Problemas y tendencias contemporáneas de la vida
familiar y urbana en medellín
juan carlos jurado
estructura de la familia
Una de las características más notorias de la sociedad
contemporánea es la crisis de la familia patriarcal, caracterizada por el dominio de la
autoridad masculina sobre sus integrantes. Hasta hace poco tiempo, el poder moral y
efectivo del padre estaba sancionado por la Iglesia católica y se extendía a otras
esferas, como la política, la producción y la cultura
. Ahora, ante su desaparición y transformación,
han surgido múltiples modalidades de familias con sus correspondientes cambios en la
mentalidad y en la vida social.
Como en otras ciudades de América Latina, la crisis de la
sociedad patriarcal toma forma en la ciudad de Medellín, asociada a procesos que se
vislumbran desde mediados del siglo XX. El tránsito de la vida rural a la urbana es,
según el historiador Marco Palacios, el cambio por antonomasia de la segunda mitad del
siglo XX en Colombia
. Cambio al que contribuyeron considerablemente,
por una parte, el desarrollo y consolidación de una economía capitalista industrial
hacia los años cincuenta, y, por otra, la formación de sectores obreros y de una clase
media urbana con formas de vida secularizadas, más autónomas en relación con el poder
ordenador de los partidos políticos y de la Iglesia católica. Igualmente fundamental
para la cultura urbana de las nuevas clases medias, resultaron la consolidación del
sistema educativo, que amplió considerablemente su participación a las mujeres, así
como el reconocimiento y la generalización de valores y patrones de comportamiento
propios del mundo femenino y juvenil.
En dos generaciones, la población colombiana pasó de
habitar los campos a vivir en las ciudades. Así, del 40% de habitantes urbanos que tenía
el país en 1951, se pasó en 1993 al 74%. Medellín, una ciudad todavía con aires de
parroquia hace medio siglo, creció a un acelerado ritmo al pasar de casi 360.000
habitantes en 1951, a más de 1.5 millones en 1985 y a casi dos millones al finalizar el
siglo XX
.
Con las nuevas exigencias para sobrevivir
en las ciudades, la aceleración de los ritmos de vida, la creación de nuevas
oportunidades profesionales para las mujeres y las exitosas y maltusianas campañas del
Estado para prevenir una supuesta explosión demográfica, se fueron adoptando
métodos de control natal modernos, aun en contra de las prohibiciones de la Iglesia
católica. Así, las familias redujeron paulatinamente su tamaño, facilitando una
transición demográfica, pues se ha pasado de preocupantes tasas de
crecimiento anual del 5.99 en 1951, a 2.46 en 1985, y a menos de 2 en la actualidad. Es el
régimen de la píldora, que le ha permitido a las mujeres desvincular su
sexualidad de sus realizaciones maternas reproductivas y conferirle significaciones
erótico-placenteras, sin tener que reducirla a la reproducción biológica exigida por la
familia patriarcal, como única vía de realización personal.
La mujer ha estado, pues, en el centro de
las transformaciones sociales, con la adopción e imposición de métodos de
planificación familiar que le confieren mayores grados de autonomía en el manejo de su
maternidad y una diferente significación de su sexualidad, no como una función divina
tutelada por la Iglesia católica, sino como parte de su identidad corporal de género:
Es el pasaje de madre-hembra-procreadora a madre-individuo-creadora, según la
expresión del demógrafo Juan Fernando Echavarría.
Con respecto al tamaño de las familias, todavía se
conserva la imagen de una numerosa familia paisa, que las estadísticas
desmienten para la época colonial, pero que logró un sustento real después de mediados
del siglo XIX. En este aspecto, el salto ha sido bastante agresivo, por lo cual Colombia
se ha erigido en el emblema latinoamericano del éxito de la planificación familiar.
Sólo para identificar la tendencia general, puede decirse que de la familia extensa donde
convivían tíos, abuelos y hasta primos, cuya presencia pervive en los sectores populares
de procedencia campesina, se ha pasado a una familia nuclear predominante que idealiza y
absorbe en las figuras del padre, la madre y unos pocos, muy pocos hijos, la
socialización y la afectividad del hogar. Se ha pasado, pues, de una familia donde
convivían tres y cuatro generaciones a otra donde generalmente conviven dos
.
La fecundidad de los medellinenses ha sufrido una brusca y
extendida transformación. Desde mediados de los años sesenta la fecundidad inició una
curva declinante que se estabilizó en los setenta con 25 nacimientos por cada mil. Ello
supone que las familias, y siendo más precisos, las mujeres, han pasado de tener entre
4.5 y 5 hijos promedio hacia 1973, a tener hacia 1985 de 2.5 a 3
. En la actualidad, las tendencias de procreación
en las familias medias urbanas y de clases acomodadas son mucho menores, llegando casi a
predominar el hijo único. La familia en su conjunto ha mermado su cantidad de miembros,
de modo que ha pasado de siete personas a cuatro y a tres, en los casos del hijo único.
Como paliativo a la merma de
hermanos y primos en la casa paterna, se percibe que la socialización familiar que se
desarrollaba al interior del mismo linaje se ha trasladado, en cierta medida, a la
escuela, cuyo ciclo se inicia ahora más temprano que antes, con la proliferación de
guarderías desde la década de los ochenta, básicamente. En ellas, y en una tupida red
de hogares sustitutos, privados o estatales, se cuida de los bebés tan temprano como lo
demandan las exigencias laborales de la mujer, quien además de su rol como esposa, madre
y señora del hogar asume también el papel de trabajadora/profesional. Y no sólo se
cuida de los bebés, sino que prácticamente se los cría, lo cual ha constituido una
novedad para la familia, con la aparición de la maternidad institucional extendida, que
todavía se delega, según la tradición, en los abuelos. Aquí no se percibe la
desaparición de tradiciones paisas en la crianza de los hijos, sino su
conjunción con cambios e innovaciones en las formas de socialización de los hijos.
nuevos lugares de la infancia y patrones
de autoridad
Ante la reducción de los niños en los hogares de la
sociedad moderna industrial, ¿qué nuevas formas de valoración de la niñez emergen en
las familias? Como lo sugiere el sociólogo Norbert Elías, la modernidad funda nuevas
formas de relación entre niños y adultos, que pasan de ser estrictamente autoritarias a
más igualitarias
. Este proceso tiene lugar por el reconocimiento
de la mayor autonomía que se le concede a los niños en medio de la pérdida de
centralidad de la sociedad patriarcal. Los niños, más que antes, son vistos por los
adultos como merecedores de un trato especial y más estimados en proporción inversa a su
número en los hogares.
El cambio ha sido sorprendente. Hasta hace
poco, los adultos decidían sobre los niños de un modo mucho más espontáneo que ahora
y, en general, estaban más influenciados por sus propios pensamientos que por los de los
niños, atendiendo a una moral confesional y rígida, en la que el respeto y la obediencia
a los adultos eran por sobretodo valorados. La desobediencia a los padres y abuelos era
duramente castigada en los hogares antioqueños. Sólo desde hace dos o tres décadas, los
adultos se encuentran más influenciados por los niños, se ponen en su lugar al tomar
decisiones y al hacer una serie de consideraciones, supuestamente sicológicas y
educativas, para decidir sobre ellos y no hacerles daño, o para no
traumatizarlos, con lo cual han moderado su poder sobre ellos, perdiendo rangos de
autoridad y espontaneidad al tratarlos. Algo similar ha ocurrido entre maestros y alumnos.
Tenemos entonces que los niños ejercen ahora un gran poder
sobre los padres y maestros, ya que representan, para los primeros, el cumplimiento de
determinados deseos y necesidades en sus vidas, como una prolongación narcisista que
moviliza su paternidad, y además se los reivindica como nuevos sujetos de derechos. Un
proceso social y cultural como el que se señala, obviamente rebasa el ámbito nacional, y
es un elemento propio de la cultura occidental contemporánea
. En el olvido han quedado las significaciones de
los hijos como una bendición divina sobre el matrimonio y la mujer, que podían llegar en
número espontáneamente y representaban el orgullo familiar del linaje perpetuado en el
apellido. Así, los viejos patrones de autoridad familiar que entronizaron a los abuelos y
a los adultos en el centro del hogar se han visto profundamente trastocados. El niño,
entonces, como lo serán en cierta medida los jóvenes, se constituye en el nuevo
rey del hogar.
Este cambio trascendental, que afecta la familia y la
socialización urbana, se percibe particularmente en su historia gráfica. Así lo sugiere
Armando Silva al estudiar una serie de 170 álbumes que configuran en un hecho literario,
cuyo narrador colectivo es la familia, su imagen propia a través del tiempo
. Uno de los aspectos más llamativos que muestra
la historia del álbum de familia es el desplazamiento de la representación de los
adultos como centro del hogar, centro que es ahora ocupado por los hijos. A riesgo de
simplificar la investigación mencionada, las tendencias históricas permiten apreciar que
en las fotografías familiares anteriores a la década de los ochenta, los abuelos y los
adultos, padre y madre, ocupaban el centro del retrato familiar; a partir de dicha
década, son destronados por los niños, que se convierten desde ese momento en el centro
de atracción afectiva
. La familia como representación casi desaparece,
para actuar por fuera de la foto y entronizar a su heredero como un fetiche, como un
ídolo. Así, al aclamar y concentrarse en el niño como figura mítica, el álbum de
familia desaparece y se torna egoísta y ególatra. En palabras de Armando Silva, el
niño crece ahora como el nuevo héroe, el rey de la casa (que otrora fuera el padre) al
que se le da todo el escenario visual y sobre quien la familia apuesta su futuro. Este
niño es a quien por fuera del álbum se le llena de consumos de toda especie, juguetes
incontables, estímulos electrónicos sobremedidos, asumiendo tal vez que se le debe dar
de todo para que crezca. No es claro que el niño de los años noventa tenga la palabra de
la familia, confundida en la nueva lucha de paradigmas masculinos y femeninos de las
últimas décadas, pero sí posee en alto grado la imagen de ésta
.
Al igual que en la fotografía, en el vídeo los niños
predominan en las imágenes, pero esta vez asociados con lo espectacular, lo cómico y el
instante, suponiendo la dislocación de la fotografía como registro estático. Sobresale
en el análisis de los álbumes que sean los antioqueños quienes más exhiban entre los
motivos fotográficos las fotos de familia. Una familia que, a pesar de aparecer como
reliquia de cohesión social, se encuentra enfrentada a una crisis, a falta de una mejor
palabra para calificar el desdibujamiento de los paradigmas tradicionales del hombre y la
mujer y de la autoridad de los mayores
.
Retomando el tema de la relación adultos-jóvenes, podría
plantearse el interrogante en torno a la representatividad de la ley que suponen los
primeros frente a los segundos. Y ello por la novedad que constituye el que los adultos
padres o maestros- se conviertan en compañeros o amigos de
sus hijos o alumnos, llevando la representación que personifican de la ley a una
fantasía de igualación que desvirtúa su alteridad y su poder de cohesión
social. Con ello viene la disolución de sus funciones como adultos y el debilitamiento de
las exigencias sociales para con los jóvenes, que ahora se han erigido en figura de
derechos más que de deberes sociales
. La idealización de la cultura
juvenil no supone simplemente la generalización de que nadie quiere verse
viejo, ni pasar de moda, sino su establecimiento como paradigma de la
vida social. En efecto, hasta hace unas décadas, los hijos eran criados en el respeto a
las tradiciones y en la creencia en los baluartes culturales de lo político y lo
religioso, creando en ellos la mentalidad de que el edificio social se sustentaba
básicamente en las obligaciones de sus integrantes con la colectividad. No
obstante el autoritarismo patriarcal que imperaba en el pasado, se instauraba una
deuda simbólica con los principios fundamentales y fundadores, para saber que
no se vivía para sí, y reconocer a la colectividad como deudora de un pasado y sabedora
de que el mundo no terminaba con ella. Mientras que en la sociedad contemporánea, los
medios de comunicación, principalmente, imponen nuevos modelos de comportamiento, basados
en el individualismo a ultranza del éxito personal y la innovación permanente propia del
mundo cambiante de los jóvenes. Estos se erigen en omnipotentes por su no reconocimiento
de la Ley, la Ley que limita el deseo absoluto y que exige vivir soportando el
desgarramiento que es la vida
.
Otro elemento a considerar respecto del trastocamiento de
los patrones de autoridad de la familia patriarcal y de su pérdida de centralidad, se
constata en la ampliación de los modos de socialización juvenil que escapan a los
adultos. Y en este sentido se trata de reconocer que la familia, la escuela y la Iglesia
católica ya no son las instancias hegemónicas de socialización de las generaciones
jóvenes. Se tiene, pues, que nuevas prácticas y sociedades de pares (grupos juveniles,
barras, parches, combos, pandillas, galladas), los espectáculos
de masas (grupos de fans, musicales y deportivos), grupos vecinales, organizaciones
políticas alternativas, grupos religiosos no católicos, asociaciones feministas y
ecológicas, con un sentido alternativo, secularizante y a veces contestatario, han tomado
un importante protagonismo y autonomía en la socialización juvenil y en el surgimiento
de valores y actitudes que a veces contradicen los de la sociedad adulta tradicional
.
A este trastocamiento de las relaciones generacionales,
contribuyen enormemente los medios de comunicación, provocando nuevas formas del vínculo
social y de subjetivación. En cuanto a los medios, sus cambios más significativos
corresponden a las dos últimas décadas del siglo XX, cuando se desarrolla con especial
ímpetu toda una parafernalia de medios técnicos e informativos que reconfiguran la
cultura juvenil local con los procesos identitarios globales, fenómeno que ha sido más
perceptible en las grandes ciudades latinoamericanas
.
Debe destacarse, así mismo, el papel que cumple y ha
cumplido la televisión con respecto a la familia y a la escuela, pues trae aparejado un
desorden cultural que trastoca las formas de autoridad vertical entre los
jóvenes, sus padres y maestros. Como lo ha sugerido Jesús Martín-Barbero, la
televisión deslegitima y deslocaliza las formas continuas del
saber promovido en la escuela desde el texto escrito, que constituye el centro de un
modelo lineal mecánico, basado en aprendizajes graduales de acuerdo con las edades
evolutivas del niño. Por medio de la televisión, el joven accede rápida y cómodamente
a un saber visual que subvierte el modelo escolar por etapas, legitimado por
la autoridad del maestro. Trasladada al hogar, la televisión afecta las relaciones de
autoridad entre padres e hijos, al permitir que estos últimos accedan por su propia
cuenta al mundo que antes les estaba vedado, el mundo de los adultos
. De esta manera, los
medios han venido a recordar que antes de que los aprendizajes adquirieran la forma de la
escuela, los niños se encontraban entremezclados con el mundo de los adultos, sin los
escrúpulos y cuidados con que hoy se los trata y aprendiendo los códigos culturales por
medio de prácticas sociales bastante versátiles y efectivas.
la fragmentación de lo social. crisis de
la ciudad, crisis de la familia
Los medios de comunicación en el escenario urbano traen
aparejados unos nuevos modos de estar juntos. Modos de socialización que
toman forma en la ciudad de manera más evidente. Sin embargo, la ciudad de Medellín no
es monolítica, no es una sola ni es la de antes. Se trata de una urbe
fragmentada y dispersa a raíz de la explosión de su centro histórico en medio de una
vertiginosa urbanización de dimensiones metropolitanas, más visible a partir de los
años setenta
. Así, la pérdida de centralidad del sello
histórico de la ciudad que suponía la hegemonía de unas formas de vida patriarcales de
procedencia campesina, y que se representa aún como la antioqueñidad, da
lugar a muchos centros, a muchas formas de habitar lo urbano sin conservar como antes
un estilo cultural. Esto supone la fragmentación de los grupos sociales y sus
identidades atomizadas, la proliferación de una población urbana y migrante más
heterogénea, y la vigencia de normas particulares en medio de la masificación y la
inseguridad urbana, lo que al parecer convierte a la familia en el último reducto de la
convivencia subjetiva. La familia, como los medios, también vive de los
miedos en una ciudad como Medellín, con altos índices de inseguridad.
En los años setenta, con el crecimiento
de la ciudad metropolitana, se perdía su antiguo ambiente provincial, donde las personas
mantenían estrechos vínculos entre sí y con las figuras del poder ético, tales como el
policía, el maestro, el cura y el médico. El reconocimiento de su autoridad legítima se
revelaba en fórmulas de deferencia y decoro público y en la interiorización de las
normas que agenciaron con su desempeño social. Con el crecimiento masificado de la
ciudad, se fueron perdiendo, pues, las formas del reconocimiento mutuo que hacían de la
sociedad urbana una comunidad imaginada, donde se compartían filiaciones
políticas, religiosas y morales relativamente unificadas y unificadoras.
Uno, entre muchos signos de este derrumbe de sociabilidades
que cohesionan la vida urbana, es la desaparición de aquellos espacios urbanos de
encuentro y recreo masculino como los cafés
. Y con ellos desapareció la vitalidad del centro
de la ciudad y de sectores como Guayaquil, donde el orden de la sociedad local se
reproducía con el desorden que allí imperaba en situaciones muy codificadas
(prostitución, homosexualidad, criminalidad, juego y vagancia), neuralgias de un contexto
urbano, supuestamente organizado y normatizado por el clero y las elites políticas.
Con el final de la ciudad como proyecto de
la sociedad patriarcal y de la antioqueñidad, con la masificación de la vida
urbana y el desarrollo tecnológico de las últimas décadas, se asiste a la instauración
de un orden urbano al que se superpone el modelo comunicativo, según Jesús
Martín-Barbero: flujo de personas, flujo vehicular, flujo de información continua y
veloz. La ciudad ya no está para ser habitada ni disfrutada por el transeúnte,
sino para circular por ella sin causar atascamientos al tráfico vehicular, que
ahora viene a ser la razón de ser de la ciudad para sus planificadores.
Ante la contracción de la sociabilidad pública, la
familia parece haberse convertido en el último baluarte del individuo. Según sondeos
publicitados por los medios y algunos estudios sobre el mundo juvenil, la familia y en un
lugar estratégico la madre, se han convertido en esa esfera intocable que se resguarda y
defiende en medio de las inclemencias del ambiente social. Este fenómeno de la cultura
contemporánea, que parece ser compartido por las grandes ciudades latinoamericanas, es
más propio de las urbes industriales de Norteamérica y Europa, si se atienden las
observaciones del historiador Philippe Ariès. Frente a la contracción de la sociabilidad
colectiva y la erosión de la ciudad como escenario de la vida pública, debido en gran
parte a su agrandamiento, a la familia perecen trasladarse un sin fin de funciones que
antes correspondían a la ciudad y al vecindario o eran compartidas con ella. En medio de
este contexto de transformaciones de la ciudad en grandes metrópolis, a la familia y en
cierta medida a la pareja, se le solicita ahora el monopolio de la afectividad, el uso y
disfrute de los placeres, la preparación de los hijos para la vida, el apoyo mutuo en la
vida profesional, el ejercicio de la maternidad compartida y la garantía de una seguridad
sicológica y económica para sus integrantes. Este sobredimensionamiento de
sus funciones parece traer consigo una supuesta crisis, que si bien se ha adjudicado a la
familia, parece más justo endilgárselo a la ciudad, según Aries
. De esta forma, los
supuestos problemas de la familia, ¿no serían más que la emergencia de otras formas de
socialización y organización social, y del reacomodamiento en la vida urbana que ello
supone?
Un aspecto asociado a la transformación de la ciudad, a la
moral pública y a la socialización de nuevos y viejos valores, es la manera como las
elites dirigentes y empresariales antioqueñas restringieron su incidencia en los ámbitos
de lo público, después de mediados del siglo XX, para replegarse paulatinamente en la
esfera privada. Según las apreciaciones del historiador Fernando Botero sobre las
características de la burguesía antioqueña, ésta circulaba fácilmente por
las instituciones públicas y privadas de la ciudad, sin que intereses económicos como el
afán de lucro y el espíritu empresarial excluyeran su interés personal por la ciudad y
sus problemas sociales
.
Ejerciendo un hegemónico espíritu cívico, la
elite desplegaba su poder y circulaba por instituciones tan diversas como la Asociación
Nacional de Industriales (ANDI) y las empresas textileras y de alimentos de carácter
privado, así como el Concejo Municipal, las Empresas Públicas de Medellín, la Sociedad
de Mejoras Públicas y la Sociedad San Vicente de Paúl, estas ultimas con un carácter
paternalista, público o asistencialista. Para Fernando Botero, este espíritu cívico
podría caracterizarse por un fuerte sentido regional, una impronta social y política del
ingeniero, una moral religiosa que no reñía con una mentalidad pragmática y una
identidad urbana consolidada. El poder cívico de empresarios y líderes en lo urbano se
congraciaba con extendidas formas de acatamiento y obediencia social promovidas tanto por
la Iglesia católica como por los partidos políticos. Entre las más significativas
condiciones para que se operara un cambio en el desempeño de los dirigentes y empresarios
antioqueños, se encuentran: el crecimiento y mayor complejidad de los negocios y de la
ciudad, que dificultaron la identificación del hombre todero con su
colectividad; la desprotección económica más perceptible a comienzos de la década de
los setenta, que exigió mayor presencia de los dirigentes en sus negocios; la
especialización del empresario con nuevos perfiles tecnocráticos extranjeros que
desdibujaban el sentido político y social del político tradicional; la tendencia
internacional a la autonomización de las esferas política, económica y cultural; y, por
último, según lo manifiestan los mismos dirigentes en algunas encuestas, su pérdida de
contacto y sensibilidad social y la carencia o débil formación humanista
.
Con lo anotado atrás, se sugiere que lo
privado se va reforzando alrededor de esa esfera de los negocios del nuevo empresario y de
la familia de una manera más generalizada para las clases urbanas. Sin embargo, en el
orden de lo privado también se va deslindando un espacio que parece todavía más
restringido y novedoso, el de lo personal, con una gran signatura narcisista y
cuyo caldo de cultivo parece ser el desdibujamiento de los viejos paradigmas de lo
masculino y lo femenino y el fin de la utopía revolucionaria de los años setenta,
configurando una nueva noción de género que se libera de la vieja diferenciación entre
los dos sexos. En cierta forma se trata del entredicho que acude a la heterosexualidad
como norma para hacer del cuerpo y de la vida personal una expresión del yo,
donde se afincan, entre otras expresiones subjetivas, los movimientos feministas, los de
lesbianas y gays para reivindicar lo sexual sin límite institucional. Fenómenos
que son más perceptibles en las grandes urbes industriales de Europa y Estados Unidos,
pero que ya se sugieren en los contextos urbanos latinoamericanos, particularmente en el
mundo juvenil.
Continuando con el tema de las transformaciones urbanas con
respecto a la socialización ciudadana y familiar, es pertinente señalar la manera como
la fascinación de la sociedad antioqueña y sus dirigentes por el progreso
conlleva un agresivo trastocamiento de tradiciones que no necesariamente desaparecen, sino
que se desvían en un juego de hibridaciones entre lo viejo y lo nuevo. Como lo ha
señalado Jorge Orlando Melo, a pesar de que la ciudad, por su modernidad física y sus
cambios urbanísticos y arquitectónicos permanentes, es asociada en el imaginario
colectivo con lo nuevo, con el desarrollo y con el futuro más que con el pasado, se
percibe contradictoriamente una persistente alusión al mito de la raza paisa
como supuesta fuente de potencialidades históricas
. Este carisma
regionalista que elabora un ideal nosotros sobredimensionado, y cuyas
condiciones objetivas han desaparecido Medellín capital industrial de Colombia, el
empuje paisa, el valor del trabajo, del honor y la palabra-, en el cual
todavía se regodean políticos y medios de manera folklórica, supone una especie de
fantasía colectiva, que va en contravía de las lógicas históricas del cambio a que se
ve sometida toda sociedad. El mito potencia cambios culturales, pero también los
obstaculiza, cuando se desactualizan sus condiciones de posibilidad.
En relación con lo anterior, la presencia de un estilo de
ingeniero en los empresarios y dirigentes paisas y su mentalidad pragmática,
que ha hecho de los ingenieros antioqueños todo un mito, han sustentado una forma de
gestionar la ciudad de Medellín sustentada en criterios técnicos y en una planeación
racionalista. Ello ha incidido en que las políticas urbanas se hayan orientado,
principalmente, hacia los aspectos físicos y económicos, restando importancia a los
asuntos referidos a la cultura, la socialización de los migrantes campesinos y de las
nuevas generaciones urbanas, la formación de ciudadanos modernos, la ética pública, el
patrimonio urbano y el medio ambiente
. Este desencuentro entre la construcción física
de la ciudad y su edificación social se hizo más evidente a partir de los años ochenta,
con las violencias generalizadas y los conflictos desbordados de cauces políticos que
condujeran a su resolución.
En síntesis, y retomando apreciaciones de
la socióloga María Teresa Uribe, el tránsito de la ciudad tradicional a la moderna y
metropolitana acontecido en las décadas de los años sesenta y setenta, ha significado
grandes desajustes y conflictos sociales que desbordaron la capacidad de instituciones
como el Estado y la familia para afrontarlos, a pesar de los esfuerzos hechos en el
equipamiento urbano para mejorar los niveles de vida. Medellín, a pesar de ser reconocida
como la ciudad colombiana de mejores niveles de vida por su infraestructura urbana y sus
excelentes servicios públicos y de trasporte, se ha encontrado, pues, sin vida ciudadana
y sin ciudadanos.
cambio en los paradigmas heterosexuales.
nuevas sociabilidades de géneros
Al inicio de este ensayo se sugirió que los desarrollos
económicos nacionales, el crecimiento urbano y la ampliación del sistema educativo,
permitieron la vinculación masiva de la mujer al mercado laboral por fuera del hogar y el
ejercicio de nuevos roles sociales. Se asiste, entonces, desde mediados del siglo pasado a
la universalización del trabajo femenino, perceptible en los grupos populares
al ritmo de sus necesidades para sobrevivir, y en las clases pudientes y educadas de
acuerdo a sus expectativas y oportunidades
. Algunas cifras muestran la tendencia del cambio:
entre 1960 y 1990, aumentó la participación laboral de las mujeres entre el 20% y el 40%
en Colombia, tendencia que es más evidente en las ciudades.
El trabajo femenino no era nuevo, pero se
fue convirtiendo paulatinamente en una demanda social y en una reivindicación de género.
A la labor de las solteras se pretendía darle continuidad una vez casadas y llegado el
primer hijo. Sin embargo, ante nuevas expectativas laborales, la mujer redujo su
disposición procreadora y se ha ido afianzando económicamente fuera del hogar, ante el
apoyo que le representan las instituciones de educación y de maternidad extendida. A ello
también contribuyen la pretensión de conquistar una mayor autonomía personal y
seguridad social en la vejez, y el afianzamiento de su formación profesional. El mundo
del trabajo, como otras esferas de lo social, se feminiza y las mujeres ven como
alienantes las viejas identidades que sobre ellas ha construido la sociedad patriarcal.
La legislación ha acogido la
obligatoriedad del trabajo conjunto de la pareja, frente a la inestabilidad de la familia;
de modo que la madre está alerta para asumir, con su sustento económico, las crisis que
sobrevengan, generalmente causadas por la deserción e inestabilidad de los hombres en el
trabajo y en la vida familiar. Como lo ilustra la más célebre estudiosa de la familia en
Colombia, la antropóloga Virginia Gutiérrez de Pineda, El cambio más radical de
la función económica de la mujer- se observa en el
«
trastrueque de roles
»
, antítesis del
patriarcalismo
. Para esta autora, con el mayor protagonismo
económico de la mujer y el reconocimiento formal de sus derechos políticos
recuérdese que el voto
femenino se estableció en Colombia en 1957-, va aparejada una mayor autonomía e
independencia personal, que se despliegan en los ámbitos de la sexualidad, la
sociabilidad y la cultura. La división socioeconómica tradicional del trabajo entre los
sexos ya no tiene asidero en la familia y aun es factor de conflicto. Así, de la crítica
feminista a la dominación masculina en el hogar se ha ido pasando, sin desaparecer tal
actitud, a la erosión de los hombres como proveedores económicos del hogar. Esta parece
ser la única función masculina que ha decaído o desaparecido, principalmente en las
clases medias y altas, pues en ellas el hombre mismo ha quedado rebasado, a veces, por un
mejor estatus económico y profesional de las mujeres.
Otras funciones, como la paternidad, el apoyo emocional a
las mujeres y la figura masculina como objeto erótico todavía persisten en medio de
trastocamientos y cambios permanentes. Incluso, los hombres como proveedores de afecto se
ven desplazados con la ampliación que ha logrado la mujer en formas de sociabilidad
laboral y espontánea, incluido un feminismo extremo más perceptible entre minorías
femeninas de nivel académico e intelectual y asociadas con el lesbianismo. Con todo,
estas nuevas problemáticas que dan fisonomía a las familias contemporáneas, tienen que
ver con el cambio fundamental que se ha producido por la disociación entre conyugalidad
(vínculo de pareja) y filiación (vínculos entre padres, madres e hijos). En la
familia tradicional, uno de estos vínculos suponía la existencia del otro y eran
indisolubles. Mientras que en la actualidad, la conyugalidad es de carácter social, y la
vincularidad conserva su carácter natural, registrándose entre ambos un foco
de tensiones y conflictos que suponen el reacomodamiento de los sujetos a las nuevas
maneras de estar juntos
.
Al estudiar los nuevos fenómenos culturales de las
sociedades postindustriales, el sociólogo Manuel Castells destaca que al ser cuestionado
el modelo de familia patriarcal se pone en entredicho su lógica sexual, esto es, la
heterosexualidad como norma que la fundamenta y que, al tiempo, permite una soterrada
homosexualidad masculina
. Este fenómeno, más propio de Europa y
Norteamérica, anuncia sus lógicas de manera visible en el contexto latinoamericano en la
última década del siglo XX. El quiebre sobrevino principalmente con el feminismo y los
movimientos de lesbianas y gays, al cuestionar las conflictivas relaciones
hombres-mujeres y explorar nuevas formas de familia y de lo sexual sin las viejas
talanqueras institucionales.
Como puede sospecharse, en el campo de la
moral sexual las transformaciones también han conmovido las formas de sociabilidad urbana
en Medellín. Ya es claro, por ejemplo, que la homosexualidad ha hecho de la ciudad un
escenario para su despliegue, principalmente en los medios juveniles y con la creación de
nuevas estéticas andróginas, reconocidas y alimentadas por la publicidad, la moda, las
campañas contra el SIDA y los espacios de diversión nocturna. La heterosexualidad, como
lo exige el modelo patriarcal, ya no es obligatoria, por el contrario, se llega a
reivindicarla, no como una preferencia sexual, sino como una identidad, fundamentalmente.
Con las opciones homosexuales, al igual
que con las heterosexuales de las nuevas formas de amor libre, típico slogan
de los setenta, o con una sexualidad pura sin hijos, con las de pareja sin
matrimonio y de maternidad soltera como opción no forzada, es perceptible que lo sexual
no se limita exclusivamente a la esfera familiar, pero le sugiere sus lógicas de
ordenamiento como marcador de fuertes identidades individualizantes y narcisistas. De
allí que el divorcio, opción del individuo anteriormente reprobado por una sociedad
pacata y rezandera, y por la misma Iglesia católica que descargaba toda la sanción moral
sobre la mujer, sea un signo más del derrumbe de la familia patriarcal. Todavía en los
años setenta, el divorcio era visto como algo moralmente reprobable, de allí que las
mujeres dudaran para decidirse por esta vía; además, esta opción las lanzaba por el
camino de una independencia económica para la cual no estaban del todo preparadas. Pero
con el tiempo, apenas en cuestión de dos décadas, las mujeres lograron afrontar con
mayor independencia moral y económica esta opción, que ya es prácticamente vista como
normal dentro de la lógica de las relaciones afectivas entre hombres y mujeres.
Este proceso de resignificación social y simbólica de los
géneros ha incidido enormemente en las opciones que presenta la vida moderna a hombres y
mujeres para el despliegue de sus vidas, en contraposición a la opción matrimonial
hegemónica. Sin embargo, nadie quiere quedarse solo. Lo cierto es que desde
hace dos o tres décadas la decisión de casarse entre las nuevas generaciones urbanas
está mediada por una más intricada y narcisa red de cálculos y elaboraciones de tipo
económico y sentimental. Es más difícil que antes que una mujer, después de obtener su
título universitario, opte rápidamente por la empresa matrimonial o se sienta frustrada
con su soltería. Entonces, no antepondrá fácilmente a sus conquistas económicas y
profesionales el matrimonio. Sin embargo, su situación, como la del hombre, se torna
bastante conflictiva. A esto se suman las inclemencias de la economía que dificultan la
independencia profesional de los jóvenes y la incredulidad en un futuro próspero,
factores que contribuyen a retardar la edad para casarse, tener hijos y salir de la casa
paterna. En gran medida, en los sectores populares se siguen registrando matrimonios y
uniones consensuales heterosexuales a temprana edad, rondando los 20 años, mientras que
las clases medias y altas parecen retrasar la toma de estas decisiones y así marcar su
independencia con los padres. Pero estos cambios parecen tener un sentido cultural más
amplio, y no sólo económico, pues según los estudios antropológicos sobre las
sociedades contemporáneas, la mayor autonomía sicológica que logran hoy los jóvenes
está acompañada de una postergación cada vez mayor de la independencia económica. Lo
cual supone procesos contradictorios que ya son visibles en sectores de las grandes
ciudades colombianas, pues la autonomía cultural de los jóvenes, tanto en los modos de
vida como en las maneras de pensar, se adquieren cada vez más temprano, mientras la
autonomía material se adquiere cada vez más tarde
.
Retrotrayendo el tema del divorcio, se tiene que más allá
de expresar el fin de la familia como lo predica todavía la Iglesia católica, ha
supuesto la proliferación de tipos de familias en diversas modalidades con la formación
de hogares unipersonales, en los que la mujer es cabeza de familia, o de
uniones matrimoniales recombinadas, en las que la mujer y el varón comparten
hijos de relaciones previas. Lo cierto es que el divorcio elevó sus cifras, cuando en
1992 y como resultado de la Constitución de 1991, se expidió la Ley 25, que permite de
manera totalmente novedosa la aplicación del divorcio a toda clase de matrimonios. Así,
una situación que permanecía congelada y como soterrada por la inexistencia de la ley,
sacó a flote una realidad tangible para la ciudadanía. Las cifras lo indican, pues desde
la expedición de la nueva legislación, la cantidad de divorcios en Colombia se ha
incrementado en un promedio anual del 10%
.
La proliferación y aceptación social del divorcio no lo
exime de ser una decisión dolorosa y traumática para muchas parejas y, especialmente,
para los niños. Visto en la larga duración de la evolución demográfica, el divorcio en
la sociedad contemporánea es, como lo sugiere la antropóloga Margared Mead, lo que ahora
separa las parejas, y no como anteriormente lo era la muerte de alguno de los cónyuges.
Se trata del divorcio como la muerte de un matrimonio y no de la muerte de la
institución matrimonial, propiciado, según la Iglesia católica, por la opción del
divorcio
. Como lo dice Mead, la probabilidad de vivir
hasta 50 años de matrimonio hace que se esté menos dispuesto a tolerar una vida conyugal
que no sea satisfactoria. En ello ha incidido una más amplia disponibilidad de ofertas
existenciales para la realización personal, más restringidas en la sociedad rural y
patriarcal de hace tiempos, y el alargamiento de la esperanza media de vida, que ahora
ronda los setenta años para la población colombiana y que a principios del siglo era de
37 años
.
No obstante que sobre el divorcio ya no
pesan los prejuicios morales de antes, todavía supone el lastre del fracaso, aún en
países de Europa y en los Estados Unidos. Allí, y en Colombia, la tendencia general es
que las mujeres divorciadas y con hijos cuentan con menos probabilidades de volverse a
casar, mientras no ocurre lo mismo con los hombres, lo cual evidencia modos diferenciales
de sociabilidad por género. Como lo sugiere Manuel Castells, el hombre es supuestamente
privilegiado socialmente, pero con una situación más complicada en lo personal, pues ha
perdido poder impositivo en todos los órdenes y en medio de la difusión de ideas
feministas, sigue tras la mujer como figura erótica, como objeto de amor y trabajadora
doméstica. Lo cual supone renegociar su relación heterosexual como igualitaria, cuando
no ha optado por la simple separación o por la homosexualidad. Mientras que la mujer
cuenta con una capacidad de maternaje que amplía sus redes de apoyo y
sociabilidad en medio del trabajo, el cuidado de sus hijos y el acompañamiento que
devenga de redes familiares y femeninas afectivas. Con todo y esto, parece perceptible
principalmente en las nuevas generaciones de las distintas capas sociales que los hombres,
contaminados por la feminización de la cultura urbana, han declinado su
perfil de padres a la antigua usanza patriarcal. Pues, como lo señala Milan Kundera en su
novela La Identidad, ya no son padres sino papás, han
cambiado su rol familiar, han perdido autoridad y ese halo de agresividad sexual que los
asistía en los espacios públicos; pues aún en éstos apoyan y hasta relevan a la
mujer en las tareas que demanda el maternaje de los hijos.
Los ámbitos de la economía y la vida
doméstica también han visto el declive de los viejos roles masculinos y femeninos, pero
no su desaparición absoluta. Los dichos populares de el dinero es cosa de
hombres, o la cocina y los oficios domésticos son cosa de mujeres, son
reliquias patriarcales que nadie se atrevería a sostener en público, pero que todavía
se practican con cierta funcionalidad en los hogares de más popular extracción o en los
que predominan las generaciones de adultos y abuelos.
El culto a las exigencias personales en la
sociedad narcisista contemporánea supone que también sobre las relaciones de pareja como
sobre la familia, pese una excesiva lista de demandas que parecen agotarla. Ahora se
espera y se exige todo de todo encuentro amoroso. Se pide demasiado y demasiado pronto de
la menor relación afectiva, e igual del matrimonio. Si este no sucede y se complace, se
aboca la relación a su final seguro. Sin embargo, y de nuevo, nadie quiere quedarse solo
a pesar del narcisismo reinante en las nuevas maneras de subjetivación. Y entre las
nuevas maneras de ser que tocan con los valores y la sociabilidad urbana se encuentran los
linderos del trabajo. El trabajo como discurso y como práctica social.
valoraciones en torno al trabajo. de los
medios a los fines
Se sugirió anteriormente que la división
socioeconómica tradicional del trabajo entre hombres y mujeres ya no tiene fundamento en
la familia. Pero a riesgo de la permanencia misma de la familia, se percibe en las
sociedades contemporáneas una incompatibilidad creciente entre matrimonio, vida y
trabajo, perceptible, por ejemplo, en el retraso en la formación de parejas y en la vida
en común sin matrimonio.
Pero más allá de la indiferenciación
del trabajo entre hombres y mujeres como parte del derrumbe de las ataduras
heterosexuales, se trata de hacer visible en este capítulo la forma como se han
trasformado las valoraciones en torno al trabajo. En la sociedad antioqueña, las
valoraciones alrededor de éste han estado signadas desde antiguo por lo religioso:
el trabajo lo hizo Dios como castigo. Sin embargo, estas opiniones negativas
expiatorias que todavía persisten se articulan con otras de carácter positivo y moderno.
Se trata de una ética moderna del trabajo, que ha tenido desarrollos importantes en
Antioquia, aun desde tiempos coloniales. En concordancia con ella se perfila al trabajo
como un ordenador social, como motor del progreso económico y como una forma
de edificación espiritual de la persona.
En el contexto de una sociedad tradicional, en la que las
doctrinas católicas tenían un gran asidero social, al trabajo se asociaban valoraciones
como la honradez, la responsabilidad, el valor de la palabra, el ahorro, el esfuerzo por
ascender socialmente y, por supuesto, la riqueza. Estas valoraciones y prácticas sociales
fueron perdiendo vigencia con el final del modelo económico mercantil, que permitía el
ascenso social a los sectores subalternos de la sociedad
. Este modelo económico
se identificaba con el ethos sociocultural de sus elites y empresarios,
permitiéndole a sectores bajos la conquista de un lugar entre ellos, por su capacidad de
riesgo, cálculo, habilidad y pragmatismo para los negocios. Desde tiempo atrás, en
Antioquia ha sido más importante el dinero y la capacidad personal para el trabajo como
móvil de ascenso social y económico que el linaje.
Con los cambios que supone el capitalismo
moderno en el siglo XX, el modelo mercantil llegó a su fin, con una industrialización
que impone un carácter monopólico y restringido para el ascenso social. Es entonces
cuando los canales sociales del ascenso económico se estrechan para las nuevas clases
urbanas medias y bajas, que posteriormente, herederos de una mentalidad empresarial
instalada, no se resisten a las nuevas vías del ascenso social donde irrumpen otras
actividades que podían ser un lucrativo negocio. Lo cual fue más visible en
medio de las dificultades económicas por la quiebra del modelo económico, debido a la
crisis petrolera internacional y a la de la industria nacional de 1973/74,
respectivamente. La disposición cultural como la coyuntura económica de crisis,
generaron posibilidades para legitimar socialmente una actividad legalmente proscrita como
el narcotráfico.
Hoy, los procesos de modernización
vividos en una ciudad como Medellín, le dan la razón a sociólogos como Durkheim y
Merton sobre el tema de la anomia social. Y es que se han erigido en símbolos de status
social la riqueza y el éxito económico en detrimento de otros valores que tenían un
gran poder cohesionador, alimentando formas de anomia que erosionan el tejido social.
Así, las tradicionales concepciones sobre el trabajo se desdibujan y los viejos
mecanismos para el ascenso y reconocimiento social se ven restringidos y desplazados por
actividades que están por fuera de los canales establecidos, aunque han logrado cierta
legitimidad en algunos sectores sociales. Hace apenas unas décadas, el habla popular
todavía consignaba fórmulas de aprobación y reconocimiento moral para aquellos sujetos
que fueran decentesy honrados a pesar de su pobreza,
mal vista, particularmente en una Antioquia pragmática y judía. Así, de los
medios a los cuales aparecía asociado el trabajo (el esfuerzo, la honradez, el sacrificio
personal...) se ha puesto el énfasis en los fines y en los resultados que posibilita: la
ganancia y el éxito económico.
En relación con ello, algunos investigadores han señalado
que en nuestra sociedad, las formas de sociabilidad ya no se enfatizan desde ...los
engranajes simbólicos (los preceptos y la palabra divina, lo establecido por la
tradición, el peso de las leyes e instituciones jurídicas), sino desde el
predominio de lo imaginario, que sintoniza con los ideales de la sociedad individualista:
éxito, potencia sin límites, imperio del dinero, disfrute sin aplazamiento, derechos sin
deberes
.
Aunque estas consideraciones sobre el trabajo como poder
ético requieren ser desarrolladas con más profundidad, puede anotarse que ha sido tan
acendrada la presencia social de una ética del trabajo en Antioquia que todavía en el
habla popular se guarda memoria de ello. Y es que la vida misma, el destino personal, se
ha confundido en Antioquia con el trabajo, cuando es una de sus dimensiones. Aún hoy en
día se señala el trabajo como asimilable al destino personal y a la ética
individual con que se despliega la vida toda. Todavía es común escuchar a las amas de
casa decir: son las once de la mañana y no he hecho el destino, o
conseguime un trabajo que me quedé sin coloca y no tengo destino. Este poder
ético del trabajo, que lo convierte en causa común cohesionadora, también se registraba
hasta hace poco con la gran condena a que han sido sometidos en Antioquia el ocio y la
vagancia
. En esta región, la conversión de algunas
actividades en negocio, negación del ocio por etimología, supone la
necesidad de ocuparse y ganarse la vida a como dé lugar, sin importar que se sobrepasen
los canales legítimos y tradicionales del ascenso social. Según se sugiere en una
reciente crónica de la ciudad, el problema del narcotráfico se asocia a la incapacidad
(leída como disposición sociológica y cultural) de muchos antioqueños de resistirse a
ejercer actividades que puedan convertirse en un buen negocio
.
La prolongación de iniciativas
empresariales sobre actividades delictivas como el narcotráfico, el contrabando, el
sicariato y el robo, entre otras, supone su conversión en actividades legítimas, al
señalarlas cotidianamente como trabajitos, ligados a una forma de vida
aceptada por sectores sociales. De esta manera, ha cobrado vigencia una ética de la
ganancia rápida y fácil, cuyos riesgos y códigos de grupo reemplazan de
alguna manera el esfuerzo honrado, persistente y sacrificado de las viejas
generaciones obreras, desestimadas por las nuevas generaciones jóvenes, que rigen su vida
por las lógicas del instante, del presente y de lo fugaz que caracteriza su
cultura.
Con respecto a la cultura juvenil y a las nuevas formas de
criminalidad, Manuel Castells destaca la nueva cultura que inducen, pues los
nuevos criminales exitosos se convierten en modelos que merecen ser imitados por nuevas
generaciones de jóvenes
. Y particularmente en contextos como los que
caracterizan a Medellín: una ciudad donde se perciben profundas restricciones a la
movilidad social, con tradiciones culturales (empresariales y religiosas) que resultan
funcionales a propósitos y lógicas delincuenciales, con una preocupante ilegitimidad
política del sistema, un cierto nihilismo de las generaciones de jóvenes, y la
generalización y agudización del desempleo que en los últimos años no baja del 15%. No
obstante que existen relaciones de causalidad entre los procesos de violencia y el
deterioro de las condiciones económicas a las que se ven sometidos los jóvenes de los
sectores más populares, también es cierto que un determinado nivel de progreso
económico los induce a ella.
Investigadores como Alonso Salazar, escritores como Gabriel
García Márquez y cineastas como Víctor Gaviria
, para sólo mencionar algunos, han captado
aspectos de la sensibilidad de agrupaciones juveniles urbanas y, más específicamente, de
aquellos con inclinaciones delictivas. Atrapados en su entusiasmo por la
vida y la percepción de sus límites, con cierto nihilismo frente a la vida y a lo
social, erigen como valor supremo la familia y en cierta manera lo religioso. Castells
señala:
Para ellos, no hay esperanza en la sociedad y
todo, en particular la política y los políticos, está corrompido. La vida misma carece
de significado y la propia no tiene futuro. Saben que morirán pronto. Así que sólo
cuenta el momento, el consumo inmediato, la buena ropa, la buena vida, a la carrera, junto
con la satisfacción de provocar miedo, de sentirse poderosos con sus armas. Sólo hay un
valor supremo, sus familias y, sobre todo, sus madres, por quienes harían cualquier cosa.
Y su fe religiosa, particularmente hacia determinados santos que les ayudarían en los
malos momentos. [...] Por lo tanto, la comprimen la vida- en unos pocos instantes,
para vivirla plenamente y luego desaparecer. Por esos breves momentos de existencia, la
infracción de las reglas y la sensación de poder compensan la monotonía de una vida
más larga pero miserable. Sus valores son compartidos por muchos otros jóvenes, si bien
en formas menos extremas
.
Esta sensibilidad que llega a estigmatizar
la situación de muchos jóvenes, difiere de la de aquéllos que se organizan con ideales
comunitarios en los barrios o de quienes buscan transformaciones sociales desde los
llamados movimientos estudiantiles y cristianos, o inspirados en ideologías
políticas. Con todo, este aspecto de las denominadas culturas juveniles es
mucho más complejo de lo sugerido hasta el momento.
consideraciones finales
Se
han sugerido algunas de las tendencias de las problemáticas sociales y culturales de la
ciudad de Medellín, tendencias que si bien son características de las urbes modernas, es
necesario profundizar en su análisis para dilucidar con mayor agudeza sus especificidades
locales y algunas de las temáticas propuestas.
Como se afirma en
algunos apartes de este ensayo, la ciudad de Medellín ha sufrido de manera acelerada
transformaciones muy profundas en sus estructuras sociales, que si bien se remontan más
allá de las dos últimas décadas del siglo XX, se han hecho más palpables durante
ellas. Con estos procesos de cambio, pero también de permanencias, ha sido visible la
aparición de nuevas prácticas sociales y de valores que configuran y expresan las
dinámicas locales contemporáneas, pero también de una cultura en la que los
intercambios internacionales se han intensificado a todo nivel. En este sentido, se asiste
a la clara descomposición de las antiguas formas de vida de la antioqueñidad
como proyecto social cohesionador, definido a partir de instituciones como la familia
patriarcal, el trabajo honrado y disciplinado, formas de acatamiento y
obediencia social definidas por el lugar central y jerárquico de los adultos, y el poder
de la Iglesia y los partidos políticos con sus pautas de orden y moralidad.
Igualmente, se ha sugerido
que las profundas trasformaciones que afectan a la familia están asociadas con una
supuesta crisis de la ciudad, a falta de una mejor expresión, o en otras palabras, a la
aparición de otras formas de socialización de las nuevas generaciones de infantes y
jóvenes, cuya procedencia es propiamente urbana, en comparación con la generación de
sus padres y abuelos. Sin embargo, como lo dice Agnes Heller, la crisis podría entenderse
como un cambio cualitativo inherente al mundo moderno, y no como un momento insuperable o
una coyuntura especifica de la historia. Lo moderno ha implicado en Medellín, como en
otras urbes de Latinoamérica, la aparición, no sin traumatismos, de formas de
sociabilidad urbana que escapan a la ingerencia ordenadora de los tradicionales poderes
éticos de la Iglesia católica, los partidos políticos y aun de la familia. Estos
procesos suponen la laicización de los valores y formas de vida en la ciudad, como
resultado del importante papel que han jugado el sistema educativo y los medios de
comunicación en la generación de una cultura menos parroquial y confesional,
y a las transformaciones que lleva consigo la consolidación del ingreso de la mujer a la
educación, al mundo de la cultura y del trabajo urbano, junto con la declinación de los
antiguos roles heterosexuales en que se fundaba la diferenciación de los sexos en el
antiguo modelo patriarcal.
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