EDITAR A SILVA DE CARA AL SIGLO XXI

 

JESÚS MUNÁRRIZ 

Cuando María Mercedes Carranza me propuso el año pasado, en la Casa de Poesía Silva, ocuparme de la edición española de las principales obras de Silva, su Obra poética y su novela De sobremesa, acepté encantado la propuesta sin sospechar las dificultades que la empresa entrañaría(1).

Como cualquier lector de poesía en castellano, recordaba la belleza de algunos de sus textos, en especial la de ese "Nocturno" que modificó desde su aparición los ritmos de nuestra lírica, y al hilo de la lectura de sus poemas fui redescubriendo algunos, que se habían fijado en mi memoria sin nombre de autor, y descubriendo y disfrutando de otros que hasta entonces no había tenido ocasión de leer. Comprobé así que Silva era uno de los grandes y que junto a Martí y Darío, había llevado a cabo una renovación de nuestra poesía de la que toda la escrita en español en este siglo es deudora.

Y decidí ocuparme personalmente de la fijación del texto y cuidar de la edición con el criterio que distingue a la colección en que se publica: poesía para lectores de poesía, para los que disfrutan del poema, editada con la pulcritud y belleza que ello implica, sin notas que distraigan de la lectura, al tiempo que con el rigor y la exactitud filológica necesarios para sustentar y justificar las opciones elegidas.

Cuando un autor cuida personalmente la edición de su obra y la corrige y pule hasta el último día, como pueda ser el caso de Jorge Guillén recientemente, su publicación no presenta dificultades. Cuando el autor muere de forma inesperada o violenta y la edición de su obra corre a cargo de terceras personas, puede ocurrir que se haga con tanta fidelidad como si el poeta hubiera cuidado de ella (Aníbal Núñez es un caso reciente, entre nosotros), pero también lo contrario: que se descuide la edición, que las erratas deformen los textos, que se pierdan o eliminen o corrijan arbitrariamente los originales, y que se impida, en fin, que la posteridad pueda reconstruir nunca en toda su pureza lo que escribió el poeta. Tal fue el caso doloroso, por ejemplo, de Francisco de Aldana, en nuestra poesía clásica, y tal es también, en parte, el de Silva en la contemporánea.

Al suicidarse el 24 de mayo de 1896 José Asunción Silva no ha publicado ni un solo libro. Poemas sueltos en revistas y antologías sí, y artículos, y traducciones, y algún prólogo, y es un poeta de renombre, pues su "Nocturno" Lleva un par de años publicado y su influencia ha trascendido ya las fronteras colombianas; pero ni un solo libro con su nombre en la cubierta es accesible a los lectores. Tendrán que pasar doce años para que en Barcelona, y con prólogo de Miguel de Unamuno, aparezcan sus Poesías, un volumen antológico que, pese a sus errores y deficiencias, abre brecha editorial y encabeza la larga serie de ediciones que, hasta nuestros días, no han cesado de difundir y, a menudo, revisar y ampliar el corpus poético del gran santafereño.

Pero El libro de versos, manuscrito donde Silva recopiló entre 1891 y 1896 lo mejor de su obra, no se publicó hasta 1923, y hasta 1954 no se dispuso de un facsímil del original, en el que se pudo comprobar que faltaban siete de los poemas reseñados en el índice (aunque cabe la posibilidad de que algunos los conozcamos con otros títulos). El manuscrito propiamente dicho, tras su reproducción en facsímil, ha permanecido inaccesible a los estudiosos.

Y de sus Gotas amargas, denominación que agrupaba poemas críticos, escépticos, materialistas, sobre los que se han expresado las más diversas opiniones, pero de cuyo valor e importancia hoy no es posible dudar, no existe manuscrito. Disponemos únicamente de los poemas que la buena memoria y la buena voluntad de los amigos del poeta fue rescatando y publicando en revistas y periódicos a lo largo de los años, en versiones no siempre completas o plenamente de fiar.

En 1977 Héctor H. Orjuela publicó por cuenta del Instituto Caro y Cuervo de Bogotá lntimidades, un manuscrito que contenía poemas escritos entre 1880 y 1884 -es decir, entre los 14 y los 19 años-, que Paquita Martín, una amiga de su hermana Elvira, había copiado en un álbum "ya medio borrado por el paso del tiempo" en 1889, álbum que en 1928 pasó a manos de Germán Arciniegas y que, medio siglo después, fue a recalar en la Biblioteca Nacional de Bogotá, de donde Orjuela lo rescató para su edición.

A estos tres libros hay que añadir un grupo no desdeñable de "Versos varios" recuperados a lo largo del siglo por diversas publicaciones, y unos pocos atribuidos sin plena seguridad de autoría, todos los cuales han ido engrosando las sucesivas ediciones de su Obra completa, la mejor y más completa de las cuales hasta el momento (valga la redundancia) es la coordinada por Héctor H. Orjuela y publicada en 1990 en Madrid en la colección "Archivos", editada simultáneamente por organismos de Argentina, Brasil, Colombia, España, Francia y México. De ella he partido fundamentalmente para realizar mi edición.

(Habría que hablar, también, aunque no sea esta la ocasión adecuada para ello, de la "Correspondencia" del poeta, de la que siguen apareciendo cartas un siglo después de su muerte, correspondencia recopilada muy recientemente, a finales de 1995, por Enrique Santos Molano en sus Cuarenta y cinco cartas, pero que, es de esperar, seguirá incrementándose con nuevos descubrimientos).

Las ediciones existentes hasta ahora respetan la ordenación de la poesía de Silva de acuerdo con esos grupos fundamentales: El libro de versos, Gotas amargas, Intimidades, Versos varios, bien en orden de escritura (edición de Santiago Mutis Durán y Juan Gustavo Cobo Borda de 1979), bien dando prioridad a El libro de versos (los demás); pero a partir de la publicación de Intimidades esto implica algunos problemas, pues Silva incluyó en El Libro de versos algunos de los poemas de Intimidades, unos con variantes y otros sin ellas, por lo que los editores optan por reproducir ambas versiones, lo que está justificado en una edición crítica, pero no en una dirigida al gran público. Además, en ambos libros se incluían traducciones de poemas extranjeros, unos localizados, y otros de atribución dudosa o no establecida.

A mí me pareció que la publicación debía hacerse en orden cronológico, ya que permite al lector adentrarse en la poesía de Silva reconstruyendo desde sus primeros pasos la evolución que tan alto le llevó, y aunque esto implica comenzar su lectura por algunos poemas inmaduros y de poco calado, la temprana edad de su autor al escribirlos justifica cualquier imperfección o inmadurez. Ello posibilita también, por otra parte, darse cuenta de cómo un poeta de 17-18 años era ya capaz de escribir excelentes poemas como "Crisálidas", "Luz de luna", "Juntos los dos" o esa obra maestra que es "Infancia".

Decidí también entresacar y agrupar en un apartado las diversas traducciones intercaladas por Silva en sus libros ya que, aunque se tomaba bastantes libertades al realizarlas, y por ello han sido consideradas como poemas parcialmente suyos, disonaban por temática y ambiente en el conjunto de la obra y su agrupación permitía hacerse una idea más exacta del conjunto.

Finalmente, "Al pie de la estatua", el poema de mayor extensión de los escritos por Silva, de alcance épico y proyección cívica, tan distinto del resto de su obra y cuya inclusión en El libro de versos rompe claramente la estructura de éste, me pareció que bien merecía un apartado propio (téngase en cuenta que Silva lo incluye, al parecer, en la sección "Infancia", junto a "Crisálidas" y "Los maderos de San Juan", lo que, para mí, carece por completo de lógica).

A su vez estas decisiones "desguazaban" en cierta manera los libros organizados por Silva, así como las secciones de El libro de versos, e impedían mantener los títulos tradicionales para grupos de poemas que diferían de los habitualmente recopilados bajo ellos. Ello me llevó a dividir el libro en dos partes fundamentales:

"Poemas de Juventud y Adolescencia (1880-1884)" -donde junto a los de Intimidades se incluyen otros poemas de la misma época no recogidos en ese manuscrito, pero se excluyen de él las traducciones-; y

"Poemas de Madurez (1885-1895)", subdividida esta última parte a su vez en cinco secciones:

I. De El libro de versos (el "de" indica que no se incluyen todos los poemas del manuscrito; faltan los ya publicados en Intimidades, las traducciones y "Al pie de la estatua");

II. Gotas amargas (que incluye algunos poemas más de los habituales, provenientes de "Poemas varios y atribuidos", y que descarta alguno de los incluidos por otros editores);

III. Poemas de la carne (un intento de reconstrucción de parte del libro perdido en el naufragio del Amérique, al que me he atrevido a asignar seis poemas de diversa procedencia, ninguno recopilado por Silva, todos ellos de temática erótica; podía haber incluido también en él la "Nota perdida" XI, pero no lo hice por respetar su inclusión por el autor en Intimidades);

IV. Otros poemas (donde se incluyen cuantos no parecen tener cabida en ninguno de los apartados anteriores);

V. Al pie de la estatua, y VI. Traducciones.

Completan el volumen "Tres poéticas" -tres textos en prosa en los que Silva expone muchas de sus ideas sobre la creación poética- y unas pocas "Notas" en las que se explican o justifican decisiones puntuales relativas a la fijación de los diversos textos publicados.

En los casos en que se conservan varias versiones de un mismo poema, publico la de "última mano" del poeta, es decir, la revisada, pero la incluyo en el grupo o época correspondiente a su primera redacción, época a la que corresponde el grueso del texto.

En cuanto a la ortografía, acentuación, disposición tipográfica y puntuación he adoptado criterios funcionales y actualizadores, poniéndolas todas ellas al servicio del texto y de su mejor comprensión, tantas veces dificultada en ediciones anteriores por arbitrariedades, en especial de puntuación, que en ocasiones llegaban a deformar gravemente el sentido del poema. No es que yo haya inventado nada en este sentido; de hecho, todos los editores anteriores de Silva que conozco, y cuantos han comentado o antologado su obra habían modificado o corregido en algún detalle puntuación, ortografía, mayúsculas, etc., pero nadie hasta ahora lo había hecho de una forma sistemática y en la totalidad de la obra. En la versión de Camacho Guizado "algunos textos aparecen en versiones depuradas, modernizando la puntuación y ortografía", según comenta Orjuela(2). Éste, a su vez, aunque prefiere "respetar la puntuación y ortografía originales" argumentando que "la puntuación de Silva, a veces caprichosa, es parte constitutiva de su estilo y ayuda al efecto rítmico que el autor quiere producir", no sigue tampoco sistemáticamente este criterio, no respetado ya en su edición crítica de Intimidades, pues alega haberla realizado "unificando la ortografía conforme a las grafías y puntuación actuales y corrigiendo los indudables errores de transcripción. Asimismo -sigue- se han suprimido los asteriscos que a menudo separan las estrofas y algunos guiones -entre los muchos que utiliza Silva- cuando su empleo no es indispensable". Tampoco lo hace en su edición de la Obra completa, ya que exceptúa "errores obvios", "descuidos y omisiones", "el empleo anticuado de algunas grafías y signos, tales como los guiones o signos de admiración", así como "los acentos, cuyo uso hemos modernizado". También admite que "ocasionalmente acogemos algunas transcripciones en las que se han introducido algunos cambios que nos han parecido aceptables". Y creo que hace muy bien adoptando tales criterios, que yo me he limitado a ampliar y sistematizar(3).

(Y ya que hemos hablado de errores, permítanme un inciso, muy ilustrativo al respecto. No se vaya a pensar que este tipo de errores de edición sean propios de países con una historia cultural más breve que la europea, como es el caso de Colombia; desde luego que no. En todas partes cuecen habas, como decimos en España, y si i no son habas, serán fríjoles. Y, si no, veamos un ejemplo: al realizar recientemente la edición española bilingüe de Alcoholes, de Guillaume Apollinaire, uno de los libros fundamentales de la poesía de nuestro siglo, publicado en París por Ediciones Gallimard en 1913, en edición corregida por el poeta, que moriría cinco años después, comprobamos que originalmente dicha edición contenía cerca de 90 errores tipográficos, algunos graves, que se perpetuaron a lo largo de 26 ediciones y más de treinta años de publicación, hasta que ya en los años cuarenta fueron detectados y denunciados por el también poeta Tristan Tzara, que los relacionó en un largo artículo que llevó, a su vez, a la editorial, a corregir a partir de entonces la edición de acuerdo con las sugerencias de Tzara. Si pasó esto con Apollinaire y con Gallimard, no debemos extrañarnos de que ocurra con cualquier otro, Silva incluido, y en cualquier parte. Volvamos, pues, a nuestro autor).

Respecto a la puntuación de Silva, otro testimonio, el de Fernando Vallejo, siempre vehemente, dice lo que sigue: "llevaba un Diario de contabilidad con mala puntuación, con mala redacción, con errores de ortografía"; y, más adelante: "Lo que sí no me gusta de Silva es su caligrafía, ni su puntuación, ni su redacción, ni su ortografía. Redacta mal, puntúa mal, no pone tildes y quita comas..." etc.; y vuelve a repetir: "con una puntuación y una ortografía infames"(4). Todo lo cual, desde luego, no disminuye en un ápice la valía del poeta; quienes conocen los manuscritos de García Lorca saben con qué prodigalidad sembraba las haches donde ninguna falta hacían o trabucaba la b con la v, aunque a nadie se le ocurrirá rebajar por ello ni un milímetro la altura de la poesía del granadino universal, pasmo de España y pasto de hispanistas. Pero tampoco publicarlo con faltas de ortografía.

Otro tema en el que tomé una decisión drástica: las iniciales a principios de - verso, que he suprimido excepto cuando van tras un punto. No ignoro que tales letras se llaman en lenguaje tipográfico versales precisamente porque encabezan los versos, pero su utilización, obligada en el siglo pasado, ha ido decayendo en el nuestro y hoy son pocos -aunque algunos quedan- los poetas que las emplean. Para un lector no avezado, e incluso para quien lo es, tales mayúsculas son como pequeños obstáculos que hay que saltar al comenzar cada nuevo verso y que parecen querer imponer una pausa de lectura o respiratoria que se añade a la ya obligada por la partición del verso precedente, interrupción no sólo innecesaria sino a menudo contraproducente cuando el poeta usa el encabalgamiento, es decir, cuando la frase gramatical continúa sin interrupción a lo largo de dos o más versos y sus pausas no coinciden con las de éstos, efecto muy querido por Silva y continuamente utilizado por él, efecto que produce una mayor soltura del verso, que se desliga así en parte de la rigidez obligatoria de su medida, y le imprime una agilidad y una naturalidad más cercanas a la de la prosa y al lenguaje hablado. De hecho, en la mayor parte de las antologías en que se han recogido sus poemas, tales mayúsculas habían sido sustituidas por minúsculas, deliberada o involuntariamente. Y en las Gotas amargas, transcritas por sus amigos y no por el poeta, faltaban también en muchos casos las mayúsculas iniciales.

Alfonsina Storni, que las empleó en sus cuatro primeros libros, o las dejó utilizar por los tipógrafos, las suprimió en los últimos, y esta decisión de la autora en su madurez me pareció que me autorizaba a mí para suprimirlas en la totalidad de su Antología mayor, cuando me ocupé de su edición en 1994. Este mismo criterio es el que he aplicado a Silva.

También he suprimido, por supuesto, tanto en los versos como en De sobremesa, todas las mayúsculas de autoridad y respeto: General, Senador, Congreso, Cardenal, Obispo, Rey, Conde, Duque, etc., etc., a los que los actuales usos democráticos han apeado de sus versales y reducido a la caja baja de los restantes ciudadanos.

Los signos de interrogación y de admiración en época de Silva a menudo sólo se cerraban, pero no se abrían. Yo los he completado de la manera más coherente posible y, en algunos casos, he suprimido la innecesaria admiración final. A este respecto será bueno explicar que tal uso arbitrario de los signos de interrogación y admiración, muy extendido en la época modernista, se debía en parte a la imitación de modelos extranjeros, pues es sabido que en francés, inglés, alemán, italiano, etc., no existen los signos de apertura, pero en parte también a que los tipos de imprenta se importaban de Europa o de los Estados Unidos y en las cajas de plomo no existían tales signos, por lo que los cajistas no tenían más remedio que eliminarlos cuando procedían a la composición de los textos.

He prescindido igualmente de los sangrados, moda tipográfica del XIX hace tiempo caída en desuso.

Todo ello, desde luego, no por afán iconoclasta, sino por estar convencido de que tipografía, acentuación, ortografía y puntuación deben ponerse humildemente al servicio del texto y de su comprensión, y de que su protagonismo distorsionador nunca es aconsejable. Quede para las ediciones críticas y paleográficas la tarea de recoger tales peculiaridades y de valorarlas adecuadamente.

Me he atrevido también a retocar mínimamente o completar el texto en algunos pasajes dudosos, explicando mi decisión puntualmente en cada caso en las notas finales del libro, excepto cuando se trataba de erratas o de alguna letra suelta o palabra trastrocada. Estos son los retoques introducidos: 

POEMAS DE JUVENTUD Y ADOLESCENCIA (1880-1884)

"Las ondinas" (pp. 29-30). He dividido el poema en dos estrofas de acuerdo con las rimas de los versos pares: asonante en í-o la primera y en í-a la segunda. En el verso 18 he invertido el orden de sustantivo y adjetivo: "del prado la mullida superficie" tiene mejor acentuación, pero parece una corrección posterior a la redacción original: "del prado la superficie mullida", que mantiene la asonancia.

"Idilio" (pp. 40-41). He dividido el poema en tres estrofas según los tres momentos narrativos que lo forman.

"[A la manera] de G. A. Bécquer" (p. 78). He añadido al título la parte incluida entre corchetes, pues titularlo "De G. A. Bécquer", como se ha hecho hasta ahora, sólo puede favorecerla confusión.

"Alas". He completado el octavo verso empezando por el final (p. 88) con un verbo; "[se detiene] un momento", cuya inclusión me parece necesaria para dar sentido -y medida- a la última estrofa.

"Notas al margen". En la m (p. 99) he intentado reconstruir el tercer verso empezando por el final, "[cual la de] Cristo [en el huerto]", que se suele publicar incompleto y carente de rima: "Como el Cristo". La reconstrucción del penúltimo verso de la nota anterior, la v, incluyendo "[humilde]", no es mía; la recojo de ediciones anteriores. En la VII, en cambio, dedicada al parecer a una orquídea, no he sabido dar con una buena solución para completar el verso final, que debería ser una asonante en í-a. Con la XI, me he resistido a la tentación de incorporarla a los Poemas de la carne, donde tendría adecuada cabida. La XIII, finalmente (p. 105), fue revisada en algunos detalles e incluida por Silva en El Libro de versos con el título de "Juntos los dos". Ésta es la versión aquí recogida.

Una vez publicado el libro, me ha parecido que hubiese sido mejor incluir cada poema en página aparte, como los demás, pues aunque Silva los agrupara y numerara como "notas" no son textos independientes con igual entidad que el resto de sus poemas.

"¿Recuerdas?" (p. 110). Aunque no me atreví a completar la palabra que falta en el verso 9° de la 2á estrofa, ahora, una vez publicado el libro, creo que debería haberlo hecho. "Brillaba por los senderos" podría ser una buena solución.

"Sonetos negros" (pp. 113-14). Son los pobres restos que nos quedan del libro de igual título perdido en el naufragio del Amérique. Del I hay dos versiones, la recogida en Intimidades y la revisada más tarde por el autor, y más conocida, que es la que aquí se incluye. Del II no se han conservado, desgraciadamente, los tercetos. Lo incluyo aquí acompañando al primero, aunque no figure en el mismo álbum manuscrito.

DE EL LlBRO DE VERSOS (PP. 121-167)

"Los maderos de San Juan" (pp. 122-124). Este poema, uno de los más conocidos de su autor, se publicó ya en vida de éste, en 1892. Destaco en cursiva el "Aserrín, aserrán..." para subrayar que se trata de una rima infantil del folclore español, popularizada también en América, que da pie al poeta para sus versos, y no obra de éste, como he creído leer en algún comentario despistado. Aclaremos, de paso, que "alfandoque" y "alfeñique" son dos tipos de dulces para niños.

GOTAS AMARGAS (PP. 169-193)

Textos publicados por los amigos del poeta, tras la muerte de éste, a lo largo de años. He suprimido uno, "Madrigal", para incluirlo en Poemas de la carne, y añadido los tres últimos, procedentes de "Poemas diversos" o "atribuidos".

"El mal del siglo" (p. 172). Suprimo el "que" con que comenzaba el 2° verso y la coma final del mismo, evidentemente incorrectos.

"Enfermedades de la niñez" (p. 177). Divido el poema en tres estrofas de seis versos cada una, como parece lo adecuado.

"Filosofías" (p. 185). Aunque no lo he hecho constar en nota, creo que sí debo advertir que el 2° verso de la 6a estrofa, habitualmente "pule, esculpe, extrema", me pareció estar trastrocado, por lo que lo ordené como "esculpe, pule, extrema". Hay dos motivos para ello: el forzoso hiato entre pule y esculpe a que obliga la 1a versión, que desaparece con la inversión de ambos términos, y la gradación lógica de la serie verbal, ya que esculpir es una acción anterior al pulido, que a su vez se completa extremándolo.

"Necedad yanqui" (p. 190). Publicado por primera vez en 1912, a este poema, tan políglota como su autor, le faltan dos medios versos que he intentado reconstruir: las siete sílabas finales del 12° y las cinco iniciales del 13°, lo cual se deducía de su carencia de sentido, del salto existente en las asonancias en o-a de los versos pares, y de la incorrección rítmica del verso que había resultado de la unión de los fragmentos que quedaban. El sentido de lo que falta quedaría más claro diciendo ["Pero intente cobrarle / lo que le debe"], pero así fallaría la asonancia. También he separado del resto los dos últimos versos.

"Puntos de vista" (p. 195). Se publicó por primera vez completo en El País de Cali en 1975 a partir de una copia manuscrita aparecida en un ejemplar de la primera edición de las Poesías de Silva (Barcelona, 1908). Corrijo los versos primero y tercero, incorrectos sin duda por culpa del copista, al que le fallaba el oído. Suprimo "los" en el 1° [En los brazos de un doctor y un sacerdote], para que se convierta en endecasílabo; y añado "que" en el 3° por el mismo motivo: [ateo que, en sus últimos momentos,]. Si el poema, como parece, es de Silva, tales fallos métricos resultarían inadmisibles. 

[POEMAS DE LA CARNE] (PP. 195-202)

Aunque siempre se ha dado por perdido en el naufragio del Amérique este libro de Silva, me ha parecido que los poemas aquí incluidos, agrupados habitualmente entre las "Poesías varias" o las "atribuidas", con excepción del "Madrigal", que suele ir en las Gotas amargas injustificadamente, bien pudieron haber formado parte del plan del poeta, que desconocemos por completo con excepción del título. A ellos podría añadirse también, al menos, la "Nota perdida" xi, "Cabe el remanso sombrío" (pp. 104-105), que no desentonaría en el conjunto.

"Madrigal" (p. 201). Se suele editar acentuando el "tu" central del penúltimo verso, con lo que se anula el sentido malicioso y el sobreentendido que sin duda sugieren esos puntos suspensivos en que culmina la descripción de los atractivos físicos de la homenajeada. Me ha resultado obligado suprimir tal acento.

OTROS POEMAS (PP. 207-228)

Reúne esta sección "Poesías varias" y unas pocas "atribuidas" a Silva que no parecen encajar en las demás secciones y que no fueron incluidas por el poeta en sus manuscritos conocidos, aunque sí publicadas varias de ellas en vida del autor en diversos medios.

"Sinfonía color de fresas con leche" (pp. 227-228). Publicada con seudónimo en vida del poeta en El Heraldo de Bogotá, esta divertida sátira, tan anti como prorrubendariaca, sintetiza a mi entender tanto el reconocimiento de la nueva voz del nicaragüense por parte de Silva como la crítica a sus imitadores y epígonos. Casi todas las versiones dan el título en singular: "Sinfonía color de fresa con leche", aunque abunden las variantes. Cano Gaviria, por ejemplo, escribe "fresas con leche" y José Olivio Jiménez "fresas en leche". Me decido finalmente por "fresas con leche" porque creo que se trata de un sintagma para definir un color y porque "leche y fresas" es lo que pide literalmente de comida Helena de Scilly al camarero suizo en De sobremesa en la única ocasión en que la ve el protagonista, José Fernández. Como se sabe, ambos textos fueron redactados el mismo año: 1.895. Por otra parte, y aunque esta aportación en poco contribuya al disfrute que pueda proporcionar la lectura del poema, la expresión "que Secchis lauden" creo que se refiere al erudito jesuita Gian-Pietro Secchi (1798-1856), al que Orión y Venus "lauden", es decir, alaben, por sus conocimientos astronómicos o, tal vez, mitológicos. Quizá valga también la pena anotar que el mexicano Manuel Gutiérrez Nájera, muerto en 1895 y leído y admirado por Silva, había dedicado un poema a "la musa verde". 

TRADUCCIONES (PP. 245-266)

He reunido en esta sección las traducciones que Silva incluyó en Intimidades y en El Libro de versos, así como las provenientes de publicaciones periódicas diversas. Obsérvese que las hay del francés: Victor Hugo, sobre todo, pero también Béranger, Gautier, Guérin; del italiano: Salustri; y del inglés: Tennyson. Hay también dos cuyos autores no se conocen hasta el momento: "La Hermana de la Caridad" y "Lied", pero que no parecen ser obras del propio Silva.

POÉTICAS (PP. 269-280)

He agrupado, finalmente, en esta sección, tres textos en prosa en que el poeta expone algunas de sus opiniones sobre la creación poética y reflexiona sobre ella. Tal vez debí haber añadido algunos fragmentos de De sobremesa en que se trata la misma cuestión. Los textos incluidos son:

"La protesta de la musa" (pp. 269-272). Texto escrito a raíz de la polémica provocada por la publicación del libro satírico Retratos instantáneos de Francisco de Paula Carrasquilla, es también en parte, o al menos como tal puede leerse, un alegato del poeta contra sí mismo y una polémica sobre la validez de la escritura de sus Gotas amargas. Escrito en diciembre de 1890 y publicado en enero de 1891.

"Suspiros" (pp. 273-275). También en este texto parece Silva polemizar consigo mismo y oscilar entre dos tipos de poesía totalmente contrapuestos, que sin duda llevaba dentro de sí y con los que de hecho convivía, aunque su mente más racional se resistiera a aceptar estas duplicidades con las que, cuatro décadas más tarde, aprendieron a entendérselas Antonio Machado y Fernando Pessoa. Se desconoce la fecha de redacción de este texto, que no se publicó hasta 1903.

"Prólogo al poema... de Rivas Frade" (pp. 276-280). La publicación del texto de un poeta amigo, Federico Rivas Frade (1858-1922), da pie a Silva para defender una poética que podría ejemplarizarse en tres libros paralelos y coincidentes: El Intermezzo de Heine, la Soledad de Ferrán y las Rimas de Bécquer. El libro de Rivas Frade con el prólogo de Silva se publicó en Bogotá en 1889.

Yo sé muy bien que carezco de la sabiduría filológica del doctor Héctor Orjuela, que ha leído, verificado y contrastado cuantos manuscritos y versiones se han publicado de la obra de Silva y cuyas ediciones, de lntimidades primero, y de la Obra completa más adelante, resultan imprescindibles para cualquier acercamiento correcto a los textos del poeta, tanto por la información acumulada como por los textos críticos, propios y ajenos, que en esta última recoge.

Carezco de la exhaustiva capacidad investigadora del propio Orjuela, de Enrique Santos Molano y de Ricardo Cano Gaviria, cuyas reconstrucciones de la vida del poeta tantos puntos oscuros de ésta han aclarado y cuyas ajustadas interpretaciones tanto nos ayudan a valorar y comprender la obra en verso y en prosa del mayor escritor de Colombia. Cano Gaviria, Orjuela y Santos Molano han entendido muy bien la importancia y la validez de la novela De sobremesa, y sus biografías de Silva pueden ser clasificadas, sin duda, de definitivas, ya que las actuales y futuras investigaciones sólo en detalles puntuales podrán mejorarlas o complementarlas.

Carezco finalmente de la tenacidad y paciencia de Fernando Vallejo, que nos han proporcionado importantes documentos inéditos de Silva, por él revisados y desmenuzados con la minuciosidad y la pericia de un contador judiciario, documentos de enorme interés para el biógrafo pero que en nada atañen, afortunadamente, a la grandeza del poeta; carezco igualmente de su vehemencia de cascarrabias, que para escribir de Silva necesita atacar cuanto existe o no existe en cielos y tierra, empezando por dioses y papas, siguiendo por Libertadores y presidentes, y acabando por casas de poesía y sus directoras, en un libro arbitrario y atrabiliario, aunque, eso sí, de lectura siempre estimulante.

Pese a que mis carencias, como se ve, son muy grandes, algunas ventajas tengo también, de las que ellos carecen:

En primer lugar, he sido el último en llegar, lo que me ha permitido leerlos a ellos y a otros, como Fernando Charry Lara, José Olivio Jiménez, Eduardo Camacho Guizado, Juan Gustavo Cobo Borda y los diversos textos sobre Silva por él recopilados, y a muchos otros, entre ellos a algunos españoles que se han ocupado, en una u otra ocasión, del poeta; y esta ventaja de llegar el último me ha permitido conocer y asimilar la mayor parte de lo que ellos ya sabían y sumarme al centenario cortejo de los admiradores, comentadores y editores de Silva con el acopio de conocimientos acumulado por todos ellos, del que nadie anteriormente había podido disponer, así como beneficiarme de sus sustanciales aportes.

En segundo lugar, no soy colombiano ni conozco a los autores citados, ni a ninguno de los descendientes del poeta o de los amigos, enemigos, parientes, acreedores o deudores de Silva, ni me dicen nada los notables apellidos que en constantes combinaciones y cruces rodean y marcan la vida social, económica, artística y literaria de José Asunción, ni tengo trato alguno con los numerosos descendientes de todos ellos, y la imparcialidad que me dan mi lejanía geográfica y mi desconocimiento del mundo social colombiano en general y bogotano en particular, garantizan mi más absoluta imparcialidad al respecto.

En tercer lugar, llevo más de treinta años editando libros y veinte ya centrado fundamentalmente en las publicaciones poéticas, lo que me ha enseñado muchas cosas sobre asuntos tan prácticos y generalmente tan desdeñados como erratas, correcciones de cajistas (esa especie en extinción), acentuación, puntuación, versales y versalitas, sangrados, paginación y demás minucias de las alguna vez llamadas "artes negras", que con frecuencia son responsables de tergiversaciones, malas lecturas, ultracorrecciones y otros errores, tales, que pueden llegar a deformar y aun a cambiar el sentido de lo escrito por el poeta. Si esto sucede hoy, ante nuestros ojos, y pese a todo se nos escapan erratas en textos revisados por autores, traductores, correctores y editores, y con los medios técnicos de que ahora disponemos, ¿cómo no tener en cuenta su incidencia sobre los textos cuando éstos se escribían a mano, se componían en plomo, letra a letra, se corregían nuevamente a mano, y en muchos casos no podían ser leídos por su autor sino una vez publicados, cuando cualquier corrección ya resultaba imposible?

En cuarto y último lugar, soy poeta, o al menos por tal me gustaría ser tenido, y tengo el oído bastante afinado en cuestión de medidas de versos, de rimas y de estrofas, lo que hace que la más mínima incorrección de este tipo en un poema me resalte de inmediato y me haga interrumpir la lectura para tratar de solucionarla. Hay malos poetas cuya dureza de oído resulta evidente y contribuye a descalificarlos; éstos poco interesan. Existen también poetas de poca calidad que dominan la técnica y cuyos versos carecen de fallos rítmicos o métricos; tampoco suelen interesar, pero al menos hay que agradecerles que no chirríen. Finalmente, o, mejor dicho, en primerísimo lugar, están los buenos poetas, los grandes, los auténticos, los únicos que de verdad ostentan con justicia el nombre de poetas; y en éstos se da una característica universal: no suelen tener fallos. A la perfección de contenido acompaña en sus versos la perfección formal, porque en la gran poesía forma y fondo van tan inextricablemente unidos que forman un todo sin fisuras. Por eso cuando en un poeta de verdad -¿y quién pondría en duda que Silva lo es?- aparece una imperfección formal o un fallo de sentido, hay que procurar buscar La causa del error en la copia, la transmisión o la publicación defectuosa y, si es posible, intentar solucionarla. Hay casos en que esto resulta imposible y hay que dejar la laguna en el texto o advertir del error, pero en otros es posible intentar una restauración que, con toda la prudencia posible, restituya al texto la pureza perdida, como cuando a un busto romano se le restaura la nariz mutilada por algún bárbaro o en la Capilla Sixtina se desvelan las figuras que el humo de siglos y la censura de dignatarios hipócritamente propensos al escándalo habían deformado. Sin excederse, desde luego, ya que intentar completar, por ejemplo, los tercetos que faltan en el segundo de los "Sonetos negros" de Silva sería como plantarle unos brazos ortopédicos a la Venus de Milo. Pero si alguien le rehízo a ésta el meñique de algún pie, no creo que a nadie nos preocupe, e incluso se lo agradeceremos. Vámos, al menos yo.

Por todo ello, yo, el último en llegar, teniendo en cuenta todos los considerandos hasta aquí expuestos y con una única y exclusiva finalidad: la de ponerme al servicio de los textos de Silva para darlos a conocer a los lectores de hoy y de mañana de la manera más adecuada posible, es decir, aquélla que ponga menos trabas y obstáculos entre sus ojos y su cerebro y lo escrito por el poeta, he revisado poema a poema, verso a verso, palabra a palabra, rima a rima, mayúscula por mayúscula, acento por acento, admiración por admiración, interrogación por interrogación, punto por punto y coma por coma los poemas de Silva y su novela De sobremesa, y he modificado comas, puntos, signos de admiración e interrogación, acentos y mayúsculas con criterio unificador y funcional, de manera que sirvan exclusivamente para lo que fueron inventados: para facilitar al máximo la lectura y comprensión del texto.

Me gustaría no haberme equivocado en estas decisiones y haber logrado con ellas el propósito inicial: hacer llegar a los aficionados a la poesía de la mejor manera posible la obra de un poeta de nuestra lengua cuya lectura, un siglo después de su muerte, sigue siendo un placer para el oído, una lección para la inteligencia y un ramo de emociones siempre vivas para la sensibilidad y el corazón.


1 . José Asunción Silva, Obra poética, 'testimonio de Álvaro Mutis, Introducción de María Mercedes Carranza, Cronología de Héctor H. Orjuela, Edición de Jesús Munárriz (Madrid: Hiperión, 1996) y De sobremesa, Prólogo de Gabriel García Márquez (Madrid: Hiperión, 1996).
2. Héctor H. Orjuela, Introducción a José Asunción Silva, Obra Completa. Héctor H. Orjuela, Ed. Colección Archivos (Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1990), xxxi.
3. Véase Héctor H. Orjuela, José Asunción Silva, Intimidades, Héctor H. Orjuela, Ed. (Bogotá: Caro y Cuervo, 1977), x-xi; y su Introducción, Op. Cit., xxxv.
4. Fernando Vallejo, Chapolas negras (Bogotá: Alfaguara, 1995), 138, 154, 204, respectivamente. En otros lugares dice, sin embargo, Vallejo: "[...] Con la caligrafía del poeta, que a mí me llega al corazón", "con su caligrafía inefable que me hace palpitar el corazón", Ibid., 31, 177.

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