Revista Credencial Historia


EDICIÓN 57 - SEPTIEMBRE  1994



 

JOSE IGNACIO CAVERO, En la independencia de Cartagena, un mexicano acabó con la Inquisición
Por: Gustavo Vargas Martínez

Tomado de: Revista Credencial Historia.
(Bogotá - Colombia). Edición 57
Septiembre de 1994

 


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Casa del Cabildo de Cartagena en 1810.
Reconstrucción de J.V. Mogollón y G. Porras Troconis.


 

 

Pocos neogranadinos tuvieron la suerte de Ignacio de Cavero y Cárdenas, quien con su participación en la revolución comunera de 1781 y en la Independencia de 1810, cubrió los cuarenta años precursores de la República. Todo empezó cuando en 1777 el obispo Antonio Caballero y Góngora fue promovido desde Mérida (Yucatán) al arzobispado de Santafé. El 29 de junio del año siguiente desembarcaba en Cartagena, donde demoró ocho meses en preparativos para el ascenso a la Sabana. Trajo consigo a doce jóvenes mexicanos, casi todos de Yucatán: Pedro Bolio y Tordecilla, José Rafael Caraveo, Joaquín Cascaya, José Domingo Duarte, Pedro y Martín Guerra Villafañe, Esteban y José María León, Francisco Medina, Antonio Mendoza, Alejandro Villoría; y con ellos, Ignacio de Cavero y Cárdenas, hijo de Diego y de Juana de Dios, nacido entre el 23 y el 29 de junio de 1757 en familia de acendrados principios católicos, en la cual dos de los hermanos. Diego y Juan José, fueron sacerdotes. Cavero, quien entonces tenía 21 años, destacará más adelante en su vida pública al servicio de la Nueva Granada, primero como realista y luego como decidido patriota y revolucionario, no importándole su origen yucateco.

Al lado del arzobispo-virrey, Cavero fungió como oficial de su secretaría y redactó personalmente la relación de mando que Caballero y Góngora dejó al virrey Gil de Lemos, en Turbaco, el 20 de febrero de 1789. De los muchos documentos coloniales de esta época que de alguna manera atañen a la formidable revolución comunera -evento de la máxima importancia en los anales históricos de América- pocos tan completos y analíticos como el que redactó Cavero: diez cuadros estadísticos y muy prudentes observaciones, bastante imparciales para el momento que se vivía, dan cuenta del estado social y económico del reino.

En Cartagena fue administrador de tabacos, oficial real y administrador de la aduana por casi veinte años, hasta 1815. Por oficio y vocación tuvo a su cuidado la espléndida biblioteca de Caballero y Góngora, de casi diez mil volúmenes, entonces tal vez la mejor del país. Sin duda, Cavero fue un hombre notablemente informado de la riqueza y las posibilidades de la Nueva Granada. Además, vivió de cerca varios de los sucesos revolucionarios que dieron al traste con la dominación española en América, como la escandalosa e injusta prisión de Antonio Nariño en Cartagena, la fracasada conspiración de los negros haitianos de 1796 para apoderarse de Cartagena después de tomar el fuerte de San Lázaro, y los ecos de la revolución de abril en Caracas. Cualquier hombre con sentimientos patrióticos se habría visto obligado a tomar partido por la independencia, cosa que hizo Cavero.

Por eso no es de extrañar que, cuando se instaló la Junta Suprema de Cartagena en 1810, por medio de su procurador Antonio José de Ayos, Cavero simpatizara abiertamente con ese acto que significaba un paso adelante al fidelismo que caracterizó en ese año el pronunciamiento de otras ciudades. El 14 de agosto de 1810 se creó la Junta Suprema Gubernativa de Cartagena, poder autónomo de la ciudad y de la provincia con veintidós cabildantes que, al ser aumentados en diciembre de ese año, permitió la incorporación de Cavero. A ellos les tocó sortear la insurrección del regimiento Fijo, del 4 de noviembre de 1811, movimiento realista que quiso restablecer la autoridad de Fernando VII, apresar al cabildo entero y deportarlo a España. Sofocada la rebelión y reorganizada la Junta con reconocidos patriotas, Cavero quedó como presidente rotativo de una Junta de doce miembros, de septiembre a diciembre de 1811, razón por la cual el lunes 11 de noviembre Cavero apoyó el pliego petitorio que los diputados Ignacio Muñoz y Mauricio de Omaña dirigieron a la Junta, no sin antes ocupar con milicias los principales baluartes de la ciudad. La petición incluía nada menos que la independencia respecto de la monarquía española, la tripartición de los poderes y la extinción del Tribunal del Santo Oficio, entre otros asuntos menores.

La declaración de independencia de Cartagena que Cavero firmó como presidente de la Junta Gubernativa no puede ser más elocuente: «Nosotros, los representantes del buen pueblo de Cartagena de Indias, con su expreso y público consentimiento, poniendo por testigo al Ser Supremo de la rectitud de nuestros procederes y por arbitro al mundo imparcial de la Justicia de nuestra causa, declaramos solemnemente a la faz de todo el mundo, que la provincia de Cartagena de Indias es desde hoy de hecho y por derecho Estado Libre, Soberano e Independiente; que se halla absuelta de toda sumisión, vasallaje, obediencia, y de todo otro vínculo de cualquier clase y naturaleza que fuese, que anteriormente la ligase con la corona y gobiernos de España, y que como tal Estado Libre y absolutamente independiente, puede hacer todo lo que hacen y pueden hacer las naciones libres e independientes».

La junta en pleno juró la proclamación de la Independencia, pero no el obispo Custodio Díaz Merino, quien sin embargo fue reconvenido por Cavero para que se sumara a la declaración. El obispo siguió renuente. Un día después, el 12 de noviembre, cumplió Cavero la clausura de la Inquisición: «La Independencia absoluta de todo gobierno de España o cualquier otra nación extranjera sancionada ayer por el Supremo Gobierno, a impulsos del clamor público y proclamada por el pueblo, es absolutamente incompatible con la permanencia ulterior del Tribunal de la Inquisición en esta provincia, sobre cuyo extrañamiento hubo petición expresa donde ninguna otra autoridad o magistratura pueda ejercerse que no emane o dependa esencialmente del Supremo Gobierno temporal; en su consecuencia dispondrán V.V.S.S. restituirse a la península, de donde dependen, dentro de quince días con los oficiales o subalternos que quieran seguirles». Con distintos pretextos la orden fue burlada hasta el 1 de enero de 1812, en que el Tribunal de la Inquisición se replegó a Santa Marta, que permanecía bajo gobierno realista. Esta y otras circunstancias acrecentaron la hostilidad entre Cartagena y Santa Marta, de tal manera que en poco tiempo se fueron polarizando sus actitudes políticas, de manera que hacia Cartagena confluían los independentistas y juntistas y Santa Marta se llenaba de monarquistas.

El 21 de enero de 1812 se expidió la primera Constitución del Estado de Cartagena. Cavero firmó como delegado de la ciudad, y en octubre viajó a Jamaica comisionado por el Estado para comprar municiones y víveres ante la virtual amenaza de un cerco español. A Kingston fueron a parar las joyas de los cartageneros y sus no escasos ahorros, porque la ciudad necesitaba estar proveída para la resistencia. Pero fue sólo en 1815, durante el período conocido como El terror, impuesto por el general Pablo Morillo, quien ostentaba el irónico título de Pacificador, cuando se requirieron esos recursos, siempre insuficientes. Cavero, refugiado en Jamaica como otros cientos de cartageneros, salvó así la vida de un seguro fusilamiento cuando la ciudad fue tomada el 22 de agosto.

En circunstancias tan aciagas, el venezolano Pedro Gual fue comisionado a los Estados Unidos, mientras Cavero lo fue ante el gobernador de Jamaica, el duque de Manchester, con el propósito de armar una flotilla que sería pagada con lo que quedaba de las fortunas de los cartageneros. Lo acompañaban el senador por Cartagena Enrique Rodríguez, el coronel Narciso de Francisco Martín, John Robertson y Maxwell Hyslop, rico inglés avecindado hacia tres años en Cartagena como gerente de una sucursal de su casa importadora de Kingston.

Fracasó en su gestión, no obstante las autorizaciones extraordinarias que recibió Cavero para llegar a cualquier arreglo con Inglaterra. Y mientras el pueblo de Cartagena sufría hambre por el asedio y superaba enormes dificultades sin recibir ayuda significativa del interior del país, e imposibilitada de adquirir recursos de los amigos del exterior, Cavero tuvo en sus manos la suerte absoluta de la provincia en octubre de 1815, cuando se le autorizó frente a los ingleses a tomar cuantas medidas Juzgara convenientes: pactos, compensaciones e incluso, si no había otro remedio, la concesión del comercio exclusivo y ofrecimiento de la ciudad en calidad de depósito con tal de salvarla de la revancha española. Todo, excepto capitular con los peninsulares o volver a su dominación. El Congreso de Cartagena aprobó el envió de las misiones citadas, pero objetó el desembarco de tropas inglesas en Cartagena, sometió el comercio exclusivo que se concedería a los ingleses a los resultados del convenio que se firmara en Londres y rechazó la entrega de la plaza en depósito a Inglaterra.

 

 

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Ignacio Cavero y Cárdenas, presidente de la Junta de Gobierno de
Cartagena del 11 de noviembre de 1811. Miniatura de Raquel de Giraldo.


 

Lo que no sabían ni Cavero ni otros patriotas en Jamaica era que Inglaterra, no obstante su monarquía liberal y parlamentaria, buscaba pactar con la Santa Alianza (Rusia, Austria y Prusia) fiel al Tratado de Chaumont, y no estaba dispuesta a entenderse con los pequeños insurrectos, cuando un arreglo con los colosos de Europa le significaba continuar con el dominio de los mares y cuando fijaba toda su atención en detener a Napoleón.

Estando Bolívar en Jamaica, se enteró de las desgracias de Cartagena, y quiso en octubre de 1815 entrar a la ciudad, aunque no se encontraba preparado para un asedio. Cavero y Hyslop le pidieron que asumiera la defensa de Cartagena. El 2 de diciembre les contestó: «A pesar de no tener la menor confianza en mí mismo; a pesar de serme extremadamente terrible la inmensa responsabilidad con que Vuestras Señorías quieren honrarme, invitándome para que vaya a contribuir a la defensa de Cartagena; y a pesar de todos los peligros que corra yo en cuantas situaciones pueda volver a colocarme la suerte, estoy pronto a servir a mi país: ˇQue Cartagena me llame y volaré a defenderla, o a sepultarme entre sus ruinas! [...] Yo me consideraría degradado al rango de los pérfidos y crueles españoles si aborreciese a mis conciudadanos, a estos hermanos por quienes he combatido tantas veces y cuya libertad es mi única pasión. Un americano no puede ser enemigo ni aun combatiendo contra mí bajo las banderas de los tiranos [...] Protesto bajo el sagrado empeño de mi palabra de honor que he olvidado las ofensas de los que, extraviados sin duda por el error, pensaron dañarme. Toda idea de venganza está lejos de mi corazón».

Bolívar vivía una situación extremadamente difícil en Jamaica. Sin audiencia, sin tropas, sin recursos, aun así estaba dispuesto a la lucha donde se le llamara. En Cartagena existían dos bandos irreconciliables. Cavero y los Gutiérrez de Piñeres, por ejemplo, se oponían a García de Toledo y sus amigos, pero siendo todos patriotas, aquéllos se mostraban proclives a llamar a Bolívar en auxilio de la ciudad. En esos días Bolívar aconsejaba desde Puerto Príncipe: «Formémonos una patria a toda costa y todo lo demás será tolerable». En las mismas fechas, Cavero impidió a Bolívar viajar a bordo del bergantín Doyle, que intentaba llegar al puerto de Cartagena desde Jamaica, porque lo consideraba arriesgado e inútil. En efecto, la nave cayó en poder de los españoles. Bolívar salvó la vida gracias a Cavero, por lo cual la historia local le ha ofrecido el título de Libertador del Libertador.

Continuó Cavero viviendo en Jamaica como exiliado hasta que, conquistada la independencia y establecida la Constitución de Cúcuta en 1821, fue designado intendente del Magdalena, provincia que entonces cubría casi todo el norte de Colombia, pero ejerció el poder apenas un par de meses, en 1824. No tuvo en realidad cargos de significación. Peor aún, el gobierno no le reconoció muchos de los gastos que había hecho en 1820, en Jamaica, en procura de la independencia, en especial las deudas que había adquirido por auxiliar al general Gregory McGregor durante sus campañas sobre Portobelo, ciudad tomada y perdida por el irlandés. Debía 7.308 pesos 22 centavos, y por ello estuvo preso, asediado por los acreedores jamaiquinos. Ni siquiera surtió efecto la recomendación de Bolívar del 1 de diciembre de 1820 al vicepresidente Santander para saldar deudas con Cavero. El 17 o el 22 de agosto de 1834, pobre y olvidado, murió Cavero en Cartagena. Sus restos están en el templo colonial de Santo Toribio de Mogrovejo, en la nave central, bajo una gran lápida que registra su nombre y el lejano lugar de su nacimiento en Mérida de Yucatán.