis
.
Las limosnas se
destinarían pues a la curación y al regalo de los pobres, y sus donadores
tendrían por ello un premio otorgado por Cristo y otro dado por la Iglesia: 40 días de
indulgencia. Tales instituciones se basaban pues en una lógica caritativa y su gestión
escapaba a la intervención del Estado.
Esta pretensión religiosa y la intención de salvar las almas se manifiesta
también en el hecho de que una parte de la enfermería del hospital se dedicaría al
culto. Allí los enfermos de cama podrían oír misa los días de fiesta, lo
que levantaría el espíritu a los enfermos y les ayudaría a padecer y a llevar con
paciencia sus trabajos, sus dolores y su falta de salud corporal. El movimiento de la
Contrarreforma marcó algunos aspectos de los hospitales que aparecen aquí: la
insistencia en que aquellos que tienen medios económicos deben ayudar a los pobres
enfermos, en la separación de las salas del los enfermos según el sexo (como se verá
también posteriormente), en la existencia de una capilla en el seno del hospital, todo
ello con el objetivo de hacer reinar un cierto orden moral[2].
En cuanto a la administración y a los
recursos del hospital, los datos eran también sumarios. En general se disponía de
un mayordomo, encargado de la mayor parte de las labores hospitalarias, tanto de las
administrativas como, en ocasiones, de las curativas. Entre las funciones
administrativas, estaba la obligación de rendir cuentas anuales al vicario sobre el
noveno y medio y sobre todas las rentas y limosnas otorgadas al hospital[3]. Estaban a su
cargo varias actividades de rutina hospitalaria: debería realizar la relación
pormenorizada de los nombres de los enfermos que ingresaban a curarse, del día, la hora,
la ropa y las demás pertenencias que habían traído, así como la región de donde eran
naturales. Si el enfermo muriere, sería también él quien velaría por sus pertenencias
y si se restablecía estaba a su cargo devolvérselas[4].
Otra de las tareas del
mayordomo y de
la persona o personas que éste designara como ayudante, sería velar por la limpieza de
los enfermos (de las camas y de la ropas mudándolas por lo menos cada ocho días de
ropa limpia y más a menudo si la enfermedad lo hiciere necesario)[5]. El mayordomo
estaría obligado, asimismo, a ayudar al médico, cuando lo hubiere. Estas afirmaciones
son significativas, pues era posible pensar en una institución hospitalaria sin médicos,
lo que, poco a poco, pasaría a ser impensable; aquí también se ve, por ejemplo, que la
preocupación higiénica era muy precaria.
El mismo mayordomo o sus ayudantes serían los encargados de dar los
auxilios médicos, el alivio y la curación a los dolientes, lo que muestra
bien las funciones esencialmente caritativas del hospital antes de su
medicalización. La ausencia de médicos se debió, en parte, a la carencia de
recursos, pues los Cabildos no poseían los fondos necesarios para traer profesores y
garantizarles el sustento; por ello, los enfermos debían quedar, en el mejor de los
casos, en manos de religiosos o de una persona inteligente en medicina, y aun,
en ocasiones, las autoridades debieron aceptar mayordomos, empíricos y curanderos
variopintos; aunque fue esta una situación que no logró mejorarse sustancialmente hasta
ya entrado el siglo XIX[6].
En cuanto a los beneficiarios de los hospitales, las constituciones mandaban que
eran sólo para los pobres de solemnidad. Pero
antes de recibirlos deberían ser vistos por el médico (si lo hubiere), quien declararía
su enfermedad, y en caso de que fuere contagiosa, les designaría un lugar y una cama
distinta de los demás enfermos si fuese posible.
En tales constituciones, se explican las tareas
del médico y se asigna su salario, siempre haciendo la precisión: cuando lo hubiere.
Este debería visitar los enfermos dos veces al día (8 a.m. y 3 p.m.), junto con el
mayordomo u otra persona que trabajara en el hospital, quien tomaría por escrito los
horarios y la comida que aquél mandare.
Se encuentran también disposiciones sobre el entierro de los pobres en el
hospital, sobre las visitas de las mujeres a los enfermos, sobre la condena de las
conversaciones y de las actitudes profanas y sobre las visitas religiosas. Pero sobre los
aspectos esenciales para la curación, sobre la disposición del espacio, sobre las dietas
alimentarias, no se encuentran más explicaciones[7]. Son estos últimos aspectos los que
aparecerán en los planes elaborados a finales del siglo XVIII, como el de Vargas, el cual
hace parte de otros redactados en la misma época en la Nueva Granada[8].
las constituciones de Vargas
El plan que se pretende estudiar fue presentado por Pedro Fermín de Vargas al
virrey Ezpeleta en 1790[9]. Vargas nació en San Gil en 1762, realizó estudios en el Colegio Mayor de
Nuestra Señora del Rosario de Santafé de Bogotá, ocupó el cargo de Oficial Primero de
la Secretaría del Virreinato, fue Corregidor y Juez de Residencia de Zipaquirá (entre
1789 y 1791), estuvo vinculado a la Expedición Botánica desde 1784, donde supervisó el
acopio de quina por sugerencia de Mutis. Fue, al decir de la mayoría de sus
contemporáneos, un sujeto de singular talento e instrucción y de
superiores luces. Uno de los personajes más lúcidos y temerarios de la
generación de la Independencia
[10].
En este documento, Vargas expone los aspectos que deberían tenerse en cuenta
para el referido hospital, que aún era un proyecto, es decir, se trata aquí de la
plasmación escrita de un ideal[11]. En este texto se hace visible también el hecho de que
buena parte de los funcionarios coloniales se convirtieron en agentes y difusores de las
ideas modernas en distintos ámbitos. Las ideas presentes en la legislación metropolitana
en este sentido, una vez en manos de los funcionarios e ilustrados locales, fueron objeto
de apropiaciones singulares, de reelaboraciones, de transformaciones y de refinamientos
varios. En la Nueva Granada, como en el resto de las colonias españolas, la modernidad se
extendió desde arriba, desde allí se expandió hacia otros sectores de la
sociedad, en una especie de táctica pedagógica para difundir las luces[12].
Se considerarán en especial los aspectos referidos al primer desplazamiento de
la noción de caridad hacia la de beneficencia, para sustentar filosófica y
políticamente la actividad hospitalaria; la cuestión del establecimiento de un personal
hospitalario; y la higiene y su relación con la medicalización del hospital.
En principio, vale decir que la transformación
de la institución hospitalaria fue uno de los problemas fundamentales que planteó la
circulación del ideario higienista, las nuevas concepciones en torno al sentido de la
asistencia y el aumento y la valoración de la población a finales del siglo XVIII. Hasta
esa época, para el mundo occidental, el hospital era más el lugar del pobre que el sitio
del enfermo.
El siglo XVIII marca la génesis del hospital
moderno. Es sólo entonces cuando tal institución comienza a transformarse en un espacio
exclusivo para la curación de los enfermos, aunque ella no se vuelva eficaz en estricto
sentido hasta los últimos decenios del siglo XIX, cuando la anestesia, la asepsia y los
descubrimientos de Pasteur anuncian, definitivamente, su nacimiento.
Fuera de esa corriente de pensamiento que sustentaba, desde un imaginario
científico específico, la transformación hospitalaria, existieron otras circunstancias
que rodearon la emergencia de tales proyectos, tanto en Europa como en América: el
aumento de la población y los fenómenos epidémicos. En la Nueva Granada, durante la
tardía colonia, los hospitales se vieron impelidos a afrontar la presión que creó el
aumento de la demanda de sus servicios, debido en esencia al crecimiento poblacional y a
la gestación de nuevos núcleos sociales urbanos. Igualmente, ante la recurrencia de los
fenómenos epidémicos, los funcionarios y las gentes se encontraron, la mayoría de las
veces, desprovistos de adecuadas instituciones de asistencia[13].
la misericordia secularizada
En el documento de Vargas están también presentes las ideas de la caridad y de
la moral cristiana sobre el socorro que los ricos y poderosos debían a los pobres y
miserables, y sobre cómo el Evangelio ordenaba el amor al prójimo; pero en una
perspectiva diferente a la de las constituciones del siglo anterior[14]. En su texto,
ello aparece mezclado con consideraciones de orden político según las cuales la desigual
distribución de las riquezas había creado entre los hombres una suerte de potestad
semejante a la de los amos para con sus esclavos, y que el imperio de los
ricos era más independiente porque estos últimos no estaban obligados a otorgar
ninguna protección hacia los pobres, cuyos servicios, sin embargo, exigían.
Así, expone que en medio de las relaciones de la vida social, debería haber una
balanza de igualdad entre las necesidades y los deseos que impulsan a otros a aceptar el
trabajo que se les ofrece; y señala la propiedad como la causante de todas las
dificultades para establecer tal igualdad. Por ello dice-, los abusos que cometen
quienes poseen el libre ejercicio de propiedad sólo podrían menguarse mediante la
obligación de la beneficencia, impuesta a voluntad soberana y en un espíritu
general de caridad recomendado a todos los hombres.
Aparecen allí entremezcladas dos nociones que justo en esta época comienzan a
diferenciarse: las de caridad y beneficencia. Vargas dice que el comportamiento caritativo
era el único capaz de amalgamar la libertad personal y las leyes de propiedad, y señala
el espíritu de beneficencia como la más esencial virtud, nacida esta última también
del sentimiento religioso.
En Vargas es posible observar también la vinculación entre responsabilidad
económica y posición social elevada, la cual fue muy estrecha durante los siglos XVIII y
XIX. La idea de que las clases altas tienen obligaciones con las inferiores, precede a la
idea según la cual el Estado debe tomar sobre sí la mayor parte de la asistencia
pública. Es en este sentido, que se sitúa la reflexión de Pedro Fermín de Vargas
sobre los hospitales para los pobres enfermos, lugares donde los príncipes y
señores de la tierra realizan su obligación de dar consuelo, seguridad, cuidados y
curación a los necesitados. El gobierno, al decir de Vargas, busca hacerse cargo de
alimentar y curar a sus hijos desvalidos, cuya subsistencia asegura el vigor y el
poder del Estado. Adoptando tal sistema de beneficencia y caridad anota-,
España había fundado hospitales bajo una multiplicidad de normas y constituciones. Esta
manera de relacionar la fortaleza de los hombres y el poder del Estado revela la
adherencia de Vargas, entre otras cosas, al credo fisiócrata, también
evidente en otros de sus escritos
[15].
Igualmente, se plantea el problema de la vitalidad física y del incremento
demográfico en una perspectiva económica y política: la actividad humana como fuerza
productiva de bienes y de riquezas[16]. El soberano no tenía sólo el derecho de intervenir en
la organización de los hospitales, tenía también el deber.
beneficencia, ella se convierte en sustantivo sólo en el siglo XVIII; antes
existía como adjetivo. El mérito de tal desplazamiento fue atribuido por Voltaire al
abate de Saint Pierre, moralista y político francés[17]. Es aproximadamente en 1760 cuando su uso
se empieza a generalizar, cuando la nueva virtud se pone de moda. Para el
abate de Saint Pierre, la beneficencia significaba simplemente cumplir con las buenas
obras, obras de educación y de misericordia como las de aliviar a los enfermos. Pero la
necesidad de crear una nueva palabra para denominar tal comportamiento se presenta por el
hecho de que, para él, la beneficencia no era pura y simple misericordia, era una
cualidad totalmente nueva: la más perfecta imitación de Dios, incluso
superior a la plegaria. Después de 1760, al ponerse de moda el término, no hubo tratado
de educación o de moral que no le hiciera elogios. Sin embargo, el sentido de la palabra
beneficencia no fue siempre el sugerido por el abate, pronto dejó de ser una acción para
convertirse en un sentimiento natural. La beneficencia pasará así a ser una
virtud laica, la misericordia secularizada[18].
El paso de la caridad, plena de connotaciones religiosas y pensada como deber de
obedecer a un precepto divino a la beneficencia, hija de la benevolencia, reviste también
un valor simbólico. Esta nueva noción se convierte en una máquina de
guerra filosófica contra la pobreza, la cual empieza a ser considerada ya no como la
sanción inevitable de la imperfección humana sino como una consecuencia de la
organización de la sociedad[19]. Este cambio en el vocablo expresa, asimismo, una visión
optimista de las posibilidades de acción del hombre contra la miseria. Tal idea estaba ya
presente en Vargas y en la mayor parte de la elite cultural neogranadina que se
manifestaba también, por ejemplo, en el Papel
Periódico de la ciudad de Santafé de Bogotá, donde se hacían severas críticas a
la caridad privada: al dar limosna a los pobres, se los convierte en vagos y holgazanes, y
se fomenta la mendicidad como forma de vida. La limosna debía redimir al pobre de la
limosna[20].
Todo esto hace parte, pues, de ese proceso de desacralización de la pobreza,
que pretende borrar su dimensión mítica y situarla en el terreno de los intereses
públicos
[21].
Vargas señala que el sentimiento de caridad
estuvo presente desde el principio de la conquista de América y se extendió por todos
los territorios españoles. Aunque tales fundaciones se hicieron -continúa-, sin tener en
cuenta los conocimientos más esenciales de medicina y política, razón que ha producido,
en ocasiones, más daño que provecho, habiéndose arruinado otros por descuido o
negligencia[22].
Las críticas formuladas contra los abusos y las condiciones deplorables de los
hospitales neogranadinos constituyen un lugar común en la época. La reforma del hospital
es objeto de diversos debates y es del terrible cuadro hospitalario de entonces de donde
saldrán los proyectos de reforma que poseen ya algunos elementos modernos
[23].
Pedro Fermín de Vargas consulta diversas personas versadas en tales materias con
el fin de reflexionar sobre la manera de evitar al futuro hospital del Corregimiento de
Zipaquirá, la triste situación de estas instituciones en otras provincias de la Nueva
Granada. Propone, pues, un plan cuyas reglas básicas se verán a continuación.
evitar la promiscuidad
Una de las necesidades que aparecen en este plan es la mejor distribución del
espacio. Vargas señala con énfasis la inquietud por la proximidad y convivencia de los
enfermos entre sí: Por repetidas funestas experiencias sabemos los grandes
inconvenientes que producen los hospitales, la inmediación de los enfermos, haciéndose
las enfermedades muchas veces incurables por este malísimo método. Por ello
sugiere la construcción de salas de enfermería con las dimensiones necesarias no sólo
para evitar la cercanía de los enfermos, sino también para proporcionar el debido
desahogo para su servicio y [para] que los dependientes puedan entrar sin embarazo.
En el mismo sentido, anota que sería necesario hacer una sala para cada sexo, una para
hombres y otra para mujeres.
Propone también el establecimiento de una habitación específica donde se
hallarían los enfermos desahuciados [una sala de desahuciados para hombres y
otra para las mujeres], con el fin de impedir, entre otras cosas, esa especie de ópera
corporal permanente que afectaba el cuerpo y el espíritu de los enfermos :
Nada es más triste para un enfermo como el oír
las voces y suspiros de un moribundo, y mucho más verle expirar a su lado. Para evitar
este inconveniente, que a muchos podría acarrear la muerte o acelerarla cuando menos, se
dispondrá de una pieza separada de las enfermerías en donde quepan 6 u 8 camas, y allí
se trasladarán los enfermos de las salas grandes que se hallaren desahuciados por el
médico
Expresa la conveniencia de instaurar dos salas, una para los enfermos contagiosos
y otra para quienes padecían enfermedades agudas no contagiosas[24]. Asimismo,
se establecería una determinada longitud de las ventanas para que el aire no se
corrompiera, las salas no tendrían comunicación unas con otras sino que el
aire se mandará por los corredores. Como se mencionó, en aquella época se
pensaba que en los lugares cerrados, donde el aire no era renovado de manera adecuada, los
sudores se acumulaban en lugar de disiparse, aumentando así la congestión y favoreciendo
las condiciones pútridas (patógenas). La idea dominante en aquel entonces, y desde el
medioevo, era que el contagio de una enfermedad de una persona a otra tenía lugar bajo la
forma de un miasma, comunicado mediante el aire[25]. Durante las épocas de peste se creía que
los apestados contaminaban el aire que los rodeaba; la teoría hipocrática,
redescubierta en Europa en el siglo XV otorgó un asidero sabio a la doctrina
llamada aerista. Según esta doctrina, el contagio se debía a una infección
de la atmósfera, explicada por las influencias malignas de la tierra; los vapores
venenosos, los miasmas salían de los pantanos o de las aguas estancadas o de los lugares
cerrados o aun de aquellos que albergaban cadáveres en descomposición. Ante estas
pestilencias los aeristas oponen una especie de medicina de los
olores, pues pensaban que la manera más simple de remediar una atmósfera
miasmática era poner el aire en movimiento; también era recomendada la utilización de
sahumerios y sustancias aromáticas, pues se consideraba que estimulaban la transpiración
y mitigaban el efecto de los venenos causados por el mal olor. Se creía que el perfume y
la ventilación purificaban, por acción del buen olor sobre el hedor, y por el hecho de
poner a circular el aire
[26].
Este afán por la aireación, la ventilación y la utilización de sahumerios era
cantilena de todos los manuales de salud de la época, algunos de los cuales leyó
probablemente Vargas, como el de Samuel Tissot, el de William Buchan[27], el de
Antonio Ribeiro Sánchez o el Antonio Pérez de Escobar[28]. La obra de Tissot, especialmente el Avis au peuple sur sa santé (1761), fue uno de
los más importantes tratados de medicina popular del siglo XVIII, y uno de los referentes
claves en este proceso de apropiación de las nuevas nociones de saber referidas a la
medicina, al problema del contagio, y a otros aspectos relativos a la policía médica en
la Nueva Granada durante tal periodo[29]. Este libro es una especie manual de información, que
intentaba otorgar datos útiles sobre el cuidado y la prevención de algunas enfermedades.
Su intención era permitir el acceso a un saber, informar e instruir; y es además
considerado el texto fundador de la medicina social[30]. Una buena
parte de los ilustrados locales (médicos, naturalistas, abogados, funcionarios,
clérigos, estudiantes y algunos aficionados)
[31], se refieren siempre a estos autores para seguirlos,
copiarlos, parafrasearlos, actualizarlos y citarlos como argumento, como referencia de
autoridad
[32].
Para Vargas, el objetivo de acabar con la promiscuidad debía cumplirse en primer
lugar en el lecho. Pregona la individuación, una cama para cada enfermo (se admitirían
32 enfermos, porque había sólo 32 camas); la separación por sexos (hombres y mujeres en
salas diferentes), y la separación de los enfermos en pabellones distintos, según la
naturaleza de su dolencia. El postulado relativo a la individuación del lecho
hospitalario tiene relación con un aspecto importante: es también durante esta época
que pretende llevarse a cabo la individuación de la tumba[33]. Este es uno de los tantos aspectos del
ascenso del individualismo, signo inequívoco del proceso de modernidad. Cabe aquí
señalar que la costumbre de acostar dos o tres enfermos por cama, que venía siendo
denunciada desde el siglo anterior, es reveladora de una concepción del hospital que no
es médica sino de caridad, de socorro a los pobres.
Esta norma en particular evidencia la idea según la cual la promiscuidad es la
causa fundamental del contagio (al separar los cuerpos se facilitaba también el control
de las emanaciones individuales). La acumulación humana, el hacinamiento en
distintos lugares venía siendo objeto de una inquietud acentuada durante el siglo XVIII.
La respiración de grupos de hombres en lugares confinados se juzgaba en extremo
peligrosa, pues ella y su mefitismo particular eran percibidos como
descomposición, el soplo era considerado un excremento.
Es posible ver también, en este deseo de separación, el sentimiento religioso
que pretende combatir los juegos y las tentaciones de la carne e impedir el contacto entre
los sexos. Algunos autores han señalado la articulación de tal regla con los intereses
religiosos de la institución, por su afán de hacer reinar un cierto orden moral y un
importante papel espiritual. Es preciso recordar que no es ésta una norma que aparece en
el siglo XVIII, pues estaba ya presente en algunas de las más tradicionales bases de
reglamentación hospitalaria de la historia de la Iglesia, como las establecidas en 1585,
junto con las disposiciones relativas a la instrucción religiosa y al establecimiento de
libros detallados sobre los enfermos que ingresaban al hospital; sin embargo, en el siglo
XVIII, con la necesidad de reforma de la institución hospitalaria, estas normas se
revitalizan y aparecen con una renovada fuerza.
Respecto a la cuestión de la instrucción religiosa, Vargas también menciona la
pertinencia de construir el hospital junto a una capilla, la capilla de La Luz en
Zipaquirá, pues no sería necesario construir otra donde los enfermos pudiesen escuchar
la misa desde su cama. Pero sí era indispensable abrir un pasaje entre capilla y
hospital, para que los enfermos oyeran misa en la capilla[34].
Otros aspectos relativos a la disposición espacial se refieren al
establecimiento de una cocina, una despensa, una ropería, una habitación para el
capellán y el administrador y un cuarto de botica.
personal del hospital: funciones y
jerarquías
Un punto importante de este ímpetu reformista, tanto en Europa como en la Nueva
Granada fue el deseo de reglamentar el funcionamiento del hospital de una manera más
clara y severa, y de anclarlo definitivamente en la escritura, la observación y la
vigilancia más detenida del enfermo. En este sentido, desde el inicio de su texto, Vargas
indica que no se debería entregar este hospital a ninguna comunidad religiosa, como era
común hacerlo
[35], sino que
tendría una administración colectiva; que estaría sujeta inmediatamente al
Virrey, y llevaría el nombre de Hospital Real de San Pedro.
En la germinal estructura hospitalaria habría tres grupos de trabajadores: el
personal médico, la administración y los empleados, que estarían regidos
por un principio burocrático esencial: la jerarquía. Entre el personal
médico estarían: un médico, un boticario, un enfermero, una enfermera. En la
categoría de los administradores estaría sólo un administrador. Y en la última
jerarquía de empleados se tendrían: una cocinera, una segunda para barrer y
asear, una lavandera, un capellán, un barbero (que haría también las veces de ropero y
despensero), y dos mozos (ayudantes de los enfermeros)
[36].
El administrador estaría encargado de todo lo relativo a la economía
hospitalaria, sería éste el cargo de mayor consideración, él debía cobrar
las rentas del hospital, llevar diaria relación de los gastos del mismo en un libro
con entradas y salidas que presentaría ante la junta que se estableciere para
vigilar el hospital, una vez por mes[37]. Contrataría la provisión de víveres a fin de asegurar
un buen precio; velaría sobre la conducta de sus dependientes y podría pedir cuenta de
la gestión de cada funcionario; tendría la facultad de despedir, previa autorización
del Corregidor, a quienes no desempeñaran su trabajo a satisfacción, y pagaría el
salario mensual de cada uno de los dependientes, exigiendo el correspondiente recibo del
pago; presentaría un estado de cuentas anuales a la junta encargada de vigilar el
hospital. En fin, tendría que llevar su gestión a buen efecto teniendo como principios
de acción la economía y la disciplina.
En cuanto al tema de la administración del hospital, Vargas proponía una
administración colectiva: el administrador estaría sujeto a una junta compuesta por el
Corregidor (en este caso el de Zipaquirá), los dos Alcaldes y dos vecinos de los
más honrados y celosos, nativos de allí y escogidos cada dos años de entre los ocho
representantes del pueblo. Tal junta sesionaría los primeros domingos de cada mes,
y cada uno de sus integrantes velaría por el buen cuidado del hospital y de los enfermos,
debiendo visitarlo intempestivamente algunas veces por semana. Tal tipo de juntas fueron
potenciadas por varios ilustrados, no sólo en España sino también en sus colonias, como
órganos administrativos mucho más racionales, eficientes y mejor sujetos a
la inspección. En ocasiones se ha dicho que su origen tiene relación con una suerte de
transacción que busca armonizar los intereses de los diferentes sectores sociales que
pretendían intervenir, entonces, en el control de la asistencia social.
De otro lado, era en torno a la figura del médico que comenzaría a girar la
actividad hospitalaria. El médico empieza a verse como una autoridad del saber, con la
obligación de realizar las visitas de rutina, supervisar los alimentos, vigilar la
naturaleza y las dosis de los remedios dados a los enfermos; separarlos según el tipo de
dolencia que padecieren, acudir a su llamado cuando lo necesitaren, incluso fuera de las
horas estipuladas para las visitas diarias. También debía ordenar al barbero-cirujano
las operaciones que éste ejecutaría; y asignar las dietas a los enfermos según el
estado de la enfermedad, su carácter y circunstancias. Se buscaba que la figura del
médico controlase todos los espacios del hospital.
El boticario tendría unas funciones claras, iría con el médico a visitar los
enfermos, llevaría relación de los medicamentos dados a cada uno de ellos, entregaría
al enfermero las medicinas para suministrar a los enfermos, y, en fin, estaría a las
órdenes del médico para lo que éste lo necesitase. El barbero-cirujano observaría todo
lo que el médico mandare en lo tocante a su facultad, y se encargaría de las
obligaciones concernientes al ropero, otorgaría los elementos necesarios a los enfermeros
para que acomodaran bien a los enfermos; supervisaría la actividad de la lavandera, y se
haría cargo de lo relativo a los víveres, entregando diariamente a la cocinera lo
necesario para la alimentación de todos aquellos que estuviesen en el hospital (tanto
empleados como enfermos). Este reglamento hospitalario no tiene en cuenta la fusión que
en aquella época comenzaba a operarse entre medicina y cirugía. Considerado inferior, el
cirujano debía atender obligaciones más pesadas que las del médico, por un salario
incluso inferior al del boticario
[38].
El capellán, por su parte, estaría encargado de todo lo relativo al culto y a
la vida espiritual de los enfermos, buscando mantener la tradición, legitimar el orden
hospitalario y moralizar a los pobres, esto porque se debía procurar que la estancia en
el hospital formase en ellos la vida piadosa, para que al volver al mundo,
fueran mejores cristianos. Además, celebraría cada año una misa de aniversario del
hospital donde haría particular mención de sus benefactores y exhortaría a todos a
hacer el bien por esta institución tan cristiana[39].
Los enfermeros (un enfermero y una enfermera) vivirían en un retrete[40] contiguo a
las enfermerías y vigilarían aspectos como la limpieza de las camas, las salas y el
hospital en general: lavado de instrumentos, barrido de salas, realización de sahumerios,
ventilación de las salas (abriendo las ventanas cuantas veces el médico lo viese
necesario), etc.
Los 32 enfermos que tendría el hospital darían poco trabajo al médico al
decir de Vargas-, pudiéndose éste dedicar con más ahínco al estudio y aplicarse
al conocimiento de las plantas indígenas y sus virtudes. Además, continúa,
el puesto de médico en el hospital de Zipaquirá sería un poderoso estímulo a la
aplicación de nuestra juventud a la medicina, si conseguimos que se establezca en la
capital una cátedra de esta facultad que hace tanta falta. Estos dos elementos son
fundamentales a la hora de comentar este plan, pues la mención del estudio de las plantas
nativas habla de los intereses de esta elite ilustrada neogranadina, de su deseo por
conocer los usos benéficos de las plantas del suelo propio y de ponerlas así al servicio
de los enfermos.
Se evidencia también el anhelo de instaurar una cátedra de medicina en
Santafé, ante la sorprendente carencia de facultativos idóneos, ausencia que traería
consigo estragos sensibles en la salud pública. Este aspecto se convirtió en una de las
quejas más reiteradas de la elite cultural neogranadina durante aquel periodo. Poco
tiempo después, y debido a que cada vez tal ausencia era más grave, el Virrey pide a dos
médicos de Santafé, Mutis e Isla, la elaboración de un nuevo plan de estudios médicos
para restablecer la cátedra de medicina del Colegio Mayor del Rosario, cátedra que no se
dictaba desde 1774. El primero de ellos fue redactado por Isla en 1804 y el segundo por
Mutis en 1805. Tales planes proponen una nueva manera de enseñar la medicina,
vinculándola con otras ciencias (la botánica, la química, la física) e introduciendo
el aprendizaje de la medicina clínica en la cabecera del enfermo[41].
Así pues, esta incipiente organización del espacio y del personal estaría al
servicio de una germinal disciplina institucional. En principio, cada individuo debía
tener su lugar; por eso se establecen sistemas para verificar el número de enfermos y su
identidad; se reglamentan sus idas y venidas, se les obliga a permanecer en sus salas; en
cada lecho se pone un número, se aísla a los enfermos desahuciados y a quienes padecen
de males contagiosos, las camas y los cuerpos se separan y, asimismo, la vigilancia
médica, aunque germinal, empieza a ejercerse sobre las enfermedades y los contagios; y
comienza a volverse solidaria de otra serie de controles: sobre los remedios, las
raciones, la alimentación, las dosis, las curaciones, las muertes. Así, posteriormente,
con el refinamiento de la disciplina y su consolidación en la institución hospitalaria
(siglo XX), el espacio administrativo y político se articulará a un espacio
terapéutico, que tiende a individualizar los cuerpos, las enfermedades, los síntomas,
las vidas y las muertes
[42].
rutinas hospitalarias: las ceremonias
cotidianas
En la mayoría de estos planes de reforma se ordena la vida hospitalaria, se
codifica el quehacer de sus funcionarios y se consigna por escrito la circulación de los
enfermos en registros de ingreso, de condición (estado civil, ocupación, sexo,
residencia), de muerte; se anotan las pertenencias del paciente, su número de cama, se
hace el depósito de sus ropas, etc. Pero, fuera de ello, se encuentran escrituras más
relacionadas con lo terapéutico, como los cuadernos de visita que deberían llevar los
médicos.
Sobre estas rutinas cotidianas dice Vargas: cuando un enfermo entra al hospital,
el capellán lo exhortará a que se confiese, y le administrará el Santísimo si el
médico lo señalare. En un libro rubricado anteriormente por el Corregidor y el Alcalde
de Primer Voto, relacionará el capellán el día de entrada de cada enfermo, su patria,
estado y condición, y asimismo el día en que el enfermo falleciese o saliese de la
institución. Luego, el enfermero recibirá, de manos del barbero, una cama, compuesta de
estera y colchones, además de dos sábanas, una almohada y una frazada. El barbero
deberá tomar el nombre del enfermo, el de la sala a la cual fuere conducido y el número
de la cama que le fuere asignada.
Cada día, muy temprano, los enfermeros limpiarían los vasos de los enfermos,
quitándoles lo más rápido posible aquellos destinados a las evacuaciones. Luego harían
las camas (se hacen dos veces al día, en la mañana y en la tarde), y darían de comer a
los enfermos; deberían asimismo barrer las enfermerías, ahumarlas con
incienso o con cualquier otro humo de planta aromática , y abrir las
ventanas varias veces al día con el fin de ventilar las salas.
Sería obligación del barbero, después, hacer recoger los trapos del hospital y
entregarlos a la lavandera para que ésta los lavara con la mejor lejía y
así soltasen toda la grasa, teniendo especial cuidado de no mezclar las sábanas de los
enfermos contagiosos, ni las de quienes habían sido tratados con unciones con las de los
otros enfermos, lavando las sábanas de cada uno de estos enfermos aparte. Una vez por
semana, la lavandera debería sacudir la ropa que estuviere a su cargo, para que no fueran
estropeadas por la humedad, las polillas o los ratones. La nueva intensidad de
la inquietud higiénica es uno de los pilares de las reformas hospitalarias, de allí la
recurrencia en la necesidad de observar varias normas de higiene cotidiana: limpieza y
aseo de camas, lugares, ropas e instrumentos (aún no hay ninguna prescripción sobre el
aseo corporal individual total), separación, ventilación, lavados diferenciados, con el
fin de conjurar el contagio. Esta reglamentación testimonia una concepción de la
limpieza que operó hasta principios del siglo XIX; hasta entonces la limpieza estaba
centrada sobre la ropa que se utilizaba, por eso se predicaba su cambio cada cierto tiempo
y se velaba por su blancura, ella no tenía nada que ver con el aseo del cuerpo en sí, ni
con la limpieza de la piel[43].
El médico visitaría a los enfermos dos veces por día, una vez en la mañana,
entre siete y ocho, y otra vez en la tarde, entre tres y cuatro, procurando establecer el
silencio y la quietud necesarios para la recuperación de los enfermos. Indagará con cada
enfermo sobre la calidad, cantidad y rigor de la alimentación recibida y de los remedios
suministrados. Firmará el cuaderno donde se asienta la relación de las raciones de los
enfermos, debajo de todas las partidas que mandare.
El acto de numeración de las camas es significativo, ello permitiría el
seguimiento diario del enfermo en cuadernos de observación, y haría posible seguir más
cuidadosamente su evolución, evitando los errores; en cada cuaderno, por ejemplo, se
consigna el estado del enfermo, el diagnóstico y la síntesis de las visitas efectuadas
en varias ocasiones, siempre bajo el control del médico.
El boticario entregaría al enfermero los medicamentos prescritos por el médico
con un rótulo donde se consignará el número de la cama, la dosis y el horario en el
cual deberá tomarlos. Al igual que el médico, tendrá que estar presente si algún
enfermo requiere de sus servicios por fuera de las horas estipuladas para las visitas de
rutina.
Esta reglamentación buscaba ser severa y coercitiva; intentaba establecer una
regularidad en los horarios de los enfermos y en las funciones de los empleados;
pretendía que las prescripciones médicas inspirasen mayor respeto, habida cuenta de lo
difícil que ello podría ser en un lugar de sociabilidad como el hospital, donde la
familia y los amigos venían a visitar al enfermo sin tener en cuenta las más mínimas
normas médicas. Respecto a esto último, anota Vargas:
no pocas veces sucede que el cariño indiscreto
de algunas personas, deudos y conocidos de los enfermos que duran en los hospitales, mueve
a llevarles algunos socorros alimentarios como aguardiente, chicha, etc., con dispendio de
su salud y recta convalecencia, es pues necesario interceptar y cortar este abuso con la
mayor vigilancia y cuidado, supuesto a que mientras no haya decadencia en mantener como va
dicho a los enfermos, no les puede restar queja ni necesidad de auxilios extraños. A este
fin se encargará seriamente a los enfermeros no dejen entrar a ningún individuo que no
sea la mujer o deudo muy inmediato del enfermo
medicalización alimentaria
El término medicalización alimentaria se explica por el deseo de hacer depender
toda la dieta del enfermo de las prescripciones y consejos médicos, este aspecto también
es evocado en el plan de Vargas. En principio establece un tipo de dieta para cada
enfermedad, así: dos dietas rigurosísimas para enfermedades agudas y continuas, dieta
rigurosa, establecida para el período de declinación de las enfermedades agudas y
fiebres continuas, dieta ordinaria o de media convalecencia, que deberá darse al enfermo
cuando éste ya no padezca ninguna calentura, con el fin de contribuir a su sólida
nutrición, dieta de convalecencia entera, sugerida para el tiempo de la primera
convalecencia y la ración ordinaria, que era la más común en los hospitales al decir de
Vargas, por cuanto era la prescrita a quienes padecían enfermedades de cirugía como
contusiones, heridas ligeras, obstrucciones y otras indisposiciones de poco
cuidado.
Se menciona la
necesidad de que enfermos como los gálicos (es decir, los sifilíticos) o
héticos (tuberculosos) tuvieran una dieta especial, diferente a las antes
mencionadas, pero ello quedaría siempre a discreción del médico. Igualmente se
establecería un horario para dar de comer a ciertos enfermos, quienes no se guiarían por
la dieta rigurosísima o rigurosa, sino que dependerían totalmente de la opinión del
médico. Una de estas dietas rigurosísimas se podría
componer [
] de dos o tres onzas de
arroz bien cocido y desleído en ocho o diez vasos de agua más o menos, según el Médico
ordenare, alterándolo con las hierbas suculentas medicinales que el genio de la
enfermedad pida y se prescriban conforme a ella, añadiendo en venticuatro horas una o dos
tacitas de panetela o gelatina de arroz o de maíz blanco que comúnmente llaman colada,
si fuere necesario según las fuerzas del enfermo y estado de la enfermedad. Siendo cosa
sabida que en la declinación de las enfermedades se debe alargar un poco más la mano a
esta dieta que en su principio, aumento y estado
A los otros se les debería suministrar alimento de la siguiente manera: el
desayuno entre las seis y las siete de la mañana, la comida de las once y media en
adelante, y la cena exactamente a las siete de la noche; de no llevarse a cabo tal
reglamentación en la dieta, se originarían varios inconvenientes, todos ellos
perjudiciales a la salud.
Sobre la cuestión de las dietas hospitalarias, la influencia de los manuales de
salud de la época sobre todo del de Tissot, es innegable. En su Avis au peuple, Tissot consagra una buena parte
de los capítulos a sugerir dietas para las enfermedades, en cada una de sus fases
(algunos alimentos debían darse al comienzo de la enfermedad, otros al final, y otros
durante el periodo de convalecencia); así, es posible ver allí un régimen alimentario
singular para las enfermedades agudas, para la pleuresía, el reumatismo, la viruela, la
rubéola, las fiebres pútridas, los cólicos, etc. Tissot sigue un procedimiento
particular, en cada capítulo hace mención de la receta necesaria para cada dolencia,
cada receta es enumerada, y al final del libro, en la table des remèdes, aparece la descripción de cada
receta según el orden numérico, con sus dosis y algunas anotaciones adicionales. Algunos
de los alimentos y preparaciones que aparecen pudieron haber sido tomados de allí por
Vargas, pero otros fueron objeto de cierta adaptación a las particularidades climáticas
y gastronómicas locales.
la cuestión de las rentas
Las rentas con las que funcionaría el hospital fueron asimismo objeto de
estudio. Los indios contribuirían anualmente con una cantidad proveniente de la caja de
comunidad, se contaría también con los medios novenos de los diezmos de todos los
partidos, que era la cantidad destinada por la ley para el sostenimiento de los
hospitales; se solicitaba además una cantidad a la Real Hacienda, pues ello se emplearía
para el bien de un pueblo que contribuye todos los años con cerca de 50000
pesos. Vargas pensaba que era muy probable ganar las limosnas, mandas y
legados de las gentes acomodadas de la región.
La administración de las rentas no se haría concurriendo a un síndico, pues la
experiencia había mostrado cuánto decaían las rentas al someterse a tales tratamientos.
Las limosnas y legados (en cualquier especie de bienes) se convertirían en dinero que se
depositaría en las cajas reales a censo, pues ello otorgaba seguridad en su cobro, no
importando si era menor del corriente. Tal procedimiento, a juicio de Vargas
evitará las pérdidas del fondo del hospital, pleitos costosos, y proporcionará
una administración sencilla y clara.
Como los indios de Zipaquirá y Nemocón concurrían con una cantidad
considerable al sostenimiento del hospital, serían admitidos con preferencia a los de
otras regiones, siempre y cuando trajeran certificación de un cura o de una persona
conocida, atestiguando sobre su estado de indigencia. En defecto de éstos, se admitirían
indios provenientes de otros pueblos comarcanos y, por último de
los blancos zipaquireños, quienes, asimismo, debían hacer constar a la entrada su estado
de indigencia.
*
* *
Así pues, este documento testimonia la apropiación, por parte de un
ilustrado perteneciente a la elite cultural neogranadina, de algunas ideas
relativas a la salud y la asistencia hospitalaria, realizada a partir de una política
metropolitana que preconizaba el aumento de la población y valoraba el cuidado de una
vida sana y productiva como condición sine qua non
de la prosperidad y la felicidad públicas. Refleja también la presencia germinal de una
noción moderna de la institución hospitalaria: la aparición del médico como autoridad
de saber y, por ende una prístina ambición terapéutica, que se aleja de los simples
fines caritativos que habían presidido su fundación. De otro lado, en él se hacen
visibles aspectos de la nueva sensibilidad frente al olor y a las emanaciones corporales
que fundamentarán nuevas prácticas y creencias médico-higiénicas, en un movimiento
completamente contemporáneo al europeo.
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