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Pocos neogranadinos
tuvieron la suerte de Ignacio de Cavero y Cárdenas, quien con su participación en la
revolución comunera de 1781 y en la Independencia de 1810, cubrió los cuarenta años
precursores de la República. Todo empezó cuando en 1777 el obispo Antonio Caballero y
Góngora fue promovido desde Mérida (Yucatán) al arzobispado de Santafé. El 29 de junio
del año siguiente desembarcaba en Cartagena, donde demoró ocho meses en preparativos
para el ascenso a la Sabana. Trajo consigo a doce jóvenes mexicanos, casi todos de
Yucatán: Pedro Bolio y Tordecilla, José Rafael Caraveo, Joaquín Cascaya, José Domingo
Duarte, Pedro y Martín Guerra Villafañe, Esteban y José María León, Francisco Medina,
Antonio Mendoza, Alejandro Villoría; y con ellos, Ignacio de Cavero y Cárdenas, hijo de
Diego y de Juana de Dios, nacido entre el 23 y el 29 de junio de 1757 en familia de
acendrados principios católicos, en la cual dos de los hermanos. Diego y Juan José,
fueron sacerdotes. Cavero, quien entonces tenía 21 años, destacará más adelante en su
vida pública al servicio de la Nueva Granada, primero como realista y luego como decidido
patriota y revolucionario, no importándole su origen yucateco.
Al lado del
arzobispo-virrey, Cavero fungió como oficial de su secretaría y redactó personalmente
la relación de mando que Caballero y Góngora dejó al virrey Gil de Lemos, en Turbaco,
el 20 de febrero de 1789. De los muchos documentos coloniales de esta época que de alguna
manera atañen a la formidable revolución comunera -evento de la máxima importancia en
los anales históricos de América- pocos tan completos y analíticos como el que redactó
Cavero: diez cuadros estadísticos y muy prudentes observaciones, bastante imparciales
para el momento que se vivía, dan cuenta del estado social y económico del reino.
En Cartagena fue
administrador de tabacos, oficial real y administrador de la aduana por casi veinte años,
hasta 1815. Por oficio y vocación tuvo a su cuidado la espléndida biblioteca de
Caballero y Góngora, de casi diez mil volúmenes, entonces tal vez la mejor del país.
Sin duda, Cavero fue un hombre notablemente informado de la riqueza y las posibilidades de
la Nueva Granada. Además, vivió de cerca varios de los sucesos revolucionarios que
dieron al traste con la dominación española en América, como la escandalosa e injusta
prisión de Antonio Nariño en Cartagena, la fracasada conspiración de los negros
haitianos de 1796 para apoderarse de Cartagena después de tomar el fuerte de San Lázaro,
y los ecos de la revolución de abril en Caracas. Cualquier hombre con sentimientos
patrióticos se habría visto obligado a tomar partido por la independencia, cosa que hizo
Cavero.
Por eso no es de
extrañar que, cuando se instaló la Junta Suprema de Cartagena en 1810, por medio de su
procurador Antonio José de Ayos, Cavero simpatizara abiertamente con ese acto que
significaba un paso adelante al fidelismo que caracterizó en ese año el
pronunciamiento de otras ciudades. El 14 de agosto de 1810 se creó la Junta Suprema
Gubernativa de Cartagena, poder autónomo de la ciudad y de la provincia con veintidós
cabildantes que, al ser aumentados en diciembre de ese año, permitió la incorporación
de Cavero. A ellos les tocó sortear la insurrección del regimiento Fijo, del 4 de
noviembre de 1811, movimiento realista que quiso restablecer la autoridad de Fernando VII,
apresar al cabildo entero y deportarlo a España. Sofocada la rebelión y reorganizada la
Junta con reconocidos patriotas, Cavero quedó como presidente rotativo de una Junta de
doce miembros, de septiembre a diciembre de 1811, razón por la cual el lunes 11 de
noviembre Cavero apoyó el pliego petitorio que los diputados Ignacio Muñoz y Mauricio de
Omaña dirigieron a la Junta, no sin antes ocupar con milicias los principales baluartes
de la ciudad. La petición incluía nada menos que la independencia respecto de la
monarquía española, la tripartición de los poderes y la extinción del Tribunal del
Santo Oficio, entre otros asuntos menores.
La declaración de
independencia de Cartagena que Cavero firmó como presidente de la Junta Gubernativa no
puede ser más elocuente: «Nosotros, los representantes del buen pueblo de Cartagena de
Indias, con su expreso y público consentimiento, poniendo por testigo al Ser Supremo de
la rectitud de nuestros procederes y por arbitro al mundo imparcial de la Justicia de
nuestra causa, declaramos solemnemente a la faz de todo el mundo, que la provincia de
Cartagena de Indias es desde hoy de hecho y por derecho Estado Libre, Soberano e
Independiente; que se halla absuelta de toda sumisión, vasallaje, obediencia, y de todo
otro vínculo de cualquier clase y naturaleza que fuese, que anteriormente la ligase con
la corona y gobiernos de España, y que como tal Estado Libre y absolutamente
independiente, puede hacer todo lo que hacen y pueden hacer las naciones libres e
independientes».
La junta en pleno juró
la proclamación de la Independencia, pero no el obispo Custodio Díaz Merino, quien sin
embargo fue reconvenido por Cavero para que se sumara a la declaración. El obispo siguió
renuente. Un día después, el 12 de noviembre, cumplió Cavero la clausura de la
Inquisición: «La Independencia absoluta de todo gobierno de España o cualquier otra
nación extranjera sancionada ayer por el Supremo Gobierno, a impulsos del clamor público
y proclamada por el pueblo, es absolutamente incompatible con la permanencia ulterior del
Tribunal de la Inquisición en esta provincia, sobre cuyo extrañamiento hubo petición
expresa donde ninguna otra autoridad o magistratura pueda ejercerse que no emane o dependa
esencialmente del Supremo Gobierno temporal; en su consecuencia dispondrán V.V.S.S.
restituirse a la península, de donde dependen, dentro de quince días con los oficiales o
subalternos que quieran seguirles». Con distintos pretextos la orden fue burlada hasta el
1 de enero de 1812, en que el Tribunal de la Inquisición se replegó a Santa Marta, que
permanecía bajo gobierno realista. Esta y otras circunstancias acrecentaron la hostilidad
entre Cartagena y Santa Marta, de tal manera que en poco tiempo se fueron polarizando sus
actitudes políticas, de manera que hacia Cartagena confluían los independentistas y
juntistas y Santa Marta se llenaba de monarquistas.
El 21 de enero de 1812
se expidió la primera Constitución del Estado de Cartagena. Cavero firmó como delegado
de la ciudad, y en octubre viajó a Jamaica comisionado por el Estado para comprar
municiones y víveres ante la virtual amenaza de un cerco español. A Kingston fueron a
parar las joyas de los cartageneros y sus no escasos ahorros, porque la ciudad necesitaba
estar proveída para la resistencia. Pero fue sólo en 1815, durante el período conocido
como El terror, impuesto por el general Pablo Morillo, quien ostentaba el irónico
título de Pacificador, cuando se requirieron esos recursos, siempre insuficientes.
Cavero, refugiado en Jamaica como otros cientos de cartageneros, salvó así la vida de un
seguro fusilamiento cuando la ciudad fue tomada el 22 de agosto.
En circunstancias tan
aciagas, el venezolano Pedro Gual fue comisionado a los Estados Unidos, mientras Cavero lo
fue ante el gobernador de Jamaica, el duque de Manchester, con el propósito de armar una
flotilla que sería pagada con lo que quedaba de las fortunas de los cartageneros. Lo
acompañaban el senador por Cartagena Enrique Rodríguez, el coronel Narciso de Francisco
Martín, John Robertson y Maxwell Hyslop, rico inglés avecindado hacia tres años en
Cartagena como gerente de una sucursal de su casa importadora de Kingston.
Fracasó en su
gestión, no obstante las autorizaciones extraordinarias que recibió Cavero para llegar a
cualquier arreglo con Inglaterra. Y mientras el pueblo de Cartagena sufría hambre por el
asedio y superaba enormes dificultades sin recibir ayuda significativa del interior del
país, e imposibilitada de adquirir recursos de los amigos del exterior, Cavero tuvo en
sus manos la suerte absoluta de la provincia en octubre de 1815, cuando se le autorizó
frente a los ingleses a tomar cuantas medidas Juzgara convenientes: pactos, compensaciones
e incluso, si no había otro remedio, la concesión del comercio exclusivo y ofrecimiento
de la ciudad en calidad de depósito con tal de salvarla de la revancha española. Todo,
excepto capitular con los peninsulares o volver a su dominación. El Congreso de Cartagena
aprobó el envió de las misiones citadas, pero objetó el desembarco de tropas inglesas
en Cartagena, sometió el comercio exclusivo que se concedería a los ingleses a los
resultados del convenio que se firmara en Londres y rechazó la entrega de la plaza en
depósito a Inglaterra.
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Lo que no sabían ni Cavero ni otros patriotas en Jamaica era que Inglaterra, no
obstante su monarquía liberal y parlamentaria, buscaba pactar con la Santa Alianza
(Rusia, Austria y Prusia) fiel al Tratado de Chaumont, y no estaba dispuesta a entenderse
con los pequeños insurrectos, cuando un arreglo con los colosos de Europa le significaba
continuar con el dominio de los mares y cuando fijaba toda su atención en detener a
Napoleón.
Estando Bolívar en
Jamaica, se enteró de las desgracias de Cartagena, y quiso en octubre de 1815 entrar a la
ciudad, aunque no se encontraba preparado para un asedio. Cavero y Hyslop le pidieron que
asumiera la defensa de Cartagena. El 2 de diciembre les contestó: «A pesar de no tener
la menor confianza en mí mismo; a pesar de serme extremadamente terrible la inmensa
responsabilidad con que Vuestras Señorías quieren honrarme, invitándome para que vaya a
contribuir a la defensa de Cartagena; y a pesar de todos los peligros que corra yo en
cuantas situaciones pueda volver a colocarme la suerte, estoy pronto a servir a mi país:
ˇQue Cartagena me llame y volaré a defenderla, o a sepultarme entre sus ruinas! [...] Yo
me consideraría degradado al rango de los pérfidos y crueles españoles si aborreciese a
mis conciudadanos, a estos hermanos por quienes he combatido tantas veces y cuya libertad
es mi única pasión. Un americano no puede ser enemigo ni aun combatiendo contra mí bajo
las banderas de los tiranos [...] Protesto bajo el sagrado empeño de mi palabra de honor
que he olvidado las ofensas de los que, extraviados sin duda por el error, pensaron
dañarme. Toda idea de venganza está lejos de mi corazón».
Bolívar vivía una
situación extremadamente difícil en Jamaica. Sin audiencia, sin tropas, sin recursos,
aun así estaba dispuesto a la lucha donde se le llamara. En Cartagena existían dos
bandos irreconciliables. Cavero y los Gutiérrez de Piñeres, por ejemplo, se oponían a
García de Toledo y sus amigos, pero siendo todos patriotas, aquéllos se mostraban
proclives a llamar a Bolívar en auxilio de la ciudad. En esos días Bolívar aconsejaba
desde Puerto Príncipe: «Formémonos una patria a toda costa y todo lo demás será
tolerable». En las mismas fechas, Cavero impidió a Bolívar viajar a bordo del
bergantín Doyle, que intentaba llegar al puerto de Cartagena desde Jamaica, porque
lo consideraba arriesgado e inútil. En efecto, la nave cayó en poder de los españoles.
Bolívar salvó la vida gracias a Cavero, por lo cual la historia local le ha ofrecido el
título de Libertador del Libertador.
Continuó Cavero
viviendo en Jamaica como exiliado hasta que, conquistada la independencia y establecida la
Constitución de Cúcuta en 1821, fue designado intendente del Magdalena, provincia que
entonces cubría casi todo el norte de Colombia, pero ejerció el poder apenas un par de
meses, en 1824. No tuvo en realidad cargos de significación. Peor aún, el gobierno no le
reconoció muchos de los gastos que había hecho en 1820, en Jamaica, en procura de la
independencia, en especial las deudas que había adquirido por auxiliar al general Gregory
McGregor durante sus campañas sobre Portobelo, ciudad tomada y perdida por el irlandés.
Debía 7.308 pesos 22 centavos, y por ello estuvo preso, asediado por los acreedores
jamaiquinos. Ni siquiera surtió efecto la recomendación de Bolívar del 1 de diciembre
de 1820 al vicepresidente Santander para saldar deudas con Cavero. El 17 o el 22 de agosto
de 1834, pobre y olvidado, murió Cavero en Cartagena. Sus restos están en el templo
colonial de Santo Toribio de Mogrovejo, en la nave central, bajo una gran lápida que
registra su nombre y el lejano lugar de su nacimiento en Mérida de Yucatán.
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