palabras del maestro jaime jaramillo uribe
En un pequeño y hermoso libro, siempre actual, el gran
historiador francés Marc Bloch, uno de los fundadores de la escuela francesa de los Annales,
que tanto ha hecho por la renovación y el enriquecimiento de la historiografía moderna y
a la que tantos debemos tanto, se preguntaba para qué nos sirve la historia a fin de dar
respuesta a la pregunta de uno de sus nietos. Analizando los numerosos valores y las
muchas posibilidades con que la historia enriquece nuestra personalidad y nuestra vida,
pero aceptando que estos resultados fueran dudosos y discutibles, llegaba a la humilde
conclusión de que si no servia para tan altos fines, al menos servía para divertirnos.
Con la reverencia que nos merece tan insigne maestro,
nosotros pensamos que nos sirve para más prácticos y valiosos propósitos. Nos sirve
ante todo para adquirir algo decisivo para nuestra educación personal y para nuestra
actividad como ciudadanos. Nos da, y es quizás el único saber que puede dárnoslo, el
sentido de la realidad, que parodiando lo que se ha dicho sobre el sentido común, es el
menos común de los sentidos. Otorgándonos ese precioso don, la historia nos libra de las
muchas ilusiones y de las muchas utopías en cuyo nombre se han producido tantos
acontecimientos trágicos e inútiles.
Sin apoyarme en tan sutiles y abstractos fundamentos,
partiendo simplemente de la insatisfacción que sentía por la modesta historia nacional
que se nos daba en la escuela primaria y secundaria, puesto que la historia no tenía
presencia en nuestras universidades, y estimulado por el ejemplo de algunos de mis
profesores de la Escuela Normal Superior, como Rudolf Hommes y Gerhart Masur, y por la
lectura de los grandes maestros de la historiografía europea, como Henri Pirenne y Max
Weber, cuyas obras ponían a nuestra disposición la editorial Fondo de Cultura Económica
de México y algunas empresas editoriales españolas, tras muchas dudas y vacilaciones
sobre mi vocación profesional, resolví optar por dedicarme a la enseñanza y la
investigación de la historia. Y no de cualquier historia, sino de la nuestra, con el
propósito de dar una visión de ella que se aproximara a los modelos señalados por los
grandes maestros de la historiografía europea.
Por fortuna, el proyecto renovador ya se había iniciado.
En efecto, en la década de los años cuarenta, Luis Ospina Vásquez, Luis Eduardo Nieto
Arteta, Guillermo Hernández Rodríguez e Indalecio Lié
vano Aguirre
habían hecho un esfuerzo innovador introduciendo en el quehacer del historiador el
estudio de nuestro desarrollo económico y social. Pero a pesar de estos logros, había
llegado el momento en que era necesario tomar el oficio de historiador como una actividad
especializada, que requería una sólida preparación académica. Fue así como,
basándose en esta convicción, al iniciarse la década de los setenta, se fundaron
departamentos de historia en la Universidad Nacional y en otras universidades, entre
ellas, la nuestra, y años más tarde le dio el paso a la creación de una nueva carrera
académica, la carrera de historia.
Cuando se haga debidamente la historia de nuestra
historiografía se verá que los esfuerzos hechos han dado abundantes frutos y que a
partir de ellos se han formado sucesivas generaciones de historiadores, que han superado
con creces los esfuerzos hechos por quienes fueron los pioneros del cambio. Lo que no
quiere decir que a pesar de los avances que se han logrado no haya en ellos vacíos. Uno
de ellos es la subestimación en que se ha tenido la historia política, pensando quizás
en la limitada interpretación que de ella había hecho la historiografía tradicional,
reduciéndola a un anecdótico proceso de la sucesión de gobernantes y, en el mejor de
los casos, de la sucesión de las constituciones. Pero si pensamos que una de las primeras
tareas que tuvo el hombre al iniciar su marcha a través de la historia, fue definir sus
formas de acción social, al determinar quiénes y con qué procedimientos debían
dirigirlos, quién debía garantizar los derechos y obligaciones de los asociados,
comprenderemos que la creación de las instituciones políticas fue tan primordial y se
inició tan temprano como el proceso de formación de una economía o una cultura, y que
hacer la historia de ese proceso es una de las tareas insoslayable del historiador.
Donde no hay problema no hay historia, decía Lucien
Febvre, uno de los grandes maestros de la historiografía moderna. Apoyándome en esa
luminosa sentencia, comencé la práctica de mi oficio preguntándome si el nuestro era un
país inviable como lo afirmaban algunos comentaristas de nuestra historia. Inviable por
el carácter tropical de su geografía difícil y poco propicia para el desarrollo de la
civilización. O inviable por las herencias históricas raciales y culturales recibidas de
una población indígena deteriorada por varios siglos de dominación y malos
tratamientos. O por la presencia de una considerable población de origen africano puesta
al margen de la actividad social creadora e inadaptada a los valores dominantes de lo
hispánico o lo indígena por las condiciones de segregación e inferioridad en que había
sido colocada por la institución de la esclavitud. O inviable por su incapacidad de
adaptarse a las exigencias de la vida moderna, de la economía, la ciencia y la técnica
que habían dado su poder y su predominio al occidente europeo.
Colocado ante un panorama de explicaciones maniqueas, que
dividía la historia entre buenos y malos, entre fuerzas positivas y negativas del proceso
histórico, pensaba que era necesaria y posible una historia comprensiva, una historia
cuya misión era explicar y comprender, no condenar una parte de ella y hacer la apología
de la otra. En una palabra, creía en la posibilidad de una historia objetiva, libre de
valoraciones de carácter político, religioso o social. Pero por historia objetiva no
entendía una historia que omitiera la admiración y gratitud hacia quienes habían hecho
este país, incluidos españoles, criollos, indígenas, mestizos y africanos. No
ciertamente una historia aséptica y apologética, que excluyera las sombreas, las
inequidades sociales y las penurias, pero sí que mostrara los esfuerzos que las
generaciones pasadas habían hecho por construir las bases de una nación. Por crear una
economía, una cultura, unas instituciones políticas,
en una palabra, una nación y un Estado.
Ahora bien, esa historia, como todas las historias,
debía tener sus luces y sus sombras. En Hegel había aprendido que la historia, ninguna
historia, transcurría sobre un lecho de rosas, que la historia era un proceso trágico,
donde no sólo existían la violencia y las pasiones, sino donde éstas tenían una
función creadora, y que la misión del historiador era comprender su dramático acontecer
sin constituirse en el apologista o el detractor de sus actores.
Reflexionando sobre las tareas de nuestra historiografía
creía necesario analizar y comprender las razones que tuvieron y los esfuerzos que
hicieron nuestros antepasados del siglo XIX para superar las que consideraban fallas de la
cultura y las instituciones que España había instaurado en América, y las razones que
tuvieron para orientar su pensamiento hacia las instituciones y la cultura de Francia e
Inglaterra, que consideraban los modelos de la civilización. Pensaba entonces también, y
continúo pensándolo, que la misión de nuestra historiografía era presentar nuestro
desarrollo histórico con sus aspectos positivos y negativos, con sus luces y sus sombras,
pero evitando establecer sobre él lo que el gran historiador brasilero Gilberto Freyre
llamaba leyendas negras sobre nuestros países.
A estas consideraciones sobre la tarea del historiador
tratamos de darles expresión en el prólogo escrito para presentar el Manual de
Historia de Colombia
que, por iniciativa
de Gloria Zea, entonces directora del Instituto Colombiano de Cultura, se publicó en
1976. Con el concurso de un grupo de historiadores y profesionales se hizo entonces el
esfuerzo de presentar el desarrollo en el tiempo de nuestras instituciones políticas,
nuestra estructura social y económica y las diversas formas de nuestra cultura,
utilizando los métodos de la moderna historiografía y hacerlo sin espíritu apologético
o polémico, actitud que no debería reñir con los sentimientos de gratitud y simpatía
con que el historiador debe abordar los temas y tareas de su profesión. Tenía entonces
muy presente la relación que el filósofo alemán Max Scheler establecía entre el amor y
el conocimiento. Sólo podemos conocer, decía Scheler, aquello que abordamos con un
espíritu de simpatía y afecto. Por eso nunca sabremos lo que es nuestro enemigo, ni
podremos juzgarlo.
Pidiendo excusas por esta aburrida digresión, quiero
finalmente agradecer a las autoridades de la Universidad que han propiciado este acto y a
las personas que, con espíritu tan generoso, lo organizaron, acto que yo interpreto más
como un estímulo al desarrollo de los estudios históricos en nuestra alma mater,
que como un homenaje al autor de una limitada obra que, con ella, sólo ha querido dejar
testimonio del afecto y la gratitud de un artesano a la tierra y las instituciones que le
dieron la oportunidad de dedicarse al difícil, pero fascinante oficio de escribir y
comprender la historia.
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