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No hay indicador más importante del carácter de una
sociedad que el tipo de historia que escribe o deja de escribir.
Edward Carr
1. Lo híbrido como punto de partida
En la revista Universidad del 28 de julio de 1928 hay un artículo de Baldomero Sanín
Cano titulado La biografía en Colombia; el crítico examina algunas novedades
biográficas de su época, entre ellas la aparición de un diccionario de biografías de
colombianos ilustres. En su atento examen, Sanín Cano se percató de las variedades
posibles de biografías y de la caprichosa selección de los individuos dignos de ocupar
lugar en el diccionario, lo cual decía más de las fidelidades del biógrafo que de las
características de sus biografiados. El ensayista detectó, para su momento, dos tipos de
biógrafos: aquellos que no se preocupaban por escribir regidos por un sustento documental
y que gozaban de una amplia libertad imaginativa, con procedimientos narrativos cercanos a
la novela, aquellos cultores de los pequeños detalles como Marcel Schwob y André
Maurois; y aquellos otros apegados juiciosamente a los documentos sin despreciar las
virtudes de una buena narración, como sucedía con su amigo, el hispanista James
Fitzmaurice-Kelly, quien acababa de publicar una biografía del autor del Quijote. De esta
manera, creo, Sanín Cano percibía en su momento ese carácter liminar que siempre ha
distinguido a la biografía, que puede arrastrarnos tanto al mundo de las ficciones como
al mundo de las reconstrucciones históricas; y también nos anunciaba que la biografía,
según su juicio, debía ser una mezcla afortunada de una escritura entretenida y del
riguroso sustento de las fuentes documentales
(3)
.
El ya lejano diagnóstico de aquel texto conserva su vigencia; de hecho, son muy pocos los
ejercicios nuestros de reflexión sobre ese incómodo género que oscila entre el
divertimento literario y los rigores de las ciencias sociales. Lo que advirtió Sanín
Cano no es extraño para nuestra época en la que, se supone, hay un cierto auge editorial
y académico aunque lo uno no sea compatible con lo otro- de escrituras biográficas
y autobiográficas de calidades, resultados, procedimientos e intenciones muy diversos.
Por eso, tal vez, cualquier discusión contemporánea sobre la pertinencia o importancia o
validez o eficacia o belleza de la biografía necesita un punto de partida que nos permita
salir en búsqueda de alguna certeza.
Según una literatura cada vez más abundante y reiterativa, podríamos concluir que el
único consenso en las ciencias sociales contemporáneas es que no existe ningún
consenso, que vivimos esa llamada crisis posmoderna con su caos y confusión inherentes,
con su amoralidad metodológica que se traduce en el todo vale. Estamos de
acuerdo en que no hay ningún acuerdo, coincidimos en que hay muchas divergencias, muchas
posturas e imposturas. Desde el empirismo más primitivo y fácil hasta las
sofisticaciones conceptuales en apariencia más impertinentes. El punto de partida puede
ser, visto de ese modo, muy detestable y quizás no augure grandes cosas en el trayecto,
pero al menos permite decir que lo que hacemos algunos historiadores y otros científicos
sociales pertenece, según la constatación, a un tiempo de crisis de paradigmas, a una
mezcla, a la vez estéril y fecunda, de escepticismo y cinismo.
Es probable, pues, que el empleo cada vez más frecuente del recurso biográfico en la
investigación histórica y en otras ciencias sociales haga parte de ese amplio espectro
de divergencias, de posibilidades metodológicas que no obedecen a un consenso nuevo o,
más bien, que es una de esas tantas dispersiones promovidas por una eclosión de temas y
problemas o, ese puede ser nuestro caso, el retorno a viejas modalidades narrativas que,
por alguna razón (o por muchas razones), ha recobrado su importancia. Uno de los tantos
observadores y a la vez promotores de los replanteamientos en las ciencias humanas hablaba
de la restauración del papel del individuo
(4)
.
Es evidente que ahora hay una saturación de formas de escritura concentradas en la
singularidad del individuo o en las intimidades del yo. Biografías, autobiografías,
memorias, confesiones, biografías noveladas; todo ello parece hacer parte de un vuelco
narcisista muy propio de los tiempos contemporáneos o de la necesidad de cuidar de sí
mismo en público, de expiarse y explicarse ante los demás. A eso se le agrega el aporte
consuetudinario de la televisión en la narración y exaltación de vidas o estilos de
vida; desde la juiciosa y justa crónica sobre un artista local olvidado, sobre un viejo
intelectual en uso de buen de retiro, sobre un digno campesino desplazado, hasta las
triviales notas faranduleras que hacen el frívolo autorretrato de nuestra clase media.
Es posible que estemos experimentando, como lo diría un atento historiador para otros
tiempos, un giro individualista, un retorno a la pura individualidad
(5)
que delata una puesta en crisis de modelos de
cientificidad y que transgrede las divisiones territoriales de las ciencias sociales. Es
posible que sea una reacción desencantada ante la ruina de las utopías de la vida en
común. Es posible que ante la ausencia de soluciones en nuestro presente, añoremos
nombres propios que nos evocan trayectorias intelectuales o políticas aparentemente
coherentes y ejemplares. No podrá sorprendernos entre tantas posibilidades que el lúcido
historiador profesional redescubra que la biografía sirve para exonerar de culpas, para
cumplir, como en remotos tiempos del oficio, la tarea de juez o de abogado defensor
(6)
. Estamos, en todo caso así parece, ante un
viejo género revitalizado que permite plantear de nuevo, pero quizás con elementos
teórico-interpretativos más consistentes, el problema de lo acontecimental y narrativo
o, ese otro clásico dilema de las ciencias sociales, el papel del individuo en los
procesos históricos.
Pero prefiero arriesgar algo más que esta constatación para explicar la inclinación que
hemos tenido algunos historiadores e investigadores sociales en Colombia por la escritura
biográfica. Creo que es necesario remontarse a una tradición híbrida en la que está
inscrita el ejercicio biográfico, hibridez en el desarrollo de nuestras ciencias sociales
e hibridez propia de un género de escritura que ha tenido oficiantes de muy variada
estirpe, desde el investigador social hasta el escritor cuasiprofesional que ha hallado en
la biografía su género predilecto y la ha cultivado con relativo esmero y con también
relativo reconocimiento editorial. Oficio compartido por artistas e historiadores, la
biografía no pertenece ni ha pertenecido a plenitud a los consensos y paradigmas de los
recetarios universales de buen comportamiento epistemológico. Su adopción en los medios
académicos universitarios ha sido más bien tardía y recelosa, adobada por algún gesto
de conmiseración o de resignada aceptación. Sospechosa para unos, también aparece como
sugestiva y necesaria para otros. Unos la desprecian y la asocian con esa vieja práctica
de historiadores anclados en la romántica visión de los grandes héroes, de
historiadores de dudosa condición que se han esforzado por construir monumentos mediante
relatos hiperbólicos sobre las supuestas gestas de unos individuos relacionados con hitos
fundamentales en la construcción del mundo republicano. Otros la conciben como una etapa
en la evolución de la historiografía contemporánea, la asocian con una manera de
abordar los problemas de la libertad y la trascendencia del sujeto en los procesos
históricos; no la adoptan como esa vieja narrativa ampulosa, plagada de
anécdotas que edifica leyendas y que es pobre en explicaciones, sino como una solución
argumentativa y bien documentada para entender la relación entre el individuo y los
sistemas normativos generales.
Unos cuantos ejemplos de la trayectoria de la biografía en Colombia durante el siglo XX,
nos permiten encontrar variaciones semejantes o más matizadas aún que las que halló en
su época Sanín Cano. Sin duda, son muy diferentes las conocidas biografías de Indalecio
Liévano Aguirre de lo que hizo el profesor Herbert Braun en su estudio sobre Jorge
Eliécer Gaitán. Unas omiten deliberadamente la descripción de las fuentes que sustentan
el estudio, otras las incluyen minuciosamente en el transcurso de sus textos. Unos
intentan fracturar la linealidad temporal con giros de sabor novelesco; Walter J.
Broderick, por ejemplo, se esfuerza por no comenzar por el comienzo; otros adoptan el
camino clásico de partir desde los determinantes antecedentes de la familia del
biografiado hasta la batalla final con la muerte. Las variaciones se incrementan en la
selección del personaje biografiado o en el grado de exhaustividad o de fragmentación
del enunciado biográfico. Algunas biografías son escritas por herederos o albaceas de la
memoria del individuo elegido y suelen derivar en monótonas hipérboles; otras, en
contraste, hacen del personaje, alguien que en apariencia no tuvo un gran relieve
decisorio, un simple vehículo para conocer ámbitos políticos o intelectuales donde
habitó ese individuo
(7)
. Los relatos de Alfredo
Molano suelen ser interesadamente fragmentarios y matizados por la visión del mundo de un
sociólogo que permite hablar, a su manera, a la Colombia rural. Algunas biografías
tienen dificultades notorias para establecer significativas relaciones -si acaso las
establecen- entre el individuo y el contexto normativo que lo determinó; otras parten de
la preocupación sustancial por entablar el diálogo entre el individuo y su contexto.
Para unos, la biografía es una sumatoria de anécdotas guiadas solamente por la
cronología y con la única certeza de que el chismorreo tendrá que morir con la
extinción del personaje; para otros, es imprescindible un modelo interpretativo que
permita entender el conjunto de esa vida y las facetas precisas de su trayectoria,
dándole a cada detalle su lugar apropiado en el universo de la obra. Unos habrán leído
a Marcel Proust, otros a Max Weber
(8)
; otros
más exigentes con el género habrán hecho una mezcla entre el disfrute de unas cuantas
novelas y el manejo cabal de conceptos antropológicos o filosóficos o sociológicos.
Aún más, la fructífera mezcla de todo ello parece imponerse ante los desafíos de un
género tan ecléctico.
La inclinación reciente por la biografía, los giros personales de algunos colegas en sus
trayectorias investigativas, que incluyen un acercamiento al plano del concreto, singular
y accidental individuo, hacen parte, insisto, de una híbrida condición de nuestra
evolución historiográfica que pasa, además, por la híbrida índole del género
biográfico mismo. La biografía procede, en nuestro medio, de unas formas tradicionales
de representación discursiva de los hechos históricos que concebía a determinados
individuos como unos arquetipos productores y gestores de nuevas realidades. Pero también
podríamos afirmar que en nuestra práctica biográfica también se halla cierta inquietud
que se aleja de los conservadores principios de heroicidad; si nos detenemos en el nombre
de Alberto Miramón, autor desigual y prolífico, encontraremos que en la misma Academia
Colombiana de Historia hubo una especie de disidencia que prefirió el estudio de
personalidades que, como diría aquel biógrafo, les fue dado vivir en la penumbra y
fenecer en la sombra, precisamente en una época que, decía él, no le place
que le hablen de seres sin aristas heroicas
(9)
.
Con fecundas inclinaciones por el componente psicológico de los individuos, Miramón
escudriñó las vidas de seres nada ejemplares y pareció haber aplicado en la biografía
el hallazgo del anti-héroe de la novela del siglo XX o los aportes del psicoanálisis.
El extinto profesor Germán Colmenares fue, tal vez, el principal responsable de la
aversión que los historiadores profesionales han sentido hacia el género biográfico.
Muchos sabemos que Colmenares fue el historiador colombiano que mejor empleó, para su
momento, sus refinadas y actualizadas herramientas interpretativas en el análisis del
discurso historiográfico hispanoamericano del siglo XIX y ese análisis incluyó un
desciframiento del molde biográfico que emplearon algunos historiadores de aquel siglo
(10)
. Ese examen, adelanto, todavía es vigente
no tanto por su soledad -nadie lo siguió en el esfuerzo- sino porque caracteriza con
agudeza las intenciones de quienes acudieron a ese género. Más vinculado con las
enseñanzas del estructuralismo de Annales, Colmenares, a la hora de morir, apenas estaba
intuyendo el retorno o asunción de alternativas metodológicas que buscaban sacudir la
tiranía impersonal de los estudios de larga duración. Sólo en tiempos más próximos,
algunos de sus alumnos se han animado a desafiar la obsesión por las estructuras para
declarar que en el estudio del papel de los individuos pueden hallarse explicaciones
relevantes sobre la conflictiva historia de Colombia
(11)
.
Los historiadores colombianos inscritos en la llamada nueva historia, quienes
se formaron y se consolidaron en las pautas del marxismo y del estructuralismo, vieron en
la biografía un divertimento insustancial que merecía arrinconarse en nuestra
anquilosada Academia de Historia o en nuestro Instituto Caro y Cuervo, donde muchos de sus
miembros seguían -y siguen- construyendo el inflamado epos patriótico -en palabras
del mencionado Colmenares- en torno a actores que desarrollaban una acción casi siempre
ejemplar
(12)
. Los antecedentes de la
práctica biográfica en Colombia no resultaban muy llamativos para los historiadores que,
desde la década de 1960, han intentado legitimarse socialmente gracias a la aplicación
de modelos metodológicos que les garanticen un sólido estatus de cientificidad. Además,
las novedades en las corrientes historiográficas, por ejemplo la puesta en boga de la
historia social, consagrada por Annales como la superación de la historia episódica
concentrada en individuos y acontecimientos, acrecentaron el abismo entre los
historiadores forjados en los rigores universitarios y los pobres aportes de la biografía
tradicional. El interés por los movimientos o grupos sociales, por lo masivo y colectivo,
dejó aún más al margen las intenciones esporádicas de estudiar seres humanos concretos
que poseyeran algún hipotético rasgo singularizador. Tanto así que aún hoy es posible
que entre colegas la biografía sea mirada de soslayo porque, dicen algunos, eso es
un asunto de literatos, de escritores, completamente ajena a la historiografía,
lejana de sus problemas y de sus procedimientos.
No es extraño, por tanto, que la biografía no tenga unos dolientes conceptuales. En los
variopintos congresos de historia en Colombia aún no se ha evaluado el aporte del género
y los especialistas en balances de la disciplina historiográfica omiten el examen de esa
variante en las formas de escritura de la historia. Eso no habla solamente de los
caprichos de los autores de esos balances, también exhibe la renuencia a legitimar el
recurso de la biografía, a pesar de que sean cada vez menos insulares los trabajos
monográficos de estudiantes o los proyectos de investigación de profesores que conciben
la aventura, relativa, de escribir una biografía. Y, en términos editoriales, las
biografías escritas en el mundo universitario están más bien sometidas a quedarse un
buen tiempo en el cuarto de San Alejo. Se impone, entonces, la tarea de iniciar el examen
de un recurso de investigación y de escritura que se ha debatido entre adhesiones y
repulsas.
2. Tradición y novedad
Ya lo he dicho, la biografía tiene sus adeptos y sus detractores, los unos y los otros
igualmente respetables. La biografía padece o disfruta una condición incómoda y, por
tanto, está sometida a la ambivalencia. Pertenece a la tradición y a la novedad. Puede
indicar el regreso a una vieja concepción sobre el predominio de los grandes individuos
en la historia, pero también puede ser una de las tantas alternativas contemporáneas en
la investigación histórica. Parece indicar un retorno a una historia conservadora y
también insinúa una renovada mirada sobre la singularidad del individuo y sobre la red
de relaciones a la que fatalmente pertenece. Hace parte esencial de un supuesto retorno a
un viejo universo narrativo que muchos ya habían desahuciado y, a la vez, hace parte de
novedosas aventuras individuales en las trayectorias de reconocidos investigadores. Para
la literatura es como una hijastra detestable que merece pertenecer al mundo de los
historiadores, al de esos seres que por falta de imaginación y de talento necesitan leer
documentos para poder contar algo; pero éstos, también molestos y presuntuosos, la ven
como una práctica vulgarizadora y divulgativa agobiada por licencias de ficción que
ponen en tela de juicio el estatus científico de la disciplina histórica. Otros, más
generosos, dicen que el verdadero historiador tiene que afrontar por lo menos alguna vez
los retos de la escritura de una biografía. Bastarían, para el halago, las siguientes
palabras de Georges Duby: Para mí la biografía, uno de los géneros históricos
más difíciles, es quizá, al mismo tiempo, el más apasionante
(13)
.
Las valoraciones son disímiles. Unos la enajenan y dicen que es un género solitario que
ha hecho su particular camino, que es un sistema aparte que ha llevado su
curso separado con la intervención de escritores que no eran
historiadores. Aún más, las preguntas del biógrafo -dice uno de ellos- han sido
tradicionalmente preguntas extrañas al interés del historiador
(14)
. Otros perciben que los actuales ejercicios biográficos
hacen parte de un lamentable regreso al uso de géneros tradicionales y, más
tajantemente, consideran que es un retroceso de la historia...hacia la
literatura
(15)
. A esta opinión se le
puede agregar la desconfianza ante el presunto escapismo narrativo que podría
ofrecer la biografía; una falsa solución fundada en una forma narrativa
tradicional que escatima las urgidas visiones globales, totalizantes, según el parecer de
Josep Fontana
(16)
. Pero al mismo tiempo, los
historiadores contemporáneos que han sido seducidos por los encantos biográficos acogen
el género porque les permite plantear preocupaciones fundacionales de la disciplina
histórica
(17)
. Uno de ellos, por ejemplo, la
adoptó reconociendo su inicial extrañeza y su prevención ante ese género demasiado
popular, muy exitoso editorialmente en Francia y peligrosamente inclinado a las buenas
maneras estilísticas que, muchas veces, el historiador repudia. Me refiero al
significativo y reciente giro biográfico de Jacques Le Goff con su Saint Louis; inédita
experiencia en su trayectoria que terminó por convencerlo de que la biografía es
una manera particular de hacer historia, de que la biografía enfrenta hoy al
historiador con los problemas esenciales. Del temor, el historiador francés pasó
al entusiasmo necesario para justificar este salto hacia un género tradicionalmente
invadido por los novelistas y, según sus palabras, despreciado por los
historiadores
(18)
.
Es preciso reconocer que los historiadores hispanoamericanos, en la valoración juiciosa
de José Luis Romero, le dieron un temprano recibimiento a la biografía como una forma
historiográfica que no era superior ni inferior a otras
(19)
.
Comunidades de historiadores más recientes le han ido otorgando a la biografía virtudes
metodológicas muy variadas y le han ido adjudicando un lugar preponderante. Desde la
década de 1980 se pueden rastrear coloquios o encuentros con sus respectivos ensayos y
ponencias que anuncian o sirven de corolario para una aventura biográfica. Giovanni Levi,
el autor de La herencia inmaterial, una historia de un exorcista piamontés del siglo
XVII, ya había advertido el auge de la biografía en los canónicos
territorios de la historiografía europea durante ese decenio
(20)
.
En medio de la crisis de paradigmas, la biografía se fue volviendo un lugar de encuentro,
sobre todo para la literatura y la historia. Además, al lado de la biografía, en los
últimos veinte años se ha ido conformando una crítica especializada en torno a la
escritura autobiográfica que, a su vez, algunos la han entendido como una pariente muy
cercana de la biografía. Al fin y al cabo, la una y la otra se dedican al intento de
reconstruir una conciencia individual. En definitiva, la inclinación biográfica, su
recepción en la disciplina histórica de los últimos años no es un asunto espontáneo e
improvisado; parece obedecer a un paulatino recogimiento, a un retorno bien meditado sobre
un género tradicional pero esta vez con el amparo de otros recursos interpretativos, con
otros métodos de indagación, con otras miradas sobre el carácter de las fuentes, con
otras intenciones y, por supuesto, con otros problemas. Todo eso apenas obvio si aceptamos
que el historiador contemporáneo es un ser mucho más consciente de los ardides de su
oficio.
No debe desdeñarse que los antropólogos, tal vez menos expuestos a los prejuicios
cientifistas de los historiadores, tal vez más osados y menos inseguros, se han
preocupado por examinar los usos y variedades de la biografía. Han examinado las
semejanzas y diferencias entre la biografía y la historia de vida y, además, han
comprobado la validez de los cruces y aportes interdisciplinarios de lo biográfico. Para
la antropología, biografía e historia de vida son corrientes y necesarios métodos de
investigación, formas de apropiación de información indispensables para todas las
ciencias humanas e, incluso, para las ciencias médicas
(21)
.
Los campos de impacto que la antropología le concede a la biografía como método que nos
documenta sobre un individuo no son nada despreciables y trascienden sobre esa mezquina
preocupación que un sector de la historiografía contemporánea exhibe para desterrar de
su frágil dominio cualquier práctica que no huela a racionalidad o a cientifismo.
Precisamente, la biografía asoma como una especie de solución en que se encuentran y se
complementan, como diría alguna vez Blas Pascal, el espíritu de fineza y el espíritu
geométrico.
En el campo de la sociología bastaría evocar los nombres de Alain Touraine y Pierre
Bourdieu para hallar, en el uno, el llamado a un retorno del actor, del sujeto, como
representación de la capacidad de los hombres para liberarse, a la vez, según Touraine,
de los principios trascendentes y de las reglas comunitarias. En el profesor Bourdieu, en
contraste, se halla una de las críticas más contundentes al recurso de la biografía,
señalando sus defectos esenciales como relato que parte de una ilusoria coherencia o
perfección de las trayectorias de los individuos
(22)
.
Pero creo que el aporte de la sociología es más variado y depende, en buena medida, de
la recepción de determinados métodos y tendencias en la interpretación de productos
simbólicos de todo orden. Permitiéndome la licencia de acudir a mi modesta experiencia
de biógrafo, creo que puedo dar testimonio del influjo de las reflexiones metodológicas
de Mijail Bajtin para formular una rutina de investigación biográfica a partir de
procesos primitivos de compilación de obras completas de algunos autores nacionales. El
análisis y la interpretación de esas obras a la luz del estudio de la vida del autor y
de los determinantes de la época o de las épocas en que se produjo la totalidad de esas
obras, han sido un fruto injerto en que se han mezclado, por ejemplo, la lectura del autor
de la Estética de la creación verbal -de quien es preciso evocar aquella premisa
aterradoramente elemental según la cual donde no hay texto, no hay objeto para la
investigación y el pensamiento en las ciencias humanas
(23)
-
y los aportes de la sociología de la creación artística en versión de, también por
ejemplo, Lucien Goldmann, para quien era inevitable explicar una obra individual apelando
al trayecto vital del individuo creador y a la visión del mundo del grupo social
específico al cual pertenecía ese intelectual o ese artista
(24)
.
A esto se le podría añadir los aportes de las teorizaciones literarias que escaparon del
inmanentismo estructural que despreciaba cualquier información que estuviera por fuera de
los signos contenidos en el texto literario o en la obra artística. El memorable estudio
de Bajtin sobre la obra de Rabelais y los ensayos de Roland Barthes sobre Racine abrieron
las puertas del recurso biográfico como elemento interpretativo de obras y trayectorias
individuales en relación con un entorno histórico-cultural.
La recepción de la biografía en el dominio de la historiografía profesional de las dos
últimas décadas ha tenido sus respetables resistencias. Los defensores de lo estructural
y macro-histórico ven muy pernicioso ese entusiasmo por lo accidental, por lo singular,
por lo íntimo aparentemente desconectado de contextos más amplios. También piensan que
es una concesión fácil a las formas elementales del relato y el desprecio de estrategias
argumentativas y explicativas en el discurso historiográfico. El visible remanente
positivista que exhiben algunos autores de libros sobre la teoría y el método en la
investigación histórica se manifiesta en una tajante condena del recurso biográfico y
de cualquier intención narrativa actual, con excepción de las exigencias mínimas
procedimentales que todo historiador afronta al tener que contar algo. Para algunos de
esos autores es imposible regresar a la vieja historia narrativa después de
la larga y afortunada experiencia de la historia estructural que predominó durante buena
parte de la historiografía del siglo XX
(25)
.
Incluso quienes han sido conocidos por formular explícitas invitaciones a regresar a la
historia narrativa, como es el caso de Lawrence Stone, agregan la salvedad de que no
sugieren ni defienden el retorno a los viejos historiadores narrativos, los biógrafos,
sino a una forma de historia narrativa conectada con las novedades que, en su momento,
correspondían al surgimiento de temas en la historia de las mentalidades
(26)
.
Quienes temen que el consistente edificio del estructuralismo construido por la escuela de
Annales se pulverice con la supuesta reivindicación biográfica del individuo, nos hacen
recordar la polémica entre Isaiah Berlin y Edward Carr, cuando este último se refería
despectivamente al prejuicio biográfico y propugnaba por una historia más
impersonal como garantía de una historia más científica. Esa dicotomía, tenazmente
discutida por Berlin, entre los extremos dogmáticos del determinismo que le otorga nula
importancia al ser humano en el proceso histórico y de aquel otro que le confiere una
desmesurada trascendencia al papel transformador de unos cuantos individuos, se vuelve
vigente en esta puesta en crisis de las ciencias sociales, no sólo de la disciplina
histórica. A quienes, como Carr, merecerían ahora que se les señale como positivistas
tardíos, es necesario recordarles que el estructuralismo de Annales contempló, de todos
modos, y en ejemplos muy valiosos, la posibilidad de tratar al insignificante individuo
con la consecuente apelación a las formas de un predominante discurso narrativo
(27)
.
Hay que recordar el llamado casi exasperado de Lucien Febvre, autor de dos memorables
trabajos que colindan con lo biográfico, por retornar a los hombres, a esos olvidados
hombres solos de ciertos textos de historia. Marc Bloch, menos emocional que
su amigo, también consideró en sus reflexiones la importancia de las conciencias
individuales cuando afirmaba que el objeto de la historia es esencialmente el
hombre. Mejor dicho: los hombres
(28)
.
Mientras tanto, Fernand Braudel está expuesto como el más empecinado y fructífero
estructuralista de la escuela de Annales. Pero en su polémica con el Jean-Paul Sartre que
se había dedicado a escribir biografías, Braudel dejó escapar su aprobación del
relativo aporte del estudio de la vida de un individuo. Es más, gracias a este
historiador podría entenderse, en parte, la manera como la biografía contemporánea
asume su tarea. Para el autor de El Mediterráneo, la biografía estaba fatalmente
asociada a la despreciable historia de los acontecimientos, pero comprendía, y he ahí lo
relevante de su apreciación, que el estudio de un caso concreto, individual, no podía
desconectarse de estructuras más amplias que cobijan y ayudan a explicar ese caso. Vale
la pena citar completa la iluminadora observación de Braudel en su debate con Sartre:
Estoy enteramente de acuerdo en que no se habrá dicho todo cuando se haya
situado a Flaubert como burgués y a Tintoretto como un pequeño burgués;
pero el estudio de un caso concreto -Flaubert, Valéry, o la política exterior de los
girondinos- siempre devuelve en definitiva a Sartre al contexto estructural y profundo
(29)
.
Por tanto, la biografía entendida así debe estar metodológicamente situada, relacionada
en una dinámica conversación entre acontecimiento y estructura. No es la rigidez y la
soledad del accidente individual lo que debe quedar circunscrito a la biografía, sino la
conexión de ese accidente, de esa singularidad, con los procesos generales a que
pertenece esa vida.
Así, pues, la biografía, hoy, ha tenido en su contra a aquellos que creen que corremos
el riesgo de regresar a los grandes héroes de Carlyle o a los hombres representativos de
Emerson. Temor relativamente fundado de volver a una romántica y excesiva idea de la
importancia del individuo o, peor, de ciertos individuos en el proceso histórico.
También cuenta con la enemistad de quienes piensan que el cánon de cientificidad
sustentado en el estructuralismo se evapora en ocupaciones acontecimentales y que el
discurso histórico se trivializa con el relato lineal y cuasi literario que deja a un
lado la argumentación y la demostración. Mientras tanto, sus defensores y nuevos
oficiantes se preocupan por presentar una idea más matizada y problemática del individuo
biografiable. También encuentran en la biografía una puesta en cuestión del problema no
resuelto de la relación entre determinismo y libertad, entre destino individual y sistema
social con sus normas, y también creen que el género biográfico soluciona la falsa
dicotomía de narrar o explicar en el discurso histórico.
3. El problema del individuo
Es obvio que la biografía despierta el interés por un problema que las filosofías de la
historia y las ciencias sociales han pretendido resolver de las maneras más variadas: el
papel del individuo en la historia. La biografía parte de otorgarle al individuo un papel
central, determinante, en los procesos históricos. Pero es menos obvio que la biografía,
además, es un encuentro de conciencias individuales, la del biógrafo con la de su
personaje. La aparente soledad del uno parece ir en busca de la aparente soledad del otro.
La biografía es una forma muy peculiar de diálogo, de comunión, entre el presente y el
pasado en que adquiere gran relieve la singularidad de los nombres propios del biógrafo y
el biografiado. Ignoro la existencia de biografías escritas al alimón o que sean el
resultado burocrático-académico de una línea de investigación o de un grupo de estudio
o algo semejante. Los estudios biográficos suelen ser aventuras individuales tanto en el
trayecto investigativo como en los resultados evidentes plasmados por la escritura. Vista
de ese modo, la biografía reivindica un individualismo a ultranza
(30)
.
La mirada concentrada en individuos determinados parte de concebir que el individuo
elegido condensa, resume o caracteriza una época; que da sentido sobre el comportamiento
de un grupo de personas; que ese microcosmos puede ofrecernos una relación con el
macrocosmos; que la pequeña historia de ese pequeño átomo nos remite a la gran historia
de procesos que envolvieron a ese individuo. Wilhelm Dilthey, en su estudio sobre Novalis,
decía que sólo con evocar el nombre del poeta nos parece vivir rodeados por el
mundo tal como a él se le revelaba...Todo se reúne en él. Algo semejante
pretendemos decir los biógrafos contemporáneos al justificar la elección de nuestro
individuo biografiado. Ahora bien, el punto de discordia tiene que ver con qué
individuos, más o menos que otros, cumplen con ese supuesto poder de condensación;
quiénes y por qué reúnen mayores atributos singularizadores que los distinguen y, en
cierto modo, los separan de las demás personas.
Son muy diversas y sutiles las modulaciones en la escogencia de un personaje digno del
ejercicio biográfico; cada individualidad, nos lo explicó muy bien Norbert Elias, hace
parte de un contexto funcional, así que podríamos pensar que cada elección de un
biografiado es la elección de un ser humano en el contexto de sus funciones y de sus
relaciones. Aquí es donde me parece que la biografía se vuelve, también, una ilusión,
porque no evado que los biógrafos incurramos en la ingenuidad de creer que tenemos ante
nosotros seres humanos que alguna vez tuvieron una gran capacidad para actuar y proyectar
sus destinos, que se distinguieron por una gran fuerza de determinación de los hechos. Y,
a lo sumo, todo lo que logramos es reconstruir cómo el individuo está sometido a las
redes normativas de su sociedad. Acudiendo a ejemplos de mi cosecha, el niño Luis Tejada
no debió haber planeado hacerse expulsar a sus seis años del Colegio de los Hermanos
Cristianos. El niño Manuel Ancízar no podía, a sus diez años, impedir que las tropas
de Bolívar se acercaran a Bogotá y, menos, que se consumara la salida de los españoles
del Nuevo Reino de Granada. Sin embargo, la expulsión del uno y el destierro del otro
marcaron de modo muy específico sus individualidades respectivas y los puso frente a
determinados márgenes de oportunidades de elección en el resto de sus vidas. Cada uno se
fue haciendo singular por sus conductas: Tejada, bohemio y contestatario; Ancízar, sobrio
y sistemático; pero sus conductas fueron las resultantes de su maleabilidad, de su manera
de acomodarse al tejido humano que los circundaba. Parafraseando al sociólogo en mientes,
todos tenemos la posibilidad de ser distintos y, a la vez, todos estamos atados a
contextos que no están plenamente bajo nuestro control. Es decir, todos somos
potencialmente dignos de una biografía.
El biógrafo contemporáneo no puede perder de vista esta paradójica condición del
individuo y los niveles posibles en que éste tiene márgenes de acción. La diferencia
entre la biografía de un político y la de un artista no estriba solamente en que se
tratan de profesiones disímiles con productos simbólicos de diversa índole, sino en el
margen de decisión y de dirección según la transitoria y determinada posición de los
individuos. El político, o determinados políticos, tiene mayor propensión para influir
en el destino de otros, mientras que el artista, o cierto tipo de artistas, no suele verse
siquiera preocupado por incidir directamente en las trayectorias vitales de los demás.
Estos dilemas relacionados con el influjo activo y consciente del individuo o con su nula
capacidad transformadora en la historia lo resumía así Agnes Heller cuando afirmaba que
naturalmente, no existe en absoluto ninguna filosofía de la historia que haya
negado que son los seres humanos los que configuran la historia...El problema no es si son
los hombres los que hacen la historia, sino si la hacen todos o sólo una parte; si la
hacen todos en igual medida, o algunos más que otros
(31)
.
En Jerzy Topolsky es evidente que se parte de creer que sí hay unas personas que cumplen
papeles más protagónicos que otras y que ha sido la historia política la encargada de
reivindicar en la forma biográfica las acciones de los individuos destacados,
de aquellos que cumplen funciones organizativas, que inician y unen las
acciones de las demás personas
(32)
. Otros
están persuadidos de que hay hombres que ocuparon un estrato intermedio en la vida
pública y que, precisamente, por haber sido medianamente importantes, sus biografías
sirven para reconstruir determinados ambientes intelectuales o políticos que una gran
figura no nos permitiría vislumbrar. Pero, sin duda, en la biografía contemporánea
vamos a encontrar un espectro de matices mucho más grande de individuos
destacados: el artista cínico que vive en las márgenes de las convenciones
culturales; el ermitaño que en apariencia no guarda relación alguna con su sociedad; los
seres humanos comunes de los sectores populares de cualquier época que, gracias a algún
soporte documental o a la mirada aguda de un investigador, logran diferenciarse.
Presumo que muchos estaremos de acuerdo en que la crítica de Pierre Bourdieu a una
sobrevaloración del papel del individuo en el recurso biográfico se convirtió en pauta
ineludible para que los historiadores contemporáneos tomen ciertas precauciones. El
riesgo simplificador de que se le otorgue un papel excesivamente activo y coherente al
individuo lo examinó el recién fallecido sociólogo francés mientras exponía sus
conceptos clásicos de habitus y de campo simbólico. Para él, todo individuo está en
relativa libertad de actuar dentro de un conjunto previsible de conductas. La unidad de
sentido que logramos percibir en el conjunto de la obra de un artista o en la trayectoria
de una vida es el resultado de una interacción entre las constricciones de una estructura
previa y la libertad condicionada y condicional que anula los extremos
de una creación de imprevisible novedad como de una simple reproducción mecánica
de los condicionamientos sociales
(33)
.
De tal manera que las trayectorias biográficas no son el resultado de proyectos, de
orientaciones, de intenciones que preceden y luego se concretan en los acontecimientos de
una vida; esa es, según Bourdieu, la propensión ilusoria de las biografías.
De esa ilusión de coherencia en las vidas de los individuos intentan librarse las
biografías recientes de Giovanni Levi y Jacques Le Goff. Al menos ellos se han planteado
y le han buscado solución al problema. Para el primero, la biografía cumple un papel
intersticial en la puja entre normas y prácticas; entre individuo y grupo; entre
determinismo y libertad. Según Levi, está claro que ningún sistema normativo es
lo suficientemente estructurado para eliminar cualquier posibilidad de escogencia
(34)
. Mientras tanto, Le Goff advierte en la
introducción de su Saint Louis que toda biografía debe afrontar el exceso de
coherencia inherente a toda aproximación biográfica. Evitar la ilusión de
perfección, de poder del personaje sobre su realidad es tarea primordial del biógrafo,
piensa también Le Goff. El historiador francés expone así cómo intentó escapar a esa
ilusión de perfección y coherencia en su biografía: Él [San Luís]
se construye él mismo y construye su época en la misma medida que él es construido por
ella
(35)
.
La relación del todo con las partes y de las partes con el todo parece ser, entonces, el
meollo del asunto. Evocando una fórmula de un famoso filósofo alemán, los biógrafos no
pueden representarse a un individuo flotando en el aire
(36)
. Por eso podríamos arriesgar, por ahora, la siguiente
conclusión: la biografía contemporánea trata de reconstruir la vida de individuos en
situación. Si la biografía no sitúa al individuo, si no construye en su relato un
diálogo intenso entre contexto normativo y el microproceso existencial del individuo, el
resultado será muy cuestionable. El recurso de la biografía en nuestros tiempos debería
tomar al individuo como se toma una aguja con hilo para zurcir un vestido y quizás se nos
deba volver más importante el vestido elaborado que la aguja misma y, quizás también,
la maestría del asunto consista en hacer buen uso de la aguja y del hilo.
4. Epílogo: la biografía histórica
Admitamos, esta vez como autohalago, que escribir una biografía es difícil y
apasionante. Quizás lo más encantador de asumir el reto de investigar una vida, de
querer decir toda la verdad posible sobre un individuo, son los retos documentales que
aparecen en el camino; el grado de incertidumbre que se afronta en la medida que se
avanza. La única certeza es la playa desde donde se parte, pero no se sabe a plenitud
cómo y a dónde se va a llegar. La aparición de detalles desprovistos de significado al
comienzo y que luego se nos vuelven fundamentales o, al revés, comprobar que nos
detuvimos en un berenjenal de anécdotas que no constituían una significación
determinante en la composición general de la obra. Las travesías geográficas y las
cognoscitivas en busca de una explicación, de un dato relevante del contexto; la paralela
compilación y ordenación de la producción teórica del sujeto escogido; la continua
elaboración y disolución de conjeturas; la erudición que debe proteger la narración
del suceso más común. La selección de diversos tonos: no es lo mismo narrar el
nacimiento que la muerte; no es lo mismo explicar los contenidos y la recepción de un
libro que las neurosis del sujeto; la seducción o la antipatía que pueden generar el
personaje; el desconcierto de un hallazgo cuando creíamos poseer una explicación redonda
de su devenir.
Escribir biografías en que la intención fundamental sea poner en diálogo al individuo
con su contexto normativo se vuelve una tarea que exige autores versátiles. La
biografía histórica, si nos atenemos al bautizo de Le Goff, exige seguir la
trayectoria del individuo por todos los mundos en que haya habitado. El biógrafo se
expone a los más variados matices y asociaciones entre los elementos de la pequeña
historia de los detalles en apariencia muy anodinos y las generalizaciones de la gran
historia. Este tipo de biografía, sin duda, se distingue por su exhaustividad de otras
muestras en ese género. No se trata solamente de escribir entretenido, de ahondar en el
pulimento de un estilo o de desafiar los protocolos de un discurso; se trata, más bien,
de conseguir la combinación adecuada en el arte de narrar y explicar, con base en
documentos, el proceso de existencia de un individuo que, se supone, cristaliza una
significativa red de relaciones.
Sin la intención de proponer definiciones canónicas o de preparar un nuevo consenso
sobre las normas de un género de escritura, podríamos afirmar, por ahora, que la
biografía es un recurso narrativo y argumentativo en que se elige, con el individuo, una
zona de documentos y una perspectiva, un desde dónde se narra, como se diría en las
teorías literarias. También podríamos presumir que hay, al menos, dos tipos de
escritura de biografías relativamente fáciles de detectar. Aquella precedida de un
proceso que abarca la definición de criterios de selección del personaje biografiable;
la precisión de cuál debe ser el acervo documental que no suele restringirse (y no puede
restringirse) a la documentación que proporcionen herederos o albaceas; el aparato
teórico interpretativo acompañado de un conjunto de hipótesis; las decisiones sobre la
mezcla de narración y explicación en la organización del relato; la conciencia de la
continua tensión entre contexto normativo y libertad individual limitada. La otra, muy
diferente, suele ser omisiva en procesos de crítica y cotejación de fuentes, se acomoda
a lo que proporcione el archivo legado directamente por el biografiado; acostumbra a ser
escrita por algún tipo de heredero (ideológico, político, sentimental, familiar, en
fin); no construye ni utiliza un aparato teórico- interpretativo; no mezcla narración y
explicación de manera apropiada y deja, fácilmente, filtrar todas las formas
pronominales que delatan una subjetividad muy activa, comprometida en la exaltación o en
la condena del biografiado; en consecuencia, el individuo aparece como un solitario
perfecto (o como un perfecto solitario) sin nexos orgánicos con un todo social que lo
precede y lo determina.
Creo que la conversación sobre lo que ha venido siendo el recurso de la biografía como
género de escritura o como método de indagación en las ciencias humanas, en Colombia,
apenas comienza. Hacen falta evaluaciones de las producciones regionales que, al menos en
los claustros universitarios, se ha ido acrecentando. El descubrimiento de archivos
privados ha garantizado en buena medida escoger el camino biográfico, aunque se cometan
los errores derivados de la concentración exclusiva en el archivo directamente legado por
el biografiado. Aún falta analizar la extensión de la biografía a la prosopografía
que, en otros lugares, ha rendido frutos en el estudio de grupos sociales o
generacionales. Los criterios de selección de los individuos del pasado merecen su
particular discusión entre quienes nos hemos vuelto unos profesionales de la
memoria; los intereses subyacentes en cada selección, las identificaciones,
aversiones y exaltaciones que la biografía voluntaria o involuntariamente prepara; la
edificación o destrucción de mitos que dan sustento a dogmatismos y militancias.
Todavía habrá que discernir qué de arte y qué de ciencia pueden o quieren contener
nuestros ejercicios biográficos, o si es necesario reivindicar la unilateralidad al
respecto. Pero, en todo caso, la discusión parte de la evidencia de hallar inserta esa
práctica en el circuito de comunicación de los científicos sociales contemporáneos.
Esta vez no se ha tratado de reivindicar un camino demasiado heterodoxo ni de adherirnos a
un nuevo consenso legitimador. Ni lo uno ni lo otro.
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Artículo
recibido en mayo 2003; aprobado en junio 2003?.
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Profesor
asociado del Departamento de Historia, Universidad del Valle. Es autor de dos estudios
biográficos: Luis Tejada y la lucha por una nueva cultura, Bogotá, Colcultura-Tercer
Mundo Editores, 1994; Manuel Ancízar y su época, 1811-1882, biografía inédita.
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SANÍN
CANO, Baldomero, La biografía en Colombia, en revista Universidad, Bogotá,
julio 28 de 1928, pp. 89-92.
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CHARTIER,
Roger, La historia, entre relato y conocimiento, en revista Historia y
espacio, Universidad del Valle, Cali, n° 17, pp. 185-206.
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ROMERO,
José Luis, Sobre la biografía y la historia, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1945,
p. 45.
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En torno
a la vida de algunos políticos colombianos, como es el caso de Rafael Núñez
(1825-1894), viejos y nuevos biógrafos se han preocupado por preparar exoneraciones.
Eduardo Posada Carbó se ha interesado mucho por desvincular al baluarte de la
Regeneración de su participación en la Convención liberal de 1863. Véase su artículo
Regiones y regionalismos, en El Tiempo, Bogotá, agosto 3 de 2001, 1-15.
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La
biografía del historiador Medófilo Medina corresponde muy bien con ese propósito:
MEDINA, Medófilo, Juegos de rebeldía, la trayectoria política de Saúl Charris de la
Hoz (1914-), Cindec-UN, Bogotá, 1997. Sobre ese tipo de biografías de personajes
intermedios, ver: TEYSSIER, Arnaud, Biographie et historie politique: lexemple
de Joseph Barthélemy, en Problèmes et méthodes de la biographie, París,
Publications de la Sorbonne, 1985.
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La
biografía de Alejandro López, escrita por MAYOR MORA, Alberto, está fundada en varios
conceptos de matriz weberiana; Técnica y utopía (biografía intelectual y política de
Alejandro López, 1876-1940), Medellín, Fondo Editorial Universidad EAFIT, 2001.
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MIRAMÓN,
Alberto, Dos vidas no ejemplares, Bogotá, Academia Colombiana de Historia, 1962, pp. 9,
12.
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Me
refiero más precisamente a su libro Las convenciones contra la cultura, Bogotá, Tercer
Mundo Editores, 1997.
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POSADA
CARBÓ, Eduardo, citando a la historiadora Margarita Garrido, discípula conspicua del
profesor Colmenares, en La historia: refugio y respuesta, en El Tiempo,
Bogotá, viernes 28 de septiembre de 2001.
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COLMENARES,
Germán, op. cit., p. 59.
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DUBY,
Georges, Diálogo sobre la historia (conversaciones con Guy Lardreau), Madrid, Alianza
Editorial, 1988, p. 59.
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Todo esto
lo sostiene HANDLIN, Oscar, en La verdad en la historia, México, Fondo de Cultura
Económica, 1982, pp. 265-275.
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|
BARROS,
Carlos, La historia que viene, en Congreso Internacional de Historia a debate,
Santiago de Compostela, 1993.
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|
|
FONTANA,
Josep, La historia después del fin de la historia, Barcelona, Editorial Crítica, 1992,
p. 21.
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|
|
LEVI,
Giovanni, Les usages de la biographie, en Annales, n° 6, noviembre-diciembre,
1989, pp. 1325-1336.
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|
|
LE GOFF,
Jacques, Saint Louis, París, Gallimard, 1996, p. 15 (traducción libre del original).
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|
|
ROMERO,
José Luis, op. cit., pp. 15-45.
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|
|
LEVI,
Giovanni, op. cit., p. 1325.
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Recomiendo
a propósito el balance de lo biográfico en la disciplina antropológica elaborado por
LANGNESS, Lewis, The life history in Anthropological sciences, University of Washington,
1965.
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|
TOURAINE,
Alain, Le retour de lacteur, París, Librairie Arthème Fayard, 1984; BOURDIEU,
Pierre, El sentido de lo práctico, Madrid, Taurus, 1991, pp. 94-97. Del mismo autor:
Lillusion biographique, en Actes de la recherche en sciences sociales,
n° 62/63, junio de 1986, pp. 69-72.
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|
|
BAJTIN,
Mijail, Estética de la creación verbal, México, Siglo XXI Editores, 1985, p. 298.
|
|
|
GOLDMANN,
Lucien, su estudio clásico sobre la obra de Pascal, El hombre y lo absoluto (el dios
oculto), Barcelona, Ediciones Península, 1968; para detalles sobre su método: El
estructuralismo genético en sociología de la literatura, en Literatura y sociedad,
Barcelona, Ediciones Martínez Roca, 1969.
|
|
|
ARÓSTEGUI,
Julio, La investigación histórica: teoría y método, Barcelona, Crítica-Grijalbo,
1995, p. 260.
|
|
|
STONE,
Lawrence, El renacer de la narrativa: reflexiones sobre una nueva vieja
historia, en revista Eco, Bogotá, n° 239, septiembre 1981, pp. 449-478. Entre las
muchas críticas a ese supuesto retorno narrativo, HOBSBAWM, Eric, Sobre el renacer
de la narrativa, en Sobre la historia, Barcelona, Crítica-Grijalbo, 1998, pp.
190-195.
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|
|
La polémica
sobre determinismo e importancia del individuo en la historia está expuesta por BERLIN,
Isaiah, en Libertad y necesidad en la historia, Madrid, Ediciones de la Revista de
Occidente, 1974.
|
|
|
FEBVRE,
Lucien, Combates por la historia, Barcelona, Editorial Ariel, 1982, pp. 156 y 157 (edición
original: 1953). BLOCH, Marc, Introducción a la historia, México, Fondo de Cultura
Económica, 1997, pp. 24, 25, 117-121 (edición original: 1949).
|
|
|
BRAUDEL,
Fernand. La historia y las ciencias sociales, Madrid, Alianza Editorial, 1968, p. 103.
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|
|
Admito
que varios colegas reivindican la institucionalidad académica a la que han
pertenecido sus ejercicios biográficos.
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|
|
HELLER,
Agnes, Teoría de la historia, Barcelona, Editorial Fontamara, 1992, p. 213.
|
|
|
TOPOLSKY,
Jerzy, Metodología de la historia, Madrid, Ediciones Cátedra, 1955, p. 203.
|
|
|
BOURDIEU,
Pierre, El sentido de lo práctico, op. cit., pp. 94-97. Del mismo autor:
Lillusion biographique, op. cit., pp. 69-72.
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|
LEVI,
Giovanni, op. cit., p. 1333.
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|
LE GOFF,
Jacques, op. cit., pp. 17 y 18. Traducción libre al español por el autor de este ensayo.
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|
HEGEL,
Georg Wilhelm Friedrich, Lecciones sobre la filosofía de la historia universal, Madrid,
Ediciones Revista de Occidente, 1974, p. 90
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